La comitiva amistosa que conformamos los integrantes del grupo autodenominado «Botellamen de dios» recalaba hoy en Santa Pola, pueblo natal y lugar de residencia de Pascual Ruso, nuestro anfitrión. Llegábamos en un día muy especial porque, en esta misma fecha, hace noventa y cinco años, se proclamó la Segunda República Española, tras la efímera primera experiencia de 1873-74.
En Santa Pola, poblada entonces por unos 4.500 habitantes predominantemente pescadores y salineros, se palpaba un ambiente dividido entre monárquicos y republicanos. Las elecciones las ganaron los primeros, que pronto se tornaron republicanos para encajar mejor en el nuevo régimen. Al mediodía del 14 de abril de 1931, numerosos vecinos salieron a las calles, se dirigieron al Ayuntamiento y exigieron el ansiado cambio de bandera. El alcalde no puso demasiadas objeciones y a las cinco de la tarde ordenó que se izara la enseña tricolor. La fiesta republicana se prolongó y, a las diez de la noche, en la plaza de Alfonso XII (actual Glorieta), los manifestantes quitaron las placas con el nombre del monarca y las sustituyeron por otras que rezaban «Plaza de Galán y García Hernández», militares fusilados en 1930 por su participación en la sublevación de Jaca. Fue un día de alegría y celebración, en el que no se registró ningún incidente digno de mención.
En momentos como este, de fundación política, las palabras adquieren una densidad singular. Por ello, y para no perder la costumbre, expondré en los siguientes párrafos algunas reflexiones sobre la amistad, el término distintivo de nuestra inveterada relación personal, que abordaré desde una perspectiva republicana.
En ese sentido, subrayaré que, tanto en la España de la Primera República como en la de la Segunda, la amistad dejó de ser un asunto exclusivamente privado para convertirse en un principio organizador de la vida pública. Trascendía las relaciones afectuosas entre ciudadanos, considerándose un sentimiento de naturaleza política que aspiraba a conformar una comunidad de seres iguales, unidos por la fraternidad, la virtud cívica y la sociabilidad democrática. En mi opinión, en ambos ciclos republicanos, por encima de sus peculiares contextos y desafíos, la amistad operó como argamasa moral frente a la fragmentación social y la exclusión. Algo sobre lo que, precisamente, no vendría mal reflexionar en estos tiempos.
Como se sabe, la Primera República se prefiguró desde la influencia del federalismo y del liberalismo democrático. En ese marco conceptual, la amistad adquirió el estatus de categoría cívica. Cabe recordar que la tradición republicana clásica entendía la política como una forma de amistad entre iguales, orientada al bien común. Pues bien, esa idea, reformulada en clave moderna, impregnó el discurso de los republicanos federales.
Así, Pi y Margall defendía en Las nacionalidades (1877) que la federación debía basarse en la libre adhesión y en el pacto entre iguales. Aunque el término «amistad» no aflora en su literalidad, no cabe duda de que la república se concebía como concordia política, como una asociación voluntaria basada en la confianza recíproca. «La federación –escribía– no es otra cosa que la alianza de pueblos libres». La alianza presupone reconocimiento mutuo; y el reconocimiento, una forma de amistad civil.
En el mismo horizonte se movía Emilio Castelar, quien en sus discursos parlamentarios apelaba a la fraternidad como virtud pública indispensable. En 1873, en una de sus intervenciones en las Cortes, aseguraba que la república debía ser «el gobierno de la libertad con el orden, y del orden con la justicia», una fórmula que implicaba una ética de la cooperación entre ciudadanos. La fraternidad –heredera del lema revolucionario francés– no era, pues, un ornamento retórico, sino el complemento afectivo de la igualdad jurídica. La república se concebía como una «amistad civil», como una comunidad en la que los ciudadanos, reconocidos como pares, subordinaban sus intereses particulares al bien común. La amistad operaba como ideal normativo, como un horizonte moral que debía impedir que la pluralidad degenerara en ruptura.
Si la Primera República abordó la amistad en clave doctrinal, la Segunda la practicó mediante una densa red de instituciones y espacios de sociabilidad, pues no en vano nació con una ambición regeneradora que desbordaba la reforma institucional. Se pretendía impulsar y organizar una ciudadanía activa, laica y solidaria. En ese proyecto, la amistad fue el tejido cotidiano de la política. Los ateneos, las Casas del Pueblo, las agrupaciones juveniles y las asociaciones culturales se multiplicaron en ciudades y pueblos. Ofrecían clases nocturnas, bibliotecas, conferencias y espacios de encuentro. En ese entramado, la política no era solo programa, sino convivencia; una experiencia compartida para aprender, debatir y organizarse.
Como ha señalado Santos Juliá, la cultura política republicana se sostuvo en «una sociabilidad intensa que convertía la ideología en forma de vida» (Historias de las dos Españas, 2004). La amistad se institucionalizó también en asociaciones como Los Amigos de la Unión Soviética, fundada en 1933, que articulaba solidaridad internacionalista y pedagogía política. Más allá de la adhesión ideológica, estas redes ofrecían apoyo material y simbólico en un contexto de crisis económica y polarización. Mitigaban la precariedad y el individualismo mediante prácticas de ayuda mutua, como las cajas de resistencia, las cooperativas o las bibliotecas populares.
En los ateneos libertarios y en las agrupaciones republicanas, la política se vivía como comunidad afectiva. El historiador Ángel Duarte ha subrayado en sus obras que la república no fue solo un régimen, sino «una cultura de sociabilidad» donde el compañerismo cimentaba la identidad colectiva. En este sentido, la amistad no era un residuo sentimental, sino un recurso organizativo que facilitaba la movilización, la confianza y la lealtad.
Con el avance del fascismo en Europa y la radicalización interna a partir de 1934, la amistad adquirió una dimensión explícitamente resistente. La lógica del Frente Popular se apoyaba en la idea de unidad entre fuerzas diversas. La amistad política implicaba tender la mano al aliado potencial, superar agravios y construir un «nosotros» antifascista.
Durante la Guerra Civil, esa amistad se tradujo en solidaridad concreta. Las milicias, las redes de evacuación de niños, las organizaciones de socorro rojo y las brigadas internacionales funcionaron sobre una base tejida con vínculos de confianza. El testimonio de Manuel Azaña en sus Diarios revela la conciencia trágica de ese momento: «La República ha sido siempre un esfuerzo de concordia», escribió en 1937, lamentándose de las divisiones internas que debilitaban el proyecto. La concordia —otra vez— como forma exigente de amistad cívica.
En un contexto de violencia y exclusión, la amistad política operó como mecanismo de protección. Ser «compañero» significaba pertenecer a una red que podía ofrecer refugio, información o sustento. La solidaridad antifascista, expresada también en la llegada de los voluntarios brigadistas, convirtió la amistad en un lazo transnacional. La república se pensó a sí misma como parte de una comunidad democrática más amplia.
En el imaginario republicano, la política se representaba como un gesto de unión: dar la mano. Carteles, fotografías y crónicas periodísticas mostraban a líderes y ciudadanos con sus manos entrelazadas en actos públicos. Ese gesto sintetizaba una ética: la afinidad personal y la lealtad grupal como soporte de la transformación social.
La metáfora no era ingenua. En sociedades profundamente desiguales, la mano tendida simboliza el reconocimiento del otro como igual. La laicidad, la escuela pública y el sufragio femenino (1931) ampliaron el círculo de esa amistad cívica. La república aspiraba a que mujeres y hombres, creyentes y no creyentes, obreros y profesionales, compartieran un espacio común regulado por la ley y estimulado por la fraternidad.
Ahora bien, la historia de ambas repúblicas es también la historia de sus límites. La Primera sucumbió en medio de guerras y fracturas; la Segunda fue derrotada por la sublevación militar y la dictadura posterior. Pero en su ideario e imaginario político, la amistad dejó una huella duradera. Como se ha dicho, no fue un simple sentimiento privado, sino un pilar de la cultura democrática. En 1873, como concordia entre ciudadanos libres; en 1931, como sociabilidad organizada y red de apoyo; en 1936, como solidaridad antifascista. En todos los casos, la amistad funcionó como afecto político capaz de articular igualdad, laicidad y libertad.
Quizá esa sea una de las lecciones con mayor actualidad de la experiencia republicana: las instituciones necesitan afectos que las sostengan. Sin amistad cívica, sin esa disposición a reconocerse en el otro como igual, la democracia se vacía de contenido. En cambio, con ella, la política puede aspirar a algo más que a gestionar el poder, pues puede convertirse en la amalgama que requieren las comunidades auténticas.
Tal vez convenga cerrar el círculo donde lo empecé: en la experiencia concreta de la amistad vivida. Si la república soñó con una comunidad de iguales sostenida por la concordia, no hizo sino proyectar a escala pública lo que la amistad personal ensaya en el día a día: el reconocimiento del otro como fin y no como medio, la lealtad que no anula la discrepancia, la confianza que permite disentir sin romper.
La amistad cívica no es una abstracción doctrinal, sino la ampliación del gesto íntimo de dar la mano. En la conversación entre amigos aprendemos a escuchar, a conceder razones, a aceptar límites; en la plaza pública, esos mismos hábitos se convierten en virtudes democráticas. Allí donde el amigo no es un rival a destruir, sino un interlocutor a comprender, el adversario político deja de ser un enemigo absoluto. La república, en su mejor versión, aspiró a institucionalizar esa ética.
Si en 1873 la concordia fue el ideal normativo y en 1931 la sociabilidad organizada, hoy podría traducirse en una disposición cotidiana: cuidar los vínculos que sostienen la vida común. Las instituciones necesitan leyes, pero también afectos; necesitan procedimientos, pero también confianza. Ninguna constitución resiste sin una mínima trama de amistades que amortigüe el conflicto y haga posible la cooperación.
