sábado, 30 de mayo de 2026

Prontuario de izquierdas en tiempos de incertidumbre

A principios del siglo, algunos dirigentes de la izquierda española viajaban a Porto Alegre (Brasil) para participar en el Foro Social Mundial (FSM) atraídos por la promesa de un mundo distinto, que entonces encarnaba la figura de Luiz Inácio Lula da Silva. Se trataba de una mezcla de épica social, ascenso popular y pragmatismo político que ofrecía algo más que un programa, pues proporcionaba un horizonte de futuro, alternativo al que patrocinaba el Foro de Davos. Hoy, ese impulso se ha desvanecido casi por completo en un contexto general mucho más áspero, donde la izquierda no solo compite por gobernar, sino que, además, debe defenderse de sí misma y definir con claridad qué propone y cómo lo cuenta.

La reciente cumbre progresista, impulsada por Pedro Sánchez y celebrada en Barcelona a mediados de abril, ilustra bien esa transición. El encuentro no se presentó como un laboratorio de ideas transformadoras, sino como un espacio de resistencia frente al avance de la extrema derecha. Un significativo cambio de registro que expresa muy bien la considerable distancia existente entre la ambición de cambiar el mundo y la necesidad de defender lo construido. Pero también esa estrategia, inequívocamente defensiva, empieza a mostrar sus limitaciones.

Pese a todo, entiendo que el problema no es tanto la carencia de diagnóstico como la dificultad para traducirlo en políticas concretas que se perciban en la vida cotidiana. Es evidente que la desigualdad, la precariedad laboral o la emergencia climática forman parte de un consenso progresista amplio. Sin embargo, el nuevo manual que la izquierda necesita no puede limitarse al terreno de los principios; requiere medidas específicas, comprensibles y evaluables.

Así, por ejemplo, en el plano económico, la reconstrucción del contrato social es, hoy por hoy, una prioridad inaplazable. Abordarla pasa por avanzar hacia una fiscalidad más efectiva en el ámbito europeo, que incluya medidas como establecer un tipo mínimo real para las grandes corporaciones, consolidar impuestos sobre beneficios extraordinarios en sectores estratégicos y reforzar los mecanismos contra la evasión fiscal. A ello debería sumarse una agenda laboral que responda a la transformación del mercado de trabajo, es decir, que contemple la reducción progresiva de la jornada sin merma salarial, el fortalecimiento de la negociación colectiva y la regulación estricta de la «economía de plataformas».

Por otra parte, en buena parte de Europa, la vivienda representa hoy el principal factor de tensión social. Aquí, la ambigüedad en las propuestas penaliza extraordinariamente a quienes la defienden. Contrariamente, las iniciativas que ganan cada vez más terreno son las que combinan intervención pública decidida con objetivos cuantificables, tales como la ampliación del parque de vivienda pública mediante la construcción masiva, la limitación de precios en zonas tensionadas o la penalización de la vivienda desocupada. Incluso ideas que hace unos años parecían marginales, como la creación de nuevas ciudades o la expansión planificada de determinadas áreas metropolitanas, han regresado al debate de la mano de políticos como el centrista neerlandés Henri Bontenbal.

La transición ecológica añade un plus adicional de complejidad. Ya no basta con declarar la urgencia climática; se exigen calendarios, inversiones y obligaciones concretas. La electrificación del transporte, la rehabilitación energética del parque inmobiliario o la transformación del modelo productivo deben traducirse en empleo visible y en mejoras tangibles. De lo contrario, el coste percibido por la ciudadanía puede alimentar su rechazo.

A todo ello se suma la ampliación del concepto de igualdad. Las agendas feministas, antirracistas y de atención a la diversidad han logrado ocupar un lugar central; sin embargo, su consolidación depende de su traducción en políticas públicas verificables en materia de sistemas de cuidados universales, permisos parentales igualitarios, regularización de trabajadores migrantes en sectores esenciales o medidas contra la segregación urbana. En este contexto, la igualdad deja de ser una declaración de intenciones para convertirse en un conjunto de iniciativas y resultados mensurables.

Sin embargo, el desafío más complejo no reside en definir el contenido de las políticas, sino en la manera de comunicarlas. Figuras internacionales, como la presidenta de México Claudia Sheinbaum, han demostrado que es posible articular discursos que combinan redistribución económica con apelaciones identitarias y nacionales. Ese lenguaje, emocional y directo, conecta con amplios sectores sociales y rompe con la tradición más tecnocrática característica de la izquierda europea. Sin embargo, otra cuestión que ahora se suscita apunta a elucidar hasta qué punto esa adaptación es compatible con los valores democráticos que la propia izquierda reivindica. Por otro lado, en España, el recurso al miedo a la ultraderecha o el uso de etiquetas polarizadoras ha tenido eficacia limitada. Incluso el propio Sánchez reconoce que hoy no basta la apelación a la resistencia para construir mayorías duraderas.

Mientras tanto, la derecha y la extrema derecha avanzan con mensajes simples y propuestas contundentes, especialmente en ámbitos como la inmigración. Ahí está la «prioridad nacional» para acreditarlo. Los acuerdos entre el Partido Popular y Vox en algunas comunidades autónomas muestran hasta qué punto puede desplazarse el marco del debate. Frente a ello, la izquierda necesita articular contrapropuestas igualmente claras, tales como sistemas de acogida coordinados, vías legales de migración o políticas de integración que combinen derechos con obligaciones. Por otra parte, el escenario europeo añade incertidumbre. Aunque el cordón sanitario frente a la extrema derecha sigue vigente en algunos países, figuras como Manfred Weber han abierto la puerta a alianzas puntuales. Y una hipotética victoria de Marine Le Pen podría alterar profundamente los equilibrios políticos de la Unión Europea.

En este contexto, la izquierda se enfrenta a un dilema estratégico: resistir o proponer. La experiencia reciente sugiere que la resistencia, por sí sola, no es suficiente. El nuevo vademécum debe incorporar una agenda que combine ambición transformadora con viabilidad política, capaz de ofrecer certezas en un entorno marcado por la incertidumbre. Porque, en última instancia, la política no se decide solo en el terreno de las ideas, sino en su capacidad para traducirse en mejoras concretas y en relatos compartidos. Si Porto Alegre representó la promesa de un futuro posible, el desafío actual consiste en demostrar que ese futuro puede tomar forma en el presente.



sábado, 23 de mayo de 2026

Saturación cultural

En España jamás se editaron tantos libros como ahora, ni tampoco hubo nunca tantos condenados a la invisibilidad. Es descorazonador constatarlo, pero la realidad de los balances evidencia que, al año de su publicación, no se logra vender un solo ejemplar de la mitad de los títulos que se ofrecen en librerías y plataformas. Este dato, más que una anomalía estadística, revela una enorme disfunción estructural. Estamos instalados en un sistema que aparenta gran exuberancia cultural, pero que realmente amenaza con transformar en un murmullo insignificante el sentido mismo de la publicación.

Contrariamente a lo que puede imaginarse, no es la escasez de lectores lo que explica este fenómeno. Al contrario, los hábitos de lectura han experimentado un crecimiento sostenido durante la última década. Pero ese incremento, aun siendo digno de encomio, no guarda proporción con la hipertrofia de la oferta editorial, que rebasa los 90.000 títulos anuales, perfilando un escenario de saturación en el que cada agente, sea editor, librero o autor, es arrastrado por lo que podría denominarse la «lógica de la urgencia», que erosiona la posibilidad misma de la mediación cultural.

Básicamente, dicha lógica responde a un principio económico de compensación. Ante la mengua de ventas por título, se multiplica el catálogo con la esperanza de que alguno de los lanzamientos alcance un éxito importante, necesario para sostener el conjunto. Este mecanismo, que recuerda a ciertas prácticas especulativas, convierte el repertorio en una suerte de apuesta diversificada con efectos inequívocos: la vida útil del libro se acorta, la promoción se dispersa y el fondo editorial (memoria latente de la cultura escrita) se ve relegado progresivamente.

A primera vista, podría pensarse que la abundancia debería favorecer la diversidad, pero ello es engañoso. La reiteración de las fórmulas de éxito, unida a la concentración de una oferta monopolizada por unos pocos conglomerados comerciales, produce una homogeneización perceptible en los escaparates y en los suplementos culturales. En consecuencia, la bibliodiversidad, entendida no como simple acumulación de títulos, sino como auténtica pluralidad de voces, se ve seriamente comprometida. De hecho, sometido al imperio de la novedad constante, lo diferente raramente encuentra espacio propio, pues lo que no logra acompasarse con el ritmo del mercado se desvanece.

Este fenómeno no es exclusivo del universo editorial. Se descubre también en otras industrias culturales sometidas a dinámicas de hiperproducción. Sin embargo, el libro posee una peculiaridad que agrava su destino y que no es otra que su materialidad. A diferencia de otros bienes culturales que pueden encontrar segundas vidas en determinados entornos digitales, el libro no vendido se convierte en un objeto excedente, susceptible de devolución, almacenamiento o destrucción. En un sistema donde el tiempo de exposición es cada vez más breve, su supervivencia depende de un margen temporal exiguo y, a menudo, insuficiente.

En este contexto, la librería emerge como una institución con una enorme importancia potencial. Lejos de limitarse a la función comercial, puede ejercer una tarea de selección que, en condiciones ideales, debería conferir sentido al conjunto. Pero la presión del volumen de títulos y la competencia de las grandes superficies y plataformas digitales han debilitado esa «capacidad prescriptora». La librería independiente, depositaria de una amplia variedad de títulos, se ve obligada a competir en un terreno donde la rotación rápida se impone a la permanencia reflexiva.

Más delicada aún es la posición del autor. Las condiciones materiales de la escritura (tiradas reducidas, remuneraciones exiguas, visibilidad fugaz...) configuran un escenario donde frecuentemente la vocación se sostiene a costa de la precariedad. La expansión de la autoedición y la mediación de las redes sociales han democratizado el acceso a la publicación, pero a la vez han intensificado la competencia por una atención cada vez más fragmentada. Si antaño la dificultad residía en publicar, hoy reside en ser leído.

Con todo, no faltan voces que relativizan el diagnóstico. Aducen que la abundancia es consustancial a la cultura viva y que el ecosistema digital ha ampliado las posibilidades de circulación de los textos. Ciertamente, nunca como ahora había sido tan accesible la capacidad de publicar y compartir. Pero también es innegable que la proliferación indiscriminada de contenidos puede dificultar la consolidación de criterios, diluyendo la atención en un flujo continuo donde todo compite y casi nada perdura.

Por tanto, el asunto no se limita a la dicotomía simplista entre abundancia y escasez. Se trata, más bien, de interrogarse acerca de las condiciones que permiten que esa abundancia sea significativa. Reducir el número de publicaciones podría aliviar ciertos síntomas, pero no atajaría las causas profundas de un modelo orientado a la cantidad antes que a la calidad. De ahí que las posibles soluciones deban articularse en varios niveles.

