martes, 30 de diciembre de 2025

Antonio Antón, in memoriam

Escribo estas líneas desde un lugar tan complicado como verdadero, el de la amistad profunda que me une, que nos une, a Antonio. Para mí —en realidad, para muchos más—, Antonio no es solo una persona admirable, sino un amigo mayúsculo; de esos que sostienen una vida; de los que no pasan, porque se quedan. Su partida nos deja un vacío inmenso y, a la vez, una robusta presencia que acompaña a cada recuerdo, a cada conversación imaginada, a cada canción que retorna. Antonio se ha ido y la oquedad que deja no es ausencia, es un silencio lleno de ecos y repleto de dilatadas resonancias, de conversaciones serenas, de canciones compartidas.

Ante todo, Antonio ha sido una persona íntegra; lo digo sin retóricas. Una persona buena, en el sentido más concreto e infrecuente de la palabra, que atesoraba una forma limpia de estar en el mundo, una coherencia que no requería explicaciones. Ha sido un hombre de izquierdas, hondo y honesto, comprometido con la justicia social, con la dignidad de las personas y con la cultura como derecho, y no como privilegio. Huyó del ruido y actuó siempre desde la congruencia que fluía de su pensamiento crítico y su decencia cotidiana. Enemigo de la estridencia, escuchaba, pensaba y dudaba. Y cuando hablaba, lo hacía con serenidad, con argumentos y con una honestidad envidiable.

Como compañero, Antonio ha sabido compaginar presencia y cuidado. Marido leal, atento a los gestos minúsculos que sostienen la vida en común, supo amar sin posesión y compartir sin reservas, construyendo un hogar donde el respeto y el afecto no eran palabras, sino hábitos consolidados. Como padre, ha practicado una paternidad generosa y abnegada, sustentada en el ejemplo más que en el discurso. Enseñó a sus hijas y nietos a mirar el mundo con curiosidad, a no aceptar lo injusto como inevitable y a vivir con libertad responsable. Por eso ha consolidado raíces profundas trenzadas desde la virtud, la ternura y el pensamiento autónomo.

Conozco a Antonio desde hace casi sesenta años. Entonces se forjó nuestra amistad. En ese terreno también ha sido inmenso: una persona de las que no fallan, de las que no se esconden cuando la vida se pone cuesta arriba. Sabía escuchar sin prisas ni juicios. Podíamos estar de acuerdo o no, pero siempre respetaba y atendía. Con él, y con otros como él, aprendí que la amistad es conversación prolongada, silencio placentero y lealtad sin condiciones. Antonio no estaba solo en los momentos brillantes, estaba en todos.

También ha sido «maestro» en el sentido más amplio de la palabra. No solo por profesión, sino por su manera de estar en el mundo. Creyó en la educación pública como herramienta de transformación y la defendió con esfuerzo, rigor y humanidad. En el aula supo exigir sin humillar, acompañar sin imponer y despertar preguntas más que ofrecer respuestas incuestionables. Educaba desde el respeto y la pasión por el conocimiento, dejando huella no por su autoridad, sino por su cercanía. Centenares de alumnos encontraron en él una referencia imprescindible; decenas de compañeros lo reconocieron como modelo de honestidad profesional y de generosidad intelectual.

Su compromiso cívico y cultural ha sido perseverante. Entendía la cultura como espacio compartido, como memoria viva y como futuro en construcción. Defendió las tradiciones desde el apego crítico, consciente de que solo perduran las que se estudian, se cuidan y se renuevan. En ese difícil equilibrio entre pensamiento libre y arraigo popular ha vivido con naturalidad, sin contradicciones ni concesiones.

Existe una dimensión de Antonio que merece recuerdo especial: la música, una parcela de su vida con la que ha fascinado a una legión de admiradores y con la que lograba expresar lo que a veces no cabía en sus palabras. Antonio ha sido cantante vocacional y autodidacta, capaz de forjarse una identidad inimitable en la que se armoniza la pasión sin alardes, el aprendizaje constante y la humildad de quien sabe, y acepta, que la música es más grande que cualquiera de sus creadores e intérpretes. Cantaba porque lo necesitaba, porque era su forma de respirar, de decir, de compartir. Cantaba con una honestidad que apelaba directamente al corazón porque para él significaba compartir respiración, memoria y silencio.

Cuantos lo hemos escuchado hemos percibido la ausencia de artificio en su canto. En él todo se supeditaba al logro de la emoción y el sentido. Sabía que cantar significa fundamentalmente escuchar, impregnarse de una creación colectiva, dejarse atravesar por la eufonía y envolverla musicalizada para disfrute de todos. Por eso su canto trasuda verdad, por eso conmueve.

