Julián ya no abre las cortinas. Dice que le molesta la luz y que prefiere la penumbra porque no pide explicación alguna. Las plantas de su salón —una lengua de suegra medio seca y una costilla de Adán casi deshecha— remedan en cierto modo la vida que se encoge, como la suya.
Antes, hablaba con circunspección de los libros leídos, de sus viajes, del sabor concreto que debía tener un guiso meritorio o del aroma de un buen vino. Pero eso era antes. Ahora, apenas pronuncia más de tres frases seguidas. Suena el telefonillo y no se da por aludido, pues cuando consigue responder, ya no hay nadie al otro lado. Tampoco devuelve las llamadas telefónicas, ni los wasaps, porque le sucede aproximadamente lo mismo. La última vez que lo visité, recuerdo que yo desplegaba mi habitual locuacidad y él asentía a veces; otras, se limitaba a mirar distraídamente hacia cualquier rincón del salón.
Clara, su esposa durante casi cincuenta años, sigue ahí: paciente, discreta, religiosamente presente. Lo cuida con la amalgama de amor, cansancio y resignación que proporciona casi una vida entera compartida. Le habla poco –menos de lo que quisiera– porque Julián apenas responde. Sus conversaciones se han ido reduciendo a frases sentenciosas: «¿Has comido?», «¿Te has tomado los medicamentos?», «Deberías pasear un poco». «Te convendría visitar al fisioterapeuta». «¿Quieres que demos un paseo en coche?».
Sus hijos los visitan de tanto en tanto. A veces llegan con prisas; otras se limitan a telefonear, simplemente. Uno de ellos, no recuerdo quién, es el que más frecuenta la casa familiar. Pero ni así logra arrancar a Julián algo más que una mirada. Las palabras, como sus músculos, parecen habérsele atrofiado irrevocablemente. Apenas camina porque se cae con frecuencia. Por eso no quiere salir. Antes, cuando rebosaba vigor, lo hacía habitualmente. Ahora, que solo conserva rescoldos de su energía, ni siquiera lo intenta.
De vez en cuando, con ocasión de algún aniversario, onomástica u otra efeméride, su media docena de nietos los visitan y corretean por la casa. Los más pequeños juegan a esconderse detrás del sillón del abuelo. Los mayores lo saludan con respeto y algo de recelo. Lo quieren, claro. Pero les asusta un poco verlo así, tan distinto del abuelo que les contaba historias o les enseñaba a construir cometas, del que les recitaba poemas de memoria o se emocionaba cuando les enseñaba alguna canción. Ahora, se limita a observarlos en silencio. Unas veces con ternura, otras con una tristeza muda.
—No quiero que me vean así —le dijo una tarde a Clara, con voz apenas audible.
Ella le apretó la mano, sin decir nada, porque no había nada que explicar.
Lo que más le duele no es el deterioro físico, algo tan indeseable como probable. Lo que le perturba extraordinariamente es su retirada interior. El modo en que percibe que se va desdibujando. Pese a que no se queja, aunque no haya tragedia visible, está ausente, como si el mundo ya no lo convocara para participar en sus vicisitudes.
Yo —amigo de muchos años— lo visito cada vez más espaciadamente. Tampoco lo veo por la calle o en los espacios próximos a nuestras viviendas. Realmente, hablamos muy poco. En alguna ocasión tengo la impresión de que me observa con lucidez, como si por un instante regresara a tiempos pretéritos. Otras, percibo su mirada dispersa, perdida sobre el horizonte o desperdigada sobre la pared que tiene enfrente. Soy yo quien habla. Él, a veces, solamente a veces, se limita a asentir.
—¿Te duele algo? —le pregunté en cierta ocasión.
—No. Me falla la pierna y me canso mucho, me respondió.
No solo se refería al agotamiento corporal, sino a esas fatigas que no se alivian durmiendo. A los cansancios del alma, del tiempo, de uno mismo. A un hastío sin nombre. Mucho más profundo que el sueño. En esos momentos, lo que me sobrecoge no es su deterioro físico —la dificultad para caminar, los temblores en las manos o la lentitud al hablar— sino esa especie de evaporación silenciosa. Como si, poco a poco, él mismo se fuese alejando del mundo, no con un portazo, sino desliéndose hasta hacerse transparente. Sigue ahí, pero ya no está del todo.
Y es que, con los años, el cuerpo nos va restando argumentos. Las pequeñas derrotas cotidianas —los primeros tropiezos, la letra que ya no podemos trazar con la misma firmeza, los nombres que se escapan por segundos— se acumulan. Y si no se tiene una red firme de afectos, si no hay vínculos que tiren de uno hacia afuera, la voluntad se va oxidando.
En Julián, lo físico es solo el prólogo. Me parece que el argumento principal es otra cosa: la sensación de haber perdido, o casi, su lugar en el mundo. Ya no se considera necesario para nadie. El trabajo quedó atrás. Sus amigos, los que subsisten, están en situaciones similares, o simplemente se rindieron ya.
