Recientemente, la diplomacia china volvió a hablar con voz propia en Pekín. En el marco de las llamadas Dos Sesiones –momento político anual por excelencia, cuando se celebran en marzo las sesiones plenarias anuales de la Asamblea Popular Nacional y del Comité Nacional de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino–, el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, ofreció una larga rueda de prensa que, respuestas coyunturales al margen, dejó entrever la narrativa estratégica con la que China busca posicionarse en un mundo cada vez más fragmentado.
El contexto no es menor. Las guerras de Ucrania y Gaza, la recién inaugurada en Irán, el deterioro del orden internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial y la creciente rivalidad entre potencias han abierto una etapa de incertidumbre global. En ese escenario, Pekín se presenta como un actor que reivindica la estabilidad, el multilateralismo y la resolución política de los conflictos. Un discurso que, por supuesto, no está exento de cálculo estratégico.
Wang Yi fue claro al referirse a la guerra que involucra a Irán, Estados Unidos e Israel. Sin ofrecerse explícitamente como mediador, el jefe de la diplomacia china pidió el «fin inmediato de las hostilidades» y defendió la necesidad de respetar la soberanía de todos los países de Oriente Medio. En su formulación, el conflicto es «una guerra que no debería haber ocurrido». La receta china, insistió, pasa por la no injerencia, la protección de los civiles y el rechazo a los cambios de régimen impulsados desde el exterior.
Ese planteamiento encaja con uno de los principios clásicos de la política exterior de Pekín, cual es la defensa de la soberanía nacional como pilar del sistema internacional. No obstante, en el discurso actual adquiere un significado todavía más amplio. China intenta proyectar la imagen de una potencia responsable, partidaria de la coexistencia pacífica y de un orden internacional regido por normas compartidas, frente a lo que considera la deriva unilateralista de algunos actores.
La crítica fue implícita pero reconocible. Sin mencionarlo expresamente, Wang cuestionó la creación de estructuras internacionales paralelas a las instituciones existentes, en alusión a algunas de las iniciativas impulsadas por Donald Trump. Para Pekín, el papel central de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) debe reforzarse y no debilitarse. «No es perfecta, pero sin ella el mundo sería peor», afirmó el ministro.
La defensa del multilateralismo no es solo una cuestión de principios. También responde a los intereses de una potencia que ha prosperado en el marco de la globalización. Como recordó Wang, en los últimos cinco años China ha aportado cerca del 30% del crecimiento mundial. Desde la perspectiva de Pekín, el auge del proteccionismo y los intentos de desacoplamiento económico promovidos por la actual presidencia norteamericana no solo son contraproducentes, sino también inviables en una economía internacional profundamente interdependiente.
En el fondo, su mensaje apunta a la nostalgia de un orden internacional anterior a la actual fase de rivalidad abierta. Un sistema ciertamente imperfecto, pero relativamente estable, en el que la expansión del comercio, la cooperación institucional y la interdependencia económica actuaban como mecanismos de contención de los conflictos. La irrupción de la era Trump, con su cuestionamiento de las reglas del comercio global y su apuesta por la competencia estratégica entre grandes potencias, ha alterado ese equilibrio. China intenta ahora presentarse como defensora de aquel statu quo. La paradoja es evidente, un país que durante décadas fue percibido como un actor revisionista reivindica hoy el mantenimiento de las reglas del sistema que facilitaron su ascenso.
La posición china también se extiende a otros escenarios tensionados. En Oriente Medio, Pekín recordó su papel en el restablecimiento de relaciones entre Arabia Saudí e Irán en 2023, un episodio que reforzó la imagen de China como mediador emergente. Sobre el conflicto palestino, Wang reiteró la tradicional defensa de la solución a través de la fórmula de los dos Estados.
Con relación al espacio europeo, el mensaje esencial fue de prudencia. China considera a la Unión Europea un socio relevante para su modernización económica, aunque pide a Bruselas que no interprete la interdependencia como un riesgo estratégico. En síntesis, se trata de un equilibrio delicado en un momento en el que Europa revisa su relación económica con el gigante asiático.
Más claras fueron las referencias a la relación con Rusia. Wang describió el vínculo con Moscú como una coordinación estratégica basada en la confianza mutua, aunque insistió en que no se trata de una alianza formal ni dirigida contra terceros. La fórmula permite a Pekín mantener su asociación con Rusia sin asumir abiertamente el coste político de la guerra en Ucrania.
Todo este sistema de equilibrios forma parte de una estrategia más amplia: la construcción de un mundo multipolar. Desde la visión china, el sistema internacional ya no puede estar dominado por una sola potencia. El objetivo es avanzar hacia un orden en el que varias –entre ellas China– compartan el protagonismo.
Sin embargo, este discurso conciliador también tiene límites. Cuando la mirada se desplazó hacia Asia oriental, el tono cambió. Pekín reiteró que Taiwán es una cuestión interna y advirtió de que la reunificación es un proceso histórico inevitable. Del mismo modo, Wang lanzó duras críticas al revisionismo histórico en Japón y cuestionó el papel de Tokio en la seguridad regional.
Ambas posiciones revelan la dualidad de la diplomacia china. Por un lado, sostiene un discurso global favorable a la paz, la cooperación y el multilateralismo. Por otro, una defensa inflexible de los intereses estratégicos nacionales en su entorno inmediato.
En cualquier caso, la intervención de Wang Yi confirmó que China ya no se limita a reaccionar ante los acontecimientos internacionales. Ahora intenta definir con evidente ahínco la narrativa de la política global. Lo hace desde la perspectiva de una potencia que, aunque todavía se define como país en desarrollo, aspira a desempeñar un papel central en el liderazgo del sistema internacional en las próximas décadas. La mirada del Extremo Oriente no es, por tanto, exclusivamente, una lectura alternativa de la actualidad internacional. Es, también, la expresión de una ambición histórica, la de una China que se prepara para ocupar un lugar en el centro del mundo.

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