jueves, 25 de septiembre de 2025

Europa 2035: crónica de una ucronía posible

En 2025, Josep Ramoneda advertía del «sombrío destino de Europa» al observar la sumisión de Ursula von der Leyen ante Donald Trump. Diez años después, en una línea temporal ucrónica, el continente ha seguido caminos contradictorios que van desde la desintegración populista al resurgir estratégico. España, lejos de ser un actor secundario, se ha convertido en pieza clave de esa Europa a dos velocidades.

La escena referida pertenece a un pasado que parece remoto, pero que marcó un punto de inflexión. Ursula von der Leyen, entonces presidenta de la Comisión Europea, aparecía en una fotografía junto a Donald Trump en una actitud que muchos calificaron de servil. Josep Ramoneda escribió entonces en El País: «El gesto revela la fragilidad del continente frente a un líder que desprecia sin pudor los límites democráticos». Aquel artículo, titulado La anécdota Sánchez y el sombrío destino de Europa, anticipaba un dilema que, diez años después, sigue vigente: ¿qué Europa queremos ser?

La década que siguió confirmó las tensiones que Ramoneda había señalado. La socialdemocracia, vista por muchos como una fuerza que «sobraba» en un escenario dominado por el neocapitalismo financiero y digital, se tambaleó. Los populismos crecieron en Francia, Alemania, Polonia y el Reino Unido, y la tentación autoritaria se instaló en buena parte de las élites europeas. «No queremos más Bruselas, queremos París decidiendo nuestro futuro», clamaba Marine Le Pen en 2032, ya como presidenta de la República. En Berlín, el ascenso del AfD consolidó un bloque euroescéptico en el corazón del continente.

Sin embargo, no toda Europa marchó en esa dirección. Países nórdicos y bálticos, apoyados por otros del sur mediterráneo, cada vez más conscientes de su vulnerabilidad climática, apostaron por la integración y la autonomía estratégica. La gran crisis de 2031, cuando una ola de calor devastadora colapsó redes eléctricas y hospitales en Italia y España, fue el principal catalizador. «El cambio climático ya no es una agenda: es supervivencia», reconoció la comisaria europea de Energía en 2032. A partir de entonces, la Unión emprendió un giro verde que transformó su modelo económico.

En 2035, Europa cuenta con la tercera mayor fuerza militar integrada del mundo, después de China y EE. UU., fruto del plan Preparación 2030. También es el primer exportador de energía limpia gracias al desarrollo de interconexiones eléctricas y a la apuesta de España y Portugal por la solar e hidráulica. Pero esta fortaleza convive con una fractura política persistente: una Europa federal de facto y otra confederación minimalista. El proyecto comunitario ha sobrevivido, pero con profundas cicatrices.

La trayectoria española ha sido paradigmática. Tras años de polarización y bloqueos, el PSOE lideró una reforma constitucional en 2030 que blindó derechos fundamentales: vivienda, aborto, protección ambiental y reparto de beneficios empresariales. Se creó incluso una figura inédita, el Defensor de las Generaciones Futuras, encargado de frenar políticas cortoplacistas que comprometieran el medioambiente o el bienestar social. «Es la segunda transición de la democracia española», tituló Le Monde en un editorial de 2031.

La economía, por su parte, logró diversificarse. La inversión en I+D alcanzó el 3 % del PIB en 2033, con polos tecnológicos en Madrid y Barcelona especializados en inteligencia artificial y biotecnología. España lidera hoy la aplicación ética de la IA en la sanidad pública y en la educación, gracias a una Carta de Derechos Digitales pionera. «Hemos demostrado que la innovación no está reñida con los derechos», declaró la ministra de Ciencia en la Cumbre Digital de Bruselas este mismo año.

Sin embargo, las sombras son innegables. El envejecimiento avanza: el 31 % de la población española supera ya los 65 años, y la natalidad se mantiene en 1,3 hijos por mujer. La deuda pública, pese al crecimiento, ronda todavía el 110 % del PIB. En la España interior, el abandono y la falta de oportunidades alimentan aún un voto populista que se mantiene estable en torno al 20 %. La brecha entre las metrópolis dinámicas y la periferia rural es el gran desafío pendiente.