Especialmente generosas han sido sus contribuciones al Misteri d’Elx y a la música popular ilicitana. Su entrega al Misteri —ninguneada por algunos miserables— ha sido una de las expresiones más evidentes de su generosidad. Antonio amó el Misteri como se ama a las cosas que nos superan: con respeto, estudio y dedicación desinteresada. Trabajó mucho y especuló poco. Aportó conocimiento, tiempo infinito y fidelidad profunda a una tradición viva, que consideraba patrimonio común. Lo hizo siempre desde la humildad, defendiendo la excelencia y eludiendo protagonismos superfluos.

En la música popular d’Elx deja una huella luminosa. Ha sido puente entre generaciones, transmisor de memoria y sembrador de futuro. Compartió saberes sin apropiarse de nada, convencido de que la música crece cuando se entrega. Gracias a él, muchas canciones siguen vivas; gracias a su generosidad, otros tantos han aprendido a querer lo propio sin enfrentarlo a lo nuevo.

Antonio ha sido un amigo imprescindible. De los que ayudan a pensar mejor, a vivir con más calma y a ser más justos. A mí y a otros muchos nos enseñó sin pretenderlo, nos acompañó sin invadir nuestras intimidades y nos regaló una amistad limpia y profunda, de esas que no logra quebrar ni siquiera la muerte.

Antonio ha vivido con coherencia y se despide dejándonos un ejemplo de difícil olvido. Nos deja su palabra justa, su risa tranquila, su compromiso sereno y su voz cantada, trasladándonos la certeza de que hay vidas que no se apagan, porque siguen sonando en los demás. Antonio no se ha ido del todo porque está en cada conversación que merece la pena, en cada canto sincero, en cada gesto decente. Y mientras así lo recordemos, continuará estando con nosotros.

Antonio, en Benilloba el 19 de noviembre 2025

Antonio, en Benilloba (19/XI/25)

sábado, 27 de diciembre de 2025

La derecha, entre el pacto y la furia

Uno de los periodistas mejor informados y más lúcidos del país, Enric Juliana, ha dicho -y escrito- que la historia reciente de la derecha política en España puede interpretarse en clave de alternancia entre dos registros discordantes del conservadurismo, el del pacto —pragmático, institucionalista y dispuesto a encuadrarse en los consensos de la Transición— y el de la furia —combativo, identitario y dispuesto a la confrontación cuando se perciben amenazas a la unidad de España y a sus privilegios—. Ambos registros no son accidentes ni improvisaciones, son respuestas racionales y culturales a dilemas estructurales del sistema político español.

El talante pactista enraíza en la Transición, cuando asegurar la estabilidad en el país era el asunto prioritario. Entonces se buscaron, y se encontraron, acuerdos amplios para articular el nuevo marco constitucional y materializar la descentralización autonómica. En los años siguientes, una considerable parte de la derecha «aceptó» a regañadientes el juego democrático y negoció consensos con la izquierda en materias clave como la integración en Europa o la configuración del Estado autonómico. Esa cultura del pacto trascendió la mera condición de estrategia electoral y llegó a cristalizar en una construcción institucional que permitió la consolidación del Estado democrático. 

Sin embargo, pocos años después, en momentos de crisis o de conveniencia electoral, la furia no tardó en reaparecer con ímpetu creciente. De hecho, desde los 90, la derecha española ha ido alternando ambas estrategias. Aznar, por ejemplo, impulsó un talante que combinó reformas neoliberales con la búsqueda de apoyos parlamentarios, a través de un pragmatismo que incluyó pactos puntuales con determinadas fuerzas políticas (CiU, PNV y CC). Sin embargo, hubo momentos en los que las derechas mostraron comportamientos más beligerantes, particularmente cuando las élites conservadoras percibían algún riesgo para la cohesión nacional, el statu quo cultural o sus privativos espacios de poder. Esa tensión estratégica entre acomodación y radicalización ha respondido tanto a intereses electorales como a presiones internas en el Partido Popular.

¿Qué puede explicar esa alternancia? En primer lugar, un cálculo racional. Pactar atrae al electorado centrista y garantiza un plus de gobernabilidad en sistemas fragmentados, como el nuestro; mientras confrontar moviliza a las bases y permite recuperar votos fugados hacia la derecha radical. En segundo lugar, un factor ideológico. El conservadurismo español mezcla defensa del orden, tradición y unidad territorial con la apertura a los mercados y la modernización económica. Un cóctel que origina ciertas contradicciones en las que emerge la furia. Así sucede, por ejemplo, en el caso de Cataluña, donde choca la modernización con la reivindicación identitaria. En tercer lugar, también moldean el rumbo del PP la estructura de su liderazgo y la competencia interna. En él conviven líderes partidarios de la moderación (pactistas) que colisionan con núcleos militantes proclives a la confrontación descarnada.

