jueves, 25 de junio de 2026

El veranillo de la vida

Hay una estación de la existencia que no figura en los calendarios, pero que todos llegamos a reconocer si la fortuna y el tiempo lo permiten. Ni es la primavera de los proyectos ni el verano de las plenitudes. Y tampoco significa, todavía, el invierno definitivo. Es una suerte de veranillo tardío, caracterizado por la aquietada luz que proyecta un sol que ha enfilado su imparable descenso y alarga las sombras sobre el paisaje de la vida. Responde a la afortunada expresión, acuñada por Bruckner, que Manuel Vicent y otros han tomado prestada certeramente en sus columnas y artículos de opinión.

Se trata de una fase extraña, no exenta de belleza y de melancolía. En ella conviven la gratitud y la pérdida, la lucidez y la incertidumbre, la serenidad conquistada y ciertos temores que nunca terminan de desvanecerse. Es el lapso en que uno descubre que el horizonte ha dejado de expandirse ilimitadamente y empieza a adquirir contornos precisos. En él, quizá por primera vez, el final deja de ser una abstracción filosófica para mostrarse como una realidad corpórea.

Ello hace que percibamos de manera distinta la naturaleza del tiempo. Durante décadas, el futuro nos pareció un territorio ilimitado: siempre quedaban años por delante para corregir errores, emprender proyectos, reconciliarse con viejas heridas o cumplir promesas aplazadas. Pero, inesperadamente, llega el momento en que el tiempo deja de percibirse como abundancia y comienza a presentarse como recurso finito. No necesariamente escaso, pero sí contado. Cada estación que transcurre nos advierte de que las oportunidades futuras serán mucho menos numerosas que las vividas.

Esa conciencia no viaja sola, sino que suele llegar acompañada de los achaques propios de la edad. El cuerpo, compañero fiel durante tantos años, empieza a manifestar con insistencia los signos de su desgaste. Surgen limitaciones antes desconocidas. Aparecen diagnósticos, tratamientos, revisiones médicas. Los nombres de ciertas enfermedades se incorporan a las conversaciones cotidianas con una familiaridad impensable en otros tiempos.

Sin embargo, los padecimientos propios rara vez suponen la única gabela que debemos soportar. Es más, a veces incluso resulta más oneroso contrastar el deterioro de quienes forman parte de nuestro mundo afectivo. Amigos que enferman, vecinos cuya ausencia repentina deja un vacío en la rutina diaria, familiares que se malogran y desaparecen uno tras otro... Cada pérdida es una herida singular, pero también una advertencia silenciosa. Cada despedida parece decirnos que el turno avanza y que nadie permanece indefinidamente al margen de ese cómputo inexorable.

Durante la juventud, la muerte pertenece sobre todo a los demás. En el veranillo de la vida, comienza a ocupar un lugar más cercano. No necesariamente como obsesión, pero sí como presencia. Como una figura discreta que permanece en el fondo de la habitación mientras continuamos hablando, trabajando, amando o recordando. Aprendemos, entonces, que la verdadera dificultad no consiste en aceptar la muerte como concepto, sino en acatar la vulnerabilidad que la precede, es decir, la posibilidad del sufrimiento, la pérdida de autonomía, la dependencia de los otros para realizar aquello que durante años hicimos sin ayuda.

Quizá sea ese uno de los temores más profundos. No tanto marcharse como dejar de ser plenamente uno mismo. Ver cómo las facultades se debilitan, cómo el cuerpo impone condiciones, cómo la voluntad encuentra obstáculos donde antes encontraba oportunidades. Existe una dignidad silenciosa en reconocer esos miedos sin exagerarlos ni negarlos, pues forman parte de la condición humana y merecen ser contemplados con honestidad.

Al mismo tiempo, esta etapa suele despertar una necesidad creciente de ordenar. No solo armarios, documentos o activos financieros. También recuerdos, relaciones y afectos. Surge el deseo de dejar las cosas razonablemente en orden, como quien recoge una casa antes de ausentarse durante una larga temporada. Aparecen preguntas sobre aquello que merece conservarse y lo que puede abandonarse sin pesar. Entonces, con frecuencia, descubrimos que muchas de las cosas que parecían imprescindibles no son sino mero equipaje acumulado durante el viaje. En cambio, ciertos objetos modestos adquieren un valor inesperado: una fotografía, una carta, un libro anotado en los márgenes, una herramienta heredada, una vieja libreta donde permanece la caligrafía de alguien que ya no está... Son pequeñas cápsulas de significado que contienen más verdad sobre una vida que otras posesiones adquiridas con esfuerzo.

También emerge la necesidad de transmitir. No solo bienes materiales, sino también relatos, experiencias, convicciones o afectos. Surge un impulso intenso que nos lleva a decir lo que permaneció demasiado tiempo sin que lo expresásemos, como dar las gracias o pedir perdón, reconocer admiraciones silenciosas o manifestar cariño sin esperar necesariamente reciprocidad. Porque la madurez enseña que los sentimientos auténticos no siempre encuentran correspondencia, pero conservan su valor por el mero hecho de ser verdaderos. Hay algo especialmente conmovedor en esta voluntad de entrega. Se parece a la labor paciente del jardinero que, aun sabiendo que no verá florecer determinados árboles, continúa plantándolos. No porque espere disfrutar de su sombra, sino porque comprende que la vida siempre consiste en recibir y transmitir, en ser eslabón más que destino.

