Es esta una pregunta que me vengo haciendo recurrentemente desde que tengo conciencia ciudadana. Por más que he estrujado mis neuronas, siempre he encontrado escollos que han impedido que llegase a una conclusión verosímil. Las reflexiones que siguen reflejan mi penúltimo intento para elucidar algo que necesito entender.
Es una evidencia que, en España, el voto popular ha sufrido importantes transformaciones en las dos últimas décadas. Tradicionalmente, el electorado de clase trabajadora y el correspondiente a los segmentos de población con ingresos precarios ha venido siendo patrimonio del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y, en determinados territorios y sectores, de los partidos comunistas y sus disidentes o continuadores. Sin embargo, el reciente auge de las fuerzas de derecha radical (VOX y asimilados) y las importantes bolsas de voto conservador arraigadas en territorios con elevada precariedad socioeconómica, invitan a revisar los supuestos clásicos de la sociología electoral. Me parece que la aproximación a este novedoso fenómeno requiere un análisis multifactorial, que considere dimensiones económicas, culturales, identitarias y políticas.
Durante buena parte del siglo XX, el PSOE y el PCE (posteriormente, IU) mantuvieron fuertes vínculos con el sindicalismo, en especial con UGT y CCOO, que actuaba como correa de transmisión entre demandas laborales y acción política. Sin embargo, a partir de los años 90, se produce un progresivo debilitamiento de la densidad sindical, paralelo a un novedoso proceso de tercerización y fragmentación del mercado laboral español. La emergencia del empleo precario, temporal y con alta rotación —rasgo estructural desde la crisis de 2008— ha dificultado la redefinición y consolidación de identidades colectivas de clase. Este fenómeno, entre otras consecuencias, ha ido produciendo un vacío que los partidos de derecha han sabido aprovechar, presentándose como defensores del «trabajador autónomo», del pequeño empresario o del obrero «esforzado», frente a los supuestos «privilegios» de funcionarios y sindicatos.
Otro factor que entiendo que ha contribuido significativamente al desencanto de los votantes con la izquierda institucional –lo que se ha llamado «fatiga progresista»– es el desgaste de la credibilidad de las opciones de izquierda que, al menos en parte, se debe a los efectos acumulados de las políticas de los gobiernos socialistas que, durante distintas etapas, han implementado recortes o medidas que se han percibido alejadas de los intereses de las clases populares. Especialmente, la gestión de la crisis de 2010-2011, con ajustes que afectaron al gasto social y a los servicios públicos, alimentó la idea de que el PSOE no representaba de forma consistente a los sectores vulnerables.
Por otro lado, la emergencia de Podemos en 2014 canalizó inicialmente ese descontento popular. Sin embargo, las tensiones internas, el agotamiento de la «ilusión rupturista» y las complejidades de la política institucional (concesiones presupuestarias, alianzas necesarias) redujeron buena parte de su atractivo como alternativa transformadora.
Mientras tanto, VOX ha desplegado un discurso centrado en el orden, la unidad nacional y el combate frontal contra la inmigración irregular. En barrios periféricos con alta presión sobre los servicios públicos —como en algunas zonas de Madrid (Usera, Vallecas) o de Barcelona (Nou Barris)— el relato de la «competencia» entre migrantes y autóctonos por ayudas y viviendas sociales ha encontrado un importante eco.
Abundantes estudios cualitativos muestran que la percepción (no siempre sustentada en datos empíricos) de que «los de fuera reciben más ayudas» o «colapsan la sanidad» genera resentimientos que la derecha radical sabe capitalizar. La apelación a la preferencia nacional —«primero los españoles»— constituye un recurso potente en contextos de precariedad material e incertidumbre vital.