—A veces pienso que estoy en el otro lado —me dijo un día—, solo que el cuerpo aún no se ha enterado.
Ese es Julián: lúcido incluso en la rendición. No hay dramatismo en sus palabras. No busca compasión. Solo constata una dolorosa verdad: se ha convertido en un testigo silente del paso del tiempo, en una presencia inofensiva, casi testimonial.
Los hijos, preocupados, hablan entre ellos sin saber bien qué hacer. Alguno propone llevarlo a un centro de día. Otros; entienden que necesita determinada terapia. Pero nadie osa aludir a lo que realmente sucede: Julián se está yendo, sin drama ni ceremonia, solo bajando una a una las persianas de su mundo.
Sorprendentemente, un día lo encontré escribiendo. Apenas unas líneas, torcidas y difíciles de leer. Pero eran suyas. Me dejó ojearlas:
—No me asusta morir, me asusta seguir de este modo: sin ser visto, sin apenas hablar. Me pregunto si realmente es la forma natural de apagarse, o si hay todavía algo más que pueda ofrecer. Hoy, escribo solo para comprobar que aún estoy aquí.
Evidentemente, la escritura no lo cura; es solo una pequeña grieta por donde entra algo de luz de vez en cuando. La suficiente para motivarlo a levantarse, a asomarse a la ventana, o a salir a la terraza y ver jugar a los muchachos.
—¿Crees que esto sirve de algo? —me preguntó en cierta ocasión.
—No lo sé —le dije—. Pero es un modo de seguir estando.
A menudo pienso en Julián con preocupación, más que con tristeza. Me inquieta su lento declive –el que otros experimentaremos, si no lo estamos haciendo ya– que incluye la pérdida de roles de toda índole y que culminará con su ulterior retirada a la periferia de sus mundos. Sin embargo, incluso en tal desvalimiento, existen modos y modos de resistir al desmayo de las certezas y a las cesiones corporales, al enfriamiento de las amistades y a la extinción de la utilidad social. E incluso queda la posibilidad —aunque sea remota— de no rendirse del todo y escribir una frase más. Y hasta pugnar por entreabrir la cortina.
No quiero idealizar a Julián. Ni ha sido un héroe, ni un mártir; ni tampoco un santo. Pero sí un hombre bueno y educado, que ha vivido muy decentemente y que eligió quedarse, aunque solo fuese un día más, para escribir la penúltima frase. Eso, en este mundo tan amante de la velocidad y del brillo, es un acto de enorme valentía. Y yo se lo reconozco y agradezco.
Hay una dignidad silente en los que resisten casi sin esperanza, en los que alcanzan a compartir hasta la sombra de lo que fueron. Particularmente, no aspiro a un final glorioso, pero me gustaría conservar el coraje necesario para quedarme un poco más, aun cuando todo parezca terminar. Y tal vez por eso recuerdo a menudo a Julián y a tantos otros que eligieron, semana tras semana, seguir vivos una más.

Triste situación.Soportando el final de la vida.
ResponderEliminarLa vida misma; tal cual la viven algunos, y quiénes los acompañan.
EliminarNo rendir-se mai a les adversitats finals de la vida, és digne d'admiració i un exemple per a tots.
ResponderEliminarEstem d'acord.
EliminarGràcies Vicent, tens una sensibilitat especial per observar i analitzar.
ResponderEliminarNo sabem com serà el final, però sabem que serà... i més ens val anar, amb seny i anticipació assumint limitacions i que...ja no arriben a tot...
Però seguim tossudament resistint.
Moltes gràcies, Carme. Sempre tan amable i considerada amb la meua persona.
EliminarEstic amb tú, cal bregar amb seny mentre tinguem forces.
Una forta abraçada!
Vicente ,ayer por la tarde estaba en el cine Anna viendo la película " Bob Trevino. Like it " ( muy interesante ) cuando recibí una llamada al móvil ( se me había olvidado apagarlo ). La llamada era de nuestro compañero de viaje a La Rioja ( en noviembre de 2018 ) José , que vive en San Juan. Le escribí un WhatsApp diciéndole que le llamaría cuando saliera del cine . Así lo hice y estuvimos hablando un montón de tiempo . Mientras hablábamos me acordaba de lo que había leído escrito por ti la noche anterior.
ResponderEliminarNuestro compañero de viaje , con el que WhatsAppeo alguna vez , está con una voz y la mente de categoría superior . Me pidió que nos juntáramos a comer con el los compañeros del viaje a La Rioja. Le dije que se lo comunicaría a todos .
He empezado por contártelo a ti.
M' alegra molt saber que la meua amiga ( des dels 11 anys ,primer de batxiller en Xàtiva ) Carme Jorques Aracil pensa i practica el mateix que jo .
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