El veranillo de la vida trae además una forma particular de sabiduría, que no es espectacular ni infalible, sino más bien una comprensión humilde de los límites. Uno aprende que la existencia rara vez se acompasa con los planes previstos, que muchas preguntas quedarán sin respuesta, que algunas heridas cicatrizan y otras se integran sin más en la propia identidad, que el orden perfecto es una ilusión y que toda vida, incluso la mejor vivida, concluye con asuntos pendientes. Aceptar esto exige una cierta resignación. Pero no una resignación amarga ni derrotista, más bien una aceptación laboriosa, a veces incluso a regañadientes, de aquello que no puede modificarse. Una especie de pacto con la realidad; no porque guste, sino porque resistirse indefinidamente a lo inevitable solo añade sufrimiento al sufrimiento.

Quizá la metáfora más acertada para esta fase vital la resume una tarde del final del verano en la que la luz ya no posee el fulgor vertical del mediodía, pero gana en profundidad y matices. Los colores parecen más densos y las sombras revelan detalles que antes pasaban inadvertidos. Se percibe en el aire una mezcla de plenitud y despedida. Así es este tiempo de la vida. Un estadio en el que se pierde mucho, pero en el que ciertas verdades se vuelven más nítidas. En él, la fragilidad deja de ser una idea abstracta y se convierte en línea maestra. El tiempo revela su auténtico valor y los afectos adquieren una importancia que eclipsa casi todo lo demás.

Y aunque el último horizonte se haga visible, todavía queda camino. Todavía hay conversaciones que merecen celebrarse, paisajes que contemplar, libros que abrir, manos que estrechar y silencios que compartir. El veranillo de la vida no es únicamente la antesala del invierno. Es también una estación con entidad propia, una época de luz oblicua, de conciencia despierta y de humanidad desnuda. Tal vez su enseñanza principal consista en comprender que una vida ni se mide por lo que queda por delante ni por lo que ya se ha consumido, sino por la profundidad con que se habita cada instante que la conforma.


 

sábado, 20 de junio de 2026

Contra la resignación europea

Hay distopías que inquietan por lo que imaginan y otras que lo hacen porque reconocemos en ellas buena parte de nuestro presente. Algunas de las recientes, focalizadas en nuestros días, exploran temáticas muy ligadas a aspectos de la realidad inmediata, como la hipervigilancia corporativa, las crisis climáticas extremas o el impacto deshumanizador de la inteligencia artificial. A diferencia de los clásicos, estas obras plantean colapsos que se originan y desarrollan en nuestra propia época.

Algo de ello aporta Arancha González Laya –ministra de Asuntos Exteriores (2020-21) y directora del Centro de Comercio Internacional de la ONU (2013-20)– en un pequeño ensayo publicado por El País, donde adelanta parte del contenido de un capítulo de su libro Solos en el mundo: Estados Unidos amenaza, Rusia hace la guerra, China reconstruye un imperio… ¿Y Europa? (Arpa, 2026). El ensayo, en el que aborda una hipotética Europa en 2049, pertenece a la segunda categoría distópica porque no describe un apocalipsis repentino ni una invasión extraterrestre, sino algo mucho más perturbador, como es la lenta victoria de la resignación.

La exministra construye un relato de política ficción cuyo punto de partida es la caída de Ucrania. Sin embargo, el verdadero protagonista del texto no es Rusia, ni tampoco China, ni siquiera Estados Unidos. La protagonista indiscutible es Europa y su progresiva y empedernida renuncia a actuar. La pesadilla que plantea González Laya no radica meramente en que Vladímir Putin logre sus objetivos; apunta a que las democracias europeas acepten, por cansancio, comodidad o cálculo económico, que la fuerza sustituya al derecho como principio organizador de las relaciones internacionales.

Describe un escenario en el que la invasión de Ucrania deja de ser una agresión intolerable para convertirse en un hecho consumado. La reapertura del Nord Stream, la normalización de las relaciones con Moscú y la subordinación de los principios a las necesidades energéticas simbolizan una idea extraordinariamente alarmante, que se resume en que las sociedades libres pueden acostumbrarse a cualquier cosa si el precio de resistir resulta demasiado elevado. El horror político de esta visión no reside únicamente en la consolidación de la expansión rusa, sino especialmente en la demostración de que la libertad carece de defensores cuando exige grandes sacrificios.

La autora imagina, adicionalmente, un mundo donde China alcanza la hegemonía sin necesidad de exhibirla. Logra así una imagen especialmente poderosa porque invierte la lógica tradicional del poder. Pekín no domina mediante las conquistas militares, sino a través de infraestructuras, contratos, cadenas de suministro y dependencia tecnológica. Es un imperio silencioso, eficiente y aparentemente racional. Y precisamente por eso resulta mucho más inquietante.

Quizá la parte más sombría del ensayo sea la dedicada a Estados Unidos. No porque describa una dictadura clásica, sino porque retrata una degradación democrática compatible con la apariencia de normalidad, que incluye referendos digitales manipulados por algoritmos, ciudadanos que delegan su voto en sistemas automáticos, educación fragmentada por burbujas ideológicas y una política transformada en entretenimiento permanente. La advertencia es clara: las democracias no siempre mueren mediante golpes de Estado; también pueden vaciarse desde dentro hasta conservar únicamente sus rituales.

Sin embargo, el núcleo emocional del texto radica en la descripción de Europa. La Unión Europea no desaparece. Continúan existiendo el Parlamento, la Comisión, los reglamentos y fondos europeos, etc. Todo funciona como si nada hubiese sucedido. Es precisamente aquí donde reside el espanto. Porque la distopía que plantea González Laya no es la destrucción de Europa, sino su supervivencia sin propósitos que la justifiquen.

De manera que la Unión Europea aparece convertida en una maquinaria administrativa impecable, capaz de gestionar mercados, supervisar normas y distribuir recursos, pero incapaz de defender una visión del mundo. Es una Europa sin voluntad histórica, sin ambición política y sin capacidad de influencia.

