La vieja frontera entre el capitalismo estadounidense y el intervencionismo europeo empieza a desdibujarse. Trump no está nacionalizando la economía, está haciendo algo más sutil que consiste en convertir al Gobierno en accionista, árbitro y estratega de empresas consideradas esenciales para asegurar la hegemonía norteamericana. En Europa, acostumbrada a su particular simbiosis entre mercado y Estado, la novedosa deriva norteamericana genera una cierta inquietud, que nace de la percepción de que tal vez deba competir con Estados Unidos utilizando armas que durante décadas fueron privativas de su modelo.
En buena parte del último medio siglo, EE. UU. ha sido para el continente europeo bastante más que un gran aliado militar, representó una genuina referencia económica. Frente al capitalismo regulado del continente, Washington patrocinaba el mercado de capitales, la iniciativa privada, la competencia y una desconfianza casi irracional en la propiedad estatal. El cometido primordial de las empresas era ganar dinero y el Gobierno, por su parte, debía limitarse a dictar las normas para facilitar ese propósito.
Hoy por hoy, esa disociación está perdiendo nitidez. Desde enero de 2025, el Gobierno estadounidense ha anunciado 39 operaciones de compra, que implican su participación directa en empresas privadas por importe de 27.700 millones de dólares, según el seguimiento realizado por el Council on Foreign Relations (CFR). El instrumento que ahora utiliza la administración americana, además de llamativo, resulta sorprendente, pues si durante décadas prefirió otorgar subvenciones, préstamos, garantías e incentivos fiscales, ahora opta por comprar acciones.
Una operación que ejemplifica bien esta novedosa iniciativa económica atañe a la empresa Intel. En 2025, el Gobierno adquirió un 10% de la compañía mediante una operación de 8.900 millones de dólares, vinculada a fondos previamente comprometidos a través de la política industrial de semiconductores. Con ello no se buscaba exclusivamente ayudar a una determinada empresa, sino convertir al Estado en uno de sus partícipes.
El fenómeno se ha ido extendiendo a otros ámbitos considerados estratégicos, como los minerales críticos, la energía, las infraestructuras, loas telecomunicaciones, los semiconductores y las tecnologías avanzadas. El CFR apunta al Departamento de Comercio como promotor principal de estas iniciativas, aunque también están involucrados los de Defensa y Energía, así como la Development Finance Corporation.
Llamar «socialismo» a estas prácticas, como han hecho algunos, puede resultar periodísticamente impactante, aunque desde la perspectiva económica deben extremarse las cautelas, pues es innegable que Estados Unidos continúa siendo una de las economías del mundo más orientadas al mercado. El propio Peterson Institute for International Economics (PIIE), que ha documentado el giro estratégico mencionado, utiliza el término para describir el aumento de la propiedad o el control estatal, pero no para afirmar que Estados Unidos haya adoptado el modelo «socialista» europeo.
El dato que mejor ilustra la ruptura es otro. Según el análisis del PIIE, Estados Unidos había permanecido durante casi dos décadas entre los países con menor control estatal de la economía. Sin embargo, en 2025 pasó del segundo al decimosexto puesto con relación a ese indicador, lo que muestra a las claras el extraordinario deslizamiento de una economía avanzada y estable.
Ahora bien, no nos engañemos, Trump no está descubriendo el Estado social europeo. Lo que está rediseñando es el Estado estratégico norteamericano. Las diferencias entre uno y otro son evidentes. El objetivo no es redistribuir la riqueza mediante los impuestos, ampliar la cobertura de la sanidad pública o construir un sistema de bienestar, sino asegurar capacidades industriales y tecnológicas consideradas indispensables para la seguridad y la supremacía nacional. Los semiconductores no son únicamente componentes electrónicos; las tierras raras no son exclusivamente materias primas; la inteligencia artificial, la computación cuántica y determinadas infraestructuras energéticas no son simplemente mercados. Todos son instrumentos de poder.
La competencia con China ha modificado las reglas. Washington ha llegado a la conclusión de que dejar enteramente en manos del mercado determinadas cadenas de suministro puede crear indeseadas vulnerabilidades estratégicas. Y, como se suele decir, cuando la seguridad nacional entra por la puerta, el laissez-faire suele salir por la ventana.
Europa conoce bien ese argumento. Quizá demasiado bien. La Unión Europea lleva varios años construyendo su propia política de seguridad económica y autonomía estratégica abierta. La Comisión considera áreas críticas los semiconductores avanzados, la inteligencia artificial, la computación cuántica, las biotecnologías, el espacio, la energía, la robótica y los materiales avanzados. El objetivo declarado es reducir dependencias excesivas y hacer más resistentes las cadenas de suministro.
