En una época en que las democracias liberales enfrentan presiones externas e internas, la tensión entre la autodefensa institucional y la apertura pluralista emerge como debate central y necesario. ¿Debe una democracia tolerar a quienes pretenden desmantelarla desde dentro? ¿O, por el contrario, debe blindarse contra tales actores, aun al precio de restringir libertades fundamentales? Estas preguntas, lejos de ser retóricas, marcan el pulso cotidiano de numerosas democracias contemporáneas.
En un reciente artículo publicado en El País, Daniel Innerarity aborda este dilema desde la perspectiva de la denominada «democracia militante», un concepto que propone la defensa activa del orden democrático contra sus enemigos. Sostiene que «la democracia necesita ser fuerte frente a quienes la desprecian, pero ha de cuidarse mucho de no convertirse en su propia amenaza». Reconoce la necesidad de proteger a la democracia de movimientos que, usando sus propios mecanismos, intentan socavarla, y añade: «no todas las críticas al sistema son equivalentes a su destrucción, ni todas las disidencias merecen ser perseguidas».
En efecto, basta observar el reciente veto del partido AfD en algunos debates institucionales en Alemania o la ilegalización del partido ultraderechista griego Amanecer Dorado tras probarse su carácter criminal. Innerarity apoyaría estas resoluciones en la medida en que respondan a pruebas claras de amenaza al orden constitucional, pero advertiría contra la propensión a extenderlas a fuerzas simplemente populistas o antisistema contra las que no existan pruebas concluyentes.
En contraste con esta perspectiva institucional, el investigador John A. Powell introduce en el debate la dimensión cultural y emocional del fenómeno. En una conferencia que dictó el mes pasado en la Universidad de Berkeley, advirtió que «Cuando el miedo domina el relato colectivo, el suelo se quiebra bajo los pies de la democracia. Empieza entonces la búsqueda del ‘otro’ a quien culpar». Para él, la defensa más profunda de la democracia no es jurídica, sino psicológica y social: construir narrativas de pertenencia e inclusión que hagan innecesarios los discursos excluyentes.
Esto se ve reflejado en países como España o Italia, donde el auge de partidos que demonizan la inmigración se alimenta del sentimiento de abandono en zonas rurales o deprimidas. Powell diría que allí donde falta inversión pública y proyecto común, prolifera el miedo, y con él el atractivo de las soluciones autoritarias. «No basta con blindar legalmente la democracia: si la gente no siente que tiene algo que perder, votará gustosa a quien le prometa venganza», afirma.
Anne Applebaum, por su parte, introduce un enfoque centrado en las élites. En El ocaso de la democracia (2021), alerta: «no son los autócratas quienes inventan la tiranía, sino los abogados, intelectuales y periodistas que la racionalizan». Su mirada se dirige a los sectores que moldean la opinión pública y el discurso dominante. Ejemplos recientes abundan: en Hungría, Orbán ha contado con académicos y medios cercanos que justifican su ofensiva contra jueces y periodistas; en Polonia, sectores de la judicatura han colaborado con reformas que minan la separación de poderes.
Applebaum nos recuerda que incluso democracias con normas claras pueden sucumbir si sus guardianes simbólicos deciden mirar para otro lado —o peor, aplaudir—. En Brasil, intelectuales y empresarios respaldaron sin ambages el regreso de un discurso militarista con Bolsonaro. «No se derriban las repúblicas por ignorancia popular, sino por complicidad de quienes deberían defenderlas», sentencia.
Así pues, disponemos de tres diagnósticos que no se contradicen, sino que se enriquecen mutuamente. Innerarity nos advierte contra los excesos legales que pueden convertir a la democracia en su propia enemiga. Powell nos recuerda que sin cohesión social, cualquier sistema es vulnerable al miedo y la exclusión. Applebaum señala la traición de las élites como uno de los factores más insidiosos del deterioro democrático. La defensa eficaz de la democracia exige, por tanto, una combinación de prudencia institucional, compromiso cultural y responsabilidad ética.
El desafío actual está en armonizar estas dimensiones. Por un lado, es necesario que los Estados democráticos tengan la capacidad legal de impedir que sus propios mecanismos sean utilizados para destruirlos, como ocurrió con el intento golpista del 6 de enero de 2021 en EE. UU. Pero también deben cuidar que esas medidas no terminen siendo justificación para perseguir a disidentes legítimos o para consolidar gobiernos hegemónicos, como denuncian algunas ONG en Turquía frente a Erdogan.
Al mismo tiempo, se debe combatir el discurso del miedo no con censura, sino con políticas que atiendan las inseguridades reales. Programas de revitalización económica, inversión en educación y salud mental son más eficaces a largo plazo que prohibiciones puntuales. «La democracia necesita ofrecer algo más que reglas: debe ofrecer sentido, pertenencia y futuro compartido», como ha repetido Powell.
Y, por último, las élites intelectuales, los medios de comunicación y los actores culturales deben asumir que su labor no es neutral. «Publicar una mentira para congraciarse con el poder no es periodismo, es propaganda», afirma Applebaum. En tiempos de amenaza, su rol no es acomodarse al gobierno de turno, sino preservar la decencia y la verdad, incluso cuando ello conlleve pagar un precio personal.
Para proteger realmente la democracia necesitamos ir más allá del miedo y del mero formalismo jurídico. Se necesita una ciudadanía activa que reclame con firmeza sus derechos, pero que a la vez se involucre en la defensa de los derechos ajenos, comprendiendo que la pluralidad no es una amenaza, sino su esencia misma. Se precisan, además, líderes y élites con coraje ético que rechacen el aplauso fácil del autoritarismo. Y hace falta un Estado capaz de asegurar tanto la seguridad como la dignidad de todos. En mi opinión, solo integrando estas piezas —instituciones vigilantes, una cultura cívica inclusiva y una responsabilidad ética compartida— la democracia podrá salir fortalecida de esta histórica encrucijada.

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