domingo, 29 de septiembre de 2024

Crónicas de la amistad: Santa Pola (54)

Los caminos convergían hoy en Santa Pola, el destino que acordamos en Elx cuando despuntaba el verano. A modo de presagio, en los últimos meses y en ciertas ocasiones me he sorprendido silbando espontáneamente la añeja melodía Cuando llegue septiembre que, además de ser una canción inolvidable del inicio de los sesenta, intituló una película protagonizada por Rock Hudson y Gina Lollobrigida cuya banda sonora consagró a Bobby Darin. Por estos pagos hispanos, en versión castellana, la interpretó Gelu, una de las más admiradas chicas yeyé.

No hace muchos años que Santa Pola era un municipio con pocos miles de habitantes. En escasas décadas se ha transformado en una espléndida y acogedora ciudad, aunque no cabe duda de que las promociones inmobiliarias más recientes la han distorsionado significativamente. Pese a todo, continúa ofreciendo a sus visitantes un polifacético muestrario de atractivos, como el viaje y la estancia en Tabarca, el acuario municipal, el faro de El Cabo, la casa romana del Palmeral, el Parque Natural de las Salinas, la playa de Levante, Pola Park, el castillo fortaleza o las playas de Tamarit y Gran Playa, entre otros. Por no mencionar la amplísima oferta gastronómica y de ocio que brindan los establecimientos tradicionales y los que han proliferado recientemente en los aledaños de la Marina Miramar y del Club Náutico. 

Como sucede en toda comunidad que se precie, su acreditada idiosincrasia no la han configurado en exclusiva los acontecimientos históricos importantes, ni los personajes que los protagonizaron por relevantes que fueran. Tampoco los lugares comunes más o menos rimbombantes que conforman el imaginario popular e impregnan los dimes y diretes que entretienen a propios y foráneos. Más allá de lo que ha trascendido a través de los libros, las crónicas periodísticas o la tradición oral, el vetusto Portus Ilicitanus y su hinterland han sido testigos indolentes del discurrir de las vidas de decenas de personas vecinas de estas tierras, cuyas espléndidas trayectorias moldean biografías excepcionales. Son ciudadanas y ciudadanos casi desconocidos que, sin embargo, proyectan destellos de admirable humanidad y espléndida brillantez. Siquiera sea garrapateando a vuelapluma, hoy quiero recordar a una de ellas, a quien seguro que conoce bien nuestro amigo Pascual.

Empezaré por decir que la escena se proyecta en blanco y negro. Estamos a finales de los cuarenta y Maribel tiene 18 años. Transcurre un caluroso día de verano en un pueblo con apenas 7.000 vecinos. Un grupo de jóvenes suizos, de vacaciones por España, explora desenfadadamente su extrarradio consumiendo alegremente sus provisiones de agua. Tardan poco en buscar una fuente desesperadamente. Por fortuna descubren Villa Adelaida, un palacete construido en 1910 por el arquitecto modernista Marceliano Coquillat y Llofriu situado en medio de una finca poblada de almendros y algarrobos, donde encuentran a Maribel, que les da de beber y les ofrece la sombra que proyecta su casa. Así conoce a Edgar Werner, doce años mayor que ella. Dos años después, se casan en Santa Pola trasladándose inmediatamente a Stanford (California). Werner muere al año siguiente víctima de un accidente de esquí y ella decide quedarse a vivir allí y continuar con una historia que da para escribir bastante más que una novela. Maribel no tardó en conocer a Hans Bremermann, su segundo marido, un científico con quien recorrió medio mundo a lo largo de cuarenta años. Me refiero a Maribel López Pérez-Ojeda (1931-2015), una mujer excepcional que legó a su ciudad natal su bien más preciado: Villa Adelaida, un palacete valorado en diez millones de euros que nunca quiso vender, pese a las múltiples ofertas con que la tentaron, pues determinó cederlo al municipio con la condición de que el consistorio lo habilitase como centro cultural público para exposiciones y residencia de jóvenes artistas, escritores y científicos.

Estos y otros muchos detalles perfilan el retrato de una mujer rompedora, que abandonó Santa Pola siendo muy joven y que amó, viajó, habló ocho idiomas y vivió el movimiento hippie en la Universidad de Berkeley, donde se licenció en Arte y Filosofía y Letras. Allí se doctoró, fue catedrática, jefa del departamento de español y profesora de lenguas romances durante cuatro décadas. En 1997 regresó a Villa Adelaida, junto con su tercer marido Shami Mendiratta, un hindú, actualmente octogenario, devoto del sijismo que, según dicen, viste con turbante panyabí, duerme la siesta, pasea, habla inglés exclusivamente y apenas se relaciona con el vecindario.

