Como se sabe, entre el 6 y el 15 de este mes, organizado por el Ayuntamiento de la ciudad, se celebra el XXIX Festival de Málaga (MaF), un macroevento desarrollado a través de una amplia programación, que busca celebrar la cultura con el cine como argumento.
En la sección de documentales, se presenta El mapa para tocarte, de Mercedes Afonso, guionista, directora y productora de cine, licenciada en Geografía e Historia en la especialidad de Historia del Arte por la Universidad de La Laguna (ULL) y diplomada en Dirección cinematográfica y Guion, en Septima Ars (Madrid). En 2004, creó su propia productora, «Lunática producciones audiovisuales», combinando su faceta creativa con la formativa. Hasta aquí, nada nuevo, ni especialmente sorprendente. Lo auténticamente extraordinario comienza con la lectura de la sinopsis del documental, que coincide en el tiempo con las noticias que alertan de que el pasado 16 de febrero se extravió en el municipio de El Paso (este de la isla de La Palma), Airam, un chaval de 20 años con espectro autista, que todavía hoy está desaparecido.
En la Isla Bonita, donde el relieve se levanta abrupto entre volcanes negros, montañas verdes y un océano que cambia de humor con facilidad, la referida cineasta ha pasado los últimos doce años filmando a su hijo. No con la intención de hacer una película, sino con la pretensión de entenderlo. Airam Concepción Afonso nació allí hace veinte años. Entre los nueve y los diez le atribuyeron un diagnóstico que trastocó por completo la vida familiar: trastorno del espectro autista con altas capacidades, asociado con un desorden neuropsiquiátrico autoinmune e infrecuente. Desde entonces, la casa familiar en el municipio de El Paso se convirtió en un lugar de observación paciente, resistencia cotidiana y adaptación permanente.
Con el tiempo, ese archivo doméstico —filmado en su mayor parte con un teléfono móvil— terminaría convirtiéndose en El mapa para tocarte, el documental que ahora compite en el Festival de Málaga. Fortuitamente, su estreno ha coincidido con el hecho inesperado y doloroso de la desaparición del protagonista desde el pasado 16 de febrero.
La última vez que su madre habló con él fue por teléfono, durante el carnaval de Los Indianos, una de las fiestas más multitudinarias de la isla. Ese día la población se cubre de blanco, el aire se llena de polvos de talco y la celebración cobra un aire ruidoso y caótico. En medio de ese ambiente, Airam sufrió lo que su madre identifica como un «colapso de autismo». Desde entonces, no se ha vuelto a saber de él.
La desaparición ha abierto un paréntesis de incertidumbre que la directora intenta sobrellevar con una mezcla de serenidad y conocimiento íntimo de su hijo. Cree que puede estar escondido y asustado, pues confía en su capacidad de supervivencia. Airam es alguien acostumbrado a la autosuficiencia. Durante años ha aprendido a soportar el frío, a caminar descalzo, a dormir en el suelo o alimentarse con lo esencial. De modo que en su convencimiento hay algo más que esperanza; pues descansa sobre una dilatada experiencia.
En realidad, el documental que se presenta en Málaga es el registro de una convivencia compleja. Durante doce años, Mercedes grabó las crisis de su hijo, sus momentos de aislamiento, los largos silencios de una casa que parecía adaptarse al ritmo interior del muchacho. La cámara funcionaba simultáneamente como herramienta clínica, mecanismo de defensa emocional y forma de comunicación. En ocasiones utilizaba un filtro azul para registrar los episodios más duros. No era un recurso estético, sino una manera de introducir distancia frente a la intensidad del momento. El dispositivo técnico permitía observar sin quedar completamente arrastrada por la experiencia.
La casa misma se convirtió en una especie de personaje involuntario. Durante mucho tiempo permaneció deteriorada, con algunos cristales rotos sustituidos por cartones, paredes desconchadas y habitaciones cerradas. Nadie podía entrar a repararla. Airam no toleraba la presencia de extraños. La madre apenas podía cruzar el umbral de su habitación. El joven pasaba allí la mayor parte del tiempo, encerrado en un mundo donde los ruidos, los tejidos o las bacterias podían convertirse en amenazas insoportables. Hubo etapas en que solo salía una vez al día para subir a la azotea y tomar el sol durante unos minutos.
