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viernes, 8 de mayo de 2026

Crónicas de la amistad: Ibiza (62)

Desde aquí, con el sonido acostumbrado de los coches filtrándose por las ventanas y el calendario clavado en un viernes cualquiera, intento reconstruir vuestro viaje a Ibiza como quien arma un sueño ajeno con retazos prestados. No estuve, pero tengo informadores y os conozco lo suficiente como para imaginar cada gesto, cada risa o cada pequeño contratiempo convertido en anécdota.

Salisteis temprano porque aún no eran las siete cuando aterrizabais eun Ibiza. Cuatro parejas con historias entrelazadas y arrastrando maletas con más ilusión que vigor. Puedo imaginaros en el aeropuerto, todavía con el café a medio consumir, bromeando sobre quién olvidó el bañador o quién llevaba demasiados «por si acaso». Ya en el avión, alguno se quedó dormido antes de despegar, mientras otro miraba por la ventanilla como si fuera la primera vez que veía el mar desde el aire. Mientras tanto, yo, aquí, imagino de nuevo ese instante en el que la isla aparece como una promesa, como un trazo irregular de tierra rodeado de azul.

Probablemente, a la llegada os envolvió ese calor suave que no pesa, distinto al de aquí. Porque el aire de Ibiza siempre parece tener algo de bienvenida, algo de tregua. Imagino el acoplamiento en los taxis y las pequeñas diatribas que nadie logra consensuar del todo. Y, finalmente, el encuentro con los anfitriones, con Domingo y Lina, su esposa, que esperaban impacientes con esa mezcla de calma isleña y alegría contenida. Y los abrazos largos, las frases que se pisan, la sensación de que el tiempo no ha pasado.

Los anfitriones habían previsto rutas «ambiciosas» que no se compadecían con el brío corporal de algunos participantes. La visita al parador de turismo se trocó por otra más modesta a la catedral y al antiguo ayuntamiento, recorriendo esa reconocida zona patrimonial de la mano de Lina. Entretanto, algunos optaron por acompañar a Domingo a su casa, para que atendiera a su perro y, de paso, despenar un tentempié a base de sobrasada y butifarra payesa, jamón y queso... y unas cervezas.

Me gusta pensar, como parece que sucedió, que uno de los primeros destinos significativos fue una mesa. Porque en cada uno de nuestros encuentros la comida nunca es un trámite, sino un ritual. Esta vez se trataba del restaurante Port de Balansat San Miguel, en el que es tradición saborear unas entradas, seguidas del bullit de peix, ese plato que parece concentrar el mar entero en un solo hervor, seguido del arroz a banda y un suflé. Y entre plato y plato, las historias: las que ya sabíais y las nuevas, las que solo surgen cuando el ritmo baja y el vino afloja las palabras.

Os imagino a media tarde caminando por calles de casas encaladas, con el sol abatiéndose lánguidamente. Alguno quejándose del calor y otros insistiendo en alargar la ruta: «Solo un poco más». El posterior paseo por el puerto de Ibiza y el añejo ambiente hippy. Parejas que se dispersan y se reencuentran, como si el viaje fuese también una forma de recomponer vínculos. Y por encima de todo, Domingo y Lina oficiando con naturalidad, señalando rincones que no aparecen en las guías turísticas, rememorando pequeñas historias de la isla que solo se transmiten de boca en boca.

Según se dice, el segundo día se pareció al primero como gota de agua gemela. La aspiración de visitar el Museo de Arte Contemporáneo se trocó por un paseo relajado por la ciudad antigua, que incluyó una breve incursión en el mercado medieval que se estaba instalando. También en este periplo hubo desertores que acabaron en un bar consumiendo tapitas de queso y jamón de Salamanca. Como sucedió el día anterior, el destino central era el Restaurante 180, en la playa de Figueretes.

Allí esperaba una refacción basada en el picoteo e inclusiva de alioli y aceitunas, boquerones, anchoas, tablas de jamón y queso, ensalada payesa, berenjenas a la parmesana, gamba roja al ajillo, calamares con sobrasada y los postres de la casa: sorbete de limón con frutos secos, tarta de queso con galletas Lotus, crepes de Nutella..., todo ello bien regado con un vino albariño y rematado con las tradicionales «hierbas» ibicencas y la «Frígola». La sobremesa fue breve porque el viaje de regreso estaba previsto a media tarde. Obviamente, los anfitriones no olvidaron obsequiar a sus visitantes con la sobrasada y ensaimada ibicencas.

Probablemente no todo habrá sido perfecto. Por corto que sea, en cualquier viaje surgen inconvenientes y fricciones: una reserva que no aparece, una discusión por cualquier trivialidad, el cansancio acumulado que transforma cualquier detalle en algo molesto o inoportuno... Pero sé que, en este caso, esas vicisitudes acaban siendo las grietas por donde fluyen las risas porque no alcanzan a rozar la complacencia con el periplo; al contrario, todavía lo hacen más placentero y más propio.

Me detengo necesariamente en las noches. Porque Ibiza, incluso cuando no se busca el exceso, tiene algo magnético al caer el sol. Imagino una cena frugal y larga, el sonido distante de la música mezclándose con el rumor de las conversaciones. Las luces atenuadas, el vino que se acaba y se vuelve a servir. El brindis improvisado que alguien propone. La historia de hace años que todos creíamos olvidada y que alguien recuerda. Y justamente ahí, en ese momento, comprendo por qué ansiábamos tan singular encuentro.

También vislumbro pequeños paseos nocturnos sin rumbo fijo, adobados con la sensación de que el tiempo se estira. Imagino que incluso pudisteis terminar alguno en una playa casi vacía –o al menos, que os apeteció–, sentados en la arena, dejando que el mar fuese la banda sonora de vuestras confidencias. Os veo ocupando un ignoto escenario donde las parejas dejan de serlo, solo por un rato, para convertirse en un ancestral grupo de amigos. Quizá en ese equilibrio, tan frágil e inusual, radica una de las veladas razones del viaje.

Entretanto, repaso las fotos que envía Domingo y me embarga una mezcla de alegría con cierta punzada nostálgica. Os reconozco en las imágenes y asocio mi ausencia a un vacío persistente, que no es envidia, precisamente, sino más bien la conciencia de lo que me pierdo, de esos lugares y momentos que serán referencias y códigos comunes.

Imagino el final del viaje. Las maletas a medio hacer, el dulce cansancio, las ganas contradictorias de quedarse y de volver. Las promesas de repetir, de no dejar pasar tanto tiempo. Y el adiós a Lina y Domingo, los anfitriones, con ese abrazo que siempre dura un segundo más de lo necesario.

Habéis regresado distintos, seguro. No en lo esencial, pero sí en los pequeños detalles que dejan los viajes bien aprovechados. Trajisteis arena en los bolsillos, sal en la piel y nuevas historias que pronto escucharé, intentando encajar lo que me contéis con lo que ya he imaginado.

Y tal vez, cuando nos veamos de nuevo, tomaré conciencia de que, sin haberlo hecho, de alguna manera viajé a Ibiza con vosotros al reconstruir ese encuentro, como quien escribe una carta que nunca envió y que, sin embargo, encontró su destino.



 

martes, 5 de mayo de 2026

A mi primo Joselín

Para la mayoría, su nombre es «Jose». Para mis adentros, desde siempre ha sido, es y será mi primo Joselín. Así lo llamaba de niño y así lo sigo evocando ahora que somos septuagenarios, con el mismo afecto que entonces, cuando compartíamos infancia y pubertad en Gestalgar, durante largos y luminosos días, entre incontenibles risas e inocentes confidencias. En aquel tiempo, éramos compañeros inseparables que crecíamos en las entremedias que ofrecían las calles del pueblo, el rumor del río y la precaria cotidianidad preceptuada por el calendario de nuestras vidas.

Junto con otros amigos –Paco, Eugenio, Salvador, Marín, Vicente, José María...–, exprimíamos las horas en la calle, disfrutando con juegos incontables, inventados y autogestionados, aderezados con travesuras inocentes, fruto de nuestra edad y circunstancias. Saboreábamos especialmente las fiestas patronales, el gran acontecimiento del año, con toros, tómbola, varietés, caseta de tiro al blanco, futbolín, dulces y bailes en el frontón del Luis El Chato. En aquellos años de infancia y pubertad, Jose fue uno de mis mejores amigos.

Luego, como tantas veces ocurre, la vida nos llevó por caminos distintos. Él se marchó a Valencia y yo a Alicante. La distancia nos despojó de la convivencia diaria, pero nunca nos arrebató el vínculo emocional. Cada verano, en las fiestas o en algún día suelto de coincidencia, el tiempo se encogía y volvíamos a reconocernos, como si la amistad y la sangre hubieran detenido el reloj.

Jose siempre fue un hombre de pocas palabras. Ya de niño se le notaba: callaba más de lo que hablaba, pero no por timidez, sino por prudencia. Escuchaba, observaba… y, cuando decía algo, lo hacía con criterio. No necesitaba discursos largos: le bastaban unas pocas frases para dejar clara su opinión.

Siempre ha sido amigo de sus amigos, de esos que conservan los nombres y los rostros que la mayoría va olvidando. Ha mantenido la cercanía con quienes lo acompañaron desde la infancia. Porque en él la lealtad no es un valor teórico, es una práctica perseverante.

Aunque su vida laboral se ha desarrollado en Valencia, nunca se desligó de Gestalgar. Desde siempre, ha retornado regularmente para cuidar el patrimonio agrícola familiar; primero junto a su hermano Salvador y, cuando este faltó, solo. Ese retorno semanal no era un gesto rutinario: era una declaración callada de amor a su pueblo, a su tierra y a su historia familiar.

En el centro de su universo siempre ha situado a su familia. Carmen, su compañera desde que eran apenas unos niños, ha sido su sostén y su ancla. Un matrimonio que algunos podrían considerar dispar, pero que ha demostrado ser fuerte, duradero y lleno de ternura. Con ella ha compartido toda una vida, y juntos han formado una familia de la que se sienten profundamente orgullosos: sus hijos, José Ginés y Teresa, y los nietos que han traído nueva luz a sus días.

Hoy, la enfermedad lo tiene en un momento difícil. Y me duele, me duele hondo, verlo así. Me duele como primo, como amigo de juventud, como alguien con quien siempre he mantenido un hilo invisible de afecto y reconocimiento. Quiero creer que saldrá adelante, como en otras ocasiones. Pero cuando sea su hora, deseo que su partida sea tranquila, sin dolor, con la serenidad de quien sabe que vivió como quiso, supo y pudo: con dignidad, con discreción y con fidelidad a los suyos.

Porque Jose ha vivido así: sin alardes, pero con presencia. Sin grandes elocuencias, pero con gestos firmes. Sin buscar protagonismo, pero dejando huella en quienes lo conocen.

Yo me quedo con esa imagen suya que guardo desde siempre: el niño callado que sabía escuchar, el joven que no olvidaba una amistad, el hombre que regresaba una y otra vez a su tierra como quien vuelve a beber agua de la fuente que le dio la vida.

Y cuando llegue el día de su viaje definitivo, quiero pensar que será como un atardecer en Gestalgar, con el sol escondiéndose despacio tras la Peña María, con la luz dorada acariciando la huerta, con el río murmurando como siempre, y, en medio de todo ello, él marchándose en silencio, con paso tranquilo, dejando atrás la estela de una vida sencilla, honesta y generosa. Pase lo que pase, seguirá vivo en mí, como parte inseparable de mi historia. Y en mi corazón, siempre —siempre— será mi primo Joselín.


A Joselín

En la tarde dorada de Gestalgar
la luz se encorva sobre la tierra,
y tu sombra se proyecta
en cada surco, en cada rama.

Bajas como el río, sereno,
como el árbol que crece sin ruido.
Porque eres amistad no marchita
y palabra breve, de difícil olvido.

En este crepúsculo teñido de despedida,
el viento silba tu nombre.
Y un eco obstinado repite:
Ahí va quien fue bueno, discreto y firme.


Alicante, agosto de 2025

 

Jose Carrasco, mi primo.

martes, 14 de abril de 2026

Crónicas de la amistad: Santa Pola (61)

La comitiva amistosa que conformamos los integrantes del grupo autodenominado «Botellamen de dios» recalaba hoy en Santa Pola, pueblo natal y lugar de residencia de Pascual Ruso, nuestro anfitrión. Llegábamos en un día muy especial porque, en esta misma fecha, hace noventa y cinco años, se proclamó la Segunda República Española, tras la efímera primera experiencia de 1873-74. 

En Santa Pola, poblada entonces por unos 4.500 habitantes predominantemente pescadores y salineros, se palpaba un ambiente dividido entre monárquicos y republicanos. Las elecciones las ganaron los primeros, que pronto se tornaron republicanos para encajar mejor en el nuevo régimen. Al mediodía del 14 de abril de 1931, numerosos vecinos salieron a las calles, se dirigieron al Ayuntamiento y exigieron el ansiado cambio de bandera. El alcalde no puso demasiadas objeciones y a las cinco de la tarde ordenó que se izara la enseña tricolor. La fiesta republicana se prolongó y, a las diez de la noche, en la plaza de Alfonso XII (actual Glorieta), los manifestantes quitaron las placas con el nombre del monarca y las sustituyeron por otras que rezaban «Plaza de Galán y García Hernández», militares fusilados en 1930 por su participación en la sublevación de Jaca. Fue un día de alegría y celebración, en el que no se registró ningún incidente digno de mención.

En momentos como este, de fundación política, las palabras adquieren una densidad singular. Por ello, y para no perder la costumbre, expondré en los siguientes párrafos algunas reflexiones sobre la amistad, el término distintivo de nuestra inveterada relación personal, que abordaré desde una perspectiva republicana.

En ese sentido, subrayaré que, tanto en la España de la Primera República como en la de la Segunda, la amistad dejó de ser un asunto exclusivamente privado para convertirse en un principio organizador de la vida pública. Trascendía las relaciones afectuosas entre ciudadanos, considerándose un sentimiento de naturaleza política que aspiraba a conformar una comunidad de seres iguales, unidos por la fraternidad, la virtud cívica y la sociabilidad democrática. En mi opinión, en ambos ciclos republicanos, por encima de sus peculiares contextos y desafíos, la amistad operó como argamasa moral frente a la fragmentación social y la exclusión. Algo sobre lo que, precisamente, no vendría mal reflexionar en estos tiempos.

Como se sabe, la Primera República se prefiguró desde la influencia del federalismo y del liberalismo democrático. En ese marco conceptual, la amistad adquirió el estatus de categoría cívica. Cabe recordar que la tradición republicana clásica entendía la política como una forma de amistad entre iguales, orientada al bien común. Pues bien, esa idea, reformulada en clave moderna, impregnó el discurso de los republicanos federales.

Así, Pi y Margall defendía en Las nacionalidades (1877) que la federación debía basarse en la libre adhesión y en el pacto entre iguales. Aunque el término «amistad» no aflora en su literalidad, no cabe duda de que la república se concebía como concordia política, como una asociación voluntaria basada en la confianza recíproca. «La federación –escribía– no es otra cosa que la alianza de pueblos libres». La alianza presupone reconocimiento mutuo; y el reconocimiento, una forma de amistad civil.

En el mismo horizonte se movía Emilio Castelar, quien en sus discursos parlamentarios apelaba a la fraternidad como virtud pública indispensable. En 1873, en una de sus intervenciones en las Cortes, aseguraba que la república debía ser «el gobierno de la libertad con el orden, y del orden con la justicia», una fórmula que implicaba una ética de la cooperación entre ciudadanos. La fraternidad –heredera del lema revolucionario francés– no era, pues, un ornamento retórico, sino el complemento afectivo de la igualdad jurídica. La república se concebía como una «amistad civil», como una comunidad en la que los ciudadanos, reconocidos como pares, subordinaban sus intereses particulares al bien común. La amistad operaba como ideal normativo, como un horizonte moral que debía impedir que la pluralidad degenerara en ruptura.

Si la Primera República abordó la amistad en clave doctrinal, la Segunda la practicó mediante una densa red de instituciones y espacios de sociabilidad, pues no en vano nació con una ambición regeneradora que desbordaba la reforma institucional. Se pretendía impulsar y organizar una ciudadanía activa, laica y solidaria. En ese proyecto, la amistad fue el tejido cotidiano de la política. Los ateneos, las Casas del Pueblo, las agrupaciones juveniles y las asociaciones culturales se multiplicaron en ciudades y pueblos. Ofrecían clases nocturnas, bibliotecas, conferencias y espacios de encuentro. En ese entramado, la política no era solo programa, sino convivencia; una experiencia compartida para aprender, debatir y organizarse.

Como ha señalado Santos Juliá, la cultura política republicana se sostuvo en «una sociabilidad intensa que convertía la ideología en forma de vida» (Historias de las dos Españas, 2004). La amistad se institucionalizó también en asociaciones como Los Amigos de la Unión Soviética, fundada en 1933, que articulaba solidaridad internacionalista y pedagogía política. Más allá de la adhesión ideológica, estas redes ofrecían apoyo material y simbólico en un contexto de crisis económica y polarización. Mitigaban la precariedad y el individualismo mediante prácticas de ayuda mutua, como las cajas de resistencia, las cooperativas o las bibliotecas populares.

En los ateneos libertarios y en las agrupaciones republicanas, la política se vivía como comunidad afectiva. El historiador Ángel Duarte ha subrayado en sus obras que la república no fue solo un régimen, sino «una cultura de sociabilidad» donde el compañerismo cimentaba la identidad colectiva. En este sentido, la amistad no era un residuo sentimental, sino un recurso organizativo que facilitaba la movilización, la confianza y la lealtad.

Con el avance del fascismo en Europa y la radicalización interna a partir de 1934, la amistad adquirió una dimensión explícitamente resistente. La lógica del Frente Popular se apoyaba en la idea de unidad entre fuerzas diversas. La amistad política implicaba tender la mano al aliado potencial, superar agravios y construir un «nosotros» antifascista.

Durante la Guerra Civil, esa amistad se tradujo en solidaridad concreta. Las milicias, las redes de evacuación de niños, las organizaciones de socorro rojo y las brigadas internacionales funcionaron sobre una base tejida con vínculos de confianza. El testimonio de Manuel Azaña en sus Diarios revela la conciencia trágica de ese momento: «La República ha sido siempre un esfuerzo de concordia», escribió en 1937, lamentándose de las divisiones internas que debilitaban el proyecto. La concordia —otra vez— como forma exigente de amistad cívica.

En un contexto de violencia y exclusión, la amistad política operó como mecanismo de protección. Ser «compañero» significaba pertenecer a una red que podía ofrecer refugio, información o sustento. La solidaridad antifascista, expresada también en la llegada de los voluntarios brigadistas, convirtió la amistad en un lazo transnacional. La república se pensó a sí misma como parte de una comunidad democrática más amplia.

En el imaginario republicano, la política se representaba como un gesto de unión: dar la mano. Carteles, fotografías y crónicas periodísticas mostraban a líderes y ciudadanos con sus manos entrelazadas en actos públicos. Ese gesto sintetizaba una ética: la afinidad personal y la lealtad grupal como soporte de la transformación social.

La metáfora no era ingenua. En sociedades profundamente desiguales, la mano tendida simboliza el reconocimiento del otro como igual. La laicidad, la escuela pública y el sufragio femenino (1931) ampliaron el círculo de esa amistad cívica. La república aspiraba a que mujeres y hombres, creyentes y no creyentes, obreros y profesionales, compartieran un espacio común regulado por la ley y estimulado por la fraternidad.

Ahora bien, la historia de ambas repúblicas es también la historia de sus límites. La Primera sucumbió en medio de guerras y fracturas; la Segunda fue derrotada por la sublevación militar y la dictadura posterior. Pero en su ideario e imaginario político, la amistad dejó una huella duradera. Como se ha dicho, no fue un simple sentimiento privado, sino un pilar de la cultura democrática. En 1873, como concordia entre ciudadanos libres; en 1931, como sociabilidad organizada y red de apoyo; en 1936, como solidaridad antifascista. En todos los casos, la amistad funcionó como afecto político capaz de articular igualdad, laicidad y libertad.

Quizá esa sea una de las lecciones con mayor actualidad de la experiencia republicana: las instituciones necesitan afectos que las sostengan. Sin amistad cívica, sin esa disposición a reconocerse en el otro como igual, la democracia se vacía de contenido. En cambio, con ella, la política puede aspirar a algo más que a gestionar el poder, pues puede convertirse en la amalgama que requieren las comunidades auténticas.

Tal vez convenga cerrar el círculo donde lo empecé: en la experiencia concreta de la amistad vivida. Si la república soñó con una comunidad de iguales sostenida por la concordia, no hizo sino proyectar a escala pública lo que la amistad personal ensaya en el día a día: el reconocimiento del otro como fin y no como medio, la lealtad que no anula la discrepancia, la confianza que permite disentir sin romper.

La amistad cívica no es una abstracción doctrinal, sino la ampliación del gesto íntimo de dar la mano. En la conversación entre amigos aprendemos a escuchar, a conceder razones, a aceptar límites; en la plaza pública, esos mismos hábitos se convierten en virtudes democráticas. Allí donde el amigo no es un rival a destruir, sino un interlocutor a comprender, el adversario político deja de ser un enemigo absoluto. La república, en su mejor versión, aspiró a institucionalizar esa ética.

Si en 1873 la concordia fue el ideal normativo y en 1931 la sociabilidad organizada, hoy podría traducirse en una disposición cotidiana: cuidar los vínculos que sostienen la vida común. Las instituciones necesitan leyes, pero también afectos; necesitan procedimientos, pero también confianza. Ninguna constitución resiste sin una mínima trama de amistades que amortigüe el conflicto y haga posible la cooperación.

Quizá la lección más fecunda sea entender que cada amistad verdadera es una pequeña escuela de ciudadanía. Y cada gesto de respeto, cada conversación franca, cada desacuerdo gestionado sin ruptura, ensancha —aunque sea imperceptiblemente— el espacio de la democracia. Allí donde cultivamos la amistad personal, sembramos también, incluso sin saberlo, las semillas de una amistad cívica capaz de sostener la armonía social.

Debo concluir este larguísimo excurso y recalar en el concreto día de hoy. Empezaré diciendo que, en mi opinión, este martes, 14 de abril, quedará grabado como uno de esos días sencillos que, casi sin proponérselo, terminan siendo inolvidables. Desde el mediodía ya se intuía que no sería una pitanza cualquiera, sino uno de esos encuentros que se viven con calma y se recuerdan con afecto.

Pascual nos había convocado a las 12:30 h. en el bar Café Laico Naútico. Rayaba esa hora cuando llegamos parte de la expedición que, tras aparcar por la zona, caminamos unas decenas de metros despacio, junto al mar, dejando que la brisa nos fuera poniendo en sintonía con el día. Ese breve paseo ya tenía algo de especial. Era como si con cada paso dejásemos atrás las prisas para entrar en un tiempo distinto y más nuestro. Pasados algunos minutos, viendo que no acudían, contactamos con Luis y Antonio, que, confundidos, se habían dirigido a la cafetería homónima y decana del carrer d’Elx, que hoy cerraba por descanso. Deshecho el entuerto, unos y otros nos hemos encaminado al restaurante «Volantí», en cuya entrada, por fin, hemos logrado saludarnos entre abrazos, sonrisas y el entusiasmo que se evidencia cuando nos vemos. Las primeras cervezas, en este caso tercios «Victoria» malagueños, han sido el pretexto para empezar a compartir historias, anécdotas y risas. No había urgencia alguna, todo fluía con naturalidad, como si el tiempo se hubiese detenido para nosotros en ese instante.

Inmediatamente, hemos accedido al local y, en pocos minutos, Rafa y sus ayudantes disponían sobre la mesa que habían preparado un aperitivo excelente, a base de ensalada de tomate y encurtidos con salazones, alcachofas estofadas, almejas en salsa, gambosí rebozado y fritura de palallas y pescadilla de la bahía, que hemos degustado mientras charlábamos, alargando el momento previo tan valioso que precede a los ágapes que compartimos.

Como sabíamos, en «El Volantí» todo depende del pescado del día, que no es otra cosa que el que se logra adquirir en la lonja el día anterior. Esa liviana incertidumbre era parte del encanto que impregnaba este encuentro. Parecía como si Pascual hubiese previsto, sin pretenderlo, que el mar y el pescado de su pueblo se integrasen espontánea y naturalmente en nuestra celebración, coadyuvando a crear un ambiente sencillo y auténtico, donde el verdadero lujo era el producto extraordinariamente fresco.

Tras despachar el copioso aperitivo repleto de sabores limpios y sinceros, que nos conectaron de inmediato con el entorno; mientras desgranábamos opiniones y recomendaciones, llegó el plato principal. En este caso, Rafa, el regente del establecimiento, exalumno de Pascual, nos había recomendado una paella de pescado variado con galeras que, en pocos minutos, depositó sobre la mesa con una apariencia sobresaliente, como una celebración en sí misma, revestida con la convincente sencillez que confiere la materia prima de calidad excelente.

Durante un par de horas lo hemos compartido todo: los platos, el vino, las opiniones, las miradas, los chascarrillos y, sobre todo, la alegría de estar juntos. No obstante, en mi opinión, lo que ha caracterizado este encuentro no ha sido tanto el disfrute de tan excelente menú, cuanto la sobremesa que posteriormente hemos desplegado en la Heladería Luis Baldó, muy próxima al restaurante. Una tertulia larga, intensa, sosegada, preñada de opiniones, recuerdos y confidencias; acompañada también de risas que surgían sin esfuerzo y de silencios cómodos que evidenciaban confianzas y afectos. Nadie miraba el reloj porque nadie lo echó de menos.

De nuevo, Santa Pola nos regaló su luz y su calma, y nosotros supimos aprovechar tan pródigo obsequio. Lo sucedido este martes no se limita al disfrute de un ágape excelente. Ha supuesto, primordialmente, una espléndida oportunidad para consumar un nuevo reencuentro. Hemos vuelto a exprimir un pequeño paréntesis en la rutina de los días para gozar de la amistad en su forma más rotunda. Y por eso, al despedirnos con abrazos que prometían una pronta continuidad, hemos confesado la sensación compartida de haber vivido unas horas extraordinariamente valiosas. Porque, al fin y al cabo, lo que perdura en la memoria no solo son los sabores, sino muy especialmente las personas con las que los compartimos.

La próxima será en Alicante, el 10-11 de junio. Lo concretaremos oportunamente.




jueves, 1 de enero de 2026

Seguir tejiendo la amistad

No es una decisión menor seguir quedando cuando el calendario empieza a pesar más que la agenda. A los setenta y tantos, la amistad deja de ser un hábito automático y se convierte en un acto consciente, casi militante. Persistir en ella exige razones, y también coraje. Porque seguir viéndonos es aceptar que el tiempo no pasa en balde, que algunos ya no llegan a la hora del café y que otros llegan con bastón, con silencios nuevos o con la memoria un poco más frágil. Y, aun así, elegimos seguir.

Nos une una biografía compartida que no cabe en una fotografía ni en una anécdota repetida. Nos une haber sido jóvenes juntos cuando el país cambiaba de piel, haber discutido de política con vehemencia y de fútbol con la misma seriedad, haber amado, trabajado y fracasado sin manual de instrucciones. Nos une, sobre todo, una lengua común hecha de guiños, bromas internas y recuerdos que solo tienen sentido completo entre nosotros. Esa lengua es hoy un patrimonio que no queremos dejar morir.

La razón personal para seguir tejiendo la amistad es simple y radical, porque nos hace bien. En un tiempo que empuja a la retirada, al repliegue doméstico y a la soledad discreta, encontrarnos es una forma de resistencia íntima. Nos recuerda que seguimos siendo alguien para otros, no solo pacientes, abuelos o jubilados. Que aún podemos escuchar y ser escuchados sin prisa, sin la tiranía de la productividad. La amistad, a esta edad, no promete futuro; ofrece presencia. Y eso basta.

Pero hay también razones colectivas, que trascienden el bienestar individual. Mantener vivo el grupo es sostener una pequeña comunidad de memoria. Somos testigos de un tramo de historia que se desvanece si no se comparte, la vida antes de lo digital, las luchas y las conquistas que hoy se dan por sentadas, los errores que conviene no repetir. No se trata de nostalgia, sino de responsabilidad. Al reunirnos, transmitimos —aunque sea de forma desordenada— un relato que ayuda a entender de dónde venimos.

Seguir juntos implica aceptar la pérdida como parte del camino. Cada ausencia pesa, y no hay reunión en la que no aparezca un nombre dicho en voz baja o una silla que sobra. Podríamos protegernos evitando el dolor, dejando que el grupo se diluya con dignidad. Pero elegimos otra cosa, honrar a quienes ya no están manteniendo vivo lo que construimos con ellos. Cada encuentro es también un gesto de gratitud hacia los que se fueron, una manera de decir que su paso dejó huella.

El argumento más sólido para perseverar quizá sea el más sencillo: nadie nos va a sustituir. A esta edad, no se fabrican amistades de largo recorrido. Se pueden establecer relaciones cordiales, incluso afectuosas, pero la profundidad que da haber atravesado décadas juntos es irrepetible. Renunciar al grupo sería renunciar a una parte de nosotros mismos, a un retrato que devuelve una imagen compleja, a veces incómoda, pero verdadera.

También aspiramos a algo modesto y ambicioso a la vez, llegar juntos lo más lejos posible. No como un proyecto heroico, sino como una compañía serena. Aspiramos a seguir celebrando cumpleaños aunque cueste soplar las velas, a seguir discutiendo sin necesidad de convencer, a aprender a escucharnos incluso cuando las palabras se repiten. Aspiramos a normalizar la fragilidad sin dramatismo, a pedir ayuda sin vergüenza, a reírnos de lo que ya no podemos hacer.

En un mundo que idolatra la novedad y descarta lo ajado, nuestra amistad es un acto de contradicción. Reivindica el valor de lo duradero, de lo que se repara en lugar de tirarse. No somos mejores por ser viejos amigos, pero sí somos más conscientes de lo que cuesta sostener un vínculo en el tiempo. Y por eso lo cuidamos.

Seguir tejiendo la amistad es, en el fondo, una forma de darle sentido al tiempo que queda. No para llenar agendas, sino para llenarnos de humanidad compartida. Mientras podamos sentarnos alrededor de una mesa —real o simbólica— y reconocernos, habrá razones suficientes. Aunque seamos menos. O precisamente por ello.


 

martes, 30 de diciembre de 2025

Antonio Antón, in memoriam

Escribo estas líneas desde un lugar tan complicado como verdadero, el de la amistad profunda que me une, que nos une, a Antonio. Para mí —en realidad, para muchos más—, Antonio no es solo una persona admirable, sino un amigo mayúsculo; de esos que sostienen una vida; de los que no pasan, porque se quedan. Su partida nos deja un vacío inmenso y, a la vez, una robusta presencia que acompaña a cada recuerdo, a cada conversación imaginada, a cada canción que retorna. Antonio se ha ido y la oquedad que deja no es ausencia, es un silencio lleno de ecos y repleto de dilatadas resonancias, de conversaciones serenas, de canciones compartidas.

Ante todo, Antonio ha sido una persona íntegra; lo digo sin retóricas. Una persona buena, en el sentido más concreto e infrecuente de la palabra, que atesoraba una forma limpia de estar en el mundo, una coherencia que no requería explicaciones. Ha sido un hombre de izquierdas, hondo y honesto, comprometido con la justicia social, con la dignidad de las personas y con la cultura como derecho, y no como privilegio. Huyó del ruido y actuó siempre desde la congruencia que fluía de su pensamiento crítico y su decencia cotidiana. Enemigo de la estridencia, escuchaba, pensaba y dudaba. Y cuando hablaba, lo hacía con serenidad, con argumentos y con una honestidad envidiable.

