martes, 17 de febrero de 2026

Crónicas de la amistad: Elx (60)

Regresamos a Elx, ciudad que, además de ser el importante accidente cultural que reflejan los mapas y destacan los folletos turísticos, subsume una determinada manera de estar en el mundo. El destino impidió que Antonio Antón nos recibiese, como habíamos previsto, en este territorio entrañable, que hoy se ofrece esencialmente como lugar de recuerdo. Desgraciadamente, en el intervalo de poco más de un trienio y con idéntica premura, dos queridísimos amigos, Elías y Antonio, ilicitanos de adopción y de derecho, dejaron de caminar con nosotros, aunque están presentes en cuanto sembraron con sus formas de vivir y de comprometerse con los demás. Su ausencia nos duele muchísimo, a la vez que nos alumbra, recordándonos que el auténtico progreso se mide con las huellas, los vínculos y los valores que se dejan y perduran.

Elx ha prosperado a lo largo de la historia porque personas como ellos agrandaron su potencial. Su semilla, junto a la de otros ciudadanos de bien, contribuye a que esta ciudad siga creando, cuidando su cultura y apostando por la transformación con identidad.  Y por ello, además de en nuestro recuerdo, seguirán aquí, latiendo en cada gesto honesto, en cada sueño que se atreva a eclosionar. Porque hay lugares que no se abandonan nunca, y personas que, aunque se vayan, se quedan para siempre.

Lamentablemente, por más que la publicidad insista en invadir las pantallas de nuestros teléfonos con imágenes de grupos inseparables brindando por la vida, en general, la realidad es menos halagüeña. Nunca habíamos hablado tanto sobre la amistad y, sin embargo, cada vez cuesta más entablarla y prolongarla. Estudios recientes sobre la soledad advierten de que una parte significativa de los jóvenes se siente aislada, un fenómeno que no se circunscribe exclusivamente a ellos. A medida que pasan los años, numerosas personas adultas descubren que sus amigos ya no se parecen a quienes fueron, que las conversaciones con ellos son menos interesantes y que la complicidad, ese lenguaje tácito que parecía indestructible, empieza a agrietarse.

De ahí que algunos filósofos hayan señalado que la amistad, lejos de ser una relación simple y garantizada, es un vínculo delicado que exige comparecencia, reconocimiento mutuo y estabilidad compartida. Así, por ejemplo, Marina Garcés (La pasión de los extraños, 2025), retomando una metáfora de Nietzsche, nos recuerda que los amigos son como los barcos que coinciden durante un tiempo en el mismo puerto, desde el que se aventuran por rutas distintas. Ello no tendría mayor relevancia si no constatasen que, tras años navegando por mares diversos, cuando vuelven a coincidir, intentan reconocerse y descubren asombrados que ya no comparten los mismos horizontes.

Pese a todo, debe admitirse que en parte de la literatura contemporánea, especialmente en la creada por mujeres, la amistad se ha convertido en un amplio espacio de reflexión, de duelo y de crítica. Sin embargo, en el universo masculino queda mucho por decir al respecto. Filósofos, sociólogos y escritores coinciden en que la amistad entre hombres continúa atrapada en modelos rígidos, con notorio sesgo de género, asentados en vínculos construidos en torno a actividades habituales y comunes (deporte, estudios, trabajo...) más que articulados sobre el intercambio emocional. No se cuestiona que existen los afectos, pero suelen expresarse en clave irónica o como asuntos de camaradería, y rara vez con formatos de vulnerabilidad compartida. Cuando la vida nos exige hablar de miedos, pérdidas, fatigas o frustraciones, muchos descubrimos que nuestras redes de apoyo no están preparadas para ello.