Adicionalmente, la aparición de Vox a finales de la década de 2010 ejemplifica cómo la furia acertó a vertebrar un canal organizativo solvente. Su discurso de confrontación, identitario, anti-multicultural y negacionista, ha ido atrayendo a votantes del centro-derecha, descontentos con lo que consideran cesiones en materias como la configuración del Estado, la inmigración o la memoria democrática. Vox no solo ha capitalizado eficientemente esas frustraciones, sino que condiciona crecientemente las estrategias del PP para pactar o endurecer el discurso. Todo ello ha desencadenado una dinámica imparable de competencia por la captación del elector conservador que en los últimos tiempos ha empujado a una polarización tan insólita como peligrosa.

La crisis territorial de 2017 y su gestión política ayuda a entender lo anterior. La percepción por parte de amplios sectores conservadores de que la unidad de España estaba en peligro alimentó a una respuesta de mano dura, con apelaciones al cumplimiento de la ley y al mantenimiento del orden. Simultáneamente, en los ámbitos autonómicos y parlamentarios, germinaron fórmulas negociadoras cuando la política se decantó por el parlamentarismo y las actitudes pactistas. La situación sobrevenida demostró que furia y pacto pueden coexistir como repertorios alternativos en función de la oportunidad política y de la coerción social.

Llegados a este punto, cabría preguntarse por los requisitos inherentes a las políticas conservadoras favorables a la estabilidad democrática. Y, en ese sentido, entiendo que el primero de todos sería la claridad estratégica, es decir, partir de la aceptación de que el pacto no significa claudicación, sino política de reglas que permite gobernar la pluralidad. El segundo, apunta a renovar la narrativa combinando la defensa de la nación y de las tradiciones con propuestas redistributivas y con el reconocimiento de la pluralidad social, porque son elementos que contrarrestan los reclamos identitarios que alimentan la furia. El tercero, sería la necesidad de implementar reformas; entre otras, aumentar la democracia interna, controlar las corrientes o facciones y vetar la normalización de los discursos que vulneran las normas del respeto institucional. Adicionalmente, es fundamental mejorar el diseño institucional incorporando incentivos para la cooperación (reglamentos parlamentarios que fomenten coaliciones estables) y políticas de cohesión territorial que minimicen los choques identitarios.

En suma, la oscilación entre pacto y furia en la derecha española no es un capricho psicológico sino una respuesta adaptativa a los desafíos estructurales, sean los cambios en el electorado, las crisis territoriales, la competencia entre partidos o las presiones sociales. De ahí que la tarea de quienes defienden francamente la democracia es doble; por un lado, contener la furia mediante reglas e incentivos que convenzan de la rentabilidad de los pactos; por otro, desactivar la narrativa populista ofreciendo alternativas que canalicen las quejas y demandas sociales sin quebrar el marco institucional.

Así pues, si el conservadurismo español aspira a recuperar la confianza mayoritaria debería reconocer que la estabilidad se logra mediante los acuerdos. Y lo que quizá resulta más difícil, que requiere la autocrítica y el coraje para autorreformarse cuando es necesario.




sábado, 20 de diciembre de 2025

El mundo según nuestros sesgos

Vivimos convencidos de que discurrimos con acierto, de que nuestras decisiones son fruto de la razón y de que interpretamos el mundo con sensata objetividad. La evidencia dice lo contrario. Desde que el Nobel Daniel Kahneman y su colaborador Amos Tversky describieron los sesgos cognitivos —esos errores sistemáticos que distorsionan nuestro juicio— sabemos que la racionalidad humana es más un ideal que una práctica diaria. Y lo inquietante no es que existan los sesgos, sino que perfilan nuestra vida social, política y tecnológica con una intensidad de la que raras veces somos conscientes.

Un sesgo cognitivo no es un fallo puntual del pensamiento. Es un atajo mental útil en contextos de supervivencia o cuando deben tomarse decisiones urgentes, pero que generalmente nos lleva a conclusiones equivocadas cuando se aplica a resolver problemas complejos. Kahneman lo explicó de forma sencilla; operamos mayoritariamente bajo el «Sistema 1», automático, rápido, emocional y económico en esfuerzo; y solo ocasionalmente activamos el «Sistema 2», lento, analítico y costoso. Así pues, la mayor parte del tiempo pensamos como podemos y no como deberíamos.

Existen decenas de sesgos que generalmente se agrupan en tres familias principales: de confirmación y creencia, de disponibilidad y representatividad y de anclaje y marco. Entre los más estudiados se cuenta el sesgo de confirmación, es decir, la tendencia a buscar y valorar más la información coincidente con nuestras creencias. Aunque últimamente se aluda a él con frecuencia, no es un asunto de rigurosa actualidad. En el siglo XVII, Francis Bacon advertía de que el entendimiento humano «arrastra todo lo demás» para sostener la opinión que ya había adoptado. Actualmente, esta inclinación la vemos amplificada por algoritmos que seleccionan contenidos afines a nuestros gustos y convicciones, creando burbujas informativas que refuerzan percepciones distorsionadas de la realidad. El peligro es evidente porque si solo consumimos lo que confirma nuestras ideas, dejamos de estar expuestos a la diferencia, es decir, al ingrediente que confiere su razón de ser a la deliberación democrática.

