Despierto sin la ayuda de un recuerdo. Abro los ojos y el día ya está ahí, instalado en la habitación, pero no sabría decir desde cuándo. La luz entra por la ventana con una obstinación tranquila. No es una luz conocida, es simplemente luz. Durante unos segundos —quizá más—, observo el techo y trato de establecer algún vínculo con él. Nada. No hay historia entre ese techo y yo. He aprendido a no alarmarme por esta ausencia.
Me incorporo con cierta cautela. El cuerpo conserva rutinas que la mente ya no sabe explicar. Los pies encuentran el suelo con la seguridad de quien ha repetido ese gesto miles de veces, aunque ahora no exista memoria que lo justifique. El suelo está frío. Ese dato basta.
Hay un reloj en la pared. Lo miro. Las agujas están quietas o quizá avanzan con una lentitud que ya no soy capaz de interpretar. Sé que los relojes indican algo que antes organizaba la vida de las personas: horas, momentos, compromisos. Pero esa arquitectura se ha desmoronado. El reloj se parece ahora más a un objeto decorativo que a un instrumento. No sabría decir si es mañana o tarde. Tampoco si ese matiz tiene alguna utilidad real.
En la mesa hay una fotografía. La observo cada día con la disciplina de un investigador que no quiere rendirse. Aparecen varias personas. Están cerca unas de otras, con esa proximidad que suele indicar parentesco o afecto. Sonríen. Intuyo que debería reconocerlas. Sin embargo, sus nombres no existen en mi cabeza. Sé —porque alguien me lo ha dicho muchas veces— que algunas de esas personas son mis hijos. O quizá mis nietos. La palabra hijo tiene todavía un significado conceptual, pero ha perdido su anclaje en la realidad. Es como leer una definición en un diccionario de un idioma que uno ya no habla.
Cuando vienen a verme, traen una mezcla de paciencia y vigilancia en la mirada. Me hablan con naturalidad, como si pudiera completar las frases con recuerdos propios. Yo asiento. He desarrollado una cierta capacidad para seguir el hilo de una conversación sin participar realmente en ella. A veces dicen un nombre esperando que se encienda en mí alguna luz. No ocurre. No es un fracaso. Es simplemente un dato.
Salgo a la calle en compañía. Sé que antes caminaba autónomamente, pero esa posibilidad ha sido relegada con una prudencia que considero sensata. El aire huele a humedad o a polvo, según el día. Los árboles alineados en la acera me resultan familiares en un sentido puramente visual: reconozco su forma, pero no su historia. He oído palabras como playa, montaña, plaza o catedral. Supongo que estos lugares existen también aquí, cerca de donde vivo. Sin embargo, cuando los observo, no aparecen asociados a ninguna narración interior. Son volúmenes, superficies, alturas. Una torre no es un monumento, es una construcción vertical de piedra. No siento tristeza por ello.
La emoción que domina este territorio es más bien la neutralidad. Una especie de silencio mental que al principio debió de ser inquietante —me lo imagino—, pero que ahora funciona como un estado habitual. Las cosas están presentes sin la carga que les otorgaba el pasado.
En casa hay una cocina. Reconozco algunos utensilios: un cuchillo, una olla, un fogón. Sé que esos objetos se utilizaban para preparar comida. El procedimiento, sin embargo, se ha vuelto opaco. Podría observar una sartén durante varios minutos sin que aparezca la secuencia lógica que antes convertía ciertos ingredientes en un plato. Alguien cocina por mí. No lo vivo como una pérdida dramática. La palabra pérdida supone la comparación con algo anterior, y ese algo anterior se ha disuelto. Es difícil lamentar aquello que no se puede representar.
Lo que sí permanece es una conciencia bastante precisa de la situación. Sé que padezco un deterioro de la memoria y de las asociaciones que permiten organizar la realidad. Me lo han explicado médicos y familiares, y la explicación coincide con la evidencia cotidiana. La mente funciona ahora como un archivo al que le han retirado la mayoría de las etiquetas.
Los documentos siguen ahí —o al menos algunos—, pero es improbable encontrar uno concreto. Y, sobre todo, ya no existe la certeza de que ese documento sea verdaderamente mío.
De vez en cuando aparece una imagen aislada. Un fragmento de paisaje, el eco de una voz, la sensación de haber sostenido la mano de alguien. Son apariciones breves, sin contexto. No se encadenan. Llegan y se van con la misma discreción con la que se forman y se desfiguran las nubes. He dejado de perseguirlas.
Quienes me rodean actúan como custodios de una biografía que ya no puedo verificar. Me cuentan episodios de mi vida: trabajos, viajes, celebraciones familiares. Escucho con atención porque entiendo que esos relatos tienen importancia para ellos. Para mí son historias plausibles. No las discuto. Tampoco puedo apropiármelas.
Hay una cuestión que a veces me planteo mientras observo la luz desplazarse por la pared —un movimiento que intuyo relacionado con el paso de las horas, aunque las horas hayan dejado de ser una medida útil—. Me pregunto en qué consiste exactamente una persona. Antes habría respondido sin dudar: una persona es su memoria, su carácter, sus relaciones, su historia. Hoy esa definición parece excesiva. Yo sigo aquí, en una silla, respirando, percibiendo el peso de las manos sobre las rodillas. Si la memoria fuera el único fundamento, yo ya no debería existir. Sin embargo, existo. Tal vez una persona sea también esto, una conciencia mínima que observa el mundo sin poder integrarlo del todo. Un punto de atención que persiste incluso cuando el relato que lo sostenía se ha borrado. No lo considero trágico. Tampoco ejemplar. Es, simplemente, la forma que ha adoptado ahora mi vida.
Cuando llega la noche —o lo que los demás llaman noche— me acuesto sin revisar el día. No hay nada que ordenar ni archivar. El sueño aparece con la misma naturalidad con la que afloró la aurora, sin antecedentes claros. Cierro los ojos. Y durante unas horas, supongo, desaparece incluso esta conciencia tenue que todavía me acompaña.