Hace ahora una década que Rafael Pla, archivero municipal, escribió por encargo de Shami el libro Maribel López Pérez-Ojeda. Vivir sin fronteras, que no es sino su biografía, regalo pre mortem de su esposo. Pla habla y no acaba del cosmopolitismo y la generosidad de Maribel. Años después de su muerte se materializaría la donación, inclusiva de los innumerables archivos acumulados a lo largo de su historia, pues lo guardaba todo. Todavía hoy se siguen catalogando las cajas que aparecieron repletas con sus recuerdos. Podría decirse que se trata de una biografía inagotable, a la que no son ajenas las universidades americanas, que también han aportado importantes materiales.

En 2016, tras la recepción de la propiedad por parte del Ayuntamiento y la consiguiente realización de los trabajos urgentes, se acometió la conservación de los murales pintados por Shami y otras pequeñas actuaciones. En mayo de 2022, finalizaron las intervenciones, frenándose la degradación del edificio e impidiéndose la pérdida de la obra mural. Desconozco el estado en que actualmente se halla la rehabilitación y puesta en funcionamiento del Centro Hans Maribel Shami de las Artes, Ciencias y Letras para el Fomento del Talento Joven, que es el nombre que se acordó para designar la versión renovada de Villa Adelaida. Me consta que el Ayuntamiento, con ayuda de la Diputación, ha presupuestado quinientos mil euros en el ejercicio 2024 para acometer una actuación integral sobre el edificio y lograr materializar un espacio museístico y a la vez un centro de fomento del talento joven, la ciencia, el arte y la literatura, entidades ambas que habrán de armonizarse cuanto sea posible. En todo caso, como dice el viejo adagio «bien está lo que bien acaba». Y por lo que parece el sueño de Maribel está próximo a convertirse en realidad.

Pues bien, Pascual había hecho una reserva para comer en el Restaurante Batiste que, como sabemos, es un clásico en Santa Pola, ubicado en su mismo puerto y a escasos veinte minutos de Villa Adelaida, justamente en la avenida de Fernando Pérez-Ojeda, otro ilustre santapolero adoptivo, nacido en la localidad gaditana de San Fernando y abuelo materno de Maribel. El establecimiento lo fundó Batiste Juan Torres, en 1959, cuando siendo camarero del antiguo Miramar decidió emprender por cuenta propia su negocio de hostelería. Apasionado por su trabajo, a base de esfuerzo y carisma logró convertir su restaurante en un emblema santapolero, haciéndolo un referente de la gastronomía mediterránea y de la cocina tradicional. Batiste apostó siempre por una oferta culinaria pivotante sobre los productos que ofrece la bahía, partiendo de la excelencia de la materia prima, primordialmente de una cuidadosa selección de los pescados para elaborar sus famosos arroces que, junto con el marisco, han sido siempre su especialidad. De hecho, se le puede considerar como uno de los introductores del celebérrimo arroz a banda en la restauración.

Años después, la familia López Barroso tomó el relevo y mejoró las instalaciones manteniendo la esencia de la decoración tradicional, basada en el interior de un barco: espaciosos salones, vigas y paredes de madera, plafones, fanales y otros motivos marineros, mesas amplias, holgadas cristaleras... Santa Pola y Batiste: punto de encuentro y síntesis de las distintas culturas del Mare Nostrum. En su cocina encontramos reminiscencias fenicias, griegas, romanas y púnicas. Por todo ello, además de acreditada referencia gastronómica, es una invocación sentimental ineludible. En síntesis, una exquisita delicia cuidadosamente seleccionada por nuestro querido Pascual.

Sin embargo, siendo como es amigo de dilatar los encuentros hasta el límite de lo posible, planteaba un prolegómeno. En este caso se trataba de despachar un piscolabis en un restaurante próximo (Los Curros), situado en la playa de Levante. Los primeros en llegar han comprobado que estaba completamente reservado y, sobre la marcha, han rectificado reconduciendo la convocatoria hacia una terraza frente al puerto, rotulada Mi barra, a escasos trescientos metros de nuestro destino. No había excusa para desoír tan fraternal reclamo y todos hemos determinado concurrir puntualmente. Allí estábamos Alfonso y Paqui, Luis y Guti, Antonio García y Maite, Antonio Antón y Paqui, Tomás y Rosana, Pepi Beneito, Pascual, Sofo y Vicente. Tras los sentidos abrazos y besos de bienvenida, en pocos minutos estábamos arracimados en torno a una amplia mesa en un establecimiento bullanguero, amenizado con una incansable e insufrible música de los ochenta. Allí hemos empezado a templar gaitas e iniciar el ágape, término griego y latino que curiosamente significa afecto, y también amor incondicional y reflexivo. Hoy no nos acompañaban ni Domingo, ni Elías, ni Susy, ni Amalia, aunque todos los percibíamos cerca y apreciábamos cómo alentaban la barca desde sus asimétricas posiciones en las amuras, a ambos lados de la crujía. Mientras intercambiábamos los primeros pareceres, hemos sosegado las urgencias que producen los apetitos matinales muy frugalmente, a base de sucintos aperitivos regados con refrescos, tercios de Mahou y un verdejo José Pariente, que nos ha dispensado un servicio tan jaranero como poco eficiente.

Era alrededor de la una y media cuando hemos convenido dirigirnos hacia el restaurante Batiste donde nos esperaba el generoso menú que Pascual había ajustado para la ocasión. Una refacción compuesta con buenos entrantes: anchoas, embutidos ibéricos, queso y calamares, rematados por langostino y quisquilla hervidos, todos ellos bocados discretos, destacando especialmente los calamares, con un rebozado perfecto. Como plato principal se ofrecía arroz, gazpacho o fideuá, pescado o carne, a gusto de cada cual. La mayoría se ha decantado por el atún a la plancha, alguno por la merluza y pocos por un arroz con rape, gambas y verduras. Si aceptamos como criterio valorativo la subjetividad de los comensales, sin duda los más satisfechos fueron quienes se inclinaron por el atún. Todo cuanto antecede se regó generosamente con caldos Melior de Matarromera, blanco (Rueda) y tinto (Ribera), así como con cerveza, agua mineral y refrescos. De postre, suflé, café y cava. En este caso, es justo que se destaque la profesionalidad y el exquisito cuidado que nos ha dispensado José Miguel, el camarero que nos ha atendido, un profesional auténtico que dignifica su ocupación.

Concluida la refacción, nos hemos dirigido pausadamente a un chiringuito existente junto a la playa de Levante donde, en torno a una amplísima mesa, hemos despenado las últimas copas mientras algunos remataban conversaciones inacabadas, otros retomaban reflexiones interrumpidas y hasta había quienes aprovechaban para hacer alguna confidencia. Y todo ello estuvo trufado de ocurrencias, risas, perspicacias e ingeniosidades de unos y otros que contribuyeron a distender el ambiente y empaparnos de la inasible felicidad que planeaba insistentemente sobre el amplísimo y redondeado velador.

Sabemos por experiencia que las relaciones sociales constituyen una parte esencial de nuestro trayecto vital. La amistad es un flujo continuo y asimétrico con indeleble reciprocidad. Existen pocas satisfacciones equiparables a sentirnos comprendidos, valorados y protegidos por nuestra propia comunidad. Y ello cobra especial valor en un mundo global en el que la amistad se revela como ingrediente imprescindible para tender puentes e inspirar encuentros armoniosos y comprensivos. Cuando la relación amistosa está presente la diversidad y los puntos de vista discrepantes dejan de ser impedimentos para colaborar y convivir, pues el horizonte del pensamiento se sustenta en la confianza y en el respeto, valores imprescindibles para materializar el diálogo auténtico. Y es que como sabéis, queridos amigos, la amistad no tiene un mero valor de resistencia sino que, por el contrario, contribuye a alegrar el espíritu y a fortalecer el deseo de vivir. De modo que, todavía con el corazón conmovido por cuanto hemos compartido en el espléndido encuentro santapolero, os traslado mis fervorosos deseos de larga amistad y de generosa y feliz existencia a vosotros y a vuestras familias. Nos vemos en Alacant a finales de noviembre.

