jueves, 9 de octubre de 2025

Tuáutem: la palabra que se cree imprescindible

El idioma es un laberinto caprichoso. Unas palabras nacen humildes y se convierten en reinas del habla cotidiana. Sin embargo, otras, aunque exhiben ínfulas magnificentes, acaban relegadas en un rincón polvoriento del diccionario. Entre estas últimas se cuenta tuáutem, una joya lingüística que se descubre con parecido asombro al que produce encontrar una olvidada alhaja, entre los calcetines desparejados que habitan el cajón de una cómoda centenaria. 

Su sonoridad tiene algo de conjuro romano, pero su significado resulta deliciosamente humano. Porque «tuáutem» puede ser, por un lado, esa persona que se tiene por principal y necesaria para algo; el típico individuo que, en una reunión, habla como si fuera la columna vertebral del universo y los demás simples apéndices prescindibles. Ese compañero de oficina que dice: «Sin mí, nada funciona». Un tuáutem de manual, convencido de que los planetas giran porque él les dio permiso.

Por otro lado, la palabra también se aplica a la cosa que se considera precisa e importante para algún fin. Y ahí el abanico se abre, con expectativas cómicas y trágicas. El móvil, por ejemplo, es el tuáutem de nuestra vida moderna: sin batería nos sentimos huérfanos, como si hubiéramos perdido el nombre propio. O la taza de café de las mañanas, ese humilde recipiente que se convierte en tuáutem absoluto para poder fingir que la jornada tiene sentido.

Curiosamente, ambos usos se entrelazan en la vida cotidiana. El tuáutem-persona suele tratar a los objetos como si también fueran indispensables, por reflejo de su propia grandeza. Ese jefe que presume de llevar la misma pluma estilográfica desde 1987 y la señala como su tuáutem creativo, como si el humilde cálamo cargara sobre su capuchón el destino de la literatura universal. Y lo contrario también ocurre: los objetos convertidos en tuáutem acaban inflando la vanidad de quienes los poseen. Es el típico caso del que presume de su coche deportivo como si el vehículo le transfiriese prestigio por ósmosis.

Lo fascinante es que, pese a tener estos significados tan jugosos, casi nadie usa la palabra. Preferimos el socorrido «indispensable», el democrático «necesario» o, en versión coloquial, el rotundo «lo que no puede faltar». ¿Será que «tuáutem» suena demasiado altisonante para una sociedad que ya no tolera solemnidades? Quizá. O tal vez sea que nos asusta la posibilidad de escucharnos a nosotros mismos y descubrir que, en el fondo, llevamos dentro a un pequeño tuáutem en potencia, convencido de que sin nuestra opinión el grupo de WhatsApp se disolvería en cuestión de horas.

Sin embargo, hay que reconocerle su encanto. Decir «este cuaderno es mi tuáutem para escribir» otorga al objeto un aura ceremonial que jamás alcanzará: «es mi libreta favorita». Presentar a alguien como «el tuáutem del equipo» eleva de inmediato la conversación a niveles casi mitológicos, aunque sepamos que se trata del único que recuerda las contraseñas del wifi. La palabra tiene ese aire solemne y ligeramente sarcástico que la convierte en un arma retórica deliciosa.

Usarla, además, nos invita a reflexionar sobre nuestras propias jerarquías invisibles. ¿Qué personas tratamos como tuáutem en nuestras vidas? ¿A quién colocamos en el pedestal de lo imprescindible, aunque quizá no lo sea tanto? ¿Qué objetos se han infiltrado como tuáutem silencioso hasta dictar nuestros hábitos diarios? Al final, el lenguaje no solo denomina, también desnuda.

Quizá por eso rescatar «tuáutem» merezca la pena. No para llenar de latinajos las conversaciones, sino para recordarnos que la obsesión por lo indispensable a menudo es un juego de espejos. Hoy declaramos a alguien tuáutem y mañana descubrimos que era perfectamente prescindible. Hoy creemos que un aparato es tuáutem de la existencia y mañana queda olvidado en un rincón.

Así, entre ironías y curiosidades, esta palabra olvidada se revela como un reflejo sarcástico de la vida moderna: todos somos tuáutem de algo, todos cargamos con nuestro objeto fetiche elevado a categoría de indispensable. Y quizá, solo quizá, el verdadero tuáutem sea el idioma mismo, esa construcción tan precisa y maravillosa que nos permite comunicarnos, discutir y reírnos de nosotros mismos.



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