Como decía, la autora sugiere que las civilizaciones no siempre colapsan envueltas en llamas. A veces perviven durante décadas mientras pierden lentamente aquello que en un cierto tiempo justificó su existencia. Por eso, este ensayo aspira a ser menos una predicción que una advertencia moral. Su mensaje fundamental no es que Rusia vaya a dominar Eurasia, que China imponga un nuevo orden o que Estados Unidos degrade su democracia. Su mensaje nuclear es que cualquiera de las tres posibilidades es evitable.

De modo que la pregunta que traspasa todo el texto es otra: ¿qué ocurre cuando una sociedad deja de creer en sí misma? Y la respuesta que ofrece González Laya es devastadora. Ocurre que otros decidirán por ella. Y, en última instancia, esa es la verdadera distopía que plantea su ensayo. No concibe un futuro de tiranos omnipotentes, sino otro construido sobre la pasividad de quienes pudieron evitar la hecatombe y eligieron no hacerlo.



martes, 16 de junio de 2026

El PSOE ante el espejo

La política española atraviesa uno de esos momentos en los que los acontecimientos parecen acelerarse y superponerse. Las investigaciones judiciales que afectan al entorno del PSOE, la proliferación de escándalos vinculados a antiguos cargos socialistas y la creciente polarización institucional han alimentado una narrativa según la cual existiría una operación coordinada para debilitar al principal partido del Gobierno. Sin embargo, a día de hoy no existe ninguna prueba concluyente que permita sostener la existencia de una conspiración organizada contra el PSOE. Lo que sí existen son hechos verificables que merecen un análisis desapasionado.

El primero de ellos es la intensidad con la que determinadas investigaciones han irrumpido en la agenda política. El llamado caso Koldo, las derivadas que afectan al exministro José Luis Ábalos y las actuaciones judiciales relacionadas con la exmilitante socialista Leire Díez han situado al PSOE en el centro de una tormenta político-judicial de gran magnitud. La Audiencia Nacional investiga actualmente una presunta trama destinada a obtener información sobre jueces, fiscales y miembros de las fuerzas de seguridad vinculados a procedimientos que afectan al partido y al Gobierno. Diversos dirigentes y colaboradores próximos al entorno socialista han sido llamados a declarar o figuran como investigados en distintas piezas de la causa.

La percepción de asimetría judicial constituye otro de los elementos centrales del debate. Sectores de la izquierda sostienen que determinadas investigaciones vinculadas al PSOE avanzan con mayor rapidez que algunos procedimientos históricos relacionados con el Partido Popular. Aunque la comparación resulta difícil por la diferente naturaleza y complejidad de las causas, es cierto que numerosos procesos derivados de los casos Gürtel, Kitchen, Púnica, Lezo o Erial han tardado años en completarse debido a su enorme complicación procesal y al volumen de documentación acumulada. Esa diferencia temporal alimenta una sensación de desigualdad que, aunque no constituye una prueba de trato discriminatorio, sí forma parte del clima político actual.

En paralelo, ha surgido una nueva línea interpretativa que trasciende la política doméstica. La reciente publicación del libro Zapatero en la diana de Trump, del periodista Isaac Blasco, subdirector de Vozpópuli, sostiene que los servicios diplomáticos y de inteligencia estadounidenses habrían seguido durante años las actividades internacionales del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, especialmente por sus relaciones con Venezuela, China y otros actores considerados estratégicos por Washington. El libro plantea una hipótesis controvertida y difícilmente verificable en muchos de sus extremos, pero resulta significativo que haya encontrado eco en un contexto internacional marcado por la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China y por el endurecimiento de la política exterior de la Administración Trump.

Lo auténticamente relevante no es tanto si Zapatero se encuentra realmente «en la diana» de Washington como el hecho de que España haya comenzado a desempeñar un papel más visible en algunas controversias internacionales. El Gobierno de Pedro Sánchez ha mantenido posiciones especialmente críticas con la actuación de Israel en Gaza, ha mostrado reticencias respecto a determinadas exigencias de aumento del gasto militar formuladas desde la OTAN y ha reforzado sus vínculos económicos y diplomáticos con China. Son decisiones legítimas dentro de la autonomía de cualquier Estado soberano, pero que inevitablemente generan tensiones en un escenario internacional cada vez más competitivo.

Ahora bien, la explicación de las dificultades actuales del PSOE probablemente deba buscarse menos en factores externos que en su propia evolución interna. Los casos que han afectado al partido durante los últimos años revelan problemas de selección de cuadros, control orgánico y supervisión política. Resulta difícil entender cómo figuras de la talla de Koldo García, inicialmente un asesor de perfil secundario, llegaron a adquirir un protagonismo tan relevante en determinadas estructuras de poder. Del mismo modo, el destacado rol atribuido a Leire Díez en operaciones de obtención de información ha suscitado interrogantes sobre los mecanismos internos de control y responsabilidad.

La historia del PSOE ofrece precedentes ilustrativos. Durante la década de 1990, los socialistas afrontaron graves crisis relacionadas con los GAL, la corrupción y el desgaste institucional acumulado tras más de una década en el poder. Aquella experiencia dejó una lección aparentemente clara: cuando un partido se adentra en las zonas opacas del Estado sin comprender plenamente su funcionamiento, suele terminar pagando un elevado coste político. Tres décadas después, algunos observadores perciben una repetición parcial de aquel patrón, aunque en un contexto muy diferente.

Este fenómeno tampoco puede separarse de la crisis más amplia de la socialdemocracia europea. Los partidos socialistas tradicionales han perdido capacidad de representación en numerosos países del continente. En Alemania, el SPD atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente, con niveles de apoyo electoral significativamente inferiores a los registrados durante gran parte de la posguerra. En Francia, el Partido Socialista estuvo cerca de la irrelevancia política tras el colapso sufrido después de la presidencia de François Hollande. En Italia, el Partido Democrático continúa enfrentándose a enormes dificultades para construir una mayoría estable frente al bloque conservador liderado por Giorgia Meloni. En el Reino Unido, pese al regreso laborista al Gobierno, la popularidad del Ejecutivo de Starmer ha experimentado un rápido desgaste.

En comparación con esos casos, el PSOE conserva una fortaleza electoral considerable. Sigue siendo una de las pocas formaciones socialdemócratas europeas capaces de disputar el poder en condiciones competitivas. Sin embargo, esa relativa fortaleza no elimina sus vulnerabilidades. La dependencia de alianzas parlamentarias complejas, la polarización política, el cuestionamiento judicial de algunas decisiones gubernamentales y el desgaste derivado de los escándalos internos configuran un escenario especialmente exigente.

Es evidente que, por diversos condicionantes, el Gobierno ha asumido riesgos políticos significativos tanto en política exterior como en política interna. La ley de amnistía para los dirigentes independentistas catalanes, la confrontación diplomática con Israel o la apuesta por una política internacional más autónoma respecto a Estados Unidos son decisiones de gran calado estratégico. Pero precisamente por ello exigen estructuras partidarias sólidas, equipos experimentados y una elevada disciplina organizativa. La política contemporánea se ha vuelto más compleja, más internacionalizada y más vulnerable a la exposición mediática permanente. En ese contexto, la calidad de los cuadros dirigentes adquiere una importancia decisiva. La cuestión de fondo no es si existe una conspiración contra el PSOE, sino si el partido dispone hoy de los recursos humanos, organizativos e intelectuales necesarios para afrontar un entorno mucho más hostil que el de décadas anteriores. La respuesta a esa pregunta probablemente determinará no solo el futuro del socialismo español, sino también el equilibrio político de España en los próximos años.


 

domingo, 14 de junio de 2026

Niños pescando

La fotografía está fechada en 1947, en Alicante. Un grupo de muchachos pesca en el muelle de Levante con cañas improvisadas y una paciencia que hoy parece cosecha de otra especie. No hay épica en la escena. Tampoco pobreza convertida en estampita para el recuerdo. Hay algo más difícil de definir: el tiempo, cuando todavía no era un enemigo. Uno mira la imagen y advierte enseguida que los niños están haciendo mucho más que pescar. Están ocupando la tarde, aprendiendo a esperar, conversando sin necesidad de hablar ni de gritar... El agua es una promesa y a la vez una excusa, porque lo importante no es el pez, lo primordial es estar allí.

Si existiera otra fotografía –cosa que dudo– tomada diez o quince años después en el Turia, a su paso por Gestalgar, seguramente no sería muy distinta. La imagino también en blanco y negro, con el río todavía dueño de sí mismo, antes de que las prisas acabasen colonizando hasta sus rincones más recónditos. Dos docenas de muchachos descalzos sobre algunas piedras lisas, cebo en mano, hecho con harina y colorante alimentario, una lata con lombrices..., y el perro que aparece siempre en las fotografías de los pueblos, sin que nadie recuerde quién era su dueño. Quizá uno de los niños miraría a la cámara con cierta desconfianza, mientras los demás seguirían pendientes del corcho navegando la corriente.

Entre el muelle de Alicante y las riberas del Turia habría diferencias significativas. El olor a sal frente al aroma del jazmín recrecido en la tierra húmeda, las gaviotas frente a los mirlos, el horizonte abierto del puerto frente a las montañas que estrechan el valle. Sin embargo, los niños serían los mismos. Porque la infancia española de los años cincuenta y sesenta, si bien habitó geografías diversas, tuvo, sin embargo, entretenimientos análogos. Los habitantes de las ciudades, los pueblos costeros y las aldeas del interior, además de sus comunes estrecheces, compartieron una misma riqueza: el espacio y el tiempo libre, aunque nadie los llamase así.

Los niños jugaban en la calle porque era una prolongación natural de la casa. No había agendas infantiles ni actividades programadas. Había tardes, larguísimas tardes. Y una imaginación obligada a estrujarse porque los juguetes eran escasos y la diversión dependía, fundamentalmente, de la capacidad para inventar. Se pescaba, se construían tirachinas con ramas de olivo, se organizaban partidos interminables con pelotas de trapo, se hacían carreras de chapas sobre circuitos dibujados en el suelo, se remontaban barrancos, se exploraban acequias, se robaban higos, se perseguían lagartijas o se buscaban nidos con una mezcla de curiosidad y crueldad inocente, que hoy nos resulta incómoda, pero que entonces formaba parte del aprendizaje de la vida.

Aquellos niños conocíamos el nombre de los árboles, el lugar donde maduraban las moras y la época exacta en que aparecían los primeros grillos. Sabíamos leer el cielo con una precisión que no procedía de ningún conocimiento científico, sino de la costumbre. Sabíamos que si el aire olía de una manera determinada, habría tormenta, que si el río bajaba turbio, alguien había abierto las compuertas aguas arriba y era el momento de pescar anguilas, que si las golondrinas volaban bajo, oscuras amenazas se cernían sobre el horizonte y convenía volver pronto a casa.

No se trata de idealizar nada, pues la nostalgia suele ser un recurso tramposo, creador de paraísos inexistentes. Aquella España era dura, durísima, para infinidad de familias. En ella la represión era despiadada, muy graves las estrecheces económicas, precoces los trabajos y horizontes poco menos que inexistentes. De modo que la infancia no era necesariamente más feliz. Simplemente, era distinta.

Sin embargo, la fotografía que adjunto me recuerda especialmente algo que quizá extraviamos por el camino. Realmente, creo que expresa menos la pobreza material que una abundancia más recóndita, como lo es la disponibilidad del tiempo. Esos y otros muchachos de los muelles pasaban horas mirando flotar el corcho sobre la superficie del agua sin sentir que perdían el tiempo. También los niños de Gestalgar permanecíamos la tarde entera en las riberas del Turia intentando capturar un barbo diminuto y regresar a casa satisfechos, algo que sucedía incluso cuando no pescábamos nada. La recompensa a nuestro afán no era el resultado, sino la propia experiencia.

Hoy cuesta explicar esta lógica porque vivimos rodeados de estímulos diseñados para evitar cualquier asomo de aburrimiento. La espera se ha convertido en una anomalía. Y, sin embargo, buena parte de la educación sentimental de aquellas generaciones nació precisamente de ella, de las horas aparentemente vacías. En ellas se forjaban amistades duraderas, se aprendía a medir las propias fuerzas, se descubrían el miedo, la valentía, la decepción y la alegría a escala infantil y doméstica. Ningún adulto organizaba aventura alguna, ningún algoritmo sugería el siguiente entretenimiento.

Quizá por eso imágenes como esta inducen una melancolía peculiar. No es precisamente la nostalgia del «todo tiempo pasado fue mejor», que acostumbra a ser una simplificación perezosa. Es más bien la añoranza de lo irrepetible. Porque sabemos que aquellos niños crecieron y abandonaron las cañas de pescar, que llegaron las motocicletas y los coches, la televisión, las fábricas, las emigraciones y las responsabilidades. Sabemos incluso que muchos de ellos ya no están. Pero en el instante capturado por la fotografía, nada de eso había ocurrido todavía.

En Alicante, los muchachos permanecen sentados en el borde del muelle. Y en el imaginario Turia de Gestalgar, otros niños observan cómo la corriente arrastra las hojas. En ambos lugares, el tiempo permanece suspendido, las tardes parecen infinitas, el mundo conserva todavía un tamaño humano. Quizá sea eso lo que nos conmueve al contemplar estas escenas antiguas. No es la pobreza, ni la sencillez, ni siquiera la infancia. Lo que nos estremece es la evidencia de que hubo un tiempo en que la vida avanzaba a la velocidad de una caña de pescar inclinada sobre el agua, mientras un niño esperaba, sin saberlo, que el futuro llegase por sí solo.


 

sábado, 13 de junio de 2026

La agonía de las democracias liberales

La actual crisis de Occidente ha vuelto a reabrir el viejo debate sobre si las democracias liberales se debilitan por presión externa o por la erosión interna de sus propios consensos políticos. En Europa —y particularmente en España—, ese debate adopta una forma específica que se resume en la convergencia parcial entre las derechas tradicionales y las nuevas derechas extremas en cuestiones como la identidad nacional, la inmigración, la seguridad, la soberanía o la relación con las instituciones supranacionales. Aunque existen diferencias importantes entre ambas familias políticas, las dos comparten zonas de intersección que están transformando profundamente el proyecto europeo nacido tras la Segunda Guerra Mundial.

Las derechas conservadoras tradicionales europeas —desde el Partido Popular Europeo hasta las formaciones nacionales como el PP español, Los Republicanos franceses o la CDU alemana— surgieron históricamente como fuerzas compatibles con el orden liberal-democrático asentado sobre cuatro pilares básicos: La integración europea, la economía de mercado regulada, las alianzas atlánticas y el Estado de derecho. Durante décadas representaron una derecha institucional favorable a la estabilidad y a una cierta cultura del consenso.

En cambio, las actuales derechas extremas, en gran medida, nacen como reacción contra ese consenso. Partidos como Vox, Rassemblement National o Alternative für Deutschland sostienen que las élites liberales europeas han vaciado de soberanía a los Estados nacionales, han debilitado las identidades culturales y han subordinado los intereses populares a burocracias supranacionales, mercados globales y agendas cosmopolitas.

Así pues, la primera gran diferencia entre las derechas aflora en su concepción de Europa. La derecha tradicional considera la integración europea como un instrumento imperfecto, pero necesario para la estabilidad económica y geopolítica del continente. En consecuencia, no cuestiona el marco general de la Unión Europea, ni siquiera cuando critica los excesos regulatorios de Bruselas. Por el contrario, las derechas extremas tienen una relación mucho más ambigua con el proyecto europeo. Tras el Brexit, algunas han abandonado el euroescepticismo radical, pero, en general, siguen defendiendo una «Europa de naciones» en la que los Estados recuperan competencias, fundamentalmente en inmigración, legislación y política económica.

Por otro lado, la presión electoral de las derechas radicales ha desplazado el discurso de las tradicionales hacia posiciones más intransigentes en asuntos identitarios. La inmigración es el ejemplo más evidente. Mientras el conservadurismo clásico defendía una gestión pragmática de los flujos migratorios —compatible con las necesidades económicas y los derechos humanos—, buena parte de la derecha europea ha ido adoptando marcos discursivos centrados en el control fronterizo, la seguridad cultural y el riesgo de fragmentación social.

En España, la irrupción de Vox ha hecho especialmente patente este desplazamiento. Asuntos que antes eran marginales —ocupación ilegal, «efecto llamada», islamismo, multiculturalismo o deportaciones— han pasado a ocupar el centro del debate político. Tan es así que, aunque el PP mantiene formalmente una posición constitucionalista y europeísta, la competencia electoral con Vox ha endurecido una parcela importante de su discurso y de sus prioridades políticas. Un fenómeno similar se constata en Francia con el acercamiento retórico de la derecha republicana a algunas tesis históricas del lepenismo.

El segundo ámbito de convergencia es la llamada «guerra cultural». Las derechas neofascistas han comprendido que la disputa política ya no se libra únicamente en el terreno de la redistribución económica, sino que se amplía a espacios como los valores, los símbolos o las identidades colectivas. Cuestiones como el feminismo, la memoria democrática, los derechos LGTBI+, la educación afectivo-sexual o las políticas climáticas se presentan como expresiones de una hegemonía cultural progresista desconectada de las mayorías sociales.

