sábado, 31 de mayo de 2025

Leyes de concordia que siembran discordias

El Tribunal Constitucional (TC) ha admitido a trámite el recurso de inconstitucionalidad presentado por el Gobierno de España contra varios artículos de la Ley de Concordia de la Comunidad Valenciana, aprobada en 2024 por el PP y Vox.  Esta decisión ha generado un intenso debate político y social en torno a la memoria democrática y los derechos de las víctimas del franquismo.

La Ley de Concordia sustituye a la anterior Ley de Memoria Democrática de 2017.  Uno de los aspectos más controvertidos de la nueva norma es la equiparación de todas las víctimas de violencia política desde 1931 hasta la actualidad, incluyendo a las del franquismo, la Segunda República y el terrorismo.  Además, la ley elimina organismos y normativas previas dedicadas a la memoria democrática, como el Instituto Valenciano de la Memoria.

El Gobierno de España sostiene que la Ley de Concordia vulnera derechos fundamentales recogidos en los artículos 10 y 15 de la Constitución Española, así como el reparto de competencias entre el Estado y las comunidades autónomas.  En particular, se cuestiona la equiparación de víctimas de diferentes periodos históricos y la eliminación de organismos dedicados a la memoria democrática.

La ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, Diana Morant, ha afirmado que la ley «iguala a las víctimas con los verdugos» y «blanquea el franquismo», infringiendo los derechos humanos de las víctimas del franquismo y de la dictadura.

La decisión del TC ha sido bien recibida por asociaciones memorialistas, que consideran que la Ley de Concordia representa un retroceso en la protección de los derechos de las víctimas del franquismo.  Por su parte, la Generalitat Valenciana, representada por la consellera de Justicia Nuria Martínez, defiende la constitucionalidad de la norma, argumentando su carácter integrador y no excluyente respecto a las víctimas.

Vox ha criticado al Gobierno y al PP por usar las instituciones en su beneficio, mientras que el PSPV-PSOE y Compromís han exigido la retirada de la ley, argumentando que vulnera la Constitución y los derechos humanos.

La Ley de Concordia de la Comunidad Valenciana ha sido comparada con una norma similar aprobada en Aragón, también impulsada por PP y Vox, que fue suspendida cautelarmente por el TC. Sin embargo, los promotores de la ley valenciana argumentan que su norma es diferente, ya que no se limita a derogar la anterior ley de memoria democrática, sino que establece un nuevo marco legal que reconoce a todas las víctimas de la violencia política. La suspensión de varios artículos de la Ley de Concordia es provisional hasta que el Tribunal Constitucional resuelva sobre el fondo del asunto.

La controversia en torno a la Ley de Concordia refleja las profundas divisiones políticas y sociales en España respecto a la memoria histórica y la forma de abordar el legado del franquismo. La resolución final del TC será determinante para definir el marco legal en esta materia y establecer los límites de las competencias autonómicas en relación con la legislación estatal.



jueves, 29 de mayo de 2025

Elías, tercer aniversario

El tiempo ha pasado, Elías. Tres años ya desde que te fuiste, y aún hay días en que me cuesta creerlo. Como si tu nombre no pudiera escribirse en pasado. Como si aún estuvieses a punto de aparecer, con tu sonrisa ancha, con ese gesto socarrón, de chanza tierna, llamándonos pausadamente por nuestro nombre. Hoy, en este tercer aniversario, no vengo a llorarte, ya no necesito hacerlo. Solo quiero hablarte, contarte algo de lo que ha sucedido.

El aire huele igual que aquella tarde, a polvo reseco y a despedida. Imagino por centésima vez los espacios y circunstancias de nuestras conversaciones, como si repitiendo el gesto pudiera invocarte. Pero todo resulta vano, ya no vienes. Nadie llega. Solo una frase de Neruda martillea mi mente con dolorosa insistencia: «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos». No, no lo somos. Porque contigo se fue algo más que un amigo. Se fue la sonrisa sin sombra. Se fue la certeza de que compartiríamos otros encuentros, de que renovaríamos los abrazos, de que apuraríamos otra ronda.

