viernes, 30 de enero de 2026

La diversidad de la vejez

Durante décadas, la vejez ha sido tratada como una categoría homogénea, casi administrativa, definida por una cifra en el documento de identidad. Sin embargo, cada vez más investigaciones y voces expertas coinciden en cuestionar esta mirada simplificadora; envejecer no es un proceso uniforme ni predecible. Muy al contrario, la forma en que una persona llega a la vejez —y vive en ella— es el resultado de una trayectoria vital marcada por factores biológicos, sociales, culturales, económicos y emocionales. Como resume una idea cada vez más extendida en la gerontología contemporánea, las personas envejecemos como hemos vivido.

El envejecimiento es, sin duda, un proceso biológico universal. Pero reducirlo a un deterioro inevitable asociado a la edad cronológica no solo es científicamente impreciso, sino socialmente injusto. Geriatras y gerontólogos insisten en que las personas mayores conforman uno de los colectivos más diversos de la sociedad. Diferencias en niveles de autonomía, estado de salud, recursos económicos, redes sociales, valores y proyectos vitales hacen imposible hablar de «los mayores» como un grupo uniforme.

Esta simplificación alimenta el edadismo, que no es sino una forma de discriminación que atraviesa todas las etapas de la vida, pero que se intensifica en la vejez. Se manifiesta en estereotipos —fragilidad, dependencia, pasividad— que no solo distorsionan la realidad, sino que condicionan las políticas públicas, los modelos de atención y, en última instancia, la manera en que las personas mayores son tratadas y se perciben a sí mismas.

Un reciente estudio cualitativo y multicultural, Envejecer con sentido (Revista Española de Geriatría y Gerontología, Vol. 60, Núm. 3), aporta claves para comprender la vejez desde una perspectiva más amplia. Las investigadoras que lo firman identifican nueve factores que dan sentido al envejecimiento: la cobertura de las necesidades básicas, la espiritualidad, la familia, el sentimiento de utilidad y la participación social, el ocio, la aceptación del propio envejecimiento, la capacidad de decidir cómo y dónde envejecer y morir, la visibilidad social de las personas mayores y la atención personalizada.

Estos elementos no niegan la existencia de procesos comunes asociados a la edad, pero sí subrayan que la experiencia de la vejez es profundamente plural porque no rompe con la identidad previa, sino que la prolonga y la reconfigura. Los valores, hábitos y vínculos construidos a lo largo de la vida siguen operando en esta etapa, siempre que las condiciones materiales lo permitan.

A partir del análisis cualitativo, el mencionado estudio describe tres grandes perfiles de personas mayores, que no deben entenderse como compartimentos estancos, sino como tendencias vitales. El primero agrupa a quienes priorizan la tranquilidad, la rutina cotidiana y el entorno familiar y comunitario. Para estas personas, el bienestar se asocia a la estabilidad, la cercanía y la continuidad.

El segundo perfil corresponde a quienes viven la vejez como un tiempo ganado para el ocio y el cuidado personal. La reducción de obligaciones laborales y familiares abre la puerta a actividades culturales, recreativas o deportivas, y a una atención más consciente a la salud física y emocional.

El tercer grupo lo forman personas con un alto grado de implicación social, comunitaria o política. Se trata de mayores empoderados, que reivindican su capacidad de decisión y su papel activo en la sociedad, desafiando la idea de la vejez como retirada o declive.

Los tres perfiles evidencian que no existe una única forma «correcta» de envejecer. Lo relevante es que cada persona pueda hacerlo de acuerdo con sus valores, deseos y circunstancias.

Por otro lado, el aumento de la esperanza de vida es uno de los grandes logros del último siglo. Sin embargo, el debate ya no puede centrarse solo en cuántos años se viven, sino en cómo se viven. Un envejecimiento vigoroso implica atender no solo a la salud física, sino también a las dimensiones emocional, social, cultural y espiritual.

Elementos como el sentimiento de utilidad, la posibilidad de tomar decisiones sobre la propia vida y el reconocimiento social resultan fundamentales para mantener la identidad y el bienestar en la vejez. Sentirse visto, escuchado y respetado no es un lujo, sino una condición básica para una vida digna en cualquier etapa.

Reconocer la diversidad de la vejez no es solo un ejercicio teórico; tiene implicaciones prácticas de gran calado. En primer lugar, exige políticas públicas más flexibles, capaces de adaptarse a trayectorias vitales distintas. En segundo lugar, demanda modelos de atención sociosanitaria personalizados, que superen enfoques estandarizados y pongan a la persona —y no a la edad— en el centro de su razón de ser.

Además, es imprescindible combatir el edadismo desde la educación, los medios de comunicación y las instituciones, promoviendo narrativas más realistas y complejas sobre la vejez. Dar visibilidad a la pluralidad de experiencias no solo mejora la calidad de vida de las personas mayores, sino que enriquece a la sociedad en su conjunto.

