martes, 30 de diciembre de 2025

Antonio Antón, in memoriam

Escribo estas líneas desde un lugar tan complicado como verdadero, el de la amistad profunda que me une, que nos une, a Antonio. Para mí —en realidad, para muchos más—, Antonio no es solo una persona admirable, sino un amigo mayúsculo; de esos que sostienen una vida; de los que no pasan, porque se quedan. Su partida nos deja un vacío inmenso y, a la vez, una robusta presencia que acompaña a cada recuerdo, a cada conversación imaginada, a cada canción que retorna. Antonio se ha ido y la oquedad que deja no es ausencia, es un silencio lleno de ecos y repleto de dilatadas resonancias, de conversaciones serenas, de canciones compartidas.

Ante todo, Antonio ha sido una persona íntegra; lo digo sin retóricas. Una persona buena, en el sentido más concreto e infrecuente de la palabra, que atesoraba una forma limpia de estar en el mundo, una coherencia que no requería explicaciones. Ha sido un hombre de izquierdas, hondo y honesto, comprometido con la justicia social, con la dignidad de las personas y con la cultura como derecho, y no como privilegio. Huyó del ruido y actuó siempre desde la congruencia que fluía de su pensamiento crítico y su decencia cotidiana. Enemigo de la estridencia, escuchaba, pensaba y dudaba. Y cuando hablaba, lo hacía con serenidad, con argumentos y con una honestidad envidiable.

Como compañero, Antonio ha sabido compaginar presencia y cuidado. Marido leal, atento a los gestos minúsculos que sostienen la vida en común, supo amar sin posesión y compartir sin reservas, construyendo un hogar donde el respeto y el afecto no eran palabras, sino hábitos consolidados. Como padre, ha practicado una paternidad generosa y abnegada, sustentada en el ejemplo más que en el discurso. Enseñó a sus hijas y nietos a mirar el mundo con curiosidad, a no aceptar lo injusto como inevitable y a vivir con libertad responsable. Por eso ha consolidado raíces profundas trenzadas desde la virtud, la ternura y el pensamiento autónomo.

Conozco a Antonio desde hace casi sesenta años. Entonces se forjó nuestra amistad. En ese terreno también ha sido inmenso: una persona de las que no fallan, de las que no se esconden cuando la vida se pone cuesta arriba. Sabía escuchar sin prisas ni juicios. Podíamos estar de acuerdo o no, pero siempre respetaba y atendía. Con él, y con otros como él, aprendí que la amistad es conversación prolongada, silencio placentero y lealtad sin condiciones. Antonio no estaba solo en los momentos brillantes, estaba en todos.

También ha sido «maestro» en el sentido más amplio de la palabra. No solo por profesión, sino por su manera de estar en el mundo. Creyó en la educación pública como herramienta de transformación y la defendió con esfuerzo, rigor y humanidad. En el aula supo exigir sin humillar, acompañar sin imponer y despertar preguntas más que ofrecer respuestas incuestionables. Educaba desde el respeto y la pasión por el conocimiento, dejando huella no por su autoridad, sino por su cercanía. Centenares de alumnos encontraron en él una referencia imprescindible; decenas de compañeros lo reconocieron como modelo de honestidad profesional y de generosidad intelectual.

Su compromiso cívico y cultural ha sido perseverante. Entendía la cultura como espacio compartido, como memoria viva y como futuro en construcción. Defendió las tradiciones desde el apego crítico, consciente de que solo perduran las que se estudian, se cuidan y se renuevan. En ese difícil equilibrio entre pensamiento libre y arraigo popular ha vivido con naturalidad, sin contradicciones ni concesiones.

Existe una dimensión de Antonio que merece recuerdo especial: la música, una parcela de su vida con la que ha fascinado a una legión de admiradores y con la que lograba expresar lo que a veces no cabía en sus palabras. Antonio ha sido cantante vocacional y autodidacta, capaz de forjarse una identidad inimitable en la que se armoniza la pasión sin alardes, el aprendizaje constante y la humildad de quien sabe, y acepta, que la música es más grande que cualquiera de sus creadores e intérpretes. Cantaba porque lo necesitaba, porque era su forma de respirar, de decir, de compartir. Cantaba con una honestidad que apelaba directamente al corazón porque para él significaba compartir respiración, memoria y silencio.

Cuantos lo hemos escuchado hemos percibido la ausencia de artificio en su canto. En él todo se supeditaba al logro de la emoción y el sentido. Sabía que cantar significa fundamentalmente escuchar, impregnarse de una creación colectiva, dejarse atravesar por la eufonía y envolverla musicalizada para disfrute de todos. Por eso su canto trasuda verdad, por eso conmueve.

Especialmente generosas han sido sus contribuciones al Misteri d’Elx y a la música popular ilicitana. Su entrega al Misteri —ninguneada por algunos miserables— ha sido una de las expresiones más evidentes de su generosidad. Antonio amó el Misteri como se ama a las cosas que nos superan: con respeto, estudio y dedicación desinteresada. Trabajó mucho y especuló poco. Aportó conocimiento, tiempo infinito y fidelidad profunda a una tradición viva, que consideraba patrimonio común. Lo hizo siempre desde la humildad, defendiendo la excelencia y eludiendo protagonismos superfluos.

En la música popular d’Elx deja una huella luminosa. Ha sido puente entre generaciones, transmisor de memoria y sembrador de futuro. Compartió saberes sin apropiarse de nada, convencido de que la música crece cuando se entrega. Gracias a él, muchas canciones siguen vivas; gracias a su generosidad, otros tantos han aprendido a querer lo propio sin enfrentarlo a lo nuevo.

Antonio ha sido un amigo imprescindible. De los que ayudan a pensar mejor, a vivir con más calma y a ser más justos. A mí y a otros muchos nos enseñó sin pretenderlo, nos acompañó sin invadir nuestras intimidades y nos regaló una amistad limpia y profunda, de esas que no logra quebrar ni siquiera la muerte.

Antonio ha vivido con coherencia y se despide dejándonos un ejemplo de difícil olvido. Nos deja su palabra justa, su risa tranquila, su compromiso sereno y su voz cantada, trasladándonos la certeza de que hay vidas que no se apagan, porque siguen sonando en los demás. Antonio no se ha ido del todo porque está en cada conversación que merece la pena, en cada canto sincero, en cada gesto decente. Y mientras así lo recordemos, continuará estando con nosotros.

Antonio, en Benilloba el 19 de noviembre 2025

Antonio, en Benilloba (19/XI/25)

sábado, 27 de diciembre de 2025

La derecha, entre el pacto y la furia

Uno de los periodistas mejor informados y más lúcidos del país, Enric Juliana, ha dicho -y escrito- que la historia reciente de la derecha política en España puede interpretarse en clave de alternancia entre dos registros discordantes del conservadurismo, el del pacto —pragmático, institucionalista y dispuesto a encuadrarse en los consensos de la Transición— y el de la furia —combativo, identitario y dispuesto a la confrontación cuando se perciben amenazas a la unidad de España y a sus privilegios—. Ambos registros no son accidentes ni improvisaciones, son respuestas racionales y culturales a dilemas estructurales del sistema político español.

El talante pactista enraíza en la Transición, cuando asegurar la estabilidad en el país era el asunto prioritario. Entonces se buscaron, y se encontraron, acuerdos amplios para articular el nuevo marco constitucional y materializar la descentralización autonómica. En los años siguientes, una considerable parte de la derecha «aceptó» a regañadientes el juego democrático y negoció consensos con la izquierda en materias clave como la integración en Europa o la configuración del Estado autonómico. Esa cultura del pacto trascendió la mera condición de estrategia electoral y llegó a cristalizar en una construcción institucional que permitió la consolidación del Estado democrático. 

Sin embargo, pocos años después, en momentos de crisis o de conveniencia electoral, la furia no tardó en reaparecer con ímpetu creciente. De hecho, desde los 90, la derecha española ha ido alternando ambas estrategias. Aznar, por ejemplo, impulsó un talante que combinó reformas neoliberales con la búsqueda de apoyos parlamentarios, a través de un pragmatismo que incluyó pactos puntuales con determinadas fuerzas políticas (CiU, PNV y CC). Sin embargo, hubo momentos en los que las derechas mostraron comportamientos más beligerantes, particularmente cuando las élites conservadoras percibían algún riesgo para la cohesión nacional, el statu quo cultural o sus privativos espacios de poder. Esa tensión estratégica entre acomodación y radicalización ha respondido tanto a intereses electorales como a presiones internas en el Partido Popular.

¿Qué puede explicar esa alternancia? En primer lugar, un cálculo racional. Pactar atrae al electorado centrista y garantiza un plus de gobernabilidad en sistemas fragmentados, como el nuestro; mientras confrontar moviliza a las bases y permite recuperar votos fugados hacia la derecha radical. En segundo lugar, un factor ideológico. El conservadurismo español mezcla defensa del orden, tradición y unidad territorial con la apertura a los mercados y la modernización económica. Un cóctel que origina ciertas contradicciones en las que emerge la furia. Así sucede, por ejemplo, en el caso de Cataluña, donde choca la modernización con la reivindicación identitaria. En tercer lugar, también moldean el rumbo del PP la estructura de su liderazgo y la competencia interna. En él conviven líderes partidarios de la moderación (pactistas) que colisionan con núcleos militantes proclives a la confrontación descarnada.

Adicionalmente, la aparición de Vox a finales de la década de 2010 ejemplifica cómo la furia acertó a vertebrar un canal organizativo solvente. Su discurso de confrontación, identitario, anti-multicultural y negacionista, ha ido atrayendo a votantes del centro-derecha, descontentos con lo que consideran cesiones en materias como la configuración del Estado, la inmigración o la memoria democrática. Vox no solo ha capitalizado eficientemente esas frustraciones, sino que condiciona crecientemente las estrategias del PP para pactar o endurecer el discurso. Todo ello ha desencadenado una dinámica imparable de competencia por la captación del elector conservador que en los últimos tiempos ha empujado a una polarización tan insólita como peligrosa.

La crisis territorial de 2017 y su gestión política ayuda a entender lo anterior. La percepción por parte de amplios sectores conservadores de que la unidad de España estaba en peligro alimentó a una respuesta de mano dura, con apelaciones al cumplimiento de la ley y al mantenimiento del orden. Simultáneamente, en los ámbitos autonómicos y parlamentarios, germinaron fórmulas negociadoras cuando la política se decantó por el parlamentarismo y las actitudes pactistas. La situación sobrevenida demostró que furia y pacto pueden coexistir como repertorios alternativos en función de la oportunidad política y de la coerción social.

