viernes, 29 de noviembre de 2024

Tras la catástrofe

Con la catástrofe llegó la miseria y la ruina. Ha transcurrido un mes desde que la última dana asoló 69 localidades valencianas, cobrándose 222 vidas humanas (lamentablemente las de otros seres quedarán reducidas a un mero número, resultado del cálculo estimatorio) y afectando gravísimamente a miles de viviendas, negocios, bienes y servicios. En suma, a la cotidianeidad de más de ochocientas mil personas residentes mayoritariamente en el área metropolitana de Valencia, aunque no solo en ella (Utiel, Requena, Chiva, Cheste, Gestalgar, Bugarra, Pedralba, entre otras, también están gravemente afectadas). Un mes que apenas ha dado para el nombramiento y la toma de posesión de sus cargos por parte de las personas, civiles y militares, que el President de la Generalitat ha escogido para gestionar la reconstrucción de la mayor catástrofe sufrida por nuestro territorio.

Siempre se ha dicho que las prisas son malas consejeras, aunque en este caso si algo demanda la enorme gravedad de la tragedia es celeridad y eficiencia en algunas de las respuestas. Es cierto que todo puede mejorarse y que si se toma como referencia la gestión de alguna calamidad anterior equiparable, como la riada de 1957, la pantanada de Tous (1982) o la última dana que afectó la Vega Baja (2019), se contrasta que las ayudas del Gobierno y las pretendidas soluciones se demoraron muchísimo, hasta el punto de que generaron alguna que otra crisis política en plena Dictadura, como la destitución del marqués del Turia, alcalde de Valencia (una secuela de sus reivindicaciones), o la posterior dimisión de Martín Domínguez, director del diario Las Provincias, para evitar las presiones gubernamentales sobre el periódico como consecuencia de sus opiniones. En cuanto a los afectados por la «pantanada», algunos damnificados octogenarios todavía hoy hacen frente a las reclamaciones del Instituto de Crédito Oficial (ICO), que les exige la devolución de los créditos que se les concedieron para reponer lo que destruyó aquella catástrofe.

En mi opinión, la magnitud de la tragedia actual, además de exigir la atención inmediata de las necesidades inaplazables (salud, alimentación, educación, ayudas, infraestructuras, actividad laboral...), obliga a examinar con rigor no exento de diligencia los riesgos que corremos, a reflexionar sobre sus potenciales efectos, a estudiar y difundir advertencias y recomendaciones a las instituciones y a la ciudadanía para que actúen rauda y eficientemente en situaciones de emergencia. Obliga, también, a acometer con celeridad actuaciones para minimizar el impacto de futuros fenómenos extremos sobre las vidas y los bienes.

Es una evidencia que el negacionismo climático –ideología que permeabiliza alarmantemente la economía, la política y la sociedad– contribuye a agravar los riesgos medioambientales, promoviendo las inhibiciones institucionales irresponsables que amplifican los efectos devastadores de estos fenómenos. Frente a esta realidad, gobiernos, instituciones y sociedad civil deberíamos reflexionar intensa y rigurosamente sobre el drama humano, la destrucción de infraestructuras, la interrupción de servicios básicos y la ruina de los medios de vida que conllevan catástrofes como las últimas inundaciones y otros fenómenos naturales. Deberíamos ser propositivos, exigentes y tenaces, pues el calentamiento global las hará cada vez más graves y frecuentes. Sería vivir de espaldas a la realidad no admitir que no corren buenos tiempos para un futuro prometedor del planeta Tierra, especialmente desde la perspectiva medioambiental. Solo hay que mirar las dificultades que ha debido sortear la 29ª conferencia de las Naciones Unidas sobre el cambio climático (COP29), celebrada este mismo mes en Bakú (Azerbaiyán) con el lema «Solidaridad por un Mundo Verde», para alcanzar algunos acuerdos sobre la financiación climática y los mercados de carbono.

Más allá de que deberíamos preocuparnos por estos asuntos de alta política, que desgraciadamente se nos escapan a los ciudadanos pese a que nos afectan directamente, pues determinan las micropolíticas y las condiciones de vida en cualquier lugar del Planeta, nosotros, los valencianos, no deberíamos olvidar que las últimas inundaciones han causado estragos devastadores en el tejido social y en la vida personal de los afectados, golpeando con especial dureza a los colectivos más vulnerables, singularmente a las personas mayores, que representan porcentajes de población en los municipios afectados que oscilan entre el 20 % de Albal y el 40 % de Utiel. Un grupo social con ingresos bajos y medios y con altas tasas de enfermedades crónicas y discapacidades que dificultan muchísimo la recuperación de su cotidianeidad. No hace todavía un lustro que sufrieron más que nadie las consecuencias del Covid19 (recordemos las residencias madrileñas, por poner un ejemplo) y ahora deben soportar las consecuencias de las inundaciones. ¿Cuál será la nueva catástrofe que se cebará con el eslabón más débil de la estructura social, que paradójicamente incluye el segmento poblacional que más ha contribuido a la forja del estado del bienestar que hoy disfrutamos todos?

Este escenario crítico exige un análisis exhaustivo y multinivel de la tragedia: desde el impacto diferencial en los distintos grupos sociales hasta la evaluación del papel de las instituciones antes, durante y después de la emergencia. Es crucial examinar cómo está procesando la sociedad esta realidad ambiental en un contexto de creciente negacionismo en el debate público. Y las conclusiones de ese estudio, entre otras variables, deben orientar la redacción de un plan estratégico a medio y largo plazo que debiera redactarse inmediatamente, sin trabas burocráticas ni diatribas partidistas o gubernamentales, con una dotación generosa de recursos que acabarán siendo inversiones rentables. No caben las dilaciones ni las conductas torticeras e interesadas porque lo que está en juego tiene consecuencias dramáticas.