A veces, cuando nos reunimos, nos descubro mirándonos en silencio, como si estuviésemos buscando tu marchito rostro en el semblante de los demás. Y es que, en realidad, seguimos hablando contigo, Elías, amigo, aunque no lo hagamos en voz alta sino con serios y resignados visajes.

Cada cual carga de forma distinta su pedazo de duelo. Pascual, por ejemplo, parece que se tornó algo más silente y discreto. Antonio Antón disfraza sus sentenciosos chascarrillos con los acordes de la guitarra. Luis dice que escucha tu risa cuando camina solo. Y yo recuerdo aquel banco en el parque, junto al Vinalopó, donde alguna vez especulamos sobre si la vida es algo que se hace o algo a lo que se sobrevive. Tú decías que era ambas cosas. Yo empiezo a entenderlo ahora.

Sofo dice que hace poco soñó contigo. Lucías joven, como siempre, con los ojos llenos de mundo y de inteligencia. No le dijiste nada, solo sonreías, y él se despertó con lágrimas dulces. Porque hay llantos que duelen y otros que limpian. Y ese fue de los segundos. Yo mismo guardo alguno de tus mensajes. A veces los leo, como quien visita una ruina sagrada. Releer cualquier insustancial comentario es una forma de mantener intacto lo esencial; porque en lo cotidiano también está lo eterno.

Y sí, Elías, ya no somos los mismos. Tu ausencia nos cambió los huesos. Nos hizo más lentos al reír, más hondos al mirar. Nos enseñó que la vida no pide permiso para quebrarse, pero también que en cada grieta cabe la memoria y puede entrar la luz. A veces pienso que tu muerte no fue solo un adiós, sino una siembra. Dejaste en nosotros raíces invisibles que coadyuvan a sostenernos. Porque, aunque el viento sople fuerte, cuando uno ha querido así, jamás se desmorona del todo.

Este aniversario no es una lápida sino un poema. Es la página que resume que todavía vivimos contigo. Porque en cada historia que contamos —y son muchas—, tú apareces. Como lo haces en cada brindis improvisado, en cada silencio donde cabrías. En cada gesto, que ya no sabemos si es nuestro o tuyo.

Antonio García dice que en los atardeceres siente tu presencia. Como si te hubieses transformado en color, o el cielo supiera cómo vestirse cuando alguien noble se convierte en recuerdo.

Domingo, con su voz pausada, dijo algo hermoso en cierta ocasión: «Elías era una casa abierta, uno entraba y ya no quería salir». Y es verdad, todos fuimos un poco mejores cuando estábamos contigo. Todos creímos, por un instante, que el mundo era un sitio más justo, más alegre, más tuyo.

Alfonso aún no sabe cómo despedirse. Escribe cartas que no te envía. Las quema en una vieja chimenea, convencido de que el humo sabrá llevarlas a donde estás. Y tal vez te llegan, porque hay cosas que no entienden de muerte ni de distancia. Hay sentimientos que no se extinguen, solo cambian de forma.

Y Tomás, con su mirada de faro, nos recordó algo sencillo pero profundo: que seguir adelante no es traición. Que reír de nuevo no es olvido. Que honrarte también es vivir. Vivir bien. Vivir juntos, cuanto podamos.

Hoy, en tu aniversario, no hemos venido a llorarte sino a testimoniar nuestro agradecimiento. Porque fuiste el puente y el abrazo. Porque no hay día en que no nos faltes, y ni uno solo en el que no estés.

Así que, sí, Neruda tenía razón: «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos».

Pero quizás —solo quizás— eso es también un acto de amor. Cambiar para llevarte dentro. Ser otros, para ser un poco más tuyos. Nos queda tu eco, Elías. Y mientras sigamos nombrándote, nada ni nadie hará que te desvanezcas.



miércoles, 28 de mayo de 2025

El retroceso de las izquierdas en Europa: una mirada crítica

El profesor Sánchez-Cuenca publicaba ayer un artículo en el diario El País, rotulado «Una explicación del retroceso de las izquierdas en Europa», con el que concuerdo ampliamente. En él dice que, entre los años 2000 y 2025, las fuerzas de izquierda en Europa occidental han experimentado una pérdida sostenida de apoyo electoral. El voto combinado de todas ellas ha pasado del 43% al 32,8% en este período. La caída más pronunciada ha sido la de la socialdemocracia tradicional, que ha descendido del 32,3% al 19,5%. Mientras tanto, la izquierda alternativa y los verdes han ganado algo de terreno, pero no lo suficiente para compensar el declive general. Este fenómeno merece un análisis que, más allá de los aspectos teóricos, se nutra de ejemplos concretos de países y movimientos que ilustran tanto el fracaso como los intentos de renovación del pensamiento progresista.