Otro sesgo destacado es el de disponibilidad, que nos hace sobrestimar la frecuencia o la importancia de un evento según la facilidad para recordarlo. En una época en la que impera la viralidad, lo más repetido se torna en más verdadero, aunque sea falso. Basta pensar en el miedo desproporcionado que en general se tiene a los aviones, frente al que infunden los coches; o en cómo un crimen mediático altera percepciones sobre la seguridad que no se corresponden con las estadísticas reales.

Un mecanismo insidioso es la representatividad, que nos empuja a juzgar según estereotipos en lugar de hacerlo basándonos en las probabilidades. Tversky lo demostró con el célebre experimento denominado «Linda la cajera». La mayoría de los participantes ignoró las reglas básicas de la lógica porque la descripción de Linda «encajaba» con un perfil activista. En otras palabras, el cerebro prefiere coherencia narrativa antes que precisión estadística.

El sesgo de anclaje también tiene efectos destacados en lo cotidiano. La primera cifra o idea que recibimos funciona como referencia casi inamovible, incluso cuando carezca de fundamento. En economía conductual es una evidencia clásica que basta con mostrar un precio inicial —aunque sea absurdo— para influenciar y modificar la valoración posterior de un producto. Este sesgo es particularmente útil para la publicidad, la negociación y la propaganda política.

Pero los sesgos no operan en el vacío. Al contrario, se entrelazan con otros procesos psicológicos que amplifican o modulan sus efectos. Así, los heurísticos —técnicas mentales utilizadas para resolver problemas de forma rápida y sencilla, basándose en la experiencia y la intuición en lugar de seguir procesos rigurosos— son atajos mentales, algunos de cuyos efectos secundarios son los sesgos. Son necesarios porque no podemos analizar cada detalle del mundo, pero su aplicación a la ligera conduce a errores sistemáticos.

Las fallas de memoria u olvidos inusuales también distorsionan el juicio. La «ilusión de verdad» por la que una afirmación repetida parece más creíble, confundiéndose con la veracidad, se debe a mecanismos de familiaridad más que a razonamientos conscientes. No es exactamente un sesgo, pero interactúa con ellos y los potencia, especialmente en entornos saturados de desinformación.

Por otro lado, las emociones, lejos de ser enemigas de la razón, son su motor. Como demostró el neurocientífico Antonio Damasio con su hipótesis del marcador somático, sin ellas no podríamos decidir. Sin embargo, cuando predominan sobre el análisis, producen fenómenos como el razonamiento motivado. Ello significa que no evaluamos la evidencia para averiguar la verdad, sino para proteger nuestra identidad y nuestras preferencias. La política contemporánea es un campo muy fértil para cultivar este mecanismo, pues en ella el afecto hacia una figura o causa pesa más que la contundencia de los datos.

A todo ello se suma la dimensión social. Experimentos como el de conformidad de Asch muestran que las personas somos capaces de modificar incluso nuestras percepciones visuales para no quedar excluidos del consenso existente en un determinado grupo. No es un sesgo cognitivo, sino una presión grupal que amplifica los errores del juicio individual. En redes sociales esta dinámica es exponencial; la validación inmediata, los likes y las métricas refuerzan opiniones impulsivas y penalizan los matices.

Históricamente, los sesgos han desempeñado papeles relevantes en decisiones de enorme impacto. La crisis financiera de 2008 estuvo marcada por la «sobreconfianza» (overconfidence) y el sesgo de normalidad, que llevó a asumir que el sistema bancario seguiría funcionando porque siempre lo había hecho. La invasión de Irak en 2003 ejemplifica el sesgo de confirmación; en este caso la búsqueda obsesiva de pruebas de armas de destrucción masiva llevó a desechar toda información contradictoria. Y durante la pandemia de COVID-19, los sesgos de disponibilidad y confirmación alimentaron tanto el alarmismo como el negacionismo.

El problema actual no radica en la existencia de sesgos —evidentemente somos humanos, no máquinas—, sino en la escala industrial con que se explotan. Plataformas digitales optimizadas para captar la atención convierten nuestros atajos mentales en recursos comerciales. Como describe Shoshana Zuboff, en su obra La era del capitalismo de vigilancia (2020), este modelo anticipa y moldea comportamientos sin que seamos conscientes, aprovechando nuestras vulnerabilidades cognitivas con una precisión inédita. Conforma así una arquitectura global de modificación de la conducta que amenaza con transfigurar la naturaleza humana en el siglo XXI, de igual modo que el capitalismo industrial desfiguró el mundo natural en el XX.

Por tanto, la solución no pasa por aspirar a una racionalidad pura, incompatible con nuestra naturaleza. Implica reconocer nuestras limitaciones y organizar instituciones, medios y entornos que las compensen. En ese sentido, una educación crítica, transparencia, algoritmos auditables y una cultura que premie la duda más que la certeza son necesidades urgentes.

Finalmente, aceptar que somos seres sesgados no debe conducir al cinismo, sino a la responsabilidad. Como escribió Bertrand Russell, uno de los graves problemas de la humanidad es que los ignorantes y los fanáticos están siempre seguros de sí mismos, mientras la gente más sabia está llena de dudas. En tiempos de ruido y polarización, esas dudas constituyen el último bastión de la lucidez.



 

sábado, 13 de diciembre de 2025

La urgencia del juicio

La proximidad del quincuagésimo aniversario de la muerte de Hanna Arendt, algunas reflexiones que escribí en este blog a propósito del regreso de lo sagrado y el contenido de un reciente artículo de Máriam Martínez-Bascuñan, profesora y columnista del diario El País, me han motivado algunas reflexiones sobre una ciudadana excepcional, que se cuenta entre las filósofas, historiadoras, politólogas, sociólogas, profesoras y escritoras más influyentes del siglo XX.

En tiempos de saturación informativa, cuando cualquier afirmación puede encontrar refugio en una comunidad dispuesta a defenderla a golpe de clic, la última palabra que Hannah Arendt dejó escrita —judging, juzgar— adquiere una resonancia casi profética. No porque anticipara los matices tecnológicos de nuestro presente, sino porque comprendió mejor que nadie que la vida democrática se sostiene sobre una premisa frágil, la existencia de un mundo común. Sin ese espacio compartido de hechos verificables, sin esa confianza mínima en que vemos más o menos lo mismo, la política se convierte en pura ficción tribal. Y hoy, precisamente, es esa fragilidad la que está siendo explotada y amplificada.

El artículo de Martínez-Bascuñan recuerda con acierto cómo Arendt descubrió en el juicio a Eichmann algo que trastocó la comprensión del mal político. Allí, no encontró a un monstruo, sino a un burócrata inane, incapaz de pensar. Y es en ello donde radica la mayor aportación de Arendt, la idea de que el mal no siempre surge del odio, sino de la renuncia al pensamiento. La banalidad del mal no es un diagnóstico sobre los criminales del pasado, sino una advertencia permanente: la democracia depende de ciudadanos capaces de juzgar por sí mismos. Si la sociedad pierde esta competencia, abriremos la puerta a cualquier forma de manipulación, no por malevolencia sino por pereza moral.

Hoy existen nuevas amenazas para el juicio político que no son ni propaganda clásica ni el autoritarismo tradicional, sino el poder tecnológico que permite moldear la realidad misma. Un ejemplo paradigmático lo encarna Elon Musk. Él y otro como él controlan algunas plataformas para amplificar determinadas voces y silenciar otras, lo que pone en manos privadas el control del «sentido común digital». Cuando un gesto, una imagen o un hecho evidente pueden ser relativizados hasta el punto de parecer dudosos, no importa tanto la verdad del episodio como el daño infligido a nuestra capacidad colectiva para distinguir lo real de lo ficticio. Lo que está en juego no es el contenido concreto de una determinada polémica, sino la disposición ciudadana a confiar en sus propios ojos.

Y es en este punto donde emerge un debate crucial, la tensión entre la pluralidad inherente a las democracias y la categórica fragmentación de la experiencia contemporánea. Arendt defendía una «imparcialidad homérica»; no como equidistancia, sino como capacidad de adoptar múltiples perspectivas sin renunciar a juzgar. En su lectura de la Ilíada, Homero canta a Héctor y a Aquiles, pero no borra los hechos ni la tragedia. En cambio, el error de algunas instituciones actuales —el reciente caso de la BBC con relación a Trump es un ejemplo claro— consiste en confundir imparcialidad con neutralidad automática. Presentar la evidencia y la mentira como si merecieran idéntico respeto es abdicar del juicio, renunciar a ejercerlo. La democracia necesita medios que expliquen y contrasten, no que huyan del conflicto factual por miedo a las acusaciones de sesgo.

El dilema no es menor. Cuando un medio prestigioso se paraliza por el temor a parecer parcial, cuando los editores dimiten no por haber mentido, sino por no saber cómo defender su propio criterio frente al ruido, estamos inmersos en una crisis que excede la actividad periodística, pues lo que realmente está en un brete es la autoridad epistemológica. En esa tesitura no solo se discute la interpretación de los hechos, sino su propia existencia. Y ello representa la antesala del cinismo político, un fenómeno que Arendt identifica con lucidez cuando asegura que, cuando la mentira se normaliza, el ciudadano no se hace más crédulo, sino más indiferente. Y una ciudadanía indiferente es el caldo de cultivo perfecto para cualquier forma de autoritarismo.