Entre otros detalles, imperdonablemente, olvidé reseñar que Alfonso obsequió a Pepi una espléndida composición en madera de olivo, que sintetiza a las claras el enorme poso de afecto que le une a Elías. Y también que el inefable y contumaz Pascual entregó un nuevo presente a las mujeres, esta vez bajo el formato de unos chales estilosos, que hicieron sus delicias. De una y otra cosa debí dejar constancia, y a tal efecto lo dejo anotado en esta adenda.



sábado, 21 de septiembre de 2024

De duelos y aflicciones

Excepto la mayor parte de los niños y algunos jóvenes, son pocas las personas que no han experimentado alguna de las múltiples manifestaciones del duelo y sus consiguientes aflicciones. A lo largo del trayecto vital sobrevienen pérdidas de seres queridos, inesperadas o anunciadas, que nos inducen ineludibles procesos de duelo que debemos afrontar. Aunque todos resultan dolorosos, algunos son relativamente llevaderos mientras otros se viven tan angustiosamente que derivan en patologías. De todo hay, porque no existen dos situaciones iguales. Cada duelo es un proceso único condicionado por múltiples factores, como la relación existente con el fallecido, la personalidad de cada cual, los antecedentes y experiencias compartidos, las características o el tipo de muerte en cuestión, los factores sociales y culturales propios del contexto de las personas afectadas, etc.

Etimológicamente, la palabra duelo proviene del latín dolus que significa dolor, desafío o combate entre dos, mientras luto proviene de lugere equivalente a llorar. En nuestro contexto, duelo y luto son términos utilizados frecuentemente como sinónimos, pese a que realmente el primero alude a los sentimientos subjetivos y a las reacciones afectivas provocados por la muerte de un ser querido, en tanto que el luto se refiere a la expresión social del comportamiento y a las prácticas posteriores a la pérdida. Por tanto, no ha lugar la sinonimia.

La Fundación SECPAL, entidad sin ánimo de lucro constituida por la Sociedad Española de Cuidados Paliativos, en su guía para familiares en duelo, define este como «el proceso de adaptación que permite restablecer el equilibrio personal y familiar roto por la muerte de un ser querido, caracterizado por la aparición de pensamientos, emociones y comportamientos causados por esa pérdida». Generalmente, el duelo suele interpretarse como una reacción o trastorno menor de carácter adaptativo, o a lo sumo de depresión reactiva. Realmente no constituye una entidad con características propias e independizada de otras reacciones afectivas. Ahora bien, como decía, existe el riesgo de que evolucione patológicamente hacia otras formas morbosas. Para evitarlo, el equipo multiprofesional que haya atendido al paciente, bien hospitalizado o asistido domiciliariamente, debería prestar ayuda a sus allegados, acompañándolos y aconsejándolos en las diferentes fases de la enfermedad y a la hora de enfrentarse a su muerte. Este acompañamiento es clave para desarrollar un duelo normal. Numerosos estudios médicos avalan que una intervención precoz sobre la familia es muy útil para desarrollar un duelo no patológico, porque permite identificar los factores que anuncian los duelos complicados y facilitan actuar selectivamente sobre las personas que los presentan.

En ocasiones, el duelo es un proceso que se anticipa a la muerte de la persona que lo provoca. Es un fenómeno habitual entre los familiares y amigos de los desaparecidos por enfermedades oncológicas, neurológicas y otras. Particularmente, los cuidadores familiares de personas con enfermedad de Alzheimer, desde el diagnóstico hasta el fallecimiento, sufren dos duelos: el anticipado, aquel que se experimenta antes de que se produzca la muerte y viene dado por el sentimiento de pérdida que supone el deterioro cognitivo; y el duelo real, que es el sentimiento de pérdida tras el fallecimiento.

Se sabe que las demencias en general y la enfermedad de Alzheimer en particular son patologías neurodegenerativas que implican la pérdida de numerosas facultades, incluida la propia identidad, hasta el fallecimiento. En estos casos, el duelo no solo lo provoca la muerte real, sino que se comienza a experimentar cuando se pierden las capacidades y se produce la muerte psíquica del ser querido. Es el llamado duelo anticipado, que transcurre desde el diagnóstico del Alzheimer hasta la muerte del familiar. Dicen los expertos que el impacto emocional que supone el duelo anticipado es mayor que el del duelo real. De ahí que debería existir ayuda profesional durante esta fase que, hoy por hoy, casi se circunscribe a la autoayuda y algún otro recurso que procuran las asociaciones de familiares.