Sánchez-Cuenca plantea una tesis provocadora y a la vez razonada: la izquierda ha fracasado en adaptarse a los nuevos tiempos, en parte por adoptar una actitud paternalista hacia los votantes. Según él, «la izquierda ha tratado de educar a los votantes sobre sus verdaderos intereses en lugar de escucharlos». Desde esta lógica, se deduce que los partidos progresistas han creído que los ciudadanos necesitan ser «educados» sobre sus verdaderos intereses. Esta suposición, heredada del marxismo clásico y reforzada por visiones moralistas de la política contemporánea, se torna particularmente disfuncional en una era marcada por el individualismo, el empoderamiento subjetivo y una desconfianza creciente hacia cualquier forma de autoridad.

En sociedades como las actuales, cada vez más atomizadas, donde los individuos privilegian sus experiencias vitales por encima de los discursos colectivos, la izquierda tradicional aparece desfasada. Un ejemplo paradigmático se contrasta en la vecina Francia, donde el Partido Socialista ha sido desplazado del centro del escenario político por opciones como La Françe Insoumise, de Jean-Luc Mélenchon, que aunque representa una izquierda más radical, también ha oscilado entre la movilización popular y la retórica doctrinaria, lo cual, en mi opinión, ha limitado su crecimiento electoral.

De modo que podría decirse que el problema no es solo de mensaje, sino también de actitud. La izquierda ha adoptado, casi por sistema, lo que podría denominarse una posición de superioridad epistémica: presume de conocer mejor que los propios ciudadanos lo que necesitan o deben desear. Y esto se traduce en un discurso que suena condescendiente, que no invita al diálogo sino que más bien imparte doctrina. Y que ha terminado por conseguir que muchos votantes se sientan juzgados o incomprendidos. Como dice en su artículo Sánchez-Cuenca, «esa actitud de superioridad moral puede resultar alienante para quienes no comparten todos los valores progresistas».

Un enfoque de esta naturaleza tiene inevitables consecuencias electorales. Cuando la izquierda apela a conceptos como «justicia social», «redistribución» o «igualdad estructural», lo hace desde un marco discursivo que presupone una formación ideológica previa por parte del votante. En el mundo contemporáneo, donde el consumo de información es fragmentado y donde las emociones priman sobre los argumentos, esta estrategia resulta improductiva. Contrariamente, movimientos como el de Giorgia Meloni en Italia han logrado capitalizar el desencanto con mensajes simples pero emocionalmente poderosos.

La derecha ha entendido mejor las reglas de la comunicación política en el siglo XXI. Ha sabido adaptarse a un entorno en el que las identidades son múltiples y contradictorias, y ha ofrecido respuestas simples a problemas complejos. Frente a esto, la izquierda ha insistido en una pureza doctrinal que limita su base electoral y la distancia del pragmatismo necesario para gobernar. De hecho, en países como Suecia o Dinamarca, los partidos socialdemócratas han endurecido sus posturas sobre asuntos críticos, como la inmigración, en un intento por recuperar votantes perdidos, generando fuertes debates internos sobre los límites del progresismo.

En mi opinión, no se trata de abandonar principios, sino de cambiar la manera en que estos se transmiten e integran en las vidas reales de las personas. La izquierda debería recuperar la capacidad de escuchar sin prejuicios y construir propuestas políticas a partir de los relatos concretos de los ciudadanos. Esto implica también revisar algunas certezas. Por ejemplo, en el Reino Unido, cuando Jeremy Corbyn encabezó el laborismo, logró movilizar a millones de jóvenes, pero fracasó al articular un mensaje transversal que conectase también con las clases trabajadoras tradicionales.

