Hay ausencias que llegan como una tormenta inesperada y cambian para siempre el horizonte de quienes permanecen. La partida de Lola ha sido una de ellas. Ninguna palabra alcanza a explicar el vacío que deja una hija cuando se marcha prematuramente. Ninguna razón consigue ordenar el desconcierto ni aliviar por completo el dolor de unos padres que la vieron nacer, crecer y convertirse en una mujer llena de vida, de afecto y de luz.
Hoy, Mari Carmen y Vicente, junto a sus hijos y familiares, la miran con el corazón herido, pero también colmado de gratitud. Porque el amor no desaparece con la muerte; cambia de lugar. Deja de habitar la cercanía de los abrazos para instalarse en la memoria, en los gestos aprendidos, en las huellas invisibles que una persona buena deja para siempre en quienes la amaron.
No conocí a Lola, pero sé que fue parte esencial de sus vidas. Hija, hermana y compañera de convicciones, de alegrías y de esperanzas. Su presencia llenó la casa de conversaciones, de proyectos, de risas compartidas. Sé que fue refugio en los días difíciles y celebración en los momentos felices. Su manera de estar en el mundo tenía la virtud de acercar a las personas, de tender puentes, de ofrecer afecto sin esperar nada a cambio.
Por eso duele tanto su ausencia. Porque no solo se echa de menos a quien fue, sino también todo aquello que aún quedaba por compartir: los días que no llegaron, tantas cosas por alcanzar, las palabras pendientes, los abrazos que el tiempo negó... Se ha hecho un silencio nuevo, que parece demasiado grande para ser habitado.
Sin embargo, junto al dolor camina la esperanza. No una esperanza ingenua que ignore las lágrimas y los quebrantos, sino aquella que nace del amor verdadero. La esperanza de saber que una vida no se calcula únicamente por su duración, sino por la profundidad de su huella. Y la de Lola permanece entera entre los suyos.
Está en la fortaleza de su madre, que sigue pronunciando su nombre con ternura. Está en la mirada de su padre, donde conviven la tristeza y el orgullo de haber tenido una hija tan querida y admirada. Está en cada uno de sus hermanos y familiares, que guardan recuerdos que el tiempo jamás podrá borrar. Está en quienes la conocieron y encontraron en ella amistad, generosidad, solidaridad y cercanía.
Hoy la lloran quienes la aman. Y precisamente porque la aman, siguen encontrándola en las pequeñas cosas: en una fotografía que les devuelve una sonrisa, en una canción que atrae su recuerdo, en una tarde cualquiera en la que parece caminar de nuevo a su lado.
Querida Lola: A tus padres, hijos, hermanos, familia y compañeros les duele tu ausencia, pero tu existencia los honra y los fortalece. Gracias por cada instante compartido, por cada muestra de cariño, por cada lección de humanidad que dejaste sin proponértelo. Gracias por haber formado parte de sus vidas de una manera tan profunda.
Mientras exista su memoria, mientras perdure el amor que os vincula, seguirás habitando entre todos ellos. No como una sombra del pasado, sino como una presencia serena que acompaña sus pasos. Y así, entre la tristeza de perderte y la gratitud de haberte tenido, seguirán adelante, llevando tu nombre en el corazón y tu recuerdo como una luz inextinguible.
Para mis amigos, Mari Carmen y Vicente, con todo mi afecto y solidaridad.
Alicante, 5 de junio de 2026







