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martes, 30 de diciembre de 2025

Antonio Antón, in memoriam

Escribo estas líneas desde un lugar tan complicado como verdadero, el de la amistad profunda que me une, que nos une, a Antonio. Para mí —en realidad, para muchos más—, Antonio no es solo una persona admirable, sino un amigo mayúsculo; de esos que sostienen una vida; de los que no pasan, porque se quedan. Su partida nos deja un vacío inmenso y, a la vez, una robusta presencia que acompaña a cada recuerdo, a cada conversación imaginada, a cada canción que retorna. Antonio se ha ido y la oquedad que deja no es ausencia, es un silencio lleno de ecos y repleto de dilatadas resonancias, de conversaciones serenas, de canciones compartidas.

Ante todo, Antonio ha sido una persona íntegra; lo digo sin retóricas. Una persona buena, en el sentido más concreto e infrecuente de la palabra, que atesoraba una forma limpia de estar en el mundo, una coherencia que no requería explicaciones. Ha sido un hombre de izquierdas, hondo y honesto, comprometido con la justicia social, con la dignidad de las personas y con la cultura como derecho, y no como privilegio. Huyó del ruido y actuó siempre desde la congruencia que fluía de su pensamiento crítico y su decencia cotidiana. Enemigo de la estridencia, escuchaba, pensaba y dudaba. Y cuando hablaba, lo hacía con serenidad, con argumentos y con una honestidad envidiable.

Como compañero, Antonio ha sabido compaginar presencia y cuidado. Marido leal, atento a los gestos minúsculos que sostienen la vida en común, supo amar sin posesión y compartir sin reservas, construyendo un hogar donde el respeto y el afecto no eran palabras, sino hábitos consolidados. Como padre, ha practicado una paternidad generosa y abnegada, sustentada en el ejemplo más que en el discurso. Enseñó a sus hijas y nietos a mirar el mundo con curiosidad, a no aceptar lo injusto como inevitable y a vivir con libertad responsable. Por eso ha consolidado raíces profundas trenzadas desde la virtud, la ternura y el pensamiento autónomo.

Conozco a Antonio desde hace casi sesenta años. Entonces se forjó nuestra amistad. En ese terreno también ha sido inmenso: una persona de las que no fallan, de las que no se esconden cuando la vida se pone cuesta arriba. Sabía escuchar sin prisas ni juicios. Podíamos estar de acuerdo o no, pero siempre respetaba y atendía. Con él, y con otros como él, aprendí que la amistad es conversación prolongada, silencio placentero y lealtad sin condiciones. Antonio no estaba solo en los momentos brillantes, estaba en todos.

También ha sido «maestro» en el sentido más amplio de la palabra. No solo por profesión, sino por su manera de estar en el mundo. Creyó en la educación pública como herramienta de transformación y la defendió con esfuerzo, rigor y humanidad. En el aula supo exigir sin humillar, acompañar sin imponer y despertar preguntas más que ofrecer respuestas incuestionables. Educaba desde el respeto y la pasión por el conocimiento, dejando huella no por su autoridad, sino por su cercanía. Centenares de alumnos encontraron en él una referencia imprescindible; decenas de compañeros lo reconocieron como modelo de honestidad profesional y de generosidad intelectual.

Su compromiso cívico y cultural ha sido perseverante. Entendía la cultura como espacio compartido, como memoria viva y como futuro en construcción. Defendió las tradiciones desde el apego crítico, consciente de que solo perduran las que se estudian, se cuidan y se renuevan. En ese difícil equilibrio entre pensamiento libre y arraigo popular ha vivido con naturalidad, sin contradicciones ni concesiones.

Existe una dimensión de Antonio que merece recuerdo especial: la música, una parcela de su vida con la que ha fascinado a una legión de admiradores y con la que lograba expresar lo que a veces no cabía en sus palabras. Antonio ha sido cantante vocacional y autodidacta, capaz de forjarse una identidad inimitable en la que se armoniza la pasión sin alardes, el aprendizaje constante y la humildad de quien sabe, y acepta, que la música es más grande que cualquiera de sus creadores e intérpretes. Cantaba porque lo necesitaba, porque era su forma de respirar, de decir, de compartir. Cantaba con una honestidad que apelaba directamente al corazón porque para él significaba compartir respiración, memoria y silencio.

Cuantos lo hemos escuchado hemos percibido la ausencia de artificio en su canto. En él todo se supeditaba al logro de la emoción y el sentido. Sabía que cantar significa fundamentalmente escuchar, impregnarse de una creación colectiva, dejarse atravesar por la eufonía y envolverla musicalizada para disfrute de todos. Por eso su canto trasuda verdad, por eso conmueve.

Especialmente generosas han sido sus contribuciones al Misteri d’Elx y a la música popular ilicitana. Su entrega al Misteri —ninguneada por algunos miserables— ha sido una de las expresiones más evidentes de su generosidad. Antonio amó el Misteri como se ama a las cosas que nos superan: con respeto, estudio y dedicación desinteresada. Trabajó mucho y especuló poco. Aportó conocimiento, tiempo infinito y fidelidad profunda a una tradición viva, que consideraba patrimonio común. Lo hizo siempre desde la humildad, defendiendo la excelencia y eludiendo protagonismos superfluos.

En la música popular d’Elx deja una huella luminosa. Ha sido puente entre generaciones, transmisor de memoria y sembrador de futuro. Compartió saberes sin apropiarse de nada, convencido de que la música crece cuando se entrega. Gracias a él, muchas canciones siguen vivas; gracias a su generosidad, otros tantos han aprendido a querer lo propio sin enfrentarlo a lo nuevo.

Antonio ha sido un amigo imprescindible. De los que ayudan a pensar mejor, a vivir con más calma y a ser más justos. A mí y a otros muchos nos enseñó sin pretenderlo, nos acompañó sin invadir nuestras intimidades y nos regaló una amistad limpia y profunda, de esas que no logra quebrar ni siquiera la muerte.

Antonio ha vivido con coherencia y se despide dejándonos un ejemplo de difícil olvido. Nos deja su palabra justa, su risa tranquila, su compromiso sereno y su voz cantada, trasladándonos la certeza de que hay vidas que no se apagan, porque siguen sonando en los demás. Antonio no se ha ido del todo porque está en cada conversación que merece la pena, en cada canto sincero, en cada gesto decente. Y mientras así lo recordemos, continuará estando con nosotros.

Antonio, en Benilloba el 19 de noviembre 2025

Antonio, en Benilloba (19/XI/25)

lunes, 10 de marzo de 2025

Historia del toreo, por Néstor Luján

Como saben los lectores de este blog, cada cierto tiempo abordo alguna faceta de la fiesta de los toros, de la que soy aficionado inmemorial. Hoy lo hago a propósito de la lectura de un libro que me obsequió semanas atrás mi amigo y también aficionado Pascual Ruso. Se trata de la Historia del toreo, de Néstor Luján, reeditada en 2024 por los sevillanos de la editorial El Paseíllo. Son 564 páginas, compuestas en papel tamaño B5, con letra abigarrada y profusos dibujos y fotografías. Una cuidada edición que incluye el texto original de 1954 y las ampliaciones que redactó Luján en 1966. Además, incorpora las ilustraciones de ambas ediciones y se reproduce el prólogo y la dedicatoria que preparó para la primera. Como colofón, se adiciona Tauromaquia, un texto de noventa y tantas páginas, publicado en 1962, en inglés y castellano, con la pretensión de ofrecer al público extranjero un acercamiento visual y literario al mundo de los toros. En mi opinión, no solo sirve para ese menester porque, además, es un excelente recordatorio de la simbología de la fiesta, que le viene bien a cualquier aficionado. También puede considerarse una amena síntesis sobre lo básico: lo que se ve en una corrida, desde el paseíllo hasta el arrastre, que es utilísima para salvar la barrera de conocimientos y terminología que impone el mundo taurino, especialmente en una época en la que está de capa caída.

En su conjunto, se trata de una valiosa obra desde el punto de vista histórico y estilístico, que contribuye a agrandar el deleite que produce la escritura de Luján, pues no en balde se ha dicho que su prosa, lujosa y placentera, con un arsenal retórico incomparable, reprueba el minimalismo que hoy se exige en el periodismo y en la edición. Resalta en ella la prodigalidad de la documentación, fechas y datos, y un evidentísimo conocimiento histórico y taurino. La adjetivación es exuberante y la redacción exquisita. Todo el relato rebosa de humildad intelectual y respeto para las autoridades que se mencionan (Don Modesto, Curro Verónica, Cossío, Corrochano, Díaz-Cañabate...) en concordancia con sus respectivas materias y especialidades.

Tuve las primeras noticias de Néstor Luján en los años sesenta, cuando estudiaba el bachillerato en Chiva, a través de las reseñas de los periódicos que compraba mi tío Bernardo. Entonces, y bastantes años después, lo asocié con la gastronomía y el buen vivir. Luego, descubrí que, además, era un lector voraz y un bibliófilo compulsivo, de una curiosidad casi infinita. Siendo «enciclopedista de los placeres y tragón del conocimiento», como alguien lo calificó muy acertadamente, sorprende que los toros atrajesen desde temprana edad a un fulano que siempre anduvo a medio camino entre la sensualidad y la cultura. De hecho, su primer libro, escrito a los veinticinco años, lleva por título De toros y toreros (1946). El viajero de los expresos continentales, que entre citas de Balzac nos enseñó casi todo sobre las trufas o el café, es alguien que muy precozmente se acercó con pasión y seriedad a esa excepción ibérica que es el toreo. Fue gran aficionado, como lo fueron otros catalanes como Sagarra, Dalí, Ramón Casas, Gómez Pin, Salvador Boix, Boadella, Gimferrer, Miró, Barceló, Rusiñol, o más recientemente Albert Serra, el cineasta galardonado en 2024 con la Concha de oro en el festival de San Sebastián por la película Tardes de Soledad.

Luján tenía en su casa más de 15.000 libros. Además de escritor (en castellano, pero también en catalán, y con reconocida solvencia) experto en gastronomía y sibarita, fue una personalidad valiente, con aspecto bonachón y risueño. Esa valentía le hacía no morderse ni la lengua ni la pluma, lo que le acarreó más de un problema en los años del franquismo. Empezó su carrera como comentarista taurino en la revista Destino, cuando su editor decidió incorporar una sección de toros, coincidiendo con la época del auge de Manolete, del que Luján fue gran admirador. Curiosamente, lo primero que escribió en ella fue un artículo comentando el primer volumen del Cossío. Él mismo contó en cierta ocasión que «no me debió de quedar demasiado mal porque cuando años después conocí a José María de Cossío me dijo que le había gustado mucho». 