Otro aspecto trascendental que debe abordarse es la relación entre la izquierda y la cultura. Durante décadas, la izquierda ha sido vanguardia en los debates culturales, pero hoy parece atrapada en la tensión existente entre la corrección política y la libertad de expresión. Esta rigidez la explotan sus oponentes, que se presentan como defensores de la libertad frente a una supuesta dictadura del pensamiento progresista. De hecho, esta narrativa ha sido utilizada con éxito por Vox en España y por partidos similares en Europa del Este.

Otro elemento que me parece que ha contribuido al repliegue electoral de la izquierda es la falta de renovación generacional en sus liderazgos. Muchos partidos progresistas siguen siendo dirigidos por figuras asociadas con el pasado. En contraste, movimientos como el de Sanna Marin en Finlandia han evidenciado cómo una agenda progresista puede ser liderada con espontaneidad y empatía, sin rehuir las dificultades de la gobernabilidad.

En este contexto, la tecnología ha jugado un papel ambivalente. Por un lado, ofrece herramientas de organización y movilización sin precedentes, como se vio en los movimientos sociales que surgieron a través de redes digitales (el 15M en España o Fridays for Future en Europa). Por otro, ha fragmentado el espacio público, debilitando los discursos complejos y favoreciendo la «viralidad» de mensajes simplistas y bulos. Debe aceptarse que la izquierda, acostumbrada a procesos deliberativos más pausados, no siempre ha sabido adaptarse al ritmo acelerado y emocional de las plataformas digitales.

Así mismo, la transformación económica ha socavado algunas de las bases tradicionales del voto de izquierda. La desindustrialización, la precariedad laboral y la automatización han alterado la composición de las clases trabajadoras. Nuevas formas de empleo, como el trabajo en plataformas o la economía gig (colaborativa o de trabajos temporales), escapan a los esquemas sindicales clásicos. Mientras tanto, la izquierda no ha desarrollado un discurso convincente para estos nuevos sectores. En lugar de formular propuestas claras para los trabajadores digitales, se ha centrado en debates identitarios que, aunque importantes, no sustituyen a la agenda materialista.

Sería injusto no reconocer que hay ejemplos de izquierdas que han sabido reinventarse. En España, por ejemplo, el municipalismo surgido tras el 15M, con figuras como Ada Colau en Barcelona, supo conectar con demandas concretas como el derecho a la vivienda o la gestión pública de los servicios. En Alemania, Los Verdes han logrado consolidarse como una fuerza de gobierno viable, combinando ecología con propuestas económicas razonables. En Portugal, el Partido Socialista ha sabido navegar con pragmatismo entre alianzas y gobernabilidad, manteniendo una política de izquierdas factible.

Considero, en suma, que la izquierda europea tiene ante sí un doble reto: recuperar la confianza de los votantes y redefinir su proyecto de futuro. Esto exige abandonar el tono aleccionador, sustituir la retórica de la culpa por otra de la esperanza, y ofrecer alternativas concretas que mejoren la vida cotidiana de las personas. Debe ser capaz de crear un relato de progreso que no derive de la superioridad moral, sino de la empatía y la eficacia.

La tesis de Sánchez-Cuenca, atribuyendo buena parte del declive de la izquierda a su actitud hacia el votante, no me parece exclusiva ni definitiva, pero sirve como punto de partida para un examen más profundo, honesto y autocrítico. Las fuerzas progresistas deben preguntarse por qué han perdido su conexión con grandes capas de la sociedad y cómo pueden volver a representarlas sin caer en la nostalgia ni en el sectarismo. Creo que el futuro de la izquierda en Europa depende de su capacidad para adaptarse a las nuevas condiciones del debate público, tecnológicas y económicas, sin perder su esencia transformadora. Y para ello, la humildad política puede ser el primer paso.