En primer lugar, resulta imprescindible fortalecer las comunidades lectoras mediante políticas educativas y culturales sostenidas. La correlación entre lectura y bienestar social no es fortuita; allí donde la ciudadanía dispone de mayores recursos y formación, la demanda cultural adquiere mayor densidad.

En segundo término, convendría restituir el valor de la mediación. Editores y libreros precisan tiempo, criterio y estabilidad para ejercer su importante labor, que en modo alguno debe reducirse a la mera gestión de novedades. Un catálogo cuidado (limitado en número, pero ambicioso en su alcance) podría contribuir a reconciliar calidad y visibilidad.

Así mismo, el sistema de distribución merece una revisión profunda. El actual régimen de devoluciones y créditos, al incentivar la circulación constante de mercancía, favorece la sobreproducción y penaliza la permanencia. Introducir mecanismos que premien la durabilidad y reduzcan la destrucción de ejemplares no solo tendría efectos económicos, sino también culturales.

Finalmente, el lector, figura relegada con frecuencia en estos análisis, posee un poder decisivo. Cada elección de compra constituye, en último término, una forma de intervención en el ecosistema del libro. En un contexto saturado, leer con criterio equivale a ejercer una forma de responsabilidad cultural.

El libro, pese a todo, conserva su dignidad como objeto de pensamiento y memoria. Pero para que esa dignidad no se diluya en la proliferación indiferenciada, es preciso replantear las reglas que rigen su circulación. No se trata de restringir la creación, sino de dotarla de condiciones que permitan su encuentro efectivo con los lectores. Solo así la abundancia dejará de ser un síntoma de ruido para convertirse en signo de riqueza.


 

viernes, 15 de mayo de 2026

Los cuidados, entre el desamparo y la inequidad

La historia de Rosa y Fermín retrata las grietas estructurales de un sistema incapaz de responder a la demanda creciente. Detrás de cada expediente hay cuerpos agotados, vidas suspendidas y derechos que llegan tarde e incluso no llegan. A todas esas personas una enfermedad, un accidente o cualquier otro contratiempo les quebró abruptamente sus rutinas, transformando sus vidas en un recorrido incierto por el sistema de dependencia. Lo que sigue no son exclusivamente retazos de una crónica personal, sino el reflejo incómodo de una realidad gigantesca que afecta a centenares de miles de familias.

Según datos del Ministerio de Derechos Sociales, en nuestro país, más de 1,7 millones de personas se encuentran en situación de dependencia, y otras casi 300.000 sobreviven atrapadas en listas de espera. Estas cifras, respaldadas por organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS), no son simples indicadores estadísticos, sino la evidencia de una tensión creciente entre las necesidades sociales y los recursos destinados a satisfacerlas, que son manifiestamente insuficientes.

La historia de Fermín (78 años) condensa esa contradicción. Tras un accidente domiciliario fortuito, en cuestión de semanas, pasó de ser un hombre autónomo a ser persona con demencia vascular severa. Rosa (75 años), su esposa, asumió entonces el rol de cuidadora principal sin preparación, sin redes de apoyo y sin recursos. El sistema reaccionó tarde y de forma fragmentaria, proporcionándoles una ayuda domiciliaria de nueve horas semanales durante nueve meses, manifiestamente insuficiente para afrontar una situación de alto grado de dependencia, como la suya. Esta deficiente respuesta revela una de las principales injusticias del modelo actual: el peso del cuidado recae abrumadoramente sobre las familias, y en particular sobre las mujeres. Rosa no solo tuvo que reorganizar su vida en torno a las necesidades de su esposo, sino que también debió asumir un coste económico importante para contratar ayuda privada, que consumía la mitad de la pensión de su marido. Además de ello, como nunca cotizó, quedó inmersa en una situación de vulnerabilidad añadida.

El sistema, diseñado bajo el paraguas de la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia (2006), aspira a garantizar derechos subjetivos. Sin embargo, en la práctica, esos derechos se diluyen en trámites burocráticos, tiempos de espera más que excesivos y servicios que no cubren las necesidades reales. El denominado «síndrome de sobrecarga del cuidador» no es una abstracción terapéutica, es la consecuencia de un modelo que externaliza el cuidado sin proporcionar apoyos suficientes. Rosa perdió más de 20 kilos, fue hospitalizada en varias ocasiones y terminó necesitando tratamiento psicológico con ansiolíticos y antidepresivos. Su deterioro físico y emocional no es una excepción, sino una realidad invisible para la sociedad, aunque presente en miles de hogares como el suyo.

Este escenario se agrava por momentos en un contexto de envejecimiento poblacional acelerado. España se enfrenta a una transición demográfica que incrementará de forma sostenida la demanda de cuidados de larga duración. Sin embargo, la inversión pública en dependencia sigue sin acoplarse a esta realidad. La brecha entre necesidades y recursos no solo persiste, sino que se ensancha exponencialmente. La consecuencia es un sistema tensionado que genera graves desigualdades territoriales, listas de espera inaceptables y una progresiva e inquietante subordinación al cuidado informal. Este último, pese a ser el pilar real del sistema, carece de reconocimiento social, económico y laboral. Las personas cuidadoras no profesionales sostienen una parte esencial del bienestar colectivo, pese a carecer de los derechos y la protección garantizados para las demás ocupaciones.

