lunes, 10 de marzo de 2025

Historia del toreo, por Néstor Luján

Como saben los lectores de este blog, cada cierto tiempo abordo alguna faceta de la fiesta de los toros, de la que soy aficionado inmemorial. Hoy lo hago a propósito de la lectura de un libro que me obsequió semanas atrás mi amigo y también aficionado Pascual Ruso. Se trata de la Historia del toreo, de Néstor Luján, reeditada en 2024 por los sevillanos de la editorial El Paseíllo. Son 564 páginas, compuestas en papel tamaño B5, con letra abigarrada y profusos dibujos y fotografías. Una cuidada edición que incluye el texto original de 1954 y las ampliaciones que redactó Luján en 1966. Además, incorpora las ilustraciones de ambas ediciones y se reproduce el prólogo y la dedicatoria que preparó para la primera. Como colofón, se adiciona Tauromaquia, un texto de noventa y tantas páginas, publicado en 1962, en inglés y castellano, con la pretensión de ofrecer al público extranjero un acercamiento visual y literario al mundo de los toros. En mi opinión, no solo sirve para ese menester porque, además, es un excelente recordatorio de la simbología de la fiesta, que le viene bien a cualquier aficionado. También puede considerarse una amena síntesis sobre lo básico: lo que se ve en una corrida, desde el paseíllo hasta el arrastre, que es utilísima para salvar la barrera de conocimientos y terminología que impone el mundo taurino, especialmente en una época en la que está de capa caída.

En su conjunto, se trata de una valiosa obra desde el punto de vista histórico y estilístico, que contribuye a agrandar el deleite que produce la escritura de Luján, pues no en balde se ha dicho que su prosa, lujosa y placentera, con un arsenal retórico incomparable, reprueba el minimalismo que hoy se exige en el periodismo y en la edición. Resalta en ella la prodigalidad de la documentación, fechas y datos, y un evidentísimo conocimiento histórico y taurino. La adjetivación es exuberante y la redacción exquisita. Todo el relato rebosa de humildad intelectual y respeto para las autoridades que se mencionan (Don Modesto, Curro Verónica, Cossío, Corrochano, Díaz-Cañabate...) en concordancia con sus respectivas materias y especialidades.

Tuve las primeras noticias de Néstor Luján en los años sesenta, cuando estudiaba el bachillerato en Chiva, a través de las reseñas de los periódicos que compraba mi tío Bernardo. Entonces, y bastantes años después, lo asocié con la gastronomía y el buen vivir. Luego, descubrí que, además, era un lector voraz y un bibliófilo compulsivo, de una curiosidad casi infinita. Siendo «enciclopedista de los placeres y tragón del conocimiento», como alguien lo calificó muy acertadamente, sorprende que los toros atrajesen desde temprana edad a un fulano que siempre anduvo a medio camino entre la sensualidad y la cultura. De hecho, su primer libro, escrito a los veinticinco años, lleva por título De toros y toreros (1946). El viajero de los expresos continentales, que entre citas de Balzac nos enseñó casi todo sobre las trufas o el café, es alguien que muy precozmente se acercó con pasión y seriedad a esa excepción ibérica que es el toreo. Fue gran aficionado, como lo fueron otros catalanes como Sagarra, Dalí, Ramón Casas, Gómez Pin, Salvador Boix, Boadella, Gimferrer, Miró, Barceló, Rusiñol, o más recientemente Albert Serra, el cineasta galardonado en 2024 con la Concha de oro en el festival de San Sebastián por la película Tardes de Soledad.

Luján tenía en su casa más de 15.000 libros. Además de escritor (en castellano, pero también en catalán, y con reconocida solvencia) experto en gastronomía y sibarita, fue una personalidad valiente, con aspecto bonachón y risueño. Esa valentía le hacía no morderse ni la lengua ni la pluma, lo que le acarreó más de un problema en los años del franquismo. Empezó su carrera como comentarista taurino en la revista Destino, cuando su editor decidió incorporar una sección de toros, coincidiendo con la época del auge de Manolete, del que Luján fue gran admirador. Curiosamente, lo primero que escribió en ella fue un artículo comentando el primer volumen del Cossío. Él mismo contó en cierta ocasión que «no me debió de quedar demasiado mal porque cuando años después conocí a José María de Cossío me dijo que le había gustado mucho». 

Como se dice en la cubierta del libro, Luján hace un exhaustivo repaso a la tauromaquia desde sus albores, respaldado con una profusión de datos y referencias que ayudan a ordenar y contextualizar el momento histórico de cada etapa del «taurinismo». La prolijidad de fechas, nombres de toreros y subalternos, sagas taurinas, suertes y demás pormenores taurómacos e históricos... no empañan un ápice una plástica literaria espléndida que hace fluir el relato y consigue anclar la atención continuada del lector. El análisis que hace de las características de los diestros que vio torear evidencia que era conocedor del más profundo significado de la tauromaquia y de la valía que a cada uno le corresponde. Esas perspectivas se complementan con las increíbles recreaciones que hace sobre la tauromaquia histórica, sobre el toreo que no pudo ver y que, sin embargo, documenta apoyándose en fuentes contrastadas y solventes, algunas de las cuales reconocieron en vida la valía literaria y taurina de Lujan.

Tal vez las páginas que más me han impactado de esta monumental Historia de los toros son las dedicadas al nacimiento de la fiesta a lo largo del siglo XVIII y principios del XIX, cuando el espectáculo aún no se había ritualizado ni sofisticado tanto como lo haría en el siglo XX. Las fascinantes páginas que reflejan aquellos tiempos primigenios de la tauromaquia, cuando el torero era aún una especie de gladiador enfrentado a la bestia con una brutalidad desusada, probablemente se cuentan entre las que han aguijoneado con más ahínco mi curiosidad.

En fin, recomiendo vivamente la lectura del libro de Néstor Luján que en cierto modo trasuda la figura de su creador, una suerte de andanada contra todos los tópicos y los usos que hacen de la vida un fenómeno aséptico, reglado y crecientemente tecnificado. Como buen gourmand  (buen bebedor, fumador y santo pecador) fue pionero en criticar la fiebre dietética que pretendía regular la nutrición y hacer de la salud un nuevo culto, siendo uno de los primeros detractores de los delirios vanguardistas de la nueva cocina. Pero, por encima de todo ello, Luján fue un «bon vivant», un grandísimo aficionado taurino, un curioso empedernido y un excelente escritor.

 


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