sábado, 13 de diciembre de 2025

La urgencia del juicio

La proximidad del quincuagésimo aniversario de la muerte de Hanna Arendt, algunas reflexiones que escribí en este blog a propósito del regreso de lo sagrado y el contenido de un reciente artículo de Máriam Martínez-Bascuñan, profesora y columnista del diario El País, me han motivado algunas reflexiones sobre una ciudadana excepcional, que se cuenta entre las filósofas, historiadoras, politólogas, sociólogas, profesoras y escritoras más influyentes del siglo XX.

En tiempos de saturación informativa, cuando cualquier afirmación puede encontrar refugio en una comunidad dispuesta a defenderla a golpe de clic, la última palabra que Hannah Arendt dejó escrita —judging, juzgar— adquiere una resonancia casi profética. No porque anticipara los matices tecnológicos de nuestro presente, sino porque comprendió mejor que nadie que la vida democrática se sostiene sobre una premisa frágil, la existencia de un mundo común. Sin ese espacio compartido de hechos verificables, sin esa confianza mínima en que vemos más o menos lo mismo, la política se convierte en pura ficción tribal. Y hoy, precisamente, es esa fragilidad la que está siendo explotada y amplificada.

El artículo de Martínez-Bascuñan recuerda con acierto cómo Arendt descubrió en el juicio a Eichmann algo que trastocó la comprensión del mal político. Allí, no encontró a un monstruo, sino a un burócrata inane, incapaz de pensar. Y es en ello donde radica la mayor aportación de Arendt, la idea de que el mal no siempre surge del odio, sino de la renuncia al pensamiento. La banalidad del mal no es un diagnóstico sobre los criminales del pasado, sino una advertencia permanente: la democracia depende de ciudadanos capaces de juzgar por sí mismos. Si la sociedad pierde esta competencia, abriremos la puerta a cualquier forma de manipulación, no por malevolencia sino por pereza moral.

Hoy existen nuevas amenazas para el juicio político que no son ni propaganda clásica ni el autoritarismo tradicional, sino el poder tecnológico que permite moldear la realidad misma. Un ejemplo paradigmático lo encarna Elon Musk. Él y otro como él controlan algunas plataformas para amplificar determinadas voces y silenciar otras, lo que pone en manos privadas el control del «sentido común digital». Cuando un gesto, una imagen o un hecho evidente pueden ser relativizados hasta el punto de parecer dudosos, no importa tanto la verdad del episodio como el daño infligido a nuestra capacidad colectiva para distinguir lo real de lo ficticio. Lo que está en juego no es el contenido concreto de una determinada polémica, sino la disposición ciudadana a confiar en sus propios ojos.

Y es en este punto donde emerge un debate crucial, la tensión entre la pluralidad inherente a las democracias y la categórica fragmentación de la experiencia contemporánea. Arendt defendía una «imparcialidad homérica»; no como equidistancia, sino como capacidad de adoptar múltiples perspectivas sin renunciar a juzgar. En su lectura de la Ilíada, Homero canta a Héctor y a Aquiles, pero no borra los hechos ni la tragedia. En cambio, el error de algunas instituciones actuales —el reciente caso de la BBC con relación a Trump es un ejemplo claro— consiste en confundir imparcialidad con neutralidad automática. Presentar la evidencia y la mentira como si merecieran idéntico respeto es abdicar del juicio, renunciar a ejercerlo. La democracia necesita medios que expliquen y contrasten, no que huyan del conflicto factual por miedo a las acusaciones de sesgo.

El dilema no es menor. Cuando un medio prestigioso se paraliza por el temor a parecer parcial, cuando los editores dimiten no por haber mentido, sino por no saber cómo defender su propio criterio frente al ruido, estamos inmersos en una crisis que excede la actividad periodística, pues lo que realmente está en un brete es la autoridad epistemológica. En esa tesitura no solo se discute la interpretación de los hechos, sino su propia existencia. Y ello representa la antesala del cinismo político, un fenómeno que Arendt identifica con lucidez cuando asegura que, cuando la mentira se normaliza, el ciudadano no se hace más crédulo, sino más indiferente. Y una ciudadanía indiferente es el caldo de cultivo perfecto para cualquier forma de autoritarismo.

Por otro lado, conviene matizar esta lectura del problema. No se trata únicamente de una confrontación entre el pensamiento arendtiano y las prácticas de los magnates tecnológicos, sino ante una transformación estructural de la esfera pública. La arquitectura del ecosistema digital favorece la reacción frente a la reflexión, la identidad frente al argumento, la inmediatez frente al juicio. Resulta insuficiente culpar a los individuos —sean Musk, Trump o cualquier otro influencer— si no reconocemos que lo que ha cambiado es el contexto donde el juicio se ejerce. La banalidad del mal de nuestro tiempo no es la obediencia burocrática, sino la delegación del pensamiento en algoritmos que seleccionan por nosotros lo que vemos, lo que creemos y, lo que es más inquietante, lo que consideramos real.

El artículo de Máriam M. Bascuñan acierta al insistir en el antídoto arendtiano: reconstruir la capacidad de juzgar sin pasamanos. Pero este ideal, aunque imprescindible, requiere condiciones materiales que no siempre están presentes. Para que el juicio florezca, necesitamos instituciones que sostengan la verdad factual, una educación que fomente la deliberación y plataformas tecnológicas que sancionen el engaño. Juzgar no es un acto heroico aislado, es una práctica cívica que solo puede consolidarse en espacios donde la realidad se mantiene mínimamente estable.

Arendt nos dejó un testamento político que hoy se revela más pertinente que en cualquier otro momento, la democracia no se defiende solo con leyes o votos, sino con ciudadanos que se atrevan a pensar desde múltiples perspectivas sin renunciar a los hechos. Hoy, cuando la realidad parece más disputada que nunca, su mensaje es una llamada a la valentía intelectual. Porque, si renunciamos a juzgar, otros —más poderosos o menos escrupulosos— lo harán por nosotros. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario