sábado, 20 de junio de 2026

Contra la resignación europea

Hay distopías que inquietan por lo que imaginan y otras que lo hacen porque reconocemos en ellas buena parte de nuestro presente. Algunas de las recientes, focalizadas en nuestros días, exploran temáticas muy ligadas a aspectos de la realidad inmediata, como la hipervigilancia corporativa, las crisis climáticas extremas o el impacto deshumanizador de la inteligencia artificial. A diferencia de los clásicos, estas obras plantean colapsos que se originan y desarrollan en nuestra propia época.

Algo de ello aporta Arancha González Laya –ministra de Asuntos Exteriores (2020-21) y directora del Centro de Comercio Internacional de la ONU (2013-20)– en un pequeño ensayo publicado por El País, donde adelanta parte del contenido de un capítulo de su libro Solos en el mundo: Estados Unidos amenaza, Rusia hace la guerra, China reconstruye un imperio… ¿Y Europa? (Arpa, 2026). El ensayo, en el que aborda una hipotética Europa en 2049, pertenece a la segunda categoría distópica porque no describe un apocalipsis repentino ni una invasión extraterrestre, sino algo mucho más perturbador, como es la lenta victoria de la resignación.

La exministra construye un relato de política ficción cuyo punto de partida es la caída de Ucrania. Sin embargo, el verdadero protagonista del texto no es Rusia, ni tampoco China, ni siquiera Estados Unidos. La protagonista indiscutible es Europa y su progresiva y empedernida renuncia a actuar. La pesadilla que plantea González Laya no radica meramente en que Vladímir Putin logre sus objetivos; apunta a que las democracias europeas acepten, por cansancio, comodidad o cálculo económico, que la fuerza sustituya al derecho como principio organizador de las relaciones internacionales.

Describe un escenario en el que la invasión de Ucrania deja de ser una agresión intolerable para convertirse en un hecho consumado. La reapertura del Nord Stream, la normalización de las relaciones con Moscú y la subordinación de los principios a las necesidades energéticas simbolizan una idea extraordinariamente alarmante, que se resume en que las sociedades libres pueden acostumbrarse a cualquier cosa si el precio de resistir resulta demasiado elevado. El horror político de esta visión no reside únicamente en la consolidación de la expansión rusa, sino especialmente en la demostración de que la libertad carece de defensores cuando exige grandes sacrificios.

La autora imagina, adicionalmente, un mundo donde China alcanza la hegemonía sin necesidad de exhibirla. Logra así una imagen especialmente poderosa porque invierte la lógica tradicional del poder. Pekín no domina mediante las conquistas militares, sino a través de infraestructuras, contratos, cadenas de suministro y dependencia tecnológica. Es un imperio silencioso, eficiente y aparentemente racional. Y precisamente por eso resulta mucho más inquietante.

Quizá la parte más sombría del ensayo sea la dedicada a Estados Unidos. No porque describa una dictadura clásica, sino porque retrata una degradación democrática compatible con la apariencia de normalidad, que incluye referendos digitales manipulados por algoritmos, ciudadanos que delegan su voto en sistemas automáticos, educación fragmentada por burbujas ideológicas y una política transformada en entretenimiento permanente. La advertencia es clara: las democracias no siempre mueren mediante golpes de Estado; también pueden vaciarse desde dentro hasta conservar únicamente sus rituales.

Sin embargo, el núcleo emocional del texto radica en la descripción de Europa. La Unión Europea no desaparece. Continúan existiendo el Parlamento, la Comisión, los reglamentos y fondos europeos, etc. Todo funciona como si nada hubiese sucedido. Es precisamente aquí donde reside el espanto. Porque la distopía que plantea González Laya no es la destrucción de Europa, sino su supervivencia sin propósitos que la justifiquen.

De manera que la Unión Europea aparece convertida en una maquinaria administrativa impecable, capaz de gestionar mercados, supervisar normas y distribuir recursos, pero incapaz de defender una visión del mundo. Es una Europa sin voluntad histórica, sin ambición política y sin capacidad de influencia.

Como decía, la autora sugiere que las civilizaciones no siempre colapsan envueltas en llamas. A veces perviven durante décadas mientras pierden lentamente aquello que en un cierto tiempo justificó su existencia. Por eso, este ensayo aspira a ser menos una predicción que una advertencia moral. Su mensaje fundamental no es que Rusia vaya a dominar Eurasia, que China imponga un nuevo orden o que Estados Unidos degrade su democracia. Su mensaje nuclear es que cualquiera de las tres posibilidades es evitable.

De modo que la pregunta que traspasa todo el texto es otra: ¿qué ocurre cuando una sociedad deja de creer en sí misma? Y la respuesta que ofrece González Laya es devastadora. Ocurre que otros decidirán por ella. Y, en última instancia, esa es la verdadera distopía que plantea su ensayo. No concibe un futuro de tiranos omnipotentes, sino otro construido sobre la pasividad de quienes pudieron evitar la hecatombe y eligieron no hacerlo.



No hay comentarios:

Publicar un comentario