Es evidente que lo que se propone no es sencillo. Sería ingenuo no ser conscientes de que el área metropolitana de Valencia, y una infinidad de territorios del País Valencià, han sufrido un crecimiento desmesurado a todos los niveles, especialmente en las cinco últimas décadas, amparado en una planificación parcial e insuficiente, cuando no inexistente, que ha dejado el urbanismo en manos de los especuladores, a los que cada vez es más difícil controlar política y socialmente. No solo han construido y construyen en medio de ramblas y zonas inundables, sino que racanean y estafan en los aislamientos acústicos y térmicos de viviendas e instalaciones, en la protección frente a los seísmos, etc.

Por ello, uno de los recursos para hacer frente al crecimiento descontrolado y a las actuaciones irreversibles en el entorno medioambiental de los municipios tal vez sea recuperar (no sé muy bien cómo) la concienciación ciudadana que, en décadas anteriores, logró detener la destrucción de importantes espacios naturales como El Saler o La Albufera, el Peñón de Ifach, el Montgó o Les Illes Columbretes; y evitó que autopistas y aparcamientos ocupasen el antiguo cauce del Turia, por poner ejemplos conocidos de todos.

Actualmente, es una realidad que la despoblación interior y la concentración de la población en municipios y ciudades costeros o próximos a las grandes vías de comunicación son imparables por diversos motivos. Pero justamente ello, y lo que ha sucedido en las últimas catástrofes, exige un análisis riguroso de las poblaciones y sus entornos naturales para intentar encontrar un equilibrio razonable entre los intereses económicos a corto plazo y la calidad de vida de los ciudadanos, asumiendo que la superficie del territorio es la que es y que no se puede seguir depredando la naturaleza.

En concordancia con lo dicho por M. Ángel García Calavia en el editorial que publica este mismo mes la Revista Española de Sociología, entiendo que resultan imprescindibles las políticas medioambientales que busquen la sostenibilidad de las poblaciones, reduciendo primero y reponiendo después los déficits de todo tipo que les afectan (recursos hídricos, consumo energético, protección antisísmica, infraestructuras, movilidad, emisión de gases, etc.). Estas políticas, que a priori pueden parecer utópicas, deben incorporarse en los programas políticos municipales, autonómicos y estatales, cambiando radicalmente la concepción del uso del medio ambiente, secularmente sometido a los intereses económicos por encima de cualquier otra consideración. Y este cambio de enfoque debe asentarse en el convencimiento de los ciudadanos de que dañar el entorno y regatear los recursos que aseguran la protección y la seguridad de la gente es, también, contribuir a arruinar a los seres humanos que vivimos en él. Y cuando se ocasionan daños evitables, lo que procede no es sino actuar con contundencia, reparándolos con presteza, contribuyendo a minimizar sus consecuencias cuanto sea posible e identificando a los responsables y exigiéndoles las responsabilidades que corresponda.

Y todo ello son tareas y compromisos que nos atañen a los ciudadanos y a los políticos. Que no nos confundan quienes ingenua o intencionadamente ponen el foco en la vertiente técnico-profesional de las magnas reconstrucciones que exigen las catástrofes. Tales recuperaciones competen a las instituciones de gobierno y, en una sociedad democrática, deben someterse, como toda acción gubernamental, al control parlamentario y en última instancia al escrutinio de los ciudadanos. En mi opinión, concebir la gestión de esas titánicas reconstrucciones desde perspectivas personalistas o alejadas del normal funcionamiento institucional supone tomar una deriva que me parece ilegítima, inadecuada y peligrosa.


 

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Crónicas de la amistad: Alacant (55)

 

Temps era temps...
que vam sortir de l'ou
amb l'or a Moscú,
la pau al coll,
la flota al moll
i la llengua al cul,
amb els símbols arraconats,
l'aigua a la font,
les restriccions
i l'home del sac...

(Joan Manuel Serrat)


Cuando oigo esta y otras muchas canciones me embarga la sensación de que emprendo un viaje de regreso al pasado. Escucharlas me transporta a tiempos y lugares en los que me sucedió algo relevante. Seguramente por eso disfruto los poemas y las melodías que me suscitan esas miradas retrospectivas, que a veces surgen tiznadas de nostalgia y otras se ofrecen ingenuamente desaliñadas y hasta descaradamente vivarachas. Unas y otras me producen un regusto más acaramelado que desabrido. En concreto hoy, la canción de Serrat me transporta al inicio del otoño de 1967, un año después de mi llegada a Alicante, la ciudad que me vio cumplir los primeros quince marzos. Entonces, quienes hemos sido convocados a este encuentro, conjuntamente con siete u ocho decenas más de compañeros, iniciábamos los estudios de Magisterio en la Escuela Normal contigua al Colegio de Huérfanos de Ferroviarios, en el monte Tossal, junto al castillo de S. Fernando. Allí nos conocimos y urdimos los mimbres fundacionales de nuestra inveterada amistad. Alicante era entonces una pequeña ciudad de provincias con poco más de ciento cincuenta mil habitantes, que apenas representan la tercera parte de sus actuales vecinos.

En aquellos días, ciertos indicios permitían conjeturar con la agónica extinción del franquismo, pese a que los prohombres del Régimen seguían rigiendo la política alicantina. En concreto, el alcalde era José Abad Gosálvez, hijo y nieto de los propietarios de la fábrica y de las tiendas textiles Ytier. Se cuenta que, junto con su hermano Luis, protagonizó una rocambolesca huida porque su nombre apareció en una lista negra, objetivo de las infaustas «sacas» de los primeros meses de la Guerra Civil. El entonces joven abogado tenía muchas papeletas para figurar en ella, pues era hijo de un comerciante conocido, había sido secretario de la Federación de Estudiantes Católicos en Valencia y pertenecía a la Falange. Alguien lo puso sobre aviso y escapó con su hermano de madrugada, adentrándose en la playa del Postiguet y nadando mar adentro hasta el lugar donde les esperaba un navío alemán, que los llevaría a Italia. Allí los retuvieron durante algunas semanas hasta que, realizadas las averiguaciones y gestiones pertinentes, fueron puestos en libertad y regresaron a España para alistarse en el bando sublevado: José en la Legión y Luis en los Regulares. Acabada la guerra, volvieron a Alicante y, mientras el segundo se puso al frente del negocio familiar, José emprendería una provechosa carrera política, pues participó en el traslado de los restos de José Antonio Primo de Rivera hasta El Escorial junto con otros falangistas «de traca», como Serrano Suñer y Sánchez Mazas. Ello le ayudó muchísimo a medrar; primero fue secretario y luego subjefe del Movimiento en la provincia; después diputado provincial, concejal, alcalde y procurador en Cortes hasta 1970, año en que los hoy comparecientes terminamos la carrera.

Como sabemos, aquel lejano 1967 es, por méritos sobrados, uno de los maravillosos años que integran la justamente denominada «década prodigiosa». Una época de avances y transformaciones importantísimas en áreas como la música, la tecnología y los derechos humanos. En ella se vivieron a nivel global fenómenos como las «revoluciones» urbana, sexual y feminista, la Guerra Fría, la cultura mediática, la contracultura y el consumo de drogas y de música psicodélica, el crecimiento demográfico, la lucha por los derechos civiles, la segunda década gloriosa del capitalismo, el crecimiento económico acelerado, y el incremento de la brecha tecnológica. Acontecimientos, todos, que produjeron una dislocación del siglo XX, finiquitando una etapa e iniciando otra que podría denominarse la nueva historia.

Específicamente, en Alicante, en mayo del 67 se inauguró el aeropuerto internacional de El Altet. Un aparato de Aviaco fue el primero en aterrizar en él. Entonces el tren estrella de Renfe era el TER (Tren Español Rápido), un automotor diésel que llevaba y traía pasajeros desde las principales capitales europeas a una velocidad que casi nunca rebasaba los 100 kilómetros por hora. El puerto y las fábricas de Tabacos y de Aluminio continuaban siendo importantísimos motores económicos de la ciudad. Se inauguró la línea regular de pasajeros Alicante-Nueva York y también la línea Alicante-Canadá-Grandes Lagos. Y hasta nos visitó el buque científico francés «Andrómede», con la misión de buscar petróleo en el lecho marino próximo a la costa, afortunadamente con resultado negativo.

A mediados de año había censados en la capital más de 23.000 vehículos, convirtiéndose en la cuarta de España en ese sector. El Ayuntamiento aprobó la ampliación de la zona azul en las calles del centro e, igual que sucede ahora, se anunciaron con frecuencia obras públicas que no se ejecutaron jamás. Algunas incluso para bien, como el proyecto para construir un restaurante en el castillo de Santa Bárbara, diseñado por el arquitecto José Luis Picardo, una discordancia incompatible con la fortaleza que afortunadamente nunca se materializó.

Nosotros, en tanto que estudiantes y jóvenes, o viceversa, quienes integramos aquella promoción conseguimos el honor y la fama inherentes a nuestra condición. No solamente nos interesaba la solvencia del conocimiento científico que pretendían transmitirnos los profesores –más precisamente, las profesoras Maruja Pastor y Manolita Pascual– sino que era también grande nuestra avidez de sapiencias nefandas, que no nos llevaron a territorios procelosos pero sí a algunos pagos poco edificantes. Debo precisar que no es que fuésemos proclives a los hechizos de los viejos antros pecaminosos que mentaban Cervantes, Rojas Zorrilla o Alarcón en sus comedias, aludiendo especialmente a las mancebías salmantinas. No, lo nuestro era menos heavy y más de andar por casa. Nos conformábamos con practicar actividades heterogéneas que satisfacían un amplio espectro de ingenuas apetencias y aplacaban los fervores y furores juveniles.

Como decía, compatibilizábamos el acceso al conocimiento pedagógico con otros desempeños no menos trascendentales, como los guateques y los bailes, pues entonces apenas había discotecas, salas de juventud o lugares donde muchachos y muchachas pudiésemos solazarnos bailando al ritmo de las canciones en boga. Los guateques comenzaban entre las seis y las siete de la tarde a propósito de una hipotética merienda. Se bebían refrescos y una especie de sangría dulzona que no desagradaba a las chicas. Los muchachos intentábamos aprovecharnos un poco cuando se aproximaban las postrimerías, hacia las nueve o nueve y media, ya con las luces del salón medio apagadas y sonando la música lenta. Porque al principio el encargado del picú solo ponía twist, soul y rock and roll. Antes de las diez el guateque tocaba a su fin, pues las chicas debían volver presurosas a casa o a sus residencias. De modo que lograr con aquellos esparcimientos algo más que algún beso furtivo o esporádicos abrazos o roces era poco menos que inimaginable.