Como compañero, Antonio ha sabido compaginar presencia y cuidado. Marido leal, atento a los gestos minúsculos que sostienen la vida en común, supo amar sin posesión y compartir sin reservas, construyendo un hogar donde el respeto y el afecto no eran palabras, sino hábitos consolidados. Como padre, ha practicado una paternidad generosa y abnegada, sustentada en el ejemplo más que en el discurso. Enseñó a sus hijas y nietos a mirar el mundo con curiosidad, a no aceptar lo injusto como inevitable y a vivir con libertad responsable. Por eso ha consolidado raíces profundas trenzadas desde la virtud, la ternura y el pensamiento autónomo.

Conozco a Antonio desde hace casi sesenta años. Entonces se forjó nuestra amistad. En ese terreno también ha sido inmenso: una persona de las que no fallan, de las que no se esconden cuando la vida se pone cuesta arriba. Sabía escuchar sin prisas ni juicios. Podíamos estar de acuerdo o no, pero siempre respetaba y atendía. Con él, y con otros como él, aprendí que la amistad es conversación prolongada, silencio placentero y lealtad sin condiciones. Antonio no estaba solo en los momentos brillantes, estaba en todos.

También ha sido «maestro» en el sentido más amplio de la palabra. No solo por profesión, sino por su manera de estar en el mundo. Creyó en la educación pública como herramienta de transformación y la defendió con esfuerzo, rigor y humanidad. En el aula supo exigir sin humillar, acompañar sin imponer y despertar preguntas más que ofrecer respuestas incuestionables. Educaba desde el respeto y la pasión por el conocimiento, dejando huella no por su autoridad, sino por su cercanía. Centenares de alumnos encontraron en él una referencia imprescindible; decenas de compañeros lo reconocieron como modelo de honestidad profesional y de generosidad intelectual.

Su compromiso cívico y cultural ha sido perseverante. Entendía la cultura como espacio compartido, como memoria viva y como futuro en construcción. Defendió las tradiciones desde el apego crítico, consciente de que solo perduran las que se estudian, se cuidan y se renuevan. En ese difícil equilibrio entre pensamiento libre y arraigo popular ha vivido con naturalidad, sin contradicciones ni concesiones.

Existe una dimensión de Antonio que merece recuerdo especial: la música, una parcela de su vida con la que ha fascinado a una legión de admiradores y con la que lograba expresar lo que a veces no cabía en sus palabras. Antonio ha sido cantante vocacional y autodidacta, capaz de forjarse una identidad inimitable en la que se armoniza la pasión sin alardes, el aprendizaje constante y la humildad de quien sabe, y acepta, que la música es más grande que cualquiera de sus creadores e intérpretes. Cantaba porque lo necesitaba, porque era su forma de respirar, de decir, de compartir. Cantaba con una honestidad que apelaba directamente al corazón porque para él significaba compartir respiración, memoria y silencio.

Cuantos lo hemos escuchado hemos percibido la ausencia de artificio en su canto. En él todo se supeditaba al logro de la emoción y el sentido. Sabía que cantar significa fundamentalmente escuchar, impregnarse de una creación colectiva, dejarse atravesar por la eufonía y envolverla musicalizada para disfrute de todos. Por eso su canto trasuda verdad, por eso conmueve.

Especialmente generosas han sido sus contribuciones al Misteri d’Elx y a la música popular ilicitana. Su entrega al Misteri —ninguneada por algunos miserables— ha sido una de las expresiones más evidentes de su generosidad. Antonio amó el Misteri como se ama a las cosas que nos superan: con respeto, estudio y dedicación desinteresada. Trabajó mucho y especuló poco. Aportó conocimiento, tiempo infinito y fidelidad profunda a una tradición viva, que consideraba patrimonio común. Lo hizo siempre desde la humildad, defendiendo la excelencia y eludiendo protagonismos superfluos.

En la música popular d’Elx deja una huella luminosa. Ha sido puente entre generaciones, transmisor de memoria y sembrador de futuro. Compartió saberes sin apropiarse de nada, convencido de que la música crece cuando se entrega. Gracias a él, muchas canciones siguen vivas; gracias a su generosidad, otros tantos han aprendido a querer lo propio sin enfrentarlo a lo nuevo.

Antonio ha sido un amigo imprescindible. De los que ayudan a pensar mejor, a vivir con más calma y a ser más justos. A mí y a otros muchos nos enseñó sin pretenderlo, nos acompañó sin invadir nuestras intimidades y nos regaló una amistad limpia y profunda, de esas que no logra quebrar ni siquiera la muerte.

Antonio ha vivido con coherencia y se despide dejándonos un ejemplo de difícil olvido. Nos deja su palabra justa, su risa tranquila, su compromiso sereno y su voz cantada, trasladándonos la certeza de que hay vidas que no se apagan, porque siguen sonando en los demás. Antonio no se ha ido del todo porque está en cada conversación que merece la pena, en cada canto sincero, en cada gesto decente. Y mientras así lo recordemos, continuará estando con nosotros.

Antonio, en Benilloba el 19 de noviembre 2025

Antonio, en Benilloba (19/XI/25)

jueves, 11 de diciembre de 2025

El peso de la luz

A los setenta y tantos años, Mateo caminaba con la torpeza de quien ha vivido algunas vidas dentro de la misma. Su bastón golpeaba la acera con un ritmo irregular, como queriendo recordar a cada paso que el cuerpo ya no respondía como antes. Un solo riñón, un diagnóstico de cáncer que llevaba meses ocupándole el pensamiento, una artrosis que le mordía los huesos, arritmias e insuficiencias coronarias que lo obligaban a pausar cada tramo de escalera, deterioro  cognitivo, visión borrosa… Y la soledad, esa sí, tan nítida como una fotografía recién revelada.

Sin embargo, aquella mañana, mientras avanzaba hacia el parque del barrio, sentía algo extraño, una especie de sutil determinación, una voluntad de seguir mirando hacia adelante pese a que todo invitaba a la renuncia.

Se sentó en su banco habitual. Frente a él, un grupo de niños jugaba a perseguirse entre árboles, senderos y pérgolas. Mateo cerró los ojos y dejó que el murmullo de risas y pasos se mezclara con la brisa. Pensó que en los últimos años se había preguntado frecuentemente qué sentido tiene seguir viviendo con una lista de problemas insoportable para cualquiera. Y él, que no siempre encontraba respuestas rápidas ni adecuadas, había ido guardando sus razones como quien colecciona pequeños guijarros de apariencia seductora.

Recordó la primera de ellas, la conciencia de que la vida —incluso cuando duele— sigue siendo vida. Ciertas noches, el cáncer se le hacía una sombra gigantesca. En otras, la artrosis no lo dejaba dormir. Pero cada mañana, cuando abría los ojos, se sorprendía de seguir aquí. Y ese simple acto —despertar— le desvelaba el detalle tan hondo y trascendente de que todavía conservaba la oportunidad de sentir, de elegir, de agradecer o de aprender. «Si todavía estoy, pensaba, es por algo. Aunque no lo entienda».

Respiró hondo y entornó los ojos mientras descubría que la segunda razón llegaba de la mano de su nieta Irene, de nueve años, que cuando lo visitaba insistía en enseñarle dibujos y canciones nuevas. Una tarde le dijo, —Abuelo, ¿sabes que me encanta que estés vivo? Una frase tan simple le atravesó el alma porque era la prueba irrefutable de que su existencia seguía teniendo sentido. Vivir, pensó, merece la pena porque siempre hay alguien que nos mira con afecto, aunque esté lejos, aunque no nos visite con frecuencia.

Pocos instantes después, Mateo abrió los ojos. Una paloma torpe se posó junto a sus pies. Sonrió plácidamente mientras contrastaba que había aprendido también a disfrutar de esas pequeñas presencias, de esas migajas de belleza que antes le pasaban inadvertidas. Esa era precisamente una de sus razones, las pequeñas cosas que toman apariencia gigantesca cuando el tiempo se encoge: un rayo de sol invernal, el olor de un café recién hecho, el sonido de un mensaje inesperado, el saludo amable del panadero… Todo esto cobraba ahora una entidad que antes no sabía apreciar.

Algunos años después de jubilarse, la soledad le cayó encima como un techo repentinamente desplomado. Durante años creyó que vivir solo era un sinónimo de subsistir tristemente. Pero poco a poco descubrió que podía encontrarse placer en la quietud, en dejar reposar los pensamientos, en conversar consigo mismo, sin prisas ni interrupciones. Entendió que la soledad no siempre es ausencia porque a veces constituye un espacio desde el que reconstruirse. Y dedujo, finalmente, que seguir viviendo significa continuar con la posibilidad de transformarse. Incluso a los setenta y muchos e incluso con cualesquiera diagnósticos.

Una ráfaga de viento le movió el abrigo y sintió un pinchazo en la rodilla. Atacaba la artrosis, su infatigable compañera. «Estoy viejo», pensó sin dramatismos, porque la vejez, se dijo a sí mismo, no era un enemigo, sino la prueba concluyente de haber resistido. Vivir tanto tiempo, incluso con sobresaltos crecientes, era una victoria irrefutable.

Además, había encontrado otra verdad: la utilidad no desaparece con la edad. En cierta ocasión, una joven vecina se sentó a su lado llorando tras un mal día. Mateo no pudo ofrecerle soluciones ni consejos brillantes, pero sí palabras sosegadas, honestas, destiladas en el transcurrir de años que le permitieron haber visto casi todo. Cuando la joven se tranquilizó y se marchó, comprendió que su experiencia podía servir de faro para otros. Y fue así como decidió que, mientras pudiera escuchar, sostener una conversación u ofrecer un retazo de serenidad, seguiría forjando propósitos.

Levantó la vista descubriendo un cielo inmaculado que le hizo decirse a sí mismo: «Sigo aquí porque todavía queda belleza que no he admirado». Su médico le había dicho que el cáncer avanzaba despacio. Quizá meses, quizá más. Él se aferraba a la idea de que cada día era una oportunidad para descubrir algo, fuese una historia en un libro, un nuevo sabor o una melodía desconocida. Y volvió a sospechar que la curiosidad era una forma de resistencia.

Finalmente, reapareció el miedo: a la muerte, al dolor, a la futura dependencia. Pero recordó que había aprendido que vivir no es conseguir la ausencia del miedo, sino la voluntad de caminar pese a él. Y esa voluntad, afortunadamente, la tenía consolidada.

Un rato después, Mateo se incorporó apoyándose en el bastón. Observó a los niños que todavía jugaban; en ellos la vida palpitaba sin pedir permiso. Y descubrió que quizá esa era la razón más profunda del existir, seguir vivo para ser testigo del mundo, acompañarlo un poco más, dejarse conmover por él.

Mientras emprendía el camino de regreso, sintió que su cuerpo le dolía, pero también que su espíritu seguía emocionándose. Pensó que, aunque a veces parezca que todo se cae a pedazos, siempre queda algo que puede brillar dentro de uno. Siempre. Y mientras eso suceda, la vida seguirá mereciendo la pena.


 

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Crónicas de la amistad: Benilloba (59)

Los cuatro meses transcurridos desde nuestro último encuentro han sido espacio suficiente para enhebrar algunas reflexiones sobre la amistad. Tal vez el prolongado y tórrido verano ha estimulado la fecundidad de mentes calenturientas, como la mía, y ahora, extinguidos los rigores caniculares y llegados los aconteceres otoñales, quizá es el momento oportuno para compartir algunas cavilaciones.

Como he dicho otras veces, la amistad se ha instituido como un importante objeto de estudio en la reflexión contemporánea. Hoy, es asunto muy relevante, merecedor de reflexiones pausadas que exceden con mucho los contornos de estas crónicas. Pese a todo, expondré algunas ideas que considero interesantes.

En primer lugar, en mi opinión, hay algo en la amistad que desafía al tiempo, una especie de fidelidad secreta que late bajo la piel de los años. Cuando se abordan temáticas como la vejez y la amistad, no solo se examinan los vínculos superficiales, sino que emergen la memoria, la resistencia y el amor, términos a los que se alude con vocablos dispares. De modo que la amistad en la vejez no es mero postureo coreográfico o contingencia adepta al esparcimiento, sino más bien hogar, raíz y pasión, que desvanecen la penumbra de la soledad.

En otras ocasiones, he recordado que Aristóteles describe la amistad perfecta como el reconocimiento de la virtud en el otro. No la concibe como simple compañía, sino como espejo moral, como relación que ennoblece el alma. También he dicho que Cicerón considera que nada puede compararse con el consuelo de tener un amigo verdadero cuando la fortuna se torna adversidad. Concuerdo con esas miradas de los clásicos, que no contemplan la vejez como desdicha, sino como campo fértil donde arraigan los lazos profundos y dan sus mejores frutos. Cuando las pasiones se aquietan, lo que permanece por encima de las efímeras fogosidades es el amor desinteresado del amigo.

En segundo lugar, recordaréis que en los pueblos donde transcurrieron nuestras infancias, la amistad era parte inherente al paisaje de la vejez. Los mayores, sentados en los bancos de las plazas, resguardados en los recovecos de las calles o difuminados en la penumbra fresca de cualquier taberna, no precisaban de jugosos discursos para sentirse acompañados. Se limitaban a compartir chascarrillos y recuerdos que no eran propiedad de nadie, sino patrimonio de todos. Era una manera de coexistir juntos, de ensanchar la memoria común. En cierto modo, era una especie de estima comunitaria, tejida en la red del lugar a través de la participación en las actividades de la vida cotidiana, en las festividades o en el ordenado decurso de las tareas productivas.

Hoy, la amistad tiene otro rostro cuando atañe a la vejez. La sociedad contemporánea ha dispersado los «clanes» y ha fracturado la bulliciosa quietud de los pueblos. Somos legión los mayores que residimos lejos de nuestras raíces y distanciados de quienes compartieron sus infancias y adolescencias con las nuestras. Pese a todo, la amistad no ha desaparecido, simplemente ha cambiado de escenarios. Ahora se busca y se sustenta a través de llamadas, videoconferencias o grupos de WhatsApp, que hacen circular las nuevas ocurrencias, emulando y no siempre consiguiendo hacerlo con la frescura con que las antiguas se difundían en los bares o en las tiendas de los pueblos.

Por otro lado, la sociología describe un hecho revelador. En este tiempo en que la familia tiende a fragmentarse y a dispersarse, la amistad pasa a ocupar un lugar más central en la vida de los mayores. Para muchos, los amigos son ahora los auténticos compañeros de viaje. Con ellos se planean tertulias, excursiones, actividades formativas, viajes organizados... Podría decirse que, en la vejez actual, la amistad es tanto recuerdo como aventura.

En tercer lugar, entiendo que la amistad continúa siendo un refugio contra la intemperie. Por encima de los innegables cambios que ha sufrido, hay algo que permanece en ella. Antes como ahora, tener a alguien con quien reír, con quien evocar, con quien caminar –aunque sea despacio–, convierte los días en algo más que un mero conteo de horas. La diferencia hay que buscarla en la forma de exteriorizarlo. En el pasado, especialmente entre los hombres, la amistad se expresaba habitualmente a través de silencios, mientras se compartía un vino o se consumían algunos cigarrillos. Hoy, en cambio, los mayores nos abrazamos más, nos decimos «te quiero» y organizamos rituales para encontrarnos, como hacemos nosotros. En otras palabras, la ternura ha dejado de considerarse vergüenza para instituirse como lenguaje ortodoxo.

Íntimamente, la amistad en la vejez se vive como una especie de tabla de salvación, como un escudo contra la sombra del olvido. Cuando un viejo ríe con un amigo, no solo revive unos determinados recuerdos, evoca la persona que fue. Vuelve a sentir una fugaz lozanía palpitando entre su corpórea debilidad. El amigo se convierte entonces en una especie de guardián de la identidad: alguien que confirma que se vive y que se deja huella. Y esa ratificación es medicina contra el miedo a desvanecerse.

Por último, diría que la amistad es –muy especialmente en la vejez– un acto de resistencia poética. Supone afrontar el desgaste, combatir el aislamiento y no sucumbir a la tentación de rendirse. Es como una párvula chimenea en un amplio y oscuro salón: no logra alumbrar con suficiencia, pero alcanza para calentar las manos y, muy especialmente, el corazón.

Hoy, siguiendo nuestro peculiar recorrido amistoso, volvíamos a Benilloba, el pueblo de Alfonso. Era algo más del mediodía cuando, según las orientaciones remitidas por el anfitrión, todos nos hallábamos en las proximidades de la tradicional y reputada Venta Nadal.

En esta nueva visita a Benilloba, hemos vuelto a soslayar la casi olvidada vertiente cultural de nuestros encuentros, que pierde fuelle casi definitivamente. En consecuencia, hemos renunciado a disfrutar de interesantes recorridos por algunos de los espacios, edificios y lugares de este municipio de El Comtat, situado en la margen derecha del río Frainos —conocido popularmente como de Penáguila— entre las sierras de la Serreta y la Serrella y atravesado por la carretera que une Alcoy con Callosa d’en Sarriá, inaugurada en 1912. 

Entre sus múltiples rincones destaca uno que bien merece una visita sosegada: el Molí del Salt (siglo XVIII), sito en la partida del mismo nombre, en un paraje de libre acceso al que se llega pasando por la Font de la Teuleria, lo que queda del acueducto del mismo nombre y por un antiguo puente. Sin duda, El Molí es el más singular y espectacular de toda la comarca. Se encuentra en un emplazamiento de paredes calcáreas verticales que encauzan el caudal del río. Antes de alcanzarlo, un imponente desfiladero genera un salto de casi veinte metros de altura.

Actualmente, se encuentra en un avanzado estado de ruina, pues se han hundido todas las cubiertas y únicamente permanece en pie la fábrica del edificio. Se conservan puertas y sillares en las esquinas, algunos de ellos de cierta magnitud. Esta singular construcción la erigieron los condes de Revillagigedo durante la década de 1760-1770, arrendándola a varios molineros antes de venderla, en 1865, a Don Benjamín Barrié Dosonié, cónsul de su Majestad Británica en el Reino de Valencia. En 1899, Luís Orta Montpartler, vecino del lugar, compró el Molí en nombre de la Sociedad Eléctrica de Benilloba, cuyos estatutos establecían que su finalidad era «facilitar al público fuerza y luz eléctrica y en general cuantas aplicaciones tenga la electricidad». Unos años más tarde, en 1902, fue inaugurada y bendecida la conocida como Fàbrica de la Llum, que permitió la electrificación de Benilloba.

Como digo, nos hemos perdido esta visita y también la del castillo de Penella (s. XIII), muy próximo a nuestro destino final: la Venta Nadal. Como he referido en otras ocasiones, se trata de un establecimiento que subsiste durante décadas junto al arcén de la carretera CV-70, Alcoi-Benidorm, ofreciendo una muestra gastronómica muy solvente que incluye los platos comunes en la comarca. Muchos de ellos fueron depositados pausadamente sobre la mesa que nos habían preparado, conformando una muestra gastronómica excepcional en la que no faltaron la dacsa, magre i fetge, embutidos oreados, pericana, bolets de xop, callos, alcachofas asadas, huevos fritos con patatas y verduras, y chuletas de cordero y embutido a la brasa. Todo ello bien rematado con un estupendo surtido de repostería y convenientemente regado con abundante cerveza y sendas botellas de blanco de Rueda y tinto de la Ribera. Los cafés han puesto punto final a un ágape tan previsible como excelente.

Para disfrutar la sobremesa, inmediatamente nos hemos desplazado a la casa de nuestros anfitriones, Paqui y Alfonso, próxima a la Venta. Una vez más, nuestros amigos han exhibido su proverbial capacidad de acogida, agasajándonos con un surtido de postres suculentos y las consiguientes copas, que hemos degustado mientras intercambiábamos comentarios y cruzábamos emotivas y distendidas conversaciones.  Hoy el encuentro ha concluido con un párvulo remate musical, pues Antonio Antón estaba aquejado de una dolencia bucal que le impedía cantar con la maestría que le caracteriza. Tras la espléndida sobremesa, cuando estaba cayendo la tarde, nos hemos dispuesto a regresar a nuestros domicilios deshaciendo el itinerario matutino en tanto que paladeábamos con comentarios y chascarrillos las gratísimas vicisitudes que nos ha procurado tan magnífica jornada.

Y es que la amistad en la vejez es a la vez raíz y ala: sostiene y proyecta. Es la memoria compartida que se transforma en calor y en fuerza. En este mundo casi enloquecido, donde las relaciones son primordialmente fugaces, la permanencia de los amigos –los que están y los que se han marchado– es verdad de belleza honda y extraordinaria. Quizá por eso, cuando nos asedia la nostalgia, rechazamos abrazar la soledad y evocamos nuestros encuentros, esos espléndidos ágapes que compartimos alrededor de mesas amplias y generosas, alzando las copas, coreando canciones y paladeando complicidades tan intactas como imprescindibles. En fin, amigos, os diría que ahora, en la vejez, la amistad se asemeja a un último poema que la vida nos permite escribir o pronunciar con otros. Y, como todo buen poema, se elabora con tres ingredientes imprescindibles: memoria, afán y afecto.

