Por más que la historia avance y las democracias maduren, sigue repitiéndose una escena que parece universal: el gobernante acorralado, repudiado por gran parte de la sociedad, pero aferrado con uñas y dientes al sillón del poder. Ni los abucheos en las calles, ni los resultados electorales adversos, ni los escándalos de corrupción, ni el aislamiento nacional e internacional parecen argumentos suficientes. ¿Qué explica esa obstinación que convierte el liderazgo en autoritarismo, la autoridad en capricho y el servicio público en un drama de egos y egoísmos desbordados?
El fenómeno, perceptible tanto en dictaduras como en democracias deterioradas, tiene múltiples causas que se entrelazan en la mente del gobernante y en la estructura misma del poder. Comprenderlas ayuda a explicar por qué ciertos líderes se atrincheran y, también, a imaginar cómo las sociedades podrían liberarse de su lastre.
Algunos estudios psicológicos sostienen que el poder es una de las experiencias humanas más adictivas. Libera dopamina, activa los mismos circuitos neuronales que la cocaína o el juego y genera una sensación de invulnerabilidad que distorsiona la percepción de la realidad. Un gobernante que ha consumido esta droga simbólica difícilmente renuncia a ella voluntariamente.
Maquiavelo advertía de que quien ha saboreado el poder teme más perderlo que morir. Por otro lado, la psicología contemporánea ha añadido algunos matices a esa sentencia: muchos líderes con rasgos narcisistas o autoritarios no conciben su identidad separados de sus cargos. Para ellos, dejar el poder equivale a dejar de existir. Han fusionado su «yo» con el gobierno que presiden y consideran que su caída sería indisoluble de la quiebra del país o de un determinado territorio. Así lo creía Luis XIV cuando proclamó «el Estado soy yo», y así lo repiten, con otras palabras, los autócratas del siglo XXI.
A esa dimensión narcisista de tantos y tantos líderes se suma una profunda desconfianza. Quienes han construido su poder sobre la manipulación y el «hipercontrol» temen que, una vez desalojados de los cargos, sus enemigos los hostiguen. De ahí que el apego al puesto sea también una forma de autoprotección. El poder deviene así en escudo judicial, social y emocional. Y la obstinación es mera estrategia de supervivencia.
Desconozco cuántos líderes son conscientes de que ninguno de ellos se mantiene en su cargo únicamente por propia voluntad. Cuando un gobernante se aferra a su puesto, suele hacerlo apoyado en un sistema político que ha ido moldeando a su interés y conveniencia. Las redes clientelares —esa maraña de políticos, funcionarios, empresarios y aliados que dependen directamente del favor gubernamental— son un elemento de resistencia poderosísimo. Perder el poder significaría romper la cadena de beneficios que mantiene viva toda la maquinaria del régimen.
Además, los sistemas políticos con instituciones debilitadas permiten que esa obstinación se traduzca en acciones concretas, como las reformas constitucionales a medida, el control del poder judicial, la manipulación de los medios de comunicación, la represión de la protesta o la cooptación de los organismos electorales. Cada paso en esa dirección contribuye a reducir los contrapesos y refuerza la ilusión de que el gobernante es indispensable. La consecuencia es que lo personal se institucionaliza, y la política se convierte en una cuestión de culto.
Incluso en países o regiones con democracias formales, el fenómeno puede manifestarse en líderes que manipulan la legalidad para perpetuarse, disolviendo parlamentos, forzando reelecciones o colonizando los medios de comunicación. La obstinación se disfraza entonces de «defensa de la estabilidad», de «continuidad del proyecto» o de «voluntad del pueblo». La retórica se erige en herramienta de legitimación: el gobernante no se aferra al poder por sí mismo, sino «por el bien de la nación».
En muchas sociedades, el apego de los gobernantes al poder no es solo un antojo personal, sino el reflejo de una cultura política que exalta al «autócrata salvador». El caudillismo, el paternalismo o la figura del líder poderoso son herencias persistentes en países donde las instituciones no han logrado sustituir a los individuos como garantes del orden. El sociólogo Max Weber describió este fenómeno como «dominación carismática», un poder basado en la devoción hacia una persona considerada extraordinaria. Cuando el carisma sustituye a la ley, la ciudadanía tiende a aceptar —o incluso a exigir— que el líder permanezca, porque se percibe como el único capaz de resolver los problemas. Paradójicamente, esa fe colectiva termina justificando la obstinación del gobernante.
