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viernes, 5 de junio de 2026

A Lola, in memoriam

Hay ausencias que llegan como una tormenta inesperada y cambian para siempre el horizonte de quienes permanecen. La partida de Lola ha sido una de ellas. Ninguna palabra alcanza a explicar el vacío que deja una hija cuando se marcha prematuramente. Ninguna razón consigue ordenar el desconcierto ni aliviar por completo el dolor de unos padres que la vieron nacer, crecer y convertirse en una mujer llena de vida, de afecto y de luz.

Hoy, Mari Carmen y Vicente, junto a sus hijos y familiares, la miran con el corazón herido, pero también colmado de gratitud. Porque el amor no desaparece con la muerte; cambia de lugar. Deja de habitar la cercanía de los abrazos para instalarse en la memoria, en los gestos aprendidos, en las huellas invisibles que una persona buena deja para siempre en quienes la amaron.

No conocí a Lola, pero sé que fue parte esencial de sus vidas. Hija, hermana y compañera de convicciones, de alegrías y de esperanzas. Su presencia llenó la casa de conversaciones, de proyectos, de risas compartidas. Sé que fue refugio en los días difíciles y celebración en los momentos felices. Su manera de estar en el mundo tenía la virtud de acercar a las personas, de tender puentes, de ofrecer afecto sin esperar nada a cambio.

Por eso duele tanto su ausencia. Porque no solo se echa de menos a quien fue, sino también todo aquello que aún quedaba por compartir: los días que no llegaron, tantas cosas por alcanzar, las palabras pendientes, los abrazos que el tiempo negó... Se ha hecho un silencio nuevo, que parece demasiado grande para ser habitado.

Sin embargo, junto al dolor camina la esperanza. No una esperanza ingenua que ignore las lágrimas y los quebrantos, sino aquella que nace del amor verdadero. La esperanza de saber que una vida no se calcula únicamente por su duración, sino por la profundidad de su huella. Y la de Lola permanece entera entre los suyos.

Está en la fortaleza de su madre, que sigue pronunciando su nombre con ternura. Está en la mirada de su padre, donde conviven la tristeza y el orgullo de haber tenido una hija tan querida y admirada. Está en cada uno de sus hermanos y familiares, que guardan recuerdos que el tiempo jamás podrá borrar. Está en quienes la conocieron y encontraron en ella amistad, generosidad, solidaridad y cercanía.

Hoy la lloran quienes la aman. Y precisamente porque la aman, siguen encontrándola en las pequeñas cosas: en una fotografía que les devuelve una sonrisa, en una canción que atrae su recuerdo, en una tarde cualquiera en la que parece caminar de nuevo a su lado.

Querida Lola: A tus padres, hijos, hermanos, familia y compañeros les duele tu ausencia, pero tu existencia los honra y los fortalece. Gracias por cada instante compartido, por cada muestra de cariño, por cada lección de humanidad que dejaste sin proponértelo. Gracias por haber formado parte de sus vidas de una manera tan profunda.

Mientras exista su memoria, mientras perdure el amor que os vincula, seguirás habitando entre todos ellos. No como una sombra del pasado, sino como una presencia serena que acompaña sus pasos. Y así, entre la tristeza de perderte y la gratitud de haberte tenido, seguirán adelante, llevando tu nombre en el corazón y tu recuerdo como una luz inextinguible.

Para mis amigos, Mari Carmen y Vicente, con todo mi afecto y solidaridad.

Alicante, 5 de junio de 2026




martes, 5 de mayo de 2026

A mi primo Joselín

Para la mayoría, su nombre es «Jose». Para mis adentros, desde siempre ha sido, es y será mi primo Joselín. Así lo llamaba de niño y así lo sigo evocando ahora que somos septuagenarios, con el mismo afecto que entonces, cuando compartíamos infancia y pubertad en Gestalgar, durante largos y luminosos días, entre incontenibles risas e inocentes confidencias. En aquel tiempo, éramos compañeros inseparables que crecíamos en las entremedias que ofrecían las calles del pueblo, el rumor del río y la precaria cotidianidad preceptuada por el calendario de nuestras vidas.

Junto con otros amigos –Paco, Eugenio, Salvador, Marín, Vicente, José María...–, exprimíamos las horas en la calle, disfrutando con juegos incontables, inventados y autogestionados, aderezados con travesuras inocentes, fruto de nuestra edad y circunstancias. Saboreábamos especialmente las fiestas patronales, el gran acontecimiento del año, con toros, tómbola, varietés, caseta de tiro al blanco, futbolín, dulces y bailes en el frontón del Luis El Chato. En aquellos años de infancia y pubertad, Jose fue uno de mis mejores amigos.

Luego, como tantas veces ocurre, la vida nos llevó por caminos distintos. Él se marchó a Valencia y yo a Alicante. La distancia nos despojó de la convivencia diaria, pero nunca nos arrebató el vínculo emocional. Cada verano, en las fiestas o en algún día suelto de coincidencia, el tiempo se encogía y volvíamos a reconocernos, como si la amistad y la sangre hubieran detenido el reloj.

Jose siempre fue un hombre de pocas palabras. Ya de niño se le notaba: callaba más de lo que hablaba, pero no por timidez, sino por prudencia. Escuchaba, observaba… y, cuando decía algo, lo hacía con criterio. No necesitaba discursos largos: le bastaban unas pocas frases para dejar clara su opinión.

Siempre ha sido amigo de sus amigos, de esos que conservan los nombres y los rostros que la mayoría va olvidando. Ha mantenido la cercanía con quienes lo acompañaron desde la infancia. Porque en él la lealtad no es un valor teórico, es una práctica perseverante.

Aunque su vida laboral se ha desarrollado en Valencia, nunca se desligó de Gestalgar. Desde siempre, ha retornado regularmente para cuidar el patrimonio agrícola familiar; primero junto a su hermano Salvador y, cuando este faltó, solo. Ese retorno semanal no era un gesto rutinario: era una declaración callada de amor a su pueblo, a su tierra y a su historia familiar.