Por otro lado, conviene matizar esta lectura del problema. No se trata únicamente de una confrontación entre el pensamiento arendtiano y las prácticas de los magnates tecnológicos, sino ante una transformación estructural de la esfera pública. La arquitectura del ecosistema digital favorece la reacción frente a la reflexión, la identidad frente al argumento, la inmediatez frente al juicio. Resulta insuficiente culpar a los individuos —sean Musk, Trump o cualquier otro influencer— si no reconocemos que lo que ha cambiado es el contexto donde el juicio se ejerce. La banalidad del mal de nuestro tiempo no es la obediencia burocrática, sino la delegación del pensamiento en algoritmos que seleccionan por nosotros lo que vemos, lo que creemos y, lo que es más inquietante, lo que consideramos real.

El artículo de Máriam M. Bascuñan acierta al insistir en el antídoto arendtiano: reconstruir la capacidad de juzgar sin pasamanos. Pero este ideal, aunque imprescindible, requiere condiciones materiales que no siempre están presentes. Para que el juicio florezca, necesitamos instituciones que sostengan la verdad factual, una educación que fomente la deliberación y plataformas tecnológicas que sancionen el engaño. Juzgar no es un acto heroico aislado, es una práctica cívica que solo puede consolidarse en espacios donde la realidad se mantiene mínimamente estable.

Arendt nos dejó un testamento político que hoy se revela más pertinente que en cualquier otro momento, la democracia no se defiende solo con leyes o votos, sino con ciudadanos que se atrevan a pensar desde múltiples perspectivas sin renunciar a los hechos. Hoy, cuando la realidad parece más disputada que nunca, su mensaje es una llamada a la valentía intelectual. Porque, si renunciamos a juzgar, otros —más poderosos o menos escrupulosos— lo harán por nosotros. 



jueves, 11 de diciembre de 2025

El peso de la luz

A los setenta y tantos años, Mateo caminaba con la torpeza de quien ha vivido algunas vidas dentro de la misma. Su bastón golpeaba la acera con un ritmo irregular, como queriendo recordar a cada paso que el cuerpo ya no respondía como antes. Un solo riñón, un diagnóstico de cáncer que llevaba meses ocupándole el pensamiento, una artrosis que le mordía los huesos, arritmias e insuficiencias coronarias que lo obligaban a pausar cada tramo de escalera, deterioro  cognitivo, visión borrosa… Y la soledad, esa sí, tan nítida como una fotografía recién revelada.

Sin embargo, aquella mañana, mientras avanzaba hacia el parque del barrio, sentía algo extraño, una especie de sutil determinación, una voluntad de seguir mirando hacia adelante pese a que todo invitaba a la renuncia.

Se sentó en su banco habitual. Frente a él, un grupo de niños jugaba a perseguirse entre árboles, senderos y pérgolas. Mateo cerró los ojos y dejó que el murmullo de risas y pasos se mezclara con la brisa. Pensó que en los últimos años se había preguntado frecuentemente qué sentido tiene seguir viviendo con una lista de problemas insoportable para cualquiera. Y él, que no siempre encontraba respuestas rápidas ni adecuadas, había ido guardando sus razones como quien colecciona pequeños guijarros de apariencia seductora.

Recordó la primera de ellas, la conciencia de que la vida —incluso cuando duele— sigue siendo vida. Ciertas noches, el cáncer se le hacía una sombra gigantesca. En otras, la artrosis no lo dejaba dormir. Pero cada mañana, cuando abría los ojos, se sorprendía de seguir aquí. Y ese simple acto —despertar— le desvelaba el detalle tan hondo y trascendente de que todavía conservaba la oportunidad de sentir, de elegir, de agradecer o de aprender. «Si todavía estoy, pensaba, es por algo. Aunque no lo entienda».

Respiró hondo y entornó los ojos mientras descubría que la segunda razón llegaba de la mano de su nieta Irene, de nueve años, que cuando lo visitaba insistía en enseñarle dibujos y canciones nuevas. Una tarde le dijo, —Abuelo, ¿sabes que me encanta que estés vivo? Una frase tan simple le atravesó el alma porque era la prueba irrefutable de que su existencia seguía teniendo sentido. Vivir, pensó, merece la pena porque siempre hay alguien que nos mira con afecto, aunque esté lejos, aunque no nos visite con frecuencia.

Pocos instantes después, Mateo abrió los ojos. Una paloma torpe se posó junto a sus pies. Sonrió plácidamente mientras contrastaba que había aprendido también a disfrutar de esas pequeñas presencias, de esas migajas de belleza que antes le pasaban inadvertidas. Esa era precisamente una de sus razones, las pequeñas cosas que toman apariencia gigantesca cuando el tiempo se encoge: un rayo de sol invernal, el olor de un café recién hecho, el sonido de un mensaje inesperado, el saludo amable del panadero… Todo esto cobraba ahora una entidad que antes no sabía apreciar.