Con este diagnóstico, las soluciones no pueden limitarse a simples ajustes cosméticos. Es insoslayable un replanteamiento estructural que aborde la financiación, la gobernanza y el funcionamiento del sistema. Debe incrementarse la inversión pública, equiparándola a la de otros países europeos, porque ello permitirá reducir las listas de espera y garantizar una atención más ágil y ajustada. Por otro lado, es fundamental reforzar los servicios de atención domiciliaria, ampliando los tiempos y mejorando su calidad. La permanencia en el hogar, cuando es factible, no solo es una opción más humana, sino también más sostenible si se gestiona correctamente. Ello requiere una profesionalización del sector y la mejora de las condiciones laborales para estimular la demanda de empleo y retener a los especialistas.

Asimismo, deben implementarse políticas de apoyo directo a las personas cuidadoras para proporcionarles formación específica, prestaciones económicas suficientes, cotización a la seguridad social y servicios de descanso y descompresión que eviten o mitiguen situaciones de colapso como la vivida por Rosa. Reconocer y equiparar el cuidado es un paso imprescindible para corregir la desigualdad estructural que lo caracteriza.

Otra línea de mejora pasa por la simplificación administrativa. Los procesos de valoración y asignación de recursos deben ser más ágiles, transparentes y coordinados entre las distintas administraciones. La tecnología puede jugar un papel importante si se utiliza en el contexto de una gestión eficiente, cercana y equitativa. Finalmente, entiendo que se impone avanzar hacia un modelo mixto que combine recursos públicos y privados, sometidos todos a una regulación estricta que asegure la calidad y la equidad, contribuyendo a ampliar las coberturas y a diversificar los servicios.

La historia de Rosa y Fermín concluyó con el ingreso de este en una residencia; un desenlace que recibieron con alivio, pero también con un profundo desgaste acumulado, que no debió producirse. El acceso a cuidados adecuados no puede hacerse dependiente de la resistencia física y emocional de los cuidadores familiares.

En conclusión, la dependencia no es solo una mera cuestión asistencial, sino un indicador del grado de cohesión y justicia de una sociedad. Mientras sigan repitiéndose historias como la de Rosa y Fermín, el sistema seguirá en deuda con quienes más lo necesitan. Porque cuidar no puede ni debe ser equivalente a resistir hasta el límite. Los cuidados son los que deben ser derechos garantizados para quienes los necesitan.



martes, 12 de mayo de 2026

La diplomacia del insulto

El lenguaje no es un instrumento accesorio en la política; realmente es, en sí mismo, una forma de acción. Recientemente, prolifera un estilo comunicativo basado en la descalificación personal, la deshumanización del adversario y la criminalización del disenso, que ha trascendido la retórica interna de los Estados y se proyecta sobre el terreno diplomático. Este giro no es inocuo, pues supone una alteración profunda de los códigos que han regido las relaciones entre los países durante la segunda mitad del siglo XX, ciertamente con éxito dispar.

Se acepta generalmente que la diplomacia clásica se construye sobre la premisa fundamental de que, incluso en el conflicto, es indispensable el reconocimiento mutuo entre las partes. El adversario puede ser rocoso, e incluso hostil, pero no por ello deja de ser un interlocutor legítimo. Sin embargo, el lenguaje degradante quiebra este equilibrio al introducir categorías morales absolutas –«enemigos», «traidores», «escoria»– que sustituyen el desacuerdo político por la lógica de la exclusión. En este escenario, negociar deja de ser una opción razonable para convertirse en una concesión inadmisible.

Uno de los rasgos más preocupantes del estilo comunicativo al que aludo es la deshumanización sistemática. Al equiparar colectivos enteros –sean inmigrantes, manifestantes e incluso gobiernos extranjeros– con términos como «animales» o «basura», se establece una jerarquía implícita que expulsa a determinados actores más allá del perímetro de la dignidad. La historia contemporánea ofrece abundantes ejemplos de cómo este lenguaje precede o legitima políticas de extrema gravedad. En el plano internacional, esa lógica entorpece la cooperación en ámbitos sensibles como la migración, la seguridad o el cambio climático, en los que una confianza mínima es un requisito indispensable.

A esta deshumanización se suma la criminalización del adversario político, una práctica que erosiona no solo las relaciones internas, sino también las externas. Cuando se califica de «traidores» a los líderes o representantes institucionales, o se insinúa que deberían recibir castigos extremos, el mensaje que se proyecta al exterior es inequívoco: la discrepancia no se tolera, se persigue. Este clima tiene efectos directos en la credibilidad internacional de un país, pues hace que los socios potenciales perciban un sistema político poco predecible, más volátil y, en última instancia, menos fiable como aliado.

Otro elemento distintivo de esta retórica es la patologización del disenso. Etiquetar a los críticos como «enfermos» o «irracionales» no solo descalifica sus argumentos, sino que niega la legitimidad misma de la crítica. En el ámbito diplomático, esta actitud dificulta la gestión de conflictos complejos, donde la pluralidad de perspectivas es inevitable. Si el desacuerdo se interpreta como un síntoma de desviación o mala fe, el espacio para el compromiso se reduce drásticamente.

El impacto de este estilo comunicativo no se limita a las palabras. La retórica configura las percepciones, y estas influyen en las decisiones. En un contexto internacional ya de por sí tensionado, el uso sistemático del insulto y la amenaza contribuye a engrosar una espiral de desconfianza. Los países aludidos pueden caer en la tentación de responder en términos similares, elevando el tono del enfrentamiento y dificultando cualquier salida negociada. La diplomacia, que requiere matices y ambigüedades constructivas, se ve sustituida por un intercambio de agravios que empobrece y dificulta el debate y bloquea las soluciones.