Desde que se conoce el diagnóstico hasta que se produce el fallecimiento, pasando por la institucionalización de la persona afectada por la enfermedad de Alzheimer, el familiar se enfrenta a varias situaciones de duelo porque sufre varias pérdidas. La primera viene dada por la disfunción de las capacidades biopsicosociales de su familiar. Su merma influye en el modo de relacionarse y da lugar a sensación de ausencia del ser querido. Es lo que los expertos definen como «pérdida relacional». La siguiente pérdida se experimenta en el momento de la institucionalización, al ingresarlo en una entidad asistencial, que supone un cambio en el rol de la persona cuidadora. Surgen entonces sentimientos de frustración, incertidumbre ante el cuidado que el familiar va a recibir, tristeza y mezcla de emociones como el alivio y a su vez la culpabilidad. Y la tercera pérdida se produce con la muerte del familiar. Aquí comienza el conocido como duelo real, el socialmente reconocido.

Hoy, veintiuno de septiembre, es el Día Mundial del Alzheimer, proclamado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y auspiciado por Alzheimer’s Disease International (ADI). Desde su primera celebración en 1994, esta efeméride ha evolucionado para considerar todo el mes de septiembre como Mes Mundial del Alzheimer, promoviendo actividades que buscan educar y sensibilizar a la población sobre una enfermedad que se ha convertido en una de las epidemias del siglo XXI. Se estima que para el año 2050 las personas diagnosticadas con Alzheimer podrían alcanzar los 131.5 millones, lo que expresa la urgencia de abordar esta problemática a nivel global.

El lema de este año, «Nunca es demasiado tarde. Nunca es demasiado pronto», enfatiza la importancia de la detección temprana y la adopción de medidas proactivas para prevenir o retrasar la aparición de la demencia. Este esfuerzo, junto con el desarrollo de campañas para reivindicar la ampliación y la mejora en el tratamiento y cuidado de los enfermos y el apoyo a sus familias, es crucial porque el Alzheimer no solo impacta a quienes lo padecen, sino que genera un enorme desgaste emocional y físico en sus seres queridos.

Especialmente pertinente es la iniciativa de la Fundación Pasqual Maragall reivindicando la necesidad de borrar esta celebración del calendario y conseguir que este 21 de septiembre sea #undiaparaolvidar. Esta Fundación, una de las más activas del país, insiste en la urgencia de situar esta enfermedad entre las prioridades políticas estratégicas, dotando de recursos la investigación y el apoyo a las 900.000 familias que sufren la enfermedad en España, cifra que podría duplicarse en las próximas dos décadas si no se encuentran soluciones eficaces para retardar su progreso.

Según la OMS, el Alzheimer es una de las principales causas de mortalidad y discapacidad, y afecta a 1 de cada 10 personas mayores de 65 años y a un tercio de quienes superan los 85 años. A los datos de incidencia de la enfermedad se añaden los costes asociados, que se sitúan en unos 35.000 € por paciente al año, asumidos en un 87% por las familias, quienes también atienden su cuidado, en más del 80% de los casos, lo que les supone de media unas 70 horas semanales.

Se trata del segundo problema de salud que más preocupa a los españoles, muy cerca del cáncer, alcanzando la primera posición en el caso de las personas mayores. La longevidad aumenta, se incrementa la incidencia del Alzheimer y actualmente no se dispone de tratamientos que frenen su avance. Estamos frente a una pandemia estructural y silenciosa y, si nada cambia a corto plazo, la situación será difícilmente asumible para las personas afectadas y sus familias, y también para los servicios públicos de sanidad y protección social. ¿A qué esperamos?




viernes, 13 de septiembre de 2024

Badila

Wittgenstein decía, entiendo que con razón, que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo. Por ello, la riqueza de nuestro vocabulario puede ayudarnos a apreciar los infinitos matices que ofrece la vida, sin que muchas veces reparemos en ellos. Podría referir multitud de casos al respecto, pero me limitaré a mencionar uno de ellos, la palabra «badila».

En el Diccionario de la Real Academia (DRAE) el término «badila» remite a «badil», que se define como «paleta de hierro o de otro metal, para mover y recoger la lumbre en las chimeneas y braseros». En España se usan ambas formas, dependiendo de los diferentes territorios. Obviamente, se trata de un término en desuso porque, como sabemos, los modernos sistemas de calefacción han ido arrumbando a los braseros y chimeneas, que generalmente han pasado a ser auténticas reliquias, o casi. Sin embargo, no hace tanto que eran imprescindibles para procurar bienestar a los ciudadanos pudientes, y también a los menos acaudalados, durante los periodos invernales. En el transcurso de la dilatada etapa en que esos ancestrales artificios formaron parte del día a día, se originaron términos y expresiones que han dejado rastro en el idioma. Lo demuestran algunos de los vocablos que recoge el Diccionario Histórico de la Lengua Española (TDHLE). Son palabras como badil, badila, badilada, badilado, badilar o badilazo, entre otras.

El DRAE recoge también la expresión «dar a alguien con la badila en los nudillos», que es una locución coloquial equivalente a vejarlo, o a molestarlo indirecta o disimuladamente. Por otra parte, se emplea escasamente la locución «dar la badila», a diferencia de otra parecida, y más usual, como lo es «dar la barrila». Ambas comparten el significado de terceras, como «dar la lata», «dar la brasa» o «dar la murga». En suma, todas son formas coloquiales de expresar que se molesta o se aburre a alguien con cosas inoportunas o con exigencias continuas.

Badil y Badila también se han utilizado como nombres propios. Así, El Badil es el nombre de un restaurante que abrió sus puertas en 2013, en Albacete. Está especializado en gastronomía manchega, ofreciendo platos típicos como el «atascaburras» o el estofado de rabo de toro, entre otras recetas tradicionales. Y Badila Asociación Cultural es una organización sin ánimo de lucro radicada en la comarca de La Vera (Cáceres) que patrocina una importante Muestra Internacional de Cine, así como conciertos y otras actividades que dinamizan el tejido sociocultural de la comarca. Por otro lado, José Bayard Cortés, alias «Badila» y Manuel Martínez «Agujetas» integraron una legendaria pareja de picadores taurinos, que sentaron cátedra durante buena parte de la segunda mitad del siglo XIX y en los primeros años del siglo XX.

En otras ocasiones he abordado en este blog algunos aspectos de la fiesta de los toros, a la que me confieso aficionado desde siempre. Hace algunos años que se ha convertido en uno de los espectáculos más denostados, pese a la proliferación de otros muchos, aparentemente inocuos que, a mi juicio, acreditan sobrados merecimientos para concitar una aversión similar. Como dije, es amplio el conglomerado de factores que condicionan la tauromaquia y los festejos populares dificultando aventurar una prospectiva razonada sobre su futuro. No obstante, en mi humilde opinión, no parece que sean precisamente valores en alza, sino más bien todo lo contrario. Sin embargo, tampoco considero que estemos frente a un desahuciado moribundo arrastrándose a las puertas de la expiración. De ahí que me atreva a vaticinar que su agonía será larga, aunque cada vez más ineludible.

Pese a lo que a veces se dice, considero que los tiempos pasados ni fueron mejores que los actuales, ni tampoco peores. Depende de qué asuntos se trate y, naturalmente, del cristal con que se enfocan. Así, por ejemplo, en el mundo taurino, actualmente, el tercio de varas es la parte de la lidia más denostada por parte de los antitaurinos y la que probablemente han distorsionado más los aficionados y profesionales, pese a ser uno de sus elementos esenciales. Generalmente, supone un mero trámite que ni permite el lucimiento del toro ni el del varilarguero. Al primero se le impide exhibir su bravura o su mansedumbre, negándosele la oportunidad de arrancarse desde lejos a un caballo que entra a la suerte por derecho, bien montado por el piconero. Este, a su vez, esquiva su responsabilidad señalando picotazos leves, castigando los brazuelos o tapando la salida del animal. En suma, abusando de las marrullerías y vaciando de sentido un tercio que contribuye escasamente a ahormar con tiento y mesura la fiereza del cornúpeta, preparándolo adecuadamente para la faena de muleta.

Pero no siempre fue así. Ahí están para acreditarlo los picadores de otro tiempo que se ganaron a pulso el derecho a lucir el oro en su chaquetilla, privilegio que todavía hoy comparten con los matadores. Y es que, aunque cueste creerlo, hubo «toreros a caballo» que ocuparon el lugar principal en los carteles, y cuya importancia y fama trascendieron los ruedos. Uno de ellos fue el mencionado Badila, que comenzó a picar con apenas dieciocho años y lo siguió haciendo a lo largo de treinta más, hasta pocos meses antes de fallecer prematuramente a los cuarenta y ocho. Fue un picador valiente, con una espléndida figura que gustaba destacar con su estudiada vestimenta y que inicialmente fue apodado «brazo de hierro». Un día que andaba cabizbajo y mohíno, alguien de su cuadrilla le dijo que estaba tan callado que parecía que se había tragado el rabo de la badila. A raíz de esa ocurrencia empezaron a llamarlo, bromeando, Badila, apodo que trascendió y con el que pasó a los anales del toreo.

