No creíamos que fuera posible, pero sucedió. Un puñado de tecnócratas, ególatras, ha logrado encaramarse a las más altas instancias del poder mundial, abanderando la vanguardia del «ultraliberalismo». La plutocracia de Silicon Valley patrocina e impone un presunto nuevo pensamiento crítico resumido en dos frases: «piensa por ti mismo», «busca tu propia verdad». Una actitud intelectual que, además de ser falaz, se adquiere exclusivamente navegando por sus desreguladas redes sociales, preñadas de propaganda y desinformación, ambos ingredientes necesarios para alcanzar lo que ellos entienden por autonomía de pensamiento, que es condición sine qua non para vivir la libertad plena que patrocinan.
Los líderes de Silicon Valley ya no animan a los ciudadanos a pensar de manera diferente, como lo hacían cuarenta años atrás. Ahora, prefieren convencernos de que lo pertinente es reconocer la visión preclara y óptima de un empresario «milmillonario», o de un dirigente autoritario. Esta nueva ideología se disfraza de pensamiento crítico y se exporta a todo el mundo mediante la propaganda, a través de sus redes sociales. Consignas machaconas, como «no dejes que piensen por ti» o «haz tu propia investigación», son el sustento de la desinformación y del pensamiento conspiranoico, son el combustible de la polarización que impulsa los populismos y define la contemporaneidad.
Se desprecia el viejo consenso social sobre el conocimiento (habilidades, destrezas, procesos mentales e información adquiridos colaborativa e históricamente por las personas que les ayudan a interpretar la realidad, resolver problemas y dirigir su comportamiento) y se exprime el magnetismo de las soluciones simplistas, basadas en un individualismo extremo. Si no convencen las tecnologías disuasorias, se activan la intimidación, la humillación o directamente la amenaza, como estrategias de gestión y negociación. Es el modus operandi que Trump ha utilizado en las últimas semanas con México, Canadá, Panamá o Ucrania. Este último episodio, hemos podido contemplarlo en directo desde el icónico Despacho Oval, con motivo de la visita del presidente Zelenski. Una vergüenza que, si nadie lo impide, alcanzará pronto a la Unión Europea.
¿Qué ha cambiado en Silicon Valley para que su mitología de creatividad e independencia se haya metamorfoseado en herramienta para lograr la obediencia populista?, se preguntaba recientemente la periodista de El País Delia Rodríguez. La respuesta se la ofrecía Manuel Castells, señalando tres etapas. En la primera, alumbraron las grandes figuras (Steve Jobs, Bill Gates...) que cambiaron la tecnología mundial: «El emprendedor era el modelo y la innovación el objetivo, más que el dinero. Era una opción individualista pero solidaria con el mundo y con los valores sociales (feminismo, ecologismo, tolerancia sexual y religiosa...)». En los noventa, se consolidaron las grandes empresas, que terminaron siendo oligopolios: «Aunque predicaron la innovación y la libertad, en realidad la acumulación de capital y el ánimo de lucro fueron las ideologías dominantes. Se hicieron capitalistas y empresarios más que emprendedores e innovadores, aunque continuaron siendo liberales y tolerantes en sus discursos y en su vida». Fue en 2010 cuando se inició la tercera fase, en la que el 5G, los satélites y la IA propulsaron a innovadores de éxito rápido, la autodenominada «mafia de PayPal». «Los Elon Musk, Peter Thiel, Marc Andreessen, Zuckerberg, Bezos y otros añadieron a su capacidad de innovación la búsqueda del poder total. Son demiurgos que pretenden crear un nuevo mundo e incluso expandirlo a Marte o al metaverso».
Lamentablemente, en la actualidad, un puñado de tecnócratas, ligados al poder político y convencidos de su superioridad intelectual, valentía y mérito, tienen en sus manos empresas con una capacidad de influencia nunca vista. Son conocedores de las dinámicas de la sociedad y sus conflictos, se ven atraídos por la idea de un poder gubernamental ejercido con la mano dura de un CEO totalitario a su imagen y semejanza, y los sostienen unas convicciones eclécticas confeccionadas a su medida.