Además, este tipo de discurso suele tener un efecto contagio. Cuando una figura de importante proyección o gran visibilidad adopta un lenguaje agresivo y lo convierte en norma, otros actores –tanto dentro como fuera de sus fronteras– pueden sentirse legitimados para hacer lo mismo. El resultado es una degradación general del discurso público que trasciende los contextos nacionales y afecta al sistema internacional en su conjunto. Porque la cortesía diplomática, lejos de ser una mera formalidad, cumple una función estabilizadora que se pierde cuando el insulto se convierte en moneda corriente.

Desde una perspectiva ética, las implicaciones son igualmente profundas. Las relaciones humanas, ya sean entre individuos o entre Estados, se sostienen sobre principios básicos como el respeto, la reciprocidad y el reconocimiento de la dignidad del otro. La normalización de un lenguaje denigrante socava estos fundamentos y contribuye a una cultura política en la que la humillación sustituye al argumento. Este desplazamiento no solo empobrece el debate, sino que dificulta la construcción de consensos duraderos.

En el ámbito geopolítico, los riesgos son evidentes. En un mundo interdependiente, donde los desafíos globales requieren respuestas coordinadas, la erosión de la confianza mutua tiene consecuencias importantes. La cooperación internacional se vuelve más frágil, los acuerdos más difíciles de alcanzar y los conflictos más propensos a escalar. La retórica agresiva puede ofrecer réditos a corto plazo en términos de movilización interna, pero a largo plazo debilita la posición internacional de quienes la emplean.

Obviamente, no se trata de idealizar una diplomacia exenta de tensiones o intereses contrapuestos. El conflicto es inherente a la política internacional. Pero la forma en que se expresa ese conflicto importa. El lenguaje puede abrir puertas o cerrarlas, puede facilitar acuerdos o hacerlos imposibles. En este sentido, el recurso sistemático al insulto y la descalificación no es solo una cuestión de estilo, sino una estrategia con costes significativos.

En última instancia, la pregunta que cabe formularse alude al tipo de orden internacional que se quiere construir. Si se trata de uno basado en la confrontación permanente y la deslegitimación de los demás; o de otro que, sin renunciar a la firmeza, preserve el mínimo respeto necesario para la convivencia global. La respuesta no es meramente retórica. En buena medida, de ella dependen la estabilidad y la capacidad de cooperación en un mundo cada vez más complejo.




viernes, 8 de mayo de 2026

Crónicas de la amistad: Ibiza (62)

Desde aquí, con el sonido acostumbrado de los coches filtrándose por las ventanas y el calendario clavado en un viernes cualquiera, intento reconstruir vuestro viaje a Ibiza como quien arma un sueño ajeno con retazos prestados. No estuve, pero tengo informadores y os conozco lo suficiente como para imaginar cada gesto, cada risa o cada pequeño contratiempo convertido en anécdota.

Salisteis temprano porque aún no eran las siete cuando aterrizabais eun Ibiza. Cuatro parejas con historias entrelazadas y arrastrando maletas con más ilusión que vigor. Puedo imaginaros en el aeropuerto, todavía con el café a medio consumir, bromeando sobre quién olvidó el bañador o quién llevaba demasiados «por si acaso». Ya en el avión, alguno se quedó dormido antes de despegar, mientras otro miraba por la ventanilla como si fuera la primera vez que veía el mar desde el aire. Mientras tanto, yo, aquí, imagino de nuevo ese instante en el que la isla aparece como una promesa, como un trazo irregular de tierra rodeado de azul.

Probablemente, a la llegada os envolvió ese calor suave que no pesa, distinto al de aquí. Porque el aire de Ibiza siempre parece tener algo de bienvenida, algo de tregua. Imagino el acoplamiento en los taxis y las pequeñas diatribas que nadie logra consensuar del todo. Y, finalmente, el encuentro con los anfitriones, con Domingo y Lina, su esposa, que esperaban impacientes con esa mezcla de calma isleña y alegría contenida. Y los abrazos largos, las frases que se pisan, la sensación de que el tiempo no ha pasado.

Los anfitriones habían previsto rutas «ambiciosas» que no se compadecían con el brío corporal de algunos participantes. La visita al parador de turismo se trocó por otra más modesta a la catedral y al antiguo ayuntamiento, recorriendo esa reconocida zona patrimonial de la mano de Lina. Entretanto, algunos optaron por acompañar a Domingo a su casa, para que atendiera a su perro y, de paso, despenar un tentempié a base de sobrasada y butifarra payesa, jamón y queso... y unas cervezas.

Me gusta pensar, como parece que sucedió, que uno de los primeros destinos significativos fue una mesa. Porque en cada uno de nuestros encuentros la comida nunca es un trámite, sino un ritual. Esta vez se trataba del restaurante Port de Balansat San Miguel, en el que es tradición saborear unas entradas, seguidas del bullit de peix, ese plato que parece concentrar el mar entero en un solo hervor, seguido del arroz a banda y un suflé. Y entre plato y plato, las historias: las que ya sabíais y las nuevas, las que solo surgen cuando el ritmo baja y el vino afloja las palabras.

Os imagino a media tarde caminando por calles de casas encaladas, con el sol abatiéndose lánguidamente. Alguno quejándose del calor y otros insistiendo en alargar la ruta: «Solo un poco más». El posterior paseo por el puerto de Ibiza y el añejo ambiente hippy. Parejas que se dispersan y se reencuentran, como si el viaje fuese también una forma de recomponer vínculos. Y por encima de todo, Domingo y Lina oficiando con naturalidad, señalando rincones que no aparecen en las guías turísticas, rememorando pequeñas historias de la isla que solo se transmiten de boca en boca.