Llegados a este punto, cabría preguntarse por los requisitos inherentes a las políticas conservadoras favorables a la estabilidad democrática. Y, en ese sentido, entiendo que el primero de todos sería la claridad estratégica, es decir, partir de la aceptación de que el pacto no significa claudicación, sino política de reglas que permite gobernar la pluralidad. El segundo, apunta a renovar la narrativa combinando la defensa de la nación y de las tradiciones con propuestas redistributivas y con el reconocimiento de la pluralidad social, porque son elementos que contrarrestan los reclamos identitarios que alimentan la furia. El tercero, sería la necesidad de implementar reformas; entre otras, aumentar la democracia interna, controlar las corrientes o facciones y vetar la normalización de los discursos que vulneran las normas del respeto institucional. Adicionalmente, es fundamental mejorar el diseño institucional incorporando incentivos para la cooperación (reglamentos parlamentarios que fomenten coaliciones estables) y políticas de cohesión territorial que minimicen los choques identitarios.

En suma, la oscilación entre pacto y furia en la derecha española no es un capricho psicológico sino una respuesta adaptativa a los desafíos estructurales, sean los cambios en el electorado, las crisis territoriales, la competencia entre partidos o las presiones sociales. De ahí que la tarea de quienes defienden francamente la democracia es doble; por un lado, contener la furia mediante reglas e incentivos que convenzan de la rentabilidad de los pactos; por otro, desactivar la narrativa populista ofreciendo alternativas que canalicen las quejas y demandas sociales sin quebrar el marco institucional.

Así pues, si el conservadurismo español aspira a recuperar la confianza mayoritaria debería reconocer que la estabilidad se logra mediante los acuerdos. Y lo que quizá resulta más difícil, que requiere la autocrítica y el coraje para autorreformarse cuando es necesario.




sábado, 20 de diciembre de 2025

El mundo según nuestros sesgos

Vivimos convencidos de que discurrimos con acierto, de que nuestras decisiones son fruto de la razón y de que interpretamos el mundo con sensata objetividad. La evidencia dice lo contrario. Desde que el Nobel Daniel Kahneman y su colaborador Amos Tversky describieron los sesgos cognitivos —esos errores sistemáticos que distorsionan nuestro juicio— sabemos que la racionalidad humana es más un ideal que una práctica diaria. Y lo inquietante no es que existan los sesgos, sino que perfilan nuestra vida social, política y tecnológica con una intensidad de la que raras veces somos conscientes.

Un sesgo cognitivo no es un fallo puntual del pensamiento. Es un atajo mental útil en contextos de supervivencia o cuando deben tomarse decisiones urgentes, pero que generalmente nos lleva a conclusiones equivocadas cuando se aplica a resolver problemas complejos. Kahneman lo explicó de forma sencilla; operamos mayoritariamente bajo el «Sistema 1», automático, rápido, emocional y económico en esfuerzo; y solo ocasionalmente activamos el «Sistema 2», lento, analítico y costoso. Así pues, la mayor parte del tiempo pensamos como podemos y no como deberíamos.

Existen decenas de sesgos que generalmente se agrupan en tres familias principales: de confirmación y creencia, de disponibilidad y representatividad y de anclaje y marco. Entre los más estudiados se cuenta el sesgo de confirmación, es decir, la tendencia a buscar y valorar más la información coincidente con nuestras creencias. Aunque últimamente se aluda a él con frecuencia, no es un asunto de rigurosa actualidad. En el siglo XVII, Francis Bacon advertía de que el entendimiento humano «arrastra todo lo demás» para sostener la opinión que ya había adoptado. Actualmente, esta inclinación la vemos amplificada por algoritmos que seleccionan contenidos afines a nuestros gustos y convicciones, creando burbujas informativas que refuerzan percepciones distorsionadas de la realidad. El peligro es evidente porque si solo consumimos lo que confirma nuestras ideas, dejamos de estar expuestos a la diferencia, es decir, al ingrediente que confiere su razón de ser a la deliberación democrática.

Otro sesgo destacado es el de disponibilidad, que nos hace sobrestimar la frecuencia o la importancia de un evento según la facilidad para recordarlo. En una época en la que impera la viralidad, lo más repetido se torna en más verdadero, aunque sea falso. Basta pensar en el miedo desproporcionado que en general se tiene a los aviones, frente al que infunden los coches; o en cómo un crimen mediático altera percepciones sobre la seguridad que no se corresponden con las estadísticas reales.

Un mecanismo insidioso es la representatividad, que nos empuja a juzgar según estereotipos en lugar de hacerlo basándonos en las probabilidades. Tversky lo demostró con el célebre experimento denominado «Linda la cajera». La mayoría de los participantes ignoró las reglas básicas de la lógica porque la descripción de Linda «encajaba» con un perfil activista. En otras palabras, el cerebro prefiere coherencia narrativa antes que precisión estadística.

El sesgo de anclaje también tiene efectos destacados en lo cotidiano. La primera cifra o idea que recibimos funciona como referencia casi inamovible, incluso cuando carezca de fundamento. En economía conductual es una evidencia clásica que basta con mostrar un precio inicial —aunque sea absurdo— para influenciar y modificar la valoración posterior de un producto. Este sesgo es particularmente útil para la publicidad, la negociación y la propaganda política.

Pero los sesgos no operan en el vacío. Al contrario, se entrelazan con otros procesos psicológicos que amplifican o modulan sus efectos. Así, los heurísticos —técnicas mentales utilizadas para resolver problemas de forma rápida y sencilla, basándose en la experiencia y la intuición en lugar de seguir procesos rigurosos— son atajos mentales, algunos de cuyos efectos secundarios son los sesgos. Son necesarios porque no podemos analizar cada detalle del mundo, pero su aplicación a la ligera conduce a errores sistemáticos.

Las fallas de memoria u olvidos inusuales también distorsionan el juicio. La «ilusión de verdad» por la que una afirmación repetida parece más creíble, confundiéndose con la veracidad, se debe a mecanismos de familiaridad más que a razonamientos conscientes. No es exactamente un sesgo, pero interactúa con ellos y los potencia, especialmente en entornos saturados de desinformación.

Por otro lado, las emociones, lejos de ser enemigas de la razón, son su motor. Como demostró el neurocientífico Antonio Damasio con su hipótesis del marcador somático, sin ellas no podríamos decidir. Sin embargo, cuando predominan sobre el análisis, producen fenómenos como el razonamiento motivado. Ello significa que no evaluamos la evidencia para averiguar la verdad, sino para proteger nuestra identidad y nuestras preferencias. La política contemporánea es un campo muy fértil para cultivar este mecanismo, pues en ella el afecto hacia una figura o causa pesa más que la contundencia de los datos.

A todo ello se suma la dimensión social. Experimentos como el de conformidad de Asch muestran que las personas somos capaces de modificar incluso nuestras percepciones visuales para no quedar excluidos del consenso existente en un determinado grupo. No es un sesgo cognitivo, sino una presión grupal que amplifica los errores del juicio individual. En redes sociales esta dinámica es exponencial; la validación inmediata, los likes y las métricas refuerzan opiniones impulsivas y penalizan los matices.

Históricamente, los sesgos han desempeñado papeles relevantes en decisiones de enorme impacto. La crisis financiera de 2008 estuvo marcada por la «sobreconfianza» (overconfidence) y el sesgo de normalidad, que llevó a asumir que el sistema bancario seguiría funcionando porque siempre lo había hecho. La invasión de Irak en 2003 ejemplifica el sesgo de confirmación; en este caso la búsqueda obsesiva de pruebas de armas de destrucción masiva llevó a desechar toda información contradictoria. Y durante la pandemia de COVID-19, los sesgos de disponibilidad y confirmación alimentaron tanto el alarmismo como el negacionismo.

El problema actual no radica en la existencia de sesgos —evidentemente somos humanos, no máquinas—, sino en la escala industrial con que se explotan. Plataformas digitales optimizadas para captar la atención convierten nuestros atajos mentales en recursos comerciales. Como describe Shoshana Zuboff, en su obra La era del capitalismo de vigilancia (2020), este modelo anticipa y moldea comportamientos sin que seamos conscientes, aprovechando nuestras vulnerabilidades cognitivas con una precisión inédita. Conforma así una arquitectura global de modificación de la conducta que amenaza con transfigurar la naturaleza humana en el siglo XXI, de igual modo que el capitalismo industrial desfiguró el mundo natural en el XX.

Por tanto, la solución no pasa por aspirar a una racionalidad pura, incompatible con nuestra naturaleza. Implica reconocer nuestras limitaciones y organizar instituciones, medios y entornos que las compensen. En ese sentido, una educación crítica, transparencia, algoritmos auditables y una cultura que premie la duda más que la certeza son necesidades urgentes.

Finalmente, aceptar que somos seres sesgados no debe conducir al cinismo, sino a la responsabilidad. Como escribió Bertrand Russell, uno de los graves problemas de la humanidad es que los ignorantes y los fanáticos están siempre seguros de sí mismos, mientras la gente más sabia está llena de dudas. En tiempos de ruido y polarización, esas dudas constituyen el último bastión de la lucidez.



 

sábado, 13 de diciembre de 2025

La urgencia del juicio

La proximidad del quincuagésimo aniversario de la muerte de Hanna Arendt, algunas reflexiones que escribí en este blog a propósito del regreso de lo sagrado y el contenido de un reciente artículo de Máriam Martínez-Bascuñan, profesora y columnista del diario El País, me han motivado algunas reflexiones sobre una ciudadana excepcional, que se cuenta entre las filósofas, historiadoras, politólogas, sociólogas, profesoras y escritoras más influyentes del siglo XX.

En tiempos de saturación informativa, cuando cualquier afirmación puede encontrar refugio en una comunidad dispuesta a defenderla a golpe de clic, la última palabra que Hannah Arendt dejó escrita —judging, juzgar— adquiere una resonancia casi profética. No porque anticipara los matices tecnológicos de nuestro presente, sino porque comprendió mejor que nadie que la vida democrática se sostiene sobre una premisa frágil, la existencia de un mundo común. Sin ese espacio compartido de hechos verificables, sin esa confianza mínima en que vemos más o menos lo mismo, la política se convierte en pura ficción tribal. Y hoy, precisamente, es esa fragilidad la que está siendo explotada y amplificada.

El artículo de Martínez-Bascuñan recuerda con acierto cómo Arendt descubrió en el juicio a Eichmann algo que trastocó la comprensión del mal político. Allí, no encontró a un monstruo, sino a un burócrata inane, incapaz de pensar. Y es en ello donde radica la mayor aportación de Arendt, la idea de que el mal no siempre surge del odio, sino de la renuncia al pensamiento. La banalidad del mal no es un diagnóstico sobre los criminales del pasado, sino una advertencia permanente: la democracia depende de ciudadanos capaces de juzgar por sí mismos. Si la sociedad pierde esta competencia, abriremos la puerta a cualquier forma de manipulación, no por malevolencia sino por pereza moral.

