jueves, 10 de abril de 2014

Mariposas gamma.

Como aconteció en los últimos veinte o treinta años, es probable que estos días se esté preparando en el norte de África una nueva oleada migratoria, la plaga anual de las mariposas plusia o gamma (autographa gamma), denominadas así por el dibujo plateado que tienen en sus alas anteriores, que en los primeros días de junio se extenderá con toda probabilidad por buena parte de España. Será un alud de insectos inofensivos para el ser humano que, haciendo un alto en su ciclo migratorio al norte europeo, invadirá campos, jardines y casas, alimentándose de plantas silvestres y cultivos de hortalizas, legumbres y forrajes. Son lepidópteros de color marrón, que miden alrededor de cuatro centímetros y que se reproducen tres o cuatro veces durante la primavera y el verano. La vida de cada uno de ellos apenas dura tres semanas, pero antes de morir pone más de mil huevos.

Los entomólogos aseguran que estos insectos no pican ni transmiten gérmenes patógenos. Dicen, asimismo, que tampoco dañan los tejidos, ni sus orugas producen urticaria. De modo que en absoluto son peligrosos, solo un poco molestos. De hecho sienten una gran atracción por la luz y por ello se empeñan en introducirse por las noches en las casas y dependencias iluminadas que habitamos los humanos, amenizando nuestro descanso con su zumbido. Parece que el mejor antídoto frente a ello es cerrar las ventanas a cal y canto y tener paciencia, porque su visita apenas durará unos días.

Cuando la mariposa gamma nos visita, se quiebra la monotonía y acontecen escenas novedosas y divertidas. Así, por ejemplo, no es raro que los profesores, acechados por los primeros calores primaverales, decidan abrir las ventanas de las aulas, dejándolas expuestas a la eventual invasión de flotillas de mariposas que sorprenden y hasta horrorizan al alumnado con su revoloteo. Cuando ello ocurre, en las clases se entremezclan las carreras y los gritos histéricos con la caza de los inofensivos insectos a librazos, ‘cuadernazos’ y 'reglazos'. Por momentos, la diversión se impone al rigor académico, haciendo imposible la actividad docente en un escenario novedoso, que gusta tanto a los estudiantes como disgusta a los profesores.

Pero en los últimos años, el aleteo de este insecto ha provocado otros zumbidos que agitan lo que ahora se denominan redes sociales. Facebook, Twitter... entran en efervescencia, haciéndose eco de las perturbaciones y el asco que producen los animalitos entre los usuarios urbanitas. De modo que las llamadas a la resignación o las preguntas acerca de qué spray es mejor para combatirlos se convierten en trending topics a las pocas horas.

A veces, cobra fuerza la tentación de recurrir al uso indiscriminado de insecticidas pese a la opinión de los expertos, que sostienen que es una decisión que entraña graves riesgos para las personas porque puede generar intoxicaciones, alergias o erupciones en la piel.  Pero cada año cuesta más defender la opción de que frente al matamoscas hay otras alternativas como, por ejemplo, encender una luz fuera de casa o, simplemente,  esperar a que se vayan, porque lo harán en menos de una semana.

Cada vez que veo a un muchacho trepando o subido a una farola en la valla que separa Ceuta de Marruecos, a un centroafricano famélico o a una mujer embarcados en un cascarón de nuez a la deriva en el Atlántico o cerca de Lampedusa me acuerdo de las mariposas gamma. Y no porque me traicione mi inconsciente haciendo un paralelismo imposible entre ambos fenómenos. Lo que asocia mi conciencia son las soluciones naturales que ambos fenómenos tienen, en mi opinión. El viaje y la molestia circunstancial que producen las mariposas responden a un ciclo migratorio secular determinado por las condiciones ambientales. Limitémonos a respetar el ciclo. Genera muchos más beneficios que eventuales perjuicios. Por el contrario, las migraciones humanas obedecen a flujos, no a ciclos. Y esos flujos suelen originarlos cambios radicales en las condiciones vitales, que han hecho que en muchos lugares, en los que hasta hace pocos años se podía sobrevivir razonablemente bien, la vida se haya hecho insoportable por causa de una actividad humana desbocada y desregulada. En ellos se han universalizado las hambrunas y los sufrimientos por las rapiñas, las expoliaciones salvajes de los recursos y, en suma, por el abuso sistemático de grupos étnicos, políticos y económicos locales y foráneos.

Los ciclos atmosféricos y/o biológicos son difícilmente combatibles porque forman parte de la esencia biológica de los géneros y de las especies animales que, en su lucha por la supervivencia, han adaptado su morfología y sus comportamientos vitales a ellos. Por el contrario, los flujos migratorios generados por la alteración de las condiciones de vida en los territorios sí son reversibles. Y estamos obligados a actuar para detenerlos y reconducirlos porque no interesan a nadie, ni a quienes emigran ni a quienes los acogen. Mientras la supervivencia razonable es posible, muy pocas personas desean salir del territorio donde han nacido. Por ello, en mi humilde opinión, tan disparatado e inútil es intentar combatir a las mariposas con insecticidas, como intentar poner puertas infranqueables a los confines de Europa. Las soluciones deben llegar a través de actuaciones más estructurales y menos perentorias. ¿A qué esperamos para activarlas?

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