Habitualmente, las derechas tradicionales han sido cautelosas con esos asuntos, pero han claudicado y han terminado incorporando a su ideario algunos de los marcos discursivos referenciados. En España, por ejemplo, el cuestionamiento de determinadas leyes de igualdad o de memoria democrática ya no es patrimonio exclusivo de la extrema derecha. La consecuencia de ello es una creciente polarización cultural que transforma a los adversarios políticos en enemigos existenciales y obstaculiza los consensos básicos sobre los que se sustentaban las democracias parlamentarias europeas.

Existe, además, una diferencia decisiva respecto al Estado de derecho y las instituciones liberales. Al menos en términos generales, las derechas tradicionales aceptaban los denominados contrapesos institucionales, es decir, los tribunales independientes, la prensa crítica, los organismos reguladores y el pluralismo político. En cambio, la derecha radical suele mostrar una relación más instrumental con esos mecanismos. Así, cuando consideran que jueces, medios o instituciones europeas limitan la «voluntad popular», tienden a denunciarlos como estructuras ideológicas secuestradas por las élites progresistas. Los casos de la Hungría de Viktor Orbán o de la deriva institucional en Polonia durante los gobiernos del PiS muestran hasta qué punto ciertas ultraderechas europeas entienden la democracia más como legitimidad plebiscitaria que como equilibrio entre poderes.

La política internacional también evidencia diferencias relevantes. Las derechas tradicionales continúan alineadas con el atlantismo clásico y el apoyo a la OTAN. Sin embargo, las ultraderechas, aunque hoy, tras la invasión de Ucrania, matizan antiguos vínculos con Rusia, mantienen en general una visión más nacionalista y menos comprometida con el multilateralismo liberal.

De cuanto antecede, y en sintonía con numerosos analistas, deduzco que la principal amenaza que acecha a la UE no es necesariamente una toma revolucionaria del poder por parte de las ultraderechas, sino una transformación gradual del consenso democrático europeo. Cuando las derechas tradicionales adoptan parte de los marcos discursivos ultranacionalistas para competir electoralmente, lo que consiguen es desplazar el centro político hacia posiciones más iliberales, sin necesidad de rupturas formales. 

Estoy convencido de que Europa no está hoy frente a una amenaza comparable a los totalitarismos del siglo XX. En cambio, creo que vive una erosión progresiva de las culturas políticas que hicieron posible el proyecto europeo, asentadas en la moderación institucional, la confianza en el pluralismo y la necesidad de poner límites al poder mayoritario. Así pues, me parece que el desafío esencial que deben encarar las democracias europeas es responder eficientemente al creciente malestar social, sin abandonar los principios liberales que tradicionalmente han sido su principal fuente de estabilidad y legitimidad.



miércoles, 10 de junio de 2026

Veintitrés días que ya han cambiado la escuela valenciana

Veintitrés días de huelga indefinida constituyen un acontecimiento extraordinario en cualquier sistema educativo. En la Comunidad Valenciana, donde cerca de 78.000 docentes de la enseñanza pública no universitaria estaban llamados al paro cuando comenzó el conflicto, el 11 de mayo, la movilización ha adquirido una dimensión histórica que trasciende las reivindicaciones salariales y laborales para convertirse en una discusión de fondo sobre el futuro de la educación pública valenciana.

Ninguna huelga de esta duración puede analizarse únicamente en términos de vencedores y vencidos. Después de casi un mes de conflicto, lo relevante ya no es quién tiene razón en cada punto de la negociación, sino qué responsabilidades corresponden a cada actor y qué enseñanzas dejará una movilización que ha obligado a toda la sociedad valenciana a mirar de frente los problemas acumulados durante años en sus centros educativos.

Los docentes han demostrado una capacidad de organización, perseverancia y compromiso poco frecuente en los conflictos laborales contemporáneos. Manifestaciones continuadas, asambleas, encierros y hasta una acampada en la plaza de la Virgen de Valencia han evidenciado un nivel de implicación que difícilmente puede explicarse únicamente por motivos salariales.

Entre las virtudes del movimiento destaca haber situado en el centro del debate cuestiones que rara vez ocupan titulares: las ratios elevadas, la burocracia creciente, las dificultades para atender adecuadamente a la diversidad del alumnado, las carencias de infraestructuras y la pérdida de poder adquisitivo acumulada durante años. Incluso quienes discrepan de la huelga difícilmente pueden negar que estos problemas existen y requieren soluciones estructurales.

Sin embargo, también los docentes tienen responsabilidades. La primera consiste en evitar que la legítima defensa de sus condiciones laborales se desvincule del interés general del alumnado. Toda huelga prolongada genera costes educativos y emocionales para estudiantes y familias. Aunque el derecho de huelga es irrenunciable en una democracia, cuanto más se prolonga un conflicto, más necesario resulta explicar con transparencia los objetivos, los avances obtenidos y las razones para continuar o suspender la movilización.

La Administración educativa valenciana posee, por su parte, una responsabilidad aún mayor. Gobernar implica anticipar los conflictos antes de que estallen. Cuando una huelga alcanza semejante duración, resulta evidente que los mecanismos ordinarios de diálogo han fallado. Las negociaciones intermitentes, las acusaciones cruzadas y la sensación de bloqueo han contribuido a deteriorar la confianza entre las partes.

La Generalitat ha respondido finalmente con una propuesta de amplio alcance que contempla incrementos salariales progresivos de hasta 200 euros mensuales, reducción de ratios, miles de nuevas incorporaciones de personal, medidas de simplificación burocrática e inversiones superiores a 3.300 millones de euros hasta 2029. Se trata, sin duda, de un movimiento significativo que reconoce implícitamente que existían problemas pendientes de resolver.

