Aquí estamos, juntos de nuevo, pese a que ha transcurrido más de media vida desde que dejamos aquellas clases llenas de risas y desafíos. Manolo, Jorge y Vicente, los profes que un día nos vieron crecer, ya han sobrepasado los setenta. Y nosotros: Valeriano, Consuelo, José Manuel Bermúdez, Juana, Antonio Maciá, Coronado, Palmira, Eleuterio, Miguel Amorós, Rafa, Mari Ángeles, Pili, Fela, Villaescusa, M. Carmen Picó, Juanma Cascales, Antonia Pagán y Cristóbal Villar, rozamos los sesenta. Pero hoy, entre las brasas chisporroteantes y las bromas que vuelan como cuarenta años atrás, nos sentimos nuevamente como aquellos chavales que fuimos, cuando éramos alumnos en el Colegio Ruperto Chapí, igual que lo fueron otros más jóvenes, como Yolanda Bermúdez y José V. Campayo que también nos acompañaban.
Es justo que agradezcamos la esplendidez de Consuelo, que nos ha abierto las puertas de su casa familiar en El Moralet, una partida rural del término municipal de Alicante, colindante con El Verdegás y La Cañada del Fenollar, cuyo nombre se considera relacionado con los viejos cultivos de moreras, vinculados a la producción de la seda en el pasado. Históricamente, ha formado parte de un corredor que conectaba las tierras de Alicante con las de San Vicente del Raspeig, por donde discurre la línea del ferrocarril Alicante – La Encina, que a lo largo del siglo pasado facilitó el transporte de mercancías agrarias y pétreas. Con anterioridad era un territorio de secano poblado de almendros, olivos y algarrobos. También contaba con pequeñas explotaciones de esparto y algunas canteras de piedra que abastecían a las construcciones locales.
Los vecinos de El Moralet han tenido siempre una importante vinculación con los de las partidas vecinas y sus tradiciones, como es el caso de las fiestas patronales de La Alcoraya o de las romerías de Fontcalent. Por otro lado, era habitual que los habitantes de distintas partidas se ayudasen en la recolección de la almendra o de la oliva, estrechando y reforzando los lazos comunitarios. Hoy en día, El Moralet sigue siendo un lugar donde el pasado rural se percibe con nitidez: senderos antiguos, campos estructurados en terrazas y un paisaje que recuerda que esta tierra siempre fue generosa con quienes la cuidaron.
Las brasas crepitando y el humo que se ensortija con el aire parecen acercar consigo los recuerdos. Vicente recorre los corrillos, pregunta por nuestros privativos asuntos y atiende interesado las respuestas, que se enredan con las bromas y comentarios que se suscitan. Manolo gesticula ostentosamente cuando se afana en contar su última ocurrencia, cosa que hace con el mismo esmero y vehemencia con que explicaba los intríngulis gramaticales en sus clases. Jorge, que siempre supo ver más allá de los libros, levanta la copa y, con voz trémula, brinda por los muchos años que no nos han separado… y por los que nos quedan por compartir.
Brindis improvisados fragmentan la barrera del tiempo. Entre bocados y carcajadas, emergen recuerdos y nostalgias del mismo modo que se reavivan las brasas. Valeriano, que no ha perdido su energía ni sus ganas de batallar, parlotea igual que lo hacía en clase para defender a un compañero o rebatir los argumentos de sus profesores. Su mirada sigue siendo la misma, cargada de una curiosidad ilimitada.
Con su risa clara y contagiosa, Consuelo «se burla» de su hermano José Manuel, igual que lo hacía cuando compartían banco en las aulas. «¿Te acuerdas cómo copiabas de mis libretas?», le dice entre carcajadas. Y él, con su sonrisa pícara, le responde: «¡Y lo bien que se me daba, que los profes ni se enteraban!». Ambos no pueden eludir mirarse con el afecto de quienes han compartido casa, familia, confidencias y barrabasadas.
Juana se aproxima con un plato de pinchos morunos. Coronado le comenta que se nota que lo de asar es un arte que domina. Y ella, con su actitud tranquila, se encoge de hombros y sonríe: «No es tan distinto de cuando ayudaba en mi casa o a los profes con las cosas del cole. Todo es cuestión de paciencia», apostilla, sabiendo que ha sido el secreto de sus mejores momentos.
Palmira y Eleuterio (Lute, cariñosamente para todos) fueron en su día dos peculiares outsider, cada uno a su manera. Hoy ella no está con nosotros, pero los imaginamos recordando aquella ocasión en que él se quedó dormido durante una excursión y casi lo dejamos olvidado. Cuando despertó, riéndose, repetía: «¡Sí, siempre llegaba tarde, pero al final llegaba!». Y ese «siempre llegaba» es algo que hoy parece que cobra especial sentido en su caso.
