Quince años después de las acampadas de la Puerta del Sol, la cuestión que vuelve a plantearse no es tanto si estamos ante un nuevo 15-M como por qué algunas de las condiciones que lo hicieron posible continúan intactas. La respuesta exige mirar más allá de la protesta concreta por la vivienda, pues lo que permanece es una fractura entre las expectativas de una parte importante de la población y su capacidad real para construir una vida autónoma y estable.
En 2011, el lema «juventud sin futuro» condensaba una experiencia generacional. La crisis financiera desencadenada en 2008 había interrumpido abruptamente una trayectoria que parecía casi garantizada: empleo, emancipación, vivienda, formación de una familia y mejora progresiva del nivel de vida. Aquella promesa no desapareció precipitadamente, simplemente dejó de cumplirse para una parte significativa de quienes habían llegado a la edad adulta durante la crisis.
La vivienda se ha convertido en la expresión más visible de esa ruptura. Los datos actuales permiten hacerse una idea de hasta qué punto. Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2025 el 44,3% de las personas de entre 26 y 34 años seguía viviendo con sus padres. Entre quienes permanecían en el hogar familiar, el 47,3% señalaba como razón principal no poder permitirse comprar o alquilar una vivienda.
No se trata, por tanto, de una generación que tarda más en emanciparse. La prolongación de la convivencia familiar podría ser una elección individual, pero los datos muestran que para una proporción considerable de los jóvenes ciudadanos está relacionada con restricciones económicas. De modo que la autonomía personal queda condicionada por el precio de un bien básico.
Aquí emerge una diferencia importante respecto al 15-M original. Entonces la protesta se produjo en el contexto inmediato de una crisis económica devastadora y de un desempleo extraordinariamente elevado. Hoy el problema es más complejo, pues la economía ha recuperado buena parte del terreno perdido, pero el acceso a determinadas condiciones materiales de estabilidad continúa siendo muy difícil. El crecimiento económico no se traduce automáticamente en capacidad de emancipación.
La vivienda constituye el ejemplo más evidente. El Banco de España señala que el aumento de los alquileres desde 2015 ha sido especialmente intenso en las grandes áreas urbanas y que la demanda ha crecido más deprisa que la oferta. El problema afecta particularmente a jóvenes y hogares con menores ingresos.
También la propiedad se ha alejado de las posibilidades de una parte importante de la población joven. El Informe Anual 2025 del Banco de España calculaba que la adquisición de una vivienda en España equivalía en 2024 a 6,8 años de renta neta media; y entre los jóvenes de hasta 35 años, a 7,1 años. En determinadas ciudades el esfuerzo era todavía mayor.
Estos datos acreditan que la precariedad contemporánea no consiste únicamente en tener un salario bajo. Radica en la dificultad para transformar los ingresos obtenidos mediante el trabajo en un proyecto vital relativamente previsible. Un empleo puede permitir subsistir y, al mismo tiempo, resultar insuficiente para alquilar una vivienda, ahorrar, comprarla o afrontar la formación de un hogar.
Ahí reside una de las claves políticas y sociales del problema. El contrato implícito de las sociedades europeas de la segunda mitad del siglo XX vinculaba educación, trabajo y movilidad social. No garantizaba el éxito individual, pero ofrecía una expectativa razonable de progreso. La crisis de 2008 debilitó profundamente ese vínculo y la recuperación posterior no ha reconstruido enteramente la confianza en él.
Por eso resulta insuficiente interpretar las actuales protestas como una simple repetición estética del 15-M. Sin duda, han cambiado las generaciones, las circunstancias económicas y las formas de movilización; sin embargo, persiste una pregunta fundamental: ¿qué posibilidades ofrece ia sociedad a quienes cumplen las reglas básicas que se les han prescrito —estudiar, trabajar, formarse, contribuir— cuando tales obligaciones ya no les aseguran una autonomía material comparable a la de generaciones anteriores?
Adicionalmente, la cuestión afecta a grupos que desbordan la categoría demográfica «juventud». La dificultad para acceder a una vivienda puede afectar a trabajadores con empleos estables, a familias monoparentales, a personas migrantes o a hogares vulnerables. La precariedad ha dejado de ser la puerta de entrada a la vida adulta pudiendo convertirse en una condición que se adentra profundamente en esa etapa vital.
De ahí que resulte erróneo considerar resuelto el problema, simplemente porque aquella generación ha envejecido. Quienes tenían veinte años en 2011 tienen hoy alrededor de treinta y cinco. Algunos han consolidado sus vidas, mientras otros muchos han encadenado empleos, alquileres, mudanzas y retrasos en proyectos familiares. Lo cierto es que la edad cronológica avanza sin que progresen paralelamente determinadas transiciones sociales, que permanecen bloqueadas.
El fracaso, por tanto, no puede medirse únicamente por la supervivencia o la extinción de una protesta. Debe medirse por la capacidad de la sociedad para transformar el crecimiento económico en seguridad material, autonomía y expectativas razonables de futuro.
En este sentido, el 15-M fue menos un episodio que un síntoma. Las tiendas de campaña desaparecieron, las organizaciones políticas cambiaron y muchos de sus protagonistas ocuparon puestos en las instituciones. Pero las preguntas que estaban detrás de aquellas plazas no desaparecieron con ellas. Algunas incluso se han hecho más concretas: ¿cuánto cuesta independizarse?, ¿cuánto tiempo se necesita para comprar una vivienda? o ¿qué parte del salario debe sacrificarse para conservar un techo?
Quince años después, quizá esa sea la verdadera continuidad del 15-M. No que vuelvan las mismas consignas, sino que persista la distancia entre la promesa de una vida autónoma y las condiciones materiales necesarias para hacerla posible. Mientras esa distancia se mantenga o se ensanche, aquella protesta seguirá perteneciendo menos al pasado que al presente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario