Hay una estación de la existencia que no figura en los calendarios, pero que todos llegamos a reconocer si la fortuna y el tiempo lo permiten. Ni es la primavera de los proyectos ni el verano de las plenitudes. Y tampoco significa, todavía, el invierno definitivo. Es una suerte de veranillo tardío, caracterizado por la aquietada luz que proyecta un sol que ha enfilado su imparable descenso y alarga las sombras sobre el paisaje de la vida. Responde a la afortunada expresión, acuñada por Bruckner, que Manuel Vicent y otros han tomado prestada certeramente en sus columnas y artículos de opinión.
Se trata de una fase extraña, no exenta de belleza y de melancolía. En ella conviven la gratitud y la pérdida, la lucidez y la incertidumbre, la serenidad conquistada y ciertos temores que nunca terminan de desvanecerse. Es el lapso en que uno descubre que el horizonte ha dejado de expandirse ilimitadamente y empieza a adquirir contornos precisos. En él, quizá por primera vez, el final deja de ser una abstracción filosófica para mostrarse como una realidad corpórea.
Ello hace que percibamos de manera distinta la naturaleza del tiempo. Durante décadas, el futuro nos pareció un territorio ilimitado: siempre quedaban años por delante para corregir errores, emprender proyectos, reconciliarse con viejas heridas o cumplir promesas aplazadas. Pero, inesperadamente, llega el momento en que el tiempo deja de percibirse como abundancia y comienza a presentarse como recurso finito. No necesariamente escaso, pero sí contado. Cada estación que transcurre nos advierte de que las oportunidades futuras serán mucho menos numerosas que las vividas.
Esa conciencia no viaja sola, sino que suele llegar acompañada de los achaques propios de la edad. El cuerpo, compañero fiel durante tantos años, empieza a manifestar con insistencia los signos de su desgaste. Surgen limitaciones antes desconocidas. Aparecen diagnósticos, tratamientos, revisiones médicas. Los nombres de ciertas enfermedades se incorporan a las conversaciones cotidianas con una familiaridad impensable en otros tiempos.
Sin embargo, los padecimientos propios rara vez suponen la única gabela que debemos soportar. Es más, a veces incluso resulta más oneroso contrastar el deterioro de quienes forman parte de nuestro mundo afectivo. Amigos que enferman, vecinos cuya ausencia repentina deja un vacío en la rutina diaria, familiares que se malogran y desaparecen uno tras otro... Cada pérdida es una herida singular, pero también una advertencia silenciosa. Cada despedida parece decirnos que el turno avanza y que nadie permanece indefinidamente al margen de ese cómputo inexorable.
Durante la juventud, la muerte pertenece sobre todo a los demás. En el veranillo de la vida, comienza a ocupar un lugar más cercano. No necesariamente como obsesión, pero sí como presencia. Como una figura discreta que permanece en el fondo de la habitación mientras continuamos hablando, trabajando, amando o recordando. Aprendemos, entonces, que la verdadera dificultad no consiste en aceptar la muerte como concepto, sino en acatar la vulnerabilidad que la precede, es decir, la posibilidad del sufrimiento, la pérdida de autonomía, la dependencia de los otros para realizar aquello que durante años hicimos sin ayuda.
Quizá sea ese uno de los temores más profundos. No tanto marcharse como dejar de ser plenamente uno mismo. Ver cómo las facultades se debilitan, cómo el cuerpo impone condiciones, cómo la voluntad encuentra obstáculos donde antes encontraba oportunidades. Existe una dignidad silenciosa en reconocer esos miedos sin exagerarlos ni negarlos, pues forman parte de la condición humana y merecen ser contemplados con honestidad.
Al mismo tiempo, esta etapa suele despertar una necesidad creciente de ordenar. No solo armarios, documentos o activos financieros. También recuerdos, relaciones y afectos. Surge el deseo de dejar las cosas razonablemente en orden, como quien recoge una casa antes de ausentarse durante una larga temporada. Aparecen preguntas sobre aquello que merece conservarse y lo que puede abandonarse sin pesar. Entonces, con frecuencia, descubrimos que muchas de las cosas que parecían imprescindibles no son sino mero equipaje acumulado durante el viaje. En cambio, ciertos objetos modestos adquieren un valor inesperado: una fotografía, una carta, un libro anotado en los márgenes, una herramienta heredada, una vieja libreta donde permanece la caligrafía de alguien que ya no está... Son pequeñas cápsulas de significado que contienen más verdad sobre una vida que otras posesiones adquiridas con esfuerzo.
También emerge la necesidad de transmitir. No solo bienes materiales, sino también relatos, experiencias, convicciones o afectos. Surge un impulso intenso que nos lleva a decir lo que permaneció demasiado tiempo sin que lo expresásemos, como dar las gracias o pedir perdón, reconocer admiraciones silenciosas o manifestar cariño sin esperar necesariamente reciprocidad. Porque la madurez enseña que los sentimientos auténticos no siempre encuentran correspondencia, pero conservan su valor por el mero hecho de ser verdaderos. Hay algo especialmente conmovedor en esta voluntad de entrega. Se parece a la labor paciente del jardinero que, aun sabiendo que no verá florecer determinados árboles, continúa plantándolos. No porque espere disfrutar de su sombra, sino porque comprende que la vida siempre consiste en recibir y transmitir, en ser eslabón más que destino.
El veranillo de la vida trae además una forma particular de sabiduría, que no es espectacular ni infalible, sino más bien una comprensión humilde de los límites. Uno aprende que la existencia rara vez se acompasa con los planes previstos, que muchas preguntas quedarán sin respuesta, que algunas heridas cicatrizan y otras se integran sin más en la propia identidad, que el orden perfecto es una ilusión y que toda vida, incluso la mejor vivida, concluye con asuntos pendientes. Aceptar esto exige una cierta resignación. Pero no una resignación amarga ni derrotista, más bien una aceptación laboriosa, a veces incluso a regañadientes, de aquello que no puede modificarse. Una especie de pacto con la realidad; no porque guste, sino porque resistirse indefinidamente a lo inevitable solo añade sufrimiento al sufrimiento.
Quizá la metáfora más acertada para esta fase vital la resume una tarde del final del verano en la que la luz ya no posee el fulgor vertical del mediodía, pero gana en profundidad y matices. Los colores parecen más densos y las sombras revelan detalles que antes pasaban inadvertidos. Se percibe en el aire una mezcla de plenitud y despedida. Así es este tiempo de la vida. Un estadio en el que se pierde mucho, pero en el que ciertas verdades se vuelven más nítidas. En él, la fragilidad deja de ser una idea abstracta y se convierte en línea maestra. El tiempo revela su auténtico valor y los afectos adquieren una importancia que eclipsa casi todo lo demás.
Y aunque el último horizonte se haga visible, todavía queda camino. Todavía hay conversaciones que merecen celebrarse, paisajes que contemplar, libros que abrir, manos que estrechar y silencios que compartir. El veranillo de la vida no es únicamente la antesala del invierno. Es también una estación con entidad propia, una época de luz oblicua, de conciencia despierta y de humanidad desnuda. Tal vez su enseñanza principal consista en comprender que una vida ni se mide por lo que queda por delante ni por lo que ya se ha consumido, sino por la profundidad con que se habita cada instante que la conforma.






