sábado, 25 de octubre de 2025

Cuando la cultura se convierte en ruina

En el corazón de Alicante, el Cine Ideal cumple un siglo convertido en metáfora. No solo resume la historia de un edificio en suspenso, sino que es el retrato cabal de una ciudad que ha permitido que su patrimonio cultural languidezca entre la parálisis administrativa, la especulación inmobiliaria y una más que preocupante falta de ambición pública en materia cultural. Lo que fue símbolo de modernidad y encuentro ciudadano es hoy un cascarón vacío que encarna el deterioro general de los espacios culturales.

El Ideal nació en 1925, emergiendo como emblema de la modernidad urbana: un cine-teatro art déco que unía espectáculo, arquitectura y vida social. Han ocupado sus butacas generaciones de alicantinos que encontraron en su pantalla y su escenario un refugio contra la rutina, la guerra o la soledad. Pero desde marzo de 2003, cuando se proyectó la última película y se echó el cerrojo, su destino ha sido una sucesión de promesas incumplidas.

El listado de sus fracasos roza el absurdo: un proyecto cultural abortado por sospechoso de encubrir una discoteca, otro que quiso convertirlo en recinto de congresos y se topó con restricciones varias, e incluso hubo una propuesta para transformarlo en aparcamiento público. Todos naufragaron en el marasmo burocrático o en la inacción política. Finalmente, en 2022, la empresa Baraka lo adquirió para convertirlo en hotel de lujo, pero tres años después el edificio sigue cerrado, atrapado en un litigio con el Ayuntamiento que dilata la licencia.

Lo que podría ser un potente motor de actividad cultural es hoy un símbolo de su bloqueo. La fachada se maquilla de vez en cuando, pero el interior continúa degradándose, con muros desconchados y barandillas de palcos y proscenio medio derruidas. Y mientras tanto, Alicante pierde diariamente trozos de su memoria.

En mi opinión, el caso del Ideal evidencia una de las contradicciones estructurales de la ciudad: se invoca la cultura como seña de identidad, pero se gestiona como si constituyese un obstáculo urbanístico. Enarbolando la necesidad del progreso económico, se ha permitido que los espacios patrimoniales caigan en manos del mercado inmobiliario, que los trata como solares disponibles y no como depositarios de sentido identitario y cultural. 

Así, Baraka propone un hotel; el Ayuntamiento no responde y la Generalitat se desentiende por motivos presupuestarios. El resultado es una trágica paradoja: se pierde irremisiblemente la única sala de cine valenciana que conserva su interior original, mientras las instituciones discuten su rentabilidad. Es evidente que la cultura se mide en euros por metro cuadrado, y que el interés público se diluye entre informes y licencias que nunca llegan.

Desgraciadamente, el Ideal no es una excepción. En las últimas décadas, Alicante ha visto cerrar o degradarse gran parte de sus espacios culturales: cines históricos, pequeñas salas, locales de música, teatros de barrio. A la escasez de equipamientos se suma una política cultural errática, centrada en eventos puntuales y no en una estrategia sostenida.

La administración local carece de un proyecto coherente: ni plan de rehabilitación patrimonial ni red de espacios de creación contemporánea. Se multiplican los anuncios —centros de arte, residencias culturales, programas de apoyo—, pero pocos pasan del titular. La ciudad, pese a su riqueza universitaria y su potencial turístico, invierte menos en cultura que otras capitales valencianas y no ofrece a los creadores locales estructuras donde trabajar y prosperar.

El abandono del Ideal es la punta del iceberg que representa la cicatería de la planificación cultural. Detrás de cada edificio cerrado hay artistas que emigran, colectivos que se disuelven y un público que se acostumbra a la mediocridad.

Alicante necesita recordar y reivindicar que la cultura no es un lujo ni un aderezo urbano: es un derecho ciudadano y un factor de cohesión social. Sin espacios donde expresarse, una comunidad se empobrece; sin memoria arquitectónica, una ciudad pierde su identidad.

El argumento de que «no hay dinero» es poco convincente si se compara con la magnitud de otras inversiones municipales. Lo que falta no es presupuesto, sino voluntad política. Recuperar el Ideal no equivale a una concesión romántica a la nostalgia porque es una apuesta estratégica: revitalizar el centro urbano, atraer actividad cultural, ofrecer un lugar de encuentro intergeneracional y reforzar la identidad alicantina.

La experiencia demuestra que la rehabilitación cultural puede ser motor económico. Ciudades como Málaga, Bilbao o A Coruña han convertido antiguos teatros y cines en espacios vivos que combinan creación, turismo y participación ciudadana. Alicante podría hacer lo mismo si sustituyera la desidia y la indiferencia por una política de visión a largo plazo.

En esta historia hay, sin embargo, un hilo de esperanza: la perseverancia de la plataforma Salvem l’Ideal, formada por vecinos y activistas que durante dos décadas han mantenido viva la reivindicación cultural. Gracias a su presión, el edificio fue declarado Bien de Relevancia Local en 2019, lo que impide su demolición. Sin su esfuerzo, el Ideal sería hoy un solar más.

Pero no basta con resistir, es necesario que la sociedad civil exija a las instituciones transparencia y compromiso. La cultura no puede depender de voluntades políticas sesgadas, de los intereses de ciertas empresas ni de la paciencia de los colectivos ciudadanos. Requiere políticas públicas estables, presupuestos claros y un modelo urbano que coloque la creación en el centro de la vida de los ciudadanos.

Rehabilitar el Ideal como centro cultural polivalente, capaz de acoger cine, teatro, música y formación, sería una iniciativa que reconciliaría la ciudad con su historia. Su valor simbólico y su ubicación privilegiada lo convierten en un espacio idóneo para recuperar la vitalidad cultural del centro histórico.

El Ayuntamiento y la Generalitat deberían recuperar la titularidad o concertar un uso público, impulsando una fórmula mixta que combine iniciativa privada y gestión ciudadana. Convertirlo en hotel sería una renuncia colectiva; devolverlo a la cultura, un acto de madurez cívica.

Cien años después de su inauguración, el Cine Ideal sigue esperando reabrir y ofrecer renovadas funciones. En la platea vacía resuenan ecos de risas y aplausos que se confunden con el ruido del tráfico. Alicante, que un día lo celebró como símbolo de progreso, debe decidir si prefiere conservarlo como ruina o devolverle la vida.

Porque, al final, el Ideal no es solo un edificio: es el espejo en el que la ciudad se mira. Y lo que refleja hoy es la imagen incómoda de una cultura comatosa, pendiente de decisiones que nunca llegan.



1 comentario: