jueves, 29 de mayo de 2025

Elías, tercer aniversario

El tiempo ha pasado, Elías. Tres años ya desde que te fuiste, y aún hay días en que me cuesta creerlo. Como si tu nombre no pudiera escribirse en pasado. Como si aún estuvieses a punto de aparecer, con tu sonrisa ancha, con ese gesto socarrón, de chanza tierna, llamándonos pausadamente por nuestro nombre. Hoy, en este tercer aniversario, no vengo a llorarte, ya no necesito hacerlo. Solo quiero hablarte, contarte algo de lo que ha sucedido.

El aire huele igual que aquella tarde, a polvo reseco y a despedida. Imagino por centésima vez los espacios y circunstancias de nuestras conversaciones, como si repitiendo el gesto pudiera invocarte. Pero todo resulta vano, ya no vienes. Nadie llega. Solo una frase de Neruda martillea mi mente con dolorosa insistencia: «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos». No, no lo somos. Porque contigo se fue algo más que un amigo. Se fue la sonrisa sin sombra. Se fue la certeza de que compartiríamos otros encuentros, de que renovaríamos los abrazos, de que apuraríamos otra ronda.

A veces, cuando nos reunimos, nos descubro mirándonos en silencio, como si estuviésemos buscando tu marchito rostro en el semblante de los demás. Y es que, en realidad, seguimos hablando contigo, Elías, amigo, aunque no lo hagamos en voz alta sino con serios y resignados visajes.

Cada cual carga de forma distinta su pedazo de duelo. Pascual, por ejemplo, parece que se tornó algo más silente y discreto. Antonio Antón disfraza sus sentenciosos chascarrillos con los acordes de la guitarra. Luis dice que escucha tu risa cuando camina solo. Y yo recuerdo aquel banco en el parque, junto al Vinalopó, donde alguna vez especulamos sobre si la vida es algo que se hace o algo a lo que se sobrevive. Tú decías que era ambas cosas. Yo empiezo a entenderlo ahora.

Sofo dice que hace poco soñó contigo. Lucías joven, como siempre, con los ojos llenos de mundo y de inteligencia. No le dijiste nada, solo sonreías, y él se despertó con lágrimas dulces. Porque hay llantos que duelen y otros que limpian. Y ese fue de los segundos. Yo mismo guardo alguno de tus mensajes. A veces los leo, como quien visita una ruina sagrada. Releer cualquier insustancial comentario es una forma de mantener intacto lo esencial; porque en lo cotidiano también está lo eterno.

Y sí, Elías, ya no somos los mismos. Tu ausencia nos cambió los huesos. Nos hizo más lentos al reír, más hondos al mirar. Nos enseñó que la vida no pide permiso para quebrarse, pero también que en cada grieta cabe la memoria y puede entrar la luz. A veces pienso que tu muerte no fue solo un adiós, sino una siembra. Dejaste en nosotros raíces invisibles que coadyuvan a sostenernos. Porque, aunque el viento sople fuerte, cuando uno ha querido así, jamás se desmorona del todo.

Este aniversario no es una lápida sino un poema. Es la página que resume que todavía vivimos contigo. Porque en cada historia que contamos —y son muchas—, tú apareces. Como lo haces en cada brindis improvisado, en cada silencio donde cabrías. En cada gesto, que ya no sabemos si es nuestro o tuyo.

Antonio García dice que en los atardeceres siente tu presencia. Como si te hubieses transformado en color, o el cielo supiera cómo vestirse cuando alguien noble se convierte en recuerdo.

Domingo, con su voz pausada, dijo algo hermoso en cierta ocasión: «Elías era una casa abierta, uno entraba y ya no quería salir». Y es verdad, todos fuimos un poco mejores cuando estábamos contigo. Todos creímos, por un instante, que el mundo era un sitio más justo, más alegre, más tuyo.

Alfonso aún no sabe cómo despedirse. Escribe cartas que no te envía. Las quema en una vieja chimenea, convencido de que el humo sabrá llevarlas a donde estás. Y tal vez te llegan, porque hay cosas que no entienden de muerte ni de distancia. Hay sentimientos que no se extinguen, solo cambian de forma.

Y Tomás, con su mirada de faro, nos recordó algo sencillo pero profundo: que seguir adelante no es traición. Que reír de nuevo no es olvido. Que honrarte también es vivir. Vivir bien. Vivir juntos, cuanto podamos.

Hoy, en tu aniversario, no hemos venido a llorarte sino a testimoniar nuestro agradecimiento. Porque fuiste el puente y el abrazo. Porque no hay día en que no nos faltes, y ni uno solo en el que no estés.

Así que, sí, Neruda tenía razón: «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos».

Pero quizás —solo quizás— eso es también un acto de amor. Cambiar para llevarte dentro. Ser otros, para ser un poco más tuyos. Nos queda tu eco, Elías. Y mientras sigamos nombrándote, nada ni nadie hará que te desvanezcas.



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