Cuentan que Badila fue un personaje polifacético en sus actitudes taurinas y en otras, como actor y cantor de operetas, convirtiéndose en un gran aficionado y entendido de ese género musical. Sintió interés por mejorar el vestido de torear a caballo y entre sus aportaciones a tal efecto destacaron la mejora de la «mona» (protección metálica de la pierna más expuesta) y una calzona holgada, con ojales y sin atar, para que se pudiera rasgar y no ser arrastrado el picador en las cogidas. También utilizó unas chaquetillas cada vez más lujosas, con terciopelos e hilos de seda, menos pesadas y más flexibles, devolviendo al picador la elegancia de trajes de épocas pasadas.

A badila podría añadir otros términos como serendipia, nefelibata, petricor, ataraxia, limerencia o arrebol. Decenas, cientos, miles de palabras del castellano, la tercera lengua más utilizada para la producción de información en los medios de comunicación y con más usuarios de Internet. Utilizando cálculos matemáticos, se ha conjeturado que en la historia de la especie humana pueden haber existido entre 100.000 y 500.000 lenguas. Las cifras no son muy ilustrativas porque nadie sabe desde cuándo existen lenguas humanas (ni exactamente a qué nos referimos con este término), y porque el margen que se ofrece es enorme. Aunque instruye sobre algo muy interesante: que la mayoría las especies y las lenguas que ha habido en la Tierra han ido desapareciendo y que hoy día existen muy pocas. Los cálculos más amplios del número de lenguas supervivientes hablan de poco más de 6.000, aunque bastantes de ellas ya están extinguidas. Por desgracia, y a diferencia de las especies animales y vegetales, no existen fósiles lingüísticos que nos permitan comprobar cuántas ha habido en cada lugar y cómo eran. Pese a todo, insistiré en mi imposible obstinación: que no se pierda ni una sola palabra más de ninguna de ellas, por raras o minoritarias que sean. La muerte de las lenguas no tiene por qué ser un fenómeno inevitable.





sábado, 7 de septiembre de 2024

Esperanza

La esperanza es un estado de ánimo que fluye cuando se visualiza como alcanzable aquello que se desea. En el ámbito religioso, singularmente en el catolicismo, es una virtud teologal por la que se espera que Dios otorgue los bienes que ha prometido. En general, de manera muy esquemática, puede decirse que existen tres tipos de esperanza: el mencionado sentimiento; la expectativa respecto a las cosas buenas que tiene la vida; y finalmente, la esperanza cristiana, es decir, la virtud aludida.

Se ha dicho que la esperanza es el armazón de la existencia del ser humano y que su primera condición es el optimismo. Ciertamente, no hay esperanza sin optimismo porque es difícil mantener la expectativa sin suponer que puede alcanzarse un futuro que será mejor que el presente. Consecuentemente, el optimismo implica insatisfacción, disconformidad con lo que se posee o nos viene dado. Por eso, la esperanza se corresponde con un modo de entender la vida, denominado crecimiento, que es distinto del mero concepto de transcurso. Crecer no es solamente dejarse llevar por el torrente de la existencia, supone exprimir el tiempo y las oportunidades poniéndolos al servicio de la vida, rentabilizando facultades que tenemos las personas, como la inteligencia y la voluntad, susceptibles de un crecimiento prácticamente ilimitado. Y el optimismo esperanzado al que aludimos se basa en este desarrollo que, por irrestricto, atañe y se extiende a todas las etapas de la vida.

El segundo componente de la esperanza es la convicción de que el futuro depende de las actuaciones que llevan a cabo las personas. Si se desecha esta certidumbre, la esperanza supone la mera espera de un desenlace que llegará como consecuencia de un dinamismo ajeno a nuestro actuar. Es la esperanza característica de las utopías, que ciertamente ofrecen un futuro mejor, pero siempre concebido como realidad extrahumana, pues obedece a un proceso determinista en el que la libertad está ausente.