Como argumenta Castells, su ideología consiste en «la búsqueda del poder para los mejores cerebros, que son ellos, y que deben apartar a la plebe ignorante. Esa es la base de su alianza con Trump. Son tecnócratas libertarios que buscan ocupar el Estado para imponer su proyecto. Son muy peligrosos porque están convencidos y tienen poder material. Pero, sobre todo, su objetivo es el poder. No son nazis, pero les caen bien los nazis. No tienen ideología, solo egolatría».
En opinión de Yanis Varoufakis, economista y exministro de finanzas griego, ha emergido lo que él llama el «tecnofeudalismo». El «capital en la nube», un nuevo capital mutante que ha matado y sustituido al viejo capitalismo. No fabrica cosas, sino que se compone de dispositivos concebidos para modificar nuestro comportamiento, convirtiéndonos en humildes siervos de los señores de la nube. El capital en la nube consigue desempeñar cinco funciones que antes estaban fuera del alcance del capital tradicional: capta nuestra atención; fabrica nuestros deseos; nos vende directamente, sin pasar por los mercados tradicionales, lo que nos ha hecho desear; fomenta el trabajo proletario en los centros de trabajo; y crea una ingente mano de obra gratuita (los siervos de la nube). Sin duda, una original e interesante perspectiva con adeptos y detractores, como sucede con casi todas las obras del pensador griego.
Como defiende Arendt, el pensamiento crítico sigue siendo un imperativo moral, pero esta encrucijada que venimos relatando le ha tendido una trampa saducea. No cabe duda de que si los ciudadanos entendiésemos bien cómo funciona internet, cómo las palabras clave distorsionan las búsquedas o cómo la optimización de motores de búsqueda mueve los hilos de la información, desplegar autónomamente nuestra personal investigación conduciría inequívocamente a una toma de decisiones idónea. Pero la realidad es bien diferente. La mayoría navegamos a ciegas, con una confianza ingenua y excesiva en nuestra capacidad para tomar decisiones acertadas sobre la información digital. De ahí que algunos pensadores, frente al concepto del pensamiento crítico, defiendan la necesidad de «ignorar críticamente». Según ellos, vivimos en lo que llaman la «economía de la atención». Todos los canales y plataformas compiten por mantenernos pegados a sus pantallas. Sin duda, la evaluación de la información requiere pensamiento crítico, pero, a su vez, este es el combustible de la atención. Y en internet, el primer y más importante acto de pensamiento crítico es determinar si la información que se ofrece merece ser analizada críticamente. Aprender a ignorar fuentes de baja calidad preserva nuestra atención para la información que realmente importa.
Como decía Manuel Vicent en su columna dominical del diario El País: «Puede que la inteligencia sea la característica más noble del ser humano, la que en principio lo distingue de los demás animales, pero no es la cualidad determinante de su conducta. Aposentada en el córtex la inteligencia tiene debajo el cerebro de los sentimientos y emociones, y aún más abajo el cerebro reptiliano, que gobierna los instintos básicos, el hambre, la sed, el sexo, el territorio, esas necesidades por las que el ser humano mata a su prójimo. Hay gente tan reptiliana que pese a que la ves caminar de pie, de hecho, lo hace arrastrándose por el suelo como una serpiente. Hay gente tan emotiva que es capaz de tragarse cualquier clase de veneno en forma de creencia, patria o bandera servida por una inflamada arenga de cualquier líder tronado a quien la masa seguirá ciegamente como el ganado de ovejas sigue al choto. Estamos en la era de tránsito de la realidad analógica a la digital. [...] Cuando el ser humano esté instalado en la nueva realidad donde lo cierto y lo falso tendrán la misma sustancia puede que algún día su médico, que le había pedido una analítica completa, sentado en su despacho con el rostro muy grave tendrá en las manos el resultado. ‘Tengo que comunicarle una verdad insoslayable’—le dirá. En ese momento las luces de la inteligencia artificial se apagarán. Solo ese reptil que somos se pondrá en alerta».

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