En el centro de su universo siempre ha situado a su familia. Carmen, su compañera desde que eran apenas unos niños, ha sido su sostén y su ancla. Un matrimonio que algunos podrían considerar dispar, pero que ha demostrado ser fuerte, duradero y lleno de ternura. Con ella ha compartido toda una vida, y juntos han formado una familia de la que se sienten profundamente orgullosos: sus hijos, José Ginés y Teresa, y los nietos que han traído nueva luz a sus días.

Hoy, la enfermedad lo tiene en un momento difícil. Y me duele, me duele hondo, verlo así. Me duele como primo, como amigo de juventud, como alguien con quien siempre he mantenido un hilo invisible de afecto y reconocimiento. Quiero creer que saldrá adelante, como en otras ocasiones. Pero cuando sea su hora, deseo que su partida sea tranquila, sin dolor, con la serenidad de quien sabe que vivió como quiso, supo y pudo: con dignidad, con discreción y con fidelidad a los suyos.

Porque Jose ha vivido así: sin alardes, pero con presencia. Sin grandes elocuencias, pero con gestos firmes. Sin buscar protagonismo, pero dejando huella en quienes lo conocen.

Yo me quedo con esa imagen suya que guardo desde siempre: el niño callado que sabía escuchar, el joven que no olvidaba una amistad, el hombre que regresaba una y otra vez a su tierra como quien vuelve a beber agua de la fuente que le dio la vida.

Y cuando llegue el día de su viaje definitivo, quiero pensar que será como un atardecer en Gestalgar, con el sol escondiéndose despacio tras la Peña María, con la luz dorada acariciando la huerta, con el río murmurando como siempre, y, en medio de todo ello, él marchándose en silencio, con paso tranquilo, dejando atrás la estela de una vida sencilla, honesta y generosa. Pase lo que pase, seguirá vivo en mí, como parte inseparable de mi historia. Y en mi corazón, siempre —siempre— será mi primo Joselín.


A Joselín

En la tarde dorada de Gestalgar
la luz se encorva sobre la tierra,
y tu sombra se proyecta
en cada surco, en cada rama.

Bajas como el río, sereno,
como el árbol que crece sin ruido.
Porque eres amistad no marchita
y palabra breve, de difícil olvido.

En este crepúsculo teñido de despedida,
el viento silba tu nombre.
Y un eco obstinado repite:
Ahí va quien fue bueno, discreto y firme.


Alicante, agosto de 2025

 

Jose Carrasco, mi primo.

martes, 30 de diciembre de 2025

Antonio Antón, in memoriam

Escribo estas líneas desde un lugar tan complicado como verdadero, el de la amistad profunda que me une, que nos une, a Antonio. Para mí —en realidad, para muchos más—, Antonio no es solo una persona admirable, sino un amigo mayúsculo; de esos que sostienen una vida; de los que no pasan, porque se quedan. Su partida nos deja un vacío inmenso y, a la vez, una robusta presencia que acompaña a cada recuerdo, a cada conversación imaginada, a cada canción que retorna. Antonio se ha ido y la oquedad que deja no es ausencia, es un silencio lleno de ecos y repleto de dilatadas resonancias, de conversaciones serenas, de canciones compartidas.

Ante todo, Antonio ha sido una persona íntegra; lo digo sin retóricas. Una persona buena, en el sentido más concreto e infrecuente de la palabra, que atesoraba una forma limpia de estar en el mundo, una coherencia que no requería explicaciones. Ha sido un hombre de izquierdas, hondo y honesto, comprometido con la justicia social, con la dignidad de las personas y con la cultura como derecho, y no como privilegio. Huyó del ruido y actuó siempre desde la congruencia que fluía de su pensamiento crítico y su decencia cotidiana. Enemigo de la estridencia, escuchaba, pensaba y dudaba. Y cuando hablaba, lo hacía con serenidad, con argumentos y con una honestidad envidiable.

Como compañero, Antonio ha sabido compaginar presencia y cuidado. Marido leal, atento a los gestos minúsculos que sostienen la vida en común, supo amar sin posesión y compartir sin reservas, construyendo un hogar donde el respeto y el afecto no eran palabras, sino hábitos consolidados. Como padre, ha practicado una paternidad generosa y abnegada, sustentada en el ejemplo más que en el discurso. Enseñó a sus hijas y nietos a mirar el mundo con curiosidad, a no aceptar lo injusto como inevitable y a vivir con libertad responsable. Por eso ha consolidado raíces profundas trenzadas desde la virtud, la ternura y el pensamiento autónomo.

Conozco a Antonio desde hace casi sesenta años. Entonces se forjó nuestra amistad. En ese terreno también ha sido inmenso: una persona de las que no fallan, de las que no se esconden cuando la vida se pone cuesta arriba. Sabía escuchar sin prisas ni juicios. Podíamos estar de acuerdo o no, pero siempre respetaba y atendía. Con él, y con otros como él, aprendí que la amistad es conversación prolongada, silencio placentero y lealtad sin condiciones. Antonio no estaba solo en los momentos brillantes, estaba en todos.

También ha sido «maestro» en el sentido más amplio de la palabra. No solo por profesión, sino por su manera de estar en el mundo. Creyó en la educación pública como herramienta de transformación y la defendió con esfuerzo, rigor y humanidad. En el aula supo exigir sin humillar, acompañar sin imponer y despertar preguntas más que ofrecer respuestas incuestionables. Educaba desde el respeto y la pasión por el conocimiento, dejando huella no por su autoridad, sino por su cercanía. Centenares de alumnos encontraron en él una referencia imprescindible; decenas de compañeros lo reconocieron como modelo de honestidad profesional y de generosidad intelectual.

Su compromiso cívico y cultural ha sido perseverante. Entendía la cultura como espacio compartido, como memoria viva y como futuro en construcción. Defendió las tradiciones desde el apego crítico, consciente de que solo perduran las que se estudian, se cuidan y se renuevan. En ese difícil equilibrio entre pensamiento libre y arraigo popular ha vivido con naturalidad, sin contradicciones ni concesiones.

