La historia no concede segundas oportunidades. Y en España, el reloj está en cuenta atrás. La derecha y la extrema derecha llevan meses preparando su asalto. Votan juntas. Mienten juntas. Gobiernan juntas. Saben perfectamente qué quieren y hasta dónde están dispuestas a llegar: la educación pública, los derechos de las mujeres, la memoria histórica, los sindicatos, la libertad de prensa… Todo está en su punto de mira.
Frente a eso, ¿qué ofrece la izquierda? Reuniones rotas. Plataformas duplicadas. Listas enfrentadas. Votos que se pierden en vetos cruzados y debates interminables sobre quién debe liderar qué. Es un espectáculo de egos en el peor momento posible. Y, como ha advertido recientemente Gabriel Rufián, «si no nos ponemos de acuerdo, nos van a matar por separado». No es una metáfora: es un aviso, dijo.
La política, como la historia, no se detiene a esperar a quienes dudan. Y menos aún a una izquierda fragmentada, atrapada en sus propias disputas internas, mientras crece ante sus ojos un bloque conservador y autoritario que avanza con determinación. Esa es la tesis que, entre otros y desde distintos ángulos, comparten dos personajes públicos: Iván Redondo (consultor político) y Gabriel Rufián (diputado de Esquerra Republicana). Ambos coinciden en una idea esencial, nos encontramos a las puertas de un ciclo reaccionario en España y Europa. La única respuesta eficaz pasa por un acuerdo amplio, capaz de superar diferencias ideológicas y estratégicas, y de poner el interés colectivo por encima de la ambición personal o partidista.
Para argumentar su posición, Redondo recupera un concepto de Enrico Berlinguer, histórico líder comunista italiano: la «gran ambición». No se trata de ganar una votación o un ministerio, sino de construir alianzas improbables para aislar a las fuerzas reaccionarias. Él lo hizo con los católicos en Italia. Fue incómodo, fue difícil, pero funcionó. No era una alianza grata ni libre de tensiones, pero sí una que respondía a la lógica de Berlinguer: ante amenazas mayores, hay que superar las trincheras habituales. La advertencia de fondo es clara: si en momentos críticos no se articula una gran ambición común, la inercia lleva a que las fuerzas autoritarias ganen terreno. Pues bien, Redondo ve en el acuerdo PSOE–Junts de 2023 un eco de ese pacto histórico. Una demostración de que, si hay voluntad, se pueden tender puentes incluso entre mundos que parecen irreconciliables. Pero ese espíritu brilla por su ausencia en buena parte de la izquierda actual, que prefiere alimentar la lógica de «mi parcela antes que el interés general».
Por su parte, Rufián hizo público hace unas semanas un manifiesto, rotulado Unidad o barbarie, en el que no se anda con rodeos, «La desunión no es solo un error estratégico, es una traición a quienes lo han dado todo esperando un cambio que nunca llega». «La fragmentación no moviliza; confunde, agota y desmoviliza. No se construye poder popular hablando únicamente para los convencidos, ni lanzando tuits incendiarios que se disuelven en el ruido. La mayoría social necesita certezas, acuerdos, puentes».
Y apostilla con la contundencia que le caracteriza: «Aquí no valen excusas: se puede ser soberanista, municipalista, comunista, ecologista o feminista y, aun así, entender que lo urgente es levantar un bloque común que defienda la justicia social, los derechos humanos, los servicios públicos y la vida frente a los mercados. Eso no se improvisa. Se organiza. Y se hace ya».
Mientras la izquierda se entretiene con el juego de las sillas, el bloque reaccionario avanza sin pausa. Y, como sabemos, no se trata de un fenómeno exclusivamente español: Trump y MAGA en Estados Unidos, Brexit en el Reino Unido, Le Pen rozando la presidencia en Francia, el derrumbe de partidos históricos en Alemania e Italia. Redondo lo resume con frialdad: estamos viendo cómo se derrumban las barreras que contenían el autoritarismo en Europa. Y España no es una excepción.
Con casi 50 millones de habitantes —un 19 % nacidos en el extranjero—, una crisis de vivienda crónica, las desigualdades que se disparan y un clima social cada vez más polarizado, el terreno está preparado para que la extrema derecha se presente como «la solución» a todos los males. Y si las fuerzas progresistas siguen divididas, se lo estarán sirviendo en bandeja.