También montábamos guateques a gran escala, que llamábamos bailes, los sábados por la tarde con el doble objetivo de recaudar fondos para el viaje de final de carrera y contribuir al divertimento de los estudiantes. Generalmente, utilizábamos dos locales a tal efecto. Uno era una especie de mesón, llamado La Cabaña, sito en los bajos del edificio que hace de chaflán en la intersección de las calles Quintana y Belando, lugar que hoy ocupa el restaurante De cuchara: la cocina de Carmen. El otro era la cantina de la propia Escuela Normal, cuya explotación nos cedían puntualmente para tales actividades. El primero estaba mejor ambientado para la finalidad perseguida siendo más adecuado que el segundo. Este aventajaba a aquel en que producía mayores beneficios porque no debíamos pagar canon alguno. Lo cierto es que con uno u otro formato lográbamos que no hubiese fin de semana sin guateque.

Transcurridos casi sesenta años desde entonces, hoy regresábamos a Alicante para reencontrarnos de nuevo. En esta ocasión nos habíamos citado a las 12:30 horas en el restaurante cervecería El Castell, en el polígono de San Blas. Una referencia clásica desde su apertura en 1977 por tratarse del lugar de encuentro de los aficionados que frecuentan las competiciones que se programan en las múltiples instalaciones deportivas de la zona. Puntualmente, allí estábamos a la hora señalada casi todos. Hoy, además de Elías y Domingo, nos faltaba Antonio García que debía atender asuntos familiares sobrevenidos. Los abrazos y chascarrillos de bienvenida precedieron a un sucinto tentempié que nos sirvieron en la terraza, compuesto por panchitos y aceitunas, acompañados de sendas raciones de ensaladilla rusa y pinchos de tortilla, todo ello bien regado con refrescos y cervezas. Compartidas distendidamente las novedades y los asuntos prodigados en los mentideros y las RR.SS. en las últimas semanas, nos hemos encaminado al restaurante donde habíamos reservado la comida.

Se trataba de La Maçana, un establecimiento alumbrado en octubre de 1997 con vocación de convertirse en un proyecto de restauración singular, a semejanza de sus creadores. Era entonces, y sigue siéndolo, una empresa familiar que intenta maridar la sabiduría gastronómica popular con las tendencias culinarias vanguardistas. Utilizando productos naturales y de primera calidad, Concepción García y su hijo Mario componen una cocina personal, creativa y audaz, que se brinda plena de aromas y contrastes y que no rehúye la tradición alicantina. Por otro lado, este singular negocio gastronómico lo custodian y decoran viejas piedras talladas y esculturas abstractas y surrealistas, creadas con trocitos de vidrio y a base de mucha paciencia por su inspirador principal, Amador Llorens, el patriarca que estimula y sostiene con su familia esta singular posada o fonda, cargada de pasiones y recuerdos.

Una vez en ella y acomodados en el espacio privativo de uno de sus reservados, decorado con un esbozo de palmera, algunos vetustos ninots y profusas reproducciones de carteles anunciadores de Les Fogueres de Sant Joan, hemos despachado un espléndido menú, filtrado de entre la amplia oferta del establecimiento por el cualificado criterio de Tomás y compuesto por tres entradas: tomate trinchado con ventresca de atún, boletus edulis fritos con virutas de jamón y delicias de boquerón con setas y salsa de almendras, además de unos calamares a la andaluza. Han seguido cumplidos platos principales: entrecot de vacuno y magret de pato a la piedra acompañados de las pertinentes guarniciones y salsas. La francachela la ha rematado un surtido de postres de la casa que incluía tarta de queso, leche frita, flan de café, tocino de cielo, «greixonera» y helado. Y todo ello se ha maridado con refrescos, cerveza y un par de botellas de Tarima tinto, a gusto de cada cual. Hemos disfrutado de un servicio excelente, pleno de atenciones y sin agobios, que nos han dispensado dos excelentes camareras.

Los postres y cafés han dado paso a la sección canora del encuentro, magistralmente conducida por Antonio Antón mientras paladeábamos las copichuelas finales. En esta ocasión, ha propuesto un recorrido musical por la cançó popular de Ses Illes (Anàrem a Sant Miquel), pasando por las clásicas Que tinguem sort (Llach) y Al vent (Raimon), seguidas de piezas del repertorio de Paco Ibáñez (A galopar y Como tú) y otras canciones «de trinchera», como La pedra (Raimon) y Franco, tuya es la hacienda (letra de León Felipe, musicada por F. Celdrán), rematadas finalmente con baladas emotivas como Tristeza de amor (Hilario Camacho) y Boig per tú (Sau). De este modo tan entrañable hemos rematado este quincuagésimo quinto encuentro de celebración y goce del afecto y la amistad.

No olvido a las personas ni a los estragos causados por la dana que asoló mi tierra y otros muchos pagos hace un mes. Tiempo habrá para la reflexión, el conocimiento, la exigencia de responsabilidades y la escritura. Desconozco si esta vez habrá ocasión para el aprendizaje, siquiera sea de los rudimentos que facilitan el vivir y permiten sobrevivir en un medio natural crecientemente desequilibrado e indomable. En otro orden de cosas, también me preocupa, entre otros muchos asuntos, lo que está por venir de la mano de mamarrachos como el Sr. Trump y sus cómplices planetarios. Mas hoy no es día de lamentos porque no hay tiempo que perder. Como dijo Brian May (Queen), pase lo que pase: «The show must go on». De modo que nos vemos en La Vila, amigos. Será en la última semana de enero o en la primera de febrero del 2025.