Pero el Gobierno valenciano no puede limitarse a negociar cifras. También debe reconstruir la confianza institucional. La educación es demasiado importante para quedar atrapada en una lógica de confrontación permanente. Los docentes necesitan percibir que son considerados profesionales esenciales para el futuro de la Comunidad Valenciana y no simplemente un capítulo presupuestario más.

En mi opinión, la principal lección de estos veintitrés días de huelga es precisamente esa: los sistemas educativos no se deterioran de forma repentina. Los conflictos estallan cuando los problemas acumulados durante años dejan de encontrar cauces eficaces para ser abordados. Ratios elevadas, plantillas insuficientes en determinados ámbitos, infraestructuras pendientes y sensación de sobrecarga burocrática son cuestiones que no nacieron en mayo de 2026. La huelga las ha hecho visibles, pero venían gestándose desde hace tiempo.

Existe una segunda enseñanza igualmente relevante. La educación continúa siendo uno de los pocos ámbitos capaces de movilizar a miles de personas en defensa de un proyecto colectivo. En una época marcada por el individualismo y la fragmentación social, la capacidad de los docentes para sostener una protesta prolongada demuestra que la escuela pública sigue siendo una institución profundamente arraigada en la sociedad valenciana.

¿Cómo puede resolverse el conflicto? La salida más razonable seguramente pasa por una desconvocatoria condicionada de la huelga. Es decir, un acuerdo que permita recuperar la normalidad académica mientras se establecen calendarios verificables para el cumplimiento de los compromisos adquiridos. Los sindicatos necesitan garantías concretas; la Administración necesita estabilidad. Ambas necesidades son compatibles.

La experiencia demuestra que los acuerdos educativos fracasan cuando se limitan a declaraciones de intenciones. Por ello, cualquier pacto debería incluir indicadores públicos de seguimiento, plazos precisos y mecanismos independientes de evaluación. Lo importante no será la firma del acuerdo, sino su cumplimiento efectivo durante los próximos años.

¿Y qué cambiará realmente cuando concluya la huelga? Probablemente no todo lo que esperan unos, ni tan poco como desean otros. Las aulas no se transformarán de la noche a la mañana. Las ratios tardarán años en reducirse de verdad. Las nuevas contrataciones requerirán planificación y recursos. Las mejoras salariales se aplicarán de forma gradual.

Pero algo sí ha cambiado ya. La educación ha recuperado centralidad en el debate público valenciano. Miles de ciudadanos han descubierto problemas que permanecían invisibles. Los responsables políticos saben ahora que la comunidad educativa posee capacidad de movilización sostenida. Y los docentes han comprobado que sus reivindicaciones pueden convertirse en una cuestión de interés general.

Quizá esa sea la verdadera trascendencia de estos veintitrés días. Más allá del resultado final de las negociaciones, la huelga ha recordado una verdad elemental que a menudo se olvida: la calidad de una sociedad depende en gran medida de la calidad de su escuela pública. Y cuando una comunidad educativa es capaz de situar esa cuestión en el centro del debate político, nada vuelve a ser exactamente igual que antes.




domingo, 7 de junio de 2026

Literatura del regreso

Recientemente, mi amigo Pascual enviaba al grupo de WhatsApp que compartimos una columna periodística, Tipasa, escrita por Manuel Jabois para el diario El País, elogiando su hermosura y recomendando su lectura. Como la había leído de buena mañana, mientras esperaba en la antesala de una consulta médica, le respondí casi inmediatamente, corroborando su apreciación. En el mensaje reiteraba mi admiración por los profesionales que –como Jabois, Muñoz Molina, Sergio del Molino, Leila Guerriero, Vila-Matas o Llamazares– anteponen a la inmediatez informativa del periodismo su escritura lenta y reflexiva, que conecta experiencia personal con tradición literaria y que no es proclive a la nostalgia, sino partidaria de la comprensión, es decir, de utilizar el pasado para meditar sobre el presente. En ese sentido, la lección de Camus sobre la gracia y la belleza de la juventud puestas en concordancia con el devenir del tiempo, entiendo que sigue vigente. Y no porque ofrezca respuestas, sino porque plantea una pregunta rigurosamente pertinente: ¿Cómo vivir con intensidad sabiendo que todo cambia? Un interrogante que me da mucho que pensar.

En uno de los pasajes más citados de Retorno a Tipasa, Albert Camus escribe una frase memorable: «En medio del invierno, aprendí por fin que había en mí un verano invencible». Esa sentencia ha sido repetida hasta desgastarla porque su potencia sigue intacta, pues condensa una de las tensiones más fértiles de la literatura: la lucha entre el paso del tiempo y la persistencia de una concreta forma de felicidad. Ese conflicto —entre lo vivido y lo recordado, entre la celebración y la pérdida— articula no solo la obra de Camus, sino una amplia tradición de textos híbridos, a medio camino entre el ensayo, la crónica y la autobiografía, que llega con fuerza hasta el periodismo literario contemporáneo.

En Bodas en Tipasa, escrito en los años treinta, Camus propone una ética de la intensidad; plantea vivir sin trascendencia, pero con plenitud sensorial. El paisaje mediterráneo no es aquí mero decorado, sino el argumento que enhebra las ruinas romanas, el sol, el mar, el cuerpo joven... Allí la felicidad es inmediata, casi irresponsable. Sin embargo, en Retorno a Tipasa, publicado quince años después, se revisita el mismo escenario que ahora se convierte en un espacio de contrastes. El autor regresa, pero ya no es el mismo. La experiencia ha sedimentado; el tiempo ya no se disuelve, sino que se acumula. La alegría persiste, sí, pero ya no es gratuita. Esta evolución —de la celebración a la toma de conciencia— es clave para entender la deriva posterior de muchos escritores.