Miguel Amorós y Rafa están junto a la barbacoa, como si fueran dos pinchadiscos controlando la música de la noche. Miguel se acuerda de sus casi olvidadas charlas, de cuando soñaba con tocar la guitarra en un grupo y Rafa lo inundaba de «cassettes» que le «guindaba» a no recuerdo quién. Hoy, entre brasas y cerveza, siguen discutiendo sobre las canciones que no pueden faltar en un buen concierto, o sobre cualquier cosa, pero desisten inmediatamente porque no quieren desaprovechar un solo segundo del buen rollo que embarga a todo el mundo.
Mari Ángeles nos sigue desde la distancia a través del whatsup, sin perderse detalle. Ha prometido concurrir a la próxima. Y Pili, siempre tan vital, se encarga de que nadie se quede sin probar las viandas y terciar en el encuentro. «No me hagas correr más, que ya no tengo veinte años», se le oye decir, aunque lo desmienta una vitalidad que apenas ha sufrido merma. Fela, con su sonrisa dulce y esa voz que calma, cuenta anécdotas que parecen de otro tiempo. «¿Os acordáis de aquel viaje a la playa en el que nos perdimos?», pregunta. Y todos asentimos porque ese día acabó en risas y canciones que aún hoy, al cerrar los ojos, podemos escuchar.
M. Carmen Picó sigue sin sorprendernos: ni está, ni se le espera: Tampoco vinieron hoy García Villaescusa, ni Juanma Cascales, al que imaginamos con su impostada seriedad, el recurso con que se las ingenia para hacernos reír a todos. Finalmente recordamos a Antonia Pagán y a Villar. Como otras veces, nos preguntamos qué será de ellos.
Vicente zascandilea de aquí para allá, observándonos a todos. Su mirada refleja el mismo afecto que proyectaban sus ojos cuando éramos adolescentes. «Verlos aquí, juntos, tantos años después, me llena de gozo», se oye que le dice a Manolo con voz queda. Y este, que nunca fue de grandes discursos, asiente y añade con esa dicción cavernosa tan particularmente suya: «No lo olvidéis: lo importante no es solo que el fuego esté encendido, sino que lo compartamos». Sentencia que espolea a Jorge que, con su peculiar gracejo, levanta la copa y dice: «¡Por nosotros! Por los que fuimos, por los que somos, y por los que seguiremos siendo mientras el cuerpo aguante».
Proliferan las risas y las miradas cómplices. Cada historia que se cuenta, cada anécdota que se revive, es como un abrazo que no se ve, pero se siente. Sonreímos al recordar aquella vez que Antonio Maciá se presentó en clase con un poema para el día de la madre. Estaba tan emocionado que casi se le escapan las lágrimas. Hoy, con la copa en la mano, se ríe de sí mismo mientras asegura que «lo recitaría otra vez, si no se me trabara la lengua».
Los recuerdos se entrelazan con el aroma de las viandas y el regusto del vino. El murmullo de las conversaciones asemeja una música de fondo. Cada sonrisa esconde la certeza de que la vida nos ha regalado un valioso tesoro. Porque celebramos la suerte de haber convertido aquellos años en un imaginario refugio que todavía nos acoge, y que podemos compartir. Y aunque hayan cambiado las fisonomías, aunque arrugas y canas certifiquen el paso de los años, lo esencial sigue intacto: el cariño, la complicidad y esa sensación de que, en el fondo, seguimos siendo los mismos entusiastas profesores e idénticos risueños y fogosos alumnos adolescentes.
Así que alzamos de nuevo las copas y brindamos: «Por los profes, que nos enseñaron mucho más que los libros. Por nosotros, que hemos aprendido que lo más importante no es el tiempo pasado, sino las ganas de seguir coincidiendo. Por este encuentro, que nos recuerda que, a pesar de los años, todavía sabemos cómo pasarlo bien y cómo querernos. Y por Consuelo, la anfitriona, por su enorme generosidad y por su afecto».
En el Moralet, a 7 de junio de 2025

Lo mejor de la vida: celebrar la amistad y el amor. Sofía.
ResponderEliminarConcuerdo plenamente, Sofía.
ResponderEliminarEstupendo relato, que duscribo
ResponderEliminarGracias!
ResponderEliminarI que dure molts anys més!
ResponderEliminarMoltes gràcies, Paco!
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