Además, la amistad masculina tradicional tiende a requerir una cierta inmovilidad. Se espera que quienes han sido parte fundacional de un determinado grupo se desenvuelvan en términos parecidos a como lo hicieron consuetudinariamente: fieles a su barrio o a su pueblo, a determinada ideología y a concretos hábitos. Cuando alguien cambia —de ciudad, de ideas o de vida—, emerge una cierta sensación de abandono o de traición en quienes permanecen en el statu quo fundacional. En tales casos, el reencuentro, imaginado como el ansiado refugio, se transforma en un espejo incómodo que nos devuelve una antigua versión nuestra, una identidad diferente que algunos se empecinan en mantener congelada en el tiempo.

A ello se suma la aceleración, uno de los males característicos de nuestra época. Vivimos excesivamente ocupados, concentrados y fatigados resolviendo las urgencias cotidianas que surgen en el trabajo y en la familia. Como señalan algunos sociólogos, cuando no se reservan espacios para cuidar los vínculos, estos se diluyen sin apenas ruido. La mayoría de las amistades no mueren como consecuencia de enfrentamientos, sino por el abandono silencioso. No hay ruptura dramática, simplemente se va creando una distancia que crece hasta que el contacto deja de ser natural y la relación se convierte en recuerdo. Es una especie de desvanecimiento del camino que vincula a las personas que, si no se pisa de vez en cuando, termina invadido por la maleza.

La paradoja reside en que, cuando fallan las parejas, cuando la vida golpea con dureza o cuando se pierde el rumbo, la debilitación de esa red de apoyo resulta especialmente dolorosa. La amistad, que parecía prescindible, se revela —cuando ya es tarde— como una estructura esencial. Quizás por ello conviene reivindicar un cierto activismo en ese universo, restándole algo de centralidad a la vida sentimental y profesional para devolvérsela a los vínculos que sostienen, acompañan y nos recuerdan quiénes fuimos y quiénes deseamos seguir siendo.

Pese a las inevitables grietas, hay amistades que resisten, como la nuestra. Sobreviven a la distancia, al contacto infrecuente e incluso a los largos silencios. Los amigos, cuando volvemos a encontrarnos, sea a través de una llamada o mediante un escueto mensaje, retomamos la conversación como si la hubiésemos dejado ayer. Y ello no es magia, sino memoria afectiva; respeto mutuo y cariño desvinculado del implacable curso del calendario.

Quizá por eso, cuando un amigo se va definitivamente, la herida duele más que la nostalgia. No solo perdemos a un ser querido, se desgaja simultáneamente una parte de nuestra historia. Pocas semanas atrás volvimos a reaprenderlo. La muerte de Antonio Antón, como sucedió con la de Elías, nos recordó qué significa realmente la palabra «compañero»: el que camina con nosotros compartiendo risas, discusiones, silencios y tardes que siempre parecen cortas. No solo se fueron sus presencias, sino una determinada forma de entendernos y de mirar el mundo. Por ello, si a algo nos obliga especialmente su ausencia, es, precisamente, a atender con más cuidado las amistades que aún permanecen, a no darlas por hechas, a cultivarlas y a evitar que se desvanezcan.

Tal vez el aprendizaje que debamos hacer sea ese: aceptar que la amistad no es una fotografía fija, sino un territorio que se transforma a la vez que lo hacemos nosotros y que exige un cuidado primordial. Si logramos asegurarlo, sortearemos las crecientes dificultades que sobrevendrán y seguiremos encontrando en la amistad algo esencial: la certeza de que no estamos solos mientras alguien pueda decirnos, sin reproches ni nostalgia: «Yo te recuerdo, te aprecio y sigo aquí».

Algo así pareció decirnos hoy Paqui, la esposa de Antonio. Conocedora de que nuestro encuentro debía celebrarse en Elx, se brindó, espontánea y generosamente, a recibirnos y a buscar el lugar oportuno donde llevarlo a cabo, como hubiese hecho él. Así se lo trasladó a Pascual y a todos nos pareció bien. Eran poco más de las doce cuando estábamos concentrados en el punto de encuentro convenido, en la cafetería del Centro de Congresos Ciutat d’Elx. Tras los sentidos saludos, nada protocolarios, activamos el modo «actitud positiva» y despachamos un aperitivo, gentileza de la anfitriona, compuesto por entrantes variados (patatas chips, aceitunas, tortilla española, ensaladilla de marisco, boquerones fritos y croquetas de rabo de toro), bien regados con cerveza y un blanco de Rueda.