Hoy existen nuevas amenazas para el juicio político que no son ni propaganda clásica ni el autoritarismo tradicional, sino el poder tecnológico que permite moldear la realidad misma. Un ejemplo paradigmático lo encarna Elon Musk. Él y otro como él controlan algunas plataformas para amplificar determinadas voces y silenciar otras, lo que pone en manos privadas el control del «sentido común digital». Cuando un gesto, una imagen o un hecho evidente pueden ser relativizados hasta el punto de parecer dudosos, no importa tanto la verdad del episodio como el daño infligido a nuestra capacidad colectiva para distinguir lo real de lo ficticio. Lo que está en juego no es el contenido concreto de una determinada polémica, sino la disposición ciudadana a confiar en sus propios ojos.

Y es en este punto donde emerge un debate crucial, la tensión entre la pluralidad inherente a las democracias y la categórica fragmentación de la experiencia contemporánea. Arendt defendía una «imparcialidad homérica»; no como equidistancia, sino como capacidad de adoptar múltiples perspectivas sin renunciar a juzgar. En su lectura de la Ilíada, Homero canta a Héctor y a Aquiles, pero no borra los hechos ni la tragedia. En cambio, el error de algunas instituciones actuales —el reciente caso de la BBC con relación a Trump es un ejemplo claro— consiste en confundir imparcialidad con neutralidad automática. Presentar la evidencia y la mentira como si merecieran idéntico respeto es abdicar del juicio, renunciar a ejercerlo. La democracia necesita medios que expliquen y contrasten, no que huyan del conflicto factual por miedo a las acusaciones de sesgo.

El dilema no es menor. Cuando un medio prestigioso se paraliza por el temor a parecer parcial, cuando los editores dimiten no por haber mentido, sino por no saber cómo defender su propio criterio frente al ruido, estamos inmersos en una crisis que excede la actividad periodística, pues lo que realmente está en un brete es la autoridad epistemológica. En esa tesitura no solo se discute la interpretación de los hechos, sino su propia existencia. Y ello representa la antesala del cinismo político, un fenómeno que Arendt identifica con lucidez cuando asegura que, cuando la mentira se normaliza, el ciudadano no se hace más crédulo, sino más indiferente. Y una ciudadanía indiferente es el caldo de cultivo perfecto para cualquier forma de autoritarismo.

Por otro lado, conviene matizar esta lectura del problema. No se trata únicamente de una confrontación entre el pensamiento arendtiano y las prácticas de los magnates tecnológicos, sino ante una transformación estructural de la esfera pública. La arquitectura del ecosistema digital favorece la reacción frente a la reflexión, la identidad frente al argumento, la inmediatez frente al juicio. Resulta insuficiente culpar a los individuos —sean Musk, Trump o cualquier otro influencer— si no reconocemos que lo que ha cambiado es el contexto donde el juicio se ejerce. La banalidad del mal de nuestro tiempo no es la obediencia burocrática, sino la delegación del pensamiento en algoritmos que seleccionan por nosotros lo que vemos, lo que creemos y, lo que es más inquietante, lo que consideramos real.

El artículo de Máriam M. Bascuñan acierta al insistir en el antídoto arendtiano: reconstruir la capacidad de juzgar sin pasamanos. Pero este ideal, aunque imprescindible, requiere condiciones materiales que no siempre están presentes. Para que el juicio florezca, necesitamos instituciones que sostengan la verdad factual, una educación que fomente la deliberación y plataformas tecnológicas que sancionen el engaño. Juzgar no es un acto heroico aislado, es una práctica cívica que solo puede consolidarse en espacios donde la realidad se mantiene mínimamente estable.

Arendt nos dejó un testamento político que hoy se revela más pertinente que en cualquier otro momento, la democracia no se defiende solo con leyes o votos, sino con ciudadanos que se atrevan a pensar desde múltiples perspectivas sin renunciar a los hechos. Hoy, cuando la realidad parece más disputada que nunca, su mensaje es una llamada a la valentía intelectual. Porque, si renunciamos a juzgar, otros —más poderosos o menos escrupulosos— lo harán por nosotros. 



jueves, 11 de diciembre de 2025

El peso de la luz

A los setenta y tantos años, Mateo caminaba con la torpeza de quien ha vivido algunas vidas dentro de la misma. Su bastón golpeaba la acera con un ritmo irregular, como queriendo recordar a cada paso que el cuerpo ya no respondía como antes. Un solo riñón, un diagnóstico de cáncer que llevaba meses ocupándole el pensamiento, una artrosis que le mordía los huesos, arritmias e insuficiencias coronarias que lo obligaban a pausar cada tramo de escalera, deterioro  cognitivo, visión borrosa… Y la soledad, esa sí, tan nítida como una fotografía recién revelada.

Sin embargo, aquella mañana, mientras avanzaba hacia el parque del barrio, sentía algo extraño, una especie de sutil determinación, una voluntad de seguir mirando hacia adelante pese a que todo invitaba a la renuncia.

Se sentó en su banco habitual. Frente a él, un grupo de niños jugaba a perseguirse entre árboles, senderos y pérgolas. Mateo cerró los ojos y dejó que el murmullo de risas y pasos se mezclara con la brisa. Pensó que en los últimos años se había preguntado frecuentemente qué sentido tiene seguir viviendo con una lista de problemas insoportable para cualquiera. Y él, que no siempre encontraba respuestas rápidas ni adecuadas, había ido guardando sus razones como quien colecciona pequeños guijarros de apariencia seductora.

Recordó la primera de ellas, la conciencia de que la vida —incluso cuando duele— sigue siendo vida. Ciertas noches, el cáncer se le hacía una sombra gigantesca. En otras, la artrosis no lo dejaba dormir. Pero cada mañana, cuando abría los ojos, se sorprendía de seguir aquí. Y ese simple acto —despertar— le desvelaba el detalle tan hondo y trascendente de que todavía conservaba la oportunidad de sentir, de elegir, de agradecer o de aprender. «Si todavía estoy, pensaba, es por algo. Aunque no lo entienda».

Respiró hondo y entornó los ojos mientras descubría que la segunda razón llegaba de la mano de su nieta Irene, de nueve años, que cuando lo visitaba insistía en enseñarle dibujos y canciones nuevas. Una tarde le dijo, —Abuelo, ¿sabes que me encanta que estés vivo? Una frase tan simple le atravesó el alma porque era la prueba irrefutable de que su existencia seguía teniendo sentido. Vivir, pensó, merece la pena porque siempre hay alguien que nos mira con afecto, aunque esté lejos, aunque no nos visite con frecuencia.

Pocos instantes después, Mateo abrió los ojos. Una paloma torpe se posó junto a sus pies. Sonrió plácidamente mientras contrastaba que había aprendido también a disfrutar de esas pequeñas presencias, de esas migajas de belleza que antes le pasaban inadvertidas. Esa era precisamente una de sus razones, las pequeñas cosas que toman apariencia gigantesca cuando el tiempo se encoge: un rayo de sol invernal, el olor de un café recién hecho, el sonido de un mensaje inesperado, el saludo amable del panadero… Todo esto cobraba ahora una entidad que antes no sabía apreciar.

Algunos años después de jubilarse, la soledad le cayó encima como un techo repentinamente desplomado. Durante años creyó que vivir solo era un sinónimo de subsistir tristemente. Pero poco a poco descubrió que podía encontrarse placer en la quietud, en dejar reposar los pensamientos, en conversar consigo mismo, sin prisas ni interrupciones. Entendió que la soledad no siempre es ausencia porque a veces constituye un espacio desde el que reconstruirse. Y dedujo, finalmente, que seguir viviendo significa continuar con la posibilidad de transformarse. Incluso a los setenta y muchos e incluso con cualesquiera diagnósticos.

Una ráfaga de viento le movió el abrigo y sintió un pinchazo en la rodilla. Atacaba la artrosis, su infatigable compañera. «Estoy viejo», pensó sin dramatismos, porque la vejez, se dijo a sí mismo, no era un enemigo, sino la prueba concluyente de haber resistido. Vivir tanto tiempo, incluso con sobresaltos crecientes, era una victoria irrefutable.

Además, había encontrado otra verdad: la utilidad no desaparece con la edad. En cierta ocasión, una joven vecina se sentó a su lado llorando tras un mal día. Mateo no pudo ofrecerle soluciones ni consejos brillantes, pero sí palabras sosegadas, honestas, destiladas en el transcurrir de años que le permitieron haber visto casi todo. Cuando la joven se tranquilizó y se marchó, comprendió que su experiencia podía servir de faro para otros. Y fue así como decidió que, mientras pudiera escuchar, sostener una conversación u ofrecer un retazo de serenidad, seguiría forjando propósitos.

Levantó la vista descubriendo un cielo inmaculado que le hizo decirse a sí mismo: «Sigo aquí porque todavía queda belleza que no he admirado». Su médico le había dicho que el cáncer avanzaba despacio. Quizá meses, quizá más. Él se aferraba a la idea de que cada día era una oportunidad para descubrir algo, fuese una historia en un libro, un nuevo sabor o una melodía desconocida. Y volvió a sospechar que la curiosidad era una forma de resistencia.

Finalmente, reapareció el miedo: a la muerte, al dolor, a la futura dependencia. Pero recordó que había aprendido que vivir no es conseguir la ausencia del miedo, sino la voluntad de caminar pese a él. Y esa voluntad, afortunadamente, la tenía consolidada.

Un rato después, Mateo se incorporó apoyándose en el bastón. Observó a los niños que todavía jugaban; en ellos la vida palpitaba sin pedir permiso. Y descubrió que quizá esa era la razón más profunda del existir, seguir vivo para ser testigo del mundo, acompañarlo un poco más, dejarse conmover por él.

Mientras emprendía el camino de regreso, sintió que su cuerpo le dolía, pero también que su espíritu seguía emocionándose. Pensó que, aunque a veces parezca que todo se cae a pedazos, siempre queda algo que puede brillar dentro de uno. Siempre. Y mientras eso suceda, la vida seguirá mereciendo la pena.


 

sábado, 6 de diciembre de 2025

Optimismo para tiempos sombríos

En estos tiempos en los que un imponente lodazal se ha apoderado de la vida pública, tanto en nuestro país como más allá de sus fronteras, inesperadamente, sorprenden algunos acontecimientos que baldean higiénicamente los légamos y animan la confianza en recuperar algo del paisaje precedente. Días atrás, Lluís Uría, periodista y subdirector de La Vanguardia, publicaba el artículo, titulado El irresistible encanto del optimismo, en el que abordaba algunas facetas de este fenómeno sobre las que reflexiono en los siguientes párrafos.

En una época dominada por la fatiga emocional colectiva y por la sensación de caminar constantemente al borde del abismo, defender discursos políticos basados en la esperanza es casi un acto de rebeldía. El tono dominante en el debate público —que nutre la lógica de las redes sociales y que premia el conflicto frente a la serenidad— ha derivado en una gresca ponzoñosa caracterizada por un desasosiego sistemático. La sospecha permanente, la indignación por cualquier cosa y la escalada retórica se han erigido en los lenguajes que, por defecto, articulan la vida pública. De ahí que los recientes triunfos de Rob Jetten en los Países Bajos y Zohran Mamdani en Nueva York no emerjan exclusivamente como victorias electorales. Representan, adicionalmente, un síntoma —incipiente, pero significativo— de que es posible dar un vuelco a esa insoportable cotidianidad. En mi opinión, ambos acontecimientos espolean una pulsión que parecía extinguida, la persuasión de que el optimismo es una herramienta que moviliza a la ciudadanía.