Así pues, envejecer no es convertirse en otro, sino seguir siendo uno mismo en nuevas circunstancias. Aceptar esta idea es el primer paso para construir una sociedad que no tema a la vejez, sino que la comprenda, la acompañe, la aproveche y la valore.



sábado, 24 de enero de 2026

Reconstruir la confianza

Durante décadas, el progreso ha sido una promesa convincente; cabía aceptar los sacrificios de hoy para lograr un mañana mejor. Ese fue el fundamento del Estado social europeo y de buena parte de la cultura democrática. Hoy, esa promesa se ha desvanecido en gran medida. Por primera vez en muchos años, amplios sectores sociales dudan de que sus vidas mejoren en el futuro y, con ese recelo, se aferran al presente pese a que casi sea indefendible.

Las consecuencias están a la vista: rechazo masivo a las políticas climáticas, resistencia a las reformas estructurales, auge de los discursos reivindicativos de una supuesta vuelta a la «normalidad»... En cierto modo, la política se ha convertido en una especie de confrontación entre quienes apoyan las transformaciones profundas que exige el mundo global y una ciudadanía exhausta a la que se ha pedido que resista más de lo que es razonable.

Cuando la política exige abandonar prácticas arraigadas sin ofrecer alternativas claras y seguras, la resistencia al cambio resulta inevitable. Lo que se percibe como amenaza a un determinado modo de vida produce mucha más movilización que cualquier magazine o campaña de concienciación sobre el control de las emisiones o la preservación de la biodiversidad. Hechos bastante recientes apoyan esta constatación. Ahí están, por ejemplo, el movimiento de los chalecos amarillos en Francia poniendo cara a la sublevación contra la subida del diésel; el MAGA en Estados Unidos convirtiendo la defensa del carbón o del automóvil en una batalla cultural; o las protestas de los agricultores europeos señalando a Bruselas como la amenaza para su modo de vida. Lo que hay detrás de estos comportamientos no es solo la estricta razón económica, sino también factores identitarios. El coche no es exclusivamente transporte, significa autonomía. La carne, además de consumo, representa tradición y pertenencia. La explotación agrícola, más allá de ser un proceso productivo, asegura la continuidad familiar y territorial.

Por otra parte, los discursos institucionales reiteran machaconamente que las transformaciones —climática, digital, fiscal— son inevitables. Eso sí, eluden la pregunta esencial, ¿quiénes las pagarán? Olvidan que, desde 2008, cada vez más ciudadanos perciben que la lógica de la gestión de las crisis ha sido análoga, consistiendo en salvar al sistema a base de repercutir los sacrificios requeridos en los ciudadanos. Los resultados de esas políticas son archiconocidos: recortes, precarización laboral, restricciones de la movilidad, privatizaciones camufladas como exigencias de la eficiencia… Y, entretanto, las grandes corporaciones batiendo récords de beneficios. Todo ello traslada a la ciudadanía un patrón claro de actuación: «Cuando hay costes, se socializan, y cuando hay beneficios, se privatizan».

La interiorización de esa formidable injusticia explica en buena medida la seducción que producen los discursos de quienes prometen «libertad sin obligaciones». La extrema derecha ha entendido mejor que nadie esta fractura emocional y ofrece conservarlo todo sin cambiar nada. Obviamente, ello es radicalmente falso por imposible, pero tiene una apariencia muy confortable.

En el pasado, la política tradicional ha funcionado sustentándose en la expectativa intergeneracional que resume la frase «tus hijos vivirán mejor que tú». Hace años que esa sentencia perdió su sentido. De hecho, el acceso a la vivienda ha pasado de ser derecho a significar un privilegio, la movilidad laboral no asegura estabilidad alguna y las pensiones suponen un interrogante creciente en lugar de horizonte tranquilizador. Ante ello, se impone una reflexión inevitable: «Si el futuro no compensa, ¿por qué sacrificarle el presente?».

Reconstruir un futuro creíble no es una estricta cuestión técnica ni económica; es, además, un asunto emocional y político con alternativas que deben considerarse.

En primer lugar, las transiciones deberían hacerse con justicia, distribuyendo el esfuerzo equitativamente entre los actores concernidos. Ninguna agenda climática o digital prosperará si su coste recae fundamentalmente en quienes tienen menor capacidad de asumirlo. Por tanto, cualquiera de estos procesos debe ir acompañado de medidas compensatorias, como por ejemplo los cheques climáticos para hogares vulnerables financiados con impuestos verdes progresivos, los planes de reconversión laboral para los sectores en crisis, la eliminación de los subsidios encubiertos a los combustibles fósiles... La regla fundamental debería ser que la transición energética no puede pagarse esencialmente con los salarios de los trabajadores, sino alternativamente con el beneficio que obtienen quienes contaminan.

En segundo lugar, si se pretende que tengan apoyo social, las transformaciones ecológicas deben mejorar la vida actual de los ciudadanos, no solo la que les espera dentro de veinte años. La política climática será popular cuando deje de sonar a renuncia.

En tercer lugar, es imprescindible favorecer la participación para que se acepte la transición. Actualmente, el debate lo controlan tecnócratas y lobbies. La ciudadanía únicamente aparece al final del proceso, siempre como sujeto de obligaciones.  Si se pretende implicar a la sociedad en las transformaciones, deben activarse medidas como las asambleas ciudadanas vinculantes sobre energía, vivienda y movilidad, generar presupuestos municipales participativos centrados en la resiliencia climática o favorecer cooperativas energéticas vecinales que trasladen a los ciudadanos beneficios directos de las renovables.

