El reciente fallecimiento del papa Francisco ha alumbrado largas jornadas en las que, por encima de guerras y acontecimientos de toda índole, los protagonistas de la vida pública y mediática han sido los príncipes de la Iglesia y la espectacular escenografía que han desplegado para consumar los ritos y negociaciones establecidos por las normas y tradiciones eclesiásticas, con objeto de honrar la memoria y mérito del finado y elegir a su sucesor.
Este rimbombante acontecimiento, y muy especialmente el fastuoso aparato escenográfico y diplomático que lo acompaña, me ha hecho evocar acaecimientos pretéritos relativos a las intrascendentes defunciones que afectan a la generalidad de los humanos. No sé por qué, los fastos de estos días han traído a mi memoria la película 21 gramos (2003), cuyo guion escribió Guillermo Arriaga y que fue dirigida por Alejandro González Iñárritu. Como recordarán quienes la han visto, se abordan en ella varias líneas argumentales sobre las consecuencias de un trágico accidente de automóvil, interpretadas por Sean Penn (matemático gravemente enfermo), Naomi Watts (madre afligida) y Benicio del Toro (convicto cuyo descubrimiento del cristianismo se pone a prueba tras el accidente). Más allá de los detalles de la trama, subrayaré que, en su día, la película contribuyó a ahondar una creencia arraigada en ciertos ámbitos, favoreciendo su incorporación a la cultura popular. Me refiero, en concreto, al hipotético peso que tiene el alma humana, un controvertido asunto que trae causa de las investigaciones que desarrolló el doctor MacDougall a principios del siglo XX. Concretamente, en 1907, los diarios «The New York Times» y «Boston Sunday Post» publicaron la noticia de que el aludido médico de Haverhill (Massachussetts), había «demostrado» que el alma humana pesaba alrededor de 21 gramos.
Para que se entienda el inusitado alcance de tan sorprendente investigación, puntualizaré que a finales del siglo XIX los Estados Unidos de América se habían convertido en uno de los paraísos del espiritismo y los médiums. Desde que en 1847 se hiciera público el caso de las hermanas Fox, que aseguraron haber presenciado fenómenos paranormales, cobró fuerza la posibilidad de contactar con los difuntos.
El movimiento cuajó en Norteamérica y en Europa, donde numerosos científicos, algunos de gran reputación, reforzaron la tentativa de los movimientos espiritista y teosófico de convertirse en la alternativa al positivismo y el materialismo, que estaban en plena emergencia.
Nada importó que los estudios no fueran concluyentes, que se destaparan los fraudes o que se cuestionase la fenomenología estudiada. Bastaba la opinión favorable de algún reputado experto para impulsar o desatar la histeria colectiva del movimiento espiritista. La presencia de esas figuras científicas, integradas y activas en el seno de asociaciones dedicadas al estudio de fenómenos paranormales, ayudó a su popularización. Un caso paradigmático es el de William James, padre de la psicología estadounidense. De modo que la extravagante mezcla de espiritismo y ciencia generó una sinergia perfecta, que no solo garantizaba la supervivencia del primero, sino también su ingreso por derecho propio en el seno de la cultura popular contemporánea. De hecho, a comienzos del siglo XX, el juego favorito para animar los aburridos salones de té de las clases altas eran las sesiones de espiritismo.
Pues bien, volviendo al asunto que nos ocupa, añadiré que el flamante galeno massachusettano inició sus investigaciones partiendo de la presunción de que el alma es un elemento esencial de los humanos, que no está presente en otras especies. A su vez, se planteó la hipótesis de que debería poseer algún rastro físico, pues resulta absurdo que algo que tenga existencia no pueda medirse. Y para demostrarlo ideó un curioso procedimiento experimental consistente en localizar a seis pacientes desahuciados, cuya muerte se preveía inminente. Todos agonizarían en sus camas, lo que le permitiría presenciar los óbitos y establecer los pertinentes controles. Como grupo control, decidió emplear perros, a los que obviamente debía envenenar. En los minutos previos a los óbitos, McDougall depositaba las camas sobre una báscula de precisión, cuyo margen de error no superaba los 5,6 gramos.
Los resultados obtenidos con su investigación no fueron concluyentes, pero sí muy cuestionados por la comunidad médica y científica de su época. No todos los pacientes perdieron peso al morir, y los que registraron alguna merma, no lo hicieron en cantidades homogéneas. Además, solo uno de los sujetos perdió peso justo en el momento del óbito, tal como se esperaba. Por otro lado, los perros no experimentaron cambios, lo que coadyuvaba a corroborar la tesis de que «los animales no tienen alma». En cualquier caso, el médico no se desanimó. Tras la primicia periodística, reevaluó sus cálculos y publicó de nuevo los resultados en una revista especializada en investigación parapsicológica y, paralelamente, en American Medicine.
El trabajo de MacDougall recibió respuestas airadas cuestionando sus supuestos iniciales, sus métodos y los resultados. Los argumentos de sus detractores eran abrumadores: confusión ontológica entre física y metafísica, selección anecdótica de la muestra, control de resultados inconsistente... También se apuntaban errores de apreciación médica inaceptables, como por ejemplo que entonces resultaba complejo determinar con exactitud el momento de la muerte y, además, los perros carecen de glándulas sudoríparas, lo que podría explicar que no perdieran peso durante la agonía.
Todo ello no arredró a MacDougall en absoluto. En 1911, poco antes de desaparecer de la vida pública, se reafirmó en sus ideas en The New York Times, a la par que, irónicamente, expresó sus dudas acerca de la posibilidad de que el alma pudiera ser fotografiada mediante rayos-X, como defendía la competencia con experimentos posteriores realizados con rayos X en el momento de los decesos.
La teoría de los 21 gramos, que abona la existencia de un rasgo físico para el alma –su supuesto «peso»–, pervive en el imaginario colectivo. Sigue siendo una idea arraigada en la cultura popular, una creencia de ningún modo argumentada con el más elemental rigor científico aunque ampliamente difundida en nuestros días. Y es que, nunca como hoy, los bulos han tenido un recorrido tan largo.
En las pasadas jornadas, viendo a sus eminencias reverendísimas encomendarse tan devota y discretamente a la inspiración del Espíritu Santo para acertar en la elección del que hoy es el papa León XIV, especulé acerca del procedimiento que hubiese ideado el ocurrente doctor de Massachusetts para determinar con exactitud el peso de una realidad tan inmaterial, incuestionable e infalible. E incluso llegué a pensar que, en su incontinente afán investigador, pudo llegar a proponerse averiguar el peso de la Santísima Trinidad. En fin, tal vez debo ofrecer mis disculpas a quienes pudieran pensar que me estoy extralimitando, o que incursiono indebidamente en el territorio de la irreverencia. Les aseguro que nada más lejos de mi intención. Laus Deo.

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