domingo, 7 de junio de 2026

Literatura del regreso

Recientemente, mi amigo Pascual enviaba al grupo de WhatsApp que compartimos una columna periodística, Tipasa, escrita por Manuel Jabois para el diario El País, elogiando su hermosura y recomendando su lectura. Como la había leído de buena mañana, mientras esperaba en la antesala de una consulta médica, le respondí casi inmediatamente, corroborando su apreciación. En el mensaje reiteraba mi admiración por los profesionales que –como Jabois, Muñoz Molina, Sergio del Molino, Leila Guerriero, Vila-Matas o Llamazares– anteponen a la inmediatez informativa del periodismo su escritura lenta y reflexiva, que conecta experiencia personal con tradición literaria y que no es proclive a la nostalgia, sino partidaria de la comprensión, es decir, de utilizar el pasado para meditar sobre el presente. En ese sentido, la lección de Camus sobre la gracia y la belleza de la juventud puestas en concordancia con el devenir del tiempo, entiendo que sigue vigente. Y no porque ofrezca respuestas, sino porque plantea una pregunta rigurosamente pertinente: ¿Cómo vivir con intensidad sabiendo que todo cambia? Un interrogante que me da mucho que pensar.

En uno de los pasajes más citados de Retorno a Tipasa, Albert Camus escribe una frase memorable: «En medio del invierno, aprendí por fin que había en mí un verano invencible». Esa sentencia ha sido repetida hasta desgastarla porque su potencia sigue intacta, pues condensa una de las tensiones más fértiles de la literatura: la lucha entre el paso del tiempo y la persistencia de una concreta forma de felicidad. Ese conflicto —entre lo vivido y lo recordado, entre la celebración y la pérdida— articula no solo la obra de Camus, sino una amplia tradición de textos híbridos, a medio camino entre el ensayo, la crónica y la autobiografía, que llega con fuerza hasta el periodismo literario contemporáneo.

En Bodas en Tipasa, escrito en los años treinta, Camus propone una ética de la intensidad; plantea vivir sin trascendencia, pero con plenitud sensorial. El paisaje mediterráneo no es aquí mero decorado, sino el argumento que enhebra las ruinas romanas, el sol, el mar, el cuerpo joven... Allí la felicidad es inmediata, casi irresponsable. Sin embargo, en Retorno a Tipasa, publicado quince años después, se revisita el mismo escenario que ahora se convierte en un espacio de contrastes. El autor regresa, pero ya no es el mismo. La experiencia ha sedimentado; el tiempo ya no se disuelve, sino que se acumula. La alegría persiste, sí, pero ya no es gratuita. Esta evolución —de la celebración a la toma de conciencia— es clave para entender la deriva posterior de muchos escritores.

El contrapunto más citado a esa mirada de Camus es Babilonia revisitada, de Francis Scott Fitzgerald (1931), relato en el que se narra el regreso de un hombre a los escenarios de su juventud en el París de los años veinte. Donde aquel encuentra una forma de reconciliación con el tiempo, Fitzgerald ofrece una visión devastadora: las ruinas no son bellas, sino personales. El pasado no ilumina, acusa. La diferencia es enormemente significativa. En Camus, el regreso permite reconstruir un determinado sentido, mientras en Fitzgerald solo confirma la pérdida. Ambos textos comparten estructura —un retorno físico que activa una reflexión moral—, pero divergen en su conclusión; mientras uno apuesta por una lucidez vitalista, el otro aboga por una sagacidad trágica.

Esa tensión, con ligeras variaciones, ha sido heredada y cultivada por numerosos autores contemporáneos en lengua castellana. En el periodismo literario actual, creadores como Jabois han recuperado ese gesto «camusiano» de escribir desde un lugar concreto para pensar el tiempo. Sus columnas en El País suelen partir de una escena cotidiana –un viaje, un recuerdo, un paisaje– para escalar hacia una reflexión sobre la memoria y la identidad. A diferencia de Camus, Jabois introduce una ironía que matiza la nostalgia, pues considera que el pasado no es solo un territorio perdido, sino también una construcción narrativa. Sin embargo, la estructura de sus relatos es plenamente reconocible: evocación, contraste y aprendizaje.

