sábado, 15 de agosto de 2026

Pedro Sánchez: la política de la mirada larga y los pasos cortos

Hay dirigentes que gobiernan desde la convicción y otros desde la doctrina. Pedro Sánchez pertenece a una tercera categoría, menos frecuente y más difícil de interpretar: la del político adaptativo. Su rasgo esencial no es tanto la fidelidad a una ideología inmutable como la capacidad para modificar posiciones, alianzas y discursos sin perder de vista un objetivo estratégico. En él hay algo de pragmatismo, algo de oportunismo —la frontera entre ambos depende en buena medida del juicio del observador— y, sobre todo, una extraordinaria capacidad de supervivencia.

Su trayectoria política contiene una paradoja que explica buena parte de su personalidad. El hombre al que en 2016 su propio partido expulsó de la Secretaría General regresó menos de un año después mediante unas primarias que derrotaron al aparato socialista. El episodio construyó el núcleo mítico de su liderazgo: resistencia frente a las élites, voluntad de poder y capacidad para convertir una derrota aparentemente definitiva en una plataforma de reconstrucción. El análisis de CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs) subraya precisamente aquella combinación de resistencia, enfrentamiento con el establishment socialista y posterior transformación de sus posiciones territoriales y estratégicas.

Desde entonces, Sánchez ha gobernado como quien atraviesa un río sobre piedras movedizas. La moción de censura de 2018, la coalición con Unidas Podemos, la gestión de la pandemia, la negociación europea de los fondos de recuperación, los acuerdos con fuerzas nacionalistas, la amnistía, la guerra de Ucrania, Gaza, las tensiones con Estados Unidos y, ahora, las sucesivas crisis migratorias y geopolíticas han exigido una política de adaptación permanente.

Su método podría resumirse en una sencilla frase: mirada larga, pasos cortos. Es decir, no necesita ganar cada batalla si conserva la posibilidad de disputar la siguiente. O dicho de otro modo, un superviviente que ha convertido la adaptación en método.

La oposición interpreta esta plasticidad como oportunismo. Una parte de su propio partido la percibe, en cambio, como una concentración excesiva del poder y una subordinación de la organización socialista a las necesidades del presidente. Ambas críticas contienen elementos de verdad, pero ninguna explica por completo el fenómeno Sánchez.

Su fortaleza reside precisamente en haber comprendido antes que sus adversarios que la política contemporánea se desarrolla en condiciones de incertidumbre permanente. Las mayorías estables han sido sustituidas por geometrías variables: los electorados son menos fieles; las crisis se suceden a velocidad creciente y la frontera entre política nacional e internacional se ha hecho enormemente porosa.

De ahí que su aparente mutabilidad pueda interpretarse también como una forma de racionalidad adaptativa. El dirigente que en Cataluña pasó de posiciones más rígidas a apostar por la negociación y la desjudicialización no necesariamente abandonó una estrategia, más  bien modificó los instrumentos para preservar un objetivo mayor: la estabilidad territorial y política. Del mismo modo, su europeísmo ha evolucionado desde una adhesión fundamentalmente normativa hacia una defensa de la autonomía estratégica europea.

La propia estrategia exterior española 2025-2028 identifica y perfila un mundo caracterizado por el desplazamiento desde un orden basado en reglas hacia otro más determinado por las relaciones de poder, por la búsqueda de resiliencia económica y por una creciente incertidumbre.  Sánchez parece haber entendido que, en ese escenario, España solo puede incrementar su influencia mediante alianzas, capacidad de negociación y presencia internacional. Es la que se ha denominado «paradoja española»: débil dentro, fuerte fuera.

Aquí aparece una de las singularidades más interesantes de su liderazgo. La imagen internacional de Sánchez es considerablemente mejor que la percepción que buena parte de la sociedad española tiene de él. Le Monde señalaba recientemente que, en una España profundamente polarizada, su política internacional obtiene niveles de reconocimiento superiores a su posición doméstica.

En Bruselas, Madrid y las capitales latinoamericanas, Sánchez ha conseguido proyectarse como uno de los principales dirigentes de la izquierda europea. Su defensa del multilateralismo, su posición respecto de Gaza y Palestina, su insistencia en una mayor autonomía europea y su voluntad de construir vínculos con América Latina le han otorgado una visibilidad que excede el peso demográfico y económico de España.

No es casual que Sánchez haya defendido una Europa más integrada y soberana y que haya reivindicado la incorporación progresiva de los Balcanes occidentales al proyecto comunitario.  Su política exterior responde a una idea relativamente coherente: en un mundo de grandes potencias, España puede ganar influencia no compitiendo individualmente con ellas, sino convirtiéndose en uno de los países capaces de orientar e influenciar a Europa.

