viernes, 8 de mayo de 2026

Crónicas de la amistad: Ibiza (62)

Desde aquí, con el sonido acostumbrado de los coches filtrándose por las ventanas y el calendario clavado en un viernes cualquiera, intento reconstruir vuestro viaje a Ibiza como quien arma un sueño ajeno con retazos prestados. No estuve, pero tengo informadores y os conozco lo suficiente como para imaginar cada gesto, cada risa o cada pequeño contratiempo convertido en anécdota.

Salisteis temprano porque aún no eran las siete cuando aterrizabais eun Ibiza. Cuatro parejas con historias entrelazadas y arrastrando maletas con más ilusión que vigor. Puedo imaginaros en el aeropuerto, todavía con el café a medio consumir, bromeando sobre quién olvidó el bañador o quién llevaba demasiados «por si acaso». Ya en el avión, alguno se quedó dormido antes de despegar, mientras otro miraba por la ventanilla como si fuera la primera vez que veía el mar desde el aire. Mientras tanto, yo, aquí, imagino de nuevo ese instante en el que la isla aparece como una promesa, como un trazo irregular de tierra rodeado de azul.

Probablemente, a la llegada os envolvió ese calor suave que no pesa, distinto al de aquí. Porque el aire de Ibiza siempre parece tener algo de bienvenida, algo de tregua. Imagino el acoplamiento en los taxis y las pequeñas diatribas que nadie logra consensuar del todo. Y, finalmente, el encuentro con los anfitriones, con Domingo y Lina, su esposa, que esperaban impacientes con esa mezcla de calma isleña y alegría contenida. Y los abrazos largos, las frases que se pisan, la sensación de que el tiempo no ha pasado.

Los anfitriones habían previsto rutas «ambiciosas» que no se compadecían con el brío corporal de algunos participantes. La visita al parador de turismo se trocó por otra más modesta a la catedral y al antiguo ayuntamiento, recorriendo esa reconocida zona patrimonial de la mano de Lina. Entretanto, algunos optaron por acompañar a Domingo a su casa, para que atendiera a su perro y, de paso, despenar un tentempié a base de sobrasada y butifarra payesa, jamón y queso... y unas cervezas.

Me gusta pensar, como parece que sucedió, que uno de los primeros destinos significativos fue una mesa. Porque en cada uno de nuestros encuentros la comida nunca es un trámite, sino un ritual. Esta vez se trataba del restaurante Port de Balansat San Miguel, en el que es tradición saborear unas entradas, seguidas del bullit de peix, ese plato que parece concentrar el mar entero en un solo hervor, seguido del arroz a banda y un suflé. Y entre plato y plato, las historias: las que ya sabíais y las nuevas, las que solo surgen cuando el ritmo baja y el vino afloja las palabras.

Os imagino a media tarde caminando por calles de casas encaladas, con el sol abatiéndose lánguidamente. Alguno quejándose del calor y otros insistiendo en alargar la ruta: «Solo un poco más». El posterior paseo por el puerto de Ibiza y el añejo ambiente hippy. Parejas que se dispersan y se reencuentran, como si el viaje fuese también una forma de recomponer vínculos. Y por encima de todo, Domingo y Lina oficiando con naturalidad, señalando rincones que no aparecen en las guías turísticas, rememorando pequeñas historias de la isla que solo se transmiten de boca en boca.

Según se dice, el segundo día se pareció al primero como gota de agua gemela. La aspiración de visitar el Museo de Arte Contemporáneo se trocó por un paseo relajado por la ciudad antigua, que incluyó una breve incursión en el mercado medieval que se estaba instalando. También en este periplo hubo desertores que acabaron en un bar consumiendo tapitas de queso y jamón de Salamanca. Como sucedió el día anterior, el destino central era el Restaurante 180, en la playa de Figueretes.

Allí esperaba una refacción basada en el picoteo e inclusiva de alioli y aceitunas, boquerones, anchoas, tablas de jamón y queso, ensalada payesa, berenjenas a la parmesana, gamba roja al ajillo, calamares con sobrasada y los postres de la casa: sorbete de limón con frutos secos, tarta de queso con galletas Lotus, crepes de Nutella..., todo ello bien regado con un vino albariño y rematado con las tradicionales «hierbas» ibicencas y la «Frígola». La sobremesa fue breve porque el viaje de regreso estaba previsto a media tarde. Obviamente, los anfitriones no olvidaron obsequiar a sus visitantes con la sobrasada y ensaimada ibicencas.

Probablemente no todo habrá sido perfecto. Por corto que sea, en cualquier viaje surgen inconvenientes y fricciones: una reserva que no aparece, una discusión por cualquier trivialidad, el cansancio acumulado que transforma cualquier detalle en algo molesto o inoportuno... Pero sé que, en este caso, esas vicisitudes acaban siendo las grietas por donde fluyen las risas porque no alcanzan a rozar la complacencia con el periplo; al contrario, todavía lo hacen más placentero y más propio.

Me detengo necesariamente en las noches. Porque Ibiza, incluso cuando no se busca el exceso, tiene algo magnético al caer el sol. Imagino una cena frugal y larga, el sonido distante de la música mezclándose con el rumor de las conversaciones. Las luces atenuadas, el vino que se acaba y se vuelve a servir. El brindis improvisado que alguien propone. La historia de hace años que todos creíamos olvidada y que alguien recuerda. Y justamente ahí, en ese momento, comprendo por qué ansiábamos tan singular encuentro.

También vislumbro pequeños paseos nocturnos sin rumbo fijo, adobados con la sensación de que el tiempo se estira. Imagino que incluso pudisteis terminar alguno en una playa casi vacía –o al menos, que os apeteció–, sentados en la arena, dejando que el mar fuese la banda sonora de vuestras confidencias. Os veo ocupando un ignoto escenario donde las parejas dejan de serlo, solo por un rato, para convertirse en un ancestral grupo de amigos. Quizá en ese equilibrio, tan frágil e inusual, radica una de las veladas razones del viaje.

Entretanto, repaso las fotos que envía Domingo y me embarga una mezcla de alegría con cierta punzada nostálgica. Os reconozco en las imágenes y asocio mi ausencia a un vacío persistente, que no es envidia, precisamente, sino más bien la conciencia de lo que me pierdo, de esos lugares y momentos que serán referencias y códigos comunes.

Imagino el final del viaje. Las maletas a medio hacer, el dulce cansancio, las ganas contradictorias de quedarse y de volver. Las promesas de repetir, de no dejar pasar tanto tiempo. Y el adiós a Lina y Domingo, los anfitriones, con ese abrazo que siempre dura un segundo más de lo necesario.

Habéis regresado distintos, seguro. No en lo esencial, pero sí en los pequeños detalles que dejan los viajes bien aprovechados. Trajisteis arena en los bolsillos, sal en la piel y nuevas historias que pronto escucharé, intentando encajar lo que me contéis con lo que ya he imaginado.

Y tal vez, cuando nos veamos de nuevo, tomaré conciencia de que, sin haberlo hecho, de alguna manera viajé a Ibiza con vosotros al reconstruir ese encuentro, como quien escribe una carta que nunca envió y que, sin embargo, encontró su destino.



 

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