Contrariamente a lo que pudiera suponerse, lo que ofrecen ambos líderes no son proyectos anclados en optimismos ingenuos, o trampantojos que oculten un entusiasmo vacuo que aspire a resolver la complejidad mediante consignas. El optimismo que encarnan esos jóvenes políticos es una apuesta consciente, casi ideológica, que anhela reequilibrar un debate que durante demasiado tiempo viene siendo rehén del catastrofismo. De alguna manera, sugieren una revitalización de las reflexiones de Antonio Gramsci, que hace un siglo resolvió exitosamente el aparente dilema entre el «optimismo de la voluntad» y el «pesimismo de la inteligencia». Como recordaremos, la propuesta de Gramsci equivale a mantener la cabeza fría para reconocer las dificultades y actuar, consecuentemente, con la energía de quien está convencido de que pueden superarse. En mi opinión, el binomio gramsciano ejemplifica certeramente la esencia de las ideas que formulan los jóvenes líderes mencionados.

Evidentemente, ambos parten de contextos y trayectorias muy distintos. Jetten, liberal progresista, abiertamente gay y con experiencia gubernamental en los Países Bajos, ha construido su carrera desde la institucionalidad. En cambio, Mamdani representa la vertiente activista del Partido Demócrata estadounidense: socialista, procedente de una familia india asentada en Uganda y con una historia marcada por el compromiso social desde la base. Sin embargo, sus éxitos comparten un denominador común: han logrado conectar con un electorado —fundamentalmente joven— cansado de escuchar lo mal que está todo y ansioso por oír qué se puede hacer para mejorar las cosas.

Ese es, exactamente, el punto clave. La juventud de los países desarrollados experimenta una ansiedad estructural que no se reduce a lo estrictamente económico, aunque encuentra ahí su principal motor. El acceso a la vivienda, convertido en un problema transversal que afecta tanto a las clases medias como a los sectores más vulnerables, es uno de los grandes generadores de frustración. Frente a los discursos tradicionales que se limitan a diagnosticar el problema, Jetten y Mamdani han optado por ofrecer propuestas ambiciosas, con una fuerte carga simbólica. El neerlandés, con su plan para construir diez nuevas ciudades; el neoyorquino, con la congelación de los alquileres protegidos y la creación de miles de apartamentos en Queens. Más que los detalles técnicos de cada proposición, lo que importa es la señal política que lanzan: el abordaje directo de un malestar real.

Otros elementos, más cautivadores que sus programas, son los marcos narrativos que han activado. En tiempos en que gran parte de la política se ha convertido en mera gestión del miedo —miedo al otro, al futuro, al declive, a la pérdida de identidad—, ambos líderes han apostado por un «imaginario de la posibilidad». Jetten lo sintetizó en su lema Het kan wél («Es posible»), una adaptación neerlandesa del Yes, we can con el que Obama definió una época. Mamdani presentó su victoria como el inicio de una «nueva era». Una propuesta que puede parecer retórica, aunque no debe olvidarse que en política la retórica es importante, especialmente cuando se compite contra discursos que han monopolizado el espacio emocional del electorado, prometiendo seguridad a cambio de renunciar a la complejidad.

Por otro lado, conviene recordar que no es la primera vez que la esperanza se utiliza como antídoto contra el avance de los extremismos. En los años treinta del pasado siglo, en pleno ascenso del fascismo, la socialdemocracia sueca articuló el proyecto Folkhemmet  («hogar del pueblo»), basado en la solidaridad y la inclusión, para reorientar el rumbo político del país. Su mensaje era tan ideológico como emocional y sirvió de inspiración para el desarrollo del modelo nórdico de bienestar social. Se concibió como una «vía intermedia» entre el capitalismo y el socialismo, aspirando a que toda la sociedad funcionase como una gran familia, en la que todos contribuyen y se cuidan mutuamente. La propuesta posibilitaba construir una comunidad justa sin necesidad de enemigos internos. Tal vez, semejante precedente debería hacernos reflexionar sobre el papel que juegan las emociones en las democracias. No debiera olvidarse que la política no se decide solo desde la razón, sino que también está condicionada por el sentido de pertenencia, las expectativas de futuro y la percepción de que uno puede influir en su propio destino.

Jetten y Mamdani han entendido esta dimensión emocional del voto, y lo han hecho sin renunciar a matizar sus propias posiciones. Ambos han suavizado algunos de sus planteamientos originales para ampliar su base de apoyo. El primero, adoptando posturas más estrictas —aunque humanistas— en inmigración; y el segundo, moderando parte de su perfil más izquierdista. Tal flexibilidad no debe interpretarse como oportunismo, sino como la respuesta a la constatación de que la política institucional exige compaginar la voluntad transformadora con la gobernabilidad.

Así pues, podríamos preguntarnos si estas victorias representan el inicio de una tendencia. En mi opinión, entiendo que resultaría precipitado considerarlo así. El pesimismo dominante tiene raíces profundas y los actores que lo alimentan —desde los algoritmos hasta los populismos extremos— conservan una capacidad de influencia considerable. Pero los triunfos de Jetten y Mamdani introducen una variable que no debe desdeñarse: quienes apuestan por la construcción frente a la destrucción, por la esperanza frente al resentimiento y por la transformación frente a la resignación conforman una alternativa extraordinariamente atractiva. El optimismo, cuando es lúcido y resuelto, no es un lujo, sino una exitosa estrategia política. Y, en tiempos como los actuales, quizá también una necesidad democrática.




sábado, 29 de noviembre de 2025

Futuro inequívocamente verde

Europa se enfrenta a la enésima encrucijada. Lo que está en juego no es una nueva ley o una meta climática adicional, sino la propia capacidad del continente para sostener un modelo de progreso civilizado en un mundo que se calienta y se radicaliza. La advertencia de Teresa Ribera, vicepresidenta ejecutiva de la Comisión Europea para una Transición Limpia, Justa y Competitiva, no puede resonar más oportunamente: «Sin una economía verde no hay futuro». No lo hay para el planeta, pero tampoco para la democracia, la prosperidad ni la estabilidad que Europa dice representar.

Ribera lanzó este mensaje en el foro World In Progress, celebrado el pasado mes de octubre en Barcelona, en un momento en que, como sabemos, el negacionismo y la desregulación vuelven a ganar terreno. Su voz se alza en defensa de una Unión Europea que debería ser —como ella misma afirmó— el «faro de luz, esperanza y coherencia» del mundo. Pero la pregunta consiguiente resulta un tanto embarazosa: ¿lo está siendo realmente?

Bien mirado, el discurso contra la agenda verde ya no proviene solamente de los márgenes políticos. Se ha instalado en el corazón de las instituciones europeas. La extrema derecha lo promueve con descaro, negando incluso las evidencias científicas del cambio climático. Pero lo auténticamente preocupante es contrastar cómo parte del conservadurismo tradicional se deja arrastrar por su narrativa. La reciente oposición del Partido Popular Europeo a la Ley de Restauración de la Naturaleza, el aplazamiento de la normativa contra la deforestación o la rebaja de las metas de biodiversidad son síntomas de un mal más profundo, el miedo político a los titulares fáciles, a la presión de los lobbies y a un electorado que se siente castigado por las transformaciones ecológicas.

Se apela a la «competitividad» y al «realismo» para justificar el frenazo verde. Pero en realidad lo que se defiende es un modelo agotado, representado por un sistema económico que ha vivido de espaldas a los límites del planeta y que, al agotarse, amenaza con llevarse por delante el empleo y el bienestar. Se pretende reducir drásticamente los estándares ambientales, fragilizando el espacio de convivencia.  Y si Europa cede ante el chantaje del cortoplacismo, no solo perderá liderazgo climático, también dilapidará su alma política.

Uno de los mantras favoritos de los negacionistas verdes es el de la «desregulación». Un término que se presenta como sinónimo de libertad, de alivio burocrático o de impulso económico. Pero detrás de esa palabra amable se esconde la vieja receta del beneficio rápido a costa del interés colectivo. Desregular no significa modernizar, sino dejar el terreno libre a los más poderosos.

Precisamente, no conviene olvidar que Europa ha prosperado gracias a las reglas: las que protegen la competencia frente a los monopolios, las que impiden el trabajo precario o las que fijan límites a la contaminación. Romper ese pacto normativo sería traicionar el proyecto europeo. Por eso, cuando la Comisión Europea impone una multa de casi 3.000 millones a Google por abuso de mercado, no está siendo «hostil a la innovación», sino que está defendiendo la posibilidad de que las startups europeas crezcan en un ecosistema justo. Y lo mismo debería aplicarse al terreno ambiental: regular no es obstaculizar el crecimiento, sino garantizar que el progreso no sea sinónimo de destrucción.

La transición ecológica no es un lujo ideológico. Es una necesidad económica y social. Y Europa lo sabe, aunque no siempre actúe en consecuencia. La dependencia de los combustibles fósiles, la vulnerabilidad de las cadenas de suministro y el impacto del cambio climático en sectores como la agricultura o el turismo amenazan el corazón mismo del modelo europeo.

Ahora bien, la transición debe ser justa. No basta con instalar aerogeneradores y paneles solares si las comunidades locales perciben que se les castiga con pagar el precio del cambio. En tal caso, el malestar social se convertirá en el mejor aliado del populismo antiverde. Precisamente, es ahí donde reside uno de los mayores desafíos para Bruselas, acompañar la agenda climática con políticas de redistribución, inversión y formación. El reto no es solo técnico, sino también político. Si la transición se percibe como un castigo, el negacionismo seguirá creciendo. Si se percibe como una oportunidad, los europeos recuperaremos la esperanza.

La oleada anticiencia que recorre el mundo no es una moda pasajera. Se alimenta del miedo, de la desinformación y de la crisis de confianza en las instituciones. En ese contexto, defender la evidencia científica se ha convertido en un acto de resistencia democrática. El cambio climático no es una opinión, es una realidad medible. Pero una parte de la política europea ha preferido mirar hacia otro lado, adaptando su discurso a la supuesta «fatiga climática» de los votantes. Y ello me parece un enorme error estratégico y moral.

La agenda verde es la única vía para reducir desigualdades y garantizar un futuro habitable. Los costes del cambio climático —sequías, incendios, migraciones, inseguridad alimentaria— los pagarán primero los más vulnerables. El negacionismo, lejos de protegerlos, los condena.

Con la vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca y el auge de regímenes autoritarios, Europa se enfrenta a un entorno geopolítico hostil. En este contexto, defender la agenda verde no es solo una cuestión ambiental, sino estratégica. La independencia energética, la seguridad alimentaria y la innovación tecnológica son los nuevos campos del poder global. Quien lidere la transición ecológica dominará la economía del siglo XXI. Y si Europa renuncia a esa carrera, se convertirá en una potencia de segunda categoría.