Existe una dimensión de Antonio que merece recuerdo especial: la música, una parcela de su vida con la que ha fascinado a una legión de admiradores y con la que lograba expresar lo que a veces no cabía en sus palabras. Antonio ha sido cantante vocacional y autodidacta, capaz de forjarse una identidad inimitable en la que se armoniza la pasión sin alardes, el aprendizaje constante y la humildad de quien sabe, y acepta, que la música es más grande que cualquiera de sus creadores e intérpretes. Cantaba porque lo necesitaba, porque era su forma de respirar, de decir, de compartir. Cantaba con una honestidad que apelaba directamente al corazón porque para él significaba compartir respiración, memoria y silencio.

Cuantos lo hemos escuchado hemos percibido la ausencia de artificio en su canto. En él todo se supeditaba al logro de la emoción y el sentido. Sabía que cantar significa fundamentalmente escuchar, impregnarse de una creación colectiva, dejarse atravesar por la eufonía y envolverla musicalizada para disfrute de todos. Por eso su canto trasuda verdad, por eso conmueve.

Especialmente generosas han sido sus contribuciones al Misteri d’Elx y a la música popular ilicitana. Su entrega al Misteri —ninguneada por algunos miserables— ha sido una de las expresiones más evidentes de su generosidad. Antonio amó el Misteri como se ama a las cosas que nos superan: con respeto, estudio y dedicación desinteresada. Trabajó mucho y especuló poco. Aportó conocimiento, tiempo infinito y fidelidad profunda a una tradición viva, que consideraba patrimonio común. Lo hizo siempre desde la humildad, defendiendo la excelencia y eludiendo protagonismos superfluos.

En la música popular d’Elx deja una huella luminosa. Ha sido puente entre generaciones, transmisor de memoria y sembrador de futuro. Compartió saberes sin apropiarse de nada, convencido de que la música crece cuando se entrega. Gracias a él, muchas canciones siguen vivas; gracias a su generosidad, otros tantos han aprendido a querer lo propio sin enfrentarlo a lo nuevo.

Antonio ha sido un amigo imprescindible. De los que ayudan a pensar mejor, a vivir con más calma y a ser más justos. A mí y a otros muchos nos enseñó sin pretenderlo, nos acompañó sin invadir nuestras intimidades y nos regaló una amistad limpia y profunda, de esas que no logra quebrar ni siquiera la muerte.

Antonio ha vivido con coherencia y se despide dejándonos un ejemplo de difícil olvido. Nos deja su palabra justa, su risa tranquila, su compromiso sereno y su voz cantada, trasladándonos la certeza de que hay vidas que no se apagan, porque siguen sonando en los demás. Antonio no se ha ido del todo porque está en cada conversación que merece la pena, en cada canto sincero, en cada gesto decente. Y mientras así lo recordemos, continuará estando con nosotros.

Antonio, en Benilloba el 19 de noviembre 2025

Antonio, en Benilloba (19/XI/25)

lunes, 25 de noviembre de 2024

Adiós, Amparín

Tienes noventa años, pero para mí sigues y seguirás siendo Amparín. Así te conocí y así te despido, con un diminutivo que no te hace justicia porque siempre has sido grande en profusos aspectos. Destacaré tu bondad y tu alegría, tu simpatía y cariño, tu laboriosidad no exenta de espontaneidad, y también tu amabilidad, honradez y optimismo. Podría alargar mucho, sin esfuerzo, el listado de tus cualidades. Por otro lado, bien mirado, llamarte Amparín tal vez fue la acertadísima manera que encontraron tus padres para cuadrar el círculo, distinguiéndote de tu progenitora y subrayando a la vez tu condición de primogénita. En todo caso, Amparo es un nombre que habéis contribuido a hacer grande madre e hija.

Hace dos años, cuando me avisaron de la partida de Emilia, imaginé sin fundamento que sería la tuya. Me equivoqué y comprobé de nuevo que en esto de marcharse no priman ni la antigüedad ni otros privilegios. Recordaba entonces y recuerdo ahora el último viaje que hicisteis a Gestalgar y también el magnífico día que compartimos. Fue en septiembre de 2016, apenas hace ocho años. Dije entonces que todavía me parecíais dos mujeres de mediana edad, ágiles y pizpiretas, gozando de una salud física y mental razonablemente buenas. Me alegró muchísimo contrastar que así era. Dije también en aquella ocasión que hacía tiempo que tenía asociados los conceptos de inteligencia emocional y resiliencia a vosotras, a mis primas Amparo y Emilia, aunque no de manera correlativa ni excluyente, y ni siquiera por el orden referido. Y no me equivocaba: os habéis ido las dos conservando hasta muy tarde la alegría y el optimismo de aquellas dos jóvenes con las que conviví en los años sesenta, que nunca perdieron el buen humor ni su proverbial capacidad natural para transmitir esos sentimientos a cuantas personas les rodeaban.

Amparo ha sido a lo largo de su vida una persona con inteligencia emocional, con sana autoestima y con muchas habilidades sociales. Alguien que ha percibido y exprimido la vida en positivo. Tenaz en su tendencia a encontrar siempre el lado bueno de las cosas, ha reivindicado sus convicciones y sus asuntos con énfasis y determinación, sin enredarse con ñoñerías y menudencias. Ha sido una de esas personas que van directamente al grano, sin subterfugios, ni tonterías, ¿para qué?, que diría ella.

Como le dije a tu querida hermana cuando se fue, en este tiempo que vivimos de tanto doliente adiós y tanta indeseada despedida, tomo prestados los versos de un poeta optimista como tú, Luis García Montero, para decirte con él que: 

Como la luz de un sueño,

que no raya en el mundo pero existe,

así he vivido yo

iluminando

esa parte de ti que no conoces,

la vida que has llevado junto a mis pensamientos...




lunes, 30 de mayo de 2022

A Elías, in memoriam

 



Adiós a Elías, con quien tanto quise 
[29 preguntas desde el infinito desconsuelo]

Amordazaré la pluma mientras vivas,
esconderé mi miedo en el desván,
recordaré, gozoso, nuestras dichas,
aguantaré en silencio este turbión.

Me haré docenas de preguntas,
lloraré doscientas veces más,
permaneceré discretamente mudo,
incrédulo, como los demás.