Según se dice, el segundo día se pareció al primero como gota de agua gemela. La aspiración de visitar el Museo de Arte Contemporáneo se trocó por un paseo relajado por la ciudad antigua, que incluyó una breve incursión en el mercado medieval que se estaba instalando. También en este periplo hubo desertores que acabaron en un bar consumiendo tapitas de queso y jamón de Salamanca. Como sucedió el día anterior, el destino central era el Restaurante 180, en la playa de Figueretes.

Allí esperaba una refacción basada en el picoteo e inclusiva de alioli y aceitunas, boquerones, anchoas, tablas de jamón y queso, ensalada payesa, berenjenas a la parmesana, gamba roja al ajillo, calamares con sobrasada y los postres de la casa: sorbete de limón con frutos secos, tarta de queso con galletas Lotus, crepes de Nutella..., todo ello bien regado con un vino albariño y rematado con las tradicionales «hierbas» ibicencas y la «Frígola». La sobremesa fue breve porque el viaje de regreso estaba previsto a media tarde. Obviamente, los anfitriones no olvidaron obsequiar a sus visitantes con la sobrasada y ensaimada ibicencas.

Probablemente no todo habrá sido perfecto. Por corto que sea, en cualquier viaje surgen inconvenientes y fricciones: una reserva que no aparece, una discusión por cualquier trivialidad, el cansancio acumulado que transforma cualquier detalle en algo molesto o inoportuno... Pero sé que, en este caso, esas vicisitudes acaban siendo las grietas por donde fluyen las risas porque no alcanzan a rozar la complacencia con el periplo; al contrario, todavía lo hacen más placentero y más propio.

Me detengo necesariamente en las noches. Porque Ibiza, incluso cuando no se busca el exceso, tiene algo magnético al caer el sol. Imagino una cena frugal y larga, el sonido distante de la música mezclándose con el rumor de las conversaciones. Las luces atenuadas, el vino que se acaba y se vuelve a servir. El brindis improvisado que alguien propone. La historia de hace años que todos creíamos olvidada y que alguien recuerda. Y justamente ahí, en ese momento, comprendo por qué ansiábamos tan singular encuentro.

También vislumbro pequeños paseos nocturnos sin rumbo fijo, adobados con la sensación de que el tiempo se estira. Imagino que incluso pudisteis terminar alguno en una playa casi vacía –o al menos, que os apeteció–, sentados en la arena, dejando que el mar fuese la banda sonora de vuestras confidencias. Os veo ocupando un ignoto escenario donde las parejas dejan de serlo, solo por un rato, para convertirse en un ancestral grupo de amigos. Quizá en ese equilibrio, tan frágil e inusual, radica una de las veladas razones del viaje.

Entretanto, repaso las fotos que envía Domingo y me embarga una mezcla de alegría con cierta punzada nostálgica. Os reconozco en las imágenes y asocio mi ausencia a un vacío persistente, que no es envidia, precisamente, sino más bien la conciencia de lo que me pierdo, de esos lugares y momentos que serán referencias y códigos comunes.

Imagino el final del viaje. Las maletas a medio hacer, el dulce cansancio, las ganas contradictorias de quedarse y de volver. Las promesas de repetir, de no dejar pasar tanto tiempo. Y el adiós a Lina y Domingo, los anfitriones, con ese abrazo que siempre dura un segundo más de lo necesario.

Habéis regresado distintos, seguro. No en lo esencial, pero sí en los pequeños detalles que dejan los viajes bien aprovechados. Trajisteis arena en los bolsillos, sal en la piel y nuevas historias que pronto escucharé, intentando encajar lo que me contéis con lo que ya he imaginado.

Y tal vez, cuando nos veamos de nuevo, tomaré conciencia de que, sin haberlo hecho, de alguna manera viajé a Ibiza con vosotros al reconstruir ese encuentro, como quien escribe una carta que nunca envió y que, sin embargo, encontró su destino.



 

martes, 5 de mayo de 2026

A mi primo Joselín

Para la mayoría, su nombre es «Jose». Para mis adentros, desde siempre ha sido, es y será mi primo Joselín. Así lo llamaba de niño y así lo sigo evocando ahora que somos septuagenarios, con el mismo afecto que entonces, cuando compartíamos infancia y pubertad en Gestalgar, durante largos y luminosos días, entre incontenibles risas e inocentes confidencias. En aquel tiempo, éramos compañeros inseparables que crecíamos en las entremedias que ofrecían las calles del pueblo, el rumor del río y la precaria cotidianidad preceptuada por el calendario de nuestras vidas.

Junto con otros amigos –Paco, Eugenio, Salvador, Marín, Vicente, José María...–, exprimíamos las horas en la calle, disfrutando con juegos incontables, inventados y autogestionados, aderezados con travesuras inocentes, fruto de nuestra edad y circunstancias. Saboreábamos especialmente las fiestas patronales, el gran acontecimiento del año, con toros, tómbola, varietés, caseta de tiro al blanco, futbolín, dulces y bailes en el frontón del Luis El Chato. En aquellos años de infancia y pubertad, Jose fue uno de mis mejores amigos.