Así pues, no estamos frente a un asunto de naturaleza pedagógica, sino de poder. El desafío de devolver al futuro su calidad de promesa es una cuestión esencialmente política. Este país debe seguir defendiendo, como lo hizo en el pasado, la modernización y el europeísmo. Aunque hoy, tanto el proyecto europeo como el español necesitan recuperar algo más básico, como lo es la capacidad de ofrecer esperanza. No basta con advertir del desastre que vendrá; hay que imaginar y explicar el bienestar que se puede lograr. Porque, dejémoslo claro, la gente no se moviliza para evitar pérdidas, sino para conquistar oportunidades. Si la política no devuelve su atractivo al futuro, el presente —por insostenible que sea— seguirá ganando. Y, al final, perderemos todos.



lunes, 19 de enero de 2026

El nuevo desorden global

El reconocido periodista Enric Juliana firmaba recientemente un artículo en el diario La Vanguardia intitulado «15 días de enero». En él describía, con su habitual lucidez, un cambio acelerado y preocupante en el orden internacional, no solo perceptible para los expertos, sino también apreciado por los ciudadanos de a pie. Venía a decir que, en los primeros quince días del nuevo año, se han vislumbrado señales claras de una nueva fase política, marcada por la agresividad de Estados Unidos bajo el liderazgo de Donald Trump, que abandona el multilateralismo clásico y adopta una remozada lógica neocolonial. Los ejemplos principales de esa deriva son Venezuela —con el secuestro de Nicolás Maduro y la instrumentalización de la oposición— y, sobre todo, Groenlandia, donde Trump amenaza con aranceles e incluso con el uso de la fuerza para imponer el control estadounidense de la isla, humillando a Dinamarca y poniendo a prueba la cohesión de la Unión Europea.

Adicionalmente, en el artículo se contrastaba tal actitud con la del presidente Truman tras la Segunda Guerra Mundial, cuando EE. UU. buscó ganarse el apoyo moral de Europa frente a la URSS. Hoy, en cambio, Washington prioriza contener a China, negociar un equilibrio con Rusia y debilitar la UE apoyando a fuerzas nacional-populistas. Curioso cónclave del totalitarismo planetario, añadiría yo.

Hace décadas que se viene hablando de la «crisis del orden internacional», generalmente en un tono periodístico, e incluso cuasiacadémico. En la actualidad, esa expresión está a pie de calle. En el bar, en la fábrica, en el mercado o en la oficina se debate sobre su significado y sus consecuencias. Algo ha cambiado y la intuición colectiva lo detecta, percibiendo que el mundo se ha vuelto más bronco, más imprevisible y potencialmente más peligroso. Los primeros compases de 2026 condensan ese giro histórico y lo hacen con hechos incontestables de una claridad perturbadora, incrementada por su difusión generalizada a través de los medios de comunicación y las redes sociales.

Sin duda, el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos ha acelerado algunas propensiones subyacentes y previas que ya estaban en marcha. Estas incluyen la primacía sin tapujos del interés nacional norteamericano, el desprecio por los aliados cuando estorban y la normalización de la amenaza como instrumento político. Venezuela y Groenlandia son dos escenarios distintos que, sin embargo, pretenden gobernarse con la misma lógica imperialista. Adicionalmente, en América Latina, Washington actúa sin complejos, considerándola su tradicional «patio trasero». Y en el Ártico, una región hasta hace poco periférica e ignorada, se exhibe un neoimperialismo explícito, formulado en dos términos excluyentes: o se acepta la tutela estadounidense o, alternativamente, se paga un precio de contraprestación en forma de aranceles, aislamiento o presión militar.

Este comportamiento rompe radicalmente con la tradicional política exterior de los Estados Unidos que, tras el final de la II Guerra Mundial, entendió que su hegemonía debía asentarse no solo en la fuerza, sino también en el consenso y la legitimidad. Aquella estrategia permitió reconstruir Europa, consolidar sus democracias y contener a la Unión Soviética. Hoy, en cambio, la Casa Blanca considera a la Unión Europea más un obstáculo regulatorio que un socio estratégico. De ahí que el objetivo de la actual administración norteamericana sea negociar bilateralmente con Estados debilitados y favorecer a las fuerzas políticas que cuestionan la integración europea desde dentro.

La reacción europea ante este envite ha sido extremadamente timorata. El silencio inicial de Bruselas frente a las amenazas contra Dinamarca desvela que el problema estructural de la UE es que sigue siendo una potencia económica huérfana de correlato en las vertientes política y militar. Y esa fragilidad se agrava en un contexto en el que la OTAN podría quedar seriamente comprometida, si los Estados Unidos deciden actuar unilateralmente en Groenlandia. Así pues, como se ha dicho, la pregunta no es si Europa debe avanzar hacia una defensa común, sino si puede permitirse no hacerlo.