Salud, amigos. La próxima será en Elx, a mediados de enero del próximo año. 



martes, 5 de agosto de 2025

A quiénes deciden quedarse

Julián ya no abre las cortinas. Dice que le molesta la luz y que prefiere la penumbra porque no pide explicación alguna. Las plantas de su salón —una lengua de suegra medio seca y una costilla de Adán casi deshecha— remedan en cierto modo la vida que se encoge, como la suya.

Antes, hablaba con circunspección de los libros leídos, de sus viajes, del sabor concreto que debía tener un guiso meritorio o del aroma de un buen vino. Pero eso era antes. Ahora, apenas pronuncia más de tres frases seguidas. Suena el telefonillo y no se da por aludido, pues cuando consigue responder, ya no hay nadie al otro lado. Tampoco devuelve las llamadas telefónicas, ni los wasaps, porque le sucede aproximadamente lo mismo. La última vez que lo visité, recuerdo que yo desplegaba mi habitual locuacidad y él asentía a veces; otras, se limitaba a mirar distraídamente hacia cualquier rincón del salón.

Clara, su esposa durante casi cincuenta años, sigue ahí: paciente, discreta, religiosamente presente. Lo cuida con la amalgama de amor, cansancio y resignación que proporciona casi una vida entera compartida. Le habla poco –menos de lo que quisiera– porque Julián apenas responde. Sus conversaciones se han ido reduciendo a frases sentenciosas: «¿Has comido?», «¿Te has tomado los medicamentos?», «Deberías pasear un poco». «Te convendría visitar al fisioterapeuta». «¿Quieres que demos un paseo en coche?».

Sus hijos los visitan de tanto en tanto. A veces llegan con prisas; otras se limitan a telefonear, simplemente. Uno de ellos, no recuerdo quién, es el que más frecuenta la casa familiar. Pero ni así logra arrancar a Julián algo más que una mirada. Las palabras, como sus músculos, parecen habérsele atrofiado irrevocablemente. Apenas camina porque se cae con frecuencia. Por eso no quiere salir. Antes, cuando rebosaba vigor, lo hacía habitualmente. Ahora, que solo conserva rescoldos de su energía, ni siquiera lo intenta.

De vez en cuando, con ocasión de algún aniversario, onomástica u otra efeméride, su media docena de nietos los visitan y corretean por la casa. Los más pequeños juegan a esconderse detrás del sillón del abuelo. Los mayores lo saludan con respeto y algo de recelo. Lo quieren, claro. Pero les asusta un poco verlo así, tan distinto del abuelo que les contaba historias o les enseñaba a construir cometas, del que les recitaba poemas de memoria o se emocionaba cuando les enseñaba alguna canción. Ahora, se limita a observarlos en silencio. Unas veces con ternura, otras con una tristeza muda.

—No quiero que me vean así —le dijo una tarde a Clara, con voz apenas audible.

Ella le apretó la mano, sin decir nada, porque no había nada que explicar.

Lo que más le duele no es el deterioro físico, algo tan indeseable como probable. Lo que le perturba extraordinariamente es su retirada interior. El modo en que percibe que se va desdibujando. Pese a que no se queja, aunque no haya tragedia visible, está ausente, como si el mundo ya no lo convocara para participar en sus vicisitudes.

Yo —amigo de muchos años— lo visito cada vez más espaciadamente. Tampoco lo veo por la calle o en los espacios próximos a nuestras viviendas. Realmente, hablamos muy poco. En alguna ocasión tengo la impresión de que me observa con lucidez, como si por un instante regresara a tiempos pretéritos. Otras, percibo su mirada dispersa, perdida sobre el horizonte o desperdigada sobre la pared que tiene enfrente. Soy yo quien habla. Él, a veces, solamente a veces, se limita a asentir.

—¿Te duele algo? —le pregunté en cierta ocasión.

—No. Me falla la pierna y me canso mucho, me respondió.

No solo se refería al agotamiento corporal, sino a esas fatigas que no se alivian durmiendo. A los cansancios del alma, del tiempo, de uno mismo. A un hastío sin nombre. Mucho más profundo que el sueño. En esos momentos, lo que me sobrecoge no es su deterioro físico —la dificultad para caminar, los temblores en las manos o la lentitud al hablar— sino esa especie de evaporación silenciosa. Como si, poco a poco, él mismo se fuese alejando del mundo, no con un portazo, sino desliéndose hasta hacerse transparente. Sigue ahí, pero ya no está del todo.

Y es que, con los años, el cuerpo nos va restando argumentos. Las pequeñas derrotas cotidianas —los primeros tropiezos, la letra que ya no podemos trazar con la misma firmeza, los nombres que se escapan por segundos— se acumulan. Y si no se tiene una red firme de afectos, si no hay vínculos que tiren de uno hacia afuera, la voluntad se va oxidando.

En Julián, lo físico es solo el prólogo. Me parece que el argumento principal es otra cosa: la sensación de haber perdido, o casi, su lugar en el mundo. Ya no se considera necesario para nadie. El trabajo quedó atrás. Sus amigos, los que subsisten, están en situaciones similares, o simplemente se rindieron ya.

—A veces pienso que estoy en el otro lado —me dijo un día—, solo que el cuerpo aún no se ha enterado.

Ese es Julián: lúcido incluso en la rendición. No hay dramatismo en sus palabras. No busca compasión. Solo constata una dolorosa verdad: se ha convertido en un testigo silente del paso del tiempo, en una presencia inofensiva, casi testimonial.

Los hijos, preocupados, hablan entre ellos sin saber bien qué hacer. Alguno propone llevarlo a un centro de día. Otros; entienden que necesita determinada terapia. Pero nadie osa aludir a lo que realmente sucede: Julián se está yendo, sin drama ni ceremonia, solo bajando una a una las persianas de su mundo.

Sorprendentemente, un día lo encontré escribiendo. Apenas unas líneas, torcidas y difíciles de leer. Pero eran suyas. Me dejó ojearlas:

—No me asusta morir, me asusta seguir de este modo: sin ser visto, sin apenas hablar. Me pregunto si realmente es la forma natural de apagarse, o si hay todavía algo más que pueda ofrecer. Hoy, escribo solo para comprobar que aún estoy aquí.

Evidentemente, la escritura no lo cura; es solo una pequeña grieta por donde entra algo de luz de vez en cuando. La suficiente para motivarlo a levantarse, a asomarse a la ventana, o a salir a la terraza y ver jugar a los muchachos.

—¿Crees que esto sirve de algo? —me preguntó en cierta ocasión.

—No lo sé —le dije—. Pero es un modo de seguir estando.

A menudo pienso en Julián con preocupación, más que con tristeza. Me inquieta su lento declive –el que otros experimentaremos, si no lo estamos haciendo ya– que incluye la pérdida de roles de toda índole y que culminará con su ulterior retirada a la periferia de sus mundos. Sin embargo, incluso en tal desvalimiento, existen modos y modos de resistir al desmayo de las certezas y a las cesiones corporales, al enfriamiento de las amistades y a la extinción de la utilidad social. E incluso queda la posibilidad —aunque sea remota— de no rendirse del todo y escribir una frase más. Y hasta pugnar por entreabrir la cortina.

No quiero idealizar a Julián. Ni ha sido un héroe, ni un mártir; ni tampoco un santo. Pero sí un hombre bueno y educado, que ha vivido muy decentemente y que eligió quedarse, aunque solo fuese un día más, para escribir la penúltima frase. Eso, en este mundo tan amante de la velocidad y del brillo, es un acto de enorme valentía. Y yo se lo reconozco y agradezco.

Hay una dignidad silente en los que resisten casi sin esperanza, en los que alcanzan a compartir hasta la sombra de lo que fueron. Particularmente, no aspiro a un final glorioso, pero me gustaría conservar el coraje necesario para quedarme un poco más, aun cuando todo parezca terminar. Y tal vez por eso recuerdo a menudo a Julián y a tantos otros que eligieron, semana tras semana, seguir vivos una más.



jueves, 12 de junio de 2025

Crónicas de la amistad: Novelda (58)

El prolongado discurrir de la comitiva amistosa «Botellamen de Dios» hacía hoy estación en Novelda, el poble de Luis, en la cuenca media del Vinalopó, vía natural de comunicación entre la Meseta y el litoral mediterráneo desde la prehistoria. Su privilegiada ubicación y sus pródigos recursos agrícolas y ganaderos han favorecido históricamente los asentamientos humanos y el desarrollo de diferentes culturas, desde el Neolítico hasta la actualidad. De todo lo anterior se ofrece amplia noticia en el Museo Histórico-Artístico donde, a través de objetos arqueológicos y paneles explicativos, se facilita a los visitantes el conocimiento de las huellas y aportaciones culturales que han ido dejando los sucesivos pobladores.

Pero no es esto de lo que quería ocuparme al iniciar esta crónica, sino de un modelo de organización proletaria –muy poco estudiado y escasamente conocido– que se materializó en los Valles del Vinalopó en el periodo comprendido entre el final de las luchas republicanas ochocentistas y las primeras sociedades de resistencia nacidas en los albores del siglo XX. En esos años, se produce la proletarización de las principales poblaciones, consolidándose un paisaje de arrabales y ramblas que fomentaba el hacinamiento y la precariedad vital, subordinando ambos a los fines productivos. En ese contexto, en las Navidades de 1896, se produjeron los llamados «sucesos de la Serreta Llarga», una especie de última intentona republicana en el siglo XIX, con incrustaciones obreras y derivaciones hacia el terrorismo de Estado. Hubo siete muertos y dos heridos graves, que no llegaron a disparar un sólo tiro, pese a estar armados y preparados para actuar desde una casa de campo de Novelda. Antes de morir, fueron torturados. Se ejerció un férreo control informativo sobre esta acción represiva que, finalmente, se sustanció con un juicio plagado de irregularidades que aseguró la impunidad de los verdugos. Un año después, una marcha masiva convocada en homenaje a los muertos de La Serreta hizo de Novelda una referencia destacada de la represión finisecular contra el movimiento obrero.

En este contexto, sobre una base de libre pensamiento, impregnada de «germinalismo» y reminiscencias federales, se articula una sólida red asociativa de resistencia comarcal, auténtico germen del sindicalismo local. Así eclosiona la sociedad obrera varia La Emancipación, constituida formalmente en 1900, coincidiendo con una huelga de canteros, convocada en demanda de mejoras salariales y la jornada de ocho horas. Fue una huelga sostenida durante varios meses, destacando la capacidad de La Emancipación para organizar ágilmente a la mayoría de los canteros del medio Vinalopó (Elda, Monòver, Aspe y Petrer). Se iniciaba así una dinámica expansiva que se confirmaría poco después con la inauguración del Centro Obrero, desde donde se fueron organizando otras sociedades en la localidad. La Emancipación, a través de su labor federativa sobre la base de los oficios de canteros y zapateros, sumó su incidencia en la difusión del cooperativismo de producción entre 1900 y 1904, documentándose delegaciones en Monóvar, Elda, Petrer, Agost, Aspe, Elche, Hondón de los Frailes y Monforte.

