Ha gobernado con la obstinación de quien confunde resistencia con virtud. A esta hora, cuando los relojes del poder completan su penúltimo giro, todavía cree que todo es cuestión de relato, que la realidad, si se le repite con suficiente convicción, termina obedeciendo. Su mundo se desvanece en torno a él, pero insiste en leer los informes como si fueran oráculos y en hablar como si alguien todavía creyese en su voz.
Lo mira todo con la necia arrogancia del actor que ha olvidado su texto, pero sigue en el escenario por pura inercia. Las cortinas tiemblan, el público bosteza, los focos se apagan uno a uno, y él continúa interpretando el papel que escribió para sí mismo: el del líder incomprendido. A falta de aplausos, se contenta con oír el eco hueco de sus propias palabras rebotando en los pasillos del Palau de la Generalitat.
Ha construido su reino sobre una colina de mentiras inconsistentes que nunca tuvieron apariencia de roca firme. Mintió por costumbre, por desprecio a la inteligencia de los otros, por miedo a que la verdad lo redujera a su tamaño real. Mintió para cubrir el daño de su torpeza, para justificar una ruina colosal, para tapar las lágrimas de los demás bajo una capa de acusaciones, desprecios, cifras, falsas promesas, maltratos y discursos vacuos. Mintió con método, con frialdad y con esa cortesía cínica que solo los hipócritas más refinados exhiben.
Sus seguidores lo llamaron estratega y sus aduladores, visionario. Él prefería considerarse necesario. Y, mientras su país se desangraba entre sombras y lodo, siguió proclamando victorias imaginarias con la voz segura del predicador que no duda en continuar sermoneando aun contemplando su templo ardiendo tras él.
Es insoportable tan gigantesca farsa y lo es más el tenaz escarnio que sufren los ciudadanos. Crece una protesta generalizada, que se despliega en todo el territorio con una civilidad y un sosiego encomiables. Una calma cívica que debería inquietarlo, pero que no lo hace. Quizá desconoce que su indiferencia es la antesala de su final. Él no lo entiende: piensa que son pocos los que le disputan el respeto que cree merecer, cuando en realidad la mayoría de los ciudadanos expresan su hartazgo. Los noticieros aún le dedican titulares, que cada vez suenan más como obituarios anticipados. Hasta los periodistas que antes lo reverenciaban escriben con una cortesía sospechosa, la que se reserva para los condenados que aún no se han desvanecido.
Cada día su autoridad se encoge un poco más. Sus consellers murmuran en voz baja, los socios de gobierno se ausentan de las reuniones y los correligionarios más astutos cambian sus lealtades con la velocidad con que las ratas abandonan un barco cuyo capitán omite que el agua llena las bodegas, aferrándose al timón, convencido de que lo que se hunde no es el barco, sino el océano.
Por las noches, cuando los corredores del poder se vacían y solo queda en ellos el zumbido eléctrico de los guardias aburridos, se encierra a revisar sus discursos pretéritos. Los relee con gesto solemne, como quien examina recuerdos venerables. Pero ya no encuentra en ellos la magia que creyó que atesoraban. Las palabras, antes redondas y sonoras, ahora le suenan a metal oxidado. Las frases triunfales, que tanto gustaba repetir, parecen epitafios mal escritos. No hay metáfora ni maquillaje que disimule el olor del fracaso cuando empieza a fermentar.
Aun así, planea un acto postrero para dirigirse a su pueblo y prometer, justificar y tergiversar las cosas más de lo que lo ha hecho. Quiere insistir en que conserva el apoyo de su partido y el de la mayoría de los ciudadanos, en que tiene energía para liderar la recuperación y revertir la situación tras la catástrofe. No percibe que ni siquiera domina su propio pulso. Especula con conspiraciones, enemigos invisibles, traiciones inventadas. Cree que si logra gritar lo suficiente, los escombros del país se reacomodarán por obediencia.
Sin embargo, las calles que tanto frecuentaba hace meses que no lo ven. Los televisores que antes lo multiplicaban ahora lo muestran con el brillo mortecino de las imágenes desusadas. En las plazas, los altavoces reproducen su voz sin que nadie se detenga. Su afilada retórica se ha convertido en un murmullo desgastado. Hasta sus reiteradas patrañas han perdido el entusiasmo de la falsedad original.
El ocaso de los poderosos rara vez es trágico, pero casi siempre es ridículo. Y el suyo no es una excepción. Rodeado de asesores que fingen trabajar y funcionarios que ya no lo miran a los ojos, insiste en firmar decretos que nadie observará, en dar órdenes que no se cumplirán. La maquinaria que una vez lo sostuvo ahora se mueve por inercia, como un reloj desbaratado que sigue marcando la hora equivocada.
Mientras tanto, en el exterior, la gente sobrevive como puede a su impericia gubernativa. Los ciudadanos reconstruyen en silencio lo que destruyó su pérfida vanidad. Las víctimas de su desidia, las familias a las que nunca quiso ver, han aprendido a no esperarlo. Lo que queda de su poder se sostiene por pura inercia, como un edificio agrietado que no termina de derrumbarse pero que ya nadie habita.
Dentro de unos días, tal vez sean unas horas, un nuevo nombre se rotulará en su silla. Él lo sabe, aunque no lo admita, pese a percibir el cambio en la forma en que los guardias lo saludan, en el frío ambiente de los salones donde antes resonaba, potente, su voz. No hay rebelión, ni juicio, ni venganza visible. Solo el lento y metódico desalojo del olvido.
Cuando todo termine, su nombre quedará adherido a la historia con la textura viscosa de una mancha que no se consigue limpiar del todo. Nadie lo recordará por lo que hizo, sino por lo que negó haber hecho. Su legado será un manual de advertencias, su biografía una lista de excusas y patrañas. Y él, que aún cree ser imprescindible, descubrirá —demasiado tarde— que el poder no se pierde de golpe, sino por desgaste, como el filo de un cuchillo que se ha usado demasiado para cortar el aire.