Pero los desafíos no son exclusivamente geopolíticos. El auge de los nacional-populismos, alimentado por el malestar social, la desigualdad y la desconfianza en las instituciones, erosiona las democracias desde dentro. Hungría representa el paradigma de esta tendencia. Un país miembro de la UE donde el poder se ha concentrado, la prensa ha sido domesticada y la retórica soberanista convive con una fuerte dependencia económica exterior. Las elecciones que se celebrarán el próximo abril, más allá de ser un asunto de interés nacional, serán un test significativo de lo que puede esperarse para el futuro europeo.

A lo anterior se suman otros grandes dilemas, como lo son la rivalidad entre Estados Unidos y China, que amenaza con fragmentar la economía global; el estancamiento de la gobernanza climática mientras el Ártico se derrite y se convierte en nueva frontera estratégica; y la revolución tecnológica, que propicia que las grandes plataformas concentren un formidable poder económico, político y cultural sin apenas control democrático.

Frente a este panorama no caben las respuestas nostálgicas o ingenuas. No se trata de «volver» a un orden que ya no existe porque ha sido dinamitado, sino de construir respuestas realistas y cooperativas. Es evidente que la principal prioridad europea es reforzar su autonomía estratégica. Mal que nos pese, ello implica avanzar en una defensa común, proteger los mercados frente a presiones externas injustas y hablar con una sola voz en política exterior. Tal vez la Europa de varias velocidades, tantas veces invocada y desechada, emerja ahora como necesidad ineludible.

En el plano democrático, es urgente combatir la desinformación y la injerencia externa con transparencia, regulando las plataformas digitales. También deben renovarse profundamente las instituciones. La mejor vacuna contra el autoritarismo consiste en combinar la contundencia de la legalidad con la radicalidad de las políticas sociales, reduciendo las desigualdades, garantizando servicios públicos sólidos y ofreciendo horizontes de futuro creíbles, especialmente a las nuevas generaciones.

Pese a las crecientes dificultades, la cooperación a escala global continúa siendo imprescindible. Contener el cambio climático, regular la inteligencia artificial o evitar una escalada militar en zonas clave exige foros multilaterales reformados, no abandonados. No cabe duda de que, incluso en un mundo más fragmentado, la interdependencia es una necesidad ineludible porque nadie puede aislarse sin pagar un alto coste.

En definitiva, entiendo, como otros, que nos enfrentamos a un cambio de época. Las primeras semanas del año han acogido acontecimientos importantes, que son una seria advertencia. Lo que está en juego no es solo la correlación de fuerzas entre las grandes potencias, sino la tipología del mundo en el que vivirá la humanidad durante las próximas décadas. Y ahí aparecen al menos dos alternativas: la que lo concibe regido por la ley del más fuerte, y otra que lo imagina regulado por reglas ampliamente compartidas. Es cierto que la historia no está escrita, pero no lo es menos que el tiempo para tomar decisiones se acorta inevitablemente.


 

viernes, 16 de enero de 2026

Hipocresía liberal y triunfo del cinismo

El avance del autoritarismo contemporáneo no se debe únicamente a la audacia de quienes lo encarnan, sino fundamentalmente a la erosión previa de quienes afirmaban combatirlo. Su éxito no reside tanto en el fanatismo de sus gestos como en la fragilidad del lenguaje moral que debía contenerlos. Cuando las palabras que designan los valores sobreviven como ritual, pero mueren como práctica, dejan de funcionar como límites. En ese terreno baldío, el cinismo se disfraza de sinceridad y la brutalidad aparenta ser una forma de honestidad política.

En Verdad y política (2017), Hannah Arendt advertía de que el mayor peligro para la política no es la mentira aislada, sino la sustitución sistemática de la verdad por ficciones funcionales, es decir, la sistematización de la mentira y su normalización como base del discurso político. Cuando este deja de describir el mundo y pasa a administrarlo, la realidad se vuelve irrelevante. Algo de eso ocurre hoy en las democracias liberales; se conserva el vocabulario de los valores mientras se renuncia a su contenido. Se habla de derechos, igualdad o garantías, pero se toleran prácticas que los contradicen de manera estructural. De ese modo, el lenguaje se convierte en decoración institucional y la moral en identidad de marca.

Este proceso ha tenido consecuencias significativas. Al vaciar de significado términos como «democracia», «feminismo» o «Estado de derecho», el liberalismo ha debilitado su capacidad de autodefensa. Como señaló Christopher Lasch (La cultura del narcisismo: La vida estadounidense en una era de expectativas decrecientes, 1979), una cultura política que sustituye la responsabilidad por la autocelebración termina perdiendo su autoridad moral. El enfoque excesivo en el yo, la gratificación inmediata y la imagen superficial desplazan valores tradicionales como la responsabilidad cívica, el compromiso a largo plazo y la solidaridad social. Cuando todo se nombra, pero nada se transforma, la crítica se vuelve previsible y la denuncia pierde eficacia. En ese contexto, el autoritarismo descubre que ya no necesita ocultarse.

El cinismo autoritario prospera porque no se presenta como traición a los valores, sino como su superación. Donde antes debía disimularse, ahora se presume. La provocación sustituye al argumento, y el desprecio, a la deliberación. Y ese descaro resulta eficaz porque se enfrenta a un adversario que ha convertido la moral en retórica. Como ha señalado Wendy Brown (En las ruinas del neoliberalismo. El ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente, 2020), el neoliberalismo no destruye los valores democráticos, los vacía desde dentro, convirtiéndolos en formas sin fuerza normativa. Frente a esa debilidad, la impudicia parece autenticidad.