Algunos años después de jubilarse, la soledad le cayó encima como un techo repentinamente desplomado. Durante años creyó que vivir solo era un sinónimo de subsistir tristemente. Pero poco a poco descubrió que podía encontrarse placer en la quietud, en dejar reposar los pensamientos, en conversar consigo mismo, sin prisas ni interrupciones. Entendió que la soledad no siempre es ausencia porque a veces constituye un espacio desde el que reconstruirse. Y dedujo, finalmente, que seguir viviendo significa continuar con la posibilidad de transformarse. Incluso a los setenta y muchos e incluso con cualesquiera diagnósticos.

Una ráfaga de viento le movió el abrigo y sintió un pinchazo en la rodilla. Atacaba la artrosis, su infatigable compañera. «Estoy viejo», pensó sin dramatismos, porque la vejez, se dijo a sí mismo, no era un enemigo, sino la prueba concluyente de haber resistido. Vivir tanto tiempo, incluso con sobresaltos crecientes, era una victoria irrefutable.

Además, había encontrado otra verdad: la utilidad no desaparece con la edad. En cierta ocasión, una joven vecina se sentó a su lado llorando tras un mal día. Mateo no pudo ofrecerle soluciones ni consejos brillantes, pero sí palabras sosegadas, honestas, destiladas en el transcurrir de años que le permitieron haber visto casi todo. Cuando la joven se tranquilizó y se marchó, comprendió que su experiencia podía servir de faro para otros. Y fue así como decidió que, mientras pudiera escuchar, sostener una conversación u ofrecer un retazo de serenidad, seguiría forjando propósitos.

Levantó la vista descubriendo un cielo inmaculado que le hizo decirse a sí mismo: «Sigo aquí porque todavía queda belleza que no he admirado». Su médico le había dicho que el cáncer avanzaba despacio. Quizá meses, quizá más. Él se aferraba a la idea de que cada día era una oportunidad para descubrir algo, fuese una historia en un libro, un nuevo sabor o una melodía desconocida. Y volvió a sospechar que la curiosidad era una forma de resistencia.

Finalmente, reapareció el miedo: a la muerte, al dolor, a la futura dependencia. Pero recordó que había aprendido que vivir no es conseguir la ausencia del miedo, sino la voluntad de caminar pese a él. Y esa voluntad, afortunadamente, la tenía consolidada.

Un rato después, Mateo se incorporó apoyándose en el bastón. Observó a los niños que todavía jugaban; en ellos la vida palpitaba sin pedir permiso. Y descubrió que quizá esa era la razón más profunda del existir, seguir vivo para ser testigo del mundo, acompañarlo un poco más, dejarse conmover por él.

Mientras emprendía el camino de regreso, sintió que su cuerpo le dolía, pero también que su espíritu seguía emocionándose. Pensó que, aunque a veces parezca que todo se cae a pedazos, siempre queda algo que puede brillar dentro de uno. Siempre. Y mientras eso suceda, la vida seguirá mereciendo la pena.


 

sábado, 6 de diciembre de 2025

Optimismo para tiempos sombríos

En estos tiempos en los que un imponente lodazal se ha apoderado de la vida pública, tanto en nuestro país como más allá de sus fronteras, inesperadamente, sorprenden algunos acontecimientos que baldean higiénicamente los légamos y animan la confianza en recuperar algo del paisaje precedente. Días atrás, Lluís Uría, periodista y subdirector de La Vanguardia, publicaba el artículo, titulado El irresistible encanto del optimismo, en el que abordaba algunas facetas de este fenómeno sobre las que reflexiono en los siguientes párrafos.

En una época dominada por la fatiga emocional colectiva y por la sensación de caminar constantemente al borde del abismo, defender discursos políticos basados en la esperanza es casi un acto de rebeldía. El tono dominante en el debate público —que nutre la lógica de las redes sociales y que premia el conflicto frente a la serenidad— ha derivado en una gresca ponzoñosa caracterizada por un desasosiego sistemático. La sospecha permanente, la indignación por cualquier cosa y la escalada retórica se han erigido en los lenguajes que, por defecto, articulan la vida pública. De ahí que los recientes triunfos de Rob Jetten en los Países Bajos y Zohran Mamdani en Nueva York no emerjan exclusivamente como victorias electorales. Representan, adicionalmente, un síntoma —incipiente, pero significativo— de que es posible dar un vuelco a esa insoportable cotidianidad. En mi opinión, ambos acontecimientos espolean una pulsión que parecía extinguida, la persuasión de que el optimismo es una herramienta que moviliza a la ciudadanía.

Contrariamente a lo que pudiera suponerse, lo que ofrecen ambos líderes no son proyectos anclados en optimismos ingenuos, o trampantojos que oculten un entusiasmo vacuo que aspire a resolver la complejidad mediante consignas. El optimismo que encarnan esos jóvenes políticos es una apuesta consciente, casi ideológica, que anhela reequilibrar un debate que durante demasiado tiempo viene siendo rehén del catastrofismo. De alguna manera, sugieren una revitalización de las reflexiones de Antonio Gramsci, que hace un siglo resolvió exitosamente el aparente dilema entre el «optimismo de la voluntad» y el «pesimismo de la inteligencia». Como recordaremos, la propuesta de Gramsci equivale a mantener la cabeza fría para reconocer las dificultades y actuar, consecuentemente, con la energía de quien está convencido de que pueden superarse. En mi opinión, el binomio gramsciano ejemplifica certeramente la esencia de las ideas que formulan los jóvenes líderes mencionados.