¿Por qué escogiste tan aciagos días?,
¿por qué callaste tan temprano?,
¿por qué te fuiste sin adioses?,
¿por qué nos entregaste al desconsuelo?

¿Por qué se apagó tu eufonía?,
¿por qué enmudeció la música?,
¿por qué abandonaste tu grey?,
¿por qué quisiste caminar solo?

¿Por qué renunciaste a los abrazos?,
¿por qué eludiste los lamentos?,
¿por qué nos sumiste en el llanto?,
¿por qué apagaste tu luz esta mañana?

¿Por qué huiste de la primavera?,
¿por qué objetaste el perfume de tus flores?,
¿por qué desoíste tan afligidos lamentos?,
¿por qué nos abocaste a la orfandad de tus afectos? 

¿Por qué desatendiste, Elías, el trino de la alondra?,
¿por qué desechaste la muixeranga murera?,
¿por qué no te aferraste a las primaveras de tu sangre?,
¿por qué acallaste tantos centenares de canciones?

¿Por qué elegiste llegar el primero a tu destino?,
¿por qué resolviste ganar tan absurda carrera?,
¿por qué asediaste por única vez la prisa?, 
¿por qué tan raudo desertaste de nuestros apegos?

¿Por qué debemos subsistir de tu recuerdo?,
¿por qué hemos de estrenar tu inexplorada memoria?,
¿por qué quiero zanjar tan absurdo monólogo?,
¿por qué, Elías?

¿Por qué?



domingo, 6 de marzo de 2022

A Antonio Escarré in memoriam


Como todos sabemos, Antonio Escarré era una persona singular. De una u otra manera, todos lo somos, pero me parece que él atesoraba multitud de facetas que lo hacían único. Podría iniciar esta apresurada glosa recordando la prodigalidad de los méritos, títulos y honores personales, académicos y profesionales, que alcanzó a lo largo de su dilatada y fecunda vida: catedrático de universidad, diputado, conseller (primero de cultura y educación; después de medio ambiente), etc. Desistiré porque, pese al valor objetivo de tales distinciones, probablemente representan la faceta menos relevante de su personalidad. Muchas y muchos han sido, son y serán catedráticos, diputados, consellers, directores generales, rectores, vicerrectores o decanos. Sin embargo, pocos han alcanzado o alcanzarán la talla humana de Antonio.

Porque Antonio ha sido un ser humano genuino e irrepetible. Una persona que, pese a atesorar un excepcional currículo y haber desempeñado importantísimas responsabilidades institucionales, jamás se ufanó de ello. Nunca oí de su boca una sola palabra que delatase que sus méritos se le habían subido a la cabeza. Me consta que jamás se vanaglorió de haber alcanzado cualquiera de los lugares de privilegio que tan competentemente desempeñó.

De hecho, Antonio pasó por la política de puntillas, con extremo cuidado. Sé a ciencia cierta que obtuvo de ella satisfacciones, pero también no pocos disgustos. Y lo que también sé es que nada obtuvo ni para sí ni para los suyos. Cuando abandonó esos menesteres y regresó a su ocupación universitaria volvió con los bolsillos exactamente igual que los tenía cuando aceptó desempeñar sus responsabilidades públicas.

Quienes estamos aquí sabemos que Antonio ha sido una persona que, conjunta, solidaria y acordadamente con su querida Lourdes, ha desplegado su vida con admirable coherencia. Se instalaron y continúan residiendo en la casa y en el barrio que los acogió hace sesenta años. Disfrutan de las mismas amistades y de la vecindad que allí encontraron, matizadas por las inevitables vicisitudes acaecidas desde entonces, claro. Es familia que tiene un evidente predicamento en una barriada, la de Rabassa, con la que siempre han estado comprometidos, ofreciendo su plena disponibilidad para acometer las necesidades y demandas de sus vecinos.

Además, Antonio y Lourdes han sabido forjar una familia tan numerosa como sencilla, que no solamente ha acogido regularmente a sus vecinos más próximos sino también a decenas de ciudadanos de mucho más allá, especialmente de su bien querida Cuba, país al que se han desplazado en decenas de ocasiones para ayudar a algunos de sus estudiosos ciudadanos. Antonio ha asumido muchos compromisos académicos que excedían sus obligaciones laborales, pues años y años después de su jubilación ha seguido viajando a Pinar del Río para dirigir y evaluar tesis doctorales y otros estudios. Hoy Alicante y Cuba están tristes, muy tristes.

Porque Antonio y Lourdes han sido siempre gentes sencillas, de corazón grande y puertas abiertas, que han recibido generosamente en su casa no solamente a sus familiares, vecinos y amigos sino también a conocidos, cercanos y lejanos. Y no solo eso, también han sabido incorporar a su familia a personas que lo necesitaban con una naturalidad asombrosa. Particularmente Antonio, ha sido un compañero ejemplar, un pater amantísimo y un abuelo preciosísimo. Insustituible siempre.

También el hockey está hoy de luto. Pocos como él han impulsado un deporte tan minoritario y desconocido por estos lares, que dejó de serlo en buena medida por su obra y gracia. Y no solo eso. Uno de sus vástagos, Juan, ha alcanzado entorchados y honores difícilmente superables que le han convertido en un icono de este deporte.

Pero el mundo no solo se construye con grandes proezas. La vida cotidiana está sembrada de pequeñas tareas que son imprescindibles para echar adelante el día a día. Y Antonio, además de consolidar un brillantísimo currículo, también supo estar ahí, en la aparente banalidad de las tareas cotidianas: comprando en el mercado, cocinando vocacional y exitosamente paellas, parrilladas y otros guisos para disfrute de sus familiares, amigos y conocidos, quienes se han rendido habitualmente a sus habilidades culinarias.

Y cómo olvidar el innato sentido de la ironía que tenía Antonio, su circunspecta jovialidad, sus comentarios y ocurrencias, su singular humor que tantas carcajadas nos arrancó. Cómo olvidar, en mi caso, el privativo, habitual y francófono saludo con que celebrábamos nuestros encuentros: "Bon jour monsieur, comment ça va?".

