Como
aconteció en los últimos veinte o treinta años, es probable que estos días se
esté preparando en el norte de África una nueva oleada migratoria, la plaga anual
de las mariposas plusia o gamma (autographa
gamma), denominadas así por el dibujo plateado que tienen en sus alas anteriores,
que en los primeros días de junio se extenderá con toda probabilidad por buena
parte de España. Será un alud de insectos inofensivos para el ser humano que,
haciendo un alto en su ciclo migratorio al norte europeo, invadirá campos,
jardines y casas, alimentándose de plantas silvestres y cultivos de hortalizas,
legumbres y forrajes. Son lepidópteros de color marrón, que miden alrededor de
cuatro centímetros y que se reproducen tres o cuatro veces durante la primavera
y el verano. La vida de cada uno de ellos apenas dura tres semanas, pero antes
de morir pone más de mil huevos.
Los
entomólogos aseguran que estos insectos no pican ni transmiten gérmenes
patógenos. Dicen, asimismo, que tampoco dañan los tejidos, ni sus orugas
producen urticaria. De modo que en absoluto son peligrosos, solo un poco
molestos. De hecho sienten una gran atracción por la luz y por ello se empeñan
en introducirse por las noches en las casas y dependencias iluminadas que
habitamos los humanos, amenizando nuestro descanso con su zumbido. Parece que
el mejor antídoto frente a ello es cerrar las ventanas a cal y canto y tener
paciencia, porque su visita apenas durará unos días.
Cuando
la mariposa gamma nos visita, se quiebra la monotonía y acontecen escenas novedosas
y divertidas. Así, por ejemplo, no es raro que los profesores, acechados por
los primeros calores primaverales, decidan abrir las ventanas de las aulas,
dejándolas expuestas a la eventual invasión de flotillas de mariposas que
sorprenden y hasta horrorizan al alumnado con su revoloteo. Cuando ello ocurre,
en las clases se entremezclan las carreras y los gritos histéricos con la caza
de los inofensivos insectos a librazos, ‘cuadernazos’ y 'reglazos'. Por momentos,
la diversión se impone al rigor académico, haciendo imposible la actividad docente en un escenario novedoso, que gusta tanto a los estudiantes como
disgusta a los profesores.
Pero
en los últimos años, el aleteo de este insecto ha provocado otros zumbidos que agitan
lo que ahora se denominan redes sociales. Facebook, Twitter... entran en
efervescencia, haciéndose eco de las perturbaciones y el asco que producen los
animalitos entre los usuarios urbanitas. De modo que las llamadas a la
resignación o las preguntas acerca de qué spray es mejor para combatirlos se
convierten en trending topics a las
pocas horas.
A
veces, cobra fuerza la tentación de recurrir al uso indiscriminado de
insecticidas pese a la opinión de los expertos, que sostienen que es una
decisión que entraña graves riesgos para las personas porque puede generar
intoxicaciones, alergias o erupciones en la piel. Pero cada año cuesta más defender la opción de
que frente al matamoscas hay otras alternativas como, por ejemplo, encender una luz
fuera de casa o, simplemente, esperar a
que se vayan, porque lo harán en menos de una semana.
Cada
vez que veo a un muchacho trepando o subido a una farola en la valla que separa
Ceuta de Marruecos, a un centroafricano famélico o a una mujer embarcados en un
cascarón de nuez a la deriva en el Atlántico o cerca de Lampedusa me acuerdo de las mariposas gamma.
Y no porque me traicione mi inconsciente haciendo un paralelismo imposible
entre ambos fenómenos. Lo que asocia mi conciencia son las soluciones naturales
que ambos fenómenos tienen, en mi opinión. El viaje y la molestia circunstancial
que producen las mariposas responden a un ciclo migratorio secular determinado
por las condiciones ambientales. Limitémonos a respetar el ciclo. Genera muchos
más beneficios que eventuales perjuicios. Por el contrario, las migraciones
humanas obedecen a flujos, no a ciclos. Y esos flujos suelen originarlos cambios
radicales en las condiciones vitales, que han hecho que en muchos lugares, en
los que hasta hace pocos años se podía sobrevivir razonablemente bien, la vida
se haya hecho insoportable por causa de una actividad humana desbocada y
desregulada. En ellos se han universalizado las hambrunas y los sufrimientos
por las rapiñas, las expoliaciones salvajes de los recursos y, en
suma, por el abuso sistemático de grupos étnicos, políticos y económicos locales y foráneos.
Los
ciclos atmosféricos y/o biológicos son difícilmente combatibles porque forman parte
de la esencia biológica de los géneros y de las especies animales que, en su
lucha por la supervivencia, han adaptado su morfología y sus comportamientos
vitales a ellos. Por el contrario, los flujos migratorios generados por la
alteración de las condiciones de vida en los territorios sí son reversibles. Y estamos
obligados a actuar para detenerlos y reconducirlos porque no interesan a nadie,
ni a quienes emigran ni a quienes los acogen. Mientras la
supervivencia razonable es posible, muy pocas personas desean salir del
territorio donde han nacido. Por ello, en mi humilde opinión, tan disparatado e
inútil es intentar combatir a las mariposas con insecticidas, como intentar
poner puertas infranqueables a los confines de Europa. Las soluciones deben llegar
a través de actuaciones más estructurales y menos perentorias. ¿A qué esperamos para
activarlas?
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