Meses atrás reflexionaba en este blog en torno al fraude científico (El fraude científico y sus amenazas), un fenómeno poco novedoso que debe estudiarse y denunciarse para combatir las prácticas indignas que amenazan el futuro de los investigadores, de las universidades y centros de investigación y de la propia ciencia.
En las últimas décadas, el fraude sistematizado ha sacudido el contexto académico. Lo que antes eran incidentes aislados ha mutado en una industria organizada que carcome los cimientos de la investigación científica. En ese sentido, la comunidad científica ha detectado un fenómeno inquietante que amenaza con alterar la integridad de la indagación académica: la proliferación masiva de números especiales en revistas científicas, muchos de los cuales se utilizan para que sus propios editores publiquen sus trabajos y los de sus colaboradores próximos. Esta práctica, descrita con el acrónimo PISS (Published In Support of Self, publicado en apoyo de uno mismo), está siendo denunciada por algunos investigadores como una forma de «autopublicación» que infla currículos y desperdicia fondos públicos, pese a que no aporta avances científicos significativos.
Revistas científicas especializadas, que eran de periodicidad quincenal o semanal, han pasado a publicar números especiales en intervalos de apenas pocas horas. Antes, estos monográficos eran selectos y se encargaban a importantes figuras de una determinada disciplina científica. Ahora, algunos investigadores mediocres reciben una avalancha de invitaciones para ser editores de estos incontables números especiales, convertidos en un negocio millonario.
Un análisis sistemático de más de 110.000 números especiales publicados entre 2015 y 2025 detectó que 1 de cada 8 cumple criterios de PISS, es decir, son monográficos con más de un 33% de artículos firmados por el propio editor invitado. En la muestra estudiada, ello corresponde a más de 43.000 trabajos asociados a este tipo de prácticas. La mayor parte de las ediciones con esos altos niveles de autopublicación pertenecen a la editorial MDPI, que concentró el 87 % de los casos detectados, seguida en menor medida por Frontiers y otras pequeñas editoriales.
Este crecimiento ha sido posible gracias al modelo de acceso abierto (open access). Ello significa que los autores pagan para que sus artículos sean publicados y accesibles sin suscripción (normalmente abonan más de 2.000 euros, generalmente procedentes de fondos públicos). Si bien el acceso abierto posibilita la democratización del conocimiento —impulsado por iniciativas como Plan S, en Europa—, a la vez, indeseablemente, ha creado incentivos perversos. Por un lado, propicia que las revistas incrementen sus ingresos cuanto mayores sean sus publicaciones; y por otro, facilita que los investigadores vean recompensadas sus profusas productividades para optar a ascensos profesionales y acceder a la financiación.
Como decía, este fenómeno no surge de la nada. Estudios previos han demostrado que la publicación académica global ha crecido de forma exponencial. Un trabajo realizado por Mark A. Hanson, Pablo Gómez Barreiro, Paolo Crosetto y Dan Brockington señala que entre 2016 y 2022 el número de artículos indexados aumentó alrededor de un 47 %, mientras que el número de investigadores activos no creció al mismo ritmo. De modo que se genera cultura de sobrecarga de trabajo y presión para publicar más y más rápido. Esta presión, conocida en el argot académico como el sistema de «publica o perece» (Publish or Perish), está siendo ampliamente cuestionada. Líderes en ética científica señalan que cuando las métricas —como el número de publicaciones o los sistemas de citas— se convierten en objetivos, dejan de ser indicadores fiables de calidad, adoptando la forma de un fenómeno descrito por la llamada ley de Goodhart, que resume la frase: «Dime como me mides y te diré qué haré».
Este contexto ha favorecido no solo una proliferación escandalosa de números especiales, sino también prácticas éticamente cuestionables, como las revistas depredadoras, que cobran tarifas elevadas sin ofrecer una revisión rigurosa o un proceso editorial legítimo; y las llamadas «fábricas de artículos», que monetizan la autoría científica sin apenas controles de calidad.
El impacto económico de estas prácticas es considerable. Estimaciones conservadoras cifran en 2.000 € el «peaje» que se abona por cada artículo que se logra publicar, lo que sugiere que los gastos asociados a trabajos PISS podrían ascender a entre 33 y 87 millones de euros, solo en una pequeña fracción del sistema editorial.
Además, la expulsión de ciertas revistas de importantes bases de datos —fundamentalmente por irregularidades en sus procesos de revisión— y el escándalo de las publicaciones anómalas en «megarevistas» de gran volumen advierten de que el problema probablemente se extiende más allá de los números especiales y afecta a la credibilidad de cabeceras editoriales supuestamente prestigiosas.
Diversos organismos, entre los que se incluye la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA), en España, han empezado a ponderar negativamente la repetición de publicaciones en números especiales en un determinado currículum académico, intentando con ello poner coto a la preeminencia de la cantidad sobre la calidad.
Expertos en integridad científica coinciden en que es urgente reformar los criterios de evaluación académica, priorizando la calidad y la relevancia de las publicaciones sobre las métricas cuantitativas simples. Ello incluye aplicar reglas más estrictas para evaluar los números especiales, reforzar la revisión imparcial por pares e impulsar modelos alternativos de comunicación científica que reduzcan la dependencia de las editoriales comerciales.
Las empresas implicadas, como MDPI y Frontiers, defienden sus protocolos y señalan que activan salvaguardas para gestionar posibles conflictos de interés y que las contribuciones cumplen con procesos de revisión equivalentes a los de cualquier otro artículo. Sin embargo, estas explicaciones no han disipado las dudas entre muchos investigadores, y la discusión continúa presente tanto en la literatura académica como en foros y reuniones internacionales.
La comunidad científica se encuentra frente a un serio dilema. Mientras los sistemas de evaluación y financiación sigan basados en métricas que favorecen la producción masiva de artículos, las prácticas como los números especiales autopublicados continuarán proliferando. Cambiar esta dinámica requiere una reforma estructural que aborde no solo la conducta editorial, sino también los incentivos que rigen la carrera académica y científica.
Los problemas descritos no representan un «error menor» del sistema; son un síntoma de cómo las estructuras actuales de la ciencia pueden producir resultados superficiales en detrimento de descubrimientos sólidos y significativos. Como dije en otro post, el combate contra el fraude no es un asunto opcional, sino una condición sine qua non para que la ciencia siga siendo una herramienta valiosa para comprender y transformar el mundo.