En el continente, la división es cada vez más visible. Un bloque federal liderado por los nórdicos, los bálticos y buena parte del sur ha impulsado una defensa común, un mercado energético integrado y un paquete mínimo de derechos sociales. Mientras tanto, otro bloque —Francia, Alemania bajo AfD, Polonia y Hungría— prefiere un modelo de soberanías fuertes y rechaza cualquier cesión adicional de poder a Bruselas.

La expresión más clara de esta dualidad es el Parlamento Europeo de 2034: dos grandes bloques, uno progresista-federal y otro nacional-populista, comparten casi a partes iguales los escaños, con un centro liberal reducido a la irrelevancia. «Europa está más viva que nunca, pero también más dividida», resumía en junio un informe del think tank Bruegel.

En este contexto, España ocupa una posición ambivalente pero central. Es, al mismo tiempo, potencia energética verde, laboratorio de innovación digital y mediadora en el Mediterráneo. Los acuerdos migratorios y energéticos con Marruecos, Senegal y Argelia le han dado un peso inédito en la política exterior europea. «Sin España, la frontera sur sería ingobernable», reconocía en privado un alto funcionario de la Comisión.

A la vez, el país vive bajo la tensión interna de su propia dualidad: modernización urbana frente a atraso rural, derechos blindados frente a desigualdades persistentes, potencia verde frente a deuda crónica. La paradoja española refleja la paradoja europea.

La pregunta que planteaba Ramoneda en 2025 sigue resonando: ¿hay todavía espacio para una socialdemocracia que parecía sobrar? En la Europa ucrónica de 2035, la respuesta es ambivalente. Esa voz se ha debilitado, pero también ha sido la única capaz de articular un relato de progreso frente a la tentación autoritaria. Pedro Sánchez lo dijo en 2025: «Europa está ante un dilema existencial: o avanza en progreso y solidaridad, o cede a la extrema derecha». Una década más tarde, el continente ha hecho ambas cosas a la vez.

La historia, sin embargo, no está clausurada. Europa 2035 es un territorio en disputa: una confederación partida en dos, pero todavía con un proyecto común en juego. España, con sus contradicciones, se ha convertido en ejemplo de que incluso en tiempos de fractura es posible reinventar la democracia. La ucronía no es un destino inequívoco, sino un espejo donde mirarse para decidir el camino.

Europa no ha muerto, pero tampoco ha logrado renacer. Sobrevive, resiste y se transforma a medias. El futuro dependerá de si logra modular sobre sus fragmentos un nuevo proyecto común. Y ahí, en ese frágil equilibrio, España podría jugar un papel decisivo en los próximos diez años.

Bruselas, septiembre de 2035.



domingo, 21 de septiembre de 2025

Troleo político, o jugar con fuego en la batalla digital

El diario El País trae hoy un interesante artículo, firmado por Ángel Munárriz, en el que cinco expertos en comunicación política analizan los pros y contras de las rompedoras estrategias digitales del gobernador de California, Gavin Newsom, y de nuestro ministro de Transportes, Óscar Puente. Hace tiempo que me atrae y vengo siguiendo la irrupción de la izquierda en el terreno del troleo político, una estrategia tan interesante como arriesgada, sobre la que expondré algunos de mis puntos de vista.

En la política contemporánea, las redes sociales ya no son solo un altavoz: son el campo central de batalla. Y en ese terreno, la derecha lleva años jugando con ventaja. De Trump a Vox, pasando por Bolsonaro o Le Pen, el troleo —esa mezcla de burla, sarcasmo y provocación diseñada para viralizar— ha sido su arma favorita. Ahora, figuras progresistas como Gavin Newsom en Estados Unidos u Óscar Puente en España han decidido devolver el golpe con las mismas herramientas. Como digo, el giro es comprensible, pero también arriesgado.