Gracias, Antonio, por enseñarnos, entre otras muchas cosas, que la trascendencia y la felicidad se esconden tras la sencillez. Que te sea leve la tierra. Aunque te echemos a faltar en la cotidianeidad de nuestras vidas, permanecerás siempre, siempre, en nuestro corazón.

miércoles, 10 de febrero de 2021

Adiós, madrina

El escriba Ptahhotep, visir de uno de los faraones de la V dinastía, es autor del contenido de unos de los primeros textos de la literatura del Antiguo Egipto, las conocidas como Instrucciones, Máximas o Enseñanzas de Ptahhotep, que recopiló su nieto, Ptahhotep Tshefi, en torno al año 2450 a. de C. usando la escritura hierática. Se trata de una colección de proverbios morales, con forma de consejos e instrucciones, que da un padre a su hijo. Una de las copias más antiguas, el Papiro Prisse, se guarda en la Biblioteca Nacional de Francia y en él se lee: 

“Pasan los años, ha llegado la vejez, viene la fragilidad, la debilidad crece. Uno duerme todo el día, como los niños. Se enturbian los ojos, los oídos ensordecen. Con el cansancio disminuye la fuerza, la boca, silenciada, no habla; el corazón, vacío, no recuerda el pasado; duelen los huesos; lo bueno es malo; se ha ido el gusto; lo que los años le hacen a la gente es malo en todos sentidos.

No te vanaglories de tu conocimiento, ni te enorgullezcas porque eres un sabio. Toma consejo del ignorante del mismo modo que del sabio, pues no se han alcanzado los límites del arte, ni existe un artesano que haya adquirido su perfección. Observa la verdad y no la traspases, que no se revele el desahogo del corazón. No calumnies a gente alguna, grande o pequeña. Es de lo que abomina el ka (la fuerza vital)” 

De entonces acá han transcurrido 4500 años y la vida y la muerte han cambiado notablemente. Diría que de manera radical en algunos aspectos, especialmente en el último siglo, cuando la esperanza vital de las personas ha crecido más que durante todos los milenios anteriores. De hecho, se ha duplicado en lo que es apenas un abrir y cerrar de ojos considerado desde la perspectiva del conjunto de la evolución de la especie. Por tanto no debe extrañarnos desconocer tantas cosas sobre la vejez. De algún modo podría decirse que es algo nuevo, y hasta que resulta paradójica. Digo esto porque, según revelan ciertos estudios científicos, el estrés, la preocupación y la angustia disminuyen con la edad. Los sociólogos denominan a este fenómeno la paradoja de la vejez, que no es sino una sugerente incongruencia que cuanto más intenta negarla la ciencia más evidencias encuentran a su favor los científicos. Ello no debe llevarnos a la deducción simplista y absurda de que la gente mayor es feliz, sin más. No obstante, se ha demostrado que en general está de mejor ánimo que los jóvenes, aunque también es más propensa que ellos a experimentar altibajos emocionales, sintiendo tristeza y felicidad a la vez, o siendo presa del conformismo y la desesperanza a la par. Algo que ejemplifican como pocas cosas las lágrimas que a veces se nos escapan cuando hablamos, abrazamos o sonreímos cariñosa y/o esperanzadamente a un familiar o a un amigo. Las personas mayores probablemente aceptamos la tristeza con mayor naturalidad que los jóvenes porque resolvemos de mejor manera los conflictos emocionales. 


Sin embargo, la paradoja por antonomasia de la vejez la concreta el reconocimiento universal y expreso de que no viviremos eternamente; una constatación que altera positivamente la perspectiva existencial. Cuando somos jóvenes contemplamos el horizonte vital como algo lejano e incierto, lo visualizamos como una especie de inmenso territorio que incita a su exploración, que motiva a acopiar información que nos ayude a completar un recorrido que ansiamos largo y fructífero, con riesgos evidentes de los que somos relativamente conscientes. En esa perspectiva llegamos a pensar que si finalmente las cosas no llegan a funcionar siempre habrá un mañana esperándonos. Sin embargo, a partir de los cincuenta/sesenta difícilmente nos aventuramos con esa especie de citas a ciegas. 

Sirva este largo preámbulo para enfocar mi breve y sentida despedida a Amparo Corral, cuyo definitivo adiós, esta misma mañana, pone fin al linaje que inauguró su padre Antonio, que conjuntamente con su esposa Amparo dejó una fructífera cosecha de mujeres Amparo, Fina y Pura con las que sorprendentemente se agotó la dinastía, pues no hubo descendencia que asegurase su continuidad. Como he dicho en otras ocasiones, la casa de mis tíos fue un hogar donde imperó el toque femenino, una morada enseñoreada por las mujeres y bien gobernada por una magistral matriarca, cuyo rol, cuando desapareció siendo ya nonagenaria, heredó su primogénita desempeñándolo con innegable solvencia hasta hace apenas nada.

Con la marcha de Amparín, también nonagenaria, se apagan las luces de un linaje al que nadie auguraba tanta brevedad. Sin embargo, fortuitamente, la secuencia fundió a negro desapareciendo paulatinamente de la pantalla en absoluto olvidándose centenares de vivencias, anécdotas, recuerdos… tantas cosas, en tantos escenarios, durante tanto tiempo. Se apagaron las palabras, se perdieron las miradas que sirvieron para transmitir efímeramente proyectos de vida, ilusiones, sueños, decepciones, afectos y desafectos… Se impuso el ineludible silencio que ahora cruza los recuerdos y los apegos desgranados sordamente a ritmo de blues, reiterados y amalgamados con el machacón patrón de los doce compases. Sobreviene la deriva melancólica, la sororidad de una existencia señera, las pulsiones emocionales trabadas, metabolizadas…, apuntando inútilmente a quienes se fueron,  envolviendo contumaces y apelantes a quienes aún permanecemos lejos de las viejas fotografías.

La partida de Amparín no nos desgarra, como sucedió con las de sus hermanas. No lo hace porque se va naturalizadamente, a su tiempo, aunque jamás parezca que sea el tiempo de morir. Su partida nos deja en paz porque se va como fue: discreta, contenida, digna. Y esa es la grandeza de la vida: vivirla y despedirla en plenitud, desde el principio hasta el final, gozándola a raudales, contenida o desaforadamente, como cada cual ansíe, o elija.