La Emancipación, que tan sólida parecía en los comienzos del siglo, cuando agrupaba a canteros, albañiles, carreteros, carpinteros, pintores, dependientes y agricultores locales, acabó por resquebrajarse. La amalgama societaria se fracturó definitivamente con las huelgas que canteros y albañiles iniciaron en septiembre de 1904, que significaron un punto de no retorno del proceso de división interna, marcado por las disputas sobre los objetivos de la organización.

Pese a todo, tanto La Emancipación noveldense como La Regeneración monovera funcionaban como sociedades de resistencia organizadas por secciones de oficios, a modo de federación local. Ambas sufrieron procesos de disgregación paralelos, que resultaron más graves para la primera. Pese a todo, las concomitancias no se limitan a Novelda y Monóvar. La sociedad varia La Regeneración tenía una «prima» en Elda, La Regeneradora, cuyos vínculos van más allá de 1903, año de su constitución.

Aquel «clímax societario» de los primeros años del siglo XX, en el interior de la provincia de Alicante, abrió definitivamente los caminos hacia el sindicalismo en el tejido productivo de la cuenca media del Vinalopó, conformando un cauce que serpenteaba entre el socialismo a secas, el federalismo librepensador y el activismo ácrata emergente. Pero este es otro interesante relato que tal vez desgrane en otra ocasión.

Vayamos pues a lo nuestro. Hoy, Luis nos había citado a una hora relativamente temprana en el tantas veces mencionado bar Panach (conocido cariñosamente como su «oficina», por ser el lugar donde «despacha» con regularidad sus privativos asuntos), e ir preparando el ánimo para llevar a cabo la visita, cata y refacción que había acordado con los rectores de Casa Cesilia, un establecimiento, mezcla de historia, enología y gastronomía, que constituye un excelente contrapunto para el relato que he referido en los párrafos precedentes. Ya se sabe aquello de que «en la variedad está el gusto».

Tras llegar todos a la hora prevista y liquidar un refrigerio a base de tomate trinchado con capellán y mojama, ajetes tiernos con champiñón, sepia a la plancha, caracolitos en salsa y «michirones», todo ello regado con las correspondientes cervezas, un Casamaro blanco, de Rueda, y un tinto tempranillo Garulla (2021), nos hemos desplazado hasta la bodega Casa Cesilia, emplazada entre las partidas de Alcaydías, Ledua, La Mola y Sicilia, en un congost (paso estrecho y profundo entre montañas), a escasa distancia del cerro de La Mola, al noroeste de Novelda. La Heretat es mucho más que un viñedo: es un enclave histórico que combina el arte de la viticultura con la rica herencia cultural y nobiliaria de la zona. Su origen se remonta al siglo XVIII, cuando la finca fue adquirida por la ilustre familia de los Marqueses de La Romana, una casa nobiliaria muy influyente en la época. El sistema de «heretats» lo adoptó Jaume I para la repoblación y colonización de los territorios conquistados. Una heretat era un conjunto de tierras unido con un criterio de explotación, que constaba básicamente de una casa, una huerta y una cantidad de tierra destinada al cultivo de cereales y viñas.

Aunque existen otras interpretaciones más prosaicas, y pese a que carezco de constancia documental de lo que referiré a continuación, la versión que más me gusta sobre el nombre original de la finca «Heretat de Cesilia», y posteriormente «Casa Cesilia», es la que sostiene que se debe a la señora Cecilia Gómez de Celis, supuesta esposa del marqués de La Romana. Esta dama, apasionada por la naturaleza y el cultivo de la tierra, animaría a su marido para desarrollar un proyecto agrícola pionero en la zona, inspirado en las ideas fisiocráticas y en la promoción de la educación agrícola, tendencias ambas que primaban entonces entre la aristocracia española, muy influenciada por su homónima francesa, que acabaría por convertirse en un emblema del vino alicantino. La finca se concibió, pues, no solo como residencia de recreo de la familia, sino como un centro agrícola autosuficiente, que era reflejo del espíritu ilustrado de la nobleza dieciochesca.

El edificio principal responde a los cánones de la arquitectura mediterránea, destacando sus muros de piedra blanca, los techos altos y un recoleto patio interior. La casa ha sido testigo y protagonista de anécdotas y leyendas. Una de las curiosidades más reiteradas es la misteriosa y nutrida biblioteca secreta que los marqueses escondían tras una puerta camuflada en la gran sala principal. Se dice que en ella guardaban valiosos manuscritos y cartas, algunas de ellas cruzadas con figuras destacadas de la corte de Carlos III. Cuenta la leyenda, por otro lado, que durante la Guerra de Independencia el III Marqués de La Romana —Pedro Caro y Sureda—, destacado general de las tropas españolas, encontró refugio temporal en la finca tras regresar de la expedición a Dinamarca. Su figura heroica y carismática aún se rememora en la finca, como un símbolo de resistencia y honor. Otra de las curiosidades que se recuerdan es la existencia de un antiguo túnel subterráneo que, según la leyenda, conectaba la casa con la cercana iglesia de San Roque. Se cree que fue utilizado por los marqueses y sus allegados durante los tiempos de inestabilidad política, convirtiéndose en un secreto muy bien guardado.

La bodega actual ha sido modernizada respetando la esencia de la finca original. La familia Arias adquirió la hacienda en 1984, desarrollando desde entonces un exitoso proyecto enológico. El patriarca, Joaquín Arias Cervera, fue un devoto de la tierra y la agricultura que se crió entre los viñedos del Bierzo. Cuando el destino le llevó a Novelda, transformó con su bagaje y conocimientos los bancales que se extendían entre la margen izquierda del Vinalopó y la autovía que sigue, como el tendido ferroviario, el antiguo trazado de la vía Augusta. Hoy conforman una explotación de unas treinta hectáreas, radicadas en un territorio estratégico, en el área de la estación de Novelda, igual que sucede con otros barrios vinícolas de estación de otras latitudes, como Vilafranca del Penedés, Haro o Utiel.

Los Arias han llevado a cabo una gran labor en la recuperación de variedades clásicas alicantinas y mediterráneas (monastrell, garnacha, malvasía, moscatel y macabeo), que han plantado y cultivan en vaso, es decir, sin riego, adaptadas al clima y al suelo del sureste, como lo han estado tradicionalmente. Cultivan también algunas parcelas de petit verdot, cabernet sauvignon y albariño (recuerdo familiar), con el que hacen un caldo blanco muy cuidado.

Todos los vinos de Casa Sicilia son de sus propios viñedos, es decir, responden al concepto «cru», un sistema que enfatiza la calidad y el carácter distintivo de un terroir específico, entendiendo por tal el conjunto de factores ambientales (suelos, clima y ubicación). Dicho más sencillamente, proceden de uvas cultivadas, cosechadas, vinificadas y embotelladas en su dominio vinícola, es decir, en la propiedad. Por ello, como aseguran los enólogos, tienen una marcada identidad mediterránea y de su específico terroir (la margen del río), que aporta las sensaciones muy frescas y naturales del tarayal mediterráneo característico del sureste peninsular, además de una agradable sensación mineral debido al silicio del suelo fluvial.

Joaquín Arias se empeñó en enriquecer este pequeño territorio plantando miles de variedades no vinícolas que, junto con el jardín adosado a la casa y el monumento a Jorge Juan y un rincón de las especias, ensanchan los motivos para visitar la «heretat». Casa Cesilia ofrece a los visitantes una experiencia completa, donde el vino y la historia se dan la mano. Cuenta con una moderna bodega de vinificación y la sala de crianza con los mejores robles.

Las catas son uno de los atractivos, pues permiten degustar vinos que expresan la personalidad de la tierra, desde blancos frescos hasta tintos de crianza complejos. Nosotros hemos participado en una cata de tres vinos: Un blanco Casa Sicilia, coupage de malvasía, macabeo y moscatel muy placentero; un rosado Cesilia Rosé 2023, a base de monastrell, merlot y syrah, con una melosidad que lo hace sabroso mezclando la frescura de su acidez con la golosidad de sus ricos taninos naturales, y un Casa Sicilia tinto crianza, un coupage de monastrell, petit verdot y cabernet sauvignon muy redondo.

La propuesta gastronómica de la bodega complementa esta experiencia. Su restaurante ofrece la esencia de la cocina mediterránea y elabora menús que integran productos locales con un toque creativo. Cada plato está pensado para armonizar con los vinos de la bodega, realzando sus aromas y sabores y ofreciendo una experiencia culinaria de primer nivel. Nosotros hemos consumido un menú a base de tres entrantes (ensaladilla de la casa, embutido de Pinoso y alcachofas salteadas con tomate seco y trigueros), a los que han seguido los principales: cordero al horno, solomillo de ternera y chuletón de ternera vieja, según gustos. Hemos rematado la refacción con sendos postres caseros: flan de turrón y helados, a gusto de cada cual. Todo ello ha estado convenientemente regado con las especialidades vinícolas mencionadas y rematado con los correspondientes cafés, que han dado pie a una sobremesa algo sobresaltada por las noticias políticas de la jornada que apuntaban a la dimisión de un importante gerifalte del PSOE en Madrid.

Hemos regresado caminando tranquilamente hasta el aparcamiento de la bodega para coger los vehículos y dirigirnos a casa de Luis, bordeando las márgenes y cruzando el propio Vinalopó. Allí hemos encontrado el cálido y cuidado acogimiento que cada vez que volvemos nos procuran sus dueños. Loli Gutiérrez había preparado unos paparajotes magníficos que, acompañados de las recurrentes copichuelas, han dado paso a un escueto concierto que, como siempre, ha dirigido y protagonizado Antonio Antón. Esta vez ha incorporado referencias clásicas de Luis Llach y E. Aute, que ha acompañado de poemas, musicados por el propio Antonio y por su amigo Fernando Celdrán, de autores como Antonio Machado (Discutiendo están dos mozos), Bertold Brecht (Cuando los de arriba) y Blas de Otero (Cantar de amigo). No han faltado tampoco las habituales piezas de la música popular ilicitana.

Y así, mientras la tarde se despedía con bruñidos susurros y los pámpanos de la parra que tienen los anfitriones junto al porche de su casa ofrecían al viento incipientes melodías, contrastamos por enésima vez que la amistad es como el buen vino: fragante, intensa, imperecedera. Muros de piedra, que han contemplado generaciones de cosechas y secretos, acogieron en esta ocasión nuestras voces, como si fuesen ecos de antiguas leyendas. Y la naturaleza, generosa y paciente, nos regaló un festín de matices y tonalidades: el rojo rubí de la uva, el verde hodierno de las hojas, el sutil ocre de la tierra. Entre tapiales y paredes centenarias, donde el tiempo parece haberse detenido y la historia se confunde con el aroma terrino, se avivó el rescoldo amistoso. Cada palabra tejida entre sorbos de monastrell o petit verdot, cada mirada cómplice, dispersada bajo la azul bóveda celeste, nos recordó que la vida sabe mejor cuando se celebra en compañía.