Luego, como tantas veces ocurre, la vida nos llevó por caminos distintos. Él se marchó a Valencia y yo a Alicante. La distancia nos despojó de la convivencia diaria, pero nunca nos arrebató el vínculo emocional. Cada verano, en las fiestas o en algún día suelto de coincidencia, el tiempo se encogía y volvíamos a reconocernos, como si la amistad y la sangre hubieran detenido el reloj.

Jose siempre fue un hombre de pocas palabras. Ya de niño se le notaba: callaba más de lo que hablaba, pero no por timidez, sino por prudencia. Escuchaba, observaba… y, cuando decía algo, lo hacía con criterio. No necesitaba discursos largos: le bastaban unas pocas frases para dejar clara su opinión.

Siempre ha sido amigo de sus amigos, de esos que conservan los nombres y los rostros que la mayoría va olvidando. Ha mantenido la cercanía con quienes lo acompañaron desde la infancia. Porque en él la lealtad no es un valor teórico, es una práctica perseverante.

Aunque su vida laboral se ha desarrollado en Valencia, nunca se desligó de Gestalgar. Desde siempre, ha retornado regularmente para cuidar el patrimonio agrícola familiar; primero junto a su hermano Salvador y, cuando este faltó, solo. Ese retorno semanal no era un gesto rutinario: era una declaración callada de amor a su pueblo, a su tierra y a su historia familiar.

En el centro de su universo siempre ha situado a su familia. Carmen, su compañera desde que eran apenas unos niños, ha sido su sostén y su ancla. Un matrimonio que algunos podrían considerar dispar, pero que ha demostrado ser fuerte, duradero y lleno de ternura. Con ella ha compartido toda una vida, y juntos han formado una familia de la que se sienten profundamente orgullosos: sus hijos, José Ginés y Teresa, y los nietos que han traído nueva luz a sus días.

Hoy, la enfermedad lo tiene en un momento difícil. Y me duele, me duele hondo, verlo así. Me duele como primo, como amigo de juventud, como alguien con quien siempre he mantenido un hilo invisible de afecto y reconocimiento. Quiero creer que saldrá adelante, como en otras ocasiones. Pero cuando sea su hora, deseo que su partida sea tranquila, sin dolor, con la serenidad de quien sabe que vivió como quiso, supo y pudo: con dignidad, con discreción y con fidelidad a los suyos.

Porque Jose ha vivido así: sin alardes, pero con presencia. Sin grandes elocuencias, pero con gestos firmes. Sin buscar protagonismo, pero dejando huella en quienes lo conocen.

Yo me quedo con esa imagen suya que guardo desde siempre: el niño callado que sabía escuchar, el joven que no olvidaba una amistad, el hombre que regresaba una y otra vez a su tierra como quien vuelve a beber agua de la fuente que le dio la vida.

Y cuando llegue el día de su viaje definitivo, quiero pensar que será como un atardecer en Gestalgar, con el sol escondiéndose despacio tras la Peña María, con la luz dorada acariciando la huerta, con el río murmurando como siempre, y, en medio de todo ello, él marchándose en silencio, con paso tranquilo, dejando atrás la estela de una vida sencilla, honesta y generosa. Pase lo que pase, seguirá vivo en mí, como parte inseparable de mi historia. Y en mi corazón, siempre —siempre— será mi primo Joselín.


A Joselín

En la tarde dorada de Gestalgar
la luz se encorva sobre la tierra,
y tu sombra se proyecta
en cada surco, en cada rama.

Bajas como el río, sereno,
como el árbol que crece sin ruido.
Porque eres amistad no marchita
y palabra breve, de difícil olvido.

En este crepúsculo teñido de despedida,
el viento silba tu nombre.
Y un eco obstinado repite:
Ahí va quien fue bueno, discreto y firme.


Alicante, agosto de 2025

 

Jose Carrasco, mi primo.

viernes, 1 de mayo de 2026

Educación y sociedad

El título que propongo es muy frecuente en el ámbito académico y editorial. Se usa tanto para libros de investigación como para revistas especializadas. De modo que poco aporto de novedad por esa parte. Sin embargo, me ha parecido que era el adecuado para encuadrar algunas de mis reflexiones sobre la dimensión social de la educación que, no siendo tampoco prístinas o novedosas, quizá contribuyan a facilitar una fundada perspectiva sobre algunos de los requerimientos que demanda actualmente la formación de la ciudadanía.

Históricamente, la educación ha sido concebida como un mecanismo de reproducción social y cultural, orientado a la transmisión de valores, normas y saberes que garantizan la continuidad de un determinado acervo comunitario. Sin embargo, con relación a esta aspiración, en las sociedades contemporáneas, caracterizadas por la aceleración del cambio, la complejidad global y la fragmentación de las identidades, emerge una pregunta esencial: ¿Se puede educar simultáneamente para la conservación de los valores compartidos y para el ejercicio del pensamiento crítico, la innovación y la transformación social? Esta aparente paradoja no es una mera disquisición, sino que es un interrogante que incumbe a las políticas educativas, a las prácticas pedagógicas y a las expectativas sociales sobre la escuela y la familia.

Desde una perspectiva clásica, autores como Émile Durkheim han subrayado la función socializadora de la educación, concibiendo la escuela como un espacio de interiorización de la moral colectiva. En este sentido, la educación es garante de la cohesión social mediante la transmisión de un conjunto de valores relativamente estables. No obstante, esta visión deviene insuficiente en un contexto caracterizado por la diversidad cultural, el cosmopolitismo y la eclosión de múltiples subjetividades que cuestionan las narrativas hegemónicas.