Como se dice en la cubierta del libro, Luján hace un exhaustivo repaso a la tauromaquia desde sus albores, respaldado con una profusión de datos y referencias que ayudan a ordenar y contextualizar el momento histórico de cada etapa del «taurinismo». La prolijidad de fechas, nombres de toreros y subalternos, sagas taurinas, suertes y demás pormenores taurómacos e históricos... no empañan un ápice una plástica literaria espléndida que hace fluir el relato y consigue anclar la atención continuada del lector. El análisis que hace de las características de los diestros que vio torear evidencia que era conocedor del más profundo significado de la tauromaquia y de la valía que a cada uno le corresponde. Esas perspectivas se complementan con las increíbles recreaciones que hace sobre la tauromaquia histórica, sobre el toreo que no pudo ver y que, sin embargo, documenta apoyándose en fuentes contrastadas y solventes, algunas de las cuales reconocieron en vida la valía literaria y taurina de Lujan.

Tal vez las páginas que más me han impactado de esta monumental Historia de los toros son las dedicadas al nacimiento de la fiesta a lo largo del siglo XVIII y principios del XIX, cuando el espectáculo aún no se había ritualizado ni sofisticado tanto como lo haría en el siglo XX. Las fascinantes páginas que reflejan aquellos tiempos primigenios de la tauromaquia, cuando el torero era aún una especie de gladiador enfrentado a la bestia con una brutalidad desusada, probablemente se cuentan entre las que han aguijoneado con más ahínco mi curiosidad.

En fin, recomiendo vivamente la lectura del libro de Néstor Luján que en cierto modo trasuda la figura de su creador, una suerte de andanada contra todos los tópicos y los usos que hacen de la vida un fenómeno aséptico, reglado y crecientemente tecnificado. Como buen gourmand  (buen bebedor, fumador y santo pecador) fue pionero en criticar la fiebre dietética que pretendía regular la nutrición y hacer de la salud un nuevo culto, siendo uno de los primeros detractores de los delirios vanguardistas de la nueva cocina. Pero, por encima de todo ello, Luján fue un «bon vivant», un grandísimo aficionado taurino, un curioso empedernido y un excelente escritor.

 


viernes, 13 de septiembre de 2024

Badila

Wittgenstein decía, entiendo que con razón, que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo. Por ello, la riqueza de nuestro vocabulario puede ayudarnos a apreciar los infinitos matices que ofrece la vida, sin que muchas veces reparemos en ellos. Podría referir multitud de casos al respecto, pero me limitaré a mencionar uno de ellos, la palabra «badila».

En el Diccionario de la Real Academia (DRAE) el término «badila» remite a «badil», que se define como «paleta de hierro o de otro metal, para mover y recoger la lumbre en las chimeneas y braseros». En España se usan ambas formas, dependiendo de los diferentes territorios. Obviamente, se trata de un término en desuso porque, como sabemos, los modernos sistemas de calefacción han ido arrumbando a los braseros y chimeneas, que generalmente han pasado a ser auténticas reliquias, o casi. Sin embargo, no hace tanto que eran imprescindibles para procurar bienestar a los ciudadanos pudientes, y también a los menos acaudalados, durante los periodos invernales. En el transcurso de la dilatada etapa en que esos ancestrales artificios formaron parte del día a día, se originaron términos y expresiones que han dejado rastro en el idioma. Lo demuestran algunos de los vocablos que recoge el Diccionario Histórico de la Lengua Española (TDHLE). Son palabras como badil, badila, badilada, badilado, badilar o badilazo, entre otras.

El DRAE recoge también la expresión «dar a alguien con la badila en los nudillos», que es una locución coloquial equivalente a vejarlo, o a molestarlo indirecta o disimuladamente. Por otra parte, se emplea escasamente la locución «dar la badila», a diferencia de otra parecida, y más usual, como lo es «dar la barrila». Ambas comparten el significado de terceras, como «dar la lata», «dar la brasa» o «dar la murga». En suma, todas son formas coloquiales de expresar que se molesta o se aburre a alguien con cosas inoportunas o con exigencias continuas.

Badil y Badila también se han utilizado como nombres propios. Así, El Badil es el nombre de un restaurante que abrió sus puertas en 2013, en Albacete. Está especializado en gastronomía manchega, ofreciendo platos típicos como el «atascaburras» o el estofado de rabo de toro, entre otras recetas tradicionales. Y Badila Asociación Cultural es una organización sin ánimo de lucro radicada en la comarca de La Vera (Cáceres) que patrocina una importante Muestra Internacional de Cine, así como conciertos y otras actividades que dinamizan el tejido sociocultural de la comarca. Por otro lado, José Bayard Cortés, alias «Badila» y Manuel Martínez «Agujetas» integraron una legendaria pareja de picadores taurinos, que sentaron cátedra durante buena parte de la segunda mitad del siglo XIX y en los primeros años del siglo XX.

En otras ocasiones he abordado en este blog algunos aspectos de la fiesta de los toros, a la que me confieso aficionado desde siempre. Hace algunos años que se ha convertido en uno de los espectáculos más denostados, pese a la proliferación de otros muchos, aparentemente inocuos que, a mi juicio, acreditan sobrados merecimientos para concitar una aversión similar. Como dije, es amplio el conglomerado de factores que condicionan la tauromaquia y los festejos populares dificultando aventurar una prospectiva razonada sobre su futuro. No obstante, en mi humilde opinión, no parece que sean precisamente valores en alza, sino más bien todo lo contrario. Sin embargo, tampoco considero que estemos frente a un desahuciado moribundo arrastrándose a las puertas de la expiración. De ahí que me atreva a vaticinar que su agonía será larga, aunque cada vez más ineludible.

Pese a lo que a veces se dice, considero que los tiempos pasados ni fueron mejores que los actuales, ni tampoco peores. Depende de qué asuntos se trate y, naturalmente, del cristal con que se enfocan. Así, por ejemplo, en el mundo taurino, actualmente, el tercio de varas es la parte de la lidia más denostada por parte de los antitaurinos y la que probablemente han distorsionado más los aficionados y profesionales, pese a ser uno de sus elementos esenciales. Generalmente, supone un mero trámite que ni permite el lucimiento del toro ni el del varilarguero. Al primero se le impide exhibir su bravura o su mansedumbre, negándosele la oportunidad de arrancarse desde lejos a un caballo que entra a la suerte por derecho, bien montado por el piconero. Este, a su vez, esquiva su responsabilidad señalando picotazos leves, castigando los brazuelos o tapando la salida del animal. En suma, abusando de las marrullerías y vaciando de sentido un tercio que contribuye escasamente a ahormar con tiento y mesura la fiereza del cornúpeta, preparándolo adecuadamente para la faena de muleta.

Pero no siempre fue así. Ahí están para acreditarlo los picadores de otro tiempo que se ganaron a pulso el derecho a lucir el oro en su chaquetilla, privilegio que todavía hoy comparten con los matadores. Y es que, aunque cueste creerlo, hubo «toreros a caballo» que ocuparon el lugar principal en los carteles, y cuya importancia y fama trascendieron los ruedos. Uno de ellos fue el mencionado Badila, que comenzó a picar con apenas dieciocho años y lo siguió haciendo a lo largo de treinta más, hasta pocos meses antes de fallecer prematuramente a los cuarenta y ocho. Fue un picador valiente, con una espléndida figura que gustaba destacar con su estudiada vestimenta y que inicialmente fue apodado «brazo de hierro». Un día que andaba cabizbajo y mohíno, alguien de su cuadrilla le dijo que estaba tan callado que parecía que se había tragado el rabo de la badila. A raíz de esa ocurrencia empezaron a llamarlo, bromeando, Badila, apodo que trascendió y con el que pasó a los anales del toreo.

Cuentan que Badila fue un personaje polifacético en sus actitudes taurinas y en otras, como actor y cantor de operetas, convirtiéndose en un gran aficionado y entendido de ese género musical. Sintió interés por mejorar el vestido de torear a caballo y entre sus aportaciones a tal efecto destacaron la mejora de la «mona» (protección metálica de la pierna más expuesta) y una calzona holgada, con ojales y sin atar, para que se pudiera rasgar y no ser arrastrado el picador en las cogidas. También utilizó unas chaquetillas cada vez más lujosas, con terciopelos e hilos de seda, menos pesadas y más flexibles, devolviendo al picador la elegancia de trajes de épocas pasadas.

A badila podría añadir otros términos como serendipia, nefelibata, petricor, ataraxia, limerencia o arrebol. Decenas, cientos, miles de palabras del castellano, la tercera lengua más utilizada para la producción de información en los medios de comunicación y con más usuarios de Internet. Utilizando cálculos matemáticos, se ha conjeturado que en la historia de la especie humana pueden haber existido entre 100.000 y 500.000 lenguas. Las cifras no son muy ilustrativas porque nadie sabe desde cuándo existen lenguas humanas (ni exactamente a qué nos referimos con este término), y porque el margen que se ofrece es enorme. Aunque instruye sobre algo muy interesante: que la mayoría las especies y las lenguas que ha habido en la Tierra han ido desapareciendo y que hoy día existen muy pocas. Los cálculos más amplios del número de lenguas supervivientes hablan de poco más de 6.000, aunque bastantes de ellas ya están extinguidas. Por desgracia, y a diferencia de las especies animales y vegetales, no existen fósiles lingüísticos que nos permitan comprobar cuántas ha habido en cada lugar y cómo eran. Pese a todo, insistiré en mi imposible obstinación: que no se pierda ni una sola palabra más de ninguna de ellas, por raras o minoritarias que sean. La muerte de las lenguas no tiene por qué ser un fenómeno inevitable.





sábado, 10 de agosto de 2024

No todo el oro reluce

Recta final de las Olimpiadas de París 2024. El medallero va adquiriendo forma definitiva. Hoy sábado, cuando escribo estas líneas, encabezan la clasificación los Estados Unidos de América (111 medallas: 33 de oro, 39 de plata y 39 bronces), seguidos de cerca por China (83 medallas: 33 de oro, 27 de plata y 23 de bronce). A creciente distancia de los dos colosos se desgrana una decena de países: Australia, Japón, Reino Unido, Francia, Corea del Sur, Países Bajos, Alemania, Italia y Canadá, que corresponden a lo más destacado de la economía mundial. Es posible que se produzca alguna ligera variación en el ranking final, aunque estoy seguro de que tendrá escasa relevancia.

