lunes, 6 de abril de 2026

El avance de la ultraderecha: trasfondo y perspectivas

El ascenso de la ultraderecha en España ha dejado de ser una anomalía para convertirse en un fenómeno estructural que interpela tanto a la política como a la sociedad. Las encuestas previas y los resultados de las recientes elecciones autonómicas apuntan a una consolidación de este espacio electoral. El debate sobre sus causas ya no es exclusivamente una cuestión académica o periodística, es algo urgente. Hoy por hoy, dos grandes explicaciones compiten a la hora de definir el fenómeno: una de carácter económico y otra de índole cultural. Sin embargo, en mi opinión, entender su crecimiento exige ir más allá de esa dicotomía explorando otras dimensiones complementarias.

La primera tesis sobre el crecimiento ultra sitúa su origen en el deterioro de las condiciones materiales de la vida cotidiana. Precariedad laboral, encarecimiento de la vivienda y pérdida de poder adquisitivo son tres elementos fundamentales que explicarían la erosión que ha sufrido el pacto social implícito sobre el que se asentaba la democracia española: la promesa de progreso intergeneracional. Actualmente, ese compromiso parece roto; al menos, es así como lo perciben muchos jóvenes. Además de constatar que viven peor que sus padres, consideran que carecen de horizonte de mejora.

Este desencanto tiene importantes consecuencias políticas. Cuando la democracia no garantiza bienestar tangible, pierde parte de su legitimidad. De ahí que una porción creciente de jóvenes contemple las opciones autoritarias con menor rechazo de lo que ha sido habitual en ellos. Y no es porque les subyugue el autoritarismo, sino porque ya no identifican la democracia con seguridad material. Cuando se produce ese vacío, los discursos radicales encuentran terreno fértil.

Además, la ultraderecha ha logrado ampliar su base social. Si en sus inicios parecía un fenómeno asociado a ciertas élites conservadoras, hoy gana terreno entre trabajadores precarizados, desempleados y sectores que sienten que han perdido estatus económico. Este desplazamiento recuerda a otros contextos europeos, donde partidos similares han capitalizado el descontento de las clases populares.

Sin embargo, reducir el fenómeno al ámbito de la economía resulta insuficiente. De hecho, se constata una tesis alternativa que apunta a factores culturales y simbólicos como principal motor propulsor. Desde esta perspectiva, el auge de la ultraderecha responde a una reacción frente a transformaciones sociales profundas, como las que representan el avance del feminismo, las políticas de igualdad, la conciencia ecológica o la diversidad cultural. No se trataría tanto de perder recursos económicos como de empeorar la posición en la jerarquía simbólica.Con ello emerge una idea importante: la política no se mueve exclusivamente por intereses materiales, sino también por emociones, identidades y percepciones de reconocimiento. Para determinados sectores, los cambios sociales recientes no constituyen avances, sino que representan auténticas amenazas. Así, la igualdad de género se percibe como pérdida de privilegios; la regulación ambiental, como restricción de libertades; o la inmigración, como competencia o mutación cultural.

En este contexto, la ultraderecha ofrece algo más que soluciones políticas, brinda un «relato» que simplifica el mundo en términos de «nosotros» y «ellos», que convierte la frustración difusa en agravio concreto y que promete restaurar el orden perdido. Este componente emocional es fundamental. No solo se trata de resolver problemas, sino de canalizar sentimientos como la rabia, la nostalgia o el deseo de pertenencia.

Ahora bien, el meollo analítico no está en elegir entre economía o identidad, sino en comprender su interacción. La precariedad no genera automáticamente posiciones ultraderechistas, pero puede intensificar la receptividad hacia los discursos identitarios. Del mismo modo, los conflictos culturales adquieren mayor intensidad cuando se producen en contextos de inseguridad o de precariedad material. La combinación de ambas dimensiones crea una suerte de tormenta perfecta.

Además, existe un elemento que suele pasar desapercibido: la transformación del propio ecosistema político y mediático. La aceleración de la comunicación, la lógica de las redes sociales y la fragmentación del debate público favorecen los mensajes simples, emocionales y polarizadores. En ese hábitat, la ultraderecha juega con ventaja porque su estilo directo, provocador y sin matices, encaja mejor con las dinámicas actuales que los discursos institucionales o más complejos.

También conviene tomar en consideración el papel de los partidos tradicionales. Su incapacidad para ofrecer soluciones creíbles a determinados problemas estructurales –especialmente al acceso a la vivienda y al empleo– alimenta la desafección. Además, la tendencia creciente a adoptar parcialmente los marcos discursivos de la ultraderecha puede contribuir a normalizarlos. Sin duda alguna, cuando ciertas ideas dejan de ser marginales, su expansión se acelera.

A partir de estas premisas, se pueden formular algunas deducciones. En primer lugar, está claro que mejorar las condiciones económicas es necesario, pero no suficiente. Incluso en escenarios de crecimiento, los conflictos identitarios pueden persistir o incluso intensificarse. En segundo lugar, combatir a la ultraderecha requiere disputar el terreno emocional y simbólico, no solo el programático. Las políticas públicas importan, pero también los relatos que les confieren sentido. En tercer lugar, el fenómeno no es exclusivamente español, ni coyuntural. Forma parte de una tendencia más amplia, presente en la mayoría de las democracias occidentales, donde convergen inseguridad económica, cambio cultural y transformación tecnológica. Pensar que se trata de un episodio pasajero significa un evidente error de diagnóstico.

Finalmente, la historia ofrece una advertencia y una posibilidad. En momentos de crisis, las sociedades no solo generan respuestas autoritarias; también pueden articular proyectos democráticos renovados. La clave está en entender las demandas profundas de la ciudadanía –materiales y simbólicas– y ofrecer respuestas que no se limiten a gestionar el presente, sino que reconstruyan un horizonte que le dé sentido.

En última instancia, el crecimiento de la ultraderecha actúa como un espejo embarazoso. Refleja fallas estructurales, tensiones no resueltas y miedos colectivos. Ignorarlo o simplificarlo no lo hará desaparecer. Comprenderlo en toda su complejidad es el primer paso para enfrentarlo con eficacia.



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