Aunque no tengamos conciencia de ello, vivimos rodeados de tópicos. Admitimos, sin más, que los andaluces son graciosos y los vascos bruscos; o que los madrileños son chulos y los catalanes tacaños. Comprensiblemente, esos prejuicios nos alcanzan también a los valencianos. De nosotros se dicen y se creen muchas cosas. Se asegura, por ejemplo, que somos pasotas y que nos da todo igual; se dice que somos antipáticos, difíciles en el trato y los más pirómanos entre los españoles, pues subrayan que cuando no andamos con las fallas, estamos con las hogueras, y si no con las mascletás. Se dice que comemos y bebemos sin mesura; y por ello se nos considera borrachos y glotones. Se nos tilda de festeros compulsivos, pues sostienen que siempre estamos de marcha. Se nos califica de falleros, de gente poco seria, preocupada en exceso por la juerga y la celebración. Sin embargo, también se reconoce que somos espontáneos y que poseemos una gran capacidad de improvisación, aunque inmediatamente se apela nuestro talante quisquilloso, que tan bien resume la frase «es más fácil poner de acuerdo a toda a España que a tres valencianos». Para rematar el glosario de trivialidades con las que se nos engalana, se nos tilda de provincianos y obcecados, de personas dadas a mirarse el ombligo, permanecer excesivamente apegadas a las costumbres y ser reticentes al progreso.
Como sabemos, generalizar significa establecer una conclusión universal a partir de una o más observaciones particulares. La generalización es útil para simplificar, entender u ordenar el mundo, pero si es abusiva, si se pierde la conciencia de lo que se está haciendo al practicarla y se cree ciegamente que la realidad es tal cual se ve o se verbaliza, se caerá inevitablemente en el error. Es más, yendo por ese camino se contribuirá a ahondar dos comprometidos estigmas que perjudican la convivencia y ahondan la infelicidad: el insulto y el odio.
Desconozco lo que puede haber de verdad en los tópicos mencionados sobre el carácter de los valencianos, o si, simplemente, se trata de meras habladurías. Supongo que habrá al respecto división de opiniones y acuerdos parciales. En todo caso, es lógico suponer que, entre los más de cinco millones de personas que vivimos en un territorio de más de 23.000 km², distribuido en 24 comarcas y 542 municipios, serán muchas las concomitancias y resultarán evidentes las particularidades y divergencias que nos singularizan, más allá de los rasgos que consuetudinaria y genéricamente se han considerado propios de la idiosincrasia valenciana.
Hoy me he propuesto compartir algunas reflexiones sobre una costumbre que se supone que nos caracteriza pero que, a la vez, al menos en mi opinión, expresa como pocas nuestra diversidad, pues se practica con formatos disímiles y adquiere matizaciones que muestran la innegable pluralidad presente en estas tierras. Me refiero a lo que conocemos con los nombres de almuerzo, esmorzar o esmorzaret.
Por aquí, el origen del almuerzo se vincula con el mundo del trabajo agrícola, que requería completar dilatadas jornadas de esfuerzo fuera de casa y exigía reponer energías. Para ello se echaba mano de artículos no perecederos y de fácil transporte, como los embutidos, salazones, quesos o escabeches. Paco Alonso, en su reciente Cultura del almuerzo (Bromera, 2024), asegura que lo que se entiende hoy por tal es fruto de la concurrencia y evolución de ciertos factores socioeconómicos. De ahí que, para comprender este fenómeno, sea primordial conocer la historia de los bares centenarios, pese a que cada vez resulta más difícil porque quedan menos. No obstante, algunos todavía siguen con los almuerzos, aunque la mayoría desaparecieron o cambiaron de rumbo. Les Tendes (Almàssera), Venta Guillamón (Castelló), Bodega J. Flor (Cabanyal), Ca Pepico (barrio de Roca), Quitín (Burjassot), El Famós (camino de Vera), la Venta Sant Jordi (Alcoi), la Venta Nadal (Benilloba), la Venta Gaeta (Cortes de Pallás) o la Venta El borrego (Banyeres de Mariola), casi todos, empezaron siendo puntos de venta de cuerdas, sogas, aperos y, sobre todo, de vino. La vida social orbitaba en torno a los barriles, garrafas, pellejos, tinajas y botellas de licor. Poco a poco, la comida ganó presencia en ellos, a medida que cambiaron las circunstancias y entró en juego la mano de las cocineras.
En aquella época, ni la huerta valenciana, ni las de los territorios alicantinos y castellonenses, eran especie en peligro de extinción. Bien al contrario, representaban los ecosistemas donde más lucrativa resultaba la actividad económica. Allí, las tabernas eran el corazón de la cotidianeidad, los espacios compartidos donde se reunía la gente para beber y comer. Hasta los años sesenta, los clientes portaban sus víveres porque en los bares únicamente se dispensaba el porrón con vino y los imprescindibles cacahuetes y altramuces (lo que se denomina «el gasto»). Los asiduos del almuerzo solían concurrir por gremios el día que libraban, mientras los labradores, que desconocían la libranza, acudían más a su aire. Bien es verdad que a menudo sus mesas se mostraban más variopintas porque salpicaban el tentempié convencional con tomates, pepinos o cebolletas, con las que improvisaban ensaladas y sabrosos complementos.