Como todo el mundo sabe, la medalla de oro es el galardón más codiciado en los Juegos Olímpicos porque simboliza la excelencia deportiva. Aunque comúnmente se cree que está hecha completamente de ese metal, no es así. Desde los Juegos de 1912, se conforma principalmente con plata, que se recubre con una fina capa de oro de aproximadamente 6 gramos. Pese a ello, por encima de su estricto valor económico (entre 800 y 1000 euros), su simbolismo es formidable porque no solo representa la excelencia deportiva sino que encarna, además, el esfuerzo, la dedicación y el sacrificio de los atletas. De ahí el enorme impacto emocional que les produce la presea, pues representa la culminación de años de sacrificio y abnegación, que concluyen en una especie de sueño hecho realidad.

Aunque no todo es tan idílico como puede parecer. Es verdad que ganar una medalla de oro puede tener importantes consecuencias para los atletas, e incluso llegar a cambiarles la vida. Generalmente, les multiplica las oportunidades de patrocinio y de publicidad y los convierte en figuras públicas reconocidas internacionalmente, con los correspondientes beneficios y desafíos para su vida privada y sus expectativas deportivas. Pero no solo de idealismo y emocionalidad viven los atletas. Algunos de los medallistas olímpicos ganan muchísimo dinero, aunque debe precisarse que el premio económico que reciben depende de su país de origen y de la modalidad del deporte en que compiten, y no, como parece lógico, del Comité Olímpico Internacional (COI).

Desde 2008, en España los ganadores de una medalla de oro reciben alrededor de 100.000 euros, los que han conseguido la de plata 50.000 y los que se han llevado la de bronce 30.000. Para los deportes en pareja las cifras cambian. El oro se recompensa con 75.000 euros, la plata con 37.000 y con 25.000 euros el bronce. También varían las cuantías para los deportes colectivos: 50.000, 29.000 y 18.000 euros reciben respectivamente el oro, la plata y el bronce. Además, disfrutan de las conocidas becas del Plan ADO, inauguradas en 1988, de cara a las Olimpiadas de Barcelona en 1992, que aseguran a quienes las obtienen un sustento económico de 60.000 euros durante dos años. Aunque puedan parecer cifras importantes, lo cierto es que nuestros deportistas no engrosan la lista de los mejor pagados de los Juegos Olímpicos. El ranking lo encabeza Singapur, cuyos atletas ganarán 750.000 euros por cada oro olímpico que consigan. En el otro extremo están el Reino Unido, Noruega, Suecia o Croacia, cuyos deportistas no recibirán retribución extra alguna, lo que no impide que disfruten de otras compensaciones. En suma, en París 2024 han competido juntos, en igualdad, atletas que ganan millones de dólares al año y deportistas que tienen que hacer rifas para financiar sus entrenamientos.

Como sabemos el espectro de financiación de los deportistas olímpicos es muy amplio y oscila desde los patrocinadores, a los premios económicos que habilitan sus respectivos países. La entidad que controla el atletismo en el mundo (World Athletics) anunció antes del inicio de las Olimpiadas parisinas que a los ganadores de la medalla de oro se les iba a dar un premio de 50.000 dólares. Días después, la Asociación Internacional de Boxeo (que no es reconocida por el Comité Olímpico Internacional, ni tampoco organiza el torneo de boxeo dentro de las Olimpiadas), anunció un premio de 100.000 dólares para los medallistas de oro en esa especialidad. Debo precisar que, anteriormente, todo este dinero se gastaba en programas más amplios de desarrollo de los atletas, por lo que algunos se han preguntado si la introducción de estos premios en metálico a los deportistas exitosos es la opción correcta. En consecuencia, han surgido críticas que apuntan a que el dinero podría utilizarse para forjar atletas, entregando fondos para formar deportistas jóvenes en lugar de ayudar a quienes están consagrados.

Sea como sea, tras París 2024, muchos países compensarán con dinero a sus medallistas. Naciones como Brasil, México y Colombia premiarán a sus olímpicos con sumas que oscilan desde 154.000 a los 42.000 dólares. Para los franceses el premio previsto es de 80.000 dólares por cada medalla de oro, mientras que los marroquíes esperan ganar 200.000. En EE.UU. los medallistas de oro recibirán unos 40.000 dólares. Sin embargo, como se ha dicho, hay otros países, como Reino Unido, que no ofrecen premios en efectivo. Obviamente, aunque estas cifras no son despreciables, tampoco son comparables al dinero que ganan los deportistas más famosos (futbolistas, tenistas, jugadores de baloncesto, boxeadores...).

Así pues, en París 2024 han competido deportistas que reciben salarios desorbitados (equipo de baloncesto de Estados Unidos, Djokovic o el golfista Jon Rahm) y atletas que trabajan a tiempo parcial para financiar sus entrenamientos. De hecho, en 2022 se realizó una investigación en Australia descubriéndose que el 40% de los atletas que se preparan para competir en los Juegos Olímpicos de 2028 tienen un trabajo a tiempo parcial. Incluso en Estados Unidos, un estudio reciente del Comité Olímpico y Paralímpico de ese país evidenció que el 26,5% de sus atletas actuales ganan menos de 15.000 dólares al año.

El debate sobre si la entrega de sumas de dinero a los mejores atletas es el mejor uso que puede hacerse de los fondos de las federaciones deportivas continuará. Como continuarán las presiones sobre ellas para que paguen premios en metálico. Para algunas disciplinas será fácil encontrar financiadores y patrocinios (atletismo, boxeo, tenis), otros deportes lo tendrán más crudo (piragüismo, escalada...).

La realidad es que los atletas de la mayoría de los 206 países representados en los Juegos Olímpicos de París se han preparado en condiciones de manifiesta desigualdad con sus competidores de los países más ricos. De ahí que entre las muchas asignaturas pendientes que quedan tras París 2024 (aspirar a neutralizar la brecha de género en las competiciones, contextualizar la materia con que se fabrican las medallas...), propondré inventar y activar en las Olimpiadas de Los Ángeles 2028 una fórmula que corrija las desigualdades de partida que existen entre los competidores. Más allá de la heroicidad que supone que los sudaneses del sur perdiesen por 17 puntos contra el redivivo Dream Team americano, me parece que debemos aspirar a ser algo más serios y ecuánimes.

Porque, aunque la idea de igualdad es uno de los parámetros fundamentales del pensamiento y de la organización social, económica, política y jurídica de las sociedades de nuestro tiempo, y de que es una de las principales aspiraciones de los sistemas democráticos, es evidente que no puede tratarse lo igual desigualmente, ni igualmente lo desigual. Todos somos diferentes, pero no tenemos por qué ser desiguales. Cuando las diferencias obedecen a causas naturales no se produce injusticia alguna; pero cuando la desigualdad tiene su origen en factores sociales provoca graves agravios comparativos que dan lugar a situaciones radicalmente injustas.

Rousseau partía de la existencia de dos desigualdades: las naturales, consistentes en la diferencia de edades, salud y fuerza; y las que corresponden al espíritu y al alma, que se pueden llamar morales o políticas, y se establecen con el consentimiento de los hombres. En mi opinión, únicamente las primeras son propiamente diferencias y las segundas, por tanto, desigualdades. Y, precisamente por el hecho de ser diferentes, estamos obligados a luchar contra la desigualdad. Ojalá sea ese uno de los ejes que vertebren el camino hacia Los Ángeles 2028.



miércoles, 31 de enero de 2024

Escribir es corregir

Hace una década que anoté en este blog una entrada relativa a la necesidad de escribir que tenemos algunas personas. Dije en ella que la escritura es una experiencia muy personal, y por ello tiene tantos significados. Confesé que a veces escribía para dejar correr el pensamiento y registrarlo en un determinado soporte, y que en otras buscaba radiografiar mi raciocinio o mis emociones definiendo lo que siento o lo que medito. Decía que la escritura me liberaba de algunas pasiones y preocupaciones, que me aligeraba de las cosas de la conciencia y hasta de algunas sensaciones vegetativas. Añadía que escribir significa decir lo que no se puede o no se debe callar. De ahí que, como alguien dijo, suponga siempre poner la cara, hablar de frente. Por ello, cuantos escribimos sabemos que nos jugamos algo con nuestras palabras. Apostillé, finalmente, que escribir es una aventura fascinante, resultado de la transpiración más que de la inspiración. E insistí en que la escritura exige esfuerzo, dedicación, hacer y deshacer, buscar, corregir, reescribir...

Hoy quiero volver sobre esto último. Tras una década escribiendo con cierta regularidad, aseguro —como lo han hecho otros— que escribir es en buena medida corregir. Cuando escribo nunca sé bien si estoy haciendo una cosa o la otra, pues a menudo me sorprendo practicando ambas simultáneamente. Podría decir que escribo corrigiendo, o que corrijo escribiendo. Ahora bien, debo precisar lo que entiendo por corregir. Por lo general, se piensa que consiste simplemente en concordar correctamente sujeto, verbo y predicado, utilizar razonablemente la acentuación y los signos de puntuación, y poco más. Eso es lo que significa corregir el lenguaje ordinario o los textos administrativos. Sin embargo, desde el punto de vista literario, corregir es un verbo inmenso que atiende a muchas otras cosas, engloba una fase primordial de la escritura e incluye atender aspectos lingüísticos, estructurales y semánticos.

La primera versión de cualquier relato constituye poco más que un tosco andamiaje, que es necesario pues contiene el pensamiento primigenio subyacente, sin el que nada vendría después. A veces resulta de elaboración molesta, casi desagradable, y cuesta consumarla. Pero a ella debe suceder la fase primordial de la escritura: la corrección.

Corregir significa analizar el contenido de lo redactado para subsanar incoherencias, malentendidos, confusiones, lapsus… Significa detectar y remediar errores en la aplicación de la norma de la lengua escrita: fallos ortográficos (puntuación, tildes omitidas o innecesarias...), morfosintaxis incorrecta, ambigüedades, imprecisiones… Supone atender al uso estético o artístico del lenguaje, preservando los rasgos del estilo particular de quien escribe.