Al final, contrastamos de nuevo que el verdadero tesoro trasciende los pagos, las viandas y las copas, porque apunta a la inasible belleza de la sencillez de estar juntos. El vino se agota, pero el recuerdo permanece. Y en él, la amistad florece como la vid: resistente, vibrante, eterna.

Salvo contingencia sobrevenida, nos veremos el próximo mes de septiembre. Será en Santa Pola o en Benilloba. Lo concretaremos oportunamente. 


 

miércoles, 11 de junio de 2025

A l'amic Ferran

A l'amic Ferran

Hui, les paraules es tornen insuficients
per a retre homenatge a Ferran,
mestre i educador, formador de mestres,
lluitador incansable per la nostra llengua.

Amb saviesa i paciència vas ensenyar-nos
a estimar la paraula, a respectar-la i a fer-la créixer.
Fou la teua veu un far que il·luminava les ments,
un clar exemple d’entrega i dignitat.

Com a pare, la teua estima fou farcida d’afecte;
com a espòs, la fidelitat fou el teu nord constant;
i com a avi, el teu cor generós fou refugi i tendresa.
La família, sempre al centre de la teua vida.

Amic fidel dels bonsais, de la cuina i de les tertúlies,
vas saber trobar la bellesa en les coses senzilles,
donant vida amb les teues mans, compartint-la amb els altres,
amb aquell somriure amable i aquella mirada clara.

Hui ens has deixat, bon home, i amb tu se’n va
una part del nostre esperit, però la teua llum perdurarà.
Perquè els qui han sembrat amor i coneixement
mai no moren: viuen per sempre en el cor dels qui els estimem.

Descansa en pau, Ferran,
la teua empremta romandrà viva
en cada paraula, en cada gest,
en el record d’una gent que mai 
t'oblidarà.



sábado, 7 de junio de 2025

Hoy no había clase

Aquí estamos, juntos de nuevo, pese a que ha transcurrido más de media vida desde que dejamos aquellas clases llenas de risas y desafíos. Manolo, Jorge y Vicente, los profes que un día nos vieron crecer, ya han sobrepasado los setenta. Y nosotros: Valeriano, Consuelo, José Manuel Bermúdez, Juana, Antonio Maciá, Coronado, Palmira, Eleuterio, Miguel Amorós, Rafa, Mari Ángeles, Pili, Fela, Villaescusa, M. Carmen Picó, Juanma Cascales, Antonia Pagán y Cristóbal Villar, rozamos los sesenta. Pero hoy, entre las brasas chisporroteantes y las bromas que vuelan como cuarenta años atrás, nos sentimos nuevamente como aquellos chavales que fuimos, cuando éramos alumnos en el Colegio Ruperto Chapí, igual que lo fueron otros más jóvenes, como Yolanda Bermúdez y José V. Campayo que también nos acompañaban.

Es justo que agradezcamos la esplendidez de Consuelo, que nos ha abierto las puertas de su casa familiar en El Moralet, una partida rural del término municipal de Alicante, colindante con El Verdegás y La Cañada del Fenollar, cuyo nombre se considera relacionado con los viejos cultivos de moreras, vinculados a la producción de la seda en el pasado. Históricamente, ha formado parte de un corredor que conectaba las tierras de Alicante con las de San Vicente del Raspeig, por donde discurre la línea del ferrocarril Alicante – La Encina, que a lo largo del siglo pasado facilitó el transporte de mercancías agrarias y pétreas. Con anterioridad era un territorio de secano poblado de almendros, olivos y algarrobos. También contaba con pequeñas explotaciones de esparto y algunas canteras de piedra que abastecían a las construcciones locales.

Los vecinos de El Moralet han tenido siempre una importante vinculación con los de las partidas vecinas y sus tradiciones, como es el caso de las fiestas patronales de La Alcoraya o de las romerías de Fontcalent. Por otro lado, era habitual que los habitantes de distintas partidas se ayudasen en la recolección de la almendra o de la oliva, estrechando y reforzando los lazos comunitarios. Hoy en día, El Moralet sigue siendo un lugar donde el pasado rural se percibe con nitidez: senderos antiguos, campos estructurados en terrazas y un paisaje que recuerda que esta tierra siempre fue generosa con quienes la cuidaron.

Las brasas crepitando y el humo que se ensortija con el aire parecen acercar consigo los recuerdos. Vicente recorre los corrillos, pregunta por nuestros privativos asuntos y atiende interesado las respuestas, que se enredan con las bromas y comentarios que se suscitan. Manolo gesticula ostentosamente cuando se afana en contar su última ocurrencia, cosa que hace con el mismo esmero y vehemencia con que explicaba los intríngulis gramaticales en sus clases. Jorge, que siempre supo ver más allá de los libros, levanta la copa y, con voz trémula, brinda por los muchos años que no nos han separado… y por los que nos quedan por compartir.

Brindis improvisados fragmentan la barrera del tiempo. Entre bocados y carcajadas, emergen recuerdos y nostalgias del mismo modo que se reavivan las brasas. Valeriano, que no ha perdido su energía ni sus ganas de batallar, parlotea igual que lo hacía en clase para defender a un compañero o rebatir los argumentos de sus profesores. Su mirada sigue siendo la misma, cargada de una curiosidad ilimitada.

Con su risa clara y contagiosa, Consuelo «se burla» de su hermano José Manuel, igual que lo hacía cuando compartían banco en las aulas. «¿Te acuerdas cómo copiabas de mis libretas?», le dice entre carcajadas. Y él, con su sonrisa pícara, le responde: «¡Y lo bien que se me daba, que los profes ni se enteraban!». Ambos no pueden eludir mirarse con el afecto de quienes han compartido casa, familia, confidencias y barrabasadas.

Juana se aproxima con un plato de pinchos morunos. Coronado le comenta que se nota que lo de asar es un arte que domina. Y ella, con su actitud tranquila, se encoge de hombros y sonríe: «No es tan distinto de cuando ayudaba en mi casa o a los profes con las cosas del cole. Todo es cuestión de paciencia», apostilla, sabiendo que ha sido el secreto de sus mejores momentos.

Palmira y Eleuterio (Lute, cariñosamente para todos) fueron en su día dos peculiares outsider, cada uno a su manera. Hoy ella no está con nosotros, pero los imaginamos recordando aquella ocasión en que él se quedó dormido durante una excursión y casi lo dejamos olvidado. Cuando despertó, riéndose, repetía: «¡Sí, siempre llegaba tarde, pero al final llegaba!». Y ese «siempre llegaba» es algo que hoy parece que cobra especial sentido en su caso.

Miguel Amorós y Rafa están junto a la barbacoa, como si fueran dos pinchadiscos controlando la música de la noche. Miguel se acuerda de sus  casi olvidadas charlas, de cuando soñaba con tocar la guitarra en un grupo y Rafa lo inundaba de «cassettes» que le «guindaba» a no recuerdo quién. Hoy, entre brasas y cerveza, siguen discutiendo sobre las canciones que no pueden faltar en un buen concierto, o sobre cualquier cosa, pero desisten inmediatamente porque no quieren desaprovechar un solo segundo del buen rollo que embarga a todo el mundo.

Mari Ángeles nos sigue desde la distancia a través del whatsup, sin perderse detalle. Ha prometido concurrir a la próxima. Y Pili, siempre tan vital, se encarga de que nadie se quede sin probar las viandas y terciar en el encuentro. «No me hagas correr más, que ya no tengo veinte años», se le oye decir, aunque lo desmienta una vitalidad que apenas ha sufrido merma. Fela, con su sonrisa dulce y esa voz que calma, cuenta anécdotas que parecen de otro tiempo. «¿Os acordáis de aquel viaje a la playa en el que nos perdimos?», pregunta. Y todos asentimos porque ese día acabó en risas y canciones que aún hoy, al cerrar los ojos, podemos escuchar.

M. Carmen Picó sigue sin sorprendernos: ni está, ni se le espera: Tampoco vinieron hoy García Villaescusa, ni Juanma Cascales, al que imaginamos con su impostada seriedad, el recurso con que se las ingenia para hacernos reír a todos. Finalmente recordamos a Antonia Pagán y a Villar. Como otras veces, nos preguntamos qué será de ellos.

Vicente zascandilea de aquí para allá, observándonos a todos. Su mirada refleja el mismo afecto que proyectaban sus ojos cuando éramos adolescentes. «Verlos aquí, juntos, tantos años después, me llena de gozo», se oye que le dice a Manolo con voz queda. Y este, que nunca fue de grandes discursos, asiente y añade con esa dicción cavernosa tan particularmente suya: «No lo olvidéis: lo importante no es solo que el fuego esté encendido, sino que lo compartamos». Sentencia que espolea a Jorge que, con su peculiar gracejo, levanta la copa y dice: «¡Por nosotros! Por los que fuimos, por los que somos, y por los que seguiremos siendo mientras el cuerpo aguante».

Proliferan las risas y las miradas cómplices. Cada historia que se cuenta, cada anécdota que se revive, es como un abrazo que no se ve, pero se siente. Sonreímos al recordar aquella vez que Antonio Maciá se presentó en clase con un poema para el día de la madre. Estaba tan emocionado que casi se le escapan las lágrimas. Hoy, con la copa en la mano, se ríe de sí mismo mientras asegura que «lo recitaría otra vez, si no se me trabara la lengua».

Los recuerdos se entrelazan con el aroma de las viandas y el regusto del vino. El murmullo de las conversaciones asemeja una música de fondo. Cada sonrisa esconde la certeza de que la vida nos ha regalado un valioso tesoro. Porque celebramos la suerte de haber convertido aquellos años en un imaginario refugio que todavía nos acoge, y que podemos compartir. Y aunque hayan cambiado las fisonomías, aunque arrugas y canas certifiquen el paso de los años, lo esencial sigue intacto: el cariño, la complicidad y esa sensación de que, en el fondo, seguimos siendo los mismos entusiastas profesores e idénticos risueños y fogosos alumnos adolescentes.

Así que alzamos de nuevo las copas y brindamos: «Por los profes, que nos enseñaron mucho más que los libros. Por nosotros, que hemos aprendido que lo más importante no es el tiempo pasado, sino las ganas de seguir coincidiendo. Por este encuentro, que nos recuerda que, a pesar de los años, todavía sabemos cómo pasarlo bien y cómo querernos. Y por Consuelo, la anfitriona, por su enorme generosidad y por su afecto».

En el Moralet, a 7 de junio de 2025