Tras la autarquía, con el desarrollismo llegó la «modernor» y todo se transformó. La enorme emigración de los años cincuenta y sesenta vació los pueblos del interior y llenó las ciudades y las costas. Cambiaron las costumbres y las pautas alimentarias. Aparecieron las cafeterías, los restaurantes, los bares en los nuevos polígonos industriales; en fin, los cafés con leche, cortados, sándwiches y tostadas. Sin embargo, en la huerta de Valencia, en la Plana de Castellón, y en algunos territorios colindantes, fueron emergiendo versiones evolucionadas de aquellos primigenios bares y ventas, que mutaron en establecimientos con pedigrí y hondas reminiscencias agropecuarias, en los que no solo dispensan almuerzos a los esforzados trabajadores de factorías, cooperativas y negocios adláteres, sino que casi se han convertido en lugares de culto por los que procesionan especímenes más conspicuos, auténticos entusiastas o, llanamente, reputados «reyes del triperío» (glotonería).
El esmorzar, armorzar, esmorzaret o almuerzo (todas son acepciones reconocidas) al que aludo tiene como eje de rotación un bocadillo (cantell o entrepà en tierras de Valencia, y rua en las de Castellón) del tamaño de un brazo de persona fornida. En su interior, las leyes de la física colapsan y se producen combinaciones imposibles en las que imperan los embutidos de calidad, introducidos en el cantell a paladas, y también las tortillas de cualquier ingrediente que se pueda imaginar. Se puede cebar más el mamotreto con otros elementos inestables, como mollejas, hígado, carne de caballo, figatell, ternera, pimientos, mayonesa, atún, queso, alioli… En suma, cuánto más rebosante esté la panza del bocata y más colesterol aporte, mejor.
Naturalmente, el megabocadillo siempre debe ir acompañado de la picaeta: cacahuetes del collaret o del terreno, aceitunas, encurtidos y altramuces. No puede faltar la caña larga de cerveza o el vi amb llimonà para remojar el gaznate y deglutir el bolo alimenticio. Para rematar bien el esmorzar hay que pedir el cremaet, un invento con tres texturas que deja en paños menores al carajillo y se prepara con una montaña de azúcar, ron flambeado, café corto, canela, corteza de limón y granos de café.
Hoy por hoy, se han consolidado auténticas rutas gastronómicas del esmorzar cuya nombradía ha trascendido ampliamente los límites del País Valencià. Son cada vez más los foráneos que itineran por establecimientos señeros como La Pepi o el Bar Levante (Quartell), La Pascuala (El Cabanyal), La Paquita (Eslida), los que mencioné al principio y otros muchos. Con nombre propio o genérico, en ellos se degustan especialidades como el chivito (mahonesa, bacon, huevo, lechuga y queso); la brascada (de lomo o ternera, con bacon, cebolla y alioli); el Almussafes (con queso, sobrasada y cebolla) o el de esgarraet (con pimiento y cebolla escalivada).
Obviamente, existen otros preparados más contundentes como el bocata de longaniza de pascua fresca, pesto, queso scamorza ahumado, tomates asados, cebolla caramelizada y mahonesa; o el de albóndigas de bacalao, esgarraet con boquerones en vinagre y alioli de almendra tostada y canela; o el de sepia plancha con alcachofas fritas, mahonesa de hierbas y majada de almendra, bacon y perejil; o el de pato asado con miel y soja, verduras salteadas con salsa hoisin y boniato frito con toques cítricos... En su defecto, puede optarse por un Conqueridor (bocadillo de cachopo ibérico relleno de jamón y queso, huevo frito y salsa de piquillos); un Americano (panceta a la brasa, patatas a lo pobre, mayonesa, huevo frito y pimientos verdes); el Top Musafes 4.0 (sobrasada, cebolla a la brasa, queso, mermelada de cebolla, jamón y huevo frito); un Abastos (panceta a la brasa con ajos tiernos y patatas a lo pobre); o el más tradicional Copa del mundo (tortilla de patata, longanizas y alioli). Y así, hasta donde imaginar se pueda, incluyendo las rotaciones periódicas y las innovaciones en tan meritadas especialidades.
Llegados a este punto, habrá que convenir que «cuando el río suena, agua lleva» y que, aunque «no es oro todo lo que reluce», igual algo de razón tienen los tópicos y las habladurías. Sin embargo, como dije al inicio, las generalizaciones suelen ser amigas de los errores porque «no todo el monte es orégano». En mi opinión, afortunadamente.