Evidentemente, ambos parten de contextos y trayectorias muy distintos. Jetten, liberal progresista, abiertamente gay y con experiencia gubernamental en los Países Bajos, ha construido su carrera desde la institucionalidad. En cambio, Mamdani representa la vertiente activista del Partido Demócrata estadounidense: socialista, procedente de una familia india asentada en Uganda y con una historia marcada por el compromiso social desde la base. Sin embargo, sus éxitos comparten un denominador común: han logrado conectar con un electorado —fundamentalmente joven— cansado de escuchar lo mal que está todo y ansioso por oír qué se puede hacer para mejorar las cosas.

Ese es, exactamente, el punto clave. La juventud de los países desarrollados experimenta una ansiedad estructural que no se reduce a lo estrictamente económico, aunque encuentra ahí su principal motor. El acceso a la vivienda, convertido en un problema transversal que afecta tanto a las clases medias como a los sectores más vulnerables, es uno de los grandes generadores de frustración. Frente a los discursos tradicionales que se limitan a diagnosticar el problema, Jetten y Mamdani han optado por ofrecer propuestas ambiciosas, con una fuerte carga simbólica. El neerlandés, con su plan para construir diez nuevas ciudades; el neoyorquino, con la congelación de los alquileres protegidos y la creación de miles de apartamentos en Queens. Más que los detalles técnicos de cada proposición, lo que importa es la señal política que lanzan: el abordaje directo de un malestar real.

Otros elementos, más cautivadores que sus programas, son los marcos narrativos que han activado. En tiempos en que gran parte de la política se ha convertido en mera gestión del miedo —miedo al otro, al futuro, al declive, a la pérdida de identidad—, ambos líderes han apostado por un «imaginario de la posibilidad». Jetten lo sintetizó en su lema Het kan wél («Es posible»), una adaptación neerlandesa del Yes, we can con el que Obama definió una época. Mamdani presentó su victoria como el inicio de una «nueva era». Una propuesta que puede parecer retórica, aunque no debe olvidarse que en política la retórica es importante, especialmente cuando se compite contra discursos que han monopolizado el espacio emocional del electorado, prometiendo seguridad a cambio de renunciar a la complejidad.

Por otro lado, conviene recordar que no es la primera vez que la esperanza se utiliza como antídoto contra el avance de los extremismos. En los años treinta del pasado siglo, en pleno ascenso del fascismo, la socialdemocracia sueca articuló el proyecto Folkhemmet  («hogar del pueblo»), basado en la solidaridad y la inclusión, para reorientar el rumbo político del país. Su mensaje era tan ideológico como emocional y sirvió de inspiración para el desarrollo del modelo nórdico de bienestar social. Se concibió como una «vía intermedia» entre el capitalismo y el socialismo, aspirando a que toda la sociedad funcionase como una gran familia, en la que todos contribuyen y se cuidan mutuamente. La propuesta posibilitaba construir una comunidad justa sin necesidad de enemigos internos. Tal vez, semejante precedente debería hacernos reflexionar sobre el papel que juegan las emociones en las democracias. No debiera olvidarse que la política no se decide solo desde la razón, sino que también está condicionada por el sentido de pertenencia, las expectativas de futuro y la percepción de que uno puede influir en su propio destino.

Jetten y Mamdani han entendido esta dimensión emocional del voto, y lo han hecho sin renunciar a matizar sus propias posiciones. Ambos han suavizado algunos de sus planteamientos originales para ampliar su base de apoyo. El primero, adoptando posturas más estrictas —aunque humanistas— en inmigración; y el segundo, moderando parte de su perfil más izquierdista. Tal flexibilidad no debe interpretarse como oportunismo, sino como la respuesta a la constatación de que la política institucional exige compaginar la voluntad transformadora con la gobernabilidad.

Así pues, podríamos preguntarnos si estas victorias representan el inicio de una tendencia. En mi opinión, entiendo que resultaría precipitado considerarlo así. El pesimismo dominante tiene raíces profundas y los actores que lo alimentan —desde los algoritmos hasta los populismos extremos— conservan una capacidad de influencia considerable. Pero los triunfos de Jetten y Mamdani introducen una variable que no debe desdeñarse: quienes apuestan por la construcción frente a la destrucción, por la esperanza frente al resentimiento y por la transformación frente a la resignación conforman una alternativa extraordinariamente atractiva. El optimismo, cuando es lúcido y resuelto, no es un lujo, sino una exitosa estrategia política. Y, en tiempos como los actuales, quizá también una necesidad democrática.