Como constatamos con frecuencia, el ministro español no se limita a inaugurar obras o presentar proyectos: dispara ironías contra el PP, replica a titulares de prensa con mordacidad y se ha convertido en un generador habitual de titulares digitales. Por otro lado, Newsom, desde California, responde a Donald Trump con parodias y guiños que buscan ridiculizarlo en su propio terreno.

El resultado es evidente: visibilidad, viralidad y aplausos de las bases progresistas, hartas de constatar cómo la derecha imponía el marco digital sin oposición. ¿Quién no disfruta de un buen zasca cuando se dirige al adversario político? La satisfacción es inmediata, y la recompensa mediática segura.

Pero la política no puede convertirse en un concurso de ingenio. El troleo moviliza, sí, pero difícilmente persuade. Los votantes indecisos, que deciden elecciones en democracias como España, Alemania o Estados Unidos, suelen mirar con desconfianza estos intercambios de memes e insultos. Si todo se reduce al espectáculo, la sensación de que «todos son iguales» crece. Y ahí la izquierda pierde una de sus principales bazas: la autoridad moral que siempre le permitió erigirse como contrapeso a la crispación de la derecha.

Además, cuando quien juega a la provocación es un ministro o un gobernador, se erosiona el prestigio institucional. Una cosa es que un diputado de la oposición lance sarcasmos y otra, muy distinta, que lo haga quien debe representar al Estado.

Lo que hacen Newsom y Puente no son excepcionalidades. En Alemania, los socialdemócratas han ensayado mensajes irónicos contra la ultraderecha de AfD. En Francia, La Francia Insumisa de Mélenchon ha convertido los memes en herramienta de lucha cultural. Y en Italia, algunos sectores progresistas intentan responder en redes al omnipresente Matteo Salvini.

La pregunta es siempre la misma: ¿hasta dónde se puede incursionar en el terreno de la provocación sin perder credibilidad? Y, sobre todo, ¿puede la izquierda ganar una batalla que inventó la derecha?

Es ingenuo pensar que el troleo no tiene ventajas. En un ecosistema mediático gobernado por algoritmos, la ironía multiplica el alcance y permite a la izquierda plantar cara en un terreno donde estaba en clara desventaja. Newsom ha logrado con ello perfilarse como presidenciable dentro de los demócratas. Puente, con sus mensajes afilados, ha conseguido una relevancia en la política española que trasciende su cartera.

El problema es la sostenibilidad. Lo que hoy da visibilidad puede convertirse mañana en un bumerán. El sarcasmo no construye consensos, no atrae al votante moderado y, a la larga, puede alimentar el mismo clima de polarización que tanto se critica.

Si la tendencia se consolida, veremos una izquierda más combativa en redes, capaz de arañar terreno simbólico y de cohesionar a su electorado. Probablemente logre incomodar a la derecha y neutralizar parte de su hegemonía digital.

Pero la probabilidad de ganar elecciones únicamente a golpe de troleo es muy limitada. Para vencer, la izquierda necesitará combinar el ingenio viral con propuestas claras, discursos que inspiren confianza y una gestión eficaz que demuestre solvencia. El sarcasmo puede abrir la puerta a la conversación, pero nunca reemplazarla.

Porque no debe olvidarse que el troleo político es un arma de doble filo. Usado con moderación, puede ser una herramienta legítima para combatir la desinformación y ridiculizar el extremismo. Usado en exceso, degrada el debate, trivializa las instituciones y convierte la política en un espectáculo sin sustancia.

Newsom y Puente han decidido jugar con fuego. Si logran controlar la llama, habrán demostrado que la izquierda puede competir en el terreno digital sin perder sus principios. Si se dejan arrastrar por la lógica del meme, solo contribuirán a conformar un paisaje político donde la provocación sustituye a la política y el ruido ahoga a las ideas. Y no me parece que estas deban ser sus aspiraciones, y menos sus obligaciones.


 

jueves, 18 de septiembre de 2025

¿Un nuevo partido de derechas?