Quiero subrayar una idea que es más bien una constatación estadística argumentada científicamente: la vejez aporta algunas mejoras significativas a nuestras vidas. Atesora más conocimiento, más experiencia y propicia el perfeccionamiento de ciertos aspectos socioemocionales. Según indicadores y evidencias acreditados es incuestionable que la mayoría de las personas mayores somos felices, al menos más que la gente de mediana edad y que los jóvenes. Todos los estudios que conozco llegan a la misma conclusión. Y si es así, ¿por qué pensar que Amparín, que vio desfilar a tantos conciudadanos, a tantos parientes y amigos, que enterró a sus padres y a dos hermanas más jóvenes, sea la excepción de esa regla?

Querida Amparo, sé que fuiste feliz a tu manera y con ello me basta. Que la tierra te sea leve, madrina.

viernes, 19 de abril de 2019

A Fina Corral, in memoriam

La consideración del tiempo como variable es algo que hace muchos años intentaron enseñarme algunos de mis profesores, aunque dudo si logré aprender entonces tal concepto. Su significado en tanto que magnitud que puede tener un valor cualquiera de los comprendidos en un conjunto es asunto que tardé en digerir algunos años más. Y todavía debieron transcurrir muchos otros para que lograse percatarme de que a veces el ingrávido nexo que nos une con la línea del tiempo es algo tan consustancial a los seres vivos como el parentesco.

Ayer por la noche me llamó mi prima Emilia Corachán para decirme que había fallecido otra prima común: Fina Corral. Su llamada obedecía, sin duda, al conocimiento que tiene de los inextinguibles vínculos afectivos que nos han unido a lo largo de los años, que tanto ella como sus familiares más próximos comparten. En otras ocasiones he aludido a ambas y a sus respectivos linajes, a los que me conecta el afecto imperecedero que me vincula a la estirpe familiar chivana, que engloba desde la tía María la Corachana (tía que fue de todos los “Corachanes” y “Corrales”), a mis tíos Bernardo y Amparo; Fernando y Pura; Antonio y Amparo. Y tras ellos a mis primos Amparín, Manolo, Emilia y Bernardo; Fernando y Alfredo; Amparín, Pura y Fina. Y a la tía Doloricas, entrañable hermana de mi tío Bernardo. Y después de ellos, a sus descendientes, aunque debo reconocer que con estos, como es natural, tres o cuatro generaciones después, los vínculos se han diluido en la mayoría de los casos.  Sin embargo, como decía, pese a los años transcurridos, todos hemos participado de una ligazón familiar activa, naturalizada, intensa y seguramente poco común. Más allá de situaciones coyunturales o de anécdotas fortuitas, el vínculo parental ha permanecido vigoroso, manteniéndose la trabazón consanguínea y atávica, que encuentra su expresión en una confraternidad admirable de la que participamos los parientes que sobrevivimos, que nos hemos esforzado en conservarla y alimentarla, me parece que tanto consciente como inconscientemente.

No me cabe duda de que uno de los asuntos a los que históricamente he asociado primordialmente a mi tío Antonio Corral y su familia es el Torico. Él y su hermano Fernando eran primos hermanos de mi padre, maestros de obra y residentes en Chiva. Sus hijos, mayores que yo, pasaron algunos veranos en la Casa Suay, una masía que tenían mis abuelos paternos en la partida del mismo nombre, en Gestalgar. En aquel tiempo, en el que ni existían los viajes ni las vacaciones, en el que la gente no tenía coches ni apartamentos, las familias que podían permitírselo enviaban a sus hijos a pasar algunos días de “vacaciones “ a las casas de campo, propias o de sus familiares. Podría decirse que como contrapartida, mi padre, que siempre mantuvo un sólido vínculo con su familia materna, me envió algunos años a Chiva para que presenciase sus fiestas, especialmente las del Torico. Eran varias las casas en las que podía recalar, pero casi siempre lo hacía en la de mi tío Antonio. Un hogar ocupado básicamente por mujeres. Empezando por su esposa, la tía Amparo, una auténtica matriarca, bien secundada por sus tres hijas solteras: Amparín, mi madrina, Pura y Fina. Era una vivienda donde se percibía especialmente el toque femenino. Seguramente contribuía singularmente a ello la condición de modista de la más pequeña, que propiciaba que el zaguán y la primera estancia de la planta baja fuese un lugar en el que revoloteaban permanentemente las mozas que aprendían a coser.

En aquella casa todos se esforzaban para hacerme grata la estancia. Allí conocí juguetes que jamás imaginé, como el diábolo, un artilugio excepcionalmente bien conservado por mis primas, que me enseñaron su manejo en un frondoso patio que tenían en su casa de la calle del Cura Valero. Rememoro a mi tío, con su piel cetrina, su boina calada y ladeada, su parquedad expresiva y su permanente disposición para endulzar la existencia de sus hijas. Valga un solo detalle como muestra. En la alicatada y amplia cocina de su casa, horadó en la pared una pequeña hornacina para enterrar un pajarito que se les murió in illo tempore, cerrando la singular sepultura con un cristal transparente que permitía visualizar el cadáver del ser que seguramente tanto apreciaron.

Hoy ha abandonado definitivamente esa morada mi prima Fina, aunque ciertamente ya lo hizo hace tiempo cuando, incomprensiblemente, se apagaron progresivamente las luces de su entendimiento. Sigue así los pasos a su hermana Pura, de la que nos separó hace ya muchos años el maldito bicho que arrasa la humanidad. Y lloro nuevamente a Fina, como lo hice cuando pasé por su casa a visitarla y ya no la encontré allí. El insólito contacto que tomé con ella y las  confidencias de su hermana Amparo me dolieron como me duele hoy haber perdido definitivamente a una persona, familiar y cercana, con tantos y tan excelentes atributos: guapa, tierna, afable, laboriosa, fraternal, comunicativa, comprensiva, optimista, competente, afectuosa, inteligente, bondadosa… ¿Qué no se podría decir de mi querida Fina?