Por eso, cuando Teresa Ribera habla de «unidad, coherencia y firmeza», no apela al idealismo, sino a la pura supervivencia. Europa no puede competir rebajando sus estándares. Debe hacerlo elevando su ambición. El Pacto Verde no es perfecto, tiene lagunas, contradicciones y, en ocasiones, va acompañado de una burocracia paralizante. Pero sigue siendo el proyecto más audaz que Europa ha impulsado desde su fundación. Renunciar a él sería ceder a la resignación.

El negacionismo enuncia certezas simples para afrontar un problema extraordinariamente complejo. La desregulación promete libertad, pero entrega poder a los de siempre. La agenda verde, en cambio, demanda coraje político, paciencia y visión de futuro. La sentencia de Ribera, «Sin economía verde no hay futuro», no es una frase retórica, es una realidad palmaria. Sin una transición ecológica justa y firme, Europa no solo perderá su liderazgo climático, sino también su razón de ser. Si deja de ser ese «faro de luz, esperanza y coherencia» del que habla Ribera, ¿qué quedará del proyecto europeo?



sábado, 22 de noviembre de 2025

El regreso de lo sagrado

Algo se mueve bajo la superficie cultural de nuestro tiempo. Tras décadas de secularización acelerada, con la religión confinada en los márgenes de la vida pública, el catolicismo —con su imaginería, sus ritos y su lenguaje espiritual— reaparece en la conversación social. Lo hace de forma inesperada y, especialmente, entre los más jóvenes: en los conciertos, en las redes, en la moda, en la estética visual del arte contemporáneo. Este retorno no es un simple capricho estilístico, o una actitud nostálgica vacía de contenido. Más bien, parece que estamos ante un fenómeno más trascendente, que aparenta ser una reacción espiritual y cultural frente a la intemperie moral del presente.

Desde mediados del siglo XX, Occidente ha vivido con el convencimiento de que el progreso acabaría desvaneciendo la religión. Las teorías de la secularización profetizaban que la modernidad traería consigo la emancipación definitiva de los mitos, los dogmas y la trascendencia. Sin embargo, el siglo XXI se muestra cada vez más escéptico con esa perspectiva. El avance tecnológico y la globalización no solo no han aportado bienestar interior, sino que han generado fatiga, soledad y desarraigo.

En este contexto, no sorprende que el catolicismo —con su densidad simbólica, su memoria ritual y su promesa de comunidad— reaparezca como respuesta al vacío existencial. Los jóvenes, lejos de prorrogar los esquemas anticlericales del siglo pasado, parecen buscar en la fe un horizonte de pertenencia y trascendencia, nítidamente alejado de la mera práctica de la obediencia doctrinal. Dicho con otras palabras, no se trata tanto de volver a creer como de volver a necesitar creer.

En los primeros compases, el retorno de lo católico se ha manifestado especialmente en el terreno estético. Videoclips rodados en catedrales, velos blancos en sesiones fotográficas, cánticos litúrgicos reinterpretados en festivales o películas que exploran la vocación religiosa sin miradas irónicas. Aparentemente, la religión ha evolucionado y se ha transformado en «cool». Esta tendencia es algo más que una moda porque, como sabemos, la estética es siempre un síntoma cultural. Cuando lo sagrado vuelve a las iconografías, es porque algo en el imaginario colectivo lo está reclamando. En el caso que nos ocupa, la belleza religiosa no solo seduce, sino que ordena el caos y promete una estrategia de reconciliación.

Este significativo fenómeno está desarrollándose en el seno de una sociedad en la que el «yo» se multiplica y dispersa en las pantallas de los móviles. A esta torrencial propensión, la iconografía católica opone una simbología unificadora, una estética del límite y del misterio. De modo que es posible que esta renovada «moda católica» funcione como una pedagogía involuntaria del silencio y la contemplación, dos experiencias curiosamente exiguas en la era de la distracción infinita.

El auge de comunidades juveniles vinculadas al catolicismo —desde grupos musicales hasta movimientos universitarios, como Hakuna o Effetá— muestra que el retorno a lo religioso no es únicamente una pulsión intimista, sino un fenómeno social. La fe reaparece como forma de comunidad en tiempos de soledad. El filósofo surcoreano y teólogo católico Byung-Chul Han lo ha expresado con claridad: el capitalismo digital ha destruido la experiencia del nosotros. Frente a esa disolución, la liturgia ofrece un espacio donde el cuerpo y la palabra vuelven a sincronizarse con los otros.

El nuevo catolicismo juvenil no parece buscar tanto la moral como el vínculo. No se trata de una simple reacción conservadora, sino de dar respuesta a una necesidad antropológica: reconstruir lo común en un mundo atomizado. Como nos recordaba Charles Taylor, incluso quienes se declaran no creyentes viven dentro de «estructuras de sentido» que la religión contribuyó a forjar. La fe reaparece, por tanto, no como un residuo del pasado, sino como una suerte de reserva simbólica que la modernidad laica necesita para sobrevivir.

Los datos sociológicos confirman lo anterior. En España y en otros países europeos crece el número de jóvenes que se declaran católicos. Francia, paradigma del laicismo republicano, registra un auge inédito de bautizos en personas adultas. En el Reino Unido, el catolicismo le gana terreno al anglicanismo. No obstante, lo paradójico es que este crecimiento se produce en el seno de sociedades donde la práctica religiosa sigue siendo minoritaria. La gente no acude necesariamente a misa, pero recupera el lenguaje del alma. Como escribió Simone Weil, no se trata de tener fe, sino de ser capaz de esperar. Quizá el nuevo catolicismo no sea una ortodoxia, sino una forma de espera colectiva. Porque, más que en la afirmación dogmática de una creencia, la verdadera espiritualidad reside en una actitud de humilde y paciente apertura a la realidad.

Este retorno no está exento de ambigüedad. En algunos casos, llega a mezclarse con discursos identitarios o con la tentación de conformar una espiritualidad de escaparate. Pero incluso esas formas imperfectas apuntan, también, a que existe una inquietud auténtica. La historia de las religiones enseña que los grandes renacimientos espirituales siempre comienzan en las periferias, entre quienes buscan sentido sin saber aún en qué términos lo hacen. Así pues, lo relevante no es la «pureza» del nuevo catolicismo, sino la constatación de que existe un deseo de lo absoluto en una generación que creció sin él.

En el plano filosófico, este fenómeno supone una especie de enmienda a la modernidad. Durante siglos, la razón se definió por oposición a la fe. Pero el pensamiento contemporáneo vuelve a explorar la dimensión teológica de la existencia. No se trata del regreso a la teocracia, sino de reconocer que, tal vez, la racionalidad humana necesita confrontarse con el misterio para no vaciarse de contenido.

El catolicismo, entendido más allá de sus dogmas, ofrece una antropología del límite; insiste en que el ser humano no se basta a sí mismo. Esa conciencia del límite es, paradójicamente, una forma de libertad. En un mundo obsesionado con la autoafirmación, el gesto de arrodillarse —literal o metafóricamente— se convierte en un acto subversivo. Tal vez por eso muchos jóvenes hallan en la liturgia un espacio de resistencia frente a la hiperproductividad y la cultura del rendimiento.

El «giro católico» no se reduce a la nostalgia ni a la reacción. Se trata más bien de un movimiento profundo, de una búsqueda de densidad moral y espiritual entre la superficie líquida del presente. Su futuro aún es incierto: podría derivar en una renovación de la fe o en un simple reciclaje estético. Pero su existencia revela algo indiscutible: la modernidad no ha logrado suprimir la necesidad de lo sagrado. En la intemperie de la historia, la humanidad vuelve a buscar cobijo en el misterio. La fe vuelve no como imposición, sino como síntoma de una esperanza. Tal vez, como defienden algunos, el futuro necesite de Dios tanto como el pasado.



miércoles, 19 de noviembre de 2025

Crónicas de la amistad: Benilloba (59)

Los cuatro meses transcurridos desde nuestro último encuentro han sido espacio suficiente para enhebrar algunas reflexiones sobre la amistad. Tal vez el prolongado y tórrido verano ha estimulado la fecundidad de mentes calenturientas, como la mía, y ahora, extinguidos los rigores caniculares y llegados los aconteceres otoñales, quizá es el momento oportuno para compartir algunas cavilaciones.

Como he dicho otras veces, la amistad se ha instituido como un importante objeto de estudio en la reflexión contemporánea. Hoy, es asunto muy relevante, merecedor de reflexiones pausadas que exceden con mucho los contornos de estas crónicas. Pese a todo, expondré algunas ideas que considero interesantes.

En primer lugar, en mi opinión, hay algo en la amistad que desafía al tiempo, una especie de fidelidad secreta que late bajo la piel de los años. Cuando se abordan temáticas como la vejez y la amistad, no solo se examinan los vínculos superficiales, sino que emergen la memoria, la resistencia y el amor, términos a los que se alude con vocablos dispares. De modo que la amistad en la vejez no es mero postureo coreográfico o contingencia adepta al esparcimiento, sino más bien hogar, raíz y pasión, que desvanecen la penumbra de la soledad.

En otras ocasiones, he recordado que Aristóteles describe la amistad perfecta como el reconocimiento de la virtud en el otro. No la concibe como simple compañía, sino como espejo moral, como relación que ennoblece el alma. También he dicho que Cicerón considera que nada puede compararse con el consuelo de tener un amigo verdadero cuando la fortuna se torna adversidad. Concuerdo con esas miradas de los clásicos, que no contemplan la vejez como desdicha, sino como campo fértil donde arraigan los lazos profundos y dan sus mejores frutos. Cuando las pasiones se aquietan, lo que permanece por encima de las efímeras fogosidades es el amor desinteresado del amigo.

En segundo lugar, recordaréis que en los pueblos donde transcurrieron nuestras infancias, la amistad era parte inherente al paisaje de la vejez. Los mayores, sentados en los bancos de las plazas, resguardados en los recovecos de las calles o difuminados en la penumbra fresca de cualquier taberna, no precisaban de jugosos discursos para sentirse acompañados. Se limitaban a compartir chascarrillos y recuerdos que no eran propiedad de nadie, sino patrimonio de todos. Era una manera de coexistir juntos, de ensanchar la memoria común. En cierto modo, era una especie de estima comunitaria, tejida en la red del lugar a través de la participación en las actividades de la vida cotidiana, en las festividades o en el ordenado decurso de las tareas productivas.

Hoy, la amistad tiene otro rostro cuando atañe a la vejez. La sociedad contemporánea ha dispersado los «clanes» y ha fracturado la bulliciosa quietud de los pueblos. Somos legión los mayores que residimos lejos de nuestras raíces y distanciados de quienes compartieron sus infancias y adolescencias con las nuestras. Pese a todo, la amistad no ha desaparecido, simplemente ha cambiado de escenarios. Ahora se busca y se sustenta a través de llamadas, videoconferencias o grupos de WhatsApp, que hacen circular las nuevas ocurrencias, emulando y no siempre consiguiendo hacerlo con la frescura con que las antiguas se difundían en los bares o en las tiendas de los pueblos.

Por otro lado, la sociología describe un hecho revelador. En este tiempo en que la familia tiende a fragmentarse y a dispersarse, la amistad pasa a ocupar un lugar más central en la vida de los mayores. Para muchos, los amigos son ahora los auténticos compañeros de viaje. Con ellos se planean tertulias, excursiones, actividades formativas, viajes organizados... Podría decirse que, en la vejez actual, la amistad es tanto recuerdo como aventura.

En tercer lugar, entiendo que la amistad continúa siendo un refugio contra la intemperie. Por encima de los innegables cambios que ha sufrido, hay algo que permanece en ella. Antes como ahora, tener a alguien con quien reír, con quien evocar, con quien caminar –aunque sea despacio–, convierte los días en algo más que un mero conteo de horas. La diferencia hay que buscarla en la forma de exteriorizarlo. En el pasado, especialmente entre los hombres, la amistad se expresaba habitualmente a través de silencios, mientras se compartía un vino o se consumían algunos cigarrillos. Hoy, en cambio, los mayores nos abrazamos más, nos decimos «te quiero» y organizamos rituales para encontrarnos, como hacemos nosotros. En otras palabras, la ternura ha dejado de considerarse vergüenza para instituirse como lenguaje ortodoxo.

Íntimamente, la amistad en la vejez se vive como una especie de tabla de salvación, como un escudo contra la sombra del olvido. Cuando un viejo ríe con un amigo, no solo revive unos determinados recuerdos, evoca la persona que fue. Vuelve a sentir una fugaz lozanía palpitando entre su corpórea debilidad. El amigo se convierte entonces en una especie de guardián de la identidad: alguien que confirma que se vive y que se deja huella. Y esa ratificación es medicina contra el miedo a desvanecerse.

Por último, diría que la amistad es –muy especialmente en la vejez– un acto de resistencia poética. Supone afrontar el desgaste, combatir el aislamiento y no sucumbir a la tentación de rendirse. Es como una párvula chimenea en un amplio y oscuro salón: no logra alumbrar con suficiencia, pero alcanza para calentar las manos y, muy especialmente, el corazón.

Hoy, siguiendo nuestro peculiar recorrido amistoso, volvíamos a Benilloba, el pueblo de Alfonso. Era algo más del mediodía cuando, según las orientaciones remitidas por el anfitrión, todos nos hallábamos en las proximidades de la tradicional y reputada Venta Nadal.

En esta nueva visita a Benilloba, hemos vuelto a soslayar la casi olvidada vertiente cultural de nuestros encuentros, que pierde fuelle casi definitivamente. En consecuencia, hemos renunciado a disfrutar de interesantes recorridos por algunos de los espacios, edificios y lugares de este municipio de El Comtat, situado en la margen derecha del río Frainos —conocido popularmente como de Penáguila— entre las sierras de la Serreta y la Serrella y atravesado por la carretera que une Alcoy con Callosa d’en Sarriá, inaugurada en 1912. 

Entre sus múltiples rincones destaca uno que bien merece una visita sosegada: el Molí del Salt (siglo XVIII), sito en la partida del mismo nombre, en un paraje de libre acceso al que se llega pasando por la Font de la Teuleria, lo que queda del acueducto del mismo nombre y por un antiguo puente. Sin duda, El Molí es el más singular y espectacular de toda la comarca. Se encuentra en un emplazamiento de paredes calcáreas verticales que encauzan el caudal del río. Antes de alcanzarlo, un imponente desfiladero genera un salto de casi veinte metros de altura.

Actualmente, se encuentra en un avanzado estado de ruina, pues se han hundido todas las cubiertas y únicamente permanece en pie la fábrica del edificio. Se conservan puertas y sillares en las esquinas, algunos de ellos de cierta magnitud. Esta singular construcción la erigieron los condes de Revillagigedo durante la década de 1760-1770, arrendándola a varios molineros antes de venderla, en 1865, a Don Benjamín Barrié Dosonié, cónsul de su Majestad Británica en el Reino de Valencia. En 1899, Luís Orta Montpartler, vecino del lugar, compró el Molí en nombre de la Sociedad Eléctrica de Benilloba, cuyos estatutos establecían que su finalidad era «facilitar al público fuerza y luz eléctrica y en general cuantas aplicaciones tenga la electricidad». Unos años más tarde, en 1902, fue inaugurada y bendecida la conocida como Fàbrica de la Llum, que permitió la electrificación de Benilloba.

Como digo, nos hemos perdido esta visita y también la del castillo de Penella (s. XIII), muy próximo a nuestro destino final: la Venta Nadal. Como he referido en otras ocasiones, se trata de un establecimiento que subsiste durante décadas junto al arcén de la carretera CV-70, Alcoi-Benidorm, ofreciendo una muestra gastronómica muy solvente que incluye los platos comunes en la comarca. Muchos de ellos fueron depositados pausadamente sobre la mesa que nos habían preparado, conformando una muestra gastronómica excepcional en la que no faltaron la dacsa, magre i fetge, embutidos oreados, pericana, bolets de xop, callos, alcachofas asadas, huevos fritos con patatas y verduras, y chuletas de cordero y embutido a la brasa. Todo ello bien rematado con un estupendo surtido de repostería y convenientemente regado con abundante cerveza y sendas botellas de blanco de Rueda y tinto de la Ribera. Los cafés han puesto punto final a un ágape tan previsible como excelente.

Para disfrutar la sobremesa, inmediatamente nos hemos desplazado a la casa de nuestros anfitriones, Paqui y Alfonso, próxima a la Venta. Una vez más, nuestros amigos han exhibido su proverbial capacidad de acogida, agasajándonos con un surtido de postres suculentos y las consiguientes copas, que hemos degustado mientras intercambiábamos comentarios y cruzábamos emotivas y distendidas conversaciones.  Hoy el encuentro ha concluido con un párvulo remate musical, pues Antonio Antón estaba aquejado de una dolencia bucal que le impedía cantar con la maestría que le caracteriza. Tras la espléndida sobremesa, cuando estaba cayendo la tarde, nos hemos dispuesto a regresar a nuestros domicilios deshaciendo el itinerario matutino en tanto que paladeábamos con comentarios y chascarrillos las gratísimas vicisitudes que nos ha procurado tan magnífica jornada.

Y es que la amistad en la vejez es a la vez raíz y ala: sostiene y proyecta. Es la memoria compartida que se transforma en calor y en fuerza. En este mundo casi enloquecido, donde las relaciones son primordialmente fugaces, la permanencia de los amigos –los que están y los que se han marchado– es verdad de belleza honda y extraordinaria. Quizá por eso, cuando nos asedia la nostalgia, rechazamos abrazar la soledad y evocamos nuestros encuentros, esos espléndidos ágapes que compartimos alrededor de mesas amplias y generosas, alzando las copas, coreando canciones y paladeando complicidades tan intactas como imprescindibles. En fin, amigos, os diría que ahora, en la vejez, la amistad se asemeja a un último poema que la vida nos permite escribir o pronunciar con otros. Y, como todo buen poema, se elabora con tres ingredientes imprescindibles: memoria, afán y afecto.

Salud, amigos. La próxima será en Elx, a mediados de enero del próximo año. 



sábado, 15 de noviembre de 2025

Poner precio a la vida: ¿racionalidad económica o dilema moral?

El economista neerlandés Hans Bleichrodt, profesor de la Universidad de Alicante, defiende una idea que, formulada sin matices, resulta provocadora: hay que poner precio a la vida humana. No lo dice con frivolidad, sino desde la fría lógica de la economía de la salud, un campo científico que intenta medir la eficacia del gasto sanitario y determinar dónde genera más bienestar cada euro público invertido. Su tesis es sencilla en apariencia, pero compleja en sus implicaciones: si los recursos son limitados, no todas las vidas ni todos los tratamientos pueden financiarse por igual. Y si no se define un valor, las decisiones se toman por igual, pero de manera implícita, arbitraria o política.

En un contexto en el que el gasto sanitario en España supera ya el 10 % del PIB —cuatro veces más que en los años setenta— y sigue creciendo por causa del envejecimiento poblacional y los avances médicos, Bleichrodt plantea una pregunta incómoda: ¿cuánto cuesta ganar un año de vida con buena salud? Su propuesta parte de un principio básico: asignar un presupuesto fijo y destinarlo a los tratamientos que generen más años de vida ajustados por calidad (QALYs) por cada euro invertido.

El concepto QALY es la piedra angular de la economía de la salud moderna. Mide simultáneamente la cantidad y la calidad de vida ganada con una intervención médica. Un año vivido con plena salud equivale a 1 QALY; un año con una enfermedad crónica que reduce la calidad de vida a la mitad vale 0,5. De modo que, si un tratamiento cuesta 50 000 euros y produce un QALY adicional, el coste por QALY sería de 50 000 €.

La lógica económica es diáfana: deben compararse los tratamientos y priorizar aquellos con mejor relación coste-beneficio. En el Reino Unido, el NICE (National Institute for Health and Care Excellence) utiliza desde hace décadas un umbral orientativo que oscila entre 20000 y 30000 libras por QALY. Los tratamientos por encima de ese coste no los financia la sanidad pública. En España, algunos prestigiosos investigadores —como José Luis Pinto, de la Universidad de Navarra— han estimado un valor equivalente de alrededor de 60000 € por QALY, aunque se trata de una apreciación sin carácter oficial.

Bleichrodt no propone una cifra concreta, sino una metodología transparente. Sostiene que fijar un valor explícito no deshumaniza, sino que humaniza la gestión pública al permitir debatir abiertamente qué estamos dispuestos a pagar y por qué. De hecho, suele apostillar que «no decidir es decidir igualmente».

No cabe duda de que el argumento económico tiene una enorme potencia. En un sistema sanitario con recursos finitos, cada euro gastado en un tratamiento muy costoso y poco eficaz es un recurso que no se destina a prevenir enfermedades, contratar personal o financiar terapias más efectivas. La ineficiencia mata en silencio; no porque alguien decida quién vive o muere, sino porque no se miden las consecuencias de gastar sin criterio.

Los defensores del enfoque coste-efectividad sostienen que maximiza el bienestar agregado, pues permite salvar más vidas o mejorar más años de salud con el mismo presupuesto. Además, introduce un componente de equidad horizontal, puesto que todos los pacientes son evaluados con idénticos criterios. Y, frente a las decisiones políticas o mediáticas, estos son técnicos y verificables.

