En 2025, Josep Ramoneda advertía del «sombrío destino de Europa» al observar la sumisión de Ursula von der Leyen ante Donald Trump. Diez años después, en una línea temporal ucrónica, el continente ha seguido caminos contradictorios que van desde la desintegración populista al resurgir estratégico. España, lejos de ser un actor secundario, se ha convertido en pieza clave de esa Europa a dos velocidades.
La escena referida pertenece a un pasado que parece remoto, pero que marcó un punto de inflexión. Ursula von der Leyen, entonces presidenta de la Comisión Europea, aparecía en una fotografía junto a Donald Trump en una actitud que muchos calificaron de servil. Josep Ramoneda escribió entonces en El País: «El gesto revela la fragilidad del continente frente a un líder que desprecia sin pudor los límites democráticos». Aquel artículo, titulado La anécdota Sánchez y el sombrío destino de Europa, anticipaba un dilema que, diez años después, sigue vigente: ¿qué Europa queremos ser?
La década que siguió confirmó las tensiones que Ramoneda había señalado. La socialdemocracia, vista por muchos como una fuerza que «sobraba» en un escenario dominado por el neocapitalismo financiero y digital, se tambaleó. Los populismos crecieron en Francia, Alemania, Polonia y el Reino Unido, y la tentación autoritaria se instaló en buena parte de las élites europeas. «No queremos más Bruselas, queremos París decidiendo nuestro futuro», clamaba Marine Le Pen en 2032, ya como presidenta de la República. En Berlín, el ascenso del AfD consolidó un bloque euroescéptico en el corazón del continente.
Sin embargo, no toda Europa marchó en esa dirección. Países nórdicos y bálticos, apoyados por otros del sur mediterráneo, cada vez más conscientes de su vulnerabilidad climática, apostaron por la integración y la autonomía estratégica. La gran crisis de 2031, cuando una ola de calor devastadora colapsó redes eléctricas y hospitales en Italia y España, fue el principal catalizador. «El cambio climático ya no es una agenda: es supervivencia», reconoció la comisaria europea de Energía en 2032. A partir de entonces, la Unión emprendió un giro verde que transformó su modelo económico.
En 2035, Europa cuenta con la tercera mayor fuerza militar integrada del mundo, después de China y EE. UU., fruto del plan Preparación 2030. También es el primer exportador de energía limpia gracias al desarrollo de interconexiones eléctricas y a la apuesta de España y Portugal por la solar e hidráulica. Pero esta fortaleza convive con una fractura política persistente: una Europa federal de facto y otra confederación minimalista. El proyecto comunitario ha sobrevivido, pero con profundas cicatrices.
La trayectoria española ha sido paradigmática. Tras años de polarización y bloqueos, el PSOE lideró una reforma constitucional en 2030 que blindó derechos fundamentales: vivienda, aborto, protección ambiental y reparto de beneficios empresariales. Se creó incluso una figura inédita, el Defensor de las Generaciones Futuras, encargado de frenar políticas cortoplacistas que comprometieran el medioambiente o el bienestar social. «Es la segunda transición de la democracia española», tituló Le Monde en un editorial de 2031.
La economía, por su parte, logró diversificarse. La inversión en I+D alcanzó el 3 % del PIB en 2033, con polos tecnológicos en Madrid y Barcelona especializados en inteligencia artificial y biotecnología. España lidera hoy la aplicación ética de la IA en la sanidad pública y en la educación, gracias a una Carta de Derechos Digitales pionera. «Hemos demostrado que la innovación no está reñida con los derechos», declaró la ministra de Ciencia en la Cumbre Digital de Bruselas este mismo año.
Sin embargo, las sombras son innegables. El envejecimiento avanza: el 31 % de la población española supera ya los 65 años, y la natalidad se mantiene en 1,3 hijos por mujer. La deuda pública, pese al crecimiento, ronda todavía el 110 % del PIB. En la España interior, el abandono y la falta de oportunidades alimentan aún un voto populista que se mantiene estable en torno al 20 %. La brecha entre las metrópolis dinámicas y la periferia rural es el gran desafío pendiente.
En el continente, la división es cada vez más visible. Un bloque federal liderado por los nórdicos, los bálticos y buena parte del sur ha impulsado una defensa común, un mercado energético integrado y un paquete mínimo de derechos sociales. Mientras tanto, otro bloque —Francia, Alemania bajo AfD, Polonia y Hungría— prefiere un modelo de soberanías fuertes y rechaza cualquier cesión adicional de poder a Bruselas.
La expresión más clara de esta dualidad es el Parlamento Europeo de 2034: dos grandes bloques, uno progresista-federal y otro nacional-populista, comparten casi a partes iguales los escaños, con un centro liberal reducido a la irrelevancia. «Europa está más viva que nunca, pero también más dividida», resumía en junio un informe del think tank Bruegel.
En este contexto, España ocupa una posición ambivalente pero central. Es, al mismo tiempo, potencia energética verde, laboratorio de innovación digital y mediadora en el Mediterráneo. Los acuerdos migratorios y energéticos con Marruecos, Senegal y Argelia le han dado un peso inédito en la política exterior europea. «Sin España, la frontera sur sería ingobernable», reconocía en privado un alto funcionario de la Comisión.
A la vez, el país vive bajo la tensión interna de su propia dualidad: modernización urbana frente a atraso rural, derechos blindados frente a desigualdades persistentes, potencia verde frente a deuda crónica. La paradoja española refleja la paradoja europea.
La pregunta que planteaba Ramoneda en 2025 sigue resonando: ¿hay todavía espacio para una socialdemocracia que parecía sobrar? En la Europa ucrónica de 2035, la respuesta es ambivalente. Esa voz se ha debilitado, pero también ha sido la única capaz de articular un relato de progreso frente a la tentación autoritaria. Pedro Sánchez lo dijo en 2025: «Europa está ante un dilema existencial: o avanza en progreso y solidaridad, o cede a la extrema derecha». Una década más tarde, el continente ha hecho ambas cosas a la vez.
La historia, sin embargo, no está clausurada. Europa 2035 es un territorio en disputa: una confederación partida en dos, pero todavía con un proyecto común en juego. España, con sus contradicciones, se ha convertido en ejemplo de que incluso en tiempos de fractura es posible reinventar la democracia. La ucronía no es un destino inequívoco, sino un espejo donde mirarse para decidir el camino.
Europa no ha muerto, pero tampoco ha logrado renacer. Sobrevive, resiste y se transforma a medias. El futuro dependerá de si logra modular sobre sus fragmentos un nuevo proyecto común. Y ahí, en ese frágil equilibrio, España podría jugar un papel decisivo en los próximos diez años.
Bruselas, septiembre de 2035.