Pero al mismo tiempo que lloro me siento afortunado por haber coincidido con ella en el tramo de la línea del tiempo que hemos compartido. Me alegra recordarla y volver a tomar conciencia de que hemos aprovechado el breve intervalo de nuestras vidas para intentar entender del mejor modo posible los fenómenos y las cosas que nos han rodeado, para aprender a querernos y a querer a las personas que hemos tenido a nuestro alrededor, para sentirnos fraternal y comprometidamente miembros de la gran familia que es la humanidad. Descansa en paz, Fina. Que la tierra te sea leve.

jueves, 1 de octubre de 2015

La ninfa que sabía contar cuentos.

Para Concha, con mi afecto.

Hace muchos, muchísimos años, conocí a una persona muy especial que casi siempre estuvo rodeada de niños. Vivía en un país oscuro y anticuado, gobernado con mano de hierro por un tirano descomunal que cometía muchas tropelías. Por ser, era tan ogro que decretó que las personas debían vivir tristes, sin hablar ni cantar. Incluso dictó un bando prohibiendo expresamente que pudiesen ser felices y vivir prósperamente.

Esta persona abominaba vivir en país tan lúgubre y miserable y se propuso contribuir a cambiarlo. Para ello decidió hacerse maestra. Estudió la carrera y, como era inteligente y aplicada, logró ser una de las primeras de su promoción. Cuando concluyó los estudios, encontró trabajo y empezó a ejercer su profesión. Dado que era atenta observadora, a los pocos años reparó en que los libros de texto que utilizaban sus alumnos eran feos y poco útiles, como casi todo en aquél país lóbrego y casposo. Apenas tenían ilustraciones y sus textos incluían argumentos o narraban hechos que no eran verdad en muchos casos, y casi no servían para nada en otros. Las lecciones referían historias irreales o recomendaciones inútiles, carentes de interés y de sentido para los niños.

Así que, poco a poco, fue dejando a un lado los libros y empezó a ofrecer a sus alumnos otros materiales más divertidos e interesantes. Ello no siempre fue del agrado de sus jefes, por lo que encontró a menudo su incomprensión y también la de algunos padres y madres. Un día, cansada de remar contracorriente, decidió trabajar con los niños más pequeños de la escuela, con los parvulitos, los únicos que podían prescindir de aquellos odiosos libros porque no tenían la obligación de aprender a leer y escribir. Apenas pasaron unos meses y se había entusiasmado tanto con las cosas que hacía con ellos que, casi sin darse cuenta, a base de atender, escuchar y vivir con los pequeños se olvidó de leer y escribir. Pero al mismo tiempo, también imperceptiblemente, aprendió a contar historias maravillosas: había nacido la maestra que olvidó leer pero aprendió a contar cuentos. Y un día me contó una fábula que recrearé a mi manera:

Antes de que el cambio climático convirtiese el paisaje alicantino en la estepa que conocemos, en las laderas del Benacantil había una enorme oquedad, hoy desaparecida bajo toneladas de escombros, que cobijaba un lago subterráneo prodigioso. En él vivía una ninfa preciosa, hija de Esón, un rey que visitó la gruta donde vivía su madre cuando los griegos llegaron a las costas alicantinas. Allí se enamoró de Adara y, fruto de ese amor, nació Náyade. Náyade, como su progenitora, también conoció a un príncipe, Tansy, con el que se casó y tuvo otra hermosa niña, a la que llamaron Aglaia. Tansy decidió enrolarse en la embarcación de los argonautas para ayudar a Jasón a recuperar su reino. Mientras permaneció ausente, Aglaia vivía feliz en compañía de su madre y de las pequeñas ninfas que habitaban junto a aquella laguna azulada. Un día, cuando paseaba por sus orillas, resbaló y cayó en una hondonada, donde permaneció inconsciente largas horas. Cuando la rescataron tardó en despertarse varios días y al hacerlo descubrió que apenas se podía mover. Desde entonces vivió en una zona ajardinada, sin obstáculos, que le permitía jugar y cantar con sus amigas. En ella había una pérgola fabulosa, hecha de rosales trepadores y madreselvas, donde solía dormir la siesta junto a su madre. Un día, mientras descansaban plácidamente, una tarántula negra y odiosa salió de su agujero y mordió a Náyade en un brazo, inoculándole un veneno lento y terrible que amenazaba con acabar con ella. La ninfa tomó conciencia de la gravedad de la situación y, completamente agobiada, pidió consejo a un viejo gnomo que visitaba periódicamente la laguna. Cuando lo vio llegar le dijo:

Amigo, tú que sabes tanto y eres tan astuto dime: ¿qué podría hacer para salvarme de esta maldición?

El gnomo la miró atentamente, apretó enérgicamente su cabeza con sus manos y le respondió:

Dentro de pocos días oirás los cencerros de un rebaño que suele pastar en estas laderas del Benacantil. Al oírlos, debes redoblar tu canto hasta lograr ensimismar a su pastor y hacer que venga a la gruta y te escuche. Cuando llegue junto a ti, cuéntale tu desdicha y pídele que te ayude. Convéncelo para que viaje al Maigmó, al Puig Campana, a la Serrella y a todas las montañas y sierras de Alicante. Arráncale la promesa de que atenderá las necesidades que tengan las personas mayores que habitan en esos lugares. Asegúrate también de que irá a las escuelas y contará a los niños la auténtica historia de la ninfa Náyade y les enseñará la más bonita de sus canciones.

Cuando haya realizado esta encomienda esperaréis un tiempo, hasta que lleguen los temporales del otoño. Un día se desatará una gran tormenta. Será tan grandiosa que se extenderá por toda la provincia. Cuando escampe y asome tímidamente el sol, aparecerá en el horizonte un gigantesco arco iris doble que embelesará a todos los habitantes de esta tierra. Esa será la señal para que los niños de todos los pueblos canten al unísono la melodía que les habrá enseñado el pastor. Sus voces se expandirán por el éter y viajarán unidas hasta esta gruta del Benacantil.  Aquí, resonarán con tal estruendo que tú, Náyade, presa del miedo, gritarás con todas sus fuerzas, expulsando con tu aliento el veneno que te inoculó la tarántula. Así escapará de tu cuerpo la ponzoña y se quebrará el hechizo.