Y de nuevo debo hacer una apostilla para enmendar otra imperdonable omisión. Como presente navideño adelantado, Alfonso nos ha obsequiado a todos con una de las hormigas que tan delicadamente tornea con sus manos. Son piezas únicas, confeccionadas con maderas de distintas calidades, que labra con mimo y excelente gusto. Trabajo de un artesano sobresaliente que le agradecemos como merece. 




lunes, 25 de noviembre de 2024

Adiós, Amparín

Tienes noventa años, pero para mí sigues y seguirás siendo Amparín. Así te conocí y así te despido, con un diminutivo que no te hace justicia porque siempre has sido grande en profusos aspectos. Destacaré tu bondad y tu alegría, tu simpatía y cariño, tu laboriosidad no exenta de espontaneidad, y también tu amabilidad, honradez y optimismo. Podría alargar mucho, sin esfuerzo, el listado de tus cualidades. Por otro lado, bien mirado, llamarte Amparín tal vez fue la acertadísima manera que encontraron tus padres para cuadrar el círculo, distinguiéndote de tu progenitora y subrayando a la vez tu condición de primogénita. En todo caso, Amparo es un nombre que habéis contribuido a hacer grande madre e hija.

Hace dos años, cuando me avisaron de la partida de Emilia, imaginé sin fundamento que sería la tuya. Me equivoqué y comprobé de nuevo que en esto de marcharse no priman ni la antigüedad ni otros privilegios. Recordaba entonces y recuerdo ahora el último viaje que hicisteis a Gestalgar y también el magnífico día que compartimos. Fue en septiembre de 2016, apenas hace ocho años. Dije entonces que todavía me parecíais dos mujeres de mediana edad, ágiles y pizpiretas, gozando de una salud física y mental razonablemente buenas. Me alegró muchísimo contrastar que así era. Dije también en aquella ocasión que hacía tiempo que tenía asociados los conceptos de inteligencia emocional y resiliencia a vosotras, a mis primas Amparo y Emilia, aunque no de manera correlativa ni excluyente, y ni siquiera por el orden referido. Y no me equivocaba: os habéis ido las dos conservando hasta muy tarde la alegría y el optimismo de aquellas dos jóvenes con las que conviví en los años sesenta, que nunca perdieron el buen humor ni su proverbial capacidad natural para transmitir esos sentimientos a cuantas personas les rodeaban.

Amparo ha sido a lo largo de su vida una persona con inteligencia emocional, con sana autoestima y con muchas habilidades sociales. Alguien que ha percibido y exprimido la vida en positivo. Tenaz en su tendencia a encontrar siempre el lado bueno de las cosas, ha reivindicado sus convicciones y sus asuntos con énfasis y determinación, sin enredarse con ñoñerías y menudencias. Ha sido una de esas personas que van directamente al grano, sin subterfugios, ni tonterías, ¿para qué?, que diría ella.

Como le dije a tu querida hermana cuando se fue, en este tiempo que vivimos de tanto doliente adiós y tanta indeseada despedida, tomo prestados los versos de un poeta optimista como tú, Luis García Montero, para decirte con él que: 

Como la luz de un sueño,

que no raya en el mundo pero existe,

así he vivido yo

iluminando

esa parte de ti que no conoces,

la vida que has llevado junto a mis pensamientos...




domingo, 17 de noviembre de 2024

Diecinueve días después

Diecinueve días después, la tragedia no solo sigue mostrando sus desgarradoras huellas y prolongando en el tiempo las insoportables imágenes y las lacerantes realidades que conforman el dantesco panorama que ofrecen l’Horta Sud y otros pagos; también aguijonea los peores instintos y conductas de instituciones y personas, que promueven actuaciones interesadas y despiadadas, aparentemente orientadas a preservar el interés general, pero dirigidas realmente a propiciar escenarios sociales interesados, inseguros y confusos, en los que la responsabilidad de las instituciones no es proteger a los ciudadanos, sino garantizar que cada cual esté en su sitio, donde le corresponde por el derecho natural que ellas predeterminan. Es duro reconocerlo, pero esa gente y su cada vez mayor ejército de seguidores vocean impunemente el involucionismo democrático y abogan por el triunfo de la consigna «sálvese quien pueda», el gobierno de los negacionistas y la gobernanza de los incompetentes.

Así, por ejemplo, cuando la fiscalía todavía no ha decidido si actúa de oficio en la investigación de las responsabilidades de los políticos por la gestión de la dana, ya proliferan entidades, partidos, personas y abogados presentando demandas en los tribunales. Por lo que se conoce, es el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, quien afronta el mayor número de pleitos, pese a que, según lo que se sabe hasta hoy, los errores preventivos y reactivos de la gestión gubernamental son atribuibles esencialmente al president de la Generalitat. Tal vez no es ajeno a ello que los promotores de las acciones judiciales pertenecen mayoritariamente a la derecha y a la extrema derecha (Manos Limpias, Vox, Asociación Europea de Ciudadanos contra la Corrupción, Movimiento para la Regeneración de España, Iustitia Europa...).

Por otro lado, la presidenta de la Comunidad de Madrid, en su enésimo e insoportable alarde de cinismo y frivolidad, durante una reunión con representantes de servicios madrileños movilizados para ayudar a los afectados, utilizó la tragedia para atacar al presidente del Gobierno y a los catalanes, insinuando que el Gobierno de España regateó los efectivos del Ejército a Valencia porque allí gobierna el PP y para no contrariar a los catalanistas defensores de los llamados Països Catalans.

Simultáneamente, en su comparecencia ante Les Corts el 15 de noviembre (dieciséis días después de la tragedia), el presidente Mazón no asumió un solo error, omitió las explicaciones sobre las cinco horas en las que estuvo ausente, no mencionó la comida que condicionó su asistencia al Cecopi y responsabilizó a la Confederación Hidrográfica del Júcar y a la Aemet de falta de información y de un supuesto «apagón informativo». Una intervención intencionadamente hipertrofiada y vacua, plagada de omisiones, falsedades, contradicciones y dudas con la que se sacudió la responsabilidad de la dana y culpó a las demás administraciones a base de retorcer datos e informaciones. La «buena comparecencia» que anunció Feijóo se quedó en agua de borrajas y desde luego no hubo nadie que se sintiese con ella ni «parcialmente reconfortado», ni siquiera aludido, sino más bien ninguneado y despreciado.