Así pues, si se parte del supuesto de que la esperanza se instaura en el tránsito hacia el futuro y del convencimiento de que lo mejor está por llegar (obviamente, con nuestro esfuerzo), se llega a una obligación ineludible: el ser humano debe mejorar creciendo como tal. Y esa aventura esperanzada es imposible afrontarla en soledad, no se puede acometer sin la ayuda de los demás, que reside esencialmente en la cooperación.

Viene esta introducción a cuento de los comentarios que estos días han hecho algunos de mis amigos acerca de un artículo que inserté en el grupo de wasap que compartimos, redactado por Josep Ramoneda y publicado en el diario El País con el título «La extrema derecha en el aparador», que concluye con una profunda reflexión y dos preguntas categóricas: «[...] La cuestión de fondo, sobre la que Macron creyó asentar su poder y no lo ha conseguido, está en el paso del capitalismo industrial al capitalismo financiero y digital, que cambia radicalmente la estructura social, de la dialéctica entre burguesía y clases populares a una sociedad más atomizada con poderes globales de incidencia directa en la vida cotidiana y un sistema de comunicación que es como una selva de participación masiva, controlada, paradójicamente, por muy pocas manos. ¿Es posible adaptar la democracia a este panorama? ¿O es imparable el triunfo del autoritarismo posdemocrático?».

Decía uno de mis amigos: «Muy acertado, como casi siempre, el bueno de Ramoneda». Y precisaba otro: «Sí, acertado; pero durísimo y con pocas opciones para seguir luchando. ¿Habrá que ‘chutarse’ democracia y libertad en vena?». Todavía apostillaba un tercero: «La última pregunta da pavor. Y ya lo estamos oliendo». Y concluía finalmente otro: «Espero que los pueblos a la hora de la verdad sepan rectificar».

En mi opinión, la lucha frontal contra los nuevos populismos no tiene más espera. Son fenómenos que han ido medrando en el interior de las democracias desde hace años y que han sido ignorados hasta que han eclosionado estrepitosamente, sin que ni los viejos regímenes ni las jóvenes democracias hayan propiciado una reflexión densa sobre la naturaleza de las grietas que presentan y las razones que los han convertido un sustrato fértil para que prospere la involución.

El proceso reflexivo que propongo no puede eludir las consecuencias de la recurrente fricción entre la idealización democrática y su articulación práctica como detonante de un creciente desencanto y escepticismo ciudadano ante principios democráticos básicos como la legitimidad, la representatividad, la transparencia o la igualdad ante la ley. Asimismo, el déficit de representación y participación se ha ido acentuando por mor de una partidocracia que domina la vida democrática, y en última instancia llega a comprometer uno de los baluartes fundamentales de toda sociedad democrática: la división de poderes. La desafección de la ciudadanía ha ido creciendo frente a unas instituciones cada vez más débiles y erráticas en su misión de atender al interés general, garantizar la paz y promover la justicia social.

Constato una suerte de percepción por parte de muchos ciudadanos de que se ha fracturado el viejo contrato social, apareciendo una insalvable línea divisoria entre gobernantes y gobernados. Estos últimos se sienten desposeídos de su soberanía al advertir cómo la clase dirigente privilegia los intereses del capitalismo transnacional, que no ha producido sino el debilitamiento sostenido del estado del bienestar.

Los próximos años pueden ser determinantes para el futuro de Europa. La respuesta frente al auge de los partidos populistas y euroescépticos pasa por sellar las grietas que se han abierto en la vida democrática de los países miembros. En mi opinión, para afrontar este reto, la Unión Europea debe revisitar y profundizar, mucho, el proyecto de integración con la mirada puesta en la defensa de los derechos humanos y del modelo social europeo. Creo que no hay otro modo de renovar el contrato social con los ciudadanos y de alejarse de su inveterada connivencia con el capitalismo financiero y digital para recuperar, o más bien reconquistar, su «licencia para gobernar», que indudablemente ha de provenir de los ciudadanos, de una ciudadanía europea construida sobre los valores democrático-liberales conquistados con esfuerzo y que nos han asegurado décadas de paz y prosperidad. Disminuir el avance de la retórica populista exige la revitalización de la democracia, fortaleciendo los valores europeos y defendiendo los derechos humanos, sin miedos ni titubeos.

Borges, en uno de los versos de su composición Los espejos, nos dice: «Que haya sueños es raro...». Será raro, pero los tuvimos y los tenemos. Y lucharemos por ellos mientras nos quede aliento para clamar y mientras tengamos a mano un ordenador y acceso a internet para decir y argumentar lo que pensamos y en lo que creemos.