En una reciente columna en el diario Información, Juan Ramón Gil decía que «en el Palau de la Generalitat están preocupados con ‘lo de Camps’, aunque quieran disimularlo, y en Génova están aún más inquietos y no tienen empacho alguno en evidenciarlo. Apuntaba que es lógico, pues la derecha ha gobernado siempre que en su espectro han competido no más de dos opciones fuertes. Y ha perdido (CDS, Cs…) siempre que han sido tres. ¿Si Camps y Castedo se presentaran con nuevas siglas, tendrían alguna oportunidad de sumar lo suficiente para entrar en Les Corts? Juan Ramón entiende que no, pero a la hora de restar, el daño que harían sería relevante. Apenas 125.000 votos, sobre un universo potencial de más de 3,5 millones, permitieron en 2023 gobernar al PP con la ayuda de Vox. ¿Por qué? Porque el PP, en gran medida, y Vox en alguna, deglutieron todo el voto de Cs, la tercera marca de la derecha. Mientras que en el lado de la izquierda, casi 86.000 votos de Podemos, que por la magia del señor D’Hont se habrían multiplicado en escaños, se tiraron al sumidero».

Personalmente, entiendo que la hipótesis de una escisión a la derecha del PP, liderada por Francisco Camps y con Sonia Castedo como aliada, tiene morbo mediático, pero sobre todo, como dice Juan Ramón, acarrea consecuencias muy concretas en un ecosistema electoral con la barrera del 5% regional y el reparto provincial mediante la ley D’Hondt. Dicho de modo más ramplón: aquí los experimentos con gaseosa salen caros.

Camps ha rearmado su marca personal tras la absolución de la Audiencia Nacional en mayo de 2024 por la pieza Orange Market, de Gürtel; la Fiscalía del Supremo desistió luego de recurrir y, a inicios de 2025, la propia Fiscalía pidió inadmitir el recurso del PSPV. En política, eso equivale a «expediente limpio» y narrativa de reparación. En paralelo, Sonia Castedo cerró su vía penal en 2024 con resoluciones favorables tras años de desgaste por el caso Brugal y, acto seguido, regresó al PP de la mano de Camps. Su capital político está radicado en Alicante: conoce el aparato, conserva redes y polariza lo suficiente como para movilizar.

Hoy por hoy, el movimiento de Camps y Castedo no tiene apariencia de crear partido, sino de tensionar al PPCV, reclamar un congreso y exigir espacio orgánico. Pero si ese pulso se enquista, la amenaza de escisión se convierte en palanca.

Como sabemos, Les Corts suman 99 escaños; desde 2023 gobierna el PP con Vox. Cualquier fuga de voto a la derecha altera esa aritmética. Además, durante este verano, Vox ha vuelto a crecer en estimaciones nacionales, lo que endurece la competencia por el electorado conservador. Si a esa presión se añade una escisión, el PP juega en dos frentes.

Y ojo a la posible reforma de la ley electoral: hay una ILP y mociones institucionales para bajar el listón del 5% al 3%. Si prospera antes de 2027, la viabilidad de un nuevo partido cambia notablemente.

Todo este batiburrillo, nada extraño en nuestra campechana comunidad, que siempre tiene disponible un renovado divertimento con el que entretener a sus ciudadanos, dibuja al menos tres escenarios con sus consiguientes consecuencias.

1. Escenario primero: «Amagar y ganar» dentro del PP (seguramente el más probable). 

En esta hipótesis, Camps consolida una corriente interna que fuerza elecciones primarias/congreso y reposiciona el discurso hacia la «mayoría absoluta», con Castedo como polo de atracción en Alicante. Resultado: menos fuga hacia Vox, más protagonismo de las viejas estructuras y un PP más centrado en figuras carismáticas. Coste: fricciones con la dirección de Mazón y ruido público que puede erosionar la coalición con Vox. Beneficio: Evita el «suicidio del 5%». 

2. Escenario segundo: Escisión «clásica» a la derecha

Se lanza un nuevo partido autonómico. El umbral del 5% regional obliga a escalar más allá de Alicante/València. Si se queda en 3–4%, esos votos se pierden y facilitan que PSPV y/o Compromís arrebaten escaños decisivos. Si supera el 5%, lo hace sobre todo rebañando al PP (y algo a Vox), fragmenta el bloque y complica reeditar gobierno. Es el escenario favorito de la izquierda… y el que la ley, hoy, desincentiva. 