En gran medida, la hipocresía liberal ha consistido en confundir institucionalización con victoria. Incorporar determinado lenguaje a los discursos oficiales no equivale a transformar las estructuras que lo desmienten. Convertir una causa en credencial no garantiza su respeto; al contrario, a menudo lo sustituye. Luc Boltanski (De la crítica. Compendio de sociología de la emancipación, 2014) describió este fenómeno como la absorción de la crítica por el propio sistema que debía ser cuestionado. Así, se levantan fachadas impecables mientras persisten dinámicas de poder opacas, jerarquías cerradas y mecanismos informales de silencio.

Cuando ese pacto implícito se rompe, el impacto no proviene solo de los hechos revelados —muchos de los cuales eran previamente conocidos—, sino del acto mismo de nombrarlos. Decir en voz alta lo que se sabía en privado devuelve a las palabras su capacidad de obligar. Michel Foucault (La parresía, 2017) llamó parresía a ese gesto que encarna el coraje de decir la verdad cuando hacerlo implica riesgo. Porque lo que estaba normalizado como rumor se convierte en responsabilidad, y lo que se toleraba como excepción se reconoce como estructura. No es la novedad del dato lo que zarandea las conciencias, sino la ruptura del silencio.

Justamente ahí se manifiesta la paradoja central de nuestro tiempo. El autoritarismo puede permitirse el descaro porque ha renunciado a cualquier pretensión moral. En cambio, el liberalismo, al conservarla como mera retórica, queda manifiestamente expuesto. Ciertamente, la acusación de hipocresía deja de ser eficaz cuando al adversario le resulta indiferente la coherencia. Quien no promete nada, no puede ser acusado de incumplir; quien se declara ajeno a toda norma, no teme la contradicción. En cambio, quien sigue hablando en nombre de los valores paga un alto precio cuando los traiciona.

Este desajuste se observa nítidamente en las grandes crisis contemporáneas. Se invoca el derecho mientras se practica la excepción; se habla de legalidad mientras se normaliza su suspensión; se proclama la dignidad humana mientras se administran sufrimientos previsibles. Giorgio Agamben (Estado de excepción. Homo Sacer II, 1, 2004) advirtió que el estado de excepción tiende a convertirse en técnica ordinaria de gobierno. Cuando ese deslizamiento se hace permanente, las palabras pierden su capacidad de designar. La distancia entre discurso y realidad deja de generar escándalo y pasa a producir cinismo social.

El resultado es una ciudadanía que desconfía no solo de quienes gobiernan, sino del lenguaje mismo de la política. Pierre Rosanvallon (La legitimidad democrática, 2020) ha descrito esta situación como una crisis de legitimidad más que de representación; no se cree en lo que se dice porque se ha aprendido a leerlo como coartada. En ese clima, el autoritarismo no aparece como una ruptura, sino como una simplificación brutal, pues al menos no finge.

La consecuencia más grave no es el escándalo, sino el silencio. Una democracia puede soportar la exhibición de sus fallos; lo que no resiste es la normalización de la mentira. El ruido de la crítica es síntoma de vitalidad; la ausencia de verdad compartida, de agotamiento. Recuperar la fuerza del lenguaje exige algo más que nuevos lemas, requiere coherencia, mecanismos reales de rendición de cuentas y la disposición a asumir costes políticos efectivos.

El desafío no consiste en competir con el cinismo en su propio terreno, sino en reconstruir el vínculo entre palabras y hechos, en nombrar lo que ocurre sin eufemismos, en aceptar la incomodidad de la verdad y en transformar las estructuras que la contradicen. Solo así el lenguaje volverá a ser un límite y no una coartada. Porque cuando las palabras recuperan su significado, el cinismo deja de parecer valentía y vuelve a ser lo que siempre fue, una forma de huida.



sábado, 10 de enero de 2026

Europa, enésima encrucijada

Actualmente, la política internacional replica un movedizo cruce de caminos que confunde a los viajeros. Las señales de intersección indican destinos contradictorios, las calzadas cambian de textura de un día para otro y las rutas que antes se ofrecían diáfanas ahora se desdibujan bajo la niebla. Para Europa —ese imaginario viajero que intenta orientarse con mapas rotulados en demasiadas lenguas—, la cuestión principal no es tanto hacia dónde ir, cuanto poner un rumbo bien definido antes de que el terreno se deslea bajo sus pies.

Dos diagnósticos recientes iluminan este inestable paisaje. En el primero, firmado por Soledad Gallego-Díaz, decana del periodismo español, se sostiene que Donald Trump ha entrado en su segunda presidencia con una ambición que trasciende lo comercial y aspira a exportar su propuesta ideológica a Europa. Esa pretensión incluye asuntos recurrentes como el rechazo a la inmigración, la hostilidad hacia el ecologismo y la guerra cultural contra todo lo que él denomina «woke» (políticas ‘radicales’ que, en su opinión, atentan contra los valores tradicionales, la libertad de expresión y la identidad nacional). En suma, un paquete ideológico listo para ser adoptado en nuestro continente por formaciones de derecha radical, que algunos mandatarios, como Viktor Orbán, ya vienen desplegando en sus territorios. Una estrategia que sobrepasa la política y aspira a reconfigurar el mapa ideológico europeo.

