miércoles, 28 de mayo de 2025

El retroceso de las izquierdas en Europa: una mirada crítica

El profesor Sánchez-Cuenca publicaba ayer un artículo en el diario El País, rotulado «Una explicación del retroceso de las izquierdas en Europa», con el que concuerdo ampliamente. En él dice que, entre los años 2000 y 2025, las fuerzas de izquierda en Europa occidental han experimentado una pérdida sostenida de apoyo electoral. El voto combinado de todas ellas ha pasado del 43% al 32,8% en este período. La caída más pronunciada ha sido la de la socialdemocracia tradicional, que ha descendido del 32,3% al 19,5%. Mientras tanto, la izquierda alternativa y los verdes han ganado algo de terreno, pero no lo suficiente para compensar el declive general. Este fenómeno merece un análisis que, más allá de los aspectos teóricos, se nutra de ejemplos concretos de países y movimientos que ilustran tanto el fracaso como los intentos de renovación del pensamiento progresista.

Sánchez-Cuenca plantea una tesis provocadora y a la vez razonada: la izquierda ha fracasado en adaptarse a los nuevos tiempos, en parte por adoptar una actitud paternalista hacia los votantes. Según él, «la izquierda ha tratado de educar a los votantes sobre sus verdaderos intereses en lugar de escucharlos». Desde esta lógica, se deduce que los partidos progresistas han creído que los ciudadanos necesitan ser «educados» sobre sus verdaderos intereses. Esta suposición, heredada del marxismo clásico y reforzada por visiones moralistas de la política contemporánea, se torna particularmente disfuncional en una era marcada por el individualismo, el empoderamiento subjetivo y una desconfianza creciente hacia cualquier forma de autoridad.

En sociedades como las actuales, cada vez más atomizadas, donde los individuos privilegian sus experiencias vitales por encima de los discursos colectivos, la izquierda tradicional aparece desfasada. Un ejemplo paradigmático se contrasta en la vecina Francia, donde el Partido Socialista ha sido desplazado del centro del escenario político por opciones como La Françe Insoumise, de Jean-Luc Mélenchon, que aunque representa una izquierda más radical, también ha oscilado entre la movilización popular y la retórica doctrinaria, lo cual, en mi opinión, ha limitado su crecimiento electoral.

De modo que podría decirse que el problema no es solo de mensaje, sino también de actitud. La izquierda ha adoptado, casi por sistema, lo que podría denominarse una posición de superioridad epistémica: presume de conocer mejor que los propios ciudadanos lo que necesitan o deben desear. Y esto se traduce en un discurso que suena condescendiente, que no invita al diálogo sino que más bien imparte doctrina. Y que ha terminado por conseguir que muchos votantes se sientan juzgados o incomprendidos. Como dice en su artículo Sánchez-Cuenca, «esa actitud de superioridad moral puede resultar alienante para quienes no comparten todos los valores progresistas».

Un enfoque de esta naturaleza tiene inevitables consecuencias electorales. Cuando la izquierda apela a conceptos como «justicia social», «redistribución» o «igualdad estructural», lo hace desde un marco discursivo que presupone una formación ideológica previa por parte del votante. En el mundo contemporáneo, donde el consumo de información es fragmentado y donde las emociones priman sobre los argumentos, esta estrategia resulta improductiva. Contrariamente, movimientos como el de Giorgia Meloni en Italia han logrado capitalizar el desencanto con mensajes simples pero emocionalmente poderosos.

La derecha ha entendido mejor las reglas de la comunicación política en el siglo XXI. Ha sabido adaptarse a un entorno en el que las identidades son múltiples y contradictorias, y ha ofrecido respuestas simples a problemas complejos. Frente a esto, la izquierda ha insistido en una pureza doctrinal que limita su base electoral y la distancia del pragmatismo necesario para gobernar. De hecho, en países como Suecia o Dinamarca, los partidos socialdemócratas han endurecido sus posturas sobre asuntos críticos, como la inmigración, en un intento por recuperar votantes perdidos, generando fuertes debates internos sobre los límites del progresismo.

En mi opinión, no se trata de abandonar principios, sino de cambiar la manera en que estos se transmiten e integran en las vidas reales de las personas. La izquierda debería recuperar la capacidad de escuchar sin prejuicios y construir propuestas políticas a partir de los relatos concretos de los ciudadanos. Esto implica también revisar algunas certezas. Por ejemplo, en el Reino Unido, cuando Jeremy Corbyn encabezó el laborismo, logró movilizar a millones de jóvenes, pero fracasó al articular un mensaje transversal que conectase también con las clases trabajadoras tradicionales.

Otro aspecto trascendental que debe abordarse es la relación entre la izquierda y la cultura. Durante décadas, la izquierda ha sido vanguardia en los debates culturales, pero hoy parece atrapada en la tensión existente entre la corrección política y la libertad de expresión. Esta rigidez la explotan sus oponentes, que se presentan como defensores de la libertad frente a una supuesta dictadura del pensamiento progresista. De hecho, esta narrativa ha sido utilizada con éxito por Vox en España y por partidos similares en Europa del Este.