3. Escenario tercero: Partido de «marca provincial» + municipales

Aunque el listón del 5% impide traducir fuerza local en escaños autonómicos, sí podría causar estragos en alcaldías clave (Alicante en primer lugar). Una lista Camps–Castedo en la capital tendría opciones de entrar con holgura y desalojar al PP por división del voto, incluso facilitando mayorías alternativas. Es el escenario con mayor poder de chantaje territorial y el más coherente con el capital político específico de Castedo. 

Variables que decidirán la contienda

a) Regla del 5% versus reforma al 3%. Con el actual 5%, la racionalidad dicta pelear dentro del PP; con el 3% y cómputo provincial, la escisión deja de ser kamikaze.

b) Humor del electorado de derechas. Si Vox crece, el espacio para una «derecha nostálgica» o «gestora» existe, pero es estrecho; necesitaría relato diferencial (gestión/obra pública/municipalismo) y rostros con tirón (Castedo en Alicante, redes campistas en València).

c) Tiempo judicial. Con sus absoluciones consolidadas, Camps y Castedo ya no arrastran hipotecas procesales que bloqueen candidaturas; su problema es estratégico, no jurídico.

d) La reacción de Génova y de Mazón. Si integran a Camps en la foto (puestos orgánicos, relato de unidad y «pasar página»), minimizan incentivos para romper. Si lo orillan, la amenaza del plan B gana fuerza. 

En suma, en mi opinión, mientras no cambie la ley electoral, una escisión autonómica promovida por Camps y Castedo haría más daño que beneficio al bloque de las derechas, con alto riesgo de regalar escaños con resultados por debajo del 5% o de fragmentar mayorías si lo superan por poco. El movimiento inteligente —y que hoy considero más verosímil— es utilizar la amenaza para reordenar el PP desde dentro, «recentralizar» la marca alrededor de liderazgos potentes, dar una salida razonable a los «resentidos» y blindar Alicante. Si en el futuro el umbral baja al 3%, entonces la aritmética abriría una ventana real para un «partido bisagra» de perfil campista-castedista. Hasta entonces, el amago del «nuevo partido» me parece más una vía de expresión del descontento y de reivindicar «lo mío» que un proyecto con futuro.


 

jueves, 11 de septiembre de 2025

Cuando la crianza se convierte en excusa

Ser madre o padre implica un sinfín de responsabilidades, pero también sirve de coartada para explicar nuestras decisiones. Una de las más comunes —y a veces más problemáticas— se resume en la frase «es que los niños no me dejan» o su variante «lo hacemos por los niños». Detrás de esta aparente justificación se esconden dinámicas complejas, desde la evasión de responsabilidades hasta la manipulación emocional. 

Una de las formas más explícitas de estos comportamientos se produce cuando los padres utilizan a los hijos como excusa, es decir, como argumento para evitar hacer algo que en realidad no desean. En la vida cotidiana es habitual escuchar frases como: «No puedo ir al gimnasio porque los niños no me dejan», «no viajamos porque con los niños es imposible» o «dejé de estudiar porque tengo que estar con ellos».

Naturalmente, criar a los hijos exige tiempo y energía, y conlleva limitaciones reales. Sin embargo, como señalan los psicólogos familiares, a menudo frases como las mencionadas encubren una verdad más incómoda: no quiero hacerlo, no me interesa o no sé cómo hacerlo. La excusa de los niños funciona entonces como un «pararrayos» que desvía eventuales críticas externas.

Un ejemplo ilustrativo que ha utilizado algún profesional es el de una madre de dos niños pequeños, que decía habitualmente que no retomaba sus clases de inglés porque «los niños absorbían todo su tiempo». Sin embargo, cuando comenzaron a ir a la escuela, ella siguió posponiendo el proyecto. En conversación con una amiga, reconoció finalmente: «La verdad es que me da miedo enfrentarme a algo que siento que ya olvidé». Los hijos eran, en realidad, una coartada para tapar su inseguridad.

El sociólogo François de Singly, profesor de sociología en la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales de la Sorbona, Universidad de París Descartes, explica que en la vida familiar «los niños se convierten en un recurso simbólico que los adultos utilizan para legitimar decisiones propias». Es decir, no solo son objeto de cuidados, sino también de discursos que facilitan justificar elecciones personales.

Pero, más allá de la excusa, también se constata otra dinámica cuando los padres proyectan sus propios intereses encubriéndolos bajo la máscara del bienestar infantil. La frase «lo hacemos por los niños» a menudo encubre la satisfacción de deseos adultos.

Un ejemplo frecuente tiene que ver con la elección de los lugares de vacaciones. Una determinada familia decide pasar una semana en un complejo turístico «porque es perfecto para los niños». Sin embargo, en la práctica, ellos terminan aburridos haciendo actividades que conocen sobradamente o poco adaptadas a sus edades, mientras los adultos disfrutan del spa, de largas cenas o de interminables sobremesas. En este caso, la justificación infantil legitima la búsqueda de comodidad por parte de los padres.

Algo similar sucede en contextos más sustanciales, como las expectativas laborales. Hay padres que afirman que mantienen un empleo estresante «para dar lo mejor a sus hijos», cuando en realidad en su decisión pesa tanto o más que ello el deseo personal de estatus, éxito profesional o altos ingresos. Obviamente, esto no desmerece la legítima aspiración de querer prosperar, pero lo que sí es problemático es ocultar la verdadera motivación tras el argumento de la crianza.

A la postre, este fenómeno puede generar tensiones en la familia. Como ha argumentado la prestigiosa psicóloga M. Jesús Álava Reyes: «Cuando los hijos perciben que se utilizan como excusa, sienten que no son vistos como sujetos, sino como instrumentos». En otras palabras, los niños acaban siendo un escudo retórico más que personas con voz propia.

La utilización de los hijos como excusa revela, en el fondo, un déficit de comunicación honesta. Decir abiertamente «no quiero» o «no puedo» puede resultar incómodo porque implica reconocer límites, aceptar vulnerabilidades o exponerse a críticas. La crianza, en cambio, ofrece argumentos que es difícil que sean cuestionados. ¿Quién se atrevería a reprochar a una madre o a un padre que priorice a sus hijos?

Sin embargo, esta dinámica erosiona la confianza. En la pareja, puede generar resentimiento: si uno de los dos siempre justifica decisiones apelando a los niños, se dificulta discutir en igualdad. En la relación con los hijos, los efectos son aún más delicados. Cuando crecen y empiezan a notar la incoherencia entre lo que se dice y lo que realmente ocurre, pueden sentirse manipulados.

Un caso citado con frecuencia en investigaciones de psicología familiar es el de adolescentes que rechazan participar en ciertas actividades «familiares» porque sienten que en realidad se trata de planes pensados para satisfacer a los adultos. El mensaje implícito que reciben es: «Nuestros padres no nos dicen la verdad, nos usan como argumento».

El insigne pedagogo, investigador y dibujante italiano Francesco Tonucci insiste en la importancia de dar voz real a los niños: «Los adultos suelen decidir por ellos pensando que saben lo que es mejor, pero muchas veces responden a sus propios intereses». La honestidad en la comunicación, incluso con los más pequeños, resulta esencial para construir confianza y autonomía.

¿Cómo se puede evitar caer en estas trampas? No se trata de dejar de lado a los hijos en las decisiones familiares, sino de asumir con sinceridad las propias motivaciones. Algunas estrategias útiles incluyen:

• Aludir a los verdaderos deseos. En lugar de decir «no voy a la reunión porque los niños están cansados», se puede decir «estoy cansado y prefiero no ir». Reconocer la responsabilidad personal es un acto de madurez.

• Diferenciar necesidades de deseos. Los hijos tienen necesidades objetivas (cuidado, afecto, educación), pero no todas las elecciones de los padres responden a ellas. Ser capaces de distinguir cuándo una decisión es por ellos y cuándo es por nosotros ayuda a mantener la claridad.