El segundo diagnóstico llega de la mano de Jürgen Habermas, un reputadísimo intelectual que observa el mundo desde mayor altura. Para él, el problema no se reduce exclusivamente a la proyección de la sombra de Trump sobre Europa, sino que se extiende a la transformación interna que se lleva a cabo en los Estados Unidos. En su opinión, lo que define la etapa actual de la sociedad norteamericana es la degradación —legalmente legitimada— de la democracia estadounidense. Un proceso largo, cultivado durante décadas, que ha vaciado de contenido instituciones clave y ha consolidado un sistema político cada vez más incapaz de contener la radicalización. Desde esta perspectiva, el declive norteamericano no es un accidente, sino un giro histórico que arrastra consigo al orden liberal imperante en buena parte del mundo durante más de medio siglo.

Ambas miradas coinciden en visibilizar a Europa en el centro de un torbellino geopolítico, rodeada de actores que avanzan sin esperar a nadie. Un escenario que no inauguró la invasión rusa de Ucrania, pero obligó a reconocerlo. Un contexto en el que China ha logrado convertir sus ambiciones estratégicas en un relato global y en el que Estados Unidos bascula entre la reafirmación y el repliegue. Entretanto, las potencias intermedias –Arabia Saudí, India y Brasil– porfían por adquirir mayor autonomía en la gobernanza global. En este nuevo y complejo tablero, Europa intenta mantener la cohesión con herramientas desfasadas, diseñadas para un mundo anterior y menos abrupto.

En general, los análisis sobre la repercusión de las políticas de Trump en la vida de los europeos subrayan un riesgo inmediato. Es innegable que la UE ha sido pionera en la regulación digital, desde la protección de datos hasta la legislación sobre inteligencia artificial, pero no lo es menos que sigue dependiendo tecnológicamente de Estados Unidos y de China. Tiene el navegador, pero no fabrica el vehículo. Esa vulnerabilidad convierte la soberanía digital en un objetivo algo más que deseable. El desafío no es solo legislar, sino desarrollar capacidades propias y superar, de una vez por todas, el viejo dilema europeo, aquel en el que cada Estado miembro defiende su estrategia industrial, como si la competencia estuviese dentro de la Unión y no fuera de ella.

Por otro lado, Habermas pone el énfasis en la raíz del problema: sin integración política, Europa no podrá convertirse en actor soberano. Y ello no es nada fácil porque las llamadas a la autonomía estratégica chocan con la resistencia a ceder soberanía, y los discursos solemnes se estrellan contra las realidades nacionales. Los países del este reclaman más defensa, pero no están dispuestos a fortalecer las instituciones comunitarias. Los del oeste hablan de responsabilidad global, pero mantienen prioridades domésticas que bloquean los avances. Alemania, que podría liderar el proceso para lograr una mayor integración, prefiere no abrir un debate que divide a su ciudadanía.

La guerra en Ucrania ha hecho visible esta contradicción. Europa necesita a Estados Unidos para sostener militarmente el frente ucraniano, pero ya no puede confiar en que Washington actúe como garante del orden internacional. La compatibilidad estratégica se mantiene, pero la avenencia normativa, no. Es una alianza funcional, pero basada en la desconfianza; es como un puente que se cruza porque no existe ruta alternativa, pero cuyos estribos dejaron de ser seguros.

El riesgo no procede solo del exterior. Internamente, el auge del populismo de derechas, la erosión del apoyo ciudadano a las instituciones comunitarias y las tensiones entre los gobiernos han debilitado la capacidad de la UE para actuar al unísono. Cuando más necesaria parece la integración política, más improbable se vuelve. Los movimientos soberanistas dentro de la Unión avanzan con bastante más diligencia que cualquier intento de profundizar una opción común. Europa está ante un cruce de caminos que seguirá complicándose. Y si continúa avanzando sin redefinir sus propósitos, será empujada hacia direcciones que no habrá elegido.

De lo que antecede pueden deducirse algunas consecuencias. La primera de ellas es que la UE debe abandonar la falsa idea de que cada crisis que se sucede representa un fenómeno aislado. Las placas geopolíticas llevan años moviéndose; ya no se puede hablar de ciclos, sino de transformación estructural. La segunda significa tomar conciencia de que la soberanía digital exige soberanía política. De nada sirve dominar la regulación si la tecnología y las decisiones estratégicas están fuera del continente. Y la tercera, y quizá la más significativa, es que la integración política no es una pose de europeísmo sentimental, sino una condición de supervivencia estratégica frente a un desolador panorama en el que China busca un orden mundial chino-céntrico, Estados Unidos se empecina en liquidar su democracia, los regímenes autoritarios avanzan marcialmente y la sociedad civil apenas opone resistencia.