Escribir es corregir, corregir y corregir. Combinar la artesanía de la palabra con la orfebrería semántica. Una experiencia tan gravosa como prodigiosa. Como dije, sigo sin querer olvidar las palabras, y menos lo que significan. Y solo por eso merece la pena escribir…, y corregir.



miércoles, 1 de noviembre de 2023

Algo que también soy

Hace unos días que terminé de leer y de releer El huerto de Emerson, la última novela de Luis Landero. Como suelo hacer, subrayé el texto, entresaqué las ideas que me interesaron y las anoté en unos folios. Las que siguen son algunas de las que me parecieron más interesantes:

«Cuando uno no sabe qué escribir, cuando la imaginación flaquea, cuando el alma se apaga y se embrutecen los sentidos, y cuando aun así uno siente la necesidad de escribir, siempre queda la posibilidad de abandonarse a los recuerdos. […] En nuestro pasado está todo cuanto necesitamos para encender el fuego de la inspiración. Hasta la fantasía tiene su casa en la memoria. […] No escribas lo que sientes, escribe lo que recuerdas y dirás la verdad, como decía no recuerdo quién. […] Así que no hay más que salir a pasear por el bosque del tiempo ya vivido, sin otro rumbo que el azar».

Sentir la necesidad de escribir y no encontrar la inspiración necesaria confunde, desanima, enoja… desespera. Te abruma la impotencia casi tanto como cuando se acaba el agua o la gasolina, siempre en el momento inoportuno. La confusión y la inseguridad se adueñan de ti. Te percibes atrapado y caduco, sin ver la salida a un atolladero que te desborda. Buscas y rebuscas en la mente: temas, experiencias, sucesos, sentimientos, emociones…, que estimulen la inspiración. Pasan las horas sin que nada se haga perceptible. Te obstinas, persistes, sufres… Y por lo general, finalmente, encuentras un cabo del que tiras con determinación y cuidado hasta que contrastas que no es un hilo suelto, sino una hebra robusta que te reconecta a la sirga de la memoria, porque como dice Landero:

«Todo, todo está en el fardo de la vida. A veces da la sensación de que la vida es breve, sí, pero en cambio la memoria de lo vivido no se acaba nunca. […] La memoria, como la imaginación, es un pozo sin fondo».

Efectivamente, leyendo a Luis Landero redescubres que así es. Vuelve a poner el dedo en la llaga y acierta con la pócima que mitiga los achaques de la obcecación. Nos la brinda y, no satisfecho con ello, previene sobre los peligros que conlleva empeñarse en escribir a fuerza de oficio y de tesón, al abrigo del puro lenguaje, del amparo de la sintaxis y las palabras, que por sí solas deslumbran, aunque en tales casos ni alumbran ni dan calor:

«Confía en el lenguaje, me digo, ese sutil ejército capaz de descubrir y conquistar las más ignotas tierras, de hacer reales y tangibles hasta los mismos espejismos. […] No hay quizá mayor logro literario que conseguir que un sustantivo adquiera toda la mágica potencia que tuvo en sus orígenes. […] El arte habla en el lenguaje ingenuo e infantil de la intuición, no en el abstracto y serio de la reflexión (Schopenhauer) […] La sintaxis es fuente inagotable de invención: basta cambiar el sujeto o el verbo o los complementos de una frase para encontrar un nuevo punto de vista y dar un giro de caleidoscopio a la realidad. No apartes de la memoria la certeza de que no hay nada definitivo, de que todo cuanto se afirma está amenazado siempre por una oración adversativa.

Como otros han dicho y yo mismo he reiterado en ocasiones, me cuento entre los humanos que hemos acabado comprendiendo que nuestra individualidad es solo una estación transitoria en el proceso de permanente renovación de la vida, me cuento entre los que sabemos que algún día desaparecerá toda huella de nuestro paso por el mundo, incluso en la memoria de los nuestros. Porque, mal que nos pese, nacemos, nos agitamos algún tiempo y desaparecemos por completo, y debemos reconocer modestamente que nada sustancial pierde el mundo con ello. Así lo ratifica también Landero:

«[…] Pensé en cómo mi mundo propio e irrepetible, con su infinita minucia de sucesos, al que a última hora vendría a agregarse el de la muerte, se perdería conmigo, igual que se perdió el de mis padres y el de todos los muertos que ahora me rodeaban. Algo único y prodigioso muere irreparablemente con cada uno de nosotros. El pensamiento, que tanto gusta de burlas y desmanes, él y no yo propiamente, pensó por un momento en la gloria literaria, en la loca esperanza de pervivir, más allá de las tapias que cercan a los muertos por obra y magia de unas palabras puestas sobre un papel».

Particularmente, me desazona la desaparición de los saberes y los recuerdos de cada persona por anodinos o vulgares que parezcan, porque son únicos y valiosos para cada cual. Es verdad que, como se ha dicho, contarlos en memorias, en diarios o en autobiografías sirve de poco. La sabiduría, las vivencias y las evocaciones ajenas, por interesantes que resulten, nos suelen dejar indiferentes o, en el mejor de los casos, las escuchamos o leemos con displicente curiosidad. Son sus protagonistas quienes realmente las aprecian y se conmueven con ellas. Pero, bueno, creo que quienes hemos optado por compartirlas, bien en su literalidad o en formato fabulado, albergamos la recóndita esperanza de encontrar entre los lectores algún alma gemela.

Finalmente, referiré que me reconozco extensamente en el autorretrato del autor que se perfila en algunas de las páginas de El huerto de Emerson, especialmente las que se resumen en los dos párrafos siguientes:

«[…] Yo soy un hombre sin oficio. Ahora que ya soy viejo como los viejos tan sabios y respetados de mi infancia, puedo decirlo y anotarlo en mi cuaderno con autoridad y sin reparos. Carezco de un repertorio de conocimientos sólidos sobre algo concreto, no domino un arte o una técnica, y aunque a veces puede parecer que sé mucho o que al menos hablo como experto, en el fondo todo son vaguedades, palabrería, filfa y apariencia, con algunos relumbrones que crean la ilusión de un vasto saber apenas entrevisto. A mí me pasa como a un barrendero al que un día le pregunté qué tal le iba en su oficio. —¿Oficio?, dijo él, con asombrada y amarga cara de desprecio. —Esto no es un oficio. Aquí no hay nada que aprender. Aquí no se mejora. Aquí a los pocos días cualquiera barre igual que uno que lleva barriendo veinte años. Oficio bonito, el de albañil o el de mecánico. Pero ¿este? ¡Bah! Para esto solo sirve el que no vale para nada.

[…] Yo me considero un hombre sin oficio, con solo algunas habilidades difusas que me han permitido ganarme la vida y encontrar un lugar en el mundo. […] Aunque puede que sí, que sepa mucho, pero todo confuso, suelto, desparejado. Un poco como en los bazares chinos, donde hay de todo, pero de poca calidad. […] Si en algo soy bueno de verdad es en crear apariencias y hacer ilusionismo con las palabras. Mientras hablo, parece que sé mucho, pero en cuanto me callo, roto el espejismo, solo quedan mondas, pellejos, desperdicios. Como lacónicamente anotó en su diario Thomas Mann después de asistir a una conferencia de Lukács: - Mientras hablaba, tenía razón ».

Hace ya muchos años, en aquel entonces —como dice Landero y dicen en mi pueblo—, oí decir a Enrique Cerdán Tato en una de sus conferencias algo parecido a lo siguiente: «Cuando eché el cierre a los cincuenta tuve la impresión de que dejaba atrás todo un mundo, que ahora la memoria me devuelve no tan chato ni tan insípido como se me figuraba (…)  Fue justamente por entonces cuando levanté la mirada por encima del recogido horizonte y descubrí, con asombro, la vida. Y con la vida, el compromiso de expresarla». Pienso que algo similar me ha sucedido a mí, aunque con algunos años más de los que tenía él. El registro que he utilizado para componerlo nada tiene que ver con los enfoques literarios porque insisto en que no soy un escritor. En el mejor de los casos puedo ser un escribano o un escribiente aceptable, con el relativo oficio aprendido a lo largo de mi dilatada trayectoria como maestro y profesor.

No es la pretensión de contar historias lo que me ha estimulado para ponerme frente a la hoja en blanco. Más bien ha sido la necesidad de abordar reflexivamente situaciones profesionales o académicas que me pareció que debían escribirse, argumentarse o resolverse. De ahí que me mueva más cómodamente en los ámbitos de la narración y de la descripción que en ningún otro. Y tal vez por ello he sido frecuentemente un cronista de la cotidianeidad, un relator curioso, atento a lo que acaecía a su alrededor. Ello ha propiciado que haya dejado testimonio escrito de algunos de los efímeros viajes sentimentales que emprendí o compartí.

He reflexionado a veces sobre la necesidad de escribir que tengo, una autoexigencia casi diaria. Escribir es una experiencia muy personal y por eso tiene tantos significados. La única manera de responder con honestidad al sentido que tiene la escritura es expresar lo que significa para uno mismo. Para mí, la acción de escribir refleja múltiples intenciones, algunas bastante simples y otras más pretenciosas. A veces escribo para dejar correr el pensamiento e intentar ponerlo negro sobre blanco en una hoja de papel o en un archivo digital. Otras lo hago para precisar lo que siento o lo que medito, como si radiografiase mi raciocinio o mis emociones. A veces escribir me permite desatar la conciencia o la pasión, la preocupación o la petulancia, la memoria casi olvidada o las sensaciones más vegetativas. Y, casi siempre, escribir significa para mi decir lo que no se puede o no se debe callar.

Por otro lado, escribir resulta una aventura fascinante, que en mi caso es más resultado de la transpiración que de la inspiración. La escritura exige esfuerzo, dedicación, hacer y deshacer, buscar, corregir, reescribir... No una, sino decenas de veces. Me complace extraordinariamente recuperar las palabras, recordarlas, utilizarlas, componerlas entre sí para intentar expresar mi pensamiento. No quiero olvidar las palabras y menos lo que significan. Y solo por eso merece la pena escribir.

He descubierto que la escritura tiene una función antioxidante y hasta propiedades curativas que me distraen del proceso de envejecer, de huir de las hermanas Cloto, Láquesis y Átropos, y de acercarme a la muerte. Es como si las palabras acogiesen entre sus trazos retazos de mi existencia, lo que pienso que ha sido y cómo he creído vivirla. Es como si me ayudasen a disociar el vivir del morir, lo que es de lo que ya no será. Como si solo acogiesen la parte briosa de mi ser, la que permanece, aquello que no quiero abandonar y que me hace sentir en este mundo. Eso es para mí la escritura. Y tal vez por eso escribo, para sentirme vivo y renegar de la parca. Y con ello, justo en este punto, regreso de nuevo a Landero, que dice:

«[…] Era en este momento cuando les hablaba del huerto de Emerson. El libro se titula Ensayos escogidos, de la colección Austral. Viene a ser un exaltado y romántico canto a uno mismo. Dice Emerson que cada cual ha de aceptarse a sí mismo tal como es, y aceptarse además con orgullo y contento. Que a todos nos ha tocado en suerte un terrenito en el que laborar. Que es seguro que habrá alrededor terrenos más grandes y fértiles, donde crecen lechugas mejores que las muestras, pero que nosotros tenemos que cultivar lo nuestro, el huerto que nos tocó en suerte, sin envidiar lo ajeno, conformes y alegres con nuestras lechugas, por pequeñas y pálidas que sean».