En mi opinión, para reconstruir su poder transformador, la izquierda europea debería impulsar estrategias que combinen modernización, proximidad y pluralismo. En primer lugar, debe abandonar cualquier atisbo de pedagogía paternalista y adoptar una actitud de escucha activa, debe esforzarse por entender las preocupaciones reales de los votantes, incluso cuando desafían los marcos ideológicos tradicionales. En segundo lugar, debe priorizar la agenda material sin abandonar la lucha por derechos sociales, pero integrando ambas dimensiones en una narrativa unificada que conecte con la vida cotidiana. Además, es fundamental renovar los liderazgos e incorporar nuevas voces que comprendan los lenguajes y expectativas de las generaciones digitales. Y en cuarto lugar, la izquierda deberá comprometerse con una tecnología que no solo comunique eficazmente, sino que sirva también para democratizar la organización política y la participación ciudadana.

La izquierda necesita modular una visión de futuro que combine justicia social, sostenibilidad ecológica y dignidad económica. No basta con resistir al avance de la derecha o refugiarse en el pasado, es necesario construir una alternativa que sea realista, creíble y movilizadora. Como dice Sánchez-Cuenca en su artículo, «la izquierda recuperará su fuerza cuando vuelva a ser una herramienta de emancipación, no de imposición». En un mundo inmerso en una transformación acelerada, la izquierda solo recuperará su centralidad asumiendo el riesgo de reinventarse sin renunciar a sus principios fundacionales.


Resultados elecciones al Parlamento Europeo 2024
 

domingo, 11 de mayo de 2025

Los 21 gramos del alma

El reciente fallecimiento del papa Francisco ha alumbrado largas jornadas en las que, por encima de guerras y acontecimientos de toda índole, los protagonistas de la vida pública y mediática han sido los príncipes de la Iglesia y la espectacular escenografía que han desplegado para consumar los ritos y negociaciones establecidos por las normas y tradiciones eclesiásticas, con objeto de honrar la memoria y mérito del finado y elegir a su sucesor.

Este rimbombante acontecimiento, y muy especialmente el fastuoso aparato escenográfico y diplomático que lo acompaña, me ha hecho evocar acaecimientos pretéritos relativos a las intrascendentes defunciones que afectan a la generalidad de los humanos. No sé por qué, los fastos de estos días han traído a mi memoria la película 21 gramos (2003), cuyo guion escribió Guillermo Arriaga y que fue dirigida por Alejandro González Iñárritu. Como recordarán quienes la han visto, se abordan en ella varias líneas argumentales sobre las consecuencias de un trágico accidente de automóvil, interpretadas por Sean Penn (matemático gravemente enfermo), Naomi Watts (madre afligida) y Benicio del Toro (convicto cuyo descubrimiento del cristianismo se pone a prueba tras el accidente). Más allá de los detalles de la trama, subrayaré que, en su día, la película contribuyó a ahondar una creencia arraigada en ciertos ámbitos, favoreciendo su incorporación a la cultura popular. Me refiero, en concreto, al hipotético peso que tiene el alma humana, un controvertido asunto que trae causa de las investigaciones que desarrolló el doctor MacDougall a principios del siglo XX. Concretamente, en 1907, los diarios «The New York Times» y «Boston Sunday Post» publicaron la noticia de que el aludido médico de Haverhill (Massachussetts), había «demostrado» que el alma humana pesaba alrededor de 21 gramos.

Para que se entienda el inusitado alcance de tan sorprendente investigación, puntualizaré que a finales del siglo XIX los Estados Unidos de América se habían convertido en uno de los paraísos del espiritismo y los médiums. Desde que en 1847 se hiciera público el caso de las hermanas Fox, que aseguraron haber presenciado fenómenos paranormales, cobró fuerza la posibilidad de contactar con los difuntos.

El movimiento cuajó en Norteamérica y en Europa, donde numerosos científicos, algunos de gran reputación, reforzaron la tentativa de los movimientos espiritista y teosófico de convertirse en la alternativa al positivismo y el materialismo, que estaban en plena emergencia.