Otro elemento que me parece que ha contribuido al repliegue electoral de la izquierda es la falta de renovación generacional en sus liderazgos. Muchos partidos progresistas siguen siendo dirigidos por figuras asociadas con el pasado. En contraste, movimientos como el de Sanna Marin en Finlandia han evidenciado cómo una agenda progresista puede ser liderada con espontaneidad y empatía, sin rehuir las dificultades de la gobernabilidad.

En este contexto, la tecnología ha jugado un papel ambivalente. Por un lado, ofrece herramientas de organización y movilización sin precedentes, como se vio en los movimientos sociales que surgieron a través de redes digitales (el 15M en España o Fridays for Future en Europa). Por otro, ha fragmentado el espacio público, debilitando los discursos complejos y favoreciendo la «viralidad» de mensajes simplistas y bulos. Debe aceptarse que la izquierda, acostumbrada a procesos deliberativos más pausados, no siempre ha sabido adaptarse al ritmo acelerado y emocional de las plataformas digitales.

Así mismo, la transformación económica ha socavado algunas de las bases tradicionales del voto de izquierda. La desindustrialización, la precariedad laboral y la automatización han alterado la composición de las clases trabajadoras. Nuevas formas de empleo, como el trabajo en plataformas o la economía gig (colaborativa o de trabajos temporales), escapan a los esquemas sindicales clásicos. Mientras tanto, la izquierda no ha desarrollado un discurso convincente para estos nuevos sectores. En lugar de formular propuestas claras para los trabajadores digitales, se ha centrado en debates identitarios que, aunque importantes, no sustituyen a la agenda materialista.

Sería injusto no reconocer que hay ejemplos de izquierdas que han sabido reinventarse. En España, por ejemplo, el municipalismo surgido tras el 15M, con figuras como Ada Colau en Barcelona, supo conectar con demandas concretas como el derecho a la vivienda o la gestión pública de los servicios. En Alemania, Los Verdes han logrado consolidarse como una fuerza de gobierno viable, combinando ecología con propuestas económicas razonables. En Portugal, el Partido Socialista ha sabido navegar con pragmatismo entre alianzas y gobernabilidad, manteniendo una política de izquierdas factible.

Considero, en suma, que la izquierda europea tiene ante sí un doble reto: recuperar la confianza de los votantes y redefinir su proyecto de futuro. Esto exige abandonar el tono aleccionador, sustituir la retórica de la culpa por otra de la esperanza, y ofrecer alternativas concretas que mejoren la vida cotidiana de las personas. Debe ser capaz de crear un relato de progreso que no derive de la superioridad moral, sino de la empatía y la eficacia.

La tesis de Sánchez-Cuenca, atribuyendo buena parte del declive de la izquierda a su actitud hacia el votante, no me parece exclusiva ni definitiva, pero sirve como punto de partida para un examen más profundo, honesto y autocrítico. Las fuerzas progresistas deben preguntarse por qué han perdido su conexión con grandes capas de la sociedad y cómo pueden volver a representarlas sin caer en la nostalgia ni en el sectarismo. Creo que el futuro de la izquierda en Europa depende de su capacidad para adaptarse a las nuevas condiciones del debate público, tecnológicas y económicas, sin perder su esencia transformadora. Y para ello, la humildad política puede ser el primer paso.

En mi opinión, para reconstruir su poder transformador, la izquierda europea debería impulsar estrategias que combinen modernización, proximidad y pluralismo. En primer lugar, debe abandonar cualquier atisbo de pedagogía paternalista y adoptar una actitud de escucha activa, debe esforzarse por entender las preocupaciones reales de los votantes, incluso cuando desafían los marcos ideológicos tradicionales. En segundo lugar, debe priorizar la agenda material sin abandonar la lucha por derechos sociales, pero integrando ambas dimensiones en una narrativa unificada que conecte con la vida cotidiana. Además, es fundamental renovar los liderazgos e incorporar nuevas voces que comprendan los lenguajes y expectativas de las generaciones digitales. Y en cuarto lugar, la izquierda deberá comprometerse con una tecnología que no solo comunique eficazmente, sino que sirva también para democratizar la organización política y la participación ciudadana.

La izquierda necesita modular una visión de futuro que combine justicia social, sostenibilidad ecológica y dignidad económica. No basta con resistir al avance de la derecha o refugiarse en el pasado, es necesario construir una alternativa que sea realista, creíble y movilizadora. Como dice Sánchez-Cuenca en su artículo, «la izquierda recuperará su fuerza cuando vuelva a ser una herramienta de emancipación, no de imposición». En un mundo inmerso en una transformación acelerada, la izquierda solo recuperará su centralidad asumiendo el riesgo de reinventarse sin renunciar a sus principios fundacionales.


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