Algo similar ocurre en la obra de Antonio Muñoz Molina, especialmente en textos como Ventanas de Manhattan (2004). Aquí el desplazamiento es más psíquico que físico. El autor reflexiona sobre ciudades como Nueva York o Lisboa desde la distancia, combinando experiencia personal y referencias culturales. Su escritura es más analítica que la de Camus, menos sensorial, pero comparte la misma preocupación por el tiempo y la memoria. Si en Camus el cuerpo es el núcleo central, en Muñoz Molina lo es la mirada; ver es comprender, y comprender implica asumir la transformación de lo vivido.

Por su parte, Enrique Vila-Matas lleva esta tradición hacia un terreno más literario y autorreferencial. En París no se acaba nunca (2003), el regreso a esa ciudad se convierte en un juego de espejos entre el pasado real y el imaginado. La juventud aparece como un relato en construcción, influido por lecturas y mitologías personales. Frente a la claridad ética de Camus, Vila-Matas introduce la ambigüedad: ni está claro qué fue exactamente lo vivido, ni si importa. La memoria deja de ser un depósito de verdades para convertirse en una forma de ficción.

Sergio del Molino, más inclinado al ensayo cultural, utiliza el territorio como eje de reflexión. En sus textos sobre la llamada «España vacía», el paisaje no solo evoca el pasado, sino que plantea preguntas sobre identidad colectiva y transformación social. Aquí el componente existencial se amplía; no se trata solo de cómo cambia el individuo, sino de cómo lo hacen los lugares y lo que representan. En este sentido, su obra dialoga con la de Camus en la medida en que ambos entienden el espacio como algo más que un escenario porque realmente es un interlocutor.

Una línea distinta, aunque relacionada, es la de Leila Guerriero. Sus crónicas, publicadas en medios como La Nación o El País, se centran más en otros que en sí misma, pero cuando aborda el paso del tiempo, lo hace con una precisión que recuerda a Fitzgerald. En sus textos, el regreso –a una persona, a un lugar– suele revelar fracturas más que continuidades. No hay verano invencible, sino huellas de desgaste. Su estilo, más contenido, evita la reflexión explícita, pero la sugiere a través de los detalles.

Si se reflexiona sobre lo que aporta la obra de este abanico de escritores, emergen rasgos comunes que, en mi opinión, definen un concreto tipo de escritura. En primer lugar, la importancia que cobran los lugares, sean Tipasa, París, Lisboa o un pueblo vacío. No son escenarios neutros, sino espacios cargados de significado. En segundo lugar, el uso del regreso como dispositivo narrativo; volver permite comparar, medir, entender. En tercer lugar, el recurso a la mezcla de géneros (ensayo, memoria, crónica). Finalmente, una preocupación constante por el tiempo: cómo pasa, qué deja, qué se puede rescatar.

Pero no solo las concomitancias, también las diferencias entre estos creadores son igualmente reveladoras. Camus apuesta por una forma de reconciliación: el pasado puede integrarse en una ética del presente. En cambio, Fitzgerald subraya la irreversibilidad de la pérdida. Otros autores contemporáneos oscilan entre ambos polos. Así, Jabois y Muñoz Molina tienden hacia una melancolía matizada, donde la conciencia del tiempo no anula la posibilidad de sentido. Vila-Matas, sin embargo, introduce el escepticismo narrativo: el pasado es, en parte, una invención. Y Guerriero se inclina más hacia el desencanto: lo que fue no vuelve, y su huella es ambigua.

En un momento en que cierto periodismo busca recuperar los viejos enfoques de la profundidad y la trascendencia, este tipo de textos tal vez representa una propuesta a la que recurrir, pues, como dije, frente a la inmediatez informativa, proponen una escritura lenta y reflexiva que conecta experiencia individual y tradición literaria. En ese sentido, entiendo que la lección de Camus sigue vigente. Y, quizá por ello, Tipasa sigue siendo un lugar literario antes que geográfico. No importa tanto si las ruinas son exactamente como las describió Camus, sino lo que representan, que no es sino la posibilidad de que, incluso entre restos y recuerdos, persista algo parecido a un verano invencible.


 

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