Nada importó que los estudios no fueran concluyentes, que se destaparan los fraudes o que se cuestionase la fenomenología estudiada. Bastaba la opinión favorable de algún reputado experto para impulsar o desatar la histeria colectiva del movimiento espiritista. La presencia de esas figuras científicas, integradas y activas en el seno de asociaciones dedicadas al estudio de fenómenos paranormales, ayudó a su popularización. Un caso paradigmático es el de William James, padre de la psicología estadounidense. De modo que la extravagante mezcla de espiritismo y ciencia generó una sinergia perfecta, que no solo garantizaba la supervivencia del primero, sino también su ingreso por derecho propio en el seno de la cultura popular contemporánea. De hecho, a comienzos del siglo XX, el juego favorito para animar los aburridos salones de té de las clases altas eran las sesiones de espiritismo.

Pues bien, volviendo al asunto que nos ocupa, añadiré que el flamante galeno massachusettano inició sus investigaciones partiendo de la presunción de que el alma es un elemento esencial de los humanos, que no está presente en otras especies. A su vez, se planteó la hipótesis de que debería poseer algún rastro físico, pues resulta absurdo que algo que tenga existencia no pueda medirse. Y para demostrarlo ideó un curioso procedimiento experimental consistente en localizar a seis pacientes desahuciados, cuya muerte se preveía inminente. Todos agonizarían en sus camas, lo que le permitiría presenciar los óbitos y establecer los pertinentes controles. Como grupo control, decidió emplear perros, a los que obviamente debía envenenar. En los minutos previos a los óbitos, McDougall depositaba las camas sobre una báscula de precisión, cuyo margen de error no superaba los 5,6 gramos.

Los resultados obtenidos con su investigación no fueron concluyentes, pero sí muy cuestionados por la comunidad médica y científica de su época. No todos los pacientes perdieron peso al morir, y los que registraron alguna merma, no lo hicieron en cantidades homogéneas. Además, solo uno de los sujetos perdió peso justo en el momento del óbito, tal como se esperaba. Por otro lado, los perros no experimentaron cambios, lo que coadyuvaba a corroborar la tesis de que «los animales no tienen alma». En cualquier caso, el médico no se desanimó. Tras la primicia periodística, reevaluó sus cálculos y publicó de nuevo los resultados en una revista especializada en investigación parapsicológica y, paralelamente, en American Medicine.

El trabajo de MacDougall recibió respuestas airadas cuestionando sus supuestos iniciales, sus métodos y los resultados. Los argumentos de sus detractores eran abrumadores: confusión ontológica entre física y metafísica, selección anecdótica de la muestra, control de resultados inconsistente... También se apuntaban errores de apreciación médica inaceptables, como por ejemplo que entonces resultaba complejo determinar con exactitud el momento de la muerte y, además, los perros carecen de glándulas sudoríparas, lo que podría explicar que no perdieran peso durante la agonía.

Todo ello no arredró a MacDougall en absoluto. En 1911, poco antes de desaparecer de la vida pública, se reafirmó en sus ideas en The New York Times, a la par que, irónicamente, expresó sus dudas acerca de la posibilidad de que el alma pudiera ser fotografiada mediante rayos-X, como defendía la competencia con experimentos posteriores realizados con rayos X en el momento de los decesos.

La teoría de los 21 gramos, que abona la existencia de un rasgo físico para el alma –su supuesto «peso»–, pervive en el imaginario colectivo. Sigue siendo una idea arraigada en la cultura popular, una creencia de ningún modo argumentada con el más elemental rigor científico aunque ampliamente difundida en nuestros días. Y es que, nunca como hoy, los bulos han tenido un recorrido tan largo.

En las pasadas jornadas, viendo a sus eminencias reverendísimas encomendarse tan devota y discretamente a la inspiración del Espíritu Santo para acertar en la elección del que hoy es el papa León XIV, especulé acerca del procedimiento que hubiese ideado el ocurrente doctor de Massachusetts para determinar con exactitud el peso de una realidad tan inmaterial, incuestionable e infalible. E incluso llegué a pensar que, en su incontinente afán investigador, pudo llegar a proponerse averiguar el peso de la Santísima Trinidad. En fin, tal vez debo ofrecer mis disculpas a quienes pudieran pensar que me estoy extralimitando, o que incursiono indebidamente en el territorio de la irreverencia. Les aseguro que nada más lejos de mi intención. Laus Deo.


