Los cuatro meses transcurridos desde nuestro último encuentro han sido espacio suficiente para enhebrar algunas reflexiones sobre la amistad. Tal vez el prolongado y tórrido verano ha estimulado la fecundidad de mentes calenturientas, como la mía, y ahora, extinguidos los rigores caniculares y llegados los aconteceres otoñales, quizá es el momento oportuno para compartir algunas cavilaciones.
Como he dicho otras veces, la amistad se ha instituido como un importante objeto de estudio en la reflexión contemporánea. Hoy, es asunto muy relevante, merecedor de reflexiones pausadas que exceden con mucho los contornos de estas crónicas. Pese a todo, expondré algunas ideas que considero interesantes.
En primer lugar, en mi opinión, hay algo en la amistad que desafía al tiempo, una especie de fidelidad secreta que late bajo la piel de los años. Cuando se abordan temáticas como la vejez y la amistad, no solo se examinan los vínculos superficiales, sino que emergen la memoria, la resistencia y el amor, términos a los que se alude con vocablos dispares. De modo que la amistad en la vejez no es mero postureo coreográfico o contingencia adepta al esparcimiento, sino más bien hogar, raíz y pasión, que desvanecen la penumbra de la soledad.
En otras ocasiones, he recordado que Aristóteles describe la amistad perfecta como el reconocimiento de la virtud en el otro. No la concibe como simple compañía, sino como espejo moral, como relación que ennoblece el alma. También he dicho que Cicerón considera que nada puede compararse con el consuelo de tener un amigo verdadero cuando la fortuna se torna adversidad. Concuerdo con esas miradas de los clásicos, que no contemplan la vejez como desdicha, sino como campo fértil donde arraigan los lazos profundos y dan sus mejores frutos. Cuando las pasiones se aquietan, lo que permanece por encima de las efímeras fogosidades es el amor desinteresado del amigo.
En segundo lugar, recordaréis que en los pueblos donde transcurrieron nuestras infancias, la amistad era parte inherente al paisaje de la vejez. Los mayores, sentados en los bancos de las plazas, resguardados en los recovecos de las calles o difuminados en la penumbra fresca de cualquier taberna, no precisaban de jugosos discursos para sentirse acompañados. Se limitaban a compartir chascarrillos y recuerdos que no eran propiedad de nadie, sino patrimonio de todos. Era una manera de coexistir juntos, de ensanchar la memoria común. En cierto modo, era una especie de estima comunitaria, tejida en la red del lugar a través de la participación en las actividades de la vida cotidiana, en las festividades o en el ordenado decurso de las tareas productivas.
Hoy, la amistad tiene otro rostro cuando atañe a la vejez. La sociedad contemporánea ha dispersado los «clanes» y ha fracturado la bulliciosa quietud de los pueblos. Somos legión los mayores que residimos lejos de nuestras raíces y distanciados de quienes compartieron sus infancias y adolescencias con las nuestras. Pese a todo, la amistad no ha desaparecido, simplemente ha cambiado de escenarios. Ahora se busca y se sustenta a través de llamadas, videoconferencias o grupos de WhatsApp, que hacen circular las nuevas ocurrencias, emulando y no siempre consiguiendo hacerlo con la frescura con que las antiguas se difundían en los bares o en las tiendas de los pueblos.
Por otro lado, la sociología describe un hecho revelador. En este tiempo en que la familia tiende a fragmentarse y a dispersarse, la amistad pasa a ocupar un lugar más central en la vida de los mayores. Para muchos, los amigos son ahora los auténticos compañeros de viaje. Con ellos se planean tertulias, excursiones, actividades formativas, viajes organizados... Podría decirse que, en la vejez actual, la amistad es tanto recuerdo como aventura.
En tercer lugar, entiendo que la amistad continúa siendo un refugio contra la intemperie. Por encima de los innegables cambios que ha sufrido, hay algo que permanece en ella. Antes como ahora, tener a alguien con quien reír, con quien evocar, con quien caminar –aunque sea despacio–, convierte los días en algo más que un mero conteo de horas. La diferencia hay que buscarla en la forma de exteriorizarlo. En el pasado, especialmente entre los hombres, la amistad se expresaba habitualmente a través de silencios, mientras se compartía un vino o se consumían algunos cigarrillos. Hoy, en cambio, los mayores nos abrazamos más, nos decimos «te quiero» y organizamos rituales para encontrarnos, como hacemos nosotros. En otras palabras, la ternura ha dejado de considerarse vergüenza para instituirse como lenguaje ortodoxo.
Íntimamente, la amistad en la vejez se vive como una especie de tabla de salvación, como un escudo contra la sombra del olvido. Cuando un viejo ríe con un amigo, no solo revive unos determinados recuerdos, evoca la persona que fue. Vuelve a sentir una fugaz lozanía palpitando entre su corpórea debilidad. El amigo se convierte entonces en una especie de guardián de la identidad: alguien que confirma que se vive y que se deja huella. Y esa ratificación es medicina contra el miedo a desvanecerse.
Por último, diría que la amistad es –muy especialmente en la vejez– un acto de resistencia poética. Supone afrontar el desgaste, combatir el aislamiento y no sucumbir a la tentación de rendirse. Es como una párvula chimenea en un amplio y oscuro salón: no logra alumbrar con suficiencia, pero alcanza para calentar las manos y, muy especialmente, el corazón.