 

sábado, 8 de julio de 2023

¿Agonizan las fiestas de toros?

Quizá estos días de julio, de perfil inequívocamente sanferminero, síntesis antonomástica de la tauromaquia y del festejo popular, constituyen una oportunidad para reflexionar sobre las «fiestas de toros», que es lo mismo que decir sobre la variopinta tipología de espectáculos en los que intervienen reses bravas y diferentes profesionales o aficionados, bien en recintos específicos (plazas de toros) de acuerdo con las reglas de la tauromaquia, o bien al aire libre en espacios urbanos o en entornos rurales, sin otras normas que las emanadas de las ordenanzas gubernativas que regulan las condiciones de celebración y desarrollo de los festejos para garantizar la seguridad, los derechos e intereses legítimos de los participantes, espectadores, vecinos y bienes, así como la integridad de los animales que intervienen en ellos.

Más allá del antitaurinismo y de los argumentarios que se oponen a la práctica de la tauromaquia (que existen y se hacen notar), por encima del legítimo y lucrativo interés que mueve a los adalides, a las figuras, a los jornaleros y a los adláteres de la llamada «fiesta brava» (los profesionales taurinos inscritos actualmente en los registros oficiales son más de diez mil), según las estadísticas del prestigioso portal Mundotoro, en los últimos tiempos se ha acentuado la merma de los espectáculos. En poco más de una década, más de quinientas localidades han dejado de dar festejos, sin que haya mediado acción antitaurina alguna. Dicho de otro modo, en 2007, se celebraron corridas y novilladas en 902 pueblos y, sin embargo, en el año 2019, víspera de la pandemia, solamente 377 localidades dieron un festejo mayor. Actualmente, transcurridos tres años pospandémicos, nada parece haber cambiado.

Perder casi 700 localidades en apenas una década equivale a precipitar el toreo hacia la desertización. No obstante, debe matizarse de inmediato que el mapa del «vaciado» de la tauromaquia coincide con el de la llamada «España vacía». Si se superponen ambos, coinciden como dos gotas de agua, como dos síncronas tendencias involutivas. Ocho de cada diez pueblos de menos de mil habitantes han perdido hasta un 45% de su población y más del 40 % de las localidades que celebraban festejos taurinos han dejado de hacerlo. Pero no sucede lo mismo en las ciudades, ni con los festejos populares.

Si reorientamos el foco y consultamos otras fuentes, contrastaremos que la fiesta de los toros parece que recupera terreno en España. Aunque es innegable que la aceptación social de la tauromaquia está lejos de las cotas que alcanzó en otras épocas doradas, los datos que ofrece el servicio de Estadística de Asuntos Taurinos del Ministerio de Cultura y Deporte, elaborados con la información que facilitan las comunidades autónomas, muestran un inequívoco aumento de los espectáculos. El año pasado se celebraron más eventos que en 2019, año previo a la pandemia. En concreto, en cuanto a los festejos que se ubican en plazas, con participación de toros, novillos, rejones, becerros y modalidades mixtas, como el toreo cómico, el incremento registrado fue del 8,5% para un total de 1.546 eventos. Pese a todo, la estadística ministerial aporta datos incontrovertibles que abonan un retroceso continuo: en 2007 se celebraron 3 651 espectáculos taurinos, mientras en 2022 solamente fueron 1 546.

Por otro lado, se constata en la misma fuente que, con relación a la otra gran vertiente de la fiesta representada por los festejos populares, entre 2011 y 2022, se ha pasado de celebrar 14 262 a 16 868 espectáculos, incrementándose en más de un 18%. Por tanto, contrariamente a lo que sucede con corridas y novilladas, las celebraciones en la vía pública adquieren relevancia creciente. Según datos de la Asociación Nacional de Organizadores de Espectáculos Taurinos (ANOET), el año pasado experimentaron un crecimiento considerable en muchos puntos del país. Especialmente en nuestra Comunidad, que es con gran diferencia la región donde mayor número se celebran: un total de 8.757, en 2022, siendo Castellón (4.593) y Valencia (3215) las provincias que lideran el ranking.

En todo caso, los espectáculos taurinos tienen desigual importancia en los distintos territorios del Estado. Así, en Canarias no existe la tauromaquia; en Cataluña se prohibieron las corridas en 2010; y son prácticamente inexistentes en Galicia y Asturias. Sin embargo, abundan en Andalucía y Madrid. En cambio, los festejos populares son cuantiosísimos en la Comunidad Valenciana y en Aragón. Por otra parte, recordaremos, una vez más, que las estadísticas son muy sufridas y ofrecen perspectivas que, según se miren, pueden amparar visiones contradictorias o complementarias de las mismas cosas. Ahí queda, pues, este primer apunte: parece que en el medio plazo decrecen a buen ritmo las corridas y novilladas, mientras prosperan con vigor los festejos populares.

En otro orden de cosas, en las últimas décadas han visto la luz algunas publicaciones dedicadas al estudio de la consideración moral de los animales. Hoy quiero retomar una de ellas, A favor de los toros (2010), obra de Jesús Mosterín, en la que se realiza una crítica de la tauromaquia, ofreciendo una serie de razones que le hacen concluir que tal actividad resulta moralmente indefendible. Ya en la introducción deja claro que no es el problema moral más grave que plantea la relación de las personas con los animales. Sostiene al respecto que, desde una perspectiva amplia, la ganadería intensiva es más importante y difícil, argumentando que se dan maltratos de animales cuya solución es muy compleja por la relevancia que tienen para la alimentación o en la investigación, vertientes que no atañen a las corridas ni a los festejos populares que, en su opinión, no sirven para nada y solo producen sufrimiento inútil, prescindible y evitable. El último capítulo del libro, titulado «Argumentos fallidos en defensa de la tauromaquia», es el de mayor interés filosófico, pues en él expone y refuta siete de los argumentos más conocidos alegados por quienes defienden la conservación de la tauromaquia. Son los siguientes:

1. Las corridas son crueles, pero también hay otras muchas salvajadas en el mundo. Mosterín replica a este argumento defendiendo que la existencia de otras prácticas moralmente injustificables no legitima la existencia de la tauromaquia. Me parece que poco se puede añadir al respecto.

2. La corrida de toros es un festejo tradicional y eso la justifica. Mosterín defiende que aceptar ciegamente todos los componentes de la tradición es negar la posibilidad del progreso de la cultura. Como se ha dicho, el carácter tradicional de una práctica no implica que sea moralmente aceptable. Tampoco me parece que pueda añadirse mucho más.

3. Los toros no sufren. Una afirmación que carece de todo fundamento pues, como argumenta Mosterín, los neurólogos han acreditado que el toro sufre, puesto que las estructuras neurales de su diencéfalo y de su sistema límbico son semejantes a las humanas. Es más, en algunas ocasiones utilizan el dolor de los toros como modelo para sus estudios sobre el padecimiento. 

4. Los toros sufren, pero antes lo pasan bien. Mosterín lo reconoce, señalando que los animales empleados en la tauromaquia viven mucho mejor que la mayoría de las vacas estabuladas en explotaciones intensivas. Es consciente de esta problemática, pero no aboga por su abolición sino por la mejora de las condiciones de vida de las vacas lecheras. Esta postura es incoherente con su pretendida defensa de la consideración moral de los animales. Contra su posicionamiento, puede argumentarse que el hecho de que las vacas sean criadas y destinadas a la producción de carne y leche es moralmente objetable, con independencia de las condiciones en que dicha actividad se realice. Desde un punto de vista crítico con el especismo, la única solución aceptable es dejar de criar y usar a los animales, algo que solo ocurrirá cuando los ciudadanos dejen de consumir productos de origen animal.

5. Sin corridas, los toros de lidia y las dehesas en que se crían desaparecerán. Mosterín replica a esa afirmación reseñando que la especie y subespecie de los toros (Bos primigenius taurus), con unos 1.400 millones de ejemplares vivos, no está precisamente en peligro de extinción. Es más, aboga porque, una vez abolidas las corridas, toros y vacas vivan en las dehesas, reconvertidas en reservas naturales protegidas, compartiendo el territorio con otras especies, incluidos los lobos reintroducidos, que servirían para mantener la salud de la población de bovinos (como ha pasado recientemente en Yellowstone). Estos argumentos evidencian de nuevo que Mosterín no considera igualitariamente los intereses de los animales, sino que se adhiere a los postulados de la ética ambiental, que no reivindican la consideración moral de los animales, pese a ser individuos sintientes.

6. Las corridas dan de comer a mucha gente, que sin ellas perdería su trabajo. Mosterín responde a esto apuntando que hay maneras de ganarse la vida sin ocasionar daño a terceros, y apuesta por la reconversión profesional para los profesionales de la lidia.

7. No hay que prohibir las corridas de toros porque no hay que prohibir nada: prohibido prohibir. Mosterín subraya que quienes defienden este argumento, contradictoriamente, son partidarios de prohibir determinadas prácticas. Insiste en que la libertad no es una patente de corso para cometer crueldades y salvajadas contra víctimas inocentes, sino la capacidad de los seres humanos de interactuar entre ellos como quieran, siempre que sea de un modo voluntario por ambas partes y su derecho a hacerlo sin interferencia de terceros. Además, la libertad exige la prohibición de violencias y crueldades de todo tipo. Poco que añadir, pues, a los dos últimos epígrafes. En síntesis, el problema de fondo que subyace a algunos de los planteamientos que hace Jesús Mosterín, tanto en este libro como en otros (Los derechos de los animales, ¡Vivan los animales!), es que de ellos no se deriva realmente una apuesta coherente por la consideración moral de los animales.

Más allá de las cuestiones precedentes, cuyo interés ni decae ni parece que lo hará en el futuro, y además de las evidencias que arrojan las estadísticas referidas a las fiestas de toros, para aventurar algún vaticinio sobre el futuro de la «fiesta», deben tomarse en consideración otros elementos. Desde la pujanza que tienen otras modalidades de esparcimiento (deportivas, musicales, viajeras…) a la hipersensibilidad de la sociedad moderna con la aspereza de algunos vetustos usos y costumbres, pasando por el efecto nivelador de las modas universales, de las tendencias inducidas por los trust mediáticos o de los grandes intereses financieros… En definitiva, es amplio el conglomerado de factores que influyen en la tauromaquia y en los festejos populares y que dificultan aventurar una prospectiva fundamentada sobre su futuro. No obstante, me mojaré y concluiré diciendo que, en mi humilde opinión, en este momento, no parece que la fiesta de los toros sea precisamente un valor en alza, sino más bien lo contrario. Ahora bien, tampoco me parece que nos hallemos frente a un moribundo arrastrándose a las puertas de la expiración. En todo caso, presumo que su agonía será larga, aunque cada vez me parece más ineludible.