Duncan MacDougall



jueves, 8 de mayo de 2025

A vueltas con la soledad

Una década atrás confesaba en este mismo blog que desconocía si la compañía perfecta del silencio es la soledad o viceversa. Reflexionaba y deducía que, vivamos emancipados o en un ámbito conyugal, casi siempre estamos solos, ensimismados con nuestra conciencia, sentimientos e ideas. Profesamos una especie de aislamiento existencial, autoimpuesto y errático, relativamente placentero, que curiosamente facilita la convivencia. Sin embargo, cuando por cualquiera que sea la causa se quiebra la vida en común, ese escogido recogimiento se transmuta en una imposición dolorosa, casi inaceptable. Alumbra entonces la desesperanza, nos invade un injurioso aislamiento, una nada enmudecida que nos sume en la tristeza y el desaliento. Descubrimos la orfandad, nos desplomamos en un estado de abatimiento y negatividad que imposibilita el bienestar que acompaña a la soledad deseada y ocasional. Tal vez por ello –decía entonces– deberíamos intentar aprender a convertirla en un escenario transitorio, a percibirla como algo no necesariamente traumático sino como oportunidad para intensificar la autorreflexión, para conocernos y encontrarnos con nuestra identidad. Quizá esas coyunturas de soledad no deseada representan oportunidades para encarar y dialogar con las fobias más acendradas y evitar que nos bloqueen.

En una entrada más reciente, subrayé una obviedad: la soledad es un problema creciente, vinculado con la mayor esperanza de vida de la población de los países desarrollados, que antes o después deberán afrontar. Por un lado, es un lecho de negocio nada despreciable. Aborrezco tan obscena perspectiva, pese a que es tan real como la vida misma. Por otro lado, ninguna sociedad civilizada debería permitir que se abandone a las personas mayores y discapacitadas a la suerte que les depare su sobrevenida soledad, puesto que ello significa perpetrar actos de crueldad y generar situaciones de indefensión inadmisibles. No solo debe evitarse que se les deje al albur de su suerte, sino que debería garantizarse que nadie viva acompañado de quienes no lo quieren o no lo atienden adecuadamente, o de ambas cosas a la vez. Por desgracia, también en este caso, se constata que la soledad de los más indefensos correlaciona mejor con la pobreza que con su edad.

Numerosas investigaciones disipan todo género de duda sobre las negativas consecuencias que tiene la soledad para la salud física y mental de las personas. De ahí que no solo las familias, también las administraciones públicas y la sociedad civil, deberían aplicarse a diseñar y activar iniciativas, políticas, recursos y actuaciones para facilitar la vida social, para que nadie se vea obligado a afrontar su indeseada soledad sin los medios necesarios.

El pasado año, se celebró la I Jornada de la Soledad, en el Hospital Universitario Sant Joan d’Alacant. Se presentó en ella un Plan de Intervención Comunitaria impulsado por el Departamento de Salud Alicante-Sant Joan, que intentaba abordar la soledad no deseada como un problema de salud pública, especialmente entre personas mayores, indigentes, enfermos crónicos y otros colectivos vulnerables. El propósito principal era coordinar esfuerzos entre el ámbito sanitario, los servicios sociales, las administraciones locales y las asociaciones para visibilizar y combatir la soledad.  Una de las primeras medidas anunciada era codificar la soledad y la indigencia como diagnósticos médicos (CIE) y de enfermería (NANDA), permitiendo su registro en las historias clínicas y facilitando la creación de una base de datos para cuantificar el problema y orientar la asignación de recursos adecuados.

Próximamente, está prevista una II Jornada de la Soledad con el lema «Visibilizando» (visibilizar la soledad vinculada con la salud o la enfermedad). En ella se intentará explicar que la soledad es uno de los objetivos del plan de intervención impulsado por el Hospital de Sant Joan, que ha permitido la constitución de un grupo de trabajo y la celebración de reuniones periódicas para actuar de forma coordinada con diversas instituciones.

El pasado 3 de mayo, la sección de Negocios del diario El País incluía un reportaje, firmado por Sandra López Letón, titulado «Su soledad es nuestro negocio: así es la industria milmillonaria del aislamiento social», en el que se expone cómo la soledad se ha convertido en una epidemia global con consecuencias sanitarias, sociales y económicas significativas, y cómo ha dado lugar a una lucrativa industria que busca paliar sus efectos.

