sábado, 22 de marzo de 2025

Parresia

                                            Hay oradores, políticos y hombres elocuentes por miles; pero aún no ha abierto la boca el que tiene que formular las preguntas más molestas».

Henry David Thoreau


Pese a tratarse de un término bastante desconocido, la parresia subsume dos importantes cualidades, actitud y virtud. Ambas escasean en tiempos como los actuales, en los que las palabras inocuas y los discursos políticamente correctos priman sobre la verdad. Según el DRAE, es un vocablo procedente del latín tardío, parrhesĭa, y este del griego parrēsía, que significan «apariencia de que se habla audaz y libremente al decir las cosas, aparentemente ofensivas, y en realidad gratas o halagüeñas para aquel a quien se le dicen». Podría decirse que parresia es sinónimo de conceptos como hablar con libertad o decir las cosas con franqueza. O si se prefiere, de atreverse a expresar lo que uno piensa, aunque le resulte inconveniente o exponga al escrutinio público a otra persona.

El concepto de parresia lo utilizaron ya los filósofos griegos, entre ellos Sócrates, Platón y Epicuro de Samos. Siglos después, durante la Edad Media, adoptó un significado despectivo. En lugar de la acepción de franqueza, se interpretó como locuacidad irreflexiva. Ya en el siglo XX, el filósofo francés Michel Foucault recobró el significado original de parresia y abordó el concepto en profundidad en tres de sus obras El gobierno de sí y de los otros (Akal, 2011), El coraje de la verdad (FCE, 2010) y Subjetividad y verdad (FCE, 2020).

Me parece pertinente traer a colación una referencia al vocablo «parresia» que se aborda en el librito La amistad, según Epicuro (2016), de Maite Larrauri. Aunque resulta un poco extensa la cita, considero que merece la pena reproducir literalmente lo que se recoge en uno de los capítulos: «Contrariamente a lo que sucede en el amor, en la amistad se da la distancia justa entre las personas, la que permite seguir siendo dos. La distancia equilibrada entre los amigos posibilita la práctica de un intercambio que en la antigüedad se conoció como la parresia (decirlo todo), un término que no se puede traducir sin más por franqueza, porque constituyó entre los filósofos una relación con la verdad muy particular. El parresiastés, el que dice la verdad, es un sujeto de la verdad, lejos de toda impostura, porque en él se da una coincidencia entre lo que dice y lo que hace: su autoridad se basa en su credibilidad. Los parresiastas pueden ejercer de tales como consejeros políticos o como personas sabias, a las que se les pide ayuda, o como amigos, ante los que uno aprende a conocerse a sí mismo. En cualquier caso, una de las cualidades que tiene que poseer el parresiasta es la valentía, ya que, al decir todo lo que piensa, siempre corre un riesgo.

En las comunidades epicúreas se practicó la parresia. Así lo demuestran algunos escritos como el de Filodemo de Gadara, epicúreo del siglo I a. C. Allí se habla de la búsqueda común de la salvación entre los amigos de la comunidad: ayudarse unos a otros para procurarse el acceso a una vida buena, bella y feliz. Para ello, es preciso que cada cual pueda acercarse con un conocimiento mayor de sí mismo, porque solo la verdad sobre lo que somos puede ayudarnos a conquistar la felicidad. Estamos lejos de conocernos porque practicamos un excesivo amor hacia nuestras personas, un amor que nace espontáneo y que se convierte en casi todos en una pasión. El amigo parresiasta puede practicar un tipo de sinceridad que nos aproxime al conocimiento de nuestros errores y que nos sitúe en una posición más moderada en cuanto al amor hacia nosotros mismos. Su imparcialidad nos puede salvaguardar de la pasión narcisista. Pero no es fácil decirle la verdad a alguien, el amigo tiene que ser capaz de encontrar el momento apropiado, el kairós, como decían los antiguos, o sea ese instante en el que la verdad puede revelarse. [...] Si aceptamos la verdad sobre nosotros cuando la oímos de boca de un amigo, entonces podemos juntos salvarnos de la ignorancia y de la infelicidad».

La historia demuestra que hablar diciendo la verdad ha sido (y es) una actividad peligrosa en muchas épocas y lugares, singularmente en aquellos donde ha prevalecido o se ha impuesto el poder tiránico. Recurrentemente, tanto en el ámbito público como en el de la estricta privacidad, la palabra verdadera resulta peligrosa (o inconveniente) cuando lo que se dice contraviene la opinión de la mayoría o impugna los discursos dominantes. Decir la verdad constituye un riesgo evidente cuando se desvela la manipulación o la conveniencia de algunos. Las verdades incómodas molestan porque desenmascaran y desafían a las mentiras de los poderosos, que reaccionan airadamente intentando aplastar a quienes se atreven a enfrentarlos. Justamente a ello alude la parresia y por ello constituye un tipo de franqueza que demanda coraje y que es una conducta fundamental que debe estar asociada a la ética (cuidado de uno mismo) y a la política (cuidado de los demás).

Foucault considera que los parresiastés (personas que ejercen la parresia) se caracterizan fundamentalmente por tres rasgos: a) se trata de sujetos que tienen voluntad de hablar con la verdad porque están comprometidos con ella; b) asumen el compromiso de decir la verdad, y el valor ético de hacerlo les supone evidentes riesgos; c) tienen valor o coraje; no existen parresiastés cobardes.

La parresia puede ejercerse de forma colectiva. Históricamente, ha habido grupos de personas que se han aglutinado en torno a una verdad común, se han enfrentado al poder y han ejercido la resistencia a partir de la palabra (Movimiento de No violencia, de Gandhi; Movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, de Martin Luther King...). Otras veces se ha ejercido desde el periodismo (escándalo Watergate, de Bob Woodward; filtraciones de programas de vigilancia global, de Edward Snowden; WikiLeaks, de Julian Assange...). En ocasiones, la franqueza de la parresia debe ejercerse en ámbitos más privados. En todo caso, su función no es la de desafiar como tal, sino la de combatir la mentira, que casi siempre sirve a intereses mezquinos.

Una sociedad civilizada no debe, ni puede,  eludir el compromiso con la verdad, aunque duela. Por otro lado, conocer la verdad sobre lo que somos es una ayuda insuperable para conquistar la felicidad. Nos lo enseñan los clásicos.


 

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