Actualmente, la política internacional replica un movedizo cruce de caminos que confunde a los viajeros. Las señales de intersección indican destinos contradictorios, las calzadas cambian de textura de un día para otro y las rutas que antes se ofrecían diáfanas ahora se desdibujan bajo la niebla. Para Europa —ese imaginario viajero que intenta orientarse con mapas rotulados en demasiadas lenguas—, la cuestión principal no es tanto hacia dónde ir, cuanto poner un rumbo bien definido antes de que el terreno se deslea bajo sus pies.
Dos diagnósticos recientes iluminan este inestable paisaje. En el primero, firmado por Soledad Gallego-Díaz, decana del periodismo español, se sostiene que Donald Trump ha entrado en su segunda presidencia con una ambición que trasciende lo comercial y aspira a exportar su propuesta ideológica a Europa. Esa pretensión incluye asuntos recurrentes como el rechazo a la inmigración, la hostilidad hacia el ecologismo y la guerra cultural contra todo lo que él denomina «woke» (políticas ‘radicales’ que, en su opinión, atentan contra los valores tradicionales, la libertad de expresión y la identidad nacional). En suma, un paquete ideológico listo para ser adoptado en nuestro continente por formaciones de derecha radical, que algunos mandatarios, como Viktor Orbán, ya vienen desplegando en sus territorios. Una estrategia que sobrepasa la política y aspira a reconfigurar el mapa ideológico europeo.
El segundo diagnóstico llega de la mano de Jürgen Habermas, un reputadísimo intelectual que observa el mundo desde mayor altura. Para él, el problema no se reduce exclusivamente a la proyección de la sombra de Trump sobre Europa, sino que se extiende a la transformación interna que se lleva a cabo en los Estados Unidos. En su opinión, lo que define la etapa actual de la sociedad norteamericana es la degradación —legalmente legitimada— de la democracia estadounidense. Un proceso largo, cultivado durante décadas, que ha vaciado de contenido instituciones clave y ha consolidado un sistema político cada vez más incapaz de contener la radicalización. Desde esta perspectiva, el declive norteamericano no es un accidente, sino un giro histórico que arrastra consigo al orden liberal imperante en buena parte del mundo durante más de medio siglo.
Ambas miradas coinciden en visibilizar a Europa en el centro de un torbellino geopolítico, rodeada de actores que avanzan sin esperar a nadie. Un escenario que no inauguró la invasión rusa de Ucrania, pero obligó a reconocerlo. Un contexto en el que China ha logrado convertir sus ambiciones estratégicas en un relato global y en el que Estados Unidos bascula entre la reafirmación y el repliegue. Entretanto, las potencias intermedias –Arabia Saudí, India y Brasil– porfían por adquirir mayor autonomía en la gobernanza global. En este nuevo y complejo tablero, Europa intenta mantener la cohesión con herramientas desfasadas, diseñadas para un mundo anterior y menos abrupto.
En general, los análisis sobre la repercusión de las políticas de Trump en la vida de los europeos subrayan un riesgo inmediato. Es innegable que la UE ha sido pionera en la regulación digital, desde la protección de datos hasta la legislación sobre inteligencia artificial, pero no lo es menos que sigue dependiendo tecnológicamente de Estados Unidos y de China. Tiene el navegador, pero no fabrica el vehículo. Esa vulnerabilidad convierte la soberanía digital en un objetivo algo más que deseable. El desafío no es solo legislar, sino desarrollar capacidades propias y superar, de una vez por todas, el viejo dilema europeo, aquel en el que cada Estado miembro defiende su estrategia industrial, como si la competencia estuviese dentro de la Unión y no fuera de ella.
Por otro lado, Habermas pone el énfasis en la raíz del problema: sin integración política, Europa no podrá convertirse en actor soberano. Y ello no es nada fácil porque las llamadas a la autonomía estratégica chocan con la resistencia a ceder soberanía, y los discursos solemnes se estrellan contra las realidades nacionales. Los países del este reclaman más defensa, pero no están dispuestos a fortalecer las instituciones comunitarias. Los del oeste hablan de responsabilidad global, pero mantienen prioridades domésticas que bloquean los avances. Alemania, que podría liderar el proceso para lograr una mayor integración, prefiere no abrir un debate que divide a su ciudadanía.
La guerra en Ucrania ha hecho visible esta contradicción. Europa necesita a Estados Unidos para sostener militarmente el frente ucraniano, pero ya no puede confiar en que Washington actúe como garante del orden internacional. La compatibilidad estratégica se mantiene, pero la avenencia normativa, no. Es una alianza funcional, pero basada en la desconfianza; es como un puente que se cruza porque no existe ruta alternativa, pero cuyos estribos dejaron de ser seguros.
El riesgo no procede solo del exterior. Internamente, el auge del populismo de derechas, la erosión del apoyo ciudadano a las instituciones comunitarias y las tensiones entre los gobiernos han debilitado la capacidad de la UE para actuar al unísono. Cuando más necesaria parece la integración política, más improbable se vuelve. Los movimientos soberanistas dentro de la Unión avanzan con bastante más diligencia que cualquier intento de profundizar una opción común. Europa está ante un cruce de caminos que seguirá complicándose. Y si continúa avanzando sin redefinir sus propósitos, será empujada hacia direcciones que no habrá elegido.
De lo que antecede pueden deducirse algunas consecuencias. La primera de ellas es que la UE debe abandonar la falsa idea de que cada crisis que se sucede representa un fenómeno aislado. Las placas geopolíticas llevan años moviéndose; ya no se puede hablar de ciclos, sino de transformación estructural. La segunda significa tomar conciencia de que la soberanía digital exige soberanía política. De nada sirve dominar la regulación si la tecnología y las decisiones estratégicas están fuera del continente. Y la tercera, y quizá la más significativa, es que la integración política no es una pose de europeísmo sentimental, sino una condición de supervivencia estratégica frente a un desolador panorama en el que China busca un orden mundial chino-céntrico, Estados Unidos se empecina en liquidar su democracia, los regímenes autoritarios avanzan marcialmente y la sociedad civil apenas opone resistencia.
Por difícil que sea conseguir la integración política europea, por improbable que parezca, es una aspiración irrenunciable si queremos evitar que nuestras ambiciones futuras las gestionen terceros. En los años venideros, la geopolítica global continuará complicándose y, en el galimatías resultante, nuestro principal desafío como ciudadanos europeos será acertar definiendo un proyecto común ilusionante, una hoja de ruta imaginativa y rigurosa, que propicie el andamiaje para construir renovadas décadas de progreso y democracia en el continente.

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