Parece que las grandes potencias económicas han compartido un patrón recurrente que ha condicionado sus respectivos declives a lo largo de la historia. Las causas de sus involuciones no procedían del exterior, sino de sí mismas. No son las invasiones, ni la escasez de recursos, ni una supuesta decadencia moral lo que precipitó el final de las sucesivas eras doradas, sino decisiones políticas y culturales que significaron la cerrazón de los grandes imperios sobre sí mismos. El historiador sueco Johan Norberg ha formulado esta tesis en su libro Peak Human (2025), donde sostiene que las civilizaciones alcanzan su cénit cuando se abren al comercio, al talento y a las ideas, y comienzan a decaer cuando, desde el éxito, optan por protegerse de aquello mismo que las hizo prosperar.
Obviamente, este enfoque está condicionado por el pensamiento sociopolítico del autor. Por tanto, debe advertirse que Norberg ha sido un promotor entusiasta del capitalismo global, de la inmigración y de las libertades individuales. Estudió en la Universidad de Estocolmo, donde se especializó en el estudio de la historia de las ideas. Tras una etapa militando en el anarquismo de izquierda, descubrió el libertarismo de John Locke, Frédéric Bastiat, Ludwig von Mises y Ayn Rand, entre otros. Fue miembro del think tank Timbro desde 1999 hasta 2006, desde el que abogó por la globalización y las reformas liberalizadoras, labor que ahora realiza desde el Centre for the New Europe.
Desde estas premisas, la pregunta que cabe hacerse con relación a la tesis de Norberg no es, por tanto, por qué caen los imperios, sino por qué, una vez alcanzada la prosperidad, deciden renunciar a las condiciones que la hicieron posible.
Ciertamente, la historia económica de los últimos 2.500 años puede leerse como una sucesión de centros de gravedad que se han ido desplazando hacia donde existía mayor apertura. La Grecia clásica floreció gracias al intercambio intelectual y comercial entre las polis; Roma consolidó su poder al integrar territorios, personas y normas jurídicas diversas; el Califato abasí convirtió Bagdad en un nodo de conocimiento global; el Renacimiento italiano emergió del cruce de ideas, capitales y técnicas; los Países Bajos lideraron el comercio marítimo mundial; y Estados Unidos se convirtió en la principal potencia del siglo XX gracias a su capacidad para atraer talento, innovar y comerciar sin complejos.
En ninguno de estos casos la prosperidad fue producto de la autosuficiencia. Al contrario, surgió en entornos abiertos, a menudo carentes de recursos naturales excepcionales, pero ricos en intercambio. De ahí que Norberg subraye que las edades de oro no responden a factores identitarios —ni raza, ni religión, ni geografía—, sino a instituciones que permiten la competencia, la movilidad y la circulación de ideas.
El problema aparece cuando el éxito genera miedo. En su fase madura, las sociedades prósperas desarrollan élites económicas y políticas que perciben la innovación como una amenaza. Nuevas tecnologías, nuevos competidores o nuevas corrientes de pensamiento cuestionan posiciones consolidadas. Es entonces cuando el discurso del riesgo, la seguridad y la protección comienza a imponerse. El pasado se idealiza como un tiempo de orden y estabilidad, y el futuro se presenta como un terreno peligroso que conviene controlar.
La historia ofrece ejemplos elocuentes. El Imperio romano, lejos de colapsar por las invasiones bárbaras, llevaba décadas asfixiado por la hiperregulación, los controles de precios y un aparato estatal insostenible. La China de la dinastía Song, tecnológicamente avanzada, decidió prohibir la navegación oceánica y limitar el comercio exterior para preservar el control interno, cediendo el liderazgo global a Europa. Venecia pasó de ser una potencia comercial abierta a un sistema oligárquico de monopolios familiares. Bagdad abandonó la ciencia y el pensamiento crítico en favor del dogma religioso.
En todos los casos, el patrón es similar; el aislamiento precede al declive. El proteccionismo no aparece como una política que genera fortaleza, sino como una reacción defensiva de sociedades que han perdido la confianza en su capacidad de adaptarse. Norberg advierte de que esta dinámica se repite con especial frecuencia tras crisis profundas —pandemias, guerras o colapsos financieros—, cuando el miedo empuja a la población a respaldar líderes que prometen seguridad mediante el control, los aranceles y la restricción de libertades económicas e intelectuales. Sin embargo, esas respuestas suelen erosionar precisamente la base de la prosperidad futura.
La principal lección histórica que puede extraerse de todo ello es clara; las grandes civilizaciones no mueren por falta de recursos, sino por exceso de complacencia. El éxito genera estructuras de poder que prefieren un mercado cautivo a uno competitivo, una sociedad homogénea a una diversa y un presente congelado a un futuro incierto. El resultado es una pérdida progresiva de dinamismo económico, innovación y liderazgo.
El proteccionismo, lejos de preservar las economías, actúa como un impuesto interno que encarece los bienes, reduce la competencia y limita el aprendizaje. Cerrar fronteras al talento y a las ideas no protege la identidad ni el bienestar, sino que reduce la capacidad de respuesta ante un mundo en transformación. La historia no garantiza que el liderazgo económico se mantenga indefinidamente. Lo que sí muestra es que las sociedades que renuncian a la apertura aceleran su propio declive.
Si la apertura ha sido la condición del progreso, su defensa debe convertirse en una prioridad política. Esto implica varias líneas de actuación. Primero, defender el comercio internacional como un instrumento de especialización y eficiencia, evitando la tentación de los aranceles como respuesta automática a la competencia. Segundo, facilitar la movilidad del talento, entendiendo la inmigración cualificada no como una amenaza, sino como una inversión en capital humano. Tercero, proteger la libertad académica, científica y cultural frente a la censura, la polarización y el pensamiento único. Cuarto, garantizar mercados competitivos que limiten monopolios y rentas de posición, incluso —o especialmente— cuando benefician a actores nacionales poderosos. Finalmente, asumir que la incertidumbre no es un fallo del sistema, sino su motor. Las sociedades que prosperan no son las que eliminan el riesgo, sino las que confían en su capacidad para gestionarlo.
La historia no castiga la apertura; penaliza temerla. Y, como recuerda Norberg, cuando una civilización decide cerrarse al mundo, rara vez necesita enemigos externos: ya ha empezado a involucionar por sí sola.

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