En este contexto, los ciudadanos muchas veces se sienten impotentes. La desafección política, el miedo o la falta de alternativas reales refuerzan el statu quo. Y mientras la sociedad no construya una cultura de participación activa, el líder seguirá siendo visto como el «padre» de la nación, incluso cuando su legitimidad se haya extinguido.
A nivel económico, el poder ofrece acceso privilegiado a los recursos materiales, contratos públicos, información y protección. En regímenes donde la corrupción es estructural, el cargo político se convierte en el centro de un sistema de acumulación de riqueza. Perderlo significa perder el control del botín y, a menudo, enfrentarse a investigaciones judiciales. Por eso, los gobernantes autoritarios tienden a confundir el interés público con el interés privado. Su permanencia no es solo cuestión de ideología, sino de supervivencia económica. El Estado o una determinada región se transforman en empresas personales o familiares, y la línea entre lo público y lo privado se difumina. En esas condiciones, renunciar al poder es un acto contra la propia fortuna.
En los últimos años, algunos estudios de psicología política explicitan cómo los líderes autocráticos desarrollan determinados mecanismos de autojustificación. Creen, por ejemplo, que el pueblo los apoya aunque las evidencias digan lo contrario, se rodean de aduladores, filtran las malas noticias, censuran las críticas o viven en una burbuja de lealtades artificiales. Su mente y su discurso se convierten en fortalezas contra la realidad. Este autoengaño cumple una función esencial: proteger su autoestima y sostener la narrativa de que «el enemigo» (los otros) —y no su propio fracaso— es el causante del rechazo social. Así, el gobernante se convence de que resistir es un deber patriótico. En su lógica interna, su obstinación no es sino un acto de abnegación.
Desconozco si el president Mazón se halla plenamente inmerso en esta red o está próximo a ello. Ciertamente, su terquedad por aferrarse al cargo, contra viento y marea, es para hacérselo mirar. Como dudo de que opte por poner coto a esta insalubre propensión, me permito recordar que, históricamente, está demostrado que liberarse de gobernantes obstinados exige algo más que indignación. Reclama construir ciudadanía activa, instituciones sólidas y una cultura democrática reactiva a magnetismos y encantos personales. Es más sencillo expresarlo que lograrlo, aunque existen caminos posibles para ello que pasan por fortalecer los contrapesos institucionales, promover la educación cívica, apoyar los medios libres y el periodismo de investigación, fomentar la participación ciudadana sostenida o activar nuevas formas de control ciudadano.
A veces, las respuestas políticas tradicionales —elecciones, mociones, juicios— no bastan frente a la obstinación de los autócratas y sus aparatos partidistas y gubernamentales. Por eso, se requieren estrategias imaginativas: pactos de transición que garanticen seguridad jurídica al líder saliente (para neutralizar su miedo), referendos revocatorios bien diseñados, e incluso «jubileos democráticos» con los que la sociedad acuerde pasar página con condiciones claras de rendición de cuentas.
El desafío no es solo echar a los obstinados, sino evitar que su perfil se reproduzca. La verdadera vacuna contra la autocracia no está en la furia, sino en la cultura democrática cotidiana, esa red invisible de respeto, límites y alternancia que impide que determinado individuo llegue a creer que es indispensable.
Aferrarse al poder cuando la sociedad te rechaza es, en última instancia, un acto de cobardía. Es una expresión del miedo a perder el control, el prestigio, la impunidad o el sentido de identidad. También es el reflejo de un espejo roto, que alguna vez devolvió al líder su imagen de bienhechor, pero que hoy lo muestra como lo que es: un ególatra despiadado.
Mientras haya sociedades dispuestas a encarar ese espejo con lucidez —a decirle al poder que no es eterno, que la autoridad se reconoce, pero no se posee—, habrá esperanza. Porque, en esencia, la democracia no es el gobierno de los mejores, sino el gobierno de los que saben irse a tiempo.
Señor Mazón, se acabó su tiempo y se agotaron todas las prórrogas posibles, justificadas e injustificadas. Sea valiente y váyase de una vez. Respete a todos los ciudadanos valencianos y permita que sus instituciones recuperen la dignidad.

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