• Escuchar a los niños. Darles voz en decisiones que les afectan directamente permite reducir la instrumentalización. Incluso los más pequeños pueden expresar preferencias que orienten a los padres.

• Fomentar la transparencia en la pareja. Hablar abiertamente de miedos, cansancio o deseos evita recurrir al «paraguas» de los hijos como excusa.

En definitiva, la frase «es por los niños» refleja una paradoja: al mismo tiempo que reconoce la importancia de la crianza, puede ocultar la falta de honestidad en las relaciones adultas. Los hijos, convertidos en excusa, pasan de ser sujetos de derechos a convertirse en un recurso retórico. Al priorizar los propios deseos disfrazados de cuidado infantil y al evitar la comunicación directa, los padres corren el riesgo de dañar la confianza tanto en la pareja como con los propios hijos.

Aceptar que no siempre queremos o podemos hacer algo, y atrevernos a decirlo sin excusas, es un paso hacia una crianza más auténtica y una vida familiar más sana. Como recuerda la psicóloga Brené Brown, profesora e investigadora de la Universidad de Houston, «la vulnerabilidad es la esencia de la conexión humana». Quizá el mayor regalo que podemos dar a nuestros hijos no sea ponerlos como excusa, sino mostrarles, con honestidad, que ser adulto también significa aprender a decir la verdad.


 

jueves, 4 de septiembre de 2025

Gratitud y dignidad

Tras dedicar su vida a la psicología de la salud y a los cuidados paliativos, tras intentar contumazmente comprender al ser humano y acompañarlo en su sufrimiento hasta el final de la vida, Ramón Bayés se marchó el mes pasado. Tenía 94 años. En su vida enfatizó dos ideas fundamentales: la primera, que los cuerpos duelen, son las personas las que sufren; y la segunda, que la persona es el viaje, y que cada viaje es distinto, único… No importa no llegar a Ítaca; lo importante es que el camino sea consciente y rico en experiencias, como propone Kavafis. Debemos seguir andando, mientras podamos.

En este blog, he abordado en otras ocasiones el espinoso asunto de los cuidados paliativos y la eutanasia. Un derecho incorporado recientemente a la letra de la ley en España, que lamentablemente dista mucho de ser una realidad en el día a día de la vida de los ciudadanos.

La partida de Ramón, catedrático de Psicología en la Universidad Autónoma de Barcelona, me trae a la memoria a otro insigne y polémico académico, el célebre neurólogo y autor Oliver Sacks, que despidió la vida con una carta y una obra profundamente humanas. La primera es una misiva que hizo pública en 2015 revelando que, a sus 81 años, enfrentaba metástasis hepáticas derivadas de un melanoma ocular y elegía vivir los meses que le quedaran «ricos, profundos y productivos». Más tarde, nos regaló Gratitud, una colección de ensayos escritos en sus últimos días, donde abraza la vejez sin miedo, la muerte sin dramatismo y exalta la vida con serenidad. Finalmente, su legado se completó con una exquisita colección de cartas (Cartas, Anagrama, 2025) que revelan la pasión, curiosidad, sensibilidad y calidez de un hombre entregado al conocimiento y al afecto.

Ramón Bayés, por su parte, maestro en cuidados paliativos, también decidió recurrir a la eutanasia dada su situación de aislamiento irrevocable: la pérdida de vista y oído le había privado del mundo que amaba —la lectura, el cine, la escritura—. Su muerte, consumada el pasado 7 de agosto, fue una despedida consciente y libre, pero el proceso para llegar a ella estuvo marcado por la lentitud burocrática, la falta de empatía profesional e incluso la objeción de conciencia oculta. Todo ello hizo su adiós más duro de lo previsto. Su hija ha revelado que los trámites duraron más de tres meses —muchísimo más tiempo del establecido por la ley—; que enfrentó entrevistas protocolarias que no exploraron su sufrimiento real; que medidas tan básicas como la colocación de la vía intravenosa se practicaron tarde y torpemente —seis intentos—, reforzando el dolor en lugar de asegurar la partida digna que ansiaba.

