martes, 5 de mayo de 2026

A mi primo Joselín

Para la mayoría, su nombre es «Jose». Para mis adentros, desde siempre ha sido, es y será mi primo Joselín. Así lo llamaba de niño y así lo sigo evocando ahora que somos septuagenarios, con el mismo afecto que entonces, cuando compartíamos infancia y pubertad en Gestalgar, durante largos y luminosos días, entre incontenibles risas e inocentes confidencias. En aquel tiempo, éramos compañeros inseparables que crecíamos en las entremedias que ofrecían las calles del pueblo, el rumor del río y la precaria cotidianidad preceptuada por el calendario de nuestras vidas.

Junto con otros amigos –Paco, Eugenio, Salvador, Marín, Vicente, José María...–, exprimíamos las horas en la calle, disfrutando con juegos incontables, inventados y autogestionados, aderezados con travesuras inocentes, fruto de nuestra edad y circunstancias. Saboreábamos especialmente las fiestas patronales, el gran acontecimiento del año, con toros, tómbola, varietés, caseta de tiro al blanco, futbolín, dulces y bailes en el frontón del Luis El Chato. En aquellos años de infancia y pubertad, Jose fue uno de mis mejores amigos.

Luego, como tantas veces ocurre, la vida nos llevó por caminos distintos. Él se marchó a Valencia y yo a Alicante. La distancia nos despojó de la convivencia diaria, pero nunca nos arrebató el vínculo emocional. Cada verano, en las fiestas o en algún día suelto de coincidencia, el tiempo se encogía y volvíamos a reconocernos, como si la amistad y la sangre hubieran detenido el reloj.

Jose siempre fue un hombre de pocas palabras. Ya de niño se le notaba: callaba más de lo que hablaba, pero no por timidez, sino por prudencia. Escuchaba, observaba… y, cuando decía algo, lo hacía con criterio. No necesitaba discursos largos: le bastaban unas pocas frases para dejar clara su opinión.

Siempre ha sido amigo de sus amigos, de esos que conservan los nombres y los rostros que la mayoría va olvidando. Ha mantenido la cercanía con quienes lo acompañaron desde la infancia. Porque en él la lealtad no es un valor teórico, es una práctica perseverante.

Aunque su vida laboral se ha desarrollado en Valencia, nunca se desligó de Gestalgar. Desde siempre, ha retornado regularmente para cuidar el patrimonio agrícola familiar; primero junto a su hermano Salvador y, cuando este faltó, solo. Ese retorno semanal no era un gesto rutinario: era una declaración callada de amor a su pueblo, a su tierra y a su historia familiar.

En el centro de su universo siempre ha situado a su familia. Carmen, su compañera desde que eran apenas unos niños, ha sido su sostén y su ancla. Un matrimonio que algunos podrían considerar dispar, pero que ha demostrado ser fuerte, duradero y lleno de ternura. Con ella ha compartido toda una vida, y juntos han formado una familia de la que se sienten profundamente orgullosos: sus hijos, José Ginés y Teresa, y los nietos que han traído nueva luz a sus días.

Hoy, la enfermedad lo tiene en un momento difícil. Y me duele, me duele hondo, verlo así. Me duele como primo, como amigo de juventud, como alguien con quien siempre he mantenido un hilo invisible de afecto y reconocimiento. Quiero creer que saldrá adelante, como en otras ocasiones. Pero cuando sea su hora, deseo que su partida sea tranquila, sin dolor, con la serenidad de quien sabe que vivió como quiso, supo y pudo: con dignidad, con discreción y con fidelidad a los suyos.

Porque Jose ha vivido así: sin alardes, pero con presencia. Sin grandes elocuencias, pero con gestos firmes. Sin buscar protagonismo, pero dejando huella en quienes lo conocen.

Yo me quedo con esa imagen suya que guardo desde siempre: el niño callado que sabía escuchar, el joven que no olvidaba una amistad, el hombre que regresaba una y otra vez a su tierra como quien vuelve a beber agua de la fuente que le dio la vida.

Y cuando llegue el día de su viaje definitivo, quiero pensar que será como un atardecer en Gestalgar, con el sol escondiéndose despacio tras la Peña María, con la luz dorada acariciando la huerta, con el río murmurando como siempre, y, en medio de todo ello, él marchándose en silencio, con paso tranquilo, dejando atrás la estela de una vida sencilla, honesta y generosa. Pase lo que pase, seguirá vivo en mí, como parte inseparable de mi historia. Y en mi corazón, siempre —siempre— será mi primo Joselín.


A Joselín

En la tarde dorada de Gestalgar
la luz se encorva sobre la tierra,
y tu sombra se proyecta
en cada surco, en cada rama.

Bajas como el río, sereno,
como el árbol que crece sin ruido.
Porque eres amistad no marchita
y palabra breve, de difícil olvido.

En este crepúsculo teñido de despedida,
el viento silba tu nombre.
Y un eco obstinado repite:
Ahí va quien fue bueno, discreto y firme.


Alicante, agosto de 2025

 

Jose Carrasco, mi primo.

4 comentarios:

  1. Pilar Penadés Gómez8 de mayo de 2026 a las 8:01

    Vicente , ¡ buenos días ! Acabo de leerlo. Me ha emocionado y me ha recordado a mi primo Dieguito que que falleció hace varios años y que dejó aquí, en este mundo a su esposa, a sus cuatro hijos , a sus padres , familia y amigos. .
    También estoy recordando la reuniones familiares en Navidad , en verano, ,,, en el chalé que está en el término municipal de Manises. A veces

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  2. Querida Pilar
    ¿Quiénes no tienen un Dieguito o un Joselín a los que recordar y añorar?
    Un abrazo.

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  3. Compartisc amb tu esta vivència afectiva, recordant al meu estimat cosí Víctor, per sempre en la meua memòria més íntima.

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  4. Moltes gràcies, amic/amiga.

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