Visto el recorrido que tiene la tragedia en el suelo patrio, contemplada desde los intereses del Partido Popular (salvarse aun a costa de hacerlo con Mazón y por ende con Feijóo), lo mejor es desviar la atención hacia Europa y de rebote hacia la villa y corte, o viceversa, que es lo mismo que decir contra el Gobierno de coalición y contra el valioso consenso europeísta.

Coincido con el contenido del editorial que publica hoy el diario El País, en el que se afirma que «El Partido Popular Europeo (PPE) está exponiendo a la UE a una grave crisis institucional con sus pegas injustificadas al nombramiento de Teresa Ribera para la nueva Comisión Europea. Los populares han bloqueado la evaluación de la española (y, de rebote, la de otros cinco vicepresidentes) a pesar de no haber encontrado ninguna fisura en su idoneidad para el cargo de vicepresidenta para una Transición Limpia, Justa y Competitiva. El filibusterismo del PPE, comandado por su presidente, el alemán Manfred Weber, ha tomado la tragedia de Valencia y la ofensiva del PP contra el Gobierno central para exculpar a la Generalitat valenciana como una espuria coartada para poner en duda las credenciales de Ribera en su salto a Bruselas».

En lugar de alimentar estas intrigas domésticas, el PPE, en tanto que mayor fuerza política del continente, debería liderar el combate contra esa ultraderecha partidaria de desguazar la Unión Europea. Pero los populares están optando por todo lo contrario: intentan surfear la ola reaccionaria incorporando a los ultras a la gobernabilidad de la UE y congraciándose por adelantado con la futura Administración de Trump. La apuesta de Weber, influenciada por sus viejas cuitas intrapartidistas con la presidenta Von der Leyen, me parece una opción muy arriesgada que puede acabar desnaturalizando la Unión Europea, que es el camino para llegar a la desaparición del modelo más exitoso de convivencia y prosperidad en el Viejo Continente.

Y para rematar la jugada, desde que se confirmó su victoria en las pasadas elecciones del 5 de noviembre, Trump ha ido moldeando su visión para el país con polémicas elecciones en su gabinete, nombrando a una veintena de personas que comparten un perfil común: lealtad absoluta a su visión, una buena presencia en televisión y un firme respaldo a sus medidas. Todo ello apunta a que ganarán fuerza en Europa las corrientes a favor de buscar conciertos con las tesis ultraconservadoras. Y que los grupos «trumpistas» a este lado del Atlántico (los de Le Pen, Orbán o Abascal) se sentirán reforzados para impulsar su agenda de supresión de derechos adquiridos, de negacionismo climático y de marcha a atrás en políticas de igualdad, medio ambiente o justicia social. Porque no debe olvidarse que los aliados europeos de Trump son contrarios al proceso de integración y pretenden reducir la Unión a un mero mercado interior, sin políticas comunes de cohesión, política exterior, migración o economía. 

De modo que el drama valenciano está siendo utilizado por políticos sin entrañas para contribuir a enredarlo todo un poco más y hacer un pan como unas hostias, buscando pescar en un río revuelto que, como demuestra la catástrofe, a veces es imprevisible y tiene dramáticas consecuencias, incluso para los que fían a él sus mejores expectativas.



jueves, 14 de noviembre de 2024

La sociedad de la desconfianza y de la sospecha

He escrito en alguna otra ocasión que las denominadas emociones básicas contribuyen a facilitar el equilibrio personal y a asegurar la adaptación social, aspectos ambos transcendentales para la vida. Una de esas emociones es la confianza, que no es sino la esperanza firme que se tiene en alguien y la certidumbre depositada en su respuesta. La confianza es un recurso muy valioso que facilita las relaciones interpersonales y ayuda a entenderlas. Sabemos por experiencia que cuando confiamos en alguien no albergamos duda de que cumplirá sus compromisos. Y eso nunca ha tenido precio, y menos aún lo tiene en estos tiempos.

La confianza puede analizarse desde el punto de vista individual y desde una perspectiva sociológica. Por un lado, está contrastado que cuanta más confianza tenemos en nosotros mismos más fácilmente logramos lo que nos proponemos. Por otro, se sabe que el sentimiento de confianza es un recurso fundamental para cualquier grupo social porque, aunque es un bien intangible, no deja de ser un elemento real y provechoso que constituye un activo importantísimo del capital social de una determinada colectividad. De hecho, cuanto más abunda en ella más rica se considera, pues donde predomina la confianza es más fácil cooperar, emprender, hacer negocios o impulsar iniciativas sociales que donde prima la desconfianza.

Pese a ello, cada vez más gente cree en los bulos, sin que resienta su fe la reiterada demostración de que son meras falacias. A quienes han determinado creer y han llegado a la conclusión de que a ellos no les van a engañar no les convence argumento alguno. Como alguien dijo muy acertadamente, la batalla de los hechos está perdida para quienes han decidido creer. No solo aceptan sin reparo las noticias falsas que se difunden involuntariamente con apariencia de ciertas, sino lo que es mucho peor, admiten a pies juntillas las informaciones deliberadas que provocan el miedo o el odio, con el inconfesable objetivo de contribuir a la subversión del orden legítimamente establecido.

