Semanas atrás, Manel Pérez, adjunto al director del diario La Vanguardia, escribía una columna que titulaba «De Rodalies a los males de la socialdemocracia». En ella hacía un diagnóstico amplio y ambicioso del malestar que en los últimos tiempos recorre España y Europa, articulado en torno a la acumulación de crisis económicas, sociales e institucionales que ponen a prueba la viabilidad del Estado del bienestar y, con él, el proyecto político de la socialdemocracia.
Quizá la principal virtud del referido texto radica en que ciertos problemas, que frecuentemente se presentan como coyunturales o locales (la vivienda, la sanidad, las pensiones, el gasto público o la adaptación al cambio climático), se muestran incardinados en un marco estructural y europeo. En ese sentido, creo que el autor acierta al señalar que muchas de las tensiones actuales no son anomalías ocasionales, sino el resultado de decisiones económicas y políticas sostenidas durante décadas.
El análisis del periodista me parece particularmente sólido cuando vincula el deterioro de los servicios públicos y el encarecimiento de la vida con la adopción progresiva de un marco neoliberal por parte de fuerzas políticas que históricamente se definieron como socialdemócratas. En su artículo recuerda, con razón, que el Estado del bienestar no fue un subproducto espontáneo del crecimiento económico, sino una construcción política y deliberada forjada en la Europa de la posguerra. Por tanto, su erosión no puede considerarse inevitable, pues responde a prioridades presupuestarias, a concretos marcos regulatorios y a un determinado equilibrio de poder entre capital y trabajo.
Valoro como un acierto incontestable la mirada comparada que ofrece el artículo. Al subrayar que fenómenos como la crisis de la vivienda o la fragilidad de las cuentas públicas afectan al conjunto de la Unión Europea, el autor desmonta la tentación de buscar culpables en el ámbito nacional exclusivamente. El euro, la liberalización financiera y la integración de los mercados de capitales son factores clave para entender determinadas dinámicas de revalorización patrimonial que desbordan la capacidad de actuación de los Estados individualmente considerados. En este punto, en mi opinión, el texto aporta una perspectiva estructural que enriquece el debate público.
Contrariamente, considero que adolece de dos debilidades. Por un lado, un cierto determinismo pesimista que lo impregna transversalmente. La acumulación de problemas se presenta como un deslizamiento casi inexorable hacia una crisis sistémica —el «cisne negro» que está siempre al acecho— sin explorar detalladamente los márgenes reales de la acción política. El riesgo subyacente a este enfoque es doble: puede reforzar la sensación de impotencia en la ciudadanía y, a su vez, deja el terreno abonado para que prosperen las fuerzas populistas y autoritarias que el texto identifica como amenaza. La segunda debilidad es la asimetría entre el diagnóstico y las propuestas. El artículo es incisivo y señala contradicciones y responsabilidades, pero resulta mucho más romo ofreciendo alternativas. Y esa carencia no es asunto menor porque, en un contexto de desafección política, la crítica sin horizonte es probable que sea intelectualmente estimulante, pero resulta políticamente estéril.
En mi opinión, desde una perspectiva constructiva, el debate debería avanzar en al menos cuatro direcciones. La primera conduce a la revisión profunda de las reglas fiscales europeas. Si se acepta que la vivienda, la transición ecológica, la sanidad o la educación son pilares del bienestar y de la estabilidad democrática, resulta incoherente tratarlos como gasto corriente sometido a una disciplina presupuestaria pensada para otro ciclo histórico. Una «regla de oro» de la inversión social y climática, excluida parcialmente del cómputo de déficit, permitiría recuperar capacidad de acción sin renunciar a la sostenibilidad financiera.
La segunda línea lleva a una política europea de vivienda que vaya más allá de la retórica. Esto implica, entre otras medidas, reforzar el papel del Banco Europeo de Inversiones en la financiación de parques públicos de alquiler, limitar fiscalmente los usos especulativos del suelo y coordinar instrumentos regulatorios frente a la concentración de vivienda en manos de grandes fondos. La evidencia comparada muestra que los países con mayor oferta pública y cooperativa amortiguan mejor las burbujas de precios.
En tercer lugar, el artículo apunta correctamente al problema de fondo: la «financiarización» de la economía europea. Aquí la respuesta no puede limitarse a políticas sociales compensatorias. Es necesario reequilibrar el modelo productivo mediante una estrategia industrial europea que combine transición energética, digitalización y empleo de calidad. Sin una base productiva sólida, el Estado del bienestar se convierte en una promesa vulnerable, dependiente de ingresos fiscales cada vez más volátiles.
Por último, la reconstrucción de la socialdemocracia exige algo más que liderazgo simbólico en el contexto internacional. Requiere coherencia interna, es decir, alinear discurso y práctica, priorizar políticas redistributivas visibles y asumir conflictos con intereses económicos consolidados. La historia demuestra que el Estado del bienestar avanzó cuando existió voluntad política de disputar el poder, y no cuando se confió exclusivamente en la autorregulación inducida por los mercados.
En suma, me parece que el artículo ofrece un retrato lúcido de las fragilidades y contradicciones de la Europa contemporánea. Considero que su pesimismo está fundamentado y justificado, pero disiento en que se erija en el punto final del análisis. Frente a la tentación de refugiarse en el repliegue o la de aventurarse en el autoritarismo, propongo una alternativa que pasa por recuperar la política como herramienta de transformación colectiva. No es una tarea sencilla, pero considero que continúa siendo un anhelo viable.