Hoy, siguiendo nuestro peculiar recorrido amistoso, volvíamos a Benilloba, el pueblo de Alfonso. Era algo más del mediodía cuando, según las orientaciones remitidas por el anfitrión, todos nos hallábamos en las proximidades de la tradicional y reputada Venta Nadal.
En esta nueva visita a Benilloba, hemos vuelto a soslayar la casi olvidada vertiente cultural de nuestros encuentros, que pierde fuelle casi definitivamente. En consecuencia, hemos renunciado a disfrutar de interesantes recorridos por algunos de los espacios, edificios y lugares de este municipio de El Comtat, situado en la margen derecha del río Frainos —conocido popularmente como de Penáguila— entre las sierras de la Serreta y la Serrella y atravesado por la carretera que une Alcoy con Callosa d’en Sarriá, inaugurada en 1912.
Entre sus múltiples rincones destaca uno que bien merece una visita sosegada: el Molí del Salt (siglo XVIII), sito en la partida del mismo nombre, en un paraje de libre acceso al que se llega pasando por la Font de la Teuleria, lo que queda del acueducto del mismo nombre y por un antiguo puente. Sin duda, El Molí es el más singular y espectacular de toda la comarca. Se encuentra en un emplazamiento de paredes calcáreas verticales que encauzan el caudal del río. Antes de alcanzarlo, un imponente desfiladero genera un salto de casi veinte metros de altura.
Actualmente, se encuentra en un avanzado estado de ruina, pues se han hundido todas las cubiertas y únicamente permanece en pie la fábrica del edificio. Se conservan puertas y sillares en las esquinas, algunos de ellos de cierta magnitud. Esta singular construcción la erigieron los condes de Revillagigedo durante la década de 1760-1770, arrendándola a varios molineros antes de venderla, en 1865, a Don Benjamín Barrié Dosonié, cónsul de su Majestad Británica en el Reino de Valencia. En 1899, Luís Orta Montpartler, vecino del lugar, compró el Molí en nombre de la Sociedad Eléctrica de Benilloba, cuyos estatutos establecían que su finalidad era «facilitar al público fuerza y luz eléctrica y en general cuantas aplicaciones tenga la electricidad». Unos años más tarde, en 1902, fue inaugurada y bendecida la conocida como Fàbrica de la Llum, que permitió la electrificación de Benilloba.
Como digo, nos hemos perdido esta visita y también la del castillo de Penella (s. XIII), muy próximo a nuestro destino final: la Venta Nadal. Como he referido en otras ocasiones, se trata de un establecimiento que subsiste durante décadas junto al arcén de la carretera CV-70, Alcoi-Benidorm, ofreciendo una muestra gastronómica muy solvente que incluye los platos comunes en la comarca. Muchos de ellos fueron depositados pausadamente sobre la mesa que nos habían preparado, conformando una muestra gastronómica excepcional en la que no faltaron la dacsa, magre i fetge, embutidos oreados, pericana, bolets de xop, callos, alcachofas asadas, huevos fritos con patatas y verduras, y chuletas de cordero y embutido a la brasa. Todo ello bien rematado con un estupendo surtido de repostería y convenientemente regado con abundante cerveza y sendas botellas de blanco de Rueda y tinto de la Ribera. Los cafés han puesto punto final a un ágape tan previsible como excelente.
Para disfrutar la sobremesa, inmediatamente nos hemos desplazado a la casa de nuestros anfitriones, Paqui y Alfonso, próxima a la Venta. Una vez más, nuestros amigos han exhibido su proverbial capacidad de acogida, agasajándonos con un surtido de postres suculentos y las consiguientes copas, que hemos degustado mientras intercambiábamos comentarios y cruzábamos emotivas y distendidas conversaciones. Hoy el encuentro ha concluido con un párvulo remate musical, pues Antonio Antón estaba aquejado de una dolencia bucal que le impedía cantar con la maestría que le caracteriza. Tras la espléndida sobremesa, cuando estaba cayendo la tarde, nos hemos dispuesto a regresar a nuestros domicilios deshaciendo el itinerario matutino en tanto que paladeábamos con comentarios y chascarrillos las gratísimas vicisitudes que nos ha procurado tan magnífica jornada.
Y es que la amistad en la vejez es a la vez raíz y ala: sostiene y proyecta. Es la memoria compartida que se transforma en calor y en fuerza. En este mundo casi enloquecido, donde las relaciones son primordialmente fugaces, la permanencia de los amigos –los que están y los que se han marchado– es verdad de belleza honda y extraordinaria. Quizá por eso, cuando nos asedia la nostalgia, rechazamos abrazar la soledad y evocamos nuestros encuentros, esos espléndidos ágapes que compartimos alrededor de mesas amplias y generosas, alzando las copas, coreando canciones y paladeando complicidades tan intactas como imprescindibles. En fin, amigos, os diría que ahora, en la vejez, la amistad se asemeja a un último poema que la vida nos permite escribir o pronunciar con otros. Y, como todo buen poema, se elabora con tres ingredientes imprescindibles: memoria, afán y afecto.
Salud, amigos. La próxima será en Elx, a mediados de enero del próximo año.

Tot un exemple d'amistat duradora. Per molts anys!
ResponderEliminarMoltes gràcies!
EliminarLa amistad fortificada con la vivencia de vuestros encuentros sigue siendo más fuerte.
ResponderEliminarAsí es. La amistad es un patrimonio valioso que debe cultivarse y protegerse para conservarse.
Eliminar