El relato que emerge de la película no es sentimental ni heroico. Parece más bien la crónica de una adaptación lenta, extenuante a veces. Mercedes interrumpió su carrera cinematográfica para cuidar de su hijo y durante largos periodos dependió económicamente de su padre. La vida doméstica se subordinó a las necesidades del muchacho. Sin embargo, en medio de esa difícil rutina, también aparecían momentos inesperados de conexión y belleza. En uno de los pocos planos en que madre e hijo aparecen juntos, juegan a mirar la luz que atraviesa unas botellas de cristal. En otra escena, se inclinan sobre el pozo del huerto mientras una tormenta estalla alrededor. Son instantes breves, pero intensos, en los que el afecto encuentra una forma distinta de expresarse.
La relación entre ambos estuvo marcada durante años por una paradoja habitual en algunos casos de autismo: existe el amor, pero no puede expresarse a través de las formas convencionales. Airam no toleraba el contacto físico y durante mucho tiempo su madre no pudo abrazarlo ni besarlo. La primera excepción se dio cuando el joven tenía dieciocho años. Ese día llegó a casa Kobu, un perro que se convertiría en su compañero. Airam permitió que el animal se subiera a la cama y le lamiera la cara. Después, por primera vez en mucho tiempo, aceptó también un beso de su madre en la mejilla. Ínfimos acontecimientos como ese adquirían una importancia enorme.
Pese a sus dificultades sociales, Airam desarrolló una intensa vida intelectual autodidacta. Aprendió inglés por su cuenta, a tocar la guitarra y a practicar la meditación para controlar su ansiedad. Entre sus lecturas habituales se encuentran El Quijote, La divina comedia y El hombre en busca de sentido, del psiquiatra austríaco Viktor Frankl, una obra sobre la capacidad humana para encontrar significado incluso en situaciones extremas.
La actitud que describe ese libro –la idea de que el ser humano conserva siempre la libertad de elegir su respuesta frente al sufrimiento– impresionó profundamente al joven. Esa disposición quizá explique por qué algunas crisis colectivas lo afectaron menos que la vida cotidiana. Durante la erupción volcánica de 2021, que mantuvo a la isla en vilo durante ochenta y cinco días, Airam se mostró sorprendentemente sereno. Tampoco la pandemia alteró demasiado su rutina porque el uso generalizado de mascarillas y guantes coincidía con sus propias obsesiones sanitarias.
Su reciente desaparición añade una dimensión inquietante a la historia. La mochila del joven apareció en la playa de Los Cancajos, en el municipio de Breña Baja. También se encontraron en el mar los pantalones que llevaba aquel día. Indicios que no son definitivos para su madre, que sabe que su hijo salió de casa con más ropa y que su vínculo con la naturaleza es profundo. Mientras continúan las búsquedas en la isla, el documental sigue su recorrido en el festival de Málaga.
Para Mercedes Afonso, la película no era originalmente un proyecto artístico, sino una forma de comprensión. Con el tiempo se convirtió también en un intento de compartir la experiencia con otras familias que atraviesan situaciones parecidas. El resultado es un relato sobre la maternidad, la enfermedad y la resistencia cotidiana. Una historia que no se presenta como una tragedia aislada, sino como un largo proceso de aprendizaje. Ella lo resume con una frase que ahora, tras la desaparición de su hijo, adquiere un significado nuevo: «Hemos vivido muchos infiernos; este es, simplemente, uno más».
La educación, el cuidado y la protección de personas con enfermedades neurológicas o daño cerebral –congénito o adquirido– suele recaer de manera desproporcionada e injusta en las familias. Más allá de la atención sanitaria y educativa, su vida cotidiana exige una vigilancia constante, la adaptación del hogar, renuncias laborales y un desgaste emocional intenso y prolongado. Madres, padres y familiares se convierten –la mayoría de las veces sin preparación ni apoyo suficiente– en cuidadores, mediadores educativos, gestores administrativos y sostén psicológico. Los recursos que ofrece el sistema público resultan insuficientes o tardíos, por lo que el peso real de la atención se desplaza al ámbito doméstico. Esa responsabilidad prolongada a lo largo de los años genera aislamiento, precariedad económica y una fatiga silenciosa que rara vez se reconoce socialmente. Sin embargo, las familias soportan esas ingentes tareas con una mezcla de responsabilidad, aprendizaje y resistencia. La historia de la cineasta Mercedes Afonso y su hijo Airam ilustra precisamente esa realidad de vidas enteras reorganizadas alrededor del cuidado.
Ojalá regresen pronto de su última bajada a los infiernos: se lo merecen.

Una història dura que ens mostra el desamparament de famílies com esta. Esperem que tenga un final feliç.
ResponderEliminarAixò desitge jo també.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo. Como siempre, resulta limpia y precisa la lectura de cuanto expones. El último párrafo, con el que cierras tu reflexión, es simplemente magnífico. Gracias de nuevo por compartir sentimientos tan evidentes.
ResponderEliminarGracias a ti por leerlos.
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