La gran ambición exige humildad. Exige aceptar que las diferencias, por importantes que sean, no pueden pesar más que el objetivo común de frenar la reacción y garantizar un futuro digno. Exige renunciar a parte del protagonismo para ganar juntos lo que no se puede ganar por separado. En política, como en la historia, hay momentos en los que la elección es binaria, o se salta juntos o se despeña cada uno por su lado. No hay término medio. No hay segundas oportunidades.
Si no hay unidad, el guion es fácil de escribir: retroceso en derechos, privatización de servicios públicos, persecución del movimiento feminista y ecologista, blindaje de las élites económicas y criminalización de la protesta social. Lo hemos visto en otros países y sabemos que es reversible… pero solo si se actúa antes de que ocurra. Rufián lo ha dicho con toda la crudeza, «O nos entienden como una alternativa común, o nos barrerán como residuos de una esperanza muerta». Y en su manifiesto lo eleva a categoría histórica, «La unidad no es un deseo: es una obligación».
La pregunta no es si la izquierda puede unirse. Es si quiere hacerlo. Porque cuando las desigualdades se disparan, la vivienda se convierte en un privilegio, el racismo se normaliza y un genocidio como el de Gaza goza de impunidad, la única respuesta decente es política y colectiva. Y esa respuesta no llegará si cada cual sigue hablando para sí mismo. Ahora es el momento para acuerdos amplios, para un pacto histórico. No cuando la derrota sea irreversible. No cuando las urnas se hayan cerrado y el recuento confirme lo que hoy es todavía algo más que una advertencia.
España está en una encrucijada. O se construye una gran ambición común que sume a toda la diversidad progresista —con sus matices, con sus discusiones, pero también con su responsabilidad histórica—, o el país quedará atrapado en un ciclo reaccionario que costará décadas revertir.
La historia no espera. El adversario, tampoco. Y la ciudadanía, cansada de espectáculos internos, no lo hará por mucho tiempo. La unidad dejó de ser una opción para después del próximo congreso o de la siguiente campaña: es el billete para un último tren. Y si se deja pasar, me temo que no llegará otro en mucho tiempo.

Totalment d'acord. Un programa comú consensuat i primàries amb el cens elaborat per a cada votació.
ResponderEliminarBona manera de començar. Determinar els representants polítics responsables de conformar l'acord, elaboració d'aquest, metodologia per a referendar-lo, actuacions per a dur a terme la ratificació i signatura dels compromisos consegüents.
EliminarEl procediment és senzill, el que és complex és aconseguir que qui han d'arribar a acords tinguen voluntat de fer-ho.
Ja deurien estar creant eixe front comú.
ResponderEliminarEfectivament!
EliminarEsta claro.Procede la unión de la Sensatez
ResponderEliminarJUNTOS POR EL BIEN COMÚN.
Tú lo has dicho.
EliminarPresentar un programa de mínims que aglutinés tota l'esquerra i moviments progressistes sempre ha estat una aspiració que no ha quallat. Ara, tenint present el panorama polític, és més necessària i urgent. Com va dir Joan Fuster: ara o mai
ResponderEliminarDoncs, això!
ResponderEliminarTotalmente d'acord amb el teu anàlisi. Ja fa temps que seguís la proposta de Rufián i la compartís. Si no ens espavilem i fem nostres les paraules d'Ansar: "qui puga fer que faça", ens engoliran i de segur que no s'atragantaran. Ara o mai!
ResponderEliminarEstem d'acord, Joan.
EliminarPerspectiva histórica frente al cortoplacismo.
ResponderEliminarLa historia de la izquierda se caracteriza por la atomización, que siempre la ha debilitado, se pierde en los matices y discusiones eternas.
La derecha sin embargo consigue aglutinar, agita los instintos y mueve la inconsciencia para unir a sus electores.
Creo que en general las personas no atendemos a el movimiento interno que nos generan unos y otros, y no tomamos una decisión consciente a la hora de votar.
La historia familiar y las lealtades inconscientes también fijan formas de pensamiento, que si no se trabajan sacándolas a la luz, no nos permiten tener un pensamiento libre, y por lo tanto la capacidad de votar libremente.
Básicamente concuerdo con lo que dices. Es cierto que son diversas las aristas que confluyen en la decisión que finalmente tomamos los electores cuando se nos convoca a las urnas, pero los arbolitos en modo alguno pueden lograr ocultar el bosque, que es el que es. No nos engañemos.
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