Más de mil millones de personas en el mundo experimentan soledad de forma frecuente o severa, una cifra que ha aumentado tras la pandemia de Covid-19.  Este sentimiento, caracterizado por el deseo de más contacto humano, tiene impactos comparables al tabaquismo o la obesidad, incrementando el riesgo de enfermedades mentales y físicas, y elevando la mortalidad prematura hasta en un 26%.  En España, el coste asociado a la soledad no deseada asciende a 14.141 millones de euros anuales.

La creciente demanda de atención ha impulsado lo que algunos denominan la «economía de la soledad», una industria que podría superar los 500.000 millones de dólares en 2030. Incluye desde chatbots, como Isaac de Character.ai, que ofrecen compañía emocional simulada, hasta plataformas de citas, servicios de alquiler de amigos, mascotas robóticas y aplicaciones de salud mental.  Empresas como Replika y Serenia utilizan inteligencia artificial para proporcionar compañía emocionalmente receptiva.

Aunque estas soluciones tecnológicas pueden ofrecer alivio, también plantean preocupaciones éticas, como la privacidad de los datos, la suplantación de relaciones humanas reales y la posibilidad de que las interacciones digitales sustituyan a las conexiones auténticas.  Además, existe el riesgo de que estas tecnologías profundicen la brecha digital, dejando atrás a quienes no tienen acceso o habilidades para utilizarlas.

Gobiernos y organizaciones están reconociendo la gravedad del problema. En España, se trabaja en una Estrategia Nacional contra la Soledad, y muchas comunidades y ayuntamientos ya han implementado planes específicos.  A nivel internacional, ciudades como Seúl han anunciado inversiones significativas para combatir la soledad mediante servicios de consejería, plataformas en línea y actividades comunitarias. En resumen, la soledad se ha transformado en una cuestión de salud pública y en una oportunidad de negocio, generando un mercado en expansión que busca mitigar sus efectos mediante soluciones tecnológicas y comunitarias.

En el ámbito de la Comunidad Valenciana, la Conselleria de Sanidad impulsa timoratamente un plan integral para identificar y abordar la soledad no deseada de 85.000 mayores residentes en la provincia de Alicante, reconociéndola como un problema de salud pública que afecta significativamente a su salud mental y física. El plan pretende detectar tempranamente los casos de soledad y proporcionar a los afectados una asistencia integral, estableciendo circuitos efectivos entre los profesionales de la salud y los servicios sociales. Se pretende mejorar la calidad de vida de las personas mayores, prevenir enfermedades asociadas a la soledad y reducir la presión sobre los servicios sanitarios. Verdaderamente, queda mucho por hacer al respecto. Una jornada anual me parece escaso bagaje para afrontar tan ingente tarea.

Es evidente que la soledad progresa y se fortalece en un planeta hiperconectado donde las interacciones humanas y la forma de percibir el mundo han cambiado. Es la gran paradoja: en la era de la conexión permanente (mediante dispositivos tecnológicos y las infraestructuras de transporte) hay más soledad que nunca. Se imponen los estados emocionales negativos y causan importantes estragos en las personas y en las arcas públicas.

Como ha dicho alguno de los pensadores de nuestro tiempo, vivimos en sociedades líquidas, en las que prima la inestabilidad, la precariedad de los vínculos y la falta de cohesión social. Hemos demonizado la dependencia y erigido la independencia y la autonomía como símbolos del éxito social, cuando la naturaleza humana es precisamente lo contrario: somos interdependientes y nos necesitamos los unos a los otros para sobrevivir. Está claro que la promesa de facilitar el contacto humano se ha convertido en una mina de oro, con un valor difícil de cuantificar dada su amplitud y transversalidad. Además de ser uno de los mayores negocios del futuro, espero que este nuevo El Dorado no se limite a fagocitar los limitados recursos de las personas y de las administraciones públicas y que contribuya también, perceptiblemente, a asegurar la cohesión social y el bienestar personal de los ciudadanos.