Un elemento diferencial del caso español es el peso del conflicto territorial. El procés catalán desde 2012 y la crisis política de 2017-2019 intensificaron el nacionalismo español, reactivando símbolos como la bandera y el orgullo nacional que la derecha (especialmente VOX) integró en su propuesta política. En numerosos cinturones industriales de los extrarradios, poblados por emigrantes nacionales (andaluces, extremeños, castellanos), asentados en Cataluña desde los años 60-70, la defensa de la unidad de España pasó a ser una seña de identidad. Así, sectores obreros que tradicionalmente habían votado PSC, e incluso ICV, se desplazaron hacia opciones constitucionalistas, incluyendo Ciudadanos y posteriormente VOX. Este proceso muestra cómo el eje territorial y la identificación nacional pueden reconfigurar el voto obrero, desplazando el clásico «clivaje» izquierda-derecha de carácter socioeconómico.
El caso de algunos colectivos migrantes que respaldan opciones antiinmigración también tiene su reflejo en España. Estudios locales (especialmente en el cinturón sur de Madrid y en algunas ciudades andaluzas) han mostrado que migrantes latinoamericanos —en particular procedentes de países con alta religiosidad— tienden a identificarse con discursos conservadores en materia de familia, moral sexual o rechazo del islam, factores que pueden llevarlos a simpatizar con partidos de derecha. Este voto, que en principio parece paradójico, responde a lógicas de valores culturales y de diferenciación: se conciben a sí mismos como parte de la comunidad nacional frente a «otros migrantes» recién llegados o de distintas confesiones religiosas.
Por otra parte, la articulación mediática juega un papel central. Espacios televisivos de alto consumo en franjas populares (magazines matinales, tertulias nocturnas) han contribuido a fijar la agenda pública alrededor de temas como la delincuencia asociada a menores migrantes no acompañados (MENAs), generando climas de alarma que habitualmente no se corresponden con las estadísticas criminales.
Simultáneamente, el uso intensivo de las redes sociales por parte de la derecha —con campañas virales, memes y vídeos con alta carga emocional— ha permitido que mensajes simplificados sobre «los okupas», «los manteros» o la «invasión migratoria» se instalen en el imaginario colectivo de sectores populares que consumen intensivamente este tipo de contenidos.
Etiquetar estas decisiones como irracionales o como un «voto contra sus propios intereses» evidencia una deriva con cierto sesgo economicista. La teoría sociológica contemporánea argumenta que el voto se explica por un complejo entramado de preferencias en el que pesan la seguridad, el estatus, la identidad nacional y la percepción del reconocimiento. De manera que, para muchos trabajadores precarizados, la defensa del orden público, la lucha contra la inmigración irregular o el rechazo del independentismo catalán pueden constituir prioridades superiores a la redistribución fiscal.
Así pues, como se ha dicho, comprender por qué sectores empobrecidos, migrantes y trabajadores votan opciones de derecha o de extrema derecha en España implica abandonar las explicaciones unidimensionales. Es preciso abordar el problema desde la perspectiva que ofrece la conjunción de factores estructurales (precarización, vivienda), identitarios (nacionalismo español, valores tradicionales), culturales (percepción de amenazas al modo de vida) y mediáticos (agenda sensacionalista sobre delincuencia y migración).
Entiendo que para revertir esta tendencia la izquierda debe abordar el reto de reformular su relato. Ello le obliga a adentrarse en territorios y asuntos inéditos, y a sintonizar con las preocupaciones cotidianas sobre la seguridad, el empleo y la vivienda, sin olvidar los derechos sociales. Además, esta renovada narrativa debe impregnarla con referencias a la justicia económica, sin olvidar las apelaciones al orgullo popular y a la cohesión comunitaria. Me parece que solo desde estos y otros pronunciamientos afines podrá disputar con eficacia a las derechas el favor de un electorado que, hoy por hoy, parece sentirse más interpelado por las soluciones simplistas que le brinda el conservadurismo.

L'esquerra ha de reconstruir, com bé dius, el relat, i fer-ne una molt Bona pedagogia. Difícil, però no impossible. Gràcies!
ResponderEliminarEstic d'acord amb tu. Moltes gràcies!
ResponderEliminarSi tenemos en cuenta que el dinero es el amo del mundo, también tenemos que practicar que hemos de procurar para el prójimo lo mismo que para nosotros mismos.
ResponderEliminarGracias por tu comentario.
ResponderEliminarHaas hecho un buen análisis. Muchas gracias.
ResponderEliminarGracias a ti por leerme.
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