domingo, 15 de marzo de 2026

Un cruasán en la mesa del adiós

Hoy, cuando todavía no he terminado de metabolizar la partida de Jürgen Habermas, leo la esperada columna dominical de Manuel Vicent, intitulada «Nos vemos en Capri», alusiva a su despedida de Raúl del Pozo. Una y otra circunstancia me impelen a compartir algunas reflexiones sobre los adioses.

En primer lugar, entiendo que las mejores despedidas no necesitan de grandes gestos ni de expresiones trascendentales. Son suficientes un ademán, una frase breve caída como hoja de otoño o un objeto humilde –un cruasán, por ejemplo– abandonado sobre la mesa como último testigo de una vida compartida. Me gustaría que en cuantas despedidas deba intervenir las cosas fuesen así: sin aspavientos, sin mentiras piadosas, sin el teatro torpe del consuelo obligatorio. Anhelo partidas plácidas, con la serenidad de quien sabe que la historia ya está escrita y no hay nada que añadir salvo algún pequeño acto de cercanía: un amigo que hace la visita del doctor, una bandeja de dulces, una sonrisa final que se enciende por un instante.

En segundo lugar, tengo la impresión de que, cuando llega al final del camino, la muerte suele presentarse con una mezcla extraña de gravedad y cotidianidad. Entra por la puerta de casa o de la habitación de un hospital mientras alguien deja el abrigo en el respaldo de una silla, o cualquier compañero abre una caja de pasteles, como si fuese una tarde cualquiera. La tragedia, entonces, pierde su voz solemne y adopta el tono doméstico de una conversación en voz baja.

Quizá por eso las despedidas verdaderas son siempre discretas. No pertenecen al estruendo del duelo público, sino a un juicioso silencio entre personas que han compartido una parcela del mundo. En ese momento nadie pretende engañar a nadie. No hay frases sobre la buena cara ni promesas de recuperación. La verdad se instala en la habitación con una naturalidad casi física, como una añadida presencia.

En tercer lugar me parece que, entonces, el gesto más humano es el más simple, como sentarse cerca. A veces basta con ofrecer algo dulce. En ese pequeño ritual de hospitalidad –abrir una caja, elegir un bocado, llevarlo despacio a la boca– se concentra una vida entera de costumbres. El moribundo acepta el regalo con la torpeza de una mano cansada, como si todavía quisiera cumplir las reglas de la cortesía. Tal vez mastique lentamente solo por gratitud, por no romper del todo la escena. En ese instante nadie habla de la muerte, pero ya está allí.

Sin embargo, lo verdaderamente importante ocurre en el extrarradio de las palabras. Una mirada que se sostiene unos segundos más de lo habitual. Un silencio que no incomoda. Un recuerdo compartido que pasa por la habitación como una ráfaga de humo antiguo. Las despedidas hermosas suelen tener algo de complicidad. Entre los familiares y entre los amigos que han consumido décadas juntos existe una confianza especial frente al final. No necesitan de solemnidades porque ya han vivido suficiente. Se permiten incluso pequeños gestos irónicos y hasta frases livianas que desafían al destino con la elegancia de quien no le debe nada. Tal vez por eso las mejores despedidas tienen siempre un tono de conversación inconclusa.

Uno recuerda entonces el tiempo vivido; los cafés humeantes, las interminables diatribas frente a ellos o las palabras que parecían importantes en determinados momentos, que ahora flotan en la memoria como barcos sin puerto. Todo ese mundo –con sus confidencias, sus picarescas y sus ensoñaciones– pertenece ya a otra época. El asfalto lo cubrió, la historia pasó por encima de todo, pero en la habitación del adiós vuelve por un instante con la intensidad de lo irrepetible.

Cuando llega ese momento, el amor y la amistad se resumen en un gesto mínimo. Una mano en la rodilla. Un leve golpe cariñoso que dice más que cualquier discurso. Es una forma antigua de despedirse, casi infantil, que recuerda al amante o compañero que el vínculo sigue ahí incluso cuando las palabras ya son inútiles. Entonces, aunque no siempre, suele llegar la sonrisa. A veces es apenas un destello, una mueca leve, un brillo fugaz en los ojos cansados. Pero esa sonrisa tiene algo de pacto secreto. No promete nada. No niega nada. Simplemente reconoce que el camino compartido ha valido la pena. Y eso basta.

Después, la vida continúa al otro lado de la puerta. La calle sigue donde estaba. Los coches pasan. El mundo no se detiene porque alguien haya proferido un adiós. Pero quienes han participado en una despedida así saben que hay momentos en que la muerte pierde su aspereza y se vuelve casi humana. Momentos en que el final se parece a una tarde tranquila entre amigos con una bandeja de pasteles abierta sobre la mesa. Un último bocado dulce. Una sonrisa que se queda flotando en el aire. Y la certeza íntima de que, de alguna manera, nos volveremos a ver en alguna isla imaginaria donde siempre es verano.


La muerte de Sócrates, por José Maria de Medeiros. 
Museu Dom João VI

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