En una reciente columna en el diario Información, Juan Ramón Gil decía que «en el Palau de la Generalitat están preocupados con ‘lo de Camps’, aunque quieran disimularlo, y en Génova están aún más inquietos y no tienen empacho alguno en evidenciarlo. Apuntaba que es lógico, pues la derecha ha gobernado siempre que en su espectro han competido no más de dos opciones fuertes. Y ha perdido (CDS, Cs…) siempre que han sido tres. ¿Si Camps y Castedo se presentaran con nuevas siglas, tendrían alguna oportunidad de sumar lo suficiente para entrar en Les Corts? Juan Ramón entiende que no, pero a la hora de restar, el daño que harían sería relevante. Apenas 125.000 votos, sobre un universo potencial de más de 3,5 millones, permitieron en 2023 gobernar al PP con la ayuda de Vox. ¿Por qué? Porque el PP, en gran medida, y Vox en alguna, deglutieron todo el voto de Cs, la tercera marca de la derecha. Mientras que en el lado de la izquierda, casi 86.000 votos de Podemos, que por la magia del señor D’Hont se habrían multiplicado en escaños, se tiraron al sumidero».
Personalmente, entiendo que la hipótesis de una escisión a la derecha del PP, liderada por Francisco Camps y con Sonia Castedo como aliada, tiene morbo mediático, pero sobre todo, como dice Juan Ramón, acarrea consecuencias muy concretas en un ecosistema electoral con la barrera del 5% regional y el reparto provincial mediante la ley D’Hondt. Dicho de modo más ramplón: aquí los experimentos con gaseosa salen caros.
Camps ha rearmado su marca personal tras la absolución de la Audiencia Nacional en mayo de 2024 por la pieza Orange Market, de Gürtel; la Fiscalía del Supremo desistió luego de recurrir y, a inicios de 2025, la propia Fiscalía pidió inadmitir el recurso del PSPV. En política, eso equivale a «expediente limpio» y narrativa de reparación. En paralelo, Sonia Castedo cerró su vía penal en 2024 con resoluciones favorables tras años de desgaste por el caso Brugal y, acto seguido, regresó al PP de la mano de Camps. Su capital político está radicado en Alicante: conoce el aparato, conserva redes y polariza lo suficiente como para movilizar.
Hoy por hoy, el movimiento de Camps y Castedo no tiene apariencia de crear partido, sino de tensionar al PPCV, reclamar un congreso y exigir espacio orgánico. Pero si ese pulso se enquista, la amenaza de escisión se convierte en palanca.
Como sabemos, Les Corts suman 99 escaños; desde 2023 gobierna el PP con Vox. Cualquier fuga de voto a la derecha altera esa aritmética. Además, durante este verano, Vox ha vuelto a crecer en estimaciones nacionales, lo que endurece la competencia por el electorado conservador. Si a esa presión se añade una escisión, el PP juega en dos frentes.
Y ojo a la posible reforma de la ley electoral: hay una ILP y mociones institucionales para bajar el listón del 5% al 3%. Si prospera antes de 2027, la viabilidad de un nuevo partido cambia notablemente.
Todo este batiburrillo, nada extraño en nuestra campechana comunidad, que siempre tiene disponible un renovado divertimento con el que entretener a sus ciudadanos, dibuja al menos tres escenarios con sus consiguientes consecuencias.
1. Escenario primero: «Amagar y ganar» dentro del PP (seguramente el más probable).
En esta hipótesis, Camps consolida una corriente interna que fuerza elecciones primarias/congreso y reposiciona el discurso hacia la «mayoría absoluta», con Castedo como polo de atracción en Alicante. Resultado: menos fuga hacia Vox, más protagonismo de las viejas estructuras y un PP más centrado en figuras carismáticas. Coste: fricciones con la dirección de Mazón y ruido público que puede erosionar la coalición con Vox. Beneficio: Evita el «suicidio del 5%».
2. Escenario segundo: Escisión «clásica» a la derecha
Se lanza un nuevo partido autonómico. El umbral del 5% regional obliga a escalar más allá de Alicante/València. Si se queda en 3–4%, esos votos se pierden y facilitan que PSPV y/o Compromís arrebaten escaños decisivos. Si supera el 5%, lo hace sobre todo rebañando al PP (y algo a Vox), fragmenta el bloque y complica reeditar gobierno. Es el escenario favorito de la izquierda… y el que la ley, hoy, desincentiva.
3. Escenario tercero: Partido de «marca provincial» + municipales
Aunque el listón del 5% impide traducir fuerza local en escaños autonómicos, sí podría causar estragos en alcaldías clave (Alicante en primer lugar). Una lista Camps–Castedo en la capital tendría opciones de entrar con holgura y desalojar al PP por división del voto, incluso facilitando mayorías alternativas. Es el escenario con mayor poder de chantaje territorial y el más coherente con el capital político específico de Castedo.
Variables que decidirán la contienda
a) Regla del 5% versus reforma al 3%. Con el actual 5%, la racionalidad dicta pelear dentro del PP; con el 3% y cómputo provincial, la escisión deja de ser kamikaze.
b) Humor del electorado de derechas. Si Vox crece, el espacio para una «derecha nostálgica» o «gestora» existe, pero es estrecho; necesitaría relato diferencial (gestión/obra pública/municipalismo) y rostros con tirón (Castedo en Alicante, redes campistas en València).
c) Tiempo judicial. Con sus absoluciones consolidadas, Camps y Castedo ya no arrastran hipotecas procesales que bloqueen candidaturas; su problema es estratégico, no jurídico.
d) La reacción de Génova y de Mazón. Si integran a Camps en la foto (puestos orgánicos, relato de unidad y «pasar página»), minimizan incentivos para romper. Si lo orillan, la amenaza del plan B gana fuerza.
En suma, en mi opinión, mientras no cambie la ley electoral, una escisión autonómica promovida por Camps y Castedo haría más daño que beneficio al bloque de las derechas, con alto riesgo de regalar escaños con resultados por debajo del 5% o de fragmentar mayorías si lo superan por poco. El movimiento inteligente —y que hoy considero más verosímil— es utilizar la amenaza para reordenar el PP desde dentro, «recentralizar» la marca alrededor de liderazgos potentes, dar una salida razonable a los «resentidos» y blindar Alicante. Si en el futuro el umbral baja al 3%, entonces la aritmética abriría una ventana real para un «partido bisagra» de perfil campista-castedista. Hasta entonces, el amago del «nuevo partido» me parece más una vía de expresión del descontento y de reivindicar «lo mío» que un proyecto con futuro.

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