Antoñete, pase de la firma


viernes, 16 de agosto de 2019

La liosa Liga

Hoy se inicia La Liga con un partido de campanillas, nada menos que un Athlétic de BilbaoF.C Barcelona, en San Mamés. Ello no es asunto baladí ni para los amantes del fútbol ni para quienes no lo son. Cada año se adelanta un poco más el inicio de una competición que tiene manifiesta influencia en la economía del país. En este paréntesis estival se ha suscitado una insistente polémica sobre si habrá fútbol televisado todos los días de la semana, como en la temporada anterior, o los aficionados deberán descansar obligatoriamente los lunes. De momento el juez de turno ha determinado que suceda lo segundo, aunque no se trata de una resolución definitiva puesto que puede recurrirse. Los clubs y los gestores de la Liga ya han puesto el grito en el cielo, apelando a las cuantiosas pérdidas que ello les acarreará. Obviamente, otros muchos elementos inherentes a la competición (horarios de los partidos, incidencia en la actividad laboral y escolar, problemas de seguridad, tráfico, etc.) les preocupan mucho menos.

Y es que para qué engañarnos, el fútbol pierde progresivamente su condición de deporte en beneficio de su enfoque como lucrativo y gran negocio. Más allá de las mareantes cifras que acompañan a los traspasos y fichajes de las grandes estrellas del balompié,  la actividad económica de la Liga de fútbol profesional en España tiene un impacto económico anual equivalente al 1,4% del PIB, es decir, de unos 16.000 millones de euros, según un estudio que elaboró la consultora Prize Waterhouse Coopers (PwC) sobre la temporada 2016-17, presentado este mismo año. Esa astronómica cantidad la generan fuentes diversas: 3000 millones los propios clubs, directamente; 5500 millones son provisiones indirectas, producidas por los proveedores del fútbol; 4000 millones responden al impacto tractor que ejercen sectores que se relacionan con el fútbol; y 3000 millones son consecuencia del impacto inducido, es decir, el gasto que realizan los espectadores. De manera que puede asegurarse que el fútbol es un input para otras muchas empresas; no sólo se genera actividad económica porque el fútbol gaste dinero, sino porque muchos otros sectores lo usan como palanca para generar negocio (medios de comunicación, telefonía, merchadising, restauración, etc.).

El estudio de PwC evidencia que el impacto económico de La Liga se ha duplicado en los últimos cuatro años, creciendo su influencia en el empleo, que alcanzó un 25% más en este periodo, pasándose de 140.000 puestos de trabajo a casi 185.000. También la recaudación fiscal se ha visto incrementada en un 40%, alcanzando más de 4.000 millones de euros (y eso que muchos de los jugadores mejor pagados están litigando permanentemente con Hacienda a cuenta del impago de sus impuestos). Evidentemente, los gestores de La Liga, con su presidente a la cabeza, no tienen otra obsesión que mantener ese enorme crecimiento económico que, por una parte, está vinculado al enfoque empresarial de la gestión de la competición y, por otra, a la comercialización conjunta de los derechos televisivos, que hoy suponen la principal fuente de financiación de la mayoría de los clubs.

El deporte nacional por antonomasia, que domina abrumadoramente a las demás disciplinas deportivas, no es precisamente un caminito de rosas, aunque pueda parecerlo. Por definición, toda actividad económica debe contemplar la posibilidad de que aparezcan nubes en el horizonte. Y la mejor manera de neutralizar su hipotético impacto es conocer sus dimensiones y estimar sus posibles efectos. De modo que empecemos por el principio. Hoy la financiación de los clubs que, no cabe duda, son el motor que hace posible que exista todo este entramado económico-deportivo que representa La Liga, descansa fundamentalmente en los derechos televisivos que pagan las plataformas digitales y los medios de comunicación para poder retransmitir los partidos de fútbol. Esos derechos se reparten muy desigualmente dado que tres equipos se llevan más de las tres cuartas partes, prorrateándose el resto los demás. Se da una gran asimetría en la distribución que, en mi opinión, debería corregirse para equipararla a lo que sucede en otras latitudes, como el Reino Unido, donde ya se ha pinchado relativamente la burbuja financiera a la que me referiré. Allí la distribución de los recursos entre los clubs es muy diferente; de hecho, el equipo más modesto de la liga inglesa tiene unos ingresos anuales por los derechos televisivos equivalentes a los que en España recibe el Atlético de Madrid, que es el tercer club que más dinero ingresa por este concepto.

Pero, como decía, existe otra faceta que debe subrayarse especialmente porque repercute mucho más allá de los contornos del fútbol y de los intereses y responsabilidades de los clubs, de sus aficionados y de sus gestores. Es un hecho incontrovertible que el Real Madrid y el Barcelona son los equipos que reciben la mayoría de los recursos provenientes de los derechos televisivos, pero la realidad es que el impacto que producen en sus respectivas economías es infinitamente menor que el que acarrean a los equipos modestos, en los que alcanza hasta el 70 o el 75% de las mismas, estando la media en torno al 60 ó 65%. Por tanto, si por cualquier razón (porque las televisiones pierden interés en el deporte, porque en lugar de competir por comprar los derechos, se asocian y los negocian a la baja, etc.) se produjese una burbuja especulativa, cuando reviente, la catástrofe será enorme para los clubs modestos y mucho menor para los grandes equipos, pese a que hoy por hoy son los que más se benefician de este inmenso negocio. Pero, es más, si se materializase este hipotético y nada descabellado escenario –de hecho en el Reino Unido ya se ha producido en cierta manera–, seríamos el conjunto de la ciudadanía quienes pagaríamos los platos rotos de tan lucrativo comercio, ya que, para neutralizar sus efectos, tirios y troyanos saldrán a la palestra a justificar lo injustificable y a exigir la adopción de las medidas necesarias para minimizar los efectos de lo que no dudarán en denominar “catástrofe nacional”, como sucedió con el rescate de la banca y con otros acontecimientos similares.

Por tanto, cuidado con el fútbol que, además de ser un espectáculo fenomenal (especialmente cuando lo practican jugadoras y jugadores de las categorías alevines, infantiles y juveniles), tiene derivaciones y consecuencias que pueden afectarnos a todos, incluidos quienes no tienen interés alguno en el llamado deporte rey.

sábado, 13 de julio de 2019

Segunda semana de julio

Llega la segunda semana de julio y es imposible sustraerse a la repercusión del evento que aflora en los noticiarios y ocupa una hora larga en el principal canal de la televisión pública cuando son poco más de las 7:00 de la mañana. Obviamente me refiero a los sanfermines. Podría justificar mi interés por esas fiestas amparándome en los efectos que me producen los distractores que refiero, u otros señuelos mercadotécnicos que utilizan quienes gestionan tan provechoso negocio, pero me pregunto por qué hacerlo si realmente la auténtica razón de mi apego a ellas es el entusiasmo que me producen los toros, a pesar de la creciente contestación social que concitan los espectáculos taurinos y pese a lo difícil que resulta justificarlos y argumentarlos. Por otro lado, no puede olvidarse que los sanfermines son la feria del toro por antonomasia. En Pamplona, junto con Madrid y Bilbao, se ofrece cada año lo mejor que se cría en las dehesas: toros con enorme trapío y con unas impresionantes cabezas que transforman en seres excepcionales a los valientes que tienen la osadía de correr ante ellos o enfrentárseles en un ruedo.

Este año la feria de San Fermín se ha visto envuelta en una importante polémica que se inició la temporada pasada y que ha regresado con un encono especial, hasta el punto de que el jueves, 11 de julio, secundando una convocatoria que se fraguó la tarde anterior en las redes sociales, algunos corredores decidieron expresar su protesta haciendo una sentada en las calles por las que iba a discurrir el encierro, tres minutos antes de que saliesen de los corrales de Santo Domingo los toros de Victoriano del Río. La cuestión la han suscitado principalmente los cabestros que guían los toros hacia la plaza durante los encierros, que han sido entrenados para que reduzcan su peligrosidad y que, en opinión de los mozos, merman y llegan casi a anular su principal aliciente, que es la espectacularidad. De modo que parece que los cabestros, supongo que bien a su pesar y especialmente del de sus dueños, se han convertido en los verdaderos protagonistas de los encierros.

El día de San Juan partieron hacia Pamplona, desde la localidad madrileña de Estremera, veinte cabestros que están al cuidado del personal de José María López de la Torre (Casa Chopera), para aclimatarse al nuevo territorio con algunos días de antelación e intentar desempeñar eficientemente sus funciones en las distintas tareas que requiere el manejo de los toros. Es el segundo año que la ganadería “El Uno” está presente en los sanfermines. Además de responder a nombre tan altanero, está considerada una de las punteras en la crianza de cabestros para encierros y festejos populares, no en vano su apelativo es sinónimo de velocidad. El año pasado, sin ir más lejos, uno de sus cabestros, de nombre Ronaldo, contribuyó decisivamente a que todas las carreras de San Fermín durasen menos de tres minutos, algo que solo sucedía anteriormente de vez en cuando. Este año se ha sumado al anterior otro buey, que atiende por Messi, que es la nueva estrella de la parada y que, como el anterior, está cubierto por una capa berrenda en colorado y, caprichos del destino, luce en su costillar el número siete (recordemos, Cristiano Ronaldo, CR7), quizá para desafiar en cada carrera a su competidor.

La parada pasta en la finca “El Maquilón”, junto con un largo centenar de bueyes y también con toros bravos. Su preparación comienza cuando apenas son unos becerros y su desempeño como cabestros se extiende entre los 5 y los 10 años, aunque los hay de mayor edad. Alcanzan un peso entre 600 y 700 kilos y su entrenamiento incluye carreras de 4 ó 5 kilómetros que realizan en días alternos. Sus propietarios han salido al paso de opiniones infundadas que sostienen que tienen genética de toros. Ellos aseguran que son mansos, que se asustan y que salen corriendo cuando se les increpa, como no puede ser de otro modo ya que, como se sabe, los cabestros no adquieren tal condición por efecto de la castración sino por pertenecer a una raza diferente a los toros de lidia. Un cabestro no es otra cosa que un buey manso adiestrado para ser utilizado con fines específicos en las ganaderías bravas. Como se suele decir, todos los cabestros son bueyes, pero la mayoría de los bueyes no son cabestros.