Sin embargo, el propio Bleichrodt —catedrático también en la Erasmus University de Róterdam y uno de los economistas más citados en su campo— ha argumentado que esta racionalidad tiene límites teóricos importantes. En sus investigaciones sobre la relación entre el análisis de coste-efectividad (ACE) y el análisis de coste-beneficio (ACB), ha demostrado que ambos solo son equivalentes bajo condiciones muy restrictivas, tales como que las personas valoren de forma constante el consumo, que su preferencia por el presente coincida con las tasas de interés del mercado y que el bienestar pueda dividirse en unidades aditivas. En la realidad, nada de eso se cumple.

En sentido económico, las personas no somos racionales. Valoramos la salud, el tiempo o el riesgo de manera asimétrica, y estamos dispuestos a pagar mucho más por evitar una pérdida que por conseguir una mejora equivalente. Por eso, el propio Bleichrodt impulsa ahora, desde la Universidad de Alicante, un proyecto Prometeo que incorpora la economía del comportamiento, que representa un intento de ajustar esos modelos a la psicología real de las decisiones humanas.

El mayor desafío de «poner precio a la vida» no es técnico, sino moral. Si un tratamiento supera el umbral de coste por QALY, ¿significa que un paciente no merece recibirlo? ¿Debería el sistema negar una terapia a un niño con una enfermedad rara porque su eficacia estadística es baja? La lógica del QALY favorece, por diseño, a quienes tienen mayor esperanza de vida y menor carga de enfermedad. Un tratamiento que prolonga tres años la vida de un paciente joven produce más QALYs que uno que añade seis meses a la de un anciano. Desde un punto de vista utilitarista, la decisión es racional; desde una perspectiva ética, es profundamente perturbadora.

Los críticos denuncian que este enfoque puede discriminar a los mayores, a los discapacitados o a quienes sufren enfermedades raras, cuyas mejoras en calidad de vida son difíciles de medir y cuyos tratamientos suelen ser más caros. Además, los QALYs no incorporan valores sociales como la solidaridad, la equidad o la prioridad con los más vulnerables.

Algunos bioeticistas, como Norman Daniels o Amartya Sen, han propuesto alternativas que combinan eficiencia con justicia distributiva. En lugar de maximizar el número total de QALYs, abogan por modelos de priorización justa, donde ciertos grupos reciban más peso por razones morales o sociales.

El debate no es nuevo, pero sí urgente. El avance de los medicamentos personalizados, las terapias génicas y los tratamientos de última generación ha disparado los costes sanitarios a niveles desconocidos. Cada nuevo fármaco puede salvar vidas concretas, pero ningún sistema público puede financiarlo todo. La pregunta ya no es si hay que decidir, sino cómo decidir.

En este punto, el mensaje de Bleichrodt resulta incómodo pero lúcido: ignorar el problema no lo hace desaparecer. Poner precio a la vida no significa reducirla a un número, sino reconocer que cada decisión pública tiene un coste de oportunidad humano. Lo verdaderamente inaceptable —advierte— es tomar esas decisiones sin criterios, sin transparencia y sin responsabilidad.

La economía de la salud, bien entendida, no busca sustituir la ética por la contabilidad, sino hacer explícitas las tensiones que los gobiernos afrontan cada día al repartir recursos finitos entre necesidades infinitas. Quizá el desafío no sea tanto elegir entre economía o moral, sino lograr que ambas hablen el mismo idioma.



miércoles, 5 de noviembre de 2025

Tecnoautoritarismo versus esperanza democrática

En 2025, la política mundial se encuentra en un punto de inflexión que desafía los marcos conceptuales heredados del siglo XX. Las democracias liberales, antaño garantes de la soberanía popular y de la representación ciudadana, se ven erosionadas por una concentración inédita de poder en manos de conglomerados tecnológicos que controlan la información, la infraestructura digital, la defensa e incluso la energía. Paralelamente, desde los márgenes urbanos y sociales, emergen figuras que intentan rearticular un proyecto democrático capaz de responder a la crisis de legitimidad del sistema. De tal manera que dos caras divergentes retratan una misma época: el golpe de Estado silencioso de los tecnoautoritarios, que se consolida en las cúpulas del poder, y la resistencia democrática que porfía por reinventarse desde abajo, como pretende Zohran Mamdani en Nueva York.

El contrato que firmaron el pasado mes de julio el Pentágono y Palantir Technologies, por un valor de 10 000 millones de dólares, marca un hito en esta transformación estructural. Lo que antaño fue un proveedor privado de software de análisis de datos hoy es el sistema operativo del ejército estadounidense. La línea entre el Estado y las corporaciones se ha difuminado. En un reciente artículo para el diario La Vanguardia –El golpe de Estado de los tecnoautoritarios–, la italiana Francesca Bria, experta y asesora en políticas de digitalización y tecnologías de la información, insistía en algo que antes apuntaron otras voces: estamos ante una mutación profunda del poder político. Se está sustituyendo el gobierno democrático por una gobernanza algorítmica, controlada por redes empresariales ligadas a individuos como Peter Thiel, Elon Musk o Marc Andreessen.

Esta todopoderosa red, que Bria denomina «La Pila Autoritaria», no es solo un entramado económico, sino un proyecto ideológico asentado sobre la convicción de que la gestión privada y tecnocrática es más eficiente que la deliberación política y la gestión pública. Lo que comenzó como un proceso de privatización de servicios públicos ha devenido en un trasvase de soberanía. Desde los datos sanitarios del sistema británico (NHS) hasta la seguridad nacional de la Unión Europea, pasando por la infraestructura energética de las tecnológicas nucleares emergentes, Europa, como escribe Bria, «está externalizando su soberanía al capital de Silicon Valley».

El fenómeno tiene un precedente histórico: el complejo militar-industrial descrito en 1961 por Eisenhower, en su discurso de despedida, alertando sobre el riesgo de que ese complejo usurpara y adquiriera una influencia indebida sobre las libertades y los procesos democráticos de su país. Aquella premonición de un general de cinco estrellas, dos veces presidente de EE.UU., se encarna hoy en una realidad tecno-militar opaca, más global y, singularmente, más íntima. Su materia prima no son los tanques ni los aviones, sino los datos de los ciudadanos. Cada interacción digital alimenta un modelo de predicción y control. Y, a diferencia del viejo imperialismo territorial, este nuevo poder no necesita fronteras porque gobierna desde los servidores.

En este contexto, Europa vive con una doble dependencia: por un lado, la energética y tecnológica respecto a Estados Unidos y China; por otro, la ideológica, es decir, la creencia de que el progreso tecnológico conlleva necesariamente la mejora política. Los gobiernos europeos, atrapados entre la presión competitiva y el miedo a la obsolescencia, han sucumbido y cedido a la lógica de la eficiencia privada. La digitalización de los servicios públicos, que se presentaba como un proyecto emancipador, parece que se ha convertido en un renovado caballo de Troya.

Italia, Alemania y Reino Unido han firmado contratos con empresas como Anduril o Starlink para gestionar sus sistemas de defensa y sus comunicaciones estratégicas. En España y Francia, la adopción de plataformas de inteligencia artificial para gestionar la administración pública se ha hecho sin un riguroso debate parlamentario sobre sus implicaciones democráticas. La consecuencia es un desplazamiento del centro de gravedad político; ahora las decisiones ya no se toman en los parlamentos, sino en los consejos de administración.

Paradójicamente, esta concentración de poder coincide con la pérdida de legitimidad de las instituciones tradicionales (partidos, sindicatos, parlamentos), que capitulan frente a una ciudadanía fragmentada y desilusionada. El populismo, de derechas y de izquierdas, ha sido incapaz de construir una narrativa inclusiva. Y en ese vacío, el algoritmo se postula como un árbitro neutral, que no es tal porque sirve a intereses privados y responde a una cosmovisión que prioriza la seguridad, la eficiencia y el control sobre la libertad y la justicia social.

La segunda administración de Donald Trump, incorporando a la gobernanza y sus aledaños «personajes» como J.D. Vance o Elon Musk, ha institucionalizado la fusión entre el Estado y las corporaciones. El «deep state» ha sido reemplazado por un «corporate state». El capital riesgo —a través de fondos como Founders Fund o 1789 Capital— actúa como brazo financiero de un proyecto político que no precisa ganar elecciones para gobernar. Este golpe sin tanques, como lo denomina Bria, redefine el concepto mismo de poder. No se trata de imponer leyes, sino de diseñar sistemas que modelen el comportamiento. La autoridad se ejerce a través del código. Y, como sucede en toda arquitectura invisible, su legitimidad no se debate, se asume sin más.

Frente a este panorama de claudicación y secuestro institucionales, emergen resistencias locales que intentan recuperar la idea de lo común. El caso de Zohran Mamdani es emblemático. Treintañero, hijo de inmigrantes indios, rapero y socialista democrático, se ha convertido en el rostro de una nueva izquierda urbana que combina pragmatismo de base con radicalidad moral. Su campaña por la alcaldía de Nueva York ha desafiado tanto al «trumpismo» como al establishment demócrata.

Mamdani representa un intento de repolitizar la vida cotidiana frente a la abstracción algorítmica del poder. Su programa —transporte gratuito, vivienda pública, control del alquiler, cuidado infantil universal— se centra en las necesidades materiales de una ciudadanía precarizada por la «financiarización» y la automatización. A diferencia del discurso tecnoliberal que promete soluciones desde la nube, Mamdani propone reconstruir las comunidades partiendo desde tierra firme.

Su ascenso recuerda al de Barack Obama, en 2008, pero con una diferencia esencial: se produce en un contexto de «postdemocracia», muy distinto del que acogió la exitosa carrera política del expresidente. Las instituciones siguen en pie, pero la democracia se ha vaciado de contenido. Frente a ello, Mamdani no ofrece un regreso nostálgico al viejo liberalismo, propone una refundación. El desafío que asume es monumental. Nada más y nada menos que reconstruir un poder político capaz de competir con las corporaciones tecnológicas y de reinventar la esperanza en una sociedad saturada de vigilancia y desinformación.

Pero lo cierto es que la tensión entre el poder tecnoautoritario y las resistencias democráticas define el campo de batalla político en este comienzo del siglo XXI. Lo que está en juego no es solo el control de los datos o de las infraestructuras, sino la posibilidad misma del autogobierno. En un mundo donde las decisiones se automatizan, el margen para la deliberación colectiva se estrecha.

En esa encrucijada, ciudades como Nueva York o Barcelona pueden erigirse en renovados laboratorios de soberanía democrática. Frente a unos Estados nacionales atrapados entre las presiones geopolíticas y los intereses corporativos, las grandes urbes —más ágiles y cercanas a los ciudadanos— pueden experimentar con modelos de gobernanza digital ética, datos públicos y transparencia algorítmica, haciendo realidad lo que algunos politólogos defienden desde hace años para el siglo XXI: una democracia digital, pero no privatizada.

En el mundo de hoy se vislumbran dos trayectorias opuestas y simultáneas. Desde arriba, la consolidación de un poder tecnocorporativo que redefine la soberanía en términos de infraestructuras y datos. Desde abajo, la emergencia de movimientos y liderazgos que intentan rearticular lo político en torno a la justicia, la comunidad y la participación real.