Por difícil que sea conseguir la integración política europea, por improbable que parezca, es una aspiración irrenunciable si queremos evitar que nuestras ambiciones futuras las gestionen terceros. En los años venideros, la geopolítica global continuará complicándose y, en el galimatías resultante, nuestro principal desafío como ciudadanos europeos será acertar definiendo un proyecto común ilusionante, una hoja de ruta imaginativa y rigurosa, que propicie el andamiaje para construir renovadas décadas de progreso y democracia en el continente.



domingo, 4 de enero de 2026

La benévola tiranía de las emociones

Durante siglos, la cultura occidental ha cultivado la imagen del ser humano como un animal racional que baraja opciones, sopesa argumentos y decide con frialdad. Sin embargo, la neurociencia contemporánea lleva años desmontando ese mito. «Funcionamos mucho más impulsados por las emociones que por la razón», recuerda el prestigioso neurocientífico Ignacio Morgado. Y no se trata de un fracaso evolutivo, sino del modo con que el cerebro ha aprendido a sobrevivir.

En opinión del experto, la distinción clásica entre emoción y cognición se difumina cuando se observa la actividad cerebral en tiempo real. El sistema límbico —la fábrica de impulsos afectivos— y la corteza prefrontal —el asiento del pensamiento deliberativo— trabajan acoplados, mantienen un diálogo continuo, e incluso tenso en ocasiones. Lejos de ser un estorbo, la emoción guía la atención, orienta la memoria y atribuye valor a lo que percibimos. «Si solo razonásemos, nos equivocaríamos mucho más», señala Morgado. En otras palabras, el frío cálculo no basta para navegar un mundo lleno de incertidumbres, necesitamos sentir para decidir.

Esa evidencia choca con la manera en que nos gusta narrarnos. Nos describimos como individuos ponderados que meditan sus pasos, cuando en realidad solemos justificar con argumentos decisiones que, de algún modo, ya habíamos tomado. El cerebro opera como un hábil contador de historias que armoniza impulsos, intuiciones y datos en un relato coherente. Es, por decirlo de alguna manera, un mecanismo de cohesión psicológica.

Pero entre todos los resortes emocionales hay uno transversal a la vida entera, el miedo a la enfermedad. A medida que avanza la edad, ese temor adquiere formas más concretas. Las «bombas» —esa metáfora que se emplea para describir cómo la fragilidad empieza a rodearnos— caen cada vez más cerca. Un amigo que recibe un diagnóstico severo, otro que inicia un tratamiento que se adivina insuficiente, un tercero que ya no responde a los mensajes. La estadística se trueca en experiencia. Lejos de los debates abstractos, lo que aparece entonces es una constatación simple y dura, lo malo no es morir, sino cómo se muere. Más que la muerte en sí, el sufrimiento es la genuina amenaza vital. Es incontestable que la modernidad nos ha permitido alargar la vida, pero no siempre ha logrado amortiguar el dolor de sus tramos finales.

Sufrimos porque somos seres emocionales y porque tenemos consciencia. Un vegetal puede ser dañado, pero no sufre. No sabe que se daña. El precio de la sensibilidad es elevado, pues nuestras emociones, que nos permiten amar, crear y relacionarnos, también amplifican el miedo, la pérdida y el dolor.

El crucial interrogante que sobrevuela estas materias —qué nos hace humanos, qué perdemos cuando enfermamos, qué somos realmente— invita a una reflexión incómoda. ¿Somos nuestra mente? La respuesta, por sencilla que parezca, es profunda: fundamentalmente, sí. Cuando la mente se apaga, cuando las redes neuronales que sostienen la memoria, la identidad, el deseo y la percepción dejan de funcionar, ¿qué queda?

En cierto modo vivimos en un metaverso biológico. No en el sentido tecnológico del término, sino en otro más radical. El mundo que experimentamos es una construcción del cerebro. Al mirar por la ventana creemos ver colores, formas, volúmenes. Pero ahí fuera no hay nada de eso. Solo hay materia, energía electromagnética, moléculas que interactúan con nuestros receptores sensoriales. Es la mente la que fabrica la luz, el azul del cielo, el timbre de una voz, la emoción de un abrazo.

La neurociencia ha demostrado que percepción y realidad no son sinónimos sino procesos dependientes. Cuando la retina recibe fotones, no detecta colores, sino longitudes de onda. Es el cerebro el que, interpretando esos datos, construye el mundo tal como lo experimentamos. Por tanto, la realidad es menos una fotografía del exterior que su interpretación constante.

Cuanto antecede no debería empujarnos al escepticismo ni al fatalismo. Al contrario, debiera permitirnos recordar que nuestra experiencia del mundo es frágil, maleable y profundamente humana. Las emociones no son un capricho evolutivo, sino un mecanismo de supervivencia que nos permite anticipar amenazas, valorar oportunidades y mantener vínculos sociales. Sin ellas, la razón permanecería desconcertada, sin prioridades ni brújula.

Sin embargo, también es cierto que vivir con emociones implica vivir con miedo. Miedo a enfermar, a perder, a desaparecer. La conciencia que nos hace humanos es la misma que nos expone al sufrimiento. Por eso, quizá la pregunta no sea cómo eliminar las emociones —una tarea imposible— sino cómo convivir con ellas sin que nos dominen por completo.

La racionalidad, lejos de ser un sustituto de la emoción, puede convertirse en su aliada. Comprender cómo funciona nuestro cerebro, aceptar la vulnerabilidad, pedir ayuda cuando el dolor aparece y, sobre todo, reconocer que la vida es un delicado equilibrio entre lo que sentimos y lo que somos.

En suma, la neurociencia demuestra que emoción y razón no son fuerzas opuestas, sino engranajes inseparables de la misma maquinaria mental. Sentir no es un defecto, es la condición que permite orientar decisiones y dar sentido a la realidad que nuestro cerebro construye. Esa misma sensibilidad, sin embargo, nos expone al sufrimiento, especialmente cuando la enfermedad y la proximidad de la muerte revelan nuestra fragilidad. Somos, ante todo, mente; una fábrica de percepciones y significados que convierte la energía exterior en experiencia consciente. Y de este equilibrio entre vulnerabilidad y comprensión surge la posibilidad de vivir con lucidez. 


 

jueves, 1 de enero de 2026

Seguir tejiendo la amistad

No es una decisión menor seguir quedando cuando el calendario empieza a pesar más que la agenda. A los setenta y tantos, la amistad deja de ser un hábito automático y se convierte en un acto consciente, casi militante. Persistir en ella exige razones, y también coraje. Porque seguir viéndonos es aceptar que el tiempo no pasa en balde, que algunos ya no llegan a la hora del café y que otros llegan con bastón, con silencios nuevos o con la memoria un poco más frágil. Y, aun así, elegimos seguir.

Nos une una biografía compartida que no cabe en una fotografía ni en una anécdota repetida. Nos une haber sido jóvenes juntos cuando el país cambiaba de piel, haber discutido de política con vehemencia y de fútbol con la misma seriedad, haber amado, trabajado y fracasado sin manual de instrucciones. Nos une, sobre todo, una lengua común hecha de guiños, bromas internas y recuerdos que solo tienen sentido completo entre nosotros. Esa lengua es hoy un patrimonio que no queremos dejar morir.

La razón personal para seguir tejiendo la amistad es simple y radical, porque nos hace bien. En un tiempo que empuja a la retirada, al repliegue doméstico y a la soledad discreta, encontrarnos es una forma de resistencia íntima. Nos recuerda que seguimos siendo alguien para otros, no solo pacientes, abuelos o jubilados. Que aún podemos escuchar y ser escuchados sin prisa, sin la tiranía de la productividad. La amistad, a esta edad, no promete futuro; ofrece presencia. Y eso basta.

Pero hay también razones colectivas, que trascienden el bienestar individual. Mantener vivo el grupo es sostener una pequeña comunidad de memoria. Somos testigos de un tramo de historia que se desvanece si no se comparte, la vida antes de lo digital, las luchas y las conquistas que hoy se dan por sentadas, los errores que conviene no repetir. No se trata de nostalgia, sino de responsabilidad. Al reunirnos, transmitimos —aunque sea de forma desordenada— un relato que ayuda a entender de dónde venimos.

Seguir juntos implica aceptar la pérdida como parte del camino. Cada ausencia pesa, y no hay reunión en la que no aparezca un nombre dicho en voz baja o una silla que sobra. Podríamos protegernos evitando el dolor, dejando que el grupo se diluya con dignidad. Pero elegimos otra cosa, honrar a quienes ya no están manteniendo vivo lo que construimos con ellos. Cada encuentro es también un gesto de gratitud hacia los que se fueron, una manera de decir que su paso dejó huella.

El argumento más sólido para perseverar quizá sea el más sencillo: nadie nos va a sustituir. A esta edad, no se fabrican amistades de largo recorrido. Se pueden establecer relaciones cordiales, incluso afectuosas, pero la profundidad que da haber atravesado décadas juntos es irrepetible. Renunciar al grupo sería renunciar a una parte de nosotros mismos, a un retrato que devuelve una imagen compleja, a veces incómoda, pero verdadera.

También aspiramos a algo modesto y ambicioso a la vez, llegar juntos lo más lejos posible. No como un proyecto heroico, sino como una compañía serena. Aspiramos a seguir celebrando cumpleaños aunque cueste soplar las velas, a seguir discutiendo sin necesidad de convencer, a aprender a escucharnos incluso cuando las palabras se repiten. Aspiramos a normalizar la fragilidad sin dramatismo, a pedir ayuda sin vergüenza, a reírnos de lo que ya no podemos hacer.

En un mundo que idolatra la novedad y descarta lo ajado, nuestra amistad es un acto de contradicción. Reivindica el valor de lo duradero, de lo que se repara en lugar de tirarse. No somos mejores por ser viejos amigos, pero sí somos más conscientes de lo que cuesta sostener un vínculo en el tiempo. Y por eso lo cuidamos.

Seguir tejiendo la amistad es, en el fondo, una forma de darle sentido al tiempo que queda. No para llenar agendas, sino para llenarnos de humanidad compartida. Mientras podamos sentarnos alrededor de una mesa —real o simbólica— y reconocernos, habrá razones suficientes. Aunque seamos menos. O precisamente por ello.