Algunas enfermedades tienen un punto de no retorno que no siempre es fácil de identificar, pues rara vez coincide con un diagnóstico concreto, una prueba médica o una fecha señalada en el calendario. Más bien se parece a esas fronteras invisibles que solo reconocemos cuando ya las hemos cruzado. Durante su curso, frecuentemente nos autoengañamos y creemos que todo continúa siendo más o menos igual, es decir, que las mermas son transitorias, que las fuerzas retornarán y que la vida todavía conserva sus automatismos más sólidos. Sin embargo, en un determinado momento algo cambia de naturaleza, y entonces la percepción de la enfermedad deja de ser una circunstancia para convertirse en el paisaje primordial donde se despliega la vida.
Cada enfermedad tiene su curso, sus ritmos y sus peculiaridades; no hay dos historias patológicas idénticas. Incluso quienes comparten el mismo diagnóstico transitan itinerarios distintos, con velocidades diferentes y sintomatologías dispares e incluso antagónicas. Los médicos lo saben y las familias también. Sin embargo, pese a esa irreductible diversidad, existe un rasgo común característico de quienes alcanzan el umbral del que ya no se regresa: la concentración de la atención sobre uno mismo. Ello no es el resultado de una decisión consciente o de un deterioro moral. Tampoco es consecuencia de una renuncia deliberada a lo que nos aportan los demás. Es algo más profundo y a la vez más elemental. A medida que disminuyen las fuerzas, la enfermedad va ocupando un espacio mayor y el cuerpo reclama una atención continuada. El dolor, la fatiga, la dificultad para respirar, para caminar o simplemente para mantenerse despierto, demandan tal cantidad de energía que apenas queda una ínfima reserva para atender lo que necesita todo lo demás.
Así, poco a poco, el mundo exterior va perdiendo relieve, las noticias dejan de interesar, los proyectos ajenos se intuyen remotos y las conversaciones se reducen al prosaísmo de lo inmediato. Los problemas de los demás, incluso los de las personas más queridas, se valoran con indiferencia, como piezas de una realidad que ya no es la propia. La conciencia se repliega sobre sí misma, como una ciudad sitiada que concentra todos los recursos en la defensa de sus murallas. Se trata de un fenómeno que sorprende, especialmente cuando aqueja a personas cuyas vidas fueron particularmente generosas. Hombres y mujeres que vivieron atentos a las necesidades ajenas y sacrificaron tiempo, esfuerzo y bienestar en favor de los demás. Personas solidarias, hospitalarias, desprendidas que, paradójica e incomprensiblemente, terminan inmersas en ese ineludible repliegue.
Ciertamente, no se trata de una actitud egoísta. Resulta fácil enfocarla así, pero ello es inexacto. El egoísmo implica una elección, pues supone anteponer el interés propio al de los demás. Y en este asunto ocurre algo muy distinto, pues lo que se produce es una limitación progresiva de los recursos disponibles, que acaba condicionándolo todo. Igual que un organismo en situación extrema dirige la sangre hacia los órganos imprescindibles para la supervivencia, la conciencia enferma concentra sus energías en mantener en pie aquello que todavía puede sostener.
Es incuestionable que la enfermedad va estrechando progresivamente el horizonte. La vieja plaza abierta, en la que confluía una intrincada red de caminos, se resume ahora en un angosto sendero. No porque la persona haya dejado de amar a quienes le corresponden o porque haya perdido su sentido moral. Simplemente, porque cada gesto, cada pensamiento y cada decisión reclaman un esfuerzo ímprobo que hace que la realidad entera termine reduciéndose a una escala mucho más párvula y exigente.
Quizá por eso muchos cuidadores de enfermos graves y crónicos experimentan una cierta perplejidad, e incluso perciben una suerte de herida tácita y silente. Les cuesta comprender que alguien que siempre ha sido atento con los demás apenas pregunte nada, que muestre desinterés por asuntos que antes le inquietaban, que parezca habitar en exclusiva un territorio privativo donde los demás solo irrumpen circunstancialmente. Probablemente, esa transformación no es el resultado de una pérdida de afecto, sino la consecuencia inevitable de la fragilidad. La enfermedad obliga a mirar hacia dentro, de una manera radical, incluso brutal. Nos revela hasta qué punto dependemos de un cuerpo que estuvimos ninguneando mientras funcionó. Y nos enseña que practicar la autonomía, la curiosidad o la generosidad requiere una esencial reserva de energía.
Hay algo profundamente humano en esa retirada que no es admirable ni ejemplar, pero tampoco vergonzosa. Simplemente, es humana. Tal vez con ella comienza el declive definitivo, que no es el final inmediato, sino el pórtico de una región gobernada por otras leyes. Un territorio donde el futuro pierde importancia y el presente alcanza la categoría de absoluto, en donde las expectativas se reducen y las certezas desaparecen, en donde el mundo exterior sigue girando con su velocidad habitual mientras uno empieza a distanciarse de él lenta e irremediablemente.
Los antiguos comparaban la muerte con los viajes. En la actualidad, la metáfora conserva su sentido porque expresa perfectamente la percepción del alejamiento progresivo. En general, no se abandona la vida de sopetón; antes existe una distancia que crece y produce una separación lenta, una suerte de despedida que ni siquiera se formula con palabras.
Quienes no creemos en la prolongación de la existencia más allá de la muerte tendemos a contemplar ese proceso con una mezcla de lucidez y desconcierto. Sabemos que no conduce a otra parte, que no hay una estación de llegada ni una promesa ulterior. Y precisamente por eso resulta tan revelador observar cómo la conciencia, al acercarse a su límite, va desprendiéndose poco a poco de aquello que la vinculaba al mundo. No parece una elección, se asemeja más a una ley natural. Es como si la vida, al aproximarse a su término, necesitara recogerse sobre sí misma. Como si para extinguirse tuviera antes que concentrarse. Como si, llegado ese punto de no retorno, el ser humano emprendiera una postrera y silenciosa tarea: la de habitarse a sí mismo hasta el final.

Gracias por poner en palabras todo lo que yo no sabía expresar
ResponderEliminarGracias a ti por leerme.
EliminarTriste pero así es con tu lectura he comprendido una actitud de mi familia al no comprender la soledad en la que me siento inmersa
ResponderEliminar¡Ay, la soledad! Esa desconocida y omnipresente plaga de las sociedades actuales.
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