El contrapunto más citado a esa mirada de Camus es Babilonia revisitada, de Francis Scott Fitzgerald (1931), relato en el que se narra el regreso de un hombre a los escenarios de su juventud en el París de los años veinte. Donde aquel encuentra una forma de reconciliación con el tiempo, Fitzgerald ofrece una visión devastadora: las ruinas no son bellas, sino personales. El pasado no ilumina, acusa. La diferencia es enormemente significativa. En Camus, el regreso permite reconstruir un determinado sentido, mientras en Fitzgerald solo confirma la pérdida. Ambos textos comparten estructura —un retorno físico que activa una reflexión moral—, pero divergen en su conclusión; mientras uno apuesta por una lucidez vitalista, el otro aboga por una sagacidad trágica.

Esa tensión, con ligeras variaciones, ha sido heredada y cultivada por numerosos autores contemporáneos en lengua castellana. En el periodismo literario actual, creadores como Jabois han recuperado ese gesto «camusiano» de escribir desde un lugar concreto para pensar el tiempo. Sus columnas en El País suelen partir de una escena cotidiana –un viaje, un recuerdo, un paisaje– para escalar hacia una reflexión sobre la memoria y la identidad. A diferencia de Camus, Jabois introduce una ironía que matiza la nostalgia, pues considera que el pasado no es solo un territorio perdido, sino también una construcción narrativa. Sin embargo, la estructura de sus relatos es plenamente reconocible: evocación, contraste y aprendizaje.

Algo similar ocurre en la obra de Antonio Muñoz Molina, especialmente en textos como Ventanas de Manhattan (2004). Aquí el desplazamiento es más psíquico que físico. El autor reflexiona sobre ciudades como Nueva York o Lisboa desde la distancia, combinando experiencia personal y referencias culturales. Su escritura es más analítica que la de Camus, menos sensorial, pero comparte la misma preocupación por el tiempo y la memoria. Si en Camus el cuerpo es el núcleo central, en Muñoz Molina lo es la mirada; ver es comprender, y comprender implica asumir la transformación de lo vivido.

Por su parte, Enrique Vila-Matas lleva esta tradición hacia un terreno más literario y autorreferencial. En París no se acaba nunca (2003), el regreso a esa ciudad se convierte en un juego de espejos entre el pasado real y el imaginado. La juventud aparece como un relato en construcción, influido por lecturas y mitologías personales. Frente a la claridad ética de Camus, Vila-Matas introduce la ambigüedad: ni está claro qué fue exactamente lo vivido, ni si importa. La memoria deja de ser un depósito de verdades para convertirse en una forma de ficción.

Sergio del Molino, más inclinado al ensayo cultural, utiliza el territorio como eje de reflexión. En sus textos sobre la llamada «España vacía», el paisaje no solo evoca el pasado, sino que plantea preguntas sobre identidad colectiva y transformación social. Aquí el componente existencial se amplía; no se trata solo de cómo cambia el individuo, sino de cómo lo hacen los lugares y lo que representan. En este sentido, su obra dialoga con la de Camus en la medida en que ambos entienden el espacio como algo más que un escenario porque realmente es un interlocutor.

Una línea distinta, aunque relacionada, es la de Leila Guerriero. Sus crónicas, publicadas en medios como La Nación o El País, se centran más en otros que en sí misma, pero cuando aborda el paso del tiempo, lo hace con una precisión que recuerda a Fitzgerald. En sus textos, el regreso –a una persona, a un lugar– suele revelar fracturas más que continuidades. No hay verano invencible, sino huellas de desgaste. Su estilo, más contenido, evita la reflexión explícita, pero la sugiere a través de los detalles.

Si se reflexiona sobre lo que aporta la obra de este abanico de escritores, emergen rasgos comunes que, en mi opinión, definen un concreto tipo de escritura. En primer lugar, la importancia que cobran los lugares, sean Tipasa, París, Lisboa o un pueblo vacío. No son escenarios neutros, sino espacios cargados de significado. En segundo lugar, el uso del regreso como dispositivo narrativo; volver permite comparar, medir, entender. En tercer lugar, el recurso a la mezcla de géneros (ensayo, memoria, crónica). Finalmente, una preocupación constante por el tiempo: cómo pasa, qué deja, qué se puede rescatar.

Pero no solo las concomitancias, también las diferencias entre estos creadores son igualmente reveladoras. Camus apuesta por una forma de reconciliación: el pasado puede integrarse en una ética del presente. En cambio, Fitzgerald subraya la irreversibilidad de la pérdida. Otros autores contemporáneos oscilan entre ambos polos. Así, Jabois y Muñoz Molina tienden hacia una melancolía matizada, donde la conciencia del tiempo no anula la posibilidad de sentido. Vila-Matas, sin embargo, introduce el escepticismo narrativo: el pasado es, en parte, una invención. Y Guerriero se inclina más hacia el desencanto: lo que fue no vuelve, y su huella es ambigua.

En un momento en que cierto periodismo busca recuperar los viejos enfoques de la profundidad y la trascendencia, este tipo de textos tal vez representa una propuesta a la que recurrir, pues, como dije, frente a la inmediatez informativa, proponen una escritura lenta y reflexiva que conecta experiencia individual y tradición literaria. En ese sentido, entiendo que la lección de Camus sigue vigente. Y, quizá por ello, Tipasa sigue siendo un lugar literario antes que geográfico. No importa tanto si las ruinas son exactamente como las describió Camus, sino lo que representan, que no es sino la posibilidad de que, incluso entre restos y recuerdos, persista algo parecido a un verano invencible.