Son dos despedidas muy distintas. Sacks, rodeado de palabras certeras y afecto, encontró en el lenguaje y en su obra el modo de despedirse en plenitud. Bayés, a pesar de su sabiduría, se encontró con un sistema que violentó su etapa final con fallos técnicos, tensiones morales y falta de humanidad. Ninguno escatimó en dignidad, pero a uno le ayudó su voz y el otro enfrentó una ley incipiente —garantista solo sobre el papel— con engranajes todavía chirriantes.

Pese a todo, ambos encarnan la búsqueda de un final consciente y dignamente elegido. Sacks lo hace acopiando sus vivencias y su gratitud por la vida; Bayés optando por una muerte asistida en uno de los sistemas de salud más avanzados de Europa. Ambos concuerdan en que, en la encrucijada final, debe poderse elegir cómo despedirse: con gratitud o con lucidez, pero siempre con dignidad. De manera que, también en su ocaso, la persona debe seguir siendo protagonista de su historia.

Pero entre las experiencias de ambos se contrastan abismos. Sacks dispuso de su voz, de entornos íntimos y del poder transformador de su obra. Bayés se encontró con un sistema frío y fallido que no supo envolverlo emocionalmente. La ley española de la eutanasia prevé plazos cortos (15 días), acompañamiento médico y garantía legal, pero la práctica demuestra que son habituales las demoras (más de tres meses) y que hay profesionales insuficientemente formados o con objeción oculta. Así pues, el legado de Sacks es simbólico y refleja el ideal de la despedida aceptada. El que deja Bayés desliza una pregunta inquietante: si alguien como él ha encontrado tantos obstáculos, ¿qué no sufrirán quienes carecen de redes de apoyo o no conocen sus derechos?

La Ley Orgánica 3/2021, de regulación de la eutanasia, reconoció el derecho a morir dignamente con asistencia médica, como prestación pública del Sistema Nacional de Salud. Somos el séptimo país del mundo en reconocerlo. Desde su promulgación hasta el año pasado, se constatan 2500 solicitudes, de las que se han atendido poco más del 40 %.

Por otra parte, la ley establece un marco bien cimentado en derechos fundamentales —dignidad, autonomía, libertad— e incluso prevé la objeción de conciencia, las comisiones de garantía y los procedimientos urgentes. Sin embargo, cinco años después de su promulgación, su materialización es dispar: hay retrasos, desigualdades territoriales, carencias formativas, falta de empatía y opacidad estadística.

De hecho, la media real desde la petición hasta la prestación ronda los 67-75 días, frente a los 35 previstos. Una de las consecuencias de ello es que el 25 % de los solicitantes muere antes de que se resuelva su petición. Por otro lado, la desigualdad entre comunidades autónomas es llamativa y refleja realidades muy dispares, desde la no publicación de datos (C. Valenciana y Canarias para los años 2022 y 2023) al 82 % de solicitudes atendidas en el País Vasco, el 12 % en Aragón o el 16 % en Cantabria. En Murcia y Extremadura, curiosamente, se atendieron todas.

En fin, en la figura de Oliver Sacks hay poesía, gratitud, despedida consciente; la despedida de Ramón Bayés muestra descarnadamente que todavía resta mucho por pulir en nuestro sistema para que sea verdaderamente humanizador. Sacks vivió sus últimos días como una narrativa completa y bellísima; Bayés tuvo que contornear un sistema que le falló al borde de su adiós.

Es incuestionable que se han producido avances normativos, pero, como refrenda la historia, las leyes no bastan por sí solas. Su desarrollo y aplicación requieren humanidad, formación, recursos y equidad por parte de quienes deben materializarlas. Si queremos que todas las despedidas se parezcan a la de Sacks —con plenitud, claridad y humanidad— y no tanto a la de Bayés —con espera, frialdad y dolor añadido—, debemos seguir ajustando la ley, desplegando y reforzando las actuaciones y controles que demanda su implementación, y exigiendo que la muerte con dignidad sea una opción real para todos los ciudadanos y las ciudadanas, sin excepciones.