Los bulos son un vetustísimo recurso, ahí está el refranero para atestarlo. Ofrecen explicaciones rápidas y falsas que alimentan la sospecha muy eficientemente. Incluso es probable que esta sea su auténtica esencia, por encima de su vocación de ser creídos. Tal vez su finalidad última sea lograr que la gente ya no crea nada más, que sospeche, que recele, que no haya verdades y que la incertidumbre solo pueda combatirse a base de sospechas. Parece que estamos construyendo una sociedad desconfiada y recelosa, que alimenta una oleada reaccionaria para aplastar los presuntos excesos democráticos y sociales de las últimas décadas, una sociedad que destierra lo que pervive del espíritu universalista y emancipador que predicaba el relato de la modernidad.

A menudo tengo la impresión de que se acallaron casi definitivamente las voces de los más sabios, de que los más capaces ni saben ni pueden hacer lo necesario para combatir tanto desafuero. El sunami reaccionario y negacionista enmudece los mensajes sobre la imperiosa necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y de combatir el cambio climático, de defender a los más vulnerables y de preservar a las frágiles instituciones democráticas. Se está imponiendo la doctrina de la dominación jerárquica, de la posibilidad falaz de unirse al bando ganador, de cercenar hasta el límite de lo posible la capacidad de respuesta de la ciudadanía, de desmontar el estado del bienestar y favorecer a los que más tienen, de elegir a los peores gobernantes justo en el momento en que las gigantescas crisis naturales y convivenciales existentes en el planeta requieren la concurrencia de los mejores.

Se impone la idea del Estado como protector y botín para los propios y como instrumento para disciplinar y arruinar a los extraños, que son mis enemigos. Las instituciones no deben regular, ni proteger ni contribuir a que los ciudadanos y la sociedad avancen y estén protegidos, sino para garantizar que cada uno permanezca en su sitio, donde le corresponde por derecho natural. Se impone el sálvese quien pueda, el gobierno de los negacionistas, la gobernanza de los incompetentes.

En esta tesitura apenas se oye el mensaje desesperado de quienes pensamos que si aspiramos a sobrevivir como especie necesitamos impulsar sin demora un colosal esfuerzo de mitigación climática, antes de que sea imposible revertir la situación. Necesitamos una sociedad civil y unas instituciones más robustas, unos sindicatos más fuertes, unos partidos más audaces y un Estado que coordine y proteja frente a las crecientes amenazas y catástrofes. Percibo que, poco a poco, el fascismo y la crisis climática se entremezclan y erigen en una única y definitiva amenaza, jamás en una solución. Frente a ello, en mi humilde opinión, no cabe persistir en el perfeccionamiento ad aeternum de los mensajes, sino en reinventarlos, en reconstruir los mensajeros y los medios para hacerlos llegar efectivamente a sus destinatarios.

Si la confianza contribuye al enriquecimiento personal y al incremento del bienestar general, como es evidente que la desconfianza conlleva importantes costes personales y sociales, ¿cuál es la razón para que sea tan común la segunda? Básicamente, la desconfianza es un mecanismo de autoprotección. Cuando nos percibimos indefensos frente a algo o a alguien tendemos a desconfiar mucho más que cuando nos sentimos fuertes y seguros. De ahí que la desconfianza sea un dudoso patrimonio, compañero de la inseguridad, originado en el miedo a no saber defenderse de las amenazas sean reales o imaginadas. Los desconfiados acostumbran a ser personas temerosas, con baja autoestima, que se sienten vulnerables y se protegen de todo y en cualquier situación. La tensión que acumulan y el círculo vicioso en el que se desenvuelven no hacen sino empeorar su situación porque, al desconfiar sistemáticamente de los demás, motivan que adopten comportamientos reactivos que coadyuvan a que sientan verificadas sus hipótesis, fortaleciendo sus ideas acerca de la desconfianza.

No deja de ser paradójico contrastar que llegamos a la vida sintiendo las emociones de los demás con naturalidad, con plena empatía. Los primeros pasos de cualquier ser humano son esencialmente emocionales y, sin embargo, esa concurrencia casi universal se pierde en el olvido en un escasísimo intervalo de tiempo. Anteponemos la educación de los sentidos o de la razón a la educación de la emoción y del deseo, olvidando una cautela esencial: la educación emocional es sustancial para la crianza tanto en el ámbito doméstico como en el escolar y social.

Una persona que perfecciona la educación emocional crece confiada y confiando en sí misma, es capaz de percibir sus capacidades y déficits, aprende de sus errores, tiene autoestima y es asertiva, posee habilidades sociales y recursos para resolver los conflictos, es capaz de enfrentarse a los desafíos diarios y se comunica con los demás exitosamente. No en vano las emociones condicionan el modo como afrontamos la vida; y de ahí la radical importancia de su educación. Abogo tajantemente por la educación emocional como prerrequisito de cualquier aprendizaje exitoso, sea personal, social o académico. La reivindico como quimera educativa. Como alguien dijo en cierta ocasión, la confianza de un pájaro no está en que la rama sobre la que se posa no se rompa, está en sus propias alas.



domingo, 10 de noviembre de 2024

Una catástrofe, miles de dramas

En mi humilde opinión, doce días después de la catástrofe, todavía con el barro y los trastos haciendo inhabitables miles de casas e intransitables centenares de calles, parques y avenidas, inutilizando polígonos industriales y comercios, llenando solares y bancales de más de setenta municipios valencianos, no me parece que sea el momento oportuno para analizar las causas que desataron el colosal aguacero del 29 de octubre y tampoco para elucidar los errores que pudieron cometerse en la gestión de la catástrofe, identificar razonadamente a sus responsables y ajustar cuentas con ellos.