En contraposición, las tradiciones pedagógicas críticas –entre otras, las respaldadas por las obras de pensadores como John Dewey o Paulo Freire– han defendido una concepción de la educación orientada a la emancipación, al cuestionamiento de las estructuras de poder y a la participación activa en la vida social y política. Desde esta óptica, no debe limitarse a reproducir el orden social existente, sino capacitar a los individuos para transformarlo. Esta visión de la educación cobra especial relevancia en escenarios caracterizados por la polarización política, las crisis de las democracias liberales o la necesidad de afrontar retos globales, como el cambio climático o la desigualdad estructural.

La tensión entre transmisión y crítica se complejiza aún más en el contexto de lo que algunos autores han denominado «pensamiento débil» (Vattimo, 1983), caracterizado por la erosión de los grandes relatos y la relativización de las verdades universales. En este contexto, la educación no puede apoyarse en certezas incuestionables, lo que dificulta la tarea de transmitir valores comunes sin caer en el dogmatismo o, por el contrario, sucumbiendo frente al relativismo extremo. La escuela se enfrenta así al desafío que supone construir un espacio de deliberación donde coexisten distintas perspectivas, sin renunciar a principios normativos básicos como los derechos humanos, la igualdad de género o la justicia social.

La cuestión del feminismo ilustra de manera paradigmática esta tensión. Por un lado, la educación debe transmitir los avances normativos y culturales en materia de igualdad; y por otro, debe fomentar el debate crítico sobre las distintas corrientes feministas, evitando su instrumentalización ideológica. De igual modo, la creciente diversidad cultural y el cosmopolitismo plantean interrogantes sobre qué valores deben considerarse universales y cuáles deben ser objeto de negociación intercultural.

En el ámbito productivo, la transición hacia economías basadas en el conocimiento y la innovación demanda una educación que promueva la creatividad, la adaptabilidad y el pensamiento crítico. Sin embargo, estos objetivos pueden entrar en conflicto con modelos educativos centrados en la estandarización, la evaluación cuantitativa y la reproducción de contenidos. La llamada «transición filológica» –entendida como el paso de una cultura basada en la palabra escrita a otra dominada por lo digital y lo audiovisual– añade una capa adicional de complejidad, al transformar las formas de acceso al conocimiento y los modos de aprendizaje.

Desde un enfoque comparativo, es posible identificar diferentes estrategias para abordar esa paradoja. Los sistemas educativos nórdicos, por ejemplo, han sido proclives a integrar la formación en valores democráticos con metodologías pedagógicas activas que fomentan la autonomía del alumnado. En contraste, otros sistemas más centralizados han priorizado la cohesión social mediante currículos homogéneos, a costa de limitar la pluralidad y la innovación. En contextos anglosajones, el énfasis en habilidades críticas y creativas coexiste con fuertes desigualdades estructurales que condicionan el acceso a oportunidades educativas de calidad.

En este complejo escenario, el papel de la familia adquiere una relevancia excepcional. Tradicionalmente considerada como el primer agente de socialización, hoy se enfrenta a la redefinición de sus funciones educativas en un contexto de pluralidad de modelos familiares, precarización laboral y creciente influencia de los medios digitales. La delegación de responsabilidades en la escuela convive con demandas crecientes de corresponsabilidad educativa, lo que exige nuevas formas de colaboración entre familias, centros educativos y comunidad.

Por otra parte, la educación pública ocupa el centro neurálgico de este debate, como garante del derecho de todos a la educación y como espacio privilegiado para la construcción de ciudadanía. Su responsabilidad no se limita a la transmisión de conocimientos, pues incluye la formación en valores democráticos, la promoción de la equidad y la creación de condiciones para el desarrollo integral de todas las personas. En este sentido, resulta fundamental fortalecer su capacidad para actuar como espacio de encuentro en sociedades cada vez más fragmentadas, contribuyendo a evitar tanto la homogeneización cultural como la segregación educativa.

Asimismo, la sociedad en su conjunto –administraciones, instituciones, medios de comunicación y actores económicos– desempeña un papel clave en la configuración de los marcos educativos. La educación no es una tarea exclusiva de la escuela, sino un proceso social amplio que requiere la coherencia entre los valores que se enseñan y las prácticas sociales. Adicionalmente, la creciente influencia de los centros de gravedad geopolíticos y la interdependencia global exigen incorporar en ella una perspectiva internacional, que permita comprender las dinámicas globales sin perder de vista los contextos locales.

De modo que, en términos propositivos, diría que resulta necesario avanzar hacia modelos educativos que integren la transmisión de valores con el desarrollo del pensamiento crítico mediante enfoques pedagógicos dialógicos, inclusivos y contextualizados. Esto implica revisar los currículos, promover la formación inicial y continua del profesorado y fomentar la participación activa del alumnado en su propio proceso de aprendizaje. Así mismo, es imprescindible fortalecer las políticas públicas para garantizar la equidad educativa y reducir las brechas socioeconómicas.

En conclusión, entiendo que la paradoja entre conservar y transformar en materia educativa no debe plantearse como un dilema irresoluble, sino como una tensión fecunda capaz de impulsar la innovación pedagógica y el fortalecimiento democrático. La clave reside en imaginar la educación como un espacio de equilibrio dinámico entre tradición y cambio, en el que la transmisión de valores no excluye el cuestionamiento crítico, y donde la innovación se sustenta en principios éticos compartidos. Este me parece el itinerario adecuado para formar ciudadanos capaces de habitar y transformar sociedades complejas, diversas e interdependientes.