Premonitoriamente, los propietarios de la ganadería pusieron a los cabestros que corren en San Fermín nombres que parecen replicar los de otras estrellas del espectáculo. A los de Ronaldo y Messi se añaden Generoso, Cariñoso, Chino, Corredor, Pistolero, Distraído, Elegante, Hortelano, Lancero, Lolo, Perezoso, Sevillano y Tabernero, que son los responsables de que, transcurridos seis encierros, los calificativos más comunes para referirse a ellos sean rápidos y limpios. El problema se suscita porque los cabestros permanecen en cabeza desde la salida de los corrales hasta la plaza, lo que facilita que la manada de los toros corra agrupada y protegida por ellos, haciendo que los mozos apenas pueden acercarse a ella. Por tanto, los 400 ó 500 corredores cuasi profesionales que participan cada día tienen escasas oportunidades de encontrar hueco, ponerse en la cara del toro, hacer la carrera y salir de ella. Sin embargo, el efecto positivo es que disminuye la tensión en el encierro y se reducen espectacularmente los heridos. De hecho, el año pasado se registró un número de corneados equiparable a los que hubo el año 1984, recordado como uno de los menos accidentados. Así pues, la rapidez de las carreras que promueven unos cabestros atléticos a los que ningún toro consigue rebasar, así como haber logrado que los animales no resbalen, cayéndose y disgregándose la manada, fundamentalmente como consecuencia del producto antideslizante con que se impregna en los últimos años la curva de entrada a la calle Estafeta, son los elementos que explican ese fenómeno.

La polémica ha llegado a tal extremo que los propietarios de la parada de cabestros –supongo que en connivencia con los responsables de la Casa de Misericordia– determinaron que Messi y Ronaldo no serían titulares en los encierros restantes, correspondientes a los días 12, 13 y 14. ¿Tiene ello fundamento? Lo desconozco. Sin embargo, aportaré algún detalle. No sé si como consecuencia de lo anterior o como simple fruto de la casualidad, lo cierto y verdad es que en el encierro de ayer, viernes, la manada de los toros de Núñez del Cuvillo se disgregó y los mozos pudieron protagonizar muy buenas carreras. Y hoy, los toros debutantes de La Palmosilla han hecho un encierro rapidísimo, rebasando algunos de ellos a los cabestros antes de culminar la cuesta de Santo Domingo, yendo en cabeza durante más de la mitad del encierro y propiciando que los mozos ensayaran múltiples carreras. Pese a todo, toros y cabestros han entrado a la plaza muy agrupados, casi “en un pañuelo”, como se dice en el argot. Habrá que ver lo que sucede mañana con los Miura que tienen fama de estar entre los más rápidos; de hecho lo fueron en los dos últimos años. Luego vendrán las valoraciones y volverán a plantearse los eternos dilemas entre la necesaria seguridad y el aseguramiento del espectáculo. Ya se verá.

Pero antes llegará la medianoche. La mayoría cantará el “Pobre de mi”, encenderá sus velas y se quitará el pañuelo en la Plaza del Ayuntamiento. Otros, singularmente los integrantes de las Peñas, tendrán su particular fin de fiesta en la Plaza el Castillo, pertrechados con sus pancartas y al son de las charangas. Y hasta terceros se encontrarán en la plaza del Consejo y cantarán y bailarán con el pañuelo en la mano. Las tracas en la Plaza de los Burgos anunciarán sonoramente el final de las fiestas y todo volverá a empezar porque… faltará menos para San Fermín 2020.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Esclatasangs

El DRAE define la pasión como el apetito de algo o la afición vehemente a ello. Sin duda, es una cualidad auténticamente humana. Amorosa, laboral, artística, o alusiva a lo que sea, muchos la concebimos como el combustible imprescindible para disfrutar de una vida prolongada y feliz. Aunque, todo hay que decirlo, si se adueña de nuestro cerebro o de nuestra voluntad, también puede cristalizar en un peligro nada desdeñable. En cualquier caso, la pasión, inequívocamente, es un sentimiento intenso y vigorizante que arraiga en lo más profundo del ser humano y que aflora en los momentos transcendentales, esos en los que palpamos de verdad la razón última de nuestras vidas. No en balde nos inocula adrenalina y pujanza haciendo que todo cobre sentido y pierda importancia el qué, el cómo, el cuándo y el dónde de las cosas. Porque cuando algo nos apasiona lo que importa por encima de todo es el porqué acometemos ese propósito y las emociones que nos reporta. De modo que una emoción considerada indeseable en la antigüedad, cuando se concebía como una “perturbación o afecto desordenado del ánimo” (passio), hoy se ha transformado en un sentimiento prestigiadísimo, en un estado emocional codiciado, que para muchos supone la auténtica razón de su existencia.

Es tiempo de setas, una estación que hogaño ha llegado con cierto adelanto, sin duda. Las tormentas de principio del verano y unas temperaturas excepcionales han precipitado un proceso que suele comenzar a finales de septiembre y terminar a principios de diciembre. Este año, para sorpresa general, ha debutado cuando finiquitaba agosto y veremos hasta cuando se prolonga porque, para que nadie agote su capacidad de sorpresa, diré que quienes saben de esto aseguran que se han recolectado setas en febrero. De modo que llegó la temporada de las setas, o “dels bolets”, como se prefiera. Eso significa para muchos viajar y perderse en las montañas, hurgar entre los perfumados matorrales, levantar la espesa capa de pinocha u hojarasca que recubre el suelo de pinares y bosques, tantear en la tierra fresca y olorosa para localizar las variedades de esclatasangs, rovellons o níscalos. También las amanitas cesáreas (ou de reig), los rebozuelos (los afamados rossinyols), los boletus (ceps), etc. Estos últimos, y tantos más, son piezas que recolectan quienes saben distinguirlos, cosa nada fácil porque la diversidad climática existente en España propicia que existan alrededor de 35.000 especies distintas. Y no debe olvidarse que, como asegura la frase que circula desde siempre en el mundo micológico, “todas las setas se pueden consumir, pero algunas una sola vez”.

No descubro nada nuevo al decir que recolectar setas es una costumbre que levanta pasiones. Tantas, que las especies nacionales se quedan cortas para satisfacerlas. De hecho, para abastecer la ingente demanda del mercado, los proveedores profesionales buscan hongos en lugares impensables, que identificamos más con desiertos y palmeras que con zonas pobladas por bosques de abetos, pinos y encinas. Aunque resulte difícil creerlo, algunos empresarios de la industria micológica investigan cómo transformar parte del territorio de Marruecos, Argelia y Túnez en nuevas despensas de setas, que se sumarían a la larga lista preexistente que incluye amplias superficies alpinas, del este de Europa y hasta de Rusia. Nosotros, quiero decir, mis amigos y yo, no aspiramos a tanto. Particularmente, no ansío casi nada. Mi participación en la pequeña aventura que reseñaré obedece exclusivamente a la desprendida actitud de mi amigo Alfonso que, sabedor de que todavía me atrae la inveterada costumbre que de vez en cuando practiqué en la infancia, determinó invitarme a participar en una de sus “correrías”.  Esta en concreto la había programado con su amigo Joaquín, una persona excelente: educada, jovial, atenta, espléndida y, sobre todo, experta en la recolección de setas.

Con Alfonso, en Gúdar-Javalambre
Dormí la noche del sábado en Benilloba, en casa de Alfonso. Teníamos prevista la salida a las cinco de la mañana y no era cosa de viajar desde Alicante para estar allí, disponible, a esas horas. Los saludos protocolarios, las atenciones a Alfonso Jr., una cena ligera y una brevísima sobremesa compartida con Paqui fueron el preámbulo imprescindible para encaminarnos al lecho. Apenas eran las cuatro y media cuando abandonaba la habitación. Alfonso ya lo había hecho media hora antes y estaba preparando el café con leche cuando llegué a la cocina. Lo despachamos con presteza y cargamos los pertrechos en el coche (cestas, cuchillos, garrotes, anoraks, almuerzos y bebidas). Nos esperaba un largo recorrido. Recogimos a Joaquín y nos montamos en su Discovery. Él, que es un excelente conductor y al que le agrada conducir, despachó el zigzagueante camino que enlaza Benilloba con la A-7 en pocos minutos. Inmediatamente nos zambullimos en la autovía viajando prácticamente solos hasta Alcudia de Carlet, donde repostamos antes de enfilar hacia el bypass que permite sortear el callejero del “Cap i Casal”. Llegados a las proximidades de Sagunto, tomamos la A-23, la denominada autovía mudéjar, que nos llevaría casi hasta nuestro destino. El paso por Sot de Ferrer, Soneja, Segorbe, Navajas, Jérica, Viver, Barracas y San Agustín fue jalonando las primeras horas y minutos de la mañana, que anunciaban y daban paso a un amanecer que nos asediaba por la espalda, prolongándose desde la mar hacia el horizonte cada vez más montaraz y empinado al que nos conducía el infatigable Discovery. Con las primeras luces del día, estábamos ya en Venta del Aire, una localidad que hoy forma parte del municipio de Albentosa, en la comarca de Gúdar-Javalambre, a mil metros de altitud. Desde allí, la A-1515 nos llevó, casi solos, a Rubielos de Mora. Arrancando de esa afamada población, la A-1701 nos condujo a Nogueruelas y Linares de Mora, donde tomamos la T-V-3 hasta Valdelinares, que era nuestro destino. Bueno, es un decir, porque todavía nos esperaban casi nueve kilómetros de pistas forestales que, transcurridos tres cuartos de hora, nos depositaron en una inimaginable pradera a dos mil metros de altitud. Un espacio que me pareció semejante al paraíso, aunque nunca he estado allí. Es aquella una tierra hermosa, cubierta de pinos, sabinas rastreras y enebros, de encinas, álamos y algún chopo que resiste en la penuria de los sedientos regatos veraniegos. Como alguien dijo, cuando se recorren estos montes de las sierras de Gúdar y Javalambre parece que nos estamos asegurando el don de la longevidad; aquí el tiempo parece detenido y la vida hace mucho que perdió el compás, al menos el que marca las nuestras.