Son demasiados los dramas personales que exigen atención inmediata y muchísimo el trabajo que resta para ayudar a miles de personas a rehacerse y recuperar una mínima parte de sus pertenencias, que en algunos casos alcanzan hasta sus propias identidades. Es mucho el dolor existente y son incuantificables la incertidumbre y la desesperanza. Malas compañías para reflexionar y actuar con sabiduría y sensatez. Tiempo habrá para el sosiego y la reflexión, para el conocimiento y la exigencia fundamentada y justa. Desconozco si esta vez, contrariamente a lo sucedido en ocasiones anteriores, lograremos aprender algo de los estragos causados por la enésima catástrofe. Personalmente me conformaría con que ese aprendizaje asegurase un prontuario básico y compartido de medidas preventivas, asistenciales y educativas que coadyuven a que las personas podamos vivir y sobrevivir en un medio natural desequilibrado, que se resiste a doblegarse frente a las desaforadas conductas humanas y se rebela desbocándose cada vez más estrepitosamente.

Lo que ha arrasado las comarcas valencianas aguas abajo del río Magro y del barranco del Poyo es una monumental catástrofe, un desastre que ha desbordado la capacidad local de respuesta, generando un número inasumible de víctimas y dañando de manera brutal las infraestructuras e instalaciones existentes. Además de las 215 víctimas, las 78 personas desaparecidas y los 48 cuerpos que siguen sin identificarse a día de hoy, algunas estimaciones de los daños producidos por la riada señalan que son 190000 las personas y 4000 los edificios afectados, así como 1500 los kilómetros de carreteras y 100 los de ferrocarril dañados. En suma, estamos frente a un área de 530 kilómetros cuadrados anegada por las aguas con impactos diferenciados.

No solo los expertos, cualquier persona con una cultura elemental y/o mediana sensatez sabe que dar la respuesta adecuada a una catástrofe requiere la coordinación entre el personal y los medios de diferentes instituciones (bomberos, servicios de emergencia, sanitarios, fuerzas de seguridad, suministros, etc.), que deben actuar armonizadamente siguiendo planes preestablecidos y consensuados para intervenir de forma rápida y eficaz. Hoy me quedo con una aproximación sencilla al problema que, escalarmente, lo resume, explica y resuelve al menos sus consecuencias más dramáticas. Es la que ofreció y materializó una institución centenaria: la Universitat de València (UV).

La Universitat envió el lunes 28 de octubre, por la tarde, un comunicado a todos sus estudiantes anunciando la suspensión de las clases por la previsión de fuertes lluvias. Durante la mañana del martes, se acordó suspender toda la actividad docente, administrativa, investigadora y cultural en todos los campus e instalaciones universitarias. El aviso, que decretaba el nivel 3 de emergencia, llegó a las 12.00 del mediodía a toda la red del campus: 50.000 estudiantes, 3.000 trabajadores de personal técnico, administración y servicios de apoyo y más de 5.000 profesores.

Esto sucedió así porque la UV cuenta con su propio comité de emergencias, coordinado con los servicios autonómicos y un sistema de alerta propio que tiene cinco niveles: desde el cero, que corresponde a la normalidad, hasta el último, que comprende la evacuación inmediata de las instalaciones. La adopción de los niveles está vinculada al sistema de emergencias de la Generalitat, a los avisos de AEMET y a las alertas municipales en cada municipio donde hay campus. De ese modo puede haber un nivel diferente para cada uno de ellos en función de las circunstancias del territorio en que se encuentre. Este comité se creó hace cinco años y está integrado por un equipo multidisciplinar (servicios esenciales para el funcionamiento y seguridad de la universidad y de prevención de riesgos, responsables de docencia, profesorado y personal directivo). Se constituyó pensando en las emergencias por lluvias y las decisiones se adoptan en función de la meteorología, del estado de la red viaria y de los sistemas de transporte, además de la infraestructura de la UV. El equipo de dirección explica que el principio de actuación es el análisis de la situación y la valoración del riesgo en concordancia con criterios de prudencia y de seguridad de las personas. Siempre se actúa con un día de antelación. Y en este caso, los avisos a los alumnos y a todo el sistema universitario fueron fundamentales para evitar males mayores.

De modo que, insisto, creo que ahora lo que toca es atender lo urgente y mañana se acometerá lo necesario. Sin prisa y sin pausa. Eso sí, sin ninguna cortapisa para llegar hasta el fondo del asunto que no es otro que terminar de enterrar a las víctimas, salvar cuantas vidas sea posible, asegurar la supervivencia y el razonable bienestar de las personas afectadas, ayudarles a rehacer sus viviendas, sus negocios y economías, contribuir a reparar cuanto antes los daños en las infraestructuras y los bienes, normalizar la situación al máximo y prever con planes de contingencia las actuaciones y mecanismos para afrontar futuros episodios catastróficos, que no me cabe la menor duda que volverán, pues así lo demuestra la historia.

Obviamente, esta secuencia de actuaciones debe acompañarse de otras intervenciones decididas, tanto a través de las movilizaciones ciudadanas como por iniciativa de los particulares y los poderes públicos, para que los responsables de los errores, irresponsabilidades y dejaciones que se hayan cometido en la gestión de la catástrofe no eludan ni el escrutinio público, ni la acción de la justicia. A todos ellos debe exigírseles las responsabilidades políticas, penales, administrativas y civiles que corresponda, con oportunidad, determinación y rotundidad. Y ello debería hacerse con la mayor inmediatez para alcanzar los dos fines principales de la justicia: restituir a las víctimas y a los perjudicados sus legítimos derechos y reprobar las conductas inadecuadas, castigándolas y afeándolas públicamente para que los ciudadanos aprendamos la lección en cabeza ajena.