El futuro dependerá de cuál de ellos logre imponer su lógica. Si los Estados continúan cediendo funciones a las corporaciones tecnológicas, la democracia se convertirá en un trampantojo que oculta un edificio desocupado. Pero si proyectos como el de Zohran Mamdani logran demostrar que la gobernanza basada en la transparencia, el control ciudadano y la redistribución del poder tecnológico es posible, tal vez aún pueda evitarse que el siglo XXI sea recordado como el de la definitiva privatización de la democracia.



sábado, 1 de noviembre de 2025

Nostalgia

El teléfono reposaba sobre la mesa como un animal dormido. Ella lo miraba cada mañana, cada tarde, cada noche, con la secreta esperanza de que despertase y emitiese su tonadilla metálica. Cuando ocurría, y la voz de alguno de sus hijos se filtraba en su oído como un río luminoso, todo su cuerpo se estremecía de alivio. Era como un fármaco: la calma inmediata, la sensación de estar todavía enlazada a un mundo que a menudo parecía proseguir sin ella.

Pero, como todo remedio, traía consigo efectos secundarios. Apenas colgaba y el silencio se ensanchaba en las paredes de la casa. Entonces, la necesidad se reanudaba más punzante, la ansiedad más espesa, el malestar más profundo. Era un anhelo que no se saciaba con buenas palabras ni con promesas de futuras visitas. Era hambre de presencia, de roces de piel, de risas compartidas en la cocina, de sillas ocupadas alrededor de la mesa. Era ansia de esa vida que alguna vez fue cotidiana y que ahora parecía un sueño con las páginas arrugadas.

Las visitas eran breves, casi ceremoniales. Los hijos llegaban con sus maletas y familias, con sus relojes apretados, con las noticias de mundos lejanos donde todo parecía vibrar con intensidad. Se quedaban unos días —a veces solo horas— y partían de nuevo hacia un horizonte que ya no le pertenecía. Los wasaps, cuando llegaban, eran como flores secas entre las páginas de un libro: bellas, frágiles, insuficientes. Y las llamadas casi le sabían a un lujo, a algo que se dosifica porque no debe prodigarse en demasía.

Percibía que los nietos crecían con una velocidad que su corazón no lograba alcanzar. Cuando los veía los descubría transformados: con algunos centímetros más, utilizando expresiones novedosas, desplegando gestos inéditos que diluían las representaciones con que los recordaba. Era como intentar atrapar el agua entre las manos. También ellos se escurrían y se alejaban raudos mientras ella contemplaba, inmóvil, cómo la corriente los empujaba hacia un mar que le resultaba inasequible.

A veces se preguntaba, incluso en voz alta, por qué el amor se le ofrecía ahora con la medida de una limosna. Había entregado la vida: los desvelos, las fiebres nocturnas, los sacrificios invisibles, las esperanzas volcadas en cada cuaderno escolar. ¿Por qué, entonces, lo que recibía de vuelta era apenas un puñado de minutos, un lacónico mensaje o una foto desprovista de contexto? ¿Acaso era ese el destino de las madres? ¿Convertirse en un recuerdo periférico, en un puerto que se visita apresuradamente de tarde en tarde?

Y sin embargo, la vida persistía en su testarudez. Abría cada mañana la ventana del salón y el aire le traía olores nuevos: la tierra húmeda, el pan recién horneado, la fragancia indescriptible del jazmín que se atrevía a florecer sin pedir permiso. Pájaros que cantaban como si nadie los escuchase, nubes que se distorsionaban con lentitud majestuosa, luces que se filtraban por las rendijas con gestos de infinita generosidad. Todo ello le recordaba que aún permanecía aquí, que todavía un misterio intacto se  desplegaba a su alrededor.

La soledad dolía, sí, pero también entreabría un espacio ignoto, una especie de transparencia. En ella cabían recuerdos que volvían como visitas secretas: las manos pequeñas que se aferraban a la suya al cruzar la calle, las carcajadas infantiles resonando en la bañera, el olor del cabello recién lavado de los hijos cuando todavía dormían bajo su techo. Cada recuerdo era un pequeño retablo, una llama que no se extinguía.

Tal vez —se decía— el amor de los hijos no había disminuido, solo se había transformado en otra cosa. Ahora, estaba hecho de destellos, de huellas fugaces, de señales mínimas que había que aprender a leer: una frase apurada desde un aeropuerto ruidoso, un «mamá» pronunciado con cansancio y a la vez con ternura, la foto borrosa de un cumpleaños que llegaba por correo electrónico. No era el amor de antes, desbordante y cercano, pero era amor al fin y al cabo.

Y en ese aprendizaje de lo incompleto descubría una especie de libertad y la certeza de que la vida, aún con sus vacíos, seguía ofreciéndosele como un regalo invaluable. No era plena, ni perfecta, ni total. Pero era suya. Era nueva cada día. Y, misteriosamente, siempre estaba disponible.



miércoles, 29 de octubre de 2025

El crepúsculo de un impostor

Ha gobernado con la obstinación de quien confunde resistencia con virtud. A esta hora, cuando los relojes del poder completan su penúltimo giro, todavía cree que todo es cuestión de relato, que la realidad, si se le repite con suficiente convicción, termina obedeciendo. Su mundo se desvanece en torno a él, pero insiste en leer los informes como si fueran oráculos y en hablar como si alguien todavía creyese en su voz.

Lo mira todo con la necia arrogancia del actor que ha olvidado su texto, pero sigue en el escenario por pura inercia. Las cortinas tiemblan, el público bosteza, los focos se apagan uno a uno, y él continúa interpretando el papel que escribió para sí mismo: el del líder incomprendido. A falta de aplausos, se contenta con oír el eco hueco de sus propias palabras rebotando en los pasillos del Palau de la Generalitat.

Ha construido su reino sobre una colina de mentiras inconsistentes que nunca tuvieron apariencia de roca firme. Mintió por costumbre, por desprecio a la inteligencia de los otros, por miedo a que la verdad lo redujera a su tamaño real. Mintió para cubrir el daño de su torpeza, para justificar una ruina colosal, para tapar las lágrimas de los demás bajo una capa de acusaciones, desprecios, cifras, falsas promesas, maltratos y discursos vacuos. Mintió con método, con frialdad y con esa cortesía cínica que solo los hipócritas más refinados exhiben.

Sus seguidores lo llamaron estratega y sus aduladores, visionario. Él prefería considerarse necesario. Y, mientras su país se desangraba entre sombras y lodo, siguió proclamando victorias imaginarias con la voz segura del predicador que no duda en continuar sermoneando aun contemplando su templo ardiendo tras él.

Es insoportable tan gigantesca farsa y lo es más el tenaz escarnio que sufren los ciudadanos. Crece una protesta generalizada, que se despliega en todo el territorio con una civilidad y un sosiego encomiables. Una calma cívica que debería inquietarlo, pero que no lo hace. Quizá desconoce que su indiferencia es la antesala de su final. Él no lo entiende: piensa que son pocos los que le disputan el respeto que cree merecer, cuando en realidad la mayoría de los ciudadanos expresan su hartazgo. Los noticieros aún le dedican titulares, que cada vez suenan más como obituarios anticipados. Hasta los periodistas que antes lo reverenciaban escriben con una cortesía sospechosa, la que se reserva para los condenados que aún no se han desvanecido.

Cada día su autoridad se encoge un poco más. Sus consellers murmuran en voz baja, los socios de gobierno se ausentan de las reuniones y los correligionarios más astutos cambian sus lealtades con la velocidad con que las ratas abandonan un barco cuyo capitán omite que el agua llena las bodegas, aferrándose al timón, convencido de que lo que se hunde no es el barco, sino el océano.

Por las noches, cuando los corredores del poder se vacían y solo queda en ellos el zumbido eléctrico de los guardias aburridos, se encierra a revisar sus discursos pretéritos. Los relee con gesto solemne, como quien examina recuerdos venerables. Pero ya no encuentra en ellos la magia que creyó que atesoraban. Las palabras, antes redondas y sonoras, ahora le suenan a metal oxidado. Las frases triunfales, que tanto gustaba repetir, parecen epitafios mal escritos. No hay metáfora ni maquillaje que disimule el olor del fracaso cuando empieza a fermentar.

Aun así, planea un acto postrero para dirigirse a su pueblo y prometer, justificar y tergiversar las cosas más de lo que lo ha hecho. Quiere insistir en que conserva el apoyo de su partido y el de la mayoría de los ciudadanos, en que tiene energía para liderar la recuperación y revertir la situación tras la catástrofe. No percibe que ni siquiera domina su propio pulso. Especula con conspiraciones, enemigos invisibles, traiciones inventadas. Cree que si logra gritar lo suficiente, los escombros del país se reacomodarán por obediencia.

Sin embargo, las calles que tanto frecuentaba hace meses que no lo ven. Los televisores que antes lo multiplicaban ahora lo muestran con el brillo mortecino de las imágenes desusadas. En las plazas, los altavoces reproducen su voz sin que nadie se detenga. Su afilada retórica se ha convertido en un murmullo desgastado. Hasta sus reiteradas patrañas han perdido el entusiasmo de la falsedad original.

El ocaso de los poderosos rara vez es trágico, pero casi siempre es ridículo. Y el suyo no es una excepción. Rodeado de asesores que fingen trabajar y funcionarios que ya no lo miran a los ojos, insiste en firmar decretos que nadie observará, en dar órdenes que no se cumplirán. La maquinaria que una vez lo sostuvo ahora se mueve por inercia, como un reloj desbaratado que sigue marcando la hora equivocada.

Mientras tanto, en el exterior, la gente sobrevive como puede a su impericia gubernativa. Los ciudadanos reconstruyen en silencio lo que destruyó su pérfida vanidad. Las víctimas de su desidia, las familias a las que nunca quiso ver, han aprendido a no esperarlo. Lo que queda de su poder se sostiene por pura inercia, como un edificio agrietado que no termina de derrumbarse pero que ya nadie habita.

Dentro de unos días, tal vez sean unas horas, un nuevo nombre se rotulará en su silla. Él lo sabe, aunque no lo admita, pese a percibir el cambio en la forma en que los guardias lo saludan, en el frío ambiente de los salones donde antes resonaba, potente, su voz. No hay rebelión, ni juicio, ni venganza visible. Solo el lento y metódico desalojo del olvido.

Cuando todo termine, su nombre quedará adherido a la historia con la textura viscosa de una mancha que no se consigue limpiar del todo. Nadie lo recordará por lo que hizo, sino por lo que negó haber hecho. Su legado será un manual de advertencias, su biografía una lista de excusas y patrañas. Y él, que aún cree ser imprescindible, descubrirá —demasiado tarde— que el poder no se pierde de golpe, sino por desgaste, como el filo de un cuchillo que se ha usado demasiado para cortar el aire.