Terminado el refrigerio, Paqui nos acompañó al restaurante La Cueva, próximo al lugar donde nos encontrábamos, y desde allí se marchó a su domicilio. El establecimiento es un restaurante familiar, de cuidada decoración y excelentes especialidades. Nos gustó especialmente el lechazo al estilo segoviano, precedido por generosas bandejas de queso y embutidos ibéricos y un par de ensaladas. Merecen destacarse, también, las fuentes de huevos rotos con patatas panadera. Todo ello regado con cervezas, refrescos y un Matarromera crianza, y servido con exquisita atención y pericia por el titular del establecimiento.

Concluida la dilatada refacción, nos desplazamos de nuevo a las proximidades del Centro de Congresos, donde despachamos las obligadas copas, que aderezaron una amena tertulia que se prolongó por espacio de un par de horas, esta vez con el obligado silencio de las canciones. Nadie tiene reemplazo y mucho menos la voz y los buenos oficios musicales de Antonio Antón.

Regresamos de Elx con la convicción de que los lugares no son exclusivamente coordenadas en un mapa, sino depósitos de memoria y de apego. Donde hoy faltaban Antonio y Elías no reinó el vacío, sino una forma honda de reivindicar su presencia a través del gesto generoso de Paqui, del aperitivo compartido sin solemnidad, del calor de la acogedora mesa de La Cueva donde la conversación fluyó con naturalidad. Contrastamos de nuevo que la amistad verdadera no depende de la frecuencia ni de la escenografía, sino de la lealtad silenciosa que se mantiene obstinadamente, incluso cuando la vida cambia de rumbo.

En una época acelerada, que trivializa el vínculo y confunde conexión con cercanía, reencontrarnos fue casi un acto de resistencia que nos ayudó a recordar que las amistades no se sostienen por inercia, sino que requieren tiempo, escucha y la valentía de afrontar y aceptar que todos nos transformamos. El recuerdo de Antonio y Elías nos demostró que el progreso personal y colectivo se mide por la calidad de los lazos que cultivamos.

Concluimos el encuentro, convencidos de que algo se había restaurado porque, aunque resulte imposible sortear las ausencias, tenemos en nuestra mano evitar el abandono. Si cuidamos lo que late entre nosotros, seguiremos caminando acompañados, fieles a la memoria amistosa que convierte los recuerdos en compromisos y las pérdidas en renovadas dimensiones del afecto. Hago votos por que así sea.

La próxima, si el tiempo o las circunstancias no lo impiden y por unánime resolución, será en Santa Pola, el 14 de abril.




7 comentarios:

  1. Gràcies Vicent per fer-nos reflexionar sobre l'amistat, eixe valor que ens fa sentir i mostrar l'afecte als que per diversos motius em compartit part de la vida. Salut i una abraçada

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  2. Una abraçada també per a tú.

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  3. Mi aplauso a esa actividad de seguir dando vida A LA AMISTAD.

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  4. És un plaer llegir-ne. Reflexió bella i profunda que compartesc íntegrament.
    La setmana passada vaig llegir un llibre que conté una reflexió molt curta i encertada sobre l'amistat de Sebastià Alzamora: 'Dos amics de vint anys' sobre l'amistat de dos homes. Diu:
    "...l'amistat no és tan sols un goig, ni el record de la llum de tardes felices, sinó també un treball fort i sostingut, un esforç que reclama braó, mall i enclusa."

    És veritat, però una amistat autèntica és, sens dubte, una de les millors experiències que podem compartir i gaudir els humans. Jo et tinc per un gran amic!
    Una forta abraçada, extensiva a Pasqual i Sofo de
    Ximo

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    1. Benvolgut Ximo,
      Plenament d'acord. També et considere un gran amic.
      Trasladaré les teues abraçades als amics comuns.

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