Bruselas ha desarrollado el Critical Raw Materials Act, el Net-Zero Industry Act y el Clean Industrial Deal, además de mecanismos de apoyo financiero y criterios de resiliencia en la contratación pública. No son instrumentos idénticos a los estadounidenses, pero responden a una misma exigencia: el mercado ya no puede concebirse completamente al margen de la geopolítica.
La paradoja resulta casi perfecta. Durante años, Europa fue acusada de intervenir demasiado en la economía. Ahora Estados Unidos está incorporando instrumentos que recuerdan, siquiera parcialmente, a esa tradición, mientras Europa intenta ganar competitividad precisamente porque teme quedarse atrás frente a Estados Unidos y China.
Pero existen diferencias que merecen alguna reflexión. Europa tiende a intervenir mediante marcos legislativos, programas comunitarios, presupuestos, regulación y mecanismos institucionales. Sin embargo, el emergente modelo estadounidense parece descansar en acuerdos concretos entre el Gobierno y determinadas compañías. Justamente aquí es donde aparecen los espacios de riesgo porque cuando el Estado es simultáneamente regulador, financiador y accionista, su relación con las empresas deja de ser neutral. De hecho, puede exigir compromisos que un inversor privado no reclamaría, como producción nacional, seguridad de suministro, determinadas inversiones o protección de capacidades estratégicas. Evidentemente, ello puede tener una justificación pública pero, a la vez, suscita una pregunta incómoda: ¿quién decide qué empresas son estratégicas y con qué criterios?
El problema no es que el Estado intervenga, algo que evidentemente deberá hacer en sectores concretos. La cuestión es la arbitrariedad con la que interviene y la calidad de los controles que acompañan a esa intervención. Si las decisiones se adoptan mediante negociaciones particulares, la frontera entre política industrial y favoritismo empresarial puede quedar desdibujada.
Ello no es una cuestión menor. El capitalismo funciona mejor cuando las reglas son previsibles y los agentes económicos conocen de antemano las condiciones de la competencia. Si el acceso al poder político se convierte en una ventaja competitiva, el mercado puede dejar de premiar exclusivamente la eficiencia y comenzar a retribuir también la proximidad al Estado. Esta es, seguramente, la preocupación más seria que plantea la nueva política industrial americana.
Para Europa existe además una consecuencia estratégica. Si Washington utiliza su poder financiero, regulatorio y comercial para atraer producción tecnológica hacia los Estados Unidos, las empresas podrian verse obligadas a competir frente a compañías que disponen de un Estado mucho más dispuesto a respaldar sus balances.
Europa no puede responder a semejante desafío regodeándose en la nostalgia del viejo libre comercio. Tampoco debería precipitarse hacia una carrera indiscriminada para asegurar subvenciones nacionales que fragmentaría el mercado único. Su desafío es más complejo, pues significa construir una política industrial común suficientemente poderosa para defender sus intereses sin destruir las reglas de la competencia que constituyen una de sus principales fortalezas.
Por tanto, la gran novedad de este intríngulis no consiste en que Estados Unidos se haya vuelto «socialista». Esa afirmación es demasiado simplista. Lo que está desapareciendo es algo más importante, es la separación entre economía y estrategia nacional. China la abandonó hace tiempo, Europa está intentando adaptarse a esa realidad y ahora Estados Unidos, bajo un presidente republicano que durante décadas ha invocado el lenguaje de la empresa privada y la competencia, está haciendo lo mismo.
El capitalismo del siglo XXI quizá no lo sea menos porque el Estado tenga acciones en determinadas empresas. Puede ser, simplemente, un capitalismo diferente, más nacional, más proteccionista y más consciente de que determinadas tecnologías y materias primas tienen un valor que no suelen reflejar las cuentas de resultados de las empresas.
Para Europa, la situación es engorrosa, pues ya no basta con defender al mercado frente al Estado. Habrá que decidir qué debe dejarse al mercado, qué debe protegerse políticamente y, sobre todo, bajo qué reglas deben intervenir los poderes públicos. Esa será una de las grandes batallas económicas de los próximos años. No se librará entre capitalismo y socialismo, sino entre distintas formas del capitalismo de Estado. Y Washington acaba de entrar en esa guerra.
La deriva estadounidense genera una situación incómoda para Europa. En la nueva geopolítica económica, la autonomía no consiste en ser autosuficiente, sino en conservar margen de maniobra. Washington ha decidido utilizar el poder del Estado para preservar su posición tecnológica e industrial. Pekín lleva años haciendo algo parecido. Europa no necesita copiar a ninguno de los dos. Necesita desarrollar suficiente capacidad industrial, financiera y tecnológica para proteger sus intereses estratégicos sin renunciar a sus propias reglas. Ese es el verdadero reto europeo, convertir su autonomía estratégica en poder efectivo y que no quede simplemente en una declaración de intenciones.