Abandonamos el coche, tomamos los pertrechos y, provistos de un café con leche y cuatro horas de camino, renunciamos al almuerzo presos de un “gusanillo” que nos invitaba a tirarnos al monte, como si barruntásemos que el mundo acabaría ese mismo día. Fijamos la posición del coche con relación al sol, que ya se elevaba sobre el horizonte aunque no calentaba nada, y decidimos avanzar hacia el oeste. Atravesamos la pradera, trepamos a la primera loma y descendimos despaciosamente por la subsiguiente umbría. De repente se abrieron ante nosotros las puertas del paraíso. Pocas veces habíamos contemplado lo que se ofrecía a nuestros ojos. Setas por doquier: en medio de los senderos, en los alcorques que cercan los pinos, bajo los matorrales, entre los restos de las entresacas y podas; prácticamente en todo lugar. En apenas dos horas habíamos llenado nuestras cestas, habíamos colmado nuestras ansias y satisfacíamos nuestros mejores deseos. Poco más se podía pedir. Si acaso, descender pausadamente buscando la pradera y saborear el almuerzo que nos aguardaba en el maletero del coche: bocatas de tortilla con panceta ibérica, y de lomo y jamón, aderezados con exquisito aceite del Comtat, una litrona de cerveza y agua fresquísima. Eran casi las doce cuando, recostados sobre una ligera pendiente del terreno, cobijados a la sombra de una imponente sabina, dábamos buena cuenta de todo ello.

Despenado el tentempié, el ansia  recolectora nos hizo emprender una segunda batida que fue mucho más cansina que provechosa. En apenas una hora decidimos dar por finalizada la aventura y nos dispusimos a deshacer el camino. Apostillaré que tardamos hora y media en recorrer los apenas nueve kilómetros de pistas forestales que conducen hasta la carretera. Fueron seis o siete las ocasiones en que nos detuvimos para recolectar las setas que visualizábamos en los márgenes de las veredas. Realmente, aquello fue un continuo sucumbir a una retahíla interminable y gratísima de tentaciones. Por fin llegamos al dominio del asfalto e iniciamos el descenso. Esta vez nos desviamos de la ruta de llegada, tomando el ramal que bordea por el norte las pistas de esquí de Valdelinares y se dirige a Alcalá de la Selva. Allí tomamos la A-228 hasta la monumental Mora de Rubielos, que dejamos atrás para llegar a la Venta del Aire, hacernos un rápido piscolabis en el Restaurante Los Maños en la entrada de Albentosa y enfilar la A-23 de regreso a casa.

Un día pletórico en el que hicimos seiscientos kilómetros con el definido propósito de amansar la pasión recolectora que los humanos arrastramos desde nuestro origen más remoto. Pero no cosechamos cualquier cosa ni lo hicimos en un lugar cualquiera. La nuestra fue una recolección de primerísima calidad, pausada y casi exclusiva (apenas nos cruzamos con una decena de personas), que nos proporcionó unos frutos conservados excepcionalmente, germinados a dos mil metros de altura y en un territorio prácticamente virgen. Y por si ello fuera poco, bebimos aguas purísimas y fresquísimas que brotan de manantiales inagotables, respiramos un aire limpísimo que parecía que invitaba a sentir lo hermoso que es el mundo y lo maravilloso que es vivir. El domingo, hubo momentos en que me pareció que estuvimos casi a punto de tocar el cielo con las manos.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Seducción

Una de las máximas aspiraciones de cualquier ser humano es gustar a los demás. Tan es así que ese anhelo lleva a algunas personas a intentar conseguir por cualquier medio que todo el mundo ansíe su amistad, su compañía, su cuerpo, su inteligencia o cualquier otro de sus atributos y/o habilidades. Ciertamente, quienes logran cosechar fama por méritos propios consiguen tales indulgencias, que suelen ir aparejadas con el hecho de ser conocidos por gestas o particularidades que los hacen populares. Pero no es menos cierto que muy pocos son quienes alcanzan la gloria. De modo que la inmensa mayoría de los mortales estamos predestinados a engrosar el descomunal ejército de los buscadores del minuto o trocito de gloria. Una quimera en la que algunos empeñamos casi lo que sea. Incluso vendemos nuestras vergüenzas a cualquier postor y/o, lo que es peor, las exhibimos pública y descarnadamente.

La semana pasada estuvimos en tierras extremeñas, participando en uno de los viajes del IMSERSO. La base de operaciones radicaba en Mérida, la insigne ciudad erigida sobre la colonia Iulia Augusta Emerita, que fundó, por encargo de Augusto, Publio Carisio con objeto de asentar en ella a los soldados licenciados (eméritos) de las legiones X Gemina y V Alaudae, excombatientes de las guerras cántabras. Entre la infinidad de restos arqueológicos, espacios históricos, museos y, ¿por qué no decirlo?, bares y restaurantes donde delectar el paladar con chacinas y caldos de la Ribera del Guadiana, una anécdota contingente, que alude a un viejo vecino de la ciudad, sedujo mi interés. La narración no es otra cosa que el relato de la biografía, inequívocamente legendaria, de un atleta poco conocido que, sin embargo, ocupa por derecho propio un espacio merecidísimo en el olimpo de los deportistas más admirados y ricos de la historia. Su nombre: Cayo Apuleyo Diocles.

Diocles fue un auriga hispanorromano, natural de la provincia de Lusitania, al que cabe el honor de ser el más notable del Mundo Antiguo en su especialidad. El celebérrimo Antonio García Bellido lo etiquetó como el "héroe de las muchedumbres más apasionadas, ídolo de un pueblo que cifraba su felicidad en estas dos solas palabras: panem et circenses”. Su carrera deportiva fue inusualmente larga, alcanzando los veinticuatro años, cuando la mayoría de sus adversarios morían o quedaban desahuciados mucho antes por la frecuencia de los accidentes. Cuando tenía dieciocho, probablemente tras imponerse en competiciones locales, que ya eran de primer nivel, emigró a Roma. Allí las “escuderías” del momento se denominaban “facciones”, con seguidores tan fanáticos como los actuales hooligans.

Según consta en el testimonio epigráfico más importante que existe sobre las carreras de carros, cuyo original se ha perdido –y, por tanto, solo se conocen los detalles que menciono a través de copias–, Diocles comenzó a correr a los 18 años por la facción blanca, cambiando a la verde a los 24 y, finalmente, a la roja a los 27, donde siguió corriendo hasta retirarse a los 42 años, una edad muy excepcional. Compitió en 4.257 carreras y obtuvo 1.462 victorias, quedando en segundo o tercer puesto en otras 1.438 carreras. Su porcentaje de triunfos es superior al 34 %. Unos registros estratosféricos que prácticamente nadie alcanzó. Bien es verdad que, como hacía M. Schumacher con los bólidos de Ferrari, conducía seleccionadas colleras de caballos lusitanos, que se dice que eran los mejores del momento. Debió ser así porque la tradición asegura que a las yeguas lusitanas las engendraba el viento. Algunos de ellos fueron tan famosos que sus nombres estaban en boca de los aficionados. Es el caso de Cotino, Gálate, Abigeio, Lúcido o Pompeyano, ancestros reputadísimos de Northern Dancer, Secretariat, Phar-Lap, Sea Bird, Man o'War, Citation, Nijinsky o Spectacular Bid, todos purasangres que se adueñaron de los hipódromos a lo largo del último siglo.

Esta semana se inició con la celebración de la 52 edición de la Super Bowl (partido final del campeonato profesional de fútbol americano), el mayor evento deportivo que existe en el mundo actual, que aúna los ingredientes que caracterizan el deporte de alta competición: espectáculo, polémica, pasión… dinero; en suma, deporte y capitalismo, o viceversa. Un show metadeportivo que disputaron los New England Patriots y los Philadelphia Eagle, cuya victoria final se apuntaron los últimos contra pronóstico. Las cifras que mueve el evento marean: 120 millones de espectadores solo en EE.UU y más de 200 cadenas de todo el mundo retransmitiendo el partido, que agregan 100 millones de espectadores adicionales. El dinero que concita la Super Bowl es descomunal. Los Eagles, dueños del Vince Lombardi 2018 (trofeo de la competición), recibirán un premio de 112 mil dólares por cada jugador, que para los de los Patriots será de 56.000. A estas cantidades hay que sumar los 79 mil dólares que ambos equipos consiguieron al vencer en los dos partidos de playoffs de sus respectivas conferencias. Una fortuna que, como otras, tiene eco en la revista Forbes, que desde la neoyorkina Quinta Avenida publica anualmente, desde 1986, su lista de las personas más ricas del mundo. Según ella, en el ámbito del deporte, los cracks mejor pagados en 2017 fueron Ronaldo (93 millones de dólares), LeBron James (86), Messi (80), Federer (64) y Kevin Durand (60,6). Es decir, dos futbolistas, dos jugadores de baloncesto y un tenista.

Pues bien, estas descomunales ganancias, cuya magnitud supera mi capacidad de apreciación, apenas son nada comparadas con la fortuna que amasó el amigo Diocles. Según los cálculos que ha realizado el investigador Peter Struck, profesor de Estudios Clásicos en la Universidad de Pensilvania, ganó a lo largo de su carrera 35.863.120 sestercios –el equivalente a 15.000 millones de dólares–, cifra lejos del alcance de cualquiera de los megacraks mencionados que, por otro lado, está acreditada en la inscripción monumental que le dedicaron sus admiradores y compañeros de profesión cuando murió.

Y es que alrededor de este auriga se creó una aureola gracias a la cual sus ingresos económicos se multiplicaron. De su fortuna solo tenemos noticia de las rentas consolidadas por las carreras ganadas. Pero no todo acababa ahí. Debe tenerse en cuenta que el merchandising de la época en torno a gladiadores y aurigas incluía todo tipo de objetos: lámparas de aceite con la efigie del deportista, que se vendían en mercados y en los propios eventos; mosaicos conmemorativos equivalentes a los posters actuales; estelas; estatuillas... Incluso los nombres de los caballos se incluían en estos elementos. Para hacernos una idea de cómo eran las cosas, baste recordar que el emperador Calígula nombró cónsul a su caballo favorito, Incitatus. Así pues, ya entonces la capacidad de movilización de fans y seguidores generaba importantes ingresos adicionales a los premios, lo mismo que lo hacían las apuestas y el material promocional de los deportistas, que es fácilmente reconocible en los yacimientos de la época.

Nihil novum sub sole. Al final del camino, tutto cambia perché nulla cambi: imperio, panem et circenses, merchandising... El cinismo de los que siempre prefieren las cosas a las personas, como Lampedusa. Puestos en este trance, me seduce mucho más la versión atlética, original y analógica, encarnada por Diocles, que la de sus remedos tecnologizados de la era de globalización.