Pero esa proyección internacional tiene un coste doméstico. Para una parte de los españoles, la política exterior parece pertenecer a otro país mientras los problemas cotidianos —vivienda, empleo juvenil, inmigración, servicios públicos o corrupción— siguen sin resolverse satisfactoriamente. EUobserver resumía recientemente esa contradicción: admiración internacional por su trayectoria y agotamiento dentro de España.

Como todas las cosas, también la resiliencia tiene un límite. El mayor riesgo para Sánchez no procede necesariamente de la oposición parlamentaria. Su verdadero problema es la acumulación. Las investigaciones judiciales que afectan a personas de su entorno político y familiar han erosionado el capital moral con el que llegó al poder en 2018. Reuters señalaba en mayo de 2026 que las investigaciones sobre su esposa, su hermano, antiguos colaboradores y dirigentes socialistas estaban aumentando la presión sobre el Gobierno.  Al mismo tiempo, la dificultad para aprobar presupuestos y mantener cohesionada una mayoría parlamentaria extremadamente heterogénea limita su capacidad de transformación interna.

La resiliencia, además, puede convertirse en una trampa. Un dirigente que sobrevive a todo corre el riesgo de interpretar cada supervivencia como confirmación de que puede sobrevivir indefinidamente. Pero la política no es un ejercicio de resistencia física. Llega un momento en que la sociedad deja de premiar la capacidad para resistir y empieza a exigir la competencia para resolver y concluir los proyectos.

El episodio de Almaraz es ilustrativo al respecto. La decisión del Gobierno de prolongar la actividad de la central hasta 2030 ha abierto una fractura con Sumar y demuestra que el pragmatismo energético puede entrar en conflicto con los compromisos ideológicos con sus socios.  Sánchez parece dispuesto a pagar ese precio si considera que la seguridad energética y la estabilidad económica lo justifican.

¿Qué puede aventurarse, pues, sobre el futuro que le espera?

La primera hipótesis es la continuidad. Sánchez tiene incentivos muy poderosos para intentar llegar a las elecciones generales previstas para 2027. No existe en España un límite constitucional de mandatos presidenciales y, mientras conserve posibilidades de articular una mayoría, su renuncia voluntaria parece poco probable.

La segunda posibilidad es una derrota electoral que, paradójicamente, no significaría necesariamente su desaparición internacional. Después de casi una década al frente del PSOE y del Gobierno, Sánchez ha acumulado una red de influencia europea e internacional considerable. En un escenario posterior a la Moncloa podría desempeñar responsabilidades relevantes en instituciones europeas, organizaciones multilaterales o espacios internacionales de la socialdemocracia. Su perfil —europeísta, internacionalista, negociador y experimentado en situaciones de crisis— tiene demanda fuera de España.

La tercera hipótesis es que Sánchez termine convirtiéndose en un político más europeo que estrictamente nacional. La España polarizada puede acabar agotando su figura, mientras que la Europa de la fragmentación, la guerra, la transición energética y la autonomía estratégica puede encontrar utilidad precisamente en un dirigente acostumbrado a negociar con actores incompatibles.

Su futuro mundial, sin embargo, dependerá de que consiga transformar visibilidad en influencia. España puede ser puente entre Europa y América Latina, interlocutor mediterráneo, actor atlántico y defensor de una autonomía europea sin romper con Estados Unidos. Esa posición intermedia es potencialmente poderosa. Un análisis reciente de la Fundación Konrad Adenauer identifica precisamente a España y Portugal como posibles puentes estratégicos entre Europa y América Latina.

Pedro Sánchez, por tanto, no debería ser juzgado únicamente por sus fotografías electorales. Su verdadero legado se decidirá en otro terreno, en si su extraordinaria capacidad de adaptación consigue producir una estrategia de Estado o termina reducida a una técnica sofisticada de supervivencia personal.

Ahí reside la contradicción esencial del personaje. Sus adversarios creen que cambia para permanecer. Sus partidarios creen que cambia para transformar. Probablemente ambas cosas sean ciertas. Sánchez ha demostrado que sabe sobrevivir al presente. La incógnita es si será capaz de convertir esa supervivencia en futuro.

Porque su mayor virtud —la adaptación— puede ser también su mayor debilidad. En tiempos líquidos (o gaseosos, como entienden algunos) cambiar cuando cambian las circunstancias es inteligencia. Pero, en definitiva, gobernar consiste en conseguir que después de tantos cambios quede algo que pueda llamarse proyecto. Y esa será, probablemente, la verdadera prueba histórica de Pedro Sánchez: no cuánto tiempo consiguió permanecer en el poder, sino qué España y qué Europa dejó detrás cuando ya no necesitó seguir sobreviviendo.



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