«Paciencia» es un cultismo, etimológicamente derivado del vocablo «padecer», proveniente del término latino «pati», que es a su vez herencia del griego «pathos», que significa «sufrir», «soportar». El DRAE ofrece para él siete acepciones, de las que me interesan hoy las cuatro primeras, a saber: 1. Capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse; 2. Capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas; 3. Facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho; y 4. Lentitud para hacer algo.
Por tanto, puede deducirse que tener paciencia equivale a poseer la capacidad de saber esperar a que los hechos sucedan, sin anticiparse o angustiarse en exceso y sin prorrumpir en alharacas o aspavientos innecesarios. Es una postura activa frente a los acontecimientos que se desea que ocurran, y una actitud alternativa a la apatía, la comodidad o la depresión. La paciencia es, además, uno de los valores primordiales del ser humano, que es necesario para crecer como individuo y para vivir armoniosamente en sociedad. Pese a ello, es una cualidad que no se valora socialmente como se debiera. Las precariedades e inmediateces asociadas a la era digital han deteriorado algunas capacidades básicas de las personas, como la paciencia, la perseverancia, la tolerancia a la frustración o la memoria. Ello y otros factores han impulsado la emergencia de generaciones subyugadas por la inmediación, niños y jóvenes que desconocen o desdeñan sin más el esfuerzo y la perseverancia, que son valores necesarios para alcanzar muchas de las metas que nos proponemos en la vida.
En general, sabemos que la educación es una tarea compleja, que se complica cuando hay que llevarla a cabo con niños que tienen «mucho carácter», que más coloquialmente calificamos de maleducados. Suelen ser chiquillos y muchachos que actúan de manera inadecuada e impetuosa, se expresan con ademanes desmedidos y acostumbran a imponer su voluntad. Sus comportamientos incluyen rabietas, cambios de humor y malos modos, así como dificultades para seguir las instrucciones o respetar las normas que se les dan. Intentan contumazmente hacer lo que les apetece, desentendiéndose de las necesidades de los demás. En fin, desafían a los adultos hasta conseguir lo que desean, pues ni saben afrontar la frustración, ni identifican y gestionan adecuadamente sus emociones, ni las de quienes les rodean.
Cuando se equivocan y no se les da la razón, o se les impide hacer lo que quieren, reaccionan con una ira desmesurada que exteriorizan con rabietas, lloros y destrozos, o con violencia física y verbal. Exigen saber el porqué de las cosas, obtener respuesta inmediata a sus inquietudes y sentir que controlan a los demás. Si no lo consiguen, se enfadan y se muestran irrespetuosos e imprudentes. Y todo ello complica extraordinariamente su vida familiar y social.
Sin embargo, un niño de voluntad firme, o con carácter, no tiene por qué ser una persona mala o maleducada, pues lo que condiciona el desajuste de sus actuaciones y el enfrentamiento continuo con los adultos es su temperamento. Este es la base biológica que influencia la conducta y está condicionado por procesos fisiológicos y factores genéticos. Es innato y, a su vez, es la materia prima sobre la que se modela el carácter a través de la interacción con el entorno y con los demás. De manera que con el temperamento nacemos, porque es la parte instintiva que nos hace reaccionar de determinada manera, que nadie nos enseña. Es un modo espontáneo y natural de reaccionar desde la emoción. Es la capa instintivo-afectiva de la personalidad, sobre la que interactúan la inteligencia, la voluntad y las influencias ambientales a lo largo de la vida, moldeando los rasgos que nos caracterizan y diferencian, nuestra peculiar forma de pensar, de sentir y de actuar. En suma, el temperamento es el sustrato sobre el que construimos nuestro carácter, que no heredamos sino que aprendemos.
Por tanto, en la tarea educativa, es esencial que los adultos (padres y educadores, fundamentalmente) conozcan las características específicas del temperamento de un determinado niño o joven, porque ello les permitirá entender sus reacciones sin perder la serenidad. También es esencial forjar sólidos vínculos con ellos a base de empatizar con sus inquietudes, intentar contagiarles la tranquilidad y dar respuesta a sus necesidades emocionales, En todo caso, las relaciones deben sustentarse en el afecto y el respeto mutuos, elementos que ayudan significativamente a modular progresivamente su comportamiento.
A cuanto antecede debe añadirse que el fulgurante estilo de vida actual, dominante abrumadoramente en las ciudades, donde vive más de la mitad de la población, hace que niños y jóvenes crezcan envueltos en un sinfín de rutinas llenas de actividades y estén gobernados por horarios repletos de planes, que estimulan continuamente prisas e impaciencias. No es necesario insistir en la importancia que tiene la coherencia entre el mensaje que se ofrece a los menores sobre el valor de la paciencia y el que observan y viven, para que puedan integrarlo de manera adecuada y funcional. Algo que en la sociedad globalizada no es nada sencillo. Sin embargo, como sabemos, la vida, además de requerir paciencia, nos obliga a hacer elecciones continuamente. Y debemos observar atentamente lo que nos rodea, ponderar los condicionantes, elegir los objetivos y disponernos a actuar con los recursos disponibles para lograrlos, sabiendo de antemano que toda elección responsable y coherente exigirá esfuerzos y renuncias en el corto plazo, de la misma manera que con toda probabilidad aportará beneficios en diferido.
Llegados a este punto, podemos preguntarnos por qué es importante educar la paciencia, con paciencia. Y la respuesta es categórica: porque esta cualidad permite adquirir de manera concatenada múltiples valores. La paciencia aporta perseverancia, y esta permite adquirir nuevas habilidades, ser creativos y razonar, hasta conseguir los objetivos propuestos. Potenciar la constancia ayuda a forjar personas agradecidas y satisfechas consigo mismas, pues coadyuva a que tomen conciencia del esfuerzo que se requiere para alcanzar las metas y del proceso necesario para conseguirlas. Las personas pacientes se desenvuelven mejor a nivel social porque saben escuchar e intervenir cuando les corresponde, y disfrutar de las interacciones grupales sin que les embargue la desazón o el estrés.
Existen diferentes maneras de favorecer esta virtud, que es un valor que no solo debe trabajarse en la infancia, sino que puede y debe potenciarse a lo largo de la vida. El primer requisito para educar la paciencia es practicarla: el ejemplo es el mejor estimulante de la imitación. El modelo que se ofrece discreta y perseverantemente supera la eficacia de la mejor orden, instrucción o consejo.
Otra estrategia para educar la paciencia es integrarla en las rutinas diarias, como un valor más de la vida, haciendo entender a niños y jóvenes que los turnos y las esperas son parte de la cotidianeidad. No todo puede lograrse de inmediato. Es más, ni siquiera es conveniente que así sea, puesto que muchas aspiraciones escapan a nuestro alcance. Las emociones que genera la espera, como la frustración, la inseguridad o la incertidumbre, deben ser objetivos fundamentales del aprendizaje.
Más aún, es aconsejable que se incorpore con naturalidad al comportamiento cotidiano la expresión, la demostración y la compartición de las emociones que se experimentan. Tanto de las placenteras (alegría, ilusión...), como de las incómodas o desagradables (frustración, miedo, envidia...). Evidentemente, ello requiere práctica, reiteración, toma de conciencia y aprendizaje. Y también exige, obviamente, esfuerzo continuado y paciente por parte de los adultos que guían y orientan a niños y jóvenes. Porque ello les obliga a ofrecer disponibilidad, escucha y validación de sus emociones, a acompañarlos incondicionalmente y a ser ejemplos de conductas adecuadas a cada situación.
No lo olvidemos, patientia est mater omnium virtutum.

Una vez más recibe mi sincera felicitación por tu cuidada meditación sobre algo que hemos podido compartir en el espacio vital de nuestra vida profesional. Un fuerte abrazo.
ResponderEliminarSoy el del comentario anterior.
ResponderEliminarMuchas gracias, Manolo.
ResponderEliminar¡Cuánto me alegra percibirte ahí, al otro lado!
Un fuerte abrazo.
Siempre!!!!
ResponderEliminar¡Enhorabuena Vicente! Como siempre es un "gustazo" leerte.
ResponderEliminarMuchas gracias, Alfonso.
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