Para entonces, Tansy habrá regresado a casa y Aglaia habrá logrado recuperarse plenamente de su accidente. Tú ya serás mayor y estarás próxima a llegar a tu destino, pero eso es lo que menos importa. Lo importante será, como dijo Kavafis, que han sido muchas las mañanas de verano en que visitaste puertos nunca vistos y te detuviste en emporios donde conseguiste hermosas mercancías. Lo que importa es que habrás visto muchas ciudades y aprendido de sus sabios, que tienes a Ítaca en tu mente y que llegar a ella es tu destino. Pero no apresures el viaje, porque es mejor que dure algunos años y que atraques en la isla, enriquecida con cuanto ganaste en el camino...

miércoles, 5 de agosto de 2015

Morir

Cuando tienes la fortuna de llegar al final de tus días sin haber perdido el sentido, una opción decente para morir dignamente es saber que no tienes remedio. Sin embargo, los expertos aseguran que más de la mitad de los enfermos terminales se mueren sin saber que lo son y, por tanto, concluyen su existencia entre actitudes y comportamientos “indecentes”, que normalmente son fruto de las conductas bienintencionadamente hiperprotectoras de sus familias y de la pervivencia de cierto paternalismo médico. Pienso que el camino de aceptación de la muerte empieza, de verdad, cuando se inicia el diálogo definitivo entre paciente y médico. Ese que empieza, o debiera empezar así: “tú me cuentas, y yo decido”. Y ese fue más o menos el recorrido en este caso.

Pienso que morimos como somos. Unos, aferrados a la vida, sin querer saber nada de lo que sucede, negando toda evidencia, intentando escapar alocadamente del sino que nos apresa, del que en el fondo sabemos que no podemos huir aunque hagamos lo imposible por conseguirlo. Otros morimos callados, defraudados por la incapacidad para sobreponernos a la última traición de nuestro cuerpo, eludiendo saber más de nada, aunque conozcamos de sobra lo que debemos saber. En esa tesitura, muchas veces elegimos el silencio: ¿de qué hablar cuando no hay de qué hacerlo?, ¿qué decir cuando no se tiene tiempo para respirar? Estoy seguro que esa fue la opción de mi amiga.

La muerte es el último tabú, si no el definitivo. Incluso entre los sanitarios, que la  encaran diariamente aguantando que les reviente ante el rostro el fracaso profesional más descarnado. Tal vez por ello rechazan cuanto tenga que ver con ella. En la universidad les adiestran para curar, pero no para asistir impotentes a su llegada. (¿Para cuando la especialidad de “paliativos”?)

Es madrugada del tercer día de agosto. Sentado en el incómodo sillón del acompañante, mi amigo vela con un libro entre las manos el inquieto sueño de su compañera. Pese a la sedación prescrita por el equipo médico se halla en un estado de molesta semiinconsciencia. Hace horas que no responde a las palabras, ni abre los ojos, ni parece reaccionar a casi nada. Cabecea levemente, intenta apartar la mascarilla del oxígeno, mueve arrítmicamente su mano… se agarra a la vida que se le escapa. A veces el ruido de su respiración se amortigua interrumpiendo el duermevela del compañero, que se sobresalta y extrema la vigilancia sobre el gorgoteo del oxígeno. Todo parece estar bien, pasan los minutos y reaparece la somnolencia. De pronto, un sonido raro le produce otro pequeño sobresalto que le permite ver un postrero fruncido del ceño, el cese de la respiración y la paz en el rostro, que custodia el más absoluto de los silencios. Se apagó la luz, todo se acabó.

Este es el final de la dolorosa crónica de una muerte habitual, la muerte en un hospital, en este caso la de mi amiga. Idéntica a la que conocen doscientos mil conciudadanos cada año, la mitad de los decesos que se producen en el país, aunque sea otra la preferencia mayoritaria: morir en nuestra cama, rodeados de la familia y atendidos por un equipo médico domiciliario. Diferentes razones lo hacen imposible. Por desgracia, aquí todavía se muere como se puede en demasiados casos porque no disponemos ni de la mitad de las unidades de cuidados paliativos que necesitamos, según dicen los expertos. De modo que hasta para morirse hay que tener suerte, porque la calidad de vida de nuestras últimas semanas, días u horas no solo depende de la salud que tengamos sino también del entorno asistencial que nos corresponda, de si es o no fin de semana, de si hay habitaciones individuales en el hospital, de las voluntades propias y ajenas respecto a los cuidados paliativos e, incluso, del umbral de tolerancia de los médicos al sufrimiento ajeno.

Aunque parezca lo contrario, morirse no es fácil. Nuestros organismos han evolucionado durante milenios para sobrevivir a todo tipo de amenazas. En general, el fallo cardiorrespiratorio definitivo que suele producir el fallecimiento exige la concurrencia de muchos factores. Las últimas fases de algunas enfermedades generan mucho sufrimiento físico y psicológico. Por eso es ineludible asegurar a todos los cuidados paliativos, que permiten el alivio y el acompañamiento humanitario de las personas hasta su final. Consuela saber que así ha sucedido con mi amiga.

Pese a ello, con la misma hiriente intensidad que me duele su pérdida y el sufrimiento de su familia, reivindico que acaben las reticencias de muchos cirujanos, oncólogos, cardiólogos o neumólogos que, en mi opinión, llevados de su obsesión sanadora, ponen en cuestión la ineludible obligación de cuidado del enfermo que incluye la profesión médica. Hoy hay fármacos seguros, baratos y eficaces para garantizar una muerte tranquila y digna, por encima de las suspicacias que despierta su supuesta capacidad de acortar la vida. No es aceptable que no haya suficiencia de instalaciones o que se escatimen recursos en los cuidados paliativos. Animo a los médicos a que sean valientes, a que eviten ir un paso por detrás del dolor y a que le tomen definitivamente la delantera. Tienen en sus manos ahorrar muchas horas de sufrimiento innecesario. Y deben evitarlo a las personas porque esa es la conducta humanitaria que los ciudadanos esperamos de ellos.

En fin, hoy es un mal día, aunque lo recordaré siempre.