Quizá la lección más fecunda sea entender que cada amistad verdadera es una pequeña escuela de ciudadanía. Y cada gesto de respeto, cada conversación franca, cada desacuerdo gestionado sin ruptura, ensancha —aunque sea imperceptiblemente— el espacio de la democracia. Allí donde cultivamos la amistad personal, sembramos también, incluso sin saberlo, las semillas de una amistad cívica capaz de sostener la armonía social.
Debo concluir este larguísimo excurso y recalar en el concreto día de hoy. Empezaré diciendo que, en mi opinión, este martes, 14 de abril, quedará grabado como uno de esos días sencillos que, casi sin proponérselo, terminan siendo inolvidables. Desde el mediodía ya se intuía que no sería una pitanza cualquiera, sino uno de esos encuentros que se viven con calma y se recuerdan con afecto.
Pascual nos había convocado a las 12:30 h. en el bar Café Laico Naútico. Rayaba esa hora cuando llegamos parte de la expedición que, tras aparcar por la zona, caminamos unas decenas de metros despacio, junto al mar, dejando que la brisa nos fuera poniendo en sintonía con el día. Ese breve paseo ya tenía algo de especial. Era como si con cada paso dejásemos atrás las prisas para entrar en un tiempo distinto y más nuestro. Pasados algunos minutos, viendo que no acudían, contactamos con Luis y Antonio, que, confundidos, se habían dirigido a la cafetería homónima y decana del carrer d’Elx, que hoy cerraba por descanso. Deshecho el entuerto, unos y otros nos hemos encaminado al restaurante «Volantí», en cuya entrada, por fin, hemos logrado saludarnos entre abrazos, sonrisas y el entusiasmo que se evidencia cuando nos vemos. Las primeras cervezas, en este caso tercios «Victoria» malagueños, han sido el pretexto para empezar a compartir historias, anécdotas y risas. No había urgencia alguna, todo fluía con naturalidad, como si el tiempo se hubiese detenido para nosotros en ese instante.
Inmediatamente, hemos accedido al local y, en pocos minutos, Rafa y sus ayudantes disponían sobre la mesa que habían preparado un aperitivo excelente, a base de ensalada de tomate y encurtidos con salazones, alcachofas estofadas, almejas en salsa, gambosí rebozado y fritura de palallas y pescadilla de la bahía, que hemos degustado mientras charlábamos, alargando el momento previo tan valioso que precede a los ágapes que compartimos.
Como sabíamos, en «El Volantí» todo depende del pescado del día, que no es otra cosa que el que se logra adquirir en la lonja el día anterior. Esa liviana incertidumbre era parte del encanto que impregnaba este encuentro. Parecía como si Pascual hubiese previsto, sin pretenderlo, que el mar y el pescado de su pueblo se integrasen espontánea y naturalmente en nuestra celebración, coadyuvando a crear un ambiente sencillo y auténtico, donde el verdadero lujo era el producto extraordinariamente fresco.
Tras despachar el copioso aperitivo repleto de sabores limpios y sinceros, que nos conectaron de inmediato con el entorno; mientras desgranábamos opiniones y recomendaciones, llegó el plato principal. En este caso, Rafa, el regente del establecimiento, exalumno de Pascual, nos había recomendado una paella de pescado variado con galeras que, en pocos minutos, depositó sobre la mesa con una apariencia sobresaliente, como una celebración en sí misma, revestida con la convincente sencillez que confiere la materia prima de calidad excelente.
Durante un par de horas lo hemos compartido todo: los platos, el vino, las opiniones, las miradas, los chascarrillos y, sobre todo, la alegría de estar juntos. No obstante, en mi opinión, lo que ha caracterizado este encuentro no ha sido tanto el disfrute de tan excelente menú, cuanto la sobremesa que posteriormente hemos desplegado en la Heladería Luis Baldó, muy próxima al restaurante. Una tertulia larga, intensa, sosegada, preñada de opiniones, recuerdos y confidencias; acompañada también de risas que surgían sin esfuerzo y de silencios cómodos que evidenciaban confianzas y afectos. Nadie miraba el reloj porque nadie lo echó de menos.
De nuevo, Santa Pola nos regaló su luz y su calma, y nosotros supimos aprovechar tan pródigo obsequio. Lo sucedido este martes no se limita al disfrute de un ágape excelente. Ha supuesto, primordialmente, una espléndida oportunidad para consumar un nuevo reencuentro. Hemos vuelto a exprimir un pequeño paréntesis en la rutina de los días para gozar de la amistad en su forma más rotunda. Y por eso, al despedirnos con abrazos que prometían una pronta continuidad, hemos confesado la sensación compartida de haber vivido unas horas extraordinariamente valiosas. Porque, al fin y al cabo, lo que perdura en la memoria no solo son los sabores, sino muy especialmente las personas con las que los compartimos.
La próxima será